domingo, 20 de septiembre de 2026

Nunca es tarde para cambiar


Cuando regresaba de celebrar la Eucaristía, me he encontrado en la calle Princesa con los corredores que participaban en la carrera de 10 kilómetros “Madrid corre por Madrid”. La salida estaba en la plaza de san Juan de la Cruz (en el paseo Castellana) y la meta en el paseo de Camoens, a poca distancia de mi casa. El cupo máximo eran 10.000 corredores. No sé si habrá alcanzado esa cifra. Dominaban las personas de mediana edad, pero había también algunos mayores valientes y, por supuesto, muchos jóvenes. La mayoría eran hombres, pero había también mujeres. Algunos corrían con mucha energía y ritmo constante, como si fueran sobrados. Otros subían la calle Princesa con la lengua fuera, haciendo un esfuerzo ímprobo para acoplarse al ritmo de los demás. Alguno, a pocos metros del final, ha renunciado a correr y se ha puesto a caminar. 

Aunque el evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario nos propone la parábola del propietario de un viña que contrata trabajadores a distintas horas del día y a todos les paga el mismo jornal, yo he relacionado su mensaje con la carrera madrileña. Tanto en la viña de la parábola de Jesús, como en la carrera madrileña, hay personas que trabajan o corren a distinta velocidad y con diferente resultado. Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Mientras en la carrera solo los primeros se llevan los premios, en la extraña –y humanamente injusta– lógica del Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.


Estas palabras de Jesús resultan ofensivas en el contexto de una sociedad igualitarista como la nuestra. El comportamiento del propietario de la viña sería sancionable de acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores. No puede cobrar lo mismo haciendo el mismo trabajo quien ha currado solo una hora que quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno”. Pero aquí no se está hablando de cuestiones legales ni de las distintas acepciones de la justicia, sino de algo más profundo y determinante: se está hablando de la imagen de Dios. “Dime cómo es la imagen de Dios en el que crees y te diré cuáles son tus actitudes y tus conductas”. 

Si no dejamos que el Espíritu Santo evangelice nuestro corazón, las imágenes que solemos tener de Dios no son más que proyecciones de nuestras experiencias humanas. Da igual que lo imaginemos como un padre castrador, un juez implacable o un abuelete de luenga barba blanca que nos consiente todo y no nos exige ninguna responsabilidad. Da igual que lo pensemos como una madre liberal que apela al ejercicio de nuestra autonomía o como una fuerza impersonal que recarga nuestra batería a base de no sé qué extrañas energías y vibraciones. En todos estos casos, estamos construyendo un dios “a nuestra imagen u semejanza”, a la medida de nuestros deseos, expectativas, temores o frustraciones.


Con su provocativa parábola, Jesús quiere desmontar nuestras imágenes demasiado humanas de Dios para hacernos ver que Él siempre desborda lo que nosotros pensamos, imaginamos o proyectamos. Él no se atiene a nuestros códigos de justicia porque –como leemos en la primera lectura de Isaías– “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Dios es un Padre que siempre da una nueva oportunidad a sus hijos, que no mide a todos por el mismo rasero, que nunca da por cerrado el tiempo de la vuelta a casa. En este sentido, la parábola de hoy se parece mucho a la parábola del padre misericordioso y los dos hijos pródigos (Lc 15,11-32). 

En ambos casos, es Dios (en la figura del propietario o del padre) quien sale a buscar trabajadores (para trabajar en su viña) o a sus hijos (para que regresen a casa). Los viñadores de la primera hora, al enterarse de que el dueño paga igual a los que han llegado los últimos, reaccionan exactamente igual que el hijo mayor de la parábola de Lucas 15. La comparación y la envidia (tan típicas del corazón humano) prevalecen sobre la compasión y la misericordia (tan típicas del corazón divino). La pregunta salta sola: ¿A quién se parece la imagen de Dios que tenemos cada uno de nosotros? Si la parábola de Jesús no nos provoca un tanto, es casi seguro que hemos domesticado demasiado a Dios según nuestras conveniencias. Nunca es tarde para cambiar.

martes, 15 de septiembre de 2026

Los valores compartidos


No vi anoche ni la entrevista que Pablo Motos le hizo a Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, en El hormiguero, ni la que le hizo el Gran Wyoming a Pedro Sánchez, presidente del gobierno, en El intermedio. Hoy los periódicos dedican mucho espacio a esta confrontación hospedada por dos televisiones (Antena 3 y La Sexta) pertenecientes al mismo grupo mediático: Atresmedia. Jugada maestra. Dos voces para un mismo (des)concierto. Por lo que he leído, parece evidente que estamos ya calentando motores para la campaña electoral, si es que no hemos entrado de bruces en ella. La crisis de Ceuta parece ser el pistoletazo de salida. 

