martes, 1 de septiembre de 2026

Atrévete a pensar


Comienzo el mes de septiembre con dos misas consecutivas. Tras el parón veraniego, reanudamos el servicio litúrgico a algunas comunidades religiosas vecinas. Subo a las oficinas de la editorial y saludo a mis compañeros. Los veo algo más morenos que de costumbre. Bromeo con ellos y ellas. Intercambiamos anécdotas durante el café. Casi todos han tenido unas vacaciones itinerantes y satisfactorias. Mientras todos estábamos de un sitio para otro, se han ido acumulando varios asuntos que conviene despachar cuanto antes. Nos llevará días alcanzar la velocidad laboral de crucero. 

Lo que importa es saber cuál es el sentido de nuestro trabajo y coordinar bien las tareas. Hemos aprendido mucho de la selección española de fútbol. El trabajo en equipo es más importante que las exhibiciones individuales. ¡Para algo tenía que servir una Copa del Mundo en pleno verano! Aunque el mes ha comenzado caluroso, no es comparable a los ardores de finales de julio. Al fin y al cabo, acabamos de empezar el otoño meteorológico. Los días son más cortos. Las noches se prolongan. Todo invita a ponerse en marcha.


Aunque mi mente está centrada en la reanudación del trabajo editorial, no me abstraigo de lo que está pasando en nuestro entorno. Ayer, caminando varios kilómetros con un amigo por el Anillo Verde de Madrid, nos dedicamos a destripar la realidad. Mi amigo tiene ideas más contundentes que las mías sobre lo que está pasando. Su tesis es de una claridad deslumbrante. Cree que hay una especie de estrategia mundial para desestabilizar a Europa, en cuanto continente marcado por la herencia cristiana. A las grandes potencias (Estados Unidos, China, Rusia, Israel y quizás India) no les interesa una Unión Europea fuerte. Pero quizás no sea solo un asunto de las grandes potencias, sino de personajes manipuladores (como George Soros y Elon Musk), organizaciones como la masonería y corporaciones como Meta o Google. Se trata de borrar la identidad cristiana de Europa para así superar con menos trabas la etapa humanista (representada por la Europa cristiana e ilustrada) y adentrarnos de lleno en el posthumanismo tecnológico. 

¿Cómo hacerlo? ¡A través de un elaborado y sutil proceso de ingeniería social que mine los fundamentos de Europa! Para ello hay que financiar la difusión amable del relato de la multiculturalidad y las identidades múltiples, incentivar la baja natalidad empoderando a la mujer trabajadora, promover las legislaciones que garantizan el derecho al aborto y la eutanasia, difundir la ideología de género, denunciar la masculinidad tóxica, debilitar la familia tradicional y vender el discurso progresista de los múltiples modelos familiares, contribuir al debilitamiento de la democracia y de las instituciones europeas, apoyar a los nacionalismos disgregadores, facilitar en la sombra las “invasiones” de inmigrantes y, sobre todo, la progresiva y democrática islamización del continente. Los vientres islámicos acabarán con el viejo (en todos los sentidos de la palabra) continente. 

Los europeos, anestesiados por una mentalidad burguesa y buenista, estamos dejando que el proceso siga su curso mientras todavía gocemos de algunos de los beneficios del llamado “estado de bienestar” (sanidad universal cada vez más insostenible, pensiones al borde de la quiebra, ingreso mínimo vital, etc.). Una cervecita fresca y un viaje de fin de semana mitigan los problemas de fondo. No estamos ya para muchas batallas, ni militares ni culturales. Según mi amigo, hasta la Iglesia contribuye a este progresivo debilitamiento de la identidad europea cuando juega a ser una ONG reconocida más que una revolucionaria comunidad de fe.


Reconozco que la tesis, envuelta en un sudor pegajoso provocado por el calor de la tarde, era demasiado explicativa y atrayente como para no sentirse un poco encandilado por ella. De repente, empezaban a cobrar sentido muchos de los fenómenos que hoy vivimos y que, a primera vista, parecen inconexos. Mientras yo jugaba a hacer de abogado del diablo para forzar explicaciones más objetivas, mi amigo reforzaba sus argumentos con algunos datos que yo no estaba en condiciones de verificar y menos de refutar. Por temperamento y formación, me cuesta aceptar las explicaciones simplistas y mucho menos las conspiranoicas, pero reconozco que la tesis de mi amigo, defendida con verdadera pasión, pone sobre la mesa asuntos que solemos despachar sin analizarlos en profundidad para no ser tildados de retrógrados o simplemente de intolerantes. 

Hasta tal punto somos esclavos de modas, etiquetas y manipulaciones mediáticas, que nos resulta difícil pensar con objetividad. Y, sin embargo, quizás no hay nada más revolucionario que un verdadero pensamiento crítico. Por eso, reivindico el papel de la filosofía en los planes de estudio. Necesitamos desempolvar con urgencia el ¡Atrévete a pensar! (sapere aude) kantiano. Y quizás también una moral menos adormilada y más combativa.

domingo, 30 de agosto de 2026

Una de cal y otra de arena


Pedro se parece a cualquiera de nosotros. O quizá es mejor decir que cualquiera de nosotros se parece a Pedro. Cuando nos dejamos conducir por Dios, somos capaces de confesar a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Cuando nos abandonamos a los criterios del mundo, reducimos a Jesús a un líder a nuestro gusto. Esta diferencia aparece con claridad en el Evangelio de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario. El domingo pasado, Pedro recibió una alabanza por parte de Jesús a su confesión de fe (“Bienaventurado tú, hijo de Simón”) y una promesa simbolizada en la piedra (“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”).

Este domingo, Pedro recibe un fuerte reproche por su manera mundana de entender la misión de Jesús (“Quítate de mi vista, Satanás”) y una nueva referencia a la piedra (“Me haces tropezar”). En el primer caso, la confesión de Pedro le había sido revelada por el Padre. En el segundo, Pedro piensa como los hombres, no como Dios. Pareciera que toda la vida de Pedro –y la de cada uno de nosotros– estuviera atravesada por una contradicción entre la fe y la duda, la lealtad y la traición, la apertura a Dios y la mirada demasiado humana, la cercanía y la huida, la valentía y el miedo.


