lunes, 21 de diciembre de 2020

De la inocencia a la inocencia

Hoy comienza el invierno en el hemisferio norte. Nos aguardan los meses más fríos del año. Pero los comenzamos paradójicamente con las celebraciones más cálidas, incluso en este año de la pandemia. Como los adultos tendremos dificultades para sonreír debido a las desgracias acumuladas en este “annus horribilis”, tendremos que fijarnos en los rostros de los niños y de los ancianos, la verdadera memoria viviente de la Navidad.  ¿Os habéis dado cuenta de que los niños y los ancianos suelen tener una sonrisa más limpia que la de los adultos? Los niños representan la inocencia original; los ancianos, la inocencia recuperada. En el largo trayecto que va de la infancia a la ancianidad los seres humanos olvidamos la inocencia y nos adentramos en territorios desconocidos. Solemos reproducir ese capítulo del Génesis en que Adán y Eva quieren ser como Dios. 

Ensayamos un estilo de vida autónomo, etsi Deus non daretur (“como si Dios no existiera”). Nos sentimos muy orgullosos de nuestra razón, pensamos por nosotros mismos, diseñamos una moral autónoma, buscamos soluciones científicas a los problemas y hasta nos permitimos jugar un poco con la vida y la muerte para ver hasta dónde podemos llegar. Esta larga etapa de la adultez tiene sus enormes ventajas: nos hace libres y responsables, críticos y creativos, solidarios y arriesgados. Pero también destapa el orgullo que llevamos dentro. Nos vuelve a veces arrogantes y desconfiados, cínicos e individualistas, descreídos y agresivos.

A muchos adultos no les gusta la Navidad. Odian las reuniones familiares, se distancian del buenismo de temporada y experimentan el hastío de unos ritos que, a fuerza de repetición, acaban volviéndose vacíos e insignificantes. Pero quizá la razón última, profunda y nunca dicha, es que no quieren que Dios se haga uno de nosotros y se cuele en su vida. Temen que su presencia complique demasiado nuestra existencia autónoma y nos obligue a tomar decisiones que no queremos. En otras palabras, temen como temía Herodes que el pequeño Niño de Belén nos haga cambiar de vida. Eliminando la Navidad, suprimimos de golpe esa insidiosa noticia de que “la Palabra se ha hecho carne y ha acampado en nuestro suelo” y todas las consecuencias que se derivan. Sin la presencia de este Niño, podemos organizarnos a nuestro antojo. Con él en medio de nosotros, el amor se convierte en la primera regla de juego. Ya no es posible seguir haciendo trampas y engañándonos a nosotros mismos. No, la Navidad, por dulce y pacífica que parezca según la estética de las últimas décadas, es, en realidad, una fiesta revolucionaria. Pone patas arriba nuestra manera de entender y organizar el mundo etsi Deus non daretur. 

Solo los niños y los ancianos se alegran verdaderamente de que llegue la Navidad. Los primeros porque, desde su inocencia, conectan de manera espontánea con un Dios que se hace como uno de ellos. Los segundos porque, curados del orgullo y la autosuficiencia de la adultez, se abren arrepentidos y agradecidos a la mirada misericordiosa de Dios y recuperan la inocencia perdida.

Cada vez me convenzo más de que son los niños y los ancianos quienes preservan el verdadero espíritu de la Navidad. Son ellos los “recordatorios” de la presencia de Dios en medio de nosotros. Por eso, las sociedades descreídas no suelen prestar mucha atención a sus voces. Por duro que parezca este juicio, creo que el aborto y la eutanasia son una forma extrema de eliminar a quienes, de manera silente, nos recuerdan que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios y que nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no repose en Él. Es probable que, a primera vista, se presenten como operaciones terapéuticas en nombre de dos extraños derechos que hemos introducido en nuestro particular paraíso terrenal: el derecho a disponer del propio cuerpo a nuestro antojo (en el caso del aborto) y el derecho a elegir el modo y el tiempo de morir (en el caso de la eutanasia). Pero, en realidad, son los síntomas dolorosos de una sociedad que no quiere reconocer que la vida y la muerte no son propiedad privada nuestra, sino regalos de Dios. La Navidad nos lo recuerda cada año con claridad meridiana. Por eso, en definitiva, y no tanto por otros aspectos superficiales, hay muchos adultos que la odian. 

Solo la inocencia original de los niños y la inocencia recuperada de los ancianos pueden ayudarnos a no perder este tesoro. Donde no hay ancianos ni niños, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Dejemos que sus sonrisas limpias y su profunda alegría (no exenta de cierta nostalgia en el caso de los ancianos) nos curen de nuestra arrogancia adulta y nos ayuden a recuperar el verdadero sentido de la Navidad.



1 comentario:

  1. Leyendo esta entrada de hoy me están surgiendo muchas preguntas:
    Si la vida es un don de Dios, ¿por qué nos permitimos destruirla? ¿por qué nos hacemos dueños de ella? En el caso del aborto no deja de ser un asesinato… y lo mismo en la eutanasia, aunque la disfracen más, aunque la persona lo pida, muchas veces influenciada por quienes le acompañan. ¿No hay otras soluciones?
    Si no hubiera existido aquella primera Navidad, ¿cómo sería nuestra vida?
    Dios, que podía haberse hecho presente de mil maneras diferentes, lo hace en un niño… y continua haciéndose presente en medio de los más débiles, de los más sencillos … ¿somos capaces de descubrirle en esta sencillez o le buscamos en “las grandezas”?

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