En este asunto –como prácticamente en todos los que tienen que ver con la cosa pública– resulta imposible hacerse una idea cabal de lo que ha sucedido y de lo que habría que hacer. No olvidemos que, en las sociedades dominadas por los medios, lo esencial no es buscar la verdad, sino “controlar el relato”. Los gabinetes de prensa (u oficinas de comunicación) de las distintas instituciones pugnan por ofrecer relatos convincentes, aunque no sean verdaderos. Las redes sociales se encargan luego de amplificarlos hasta la extenuación. Y los ciudadanos de a pie, conscientes de esta manipulación, acabamos enojándonos un poco más de lo que ya estábamos y sintiéndonos impotentes.


Lo peor de todo es que la rabia no acaba de traducirse en acciones enérgicas. No es suficiente votar cada cierto tiempo. Ni tampoco manifestarse en la calle con pancartas. En las sociedades democráticas, la participación ciudadana tiene que ser constante, libre, responsable y eficaz. El cacareado “poder del pueblo” necesita mediaciones ordinarias y extraordinarias, no cesiones incontroladas a una élite, por más que haya obtenido la victoria en las urnas o en el parlamento. Pasar del “derecho al voto” a una verdadera “cultura democrática” (por tanto, participativa) exige educación y tiempo. Y algo mucho más profundo: un territorio común de valores compartidos. 

¿Cuáles son hoy por hoy esos valores que nos permiten convivir pacíficamente en las sociedades plurales como la española? En el preámbulo de la Constitución se mencionan algunos: la justicia, la libertad, la seguridad, el bien común, un orden económico social justo, el imperio de la ley, los derechos humanos, la digna calidad de vida, la paz y la cooperación con otros pueblos. Curiosamente, no se habla de la verdad. No sé si todos tenemos una comprensión parecida de estos “valores” que sostienen la carta magna de la convivencia, pero, por lo menos, señalan un horizonte axiológico al que atenernos. Cuando este se desdibuja o se manipula, todo se reduce a tacticismo y maquiavelismo.


Lo importante, pues, no es “controlar el relato” para defender los propios intereses, sino fortalecer los valores que nos permiten discernir en cada momento qué decisiones se deben tomar. No hay nada más eficaz que una axiología bien fundamentada y compartida. Los pueblos que respetan y cultivan los valores que los sostienen pueden afrontar las crisis con garantía de éxito. Los que se mueven a golpe de encuestas de opinión o de intereses mezquinos acaban pagando un alto precio. 

Necesitamos “rearmar” los valores democráticos y “desarmar” las descalificaciones. La legítima pluralidad de opiniones y opciones solo se puede garantizar cuando compartimos un conjunto de valores y de reglas de juego que no se cambian en mitad de la partida. La educación familiar y escolar tiene mucho que hacer en este campo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Tenemos "otra" Fórmula 1


Ayer se celebró en Madrid el Gran Premio de España de Fórmula 1. Se lo conoce como Madring. Algunos consideran que ha sido un gran éxito con repercusiones muy positivas para la ciudad, mientras otros piensan que se trata de una inversión innecesaria y ruinosa. Algunos vecinos denuncian el exceso de decibelios mientras otros se forran alquilando sus viviendas. Hay opiniones para todo. No estoy en contra de los grandes eventos, pero siempre me pregunto por qué somos capaces de movilizar recursos para construir un circuito de la nada en poco más de un año y nos cuesta tanto ponernos de acuerdo para resolver problemas más acuciantes como el sinhogarismo o la vivienda en general. No creo que sea un planteamiento demagógico. 

En el primer caso, se esperan retornos sustanciosos, prestigio y fama; en el segundo, no se ven claramente las ganancias a corto plazo. El primero es claramente un artículo de lujo que solo las sociedades ricas se pueden permitir; el segundo es una necesidad social perentoria. Una vez más, es cuestión de prioridades. Los mismos seres humanos que somos capaces de desarrollar la IA, lanzar un satélite al espacio o montar un circuito de Fórmula 1 en tiempo récord, deberíamos ser capaces de cubrir las necesidades básicas de todos. ¿Por qué no lo hacemos?