¿Por qué Pedro daba una de cal y otra de arena? ¿Por qué nosotros encendemos una vela a Dios y otra al diablo? Hay veces que nuestra vida parece descansar en Dios: cultivamos la oración y el servicio, procuramos ser honrados, vemos en cada persona a Cristo mismo, vivimos una alegría profunda y contagiosa. Y hay otras en las que, aunque nuestros labios sigan pronunciando el nombre de Dios, nos dejamos arrastrar por la soberbia, la envidia, la lujuria, la tristeza y la indiferencia. 

¿Por qué a veces hacemos lo que no queremos y se nos hace demasiado cuesta arriba hacer lo que queremos? Quizá la respuesta se encuentra en las palabras que Jesús dirige a sus discípulos (no solo a Pedro) en el Evangelio de hoy: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Varias personas me han dicho que estas palabras les resultan muy exigentes, casi antipáticas, que parecen ofrecer una visión demasiado rigorista y hasta inhumana del cristianismo. Y, sin embargo, constituyen la quintaesencia de lo que Jesús mismo ha vivido: Él ha “perdido” su vida para “encontrarla” definitivamente.


Negarnos a nosotros mismos, cargar con la cruz y perder la propia vida son tres formas distintas de decir lo mismo: el centro no somos nosotros, sino Dios. Cuando nos buscamos a nosotros mismos (nuestro placer, nuestro éxito, nuestra “salvación”) acabamos perdiéndonos porque no hemos sido hechos para nosotros, sino para Dios y para los demás. Por eso, solo “perdiéndonos” acabaremos experimentando la plenitud. Por si acaso estas reflexiones suenan demasiado abstractas, Jesús las condensa y concreta en una pregunta que ha cambiado la vida de muchas personas: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. De nuevo salta a la vista el contraste entre “ganar el mundo” y “arruinar la vida”. Francisco Javier o Antonio María Claret, por citar solos dos ejemplos, lo entendieron muy bien; por eso, tomaron decisiones radicales. 

Hoy nos resulta muy difícil hacer lo mismo porque la cultura en la que vivimos nos invita de múltiples maneras a “ganar el mundo”; es decir, a dejarnos seducir y guiar por aquellas realidades que se consideran esenciales para ser personas plenas: el dinero, el prestigio, el sexo, el poder, la carrera, el triunfo, etc. No importa que, una y otra vez, veamos cómo muchas personas que siguen estos caminos “arruinan su vida”. Seguimos como abducidos. Solamente cuando experimentamos la dicha interior que se produce cuando renunciamos a buscarnos a nosotros mismos y nos entregamos a los demás entendemos a cabalidad la propuesta de Jesús. Por eso, siempre será contracultural, alternativa.



sábado, 29 de agosto de 2026

Se posó en nuestra orilla


Hay un himno de la Liturgia de las Horas que resulta muy apropiado para estos últimos días de agosto en los que nos ponemos a punto para estrenar el otoño meteorológico y el nuevo curso académico y pastoral. Hoy quiero detenerme en él, estrofa por estrofa. Siento que se ha convertido en la banda sonora de estos días de transición entre las vacaciones y la vuelta al trabajo.
Comienzan los relojes
a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.
Los relojes ya no son lo que fueron. Ahora las prisas las maquinan los correos electrónicos, las llamadas telefónicas y, sobre todo, los omnipresentes mensajes de WhatsApp: “¿Podrías darnos una charla online el 11 de septiembre a las 10 de la mañana (hora de México)?”, “No te olvides del compromiso con Confer Madrid a finales de octubre”, “Habíamos quedado en un encuentro formativo con el claustro de profesores en El Escorial. ¿Lo tienes agendado?”. Se acumulan los recordatorios de viejos compromisos y las nuevas propuestas. Es como si todos hubiéramos estado esperando que agosto terminara para volver a la carga. Al fin y al cabo, las vacaciones (cada vez más cortas) se consideran un paréntesis. Lo que manda es el llamado “tiempo ordinario”. Esta insistencia no es muy saludable para un Capricornio como yo, que lleva de serie la responsabilidad y la obsesión por el trabajo.

Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.
Lo de menos son los compromisos. Lo que de verdad agota son “las preguntas, la intensidad, la vida”. Un amigo mío –tan activo como yo o más– siempre tiene en los labios eso de “No me da la vida”. Es como si la existencia fuera una red enmarañada que nos atrapa y de la cual no podemos escapar. Mientras se “cruzan los horarios” y se amontonan los compromisos, no dejan de abrirse paso las preguntas: ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Por qué acepto casi todo lo que cabe en la agenda? ¿No estoy ya “oficialmente” jubilado? ¿Qué extraña pulsión me lleva a encadenar actividades? ¿Responden todas al ideal de “orar y amar”?

Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.
Esta es mi estrofa preferida. En medio de las actividades externas y de las zozobras internas, Él es siempre “calma infinita”. Puede haber muchas olas en la superficie, las suficientes para surfear la vida, pero abajo, en el fondo, existe la calma. Dios es paz. Podemos vivir al mismo tiempo una calma profunda y una actividad intensa. Todas las horas están agavilladas en Dios. Todas encuentran su sentido en Él. Lo que de verdad importa no es tanto hacer mucho o poco, llenar la agenda o vaciarla, sino saber cuál es la motivación de fondo, por qué y, sobre todo, por Quién vivimos y trabajamos.
Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.
La existencia entera se convierte en alabanza cuando caemos en la cuenta de que Dios “existe” y que de que nos “avisa”. Lo que unifica la vida dispersa es la atracción de Dios. Él actúa como un imán que nos mantiene siempre en un espacio magnético de gracia y bondad. Hay una espiritualidad de la atención que nos permite ser creyentes en medio de la algarabía diaria. Me pregunto cuáles son para mí esos “avisos” que Dios me lanza con sutileza de Padre. ¿Qué señales, palabras y experiencias me recuerdan que Él “existe”, que está ahí, que sostiene todo sin interferir?

Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.
Esta estrofilla última es una joya. Apenas dos versos para indicar que “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”, como reza el prólogo del Evangelio de Juan. Los versos cambian la metáfora de la tienda por la de la luz y la del suelo por la de la orilla, pero el contenido es semejante. Dios se hace el encontradizo “en nuestra orilla”, en medio de nuestros vaivenes anímicos y de nuestras agendas repletas. Y también cuando parece que nada sucede y que todo enfila el callejón de la monotonía. Respiro. Agradezco. Sonrío.

viernes, 28 de agosto de 2026

La Verdad tiene rostro y nombre


El final de agosto siempre huele a san Agustín de Hipona. Lleva siendo famoso dieciséis siglos, pero, desde la elección de León XIV, su figura se ha popularizado todavía más. Es verdad que Benedicto XVI era muy agustiniano en su pensamiento, pero León XIV es agustiniano de corazón. No en vano lleva casi 48 años como profeso de la Orden de San Agustín, que en la actualidad cuenta con alrededor de 2.300 miembros. Ocupa el décimo octavo puesto entre las órdenes y congregaciones masculinas más numerosas de la Iglesia católica. 

