
Esta tarde, armado de esas famosas gafas homologadas que llevan semanas vendiendo o distribuyendo gratis, veré el eclipse de sol, desde la explanada de Covatillas, a las 20,29, con una duración aproximada de 1 minuto y 42 segundos. Aquí, en mi pueblo natal, estamos en zona de máxima visibilidad, aunque tendremos que alejarnos un poco del núcleo urbano para esquivar la imponente barrera del monte Robledo, que siempre adelanta el crepúsculo. Me imagino que nos concentraremos un buen número de personas, aunque no tantas como en otros lugares de la provincia que han sido señalados como puntos especiales de observación.
Quienes han asistido a otros eclipses totales dicen que en esos instantes se produce una sensación especial. Veremos. Sé que los astros nos influyen, pero no sé cuánto ni cómo. Podría engrosar el club de quienes se niegan a ver el eclipse para no plegarse a los dictados de la masa, pero en esta ocasión he preferido unirme a ella para luego reivindicar con sentido histórico: “Yo estuve allí”. No siempre es necesario tomar distancia de la mayoría. Sentirse masa –¿o pueblo?– también nos cura de un cierto elitismo suicida.

Es imposible no vincular este eclipse total con lo que estamos viviendo en relación con Dios. Desde hace décadas se habla del eclipse de Dios –¿parcial? ¿total?– en las sociedades occidentales. Si Dios es el “Sol naciente que nace de lo alto” (por utilizar las palabras del Benedictus), ¿quién es la luna que se interpone entre Él y nosotros y nos impide percibir su luz? No tengo la menor duda. Esa “luna” engreída somos los propios seres humanos, esos seres “poco inferiores a los ángeles” (salmo 8) que en un momento de la historia –a caballo entre los siglos XVIII y XXI– han creído que ya era hora de hacerse con las prerrogativas que los siglos anteriores habían atribuido a Dios. ¿Omnisciente? ¡La IA nos ayudará a saberlo todo como si fuéramos pequeños dioses! ¿Omnipotente? ¡La ciencia y la técnica nos brindarán herramientas para llevar a cabo nuestros sueños de grandeza! ¿Bondadoso? Aquí no es tan fácil encontrar una versión humana satisfactoria de la bondad divina.

Lo que los eclipses solares nos enseñan es que se trata de fenómenos efímeros. Duran unos segundos o minutos, pero ni el sol ni la luna se detienen indefinidamente en una situación de opacidad. Y lo mismo sucederá con este “eclipse cultural” de Dios. Parece definitivo, pero no es más que una etapa de la historia que pasará. La naturaleza nos ayuda a interpretar la historia porque la precede. Contemplando el eclipse de esta tarde, le pediré a Dios que no nos oculte su rostro, que mantenga siempre despierta nuestra actitud de búsqueda, que nos ayude a descubrir su Luz inmarcesible detrás de esa luna que somos nosotros, los seres humanos.
Es verdad que no podemos mirar al Sol de Dios y permanecer vivos. Necesitamos ponernos las “gafas homologadas” de la humanidad de Cristo para adorar el Misterio sin quedar aniquilados. Mirando a Cristo, sacramento visible del Dios invisible, sabemos que Dios ha querido hacerse humano para romper la distancia que nos separa de Él, para superar todo eclipse, sin eliminar su naturaleza divina. El eclipse de esta tarde también puede ser una hermosa y profunda oración de vísperas que nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos nosotros y quién es Él.
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