La respuesta no es solo técnica. Es ética. Es espiritual. No lo hacemos porque la preocupación por los demás no figura en la cima de nuestros intereses. No lo hacemos porque, manteniendo las desigualdades, podemos ejercer mayor control. No lo hacemos porque el bienestar de unos pocos se sustenta sobre la explotación de muchos. No lo hacemos, en definitiva, porque solo muriendo a nosotros mismos podemos conseguir que los demás vivan. El único ser humano que ha entendido a fondo esta dinámica ha sido Jesús. Por eso, murió clavado en la cruz. 

Más allá de sus connotaciones históricas, esto es precisamente lo que celebramos hoy con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La verdadera Fórmula 1 para que todos los seres humanos podamos vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios es aprender a cuidarnos unos a otros como hermanos. Esto no significa igualar a todos en la miseria (que es a lo que conducen algunos sistemas políticos igualitaristas), sino colocar como prioridad el cuidado de los demás, sobre todo de los más frágiles.


No sé si los cristianos somos conscientes de que nuestra marca corporativa, o nuestro logo comunitario (por usar categorías contemporáneas), es una cruz. No sé si nos hacemos cargo de que nuestro líder (sigo con categorías seculares) es un fracasado rehabilitado. O un Crucificado/Resucitado, por decirlo con categorías teológicas. Si hacemos nuestra la dinámica existencial de Jesús, no tendríamos que sorprendernos de que la vida sea siempre una victoria sobre la muerte. Y de que cualquier progreso en la historia humana que vaya en línea con el Reino de Dios está atravesado por esta misma lógica. 

Por eso, pretender dar vida sin morir es una quimera. La vida es siempre fruto del amor. Y el amor es un egoísmo vencido, una muerte al yo cerrado y una apertura al tú que me interpela. El “nosotros” de cualquier relación (amical, esponsal, filial, social) es siempre un milagro pascual, el resultado de aplicar la Fórmula 1 de la cruz de Jesús. Con la resaca de un fin de semana acelerado, no sé si estamos para estas meditaciones.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Lo que cuesta escuchar


Parto de algunos ejemplos tomados de la vida cotidiana. Ejemplo primero. Una persona dice: “Acabo de venir del médico. Me ha dicho que tienen que operarme de la cadera”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo conozco a un vecino que le operaron de la cadera y quedó fatal. Tienes que asegurarte de encontrar un buen cirujano”. Ejemplo segundo. Una persona dice: “Me está costando asumir la muerte de mi madre. Hay días que me parece que todavía está a mi lado”. Reacción del interlocutor: “Pues recuerdo que, cuando murió mi madre, me pasaba varias noches sin dormir pensando en ella. Es cuestión de tiempo”. Ejemplo tercero. Una persona dice: “Este verano he visitado Croacia. Me ha encantado la gente”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo he estado en Italia, que tiene muchos más atractivos que Croacia”. 

Los ejemplos no se apartan un ápice de lo que experimentamos todos los días en conversaciones formales e informales. Hay personas que necesitan compartir una experiencia con otras personas. En cuanto empiezan a hablar, suelen ser interrumpidas por su interlocutor, que, en vez de escuchar con atención lo que esa persona dice, comienza a compartir su reacción y a hablar de lo que a él o a ella le preocupa.


No es fácil encontrar personas que quieran y sepan escuchar, que acojan en silencio lo que las otras personas quieren comunicar y que no se apresuren a responder, o simplemente a interrumpir. Escuchar con atención a quien habla parece una norma elemental de urbanidad y, sin embargo, nos la saltamos casi siempre. Lo he experimentado, sobre todo, cuando se trata de escuchar relatos de enfermedades y de muertes. En vez de prestar atención a quien los comparte para ayudarle a explorar sus sentimientos, enseguida reaccionamos con lo que nos ha pasado a nosotros. ¡No es el momento! 

Cuando una persona comparte las emociones que está viviendo a propósito de la muerte de un ser querido, jamás deberíamos interrumpirla contando lo que nosotros vivimos en una situación semejante. ¡No es el momento! Escuchar es un ejercicio de descentramiento, de vencer la tiranía del yo, que siempre busca protagonismo, para que crezca el tú. Escuchar es hacerse todo oídos para que la otra persona se haga toda palabra.


Como hemos perdido la capacidad de escucharnos con empatía en las interacciones cotidianas, hemos tenido que inventar los “centros de escucha” para paliar ese déficit. Abundan cada vez más en parroquias, colegios y otras instituciones. En una sociedad tan individualista como la nuestra, a veces lo único que necesitamos para salir adelante es que alguien nos escuche con empatía y silencio, sin sentirse obligado a contarnos su experiencia y mucho menos a darnos una respuesta apresurada. 