Rara es la intervención pública de León XIV (encíclicas, mensajes, discursos, homilías, etc.) en la que no haga alguna mención explícita o implícita a san Agustín. A veces, subraya su pasión por la verdad. Otras, el cultivo de la interioridad, la exploración de la conciencia, la valoración de la amistad. Casi nunca faltan referencias a la autoridad como servicio, a la unidad en la diversidad y a la navegación segura por el mar proceloso de la historia. Todas estas menciones siguen siendo actuales y necesarias. Conectan con problemas y desafíos que estamos viviendo hoy en la sociedad y en la Iglesia. Por eso, Agustín suena tan contemporáneo. Tiene el sabor de un “clásico” que siempre puede iluminar la condición humana.


Hoy quisiera poner el acento en su búsqueda de la verdad porque el contexto de relativismo en el que vivimos hace necesario un gran esfuerzo. En su Tratado sobre el Evangelio de san Juan, Agustín se hace una pregunta radical: “¿Qué desea el hombre más profundamente que la verdad?” (26,5). Se supone que ese deseo está detrás de las investigaciones científicas, de las reflexiones filosóficas y, en definitiva, de nuestros afanes cotidianos. Si no creyéramos en la existencia objetiva de la verdad, no tendríamos ningún asidero en el camino de la vida. Iríamos dando tumbos, esclavos de nuestras pulsiones o de las manipulaciones externas. Frente a quienes consideran que cada uno tenemos “nuestra verdad”, el verso machadiano nos previene: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. Pareciera que el poeta sevillano hubiera bebido en las fuentes de Agustín. 

Pero ¿dónde buscar esa Verdad que nos supera a todos y nos guía? El dogma cientifista actual ofrece una respuesta demasiado rápida: “En la ciencia”. Otros, más dogmáticos que buscadores, sentencian: “En la religión”. Quienes se apuntan a las modas espirituales, hacen un quiebro: “En la meditación”. Agustín, en su libro De la verdadera religión, escribe: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” (XXXIX, 72). Es una clara invitación a pasar de la superficialidad a la profundidad. O de la mera exterioridad a la interioridad.


¿Qué descubrimos en ese santuario interno; o sea, en el corazón (por usar el símbolo bíblico)? En sus Confesiones, Agustín responde así: 
“Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”.
La Verdad no es una entidad abstracta, un horizonte epistemológico, una creación arbitraria. La Verdad tiene un rostro y un nombre. Se llama Jesucristo. No podemos llegar a Dios sin abrazarnos al “mediador” que Él ha querido ofrecernos. Por eso, la búsqueda de la Verdad coincide con el encuentro con Jesucristo. Agustín lo experimentó en carne propia. Pocos seres humanos habrán buscado con tanto ahínco e inteligencia la Verdad como Agustín. Y pocos habrán saboreado con tanta hondura la gracia del encuentro: 
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

¿Babel o Jerusalén?


Creo que no había vuelto desde el Multifestival David de 1987. Han pasado casi 40 años. Ayer estuve todo el día en Alcalá de Henares, Ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1998. Dista apenas 40 kilómetros de Madrid. Fui en tren. Disfruté recorriendo varias veces en ambas direcciones su impresionante Calle Mayor, visitando la Catedral-Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor (incluyendo la subida a la torre campanario), el Palacio Arzobispal, el convento de las Bernardas, la llamada Casa de Cervantes, el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid (antiguo Colegio Convento de la Madre de Dios)… y, por supuesto, su celebérrima Universidad. Me quedé con ganas de visitar el Corral de Comedias, pero ayer estaba cerrado. Quedaron muchas cosas pendientes. Así hay excusa para una próxima visita. Espero que no tengan que pasar otros 40 años. 

El mes de agosto de este año ha estado cargado de visitas culturales. Es como si la historia hubiera ganado por goleada a la montaña o a la playa. Cuando vivimos una crisis colectiva de identidad, la historia nos ayuda a saber de dónde venimos y, por lo tanto, nos brinda herramientas imprescindibles para saber quiénes somos, pero no nos libra de la ardua tarea de buscar. Me hacía estas reflexiones mientras consumía una cerveza fría en un delicioso bar llamado El Gato Verde, un poco antes de repasar los nombres de todos los escritores que han recibido el Premio Cervantes a lo largo de los últimos 50 años y que figuran escritos a la entrada del Paraninfo de la Universidad. 


Castilla está llena de ciudades henchidas de historia… y de prehistoria. Creo que estamos viviendo una etapa de aprecio y renovación. Se han restaurado muchos monumentos, se han multiplicado los acontecimientos culturales (exposiciones, conciertos, congresos, etc.) y se han incorporado estas ciudades y pueblos a los circuitos turísticos. Es probable que la mayoría de los turistas ingleses o alemanes prefieran todavía tostarse al sol en Benidorm o Alicante y naufragar en un barril de cerveza, pero cada vez se ven más turistas nacionales y extranjeros interesados en conocer la historia de España y visitar los lugares más significativos. 

Ofrecer historia es ofrecer sentido. Una iglesia románica perdida en un pueblo de Castilla dice más de nosotros que un documental de la BBC. La península ibérica está en el extremo occidental de Europa. Hasta aquí han llegado a lo largo de los siglos pueblos provenientes de regiones más orientales. Lo que somos hoy es el fruto de una mezcla milenaria en la que ha habido enfrentamientos, colaboraciones, conquistas, intercambios, hechos conjuntos y muchas ganas de vivir. No es extraño que, siguiendo ese impulso que va de Oriente a Occidente, en un momento dado Castilla se lanzara al océano Atlántico como para proseguir esta emigración histórica por vías ignotas hasta demostrar que el fines terrae no era un cabo de Galicia, sino que la tierra se prolongaba mucho más allá de la mar océana.


Conocer estas dinámicas, respirarlas junto a lugares marcados por la historia, nos cura del presentismo que hoy padecemos. Somos un pueblo antiguo. Hemos almacenado suficientes dosis de sabiduría (en el mejor de los casos) y de cinismo (en el peor) como para no dejarnos secuestrar por el presente. Sabemos (o deberíamos saber) qué sirve para construir y qué sirve para destruir. En esta época de eclosión digital, nos enfrentamos a un dilema que el papa León XIV presenta varias veces de manera simbólica en su encíclica Magnifica Humanitas, a la que he dedicado tiempo de lectura durante este mes: o nos dejamos seducir por la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) o nos dejamos iluminar por la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). 

Los números 7 y 8 de la encíclica explican bien estos dos símbolos y los aplican al momento presente. Si queremos abrirnos a un futuro esperanzador, debemos superar el síndrome de Babel y concentrarnos en la reconstrucción de nuestra civilización. El número 9 lo dice así: “La primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”. El conocimiento sapiencial de la historia nos alienta a escoger la segunda opción.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los dos libros primarios


Ayer visité tres lugares fascinantes de la ciudad de Soria: la ermita de San Saturio enclavada en un entorno natural sugestivo, el enigmático claustro de San Juan de Duero y la concatedral de San Pedro. Después comí en el Casino, punto de encuentro de los viejos poetas sorianos. Me sorprendió descubrir una Soria que no olvida su pasado cristiano, judío y musulmán, que revaloriza la historia y cuida sus vestigios, que hace gala de su condición de “cabeza de Extremadura” (es decir, de uno de los extremos del río Duero) en tiempos de la Reconquista. 

Admirar la recién restaurada ermita de san Saturio, cruzar la pasarela sobre el Duero y recalar en el claustro de un viejo monasterio templario es un ejercicio terapéutico que solo exige un mínimo de capacidad peripatética y admirativa. Para quienes de ordinario vivimos atrapados por el tráfago de una gran ciudad como Madrid, estas visitas son balsámicas, nos permiten atar cabos sueltos de historia, entender mejor algunas cosas del presente.


La ruta soriana de ayer jueves hay que unirla a la experiencia vivida el miércoles por la tarde en la iglesia parroquial de Navaleno. El presbítero visontino Pedro Utrilla celebraba 25 años de ordenación sacerdotal. La fecha exacta será el 12 de octubre, pero aprovechó la presencia de muchos veraneantes en los once pueblos que administra para tener con ellos una celebración anticipada. Como yo también pertenezco a los que se asoman por esta zona pinariega en tiempo de verano, me uní a la fiesta. 

Conozco a Pedro desde que era niño. Me gustaron mucho sus palabras emocionadas durante la homilía. Comprobé el cariño que le profesan sus parroquianos en una de esas comarcas que hoy eufemísticamente llamamos la “España vaciada”. Que alguien haya dedicado los quince últimos años de su vida a acompañar a estas personas (en su gran mayoría ancianas) merece un reconocimiento. Además de dar clase en distintos centros académicos, Pedro se ha especializado en “expedir pasaportes para el cielo” –como, con una pizca de humor, dijo alguno de los intervinientes– dado el número de funerales que celebra cada año.


Comparando los barrios hacinados de Madrid y el ritmo vertiginoso, me preguntaba por qué no hay más gente que se anima a vivir en esta “España vaciada” que tiene casi todo lo que se necesita para llevar una vida serena, en armonía con la naturaleza y la historia. Bastaría promover con determinación una economía que primara el trabajo y la sostenibilidad sobre la mera rentabilidad. Lo que a corto plazo supondría una apuesta valiente y quizá deficitaria en términos económicos, a la larga se revelaría como una verdadera opción humanista de futuro. 

De no hacer este tipo de apuestas, puede llegar un momento en el que el homo urbanus se convierta en una máquina manejada por quienes ostentan (o, en algunos casos, detentan) el poder. Hay lecciones esenciales de la vida que solo la naturaleza y la historia (los dos libros primarios) pueden enseñar. A la IA podemos adjudicarle otras tareas. No se va a quedar ociosa.

martes, 18 de agosto de 2026

La sinfonía de la vida


Las fiestas de mi pueblo en honor de Nuestra Señora del Pino y San Roque me han tenido absorbido durante varios días. La sucesión de celebraciones (entrega de velas, canto de la Salve, misas solemnes, procesiones, encuentros con las cofradías, rosarios cantados por las calles, etc.) no me ha dejado tiempo para acercarme a este Rincón. Una vez al año, merece la pena esta zambullida profunda en la tradición. A veces resulta un poco agobiante, como un amigo pesado empapado en alcohol, pero es más fuerte la belleza de un legado que se mantiene incólume a lo largo de  generaciones. 

Vengo participando en estos actos desde que era niño. Los cambios han sido mínimos. El rito es en esencia repetición. También aquí se dan polaridades. Algunos no quieren cambiar ni una coma. Otros abogan por pequeñas actualizaciones. Yo me apunto a la segunda opción. Un rito que no se actualiza acaba siendo un fósil. Todo lo que porta vida cambia con el paso del tiempo. Más allá de la legítima discusión sobre estos asuntos, sigue existiendo un abismo casi infranqueable entre devoción popular, liturgia y vida cotidiana. No sabemos matrimoniar estos tres ámbitos. Y, claro, todo se resiente. Habrá que seguir intentándolo.


Por lo demás, agosto ha entrado en su segunda mitad. Al verano le queda poco más de un mes. La vista empieza a dirigirse a lo que está por venir. Sigo viendo a muchos turistas que van y vienen. Un amigo mío hostelero me dice que cada vez gastan menos. A la gente le gusta moverse, pero las economías familiares no están para tirar cohetes. Muchos se conforman con lo mínimo. No es tiempo de dispendios que luego pasan factura. 

Mientras en muchos pueblos la gente baila y se divierte, la crisis de Ceuta lleva ya tres semanas abierta como una herida que se resiste a cicatrizar. Hay tensión entre las distintas administraciones, pero lo esencial es discernir cómo se afronta una crisis de esta magnitud. Ni el gobierno ni la oposición tienen una receta mágica. Hay muchos factores que entran en juego. El más perentorio es la atención a los seres humanos que deambulan por calles y playas, pero el más radical es comprender la dinámica que ha disparado esta crisis. Se trata de un verdadero laberinto en el que los agentes principales pueden enredarse. Me temo que la tensión sobre Ceuta y Melilla irá creciendo en los próximos años. Marruecos aspira a integrarlas en su territorio. España no puede estar siempre a la defensiva sin acusar un gran desgaste.