Escuchar es, en definitiva, aprender a morir a uno mismo para que la otra persona pueda vivir, renunciar a convertirnos en protagonistas para que los demás se conozcan mejor y se acepten como son. Escuchar es convertirnos en espejos que reflejan con amor y claridad lo que las otras personas dicen, no en muros que hacen rebotar sus palabras. No hay escucha sin silencio. El ruido y la verbosidad matan la escucha. Las respuestas automáticas desnaturalizan las preguntas. La apelación continua a nuestra experiencia bloquea la autoexploración. ¿Hay alguien ahí dispuesto a escuchar de verdad?

jueves, 10 de septiembre de 2026

Fuera de control


De las muchas noticias que circulan estos días por los medios, hay una que me ha sobresaltado:
la IA puede acabar con la humanidad en pocos años. Sería una especie de actualización de la película Terminator. Quien se ha atrevido a hacer esta predicción es un tal Jacob Coxon, investigador de Anthropic, que dimitió esta semana alegando que su antigua empresa y su rival, OpenAI, compiten por desarrollar tecnologías que pueden conducir al exterminio de la humanidad. 

¿Cómo podría suceder esto? Todo lo referido a la IA me desborda, así que me limito a hacer una síntesis de lo que dice el artículo. La hecatombe podría llegar si los sistemas de IA persiguieran objetivos contrarios al bienestar humano o incluso en conflicto con él. A este fenómeno los investigadores lo denominan desalineación (misalignment). Las investigaciones han demostrado que los modelos de IA pueden aprender comportamientos de poder y tomar medidas para evitar ser desactivados, como intentar copiarse a sí mismos en otro servidor.


Yendo todavía más lejos, los modelos de IA no alineados con los humanos podrían considerar el asesinato de personas como un paso necesario para alcanzar sus metas. Un sistema de IA malintencionado “podría propagar un arma biológica secreta y activarla mediante un aerosol químico, o bien incitar a dos potencias nucleares a entrar en guerra”. Es verdad que las principales empresas desarrolladoras de la IA han expresado sus deseos de dejarse guiar por criterios éticos y de atenerse a estrategias regulatorias, pero no hay ninguna garantía de que esto suceda. 

El ansia de controlar su implementación y los intereses económicos subyacentes pueden dejar los criterios éticos guardados en el cajón de las buenas intenciones. Por eso, ahora se comprende mejor la insistencia –casi el grito– de León XIV en su encíclica Magnifica humanitas:
“La Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer” (MH, 181).
Confieso que desde hace tiempo me sirvo de las herramientas de la IA para algunas tareas: desde búsqueda de fuentes hasta síntesis de textos o elaboración de imágenes. Junto a las indudables ventajas, percibo con claridad sus límites. Entre otros, uno puede volverse muy perezoso. La única creatividad consiste en proporcionar atinados prompts a la máquina. Me temo que en los desastrosos resultados del informe PISA ha influido también un uso acrítico de la IA y un menosprecio de las habilidades tradicionales del aprendizaje. Tenemos que sacar consecuencias.


martes, 8 de septiembre de 2026

Es de bien nacidos ser agradecidos


El pasado sábado 5 de septiembre cumplí 50 años como misionero claretiano. Lo celebré con mis tres compañeros de curso: Julián, Miguel y Mariano. Durante la mañana nos perdimos en el bosque segoviano de Valsaín para disfrutar de un tiempo de silencio y oración en contacto con la naturaleza, el primer libro de la gramática divina. Los cuatro somos muy aficionados a la montaña y al senderismo. Por otra parte, acabábamos de celebrar con toda la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por la Creación. Nos inspiramos en el mensaje del papa León XIV y en las propuestas oracionales. Las aguas cristalinas de un saltarín río Eresma, ante el que pasé minutos de contemplación silenciosa, se convirtieron en símbolo de una vida misionera que ha sido también un río de gracia enriquecido por numerosos afluentes que han vertido sus aguas en el cauce principal. 

Rematamos la mañana celebrando la Eucaristía en la capilla penitencial de nuestra iglesia de Segovia. La comunidad fue fundada en 1861, cuando todavía vivía san Antonio María Claret. Ese lugar está ligado a nuestros primeros años de formación. En él comenzamos el noviciado el 7 de septiembre de 1975, aunque luego lo proseguimos en Castro Urdiales (Cantabria). Escuchamos la Palabra. Cantamos las canciones que solíamos cantar hace 50 años. Compartimos nuestras experiencias de camino. En el memento de difuntos de la plegaria eucarística recordamos de manera especial a nuestros padres ya fallecidos. La comida festiva al más puro estilo segoviano puso el broche a una mañana contemplativa. 