Resulta difícil combinar el descanso de las vacaciones con las noticias que nos llegan cada día. En Colombia siguen sufriendo las consecuencias del terremoto. Desde la isla indonesia de Flores me llegan noticias de otro terremoto que ha afectado a varias comunidades claretianas de la región. Por más que intento mantenerme alejado de los medios digitales durante estos días, es inevitable no enterarse de estas cosas. Siempre procuro meterme en la piel de quienes las padecen. ¿Qué se siente cuando uno pierde de repente su casa o algunos seres queridos? 

Desde la tranquilidad de un sofá, estas noticias duelen poco. Solo la cercanía nos hace vulnerables. Recuerdo muy bien el impacto que me produjo el terremoto que afectó a algunas zonas de El Salvador en enero de 2001. La percepción física del temblor y el contacto con los damnificados me hizo comprender un poco la magnitud de la tragedia. De hecho, han pasado 25 años y sigo manteniendo vivo el recuerdo. Necesitamos acercarnos a las personas y lugares para compartir de verdad su sufrimiento. Gracias a Dios, la Iglesia es una red tan grande de comunidades que siempre hay alguna cerca de las tragedias. Donde un cristiano le presta a Dios su corazón y sus manos para ayudar a la gente, allí está toda la Iglesia representada.



jueves, 13 de agosto de 2026

Mereció la pena


Todo se cumplió con precisión milimétrica. Aunque probablemente se hubiera podido ver desde el balcón de mi casa, decidimos caminar hasta un claro del bosque para tomar distancia y estar más en contacto con la naturaleza. Hacia las 19,25, la luna nueva empezó a morder la esfera solar. Las gafas especiales ayudaban a ver el sol naranja con una mancha negra creciente. Fui alternando la contemplación del fenómeno con breves paseos por el pinar. La luz iba menguando casi inadvertidamente. Todo se desarrolló como un lento ejercicio de gimnasia rítmica. 

A las 20,29 el círculo lunar tapó por completó el solar. Fue el momento del eclipse total. Se hizo un silencio grave. De repente llegó la noche, pero una noche iluminada. La temperatura descendió ligeramente, mucho menos de lo que habían anunciado. Desprovisto de mis gafas, contemplé arrobado el espectáculo de un círculo negro rodeado de una corona naranja brillante. Duró poco –menos de dos minutos– pero fue suficiente para experimentar eso que los modernos llaman un “momento mágico”. No dije nada. Me limité a contemplar, como si fuera un hombre prehistórico encandilado por el dios sol.


Enseguida el círculo lunar se fue retirando. Se hizo de nuevo la luz. En pocos minutos, el sol se escondió por la cima del monte Robledo, que quedó iluminado por una sugestiva aura naranja. Lentamente, como quien ha asistido a un hecho insólito, regresé a casa caminando. Fueron solo veinte minutos, pero sentí la necesidad de hacer pocos comentarios. Una de mis hermanas, que se quedó en casa, nos contó a la vuelta la cobertura mediática. 

Las televisiones se volcaron con el eclipse. Parecía que el mundo se había detenido y que no existía nada más. No faltaron los comentaristas que enseguida vieron en este enorme despliegue una maniobra de distracción. Mientras la gente se prepara para el eclipse, vive el eclipse y habla del eclipse, otros asuntos de mayor calado (por ejemplo, la crisis de Ceuta) pasan a segundo plano. A veces, la naturaleza echa un cable a los políticos de turno, aunque luego les cobre un fuerte peaje.


Algunos lectores del blog me pidieron ayer que comentara mi experiencia del eclipse. Poco más puedo añadir a lo ya escrito. Solo que vi más turistas extranjeros (franceses, belgas, holandeses, alemanes y británicos) que de ordinario. Algunos venían provistos de potentes cámaras para documentar el fenómeno. Aunque lo disfruté mucho, jamás se me hubiera ocurrido recorrer 1.000 kilómetros para verlo, como hicieron ellos. Es evidente que tenemos distintas prioridades… y posibilidades. 

Por la noche, cené con unos amigos. Como es natural, hablamos de la experiencia vivida. Todos convinimos en que había sido algo hermoso y seductor. Por suerte, no tuvimos que desplazarnos de nuestro pueblo para verlo en todo su esplendor. La tarde estaba serena, así que ninguna nube nos impidió gozar del espectáculo. Algunos hicieron fotos profesionales. Yo preferí concentrarme en la contemplación. Sé que internet ofrecerá un supermercado de vídeos y fotografías de gran calidad. No sé si fue a causa del eclipse o de la cena, pero confieso que la noche pasada he dormido como un bebé.



miércoles, 12 de agosto de 2026

El eclipse de Dios


E
sta tarde, armado de esas famosas gafas homologadas que llevan semanas vendiendo o distribuyendo gratis, veré el eclipse de sol, desde la explanada de Covatillas, a las 20,29, con una duración aproximada de 1 minuto y 42 segundos. Aquí, en mi pueblo natal, estamos en zona de máxima visibilidad, aunque tendremos que alejarnos un poco del núcleo urbano para esquivar la imponente barrera del monte Robledo, que siempre adelanta el crepúsculo. Me imagino que nos concentraremos un buen número de personas, aunque no tantas como en otros lugares de la provincia que han sido señalados como puntos especiales de observación. 

Quienes han asistido a otros eclipses totales dicen que en esos instantes se produce una sensación especial. Veremos. Sé que los astros nos influyen, pero no sé cuánto ni cómo. Podría engrosar el club de quienes se niegan a ver el eclipse para no plegarse a los dictados de la masa, pero en esta ocasión he preferido unirme a ella para luego reivindicar con sentido histórico: “Yo estuve allí”. No siempre es necesario tomar distancia de la mayoría. Sentirse masa –¿o pueblo?– también nos cura de un cierto elitismo suicida.


Es imposible no vincular este eclipse total con lo que estamos viviendo en relación con Dios. Desde hace décadas se habla del eclipse de Dios –¿parcial? ¿total?– en las sociedades occidentales. Si Dios es el “Sol naciente que nace de lo alto” (por utilizar las palabras del Benedictus), ¿quién es la luna que se interpone entre Él y nosotros y nos impide percibir su luz? No tengo la menor duda. Esa “luna” engreída somos los propios seres humanos, esos seres “poco inferiores a los ángeles” (salmo 8) que en un momento de la historia –a caballo entre los siglos XVIII y XXI– han creído que ya era hora de hacerse con las prerrogativas que los siglos anteriores habían atribuido a Dios. ¿Omnisciente? ¡La IA nos ayudará a saberlo todo como si fuéramos pequeños dioses! ¿Omnipotente? ¡La ciencia y la técnica nos brindarán herramientas para llevar a cabo nuestros sueños de grandeza! ¿Bondadoso? Aquí no es tan fácil encontrar una versión humana satisfactoria de la bondad divina.


Lo que los eclipses solares nos enseñan es que se trata de fenómenos efímeros. Duran unos segundos o minutos, pero ni el sol ni la luna se detienen indefinidamente en una situación de opacidad. Y lo mismo sucederá con este “eclipse cultural” de Dios. Parece definitivo, pero no es más que una etapa de la historia que pasará. La naturaleza nos ayuda a interpretar la historia porque la precede. Contemplando el eclipse de esta tarde, le pediré a Dios que no nos oculte su rostro, que mantenga siempre despierta nuestra actitud de búsqueda, que nos ayude a descubrir su Luz inmarcesible detrás de esa luna que somos nosotros, los seres humanos. 

Es verdad que no podemos mirar al Sol de Dios y permanecer vivos. Necesitamos ponernos las “gafas homologadas” de la humanidad de Cristo para adorar el Misterio sin quedar aniquilados. Mirando a Cristo, sacramento visible del Dios invisible, sabemos que Dios ha querido hacerse humano para romper la distancia que nos separa de Él, para superar todo eclipse, sin eliminar su naturaleza divina. El eclipse de esta tarde también puede ser una hermosa y profunda oración de vísperas que nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos nosotros y quién es Él.

  

martes, 11 de agosto de 2026

Un cóctel de verano


Si en el cóctel de hoy vertemos unas gotas de santa Clara de Asís y le añadimos un manojo de expectativas sobre el eclipse de mañana y algunas imágenes de los niños que corretean por Ceuta o del terremoto de Colombia, nos sale una bebida agridulce, tirando a amarga. La desgracia de Colombia me toca de cerca porque he visitado muchas veces el país, tengo allí buenos amigos y varias casas e iglesias de los claretianos han sido gravemente afectadas, sobre todo en las ciudades de Cali y Pereira. 

Los aficionados a la astrología dicen que este es solo uno de los muchos fenómenos catastróficos que acompañarán al eclipse. Yo, que soy muy escéptico, me limito a constatar la imprevisibilidad y gravedad de los desastres naturales. Más allá de los hechos y las explicaciones, observo en muchas personas un tono vital pesimista, como si arrastráramos la existencia.


Hace falta mucho cuajo –o mucha fe– para vivir con serenidad y alegría cuando sobreabundan los motivos de preocupación. Es probable que muchas personas opten por evadirse de todo mediante un carrusel de experiencias vertiginosas: viajes, fiestas, bebidas… Yo prefiero lentificar el tiempo, respirar hondo, perderme en el bosque, orar en silencio en la iglesia renacentista de mi pueblo, contemplar la imagen de la Virgen del Pino, leer por las tardes en la vieja mecedora del salón familiar mientras el sol castiga los tejados y, si se tercia, compartir algunas conversaciones sin prisa tomando un café o una cerveza. 

Cada uno tenemos nuestros ritos personales para exorcizar la negatividad que nos envuelve. Quizá lo más importante es no dejarnos colonizar por la resignación o por esa languidez que envuelve a quienes no esperan nada de la vida, sino que se limitan a gestionar la “anatomía de los instantes” como si fueran cirujanos acostumbrados a sajar la piel sin la más mínima emoción.


Cuando, además de sencillos ritos cotidianos, tenemos la fuerza de la fe, entonces cada día cobra un nuevo sentido. No es necesario que encajen todas las piezas del puzle de la vida para ser felices. Empezamos a valorar todo, como si cada jornada fuera la última de nuestra vida. No damos nada por descontado: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los besos que recibimos, el pan fresco del desayuno, la sonrisa de un viandante a quien conocemos poco, la energía de los niños, la ensalada de verano, el mensaje de un amigo… 

Quizá no haya arma más potente contra el pesimismo que la gratitud. Ser agradecidos es una forma de reconocer que todo es gracia. Y donde hay gracia está Dios. La gratitud es, en el fondo, un canto silencioso a la existencia de Dios, una forma de reconocer que Él nunca nos abandona, que se hace el encontradizo con nosotros en los “sacramentos diminutivos” de la vida cotidiana. ¿No es esta la fuente de una alegría serena, profunda, que nada ni nadie nos podrá arrebatar? No es necesario dejarse seducir por los señuelos de la publicidad. Basta dejarse llevar por el corazón.

lunes, 10 de agosto de 2026

He andado muchos caminos


Me llama la atención la importancia que Leonor Izquierdo, la chiquilla con la que Antonio Machado contrajo matrimonio, ha adquirido en Soria. No solamente tiene una estatua junto a la iglesia de Santa María la Mayor o un hotel con su nombre, sino que incluso en el cementerio del Espino han levantado un pequeño museo que recuerda algunos hitos de su corta vida. Se encuentra a cuatro pasos de la tumba que alberga sus restos. 

Recorrí ayer todos esos lugares en una ruta machadiana que me llevó también hasta el “olmo seco” que se yergue frente a la iglesia de Nuestra Señora del Espino, las orillas del río Duero y el viejo instituto donde el poeta enseñaba francés. Hacía muchos años que no visitaba con calma todos estos lugares. El paso del tiempo les ha conferido una aureola que parece excesiva, pero, en realidad, es una forma de agradecer a Antonio Machado el amor que sentía por una pequeña ciudad provinciana donde fue feliz por un corto período de tiempo. Lo que más admiro de este poeta sevillano, soriano y castellano es su capacidad para evocar verdades universales sin ahogarlas en una poesía críptica o barroca. Sus poemas los entiende un catedrático, un campesino y una limpiadora. Lo que para algunos exquisitos sería señal de falta de hondura, para mí es el sello de su genio.