La tarde se convirtió en camino por los lugares asociados a nuestra experiencia vocacional. Oramos en la iglesia de san Andrés (el primer lugar al que llegaron los claretianos desde Cataluña). Lo hicimos también junto a la Virgen de la Fuencisla y frente al sepulcro de san Juan de la Cruz en el tercer centenario de su canonización: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!”. Terminamos regresando a Madrid (con rosario incluido en el coche) y compartiendo las vísperas y la cena con mi comunidad. Aún quedó noche para un paseo y un helado junto al palacio real mientras las gentes paseaban buscando aliviar el calor de la jornada.


El domingo 6 agradecimos a Dios el don de la vocación recibida junto a la comunidad parroquial de San Antonio María Claret en Madrid. En la Eucaristía presidida por el padre José Cristo Rey García –antiguo formador nuestro y siempre mentor y amigo– y concelebrada por un nutrido grupo de claretianos de distintos países, renovamos nuestra profesión religiosa. Me emocionó el comienzo mismo de la fórmula: “Respondiendo a la vocación divina, yo, Gonzalo, quiero procurar con el mayor empeño la gloria de Dios, dedicarme plenamente a él y seguir más de cerca a Cristo Señor, como los Apóstoles, en el ministerio de la salvación de los hombres de todo el mundo”. El compromiso suena serio: “Quiero procurar con el mayor empeño”. Pero esa opción es, en realidad, un acto responsivo. La fórmula no empieza con un compromiso, sino con la acogida de un don: “Respondiendo a la vocación divina”. 

No es fácil explicar la belleza y hondura de un estilo de vida que, en realidad, es solo una forma de respuesta al don recibido. ¿He sido consciente de la fuerza de este don a lo largo de los últimos 50 años? ¿He sabido responder con gratitud, alegría y fidelidad? ¿Habrá algún joven en la asamblea que sienta el cosquilleo de la inquietud vocacional? Mientras contemplaba la la gente o escuchaba algunos de los cantos interpretados por el coro, pensaba en todas las personas que no estaban físicamente en el templo (comenzando por mi familia y mis mejores amigos), pero que forman parte esencial de mi geografía afectiva. No entiendo mi vocación sin ellas. A veces, se puede ser sin estar, aunque siempre es bueno que ambos verbos caminen parejos.


La comida de fiesta con las comunidades del Colegio Claret y de la curia provincial fue un hermoso momento de fraternidad claretiana. Nuestro compañero Mariano, venido de San Petersburgo (donde lleva ya casi 30 años), nos sorprendió con una botella de vodka en la que nadaban pequeñas láminas de oro. Era una forma de simbolizar esas “bodas de oro” con el Señor, el único que da unidad y sentido al pasado, al presente y al futuro. Creo que es la primera vez en mi vida que brindo con oro y no experimento ninguna intoxicación. Las canciones brotaron saltarinas para alegrar la fiesta.

La jornada culminó a 80 kilómetros de Madrid. En medio de una templada noche toledana, disfrutamos del espectáculo “El sueño de Toledo”, una recreación artística de la historia de España que, durante 70 minutos, deja estupefactos a los miles de espectadores que la contemplan. La ciudad de Toledo se convierte simbólicamente en el epicentro del terremoto de acontecimientos históricos que ha sacudido a nuestro país a lo largo de los siglos, desde que el rey Recaredo hiciera su profesión de fe católica ante el obispo Leandro hasta el presente. 


¿No es la vocación misionera el “sueño de Dios” para cada uno de nosotros? Conduciendo de regreso a Madrid, al filo de la medianoche, sentí que dos días intensos, bellos y compartidos redimen la cotidianidad de su insignificancia y la abren a un destino eterno. Gracias de corazón a Dios y a todas las personas que han hecho y siguen haciendo posible este hermoso sueño. 

En un día como hoy, es inevitable no hacer referencia a María, en la fiesta de su Natividad. Nosotros somos Hijos de su Inmaculado Corazón. A ella le cantamos en varias ocasiones durante nuestro encuentro: “Gracias os doy, oh Madre, por la vocación recibida. Dadme, dadme la gracia de ser a ella fiel toda mi vida”. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Lo mejor está por llegar


Lo de Ceuta va a seguir coleando durante mucho tiempo. Me parece que concentra varios asuntos que tienen que ver con nuestra manera de entender la soberanía nacional, el control de fronteras, las relaciones internacionales, los equilibrios geoestratégicos, los problemas migratorios y otros muchos de difícil comprobación: aspiraciones territoriales, chantajes, venganzas, etc. Ayer en muchas ciudades españolas la gente se echó a la calle para apoyar a los ceutíes