¿Quién no ha citado alguna vez en sus conversaciones aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”? Con la musicalización de algunos de sus poemas, Joan Manuel Serrat contribuyó a su difusión más que muchos profesores de literatura. Por eso, muchas personas se saben de memoria su célebre “saeta” o su 
“retrato”. Yo siempre tengo a mano las Obras Completas que me regalaron el día de mi ordenación sacerdotal. De vez en cuando, releo sus poemas como quien ingiere una dosis de vitaminas para el espíritu. Me sorprendo encontrando nuevos matices a algunos que me parecían ya amortizados. Pero ayer, el que me conmovió –tal vez por releerlo junto a la sencilla tumba de Leonor– fue su oración mortuoria: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


La ruta machadiana se amplió a otros lugares de Soria que hacía tiempo que no visitaba: la encantadora iglesia románica de san Juan de Rabanera, la ermita rococó del Mirón, la vieja iglesia de santa Clara (convertida hoy en sala de conciertos), el convento carmelitano fundado por Santa Teresa de Jesús en 1581, el entorno de la concatedral de san Pedro y –por supuesto– ese oasis urbano que es la Alameda de Cervantes, la célebre Dehesa en el habla popular. Paso por la ciudad de Soria varias veces al año, pero hacía tiempo que no me detenía a disfrutar de sus rincones sin prisas, por el mero placer de dejarme empapar por la historia. Hubo un tiempo en que esta pequeña ciudad castellana llegó a tener hasta 35 parroquias. Eso explica la cantidad de iglesias de distintos estilos, algunas de las cuales fueron destruidas durante la invasión napoleónica y otras cayeron en desuso tras la desamortización de Mendizábal. 

Me sorprendió también el esfuerzo sostenido por restaurar muchos de estos lugares y, en general, por embellecer la ciudad y dotarla de una oferta cultural variada a lo largo de todo el año. Es probable que el benéfico influjo de Machado tenga algo que ver con todo esto.

domingo, 9 de agosto de 2026

Lo grave es desconfiar


Es frecuente que Jesús invite a sus discípulos a no tener miedo. Se ve que el miedo es inherente a los seres humanos. Tenemos miedo de los fantasmas del pasado, de las incógnitas del presente y de la incertidumbre del futuro. Tenemos miedo incluso de Dios porque es un Misterio que nos atrae de manera casi irresistible, pero también nos infunde temor. Él es “tremendo y fascinante” a un tiempo. En el Evangelio de este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús vuelve a pedir a sus discípulos, asustados por la tormenta y por el “fantasma” que camina sobre las aguas del lago, que no tengan miedo. Acompaña esa exhortación con una declaración de identidad: “Soy yo”. Es como si les dijera: “Aunque creáis que soy un fantasma, en realidad soy la presencia benéfica de Dios a vuestro lado. No hay tormenta que pueda hacer naufragar la barca”. 

Lo único que les pide a cambio es que tengan fe, que confíen en Él. Lo opuesto a la fe no es la duda, sino el miedo, la desconfianza. Pedro es un perfecto ejemplo de la dualidad que nos acompaña a todos nosotros. En momentos de bonanza, es capaz de confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Incluso presume de su asertividad, pero, cuando llega la tormenta, duda, se tambalea. Jesús tiene que tomarlo de la mano para que no se hunda. La presencia de Jesús amaina el furor del viento y de las olas. Solo entonces, cuando todos ven los signos del poder divino del Maestro, se produce la confesión comunitaria de fe: “Realmente es el Hijo de Dios”.


Esta escena es un espejo que nos ayuda entender lo que nos pasa a nosotros. Cuando vivimos una existencia apacible, cuando todas las piezas del puzle de nuestra vida parecen encajar, no nos resulta difícil creer en Jesús. Podemos verlo incluso como la pieza que completa el cuadro. Pero cuando experimentamos algunas tormentas en nuestra vida, tenemos la impresión de que Él está ausente. Nos cuesta mucho reconocer los signos de su presencia misteriosa. Lo confundimos con un fantasma, una ilusión, un recuerdo infantil, un residuo cultural. 

Y, sin embargo, es precisamente en las pruebas de la vida donde Él manifiesta la fuerza de su divinidad. Cuando parece que navegamos a la deriva, Él nos dice lo mismo que a los discípulos: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Es probable que, de entrada, estas palabras nos conforten, pero, cuando Él nos pide que nos acerquemos “caminando sobre las aguas” de la prueba, empezamos a vacilar. ¿Y si todo fuera una sugestión de nuestra mente que busca consuelos fáciles? ¿Y si Él no estuviera al otro lado y nos hundimos todavía más en las aguas procelosas de la crisis? La falta de confianza es precisamente la que provoca nuestro hundimiento. Entonces, cuando parece que todo está perdido, Él nos toma de la mano y nos sostiene. Frente a nuestra desconfianza congénita, se alza su fidelidad indomable.


Es evidente que nos cuesta confiar. La cultura moderna, troquelada por los “maestros de la sospecha”, nos ha convertido en desconfiados. Todo lo que suena a fundamento, sentido, futuro, Dios, nos parece un timo. No hay nadie más desconfiado que quien ha sido timado alguna vez. ¿Cómo restaurar la confianza que sostiene la fe? ¿Cómo fiarnos de Jesús, aunque las tormentas de la vida nos hagan tambalear y Él nos parezca un fantasma? Todo depende de ese misterioso “soy yo”. Sin acoger esas palabras, que son eco de divinidad, no hay manera de confiar. 

No se trata de buscar pruebas imposibles, sino de cultivar una relación. Frente al “yo” de Jesús tenemos que colocar nuestro humilde “tú”, de manera que se forme una alianza indestructible. Lo que de verdad nos devuelve la fuerza de la fe no es tanto la tempestad calmada, cuanto la seguridad de que Él es y está. Dudar es una actividad inherente a la fe. Desconfiar la destruye. No deberíamos asustarnos de las múltiples dudas que parecen amenazar nuestra fe en Dios. En la mayor parte de los casos nos ayudan a purificarla y acrisolarla. Lo que tendría que darnos miedo es la desconfianza porque mina la sustancia de la fe.



sábado, 8 de agosto de 2026

Contemplar y compartir


Enfundado en el alba y la casulla, sudé ayer por la tarde en la normalmente fría iglesia de mi pueblo. Eso me hizo entender que este año el verano está siendo riguroso, incluso en un lugar en el que muchos solían venir huyendo de los calores de otras partes. No noté mucha diferencia entre el bochorno de Madrid y el calor de Vinuesa. Solo por las noches es más perceptible el contraste, lo que no es poco para poder descansar. 

El primer día de las vacaciones se va en saludos y adaptaciones al nuevo ritmo. Lo he empezado caminando por el bosque cuando todavía el termómetro marcaba 17 grados y tomando un desayuno a base de kéfir, nueces y frutas. Se ven muchas caravanas aparcadas en el estacionamiento reservado para ellas y gentes de diverso pelaje moviéndose de un lugar a otro. Parece que el eclipse total del próximo día 12 ha movilizado incluso a algunos centroeuropeos. De hecho, he visto un enorme autobús repleto de turistas holandeses. A mí me gusta más el pueblo cuando hay poca gente, pero es inevitable que se llene en agosto. Todo el mundo tiene derecho a respirar un poco.


Hoy recordamos a un santo -Domingo de Guzmán- que está muy ligado a esta tierra. Oriundo de Caleruega, fue canónigo en la catedral de Osma. Su ideal de contemplación y apostolado sigue siendo tan válido hoy como en el siglo XIII. Frente a quienes se dejan llevar por impulsos sentimentales, falsamente evangélicos, Domingo reivindicaba la importancia del estudio de la Palabra de Dios. Conviene recordarlo hoy. Cada vez me encuentro con más grupos de cristianos de buena voluntad, guiados por personas un tanto desequilibradas, que intentan “poner de moda a Dios” en el contexto de nuestra sociedad secularizada. Admiro su desparpajo, pero temo su inmadurez. Llevados por no sé qué extraño espíritu, embarcan a personas ingenuas en caminos espirituales que no conocen. Las someten a sus arbitrariedades y abusos dejándolas confundidas. 

Este no es un fenómeno del pasado (como los cátaros a los que tuvo que enfrentarse Domingo), sino algo que está muy vigente. Lo he visto en México el mes pasado y lo veo también en algunos lugares de España. En alguna medida, la proliferación de estos grupúsculos de “iluminados” está ligada a nuestra pastoral superficial y acelerada, que no tiene tiempo ni hondura para acompañar a los cristianos en sus procesos de crecimiento espiritual.


En las pocas horas que llevo en mi pueblo natal, varias personas me han hablado del impacto que les produjo el viaje de León XIV a España el pasado mes de junio. Es como si hubieran experimentado una atracción que suele ser más frecuente en el ámbito del arte y del deporte que en el de la religión. Quizás, más allá del magnetismo de una figura serena como la del Papa, lo que muchos han visto en él ha sido una referencia de valores objetivos, una propuesta de un camino preciso en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión. 

León XIV ha sido una especie de Domingo de Guzmán que, sin aspavientos ni liderazgos espectaculares, ha conseguido mostrar que en el Evangelio seguimos teniendo una brújula segura para navegar en este cambio de época. Su origen estadounidense, su experiencia misionera peruana y sus años de gobierno como superior general de los agustinos le han proporcionado una mirada muy universal. De esta forma, se hace cargo de lo que hoy estamos viviendo. Por eso, sus palabras son precisas, medidas, atinadas. No dice más que lo imprescindible. Y lo hace de manera clara (es matemático de formación), hermosa (es heredero de san Agustín) y estimulante (no pretende regañar, sino animar). Pasado el verano, necesitaremos volver sobre sus mensajes para seguir profundizando.

jueves, 6 de agosto de 2026

Iluminar sin eclipsar


Los medios de comunicación llevan días preparándonos para el eclipse total que tendrá lugar el próximo miércoles 12 de agosto. Es uno de los temas estrella del verano, junto al triunfo de España en el Mundial de fútbol, los incendios y la invasión de Ceuta por parte de miles de marroquíes. Hemos pasado de ser entrenadores de fútbol, expertos en incendios y politólogos que dominan la geoestrategia mundial a ser astrónomos aficionados que pontifican sobre el significado de un eclipse, los lugares mejores para contemplarlo y los riesgos que corremos si no lo hacemos como Dios manda. 

Hacia las 8,30 de la tarde del miércoles 12, la luna cubrirá el sol y todo se oscurecerá durante un período que varía según los lugares, pero que oscila entre uno y dos minutos. En este contexto crepuscular, la fiesta de la Transfiguración del Señor no nos habla de tinieblas, sino de resplandor. La versión de Mateo que leemos este año dice que Jesús “se transfiguró delante de ellos [Pedro, Santiago y Juan], y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús no eclipsa al Padre, sino que lo refleja en su rostro iluminado. No se interpone entre el hombre y Dios, sino que lo revela plenamente porque Él es el Hijo amado de quien podemos fiarnos.


Cuando llega esta fiesta anual, la mente se nos va al recuerdo de la bomba atómica de Hiroshima (1945), a la muerte de san Pablo VI (1978) y a la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) que el papa san Juan Pablo II articuló en torno al icono de la Transfiguración. Perfectamente podríamos celebrar hoy la Jornada de la Vida Consagrada en vez de hacerlo el 2 de febrero. Con esta concentración de motivos, la fiesta adquiere una gran densidad. 

En medio de nuestras desfiguraciones (de las que Hiroshima es el símbolo contemporáneo), estamos llamados a mirar el rostro luminoso de Cristo. En él descubrimos que también nosotros hemos sido transfigurados por la gracia de Dios para descender desde la montaña de la oración al valle de la vida cotidiana con el rostro iluminado. La vida consagrada es un recordatorio permanente, exagerado, profético, de lo que todo cristiano experimenta cuando se encuentra con Cristo. Animados por la fuerza de esta experiencia, podemos afrontar las pruebas de la vida sin perder la esperanza, convencidos de que, unidos a Cristo, la tiniebla se convierte en luz y la muerte es derrotada por la vida eterna. La transfiguración es una claraboya por la que el cielo se hace visible en la tierra.


Soy consciente de que muchas personas tienen dificultades para subir a la “montaña alta” donde tiene lugar esta revelación. Sus vidas discurren en este “valle de lágrimas” que es la vida cotidiana. Hablando ayer con un amigo mío, profesor de bachillerato en un pequeño colegio multicultural de la periferia de Madrid, conocí varias historias de adolescentes que provienen de familias rotas, que se hacen heridas en el antebrazo, que se escapan de casa y que consumen sustancias con la vana ilusión de huir de una vida miserable. 

No aspiran a una transfiguración profunda, sino solo a una evasión efímera. Sobre sus espaldas llevan mochilas pesadas llenas de desprecios, amarguras y vacíos. A veces reaccionan con agresividad cuando lo que buscan es reconocimiento y cariño. ¿Quién puede acompañar a estos jóvenes a escalar la montaña en la que uno se encuentra con Cristo? Es verdad que, junto a historias desfiguradas, hay también preciosos testimonios de historias transfiguradas, pero para que se dé el paso de unas a otras se necesitan guías que acepten el reto de caminar junto a los que se encuentran en los bordes del camino.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Dos estrellas cuestan cien euros


Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo. 

Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.


Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100. 

El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.


Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias. 

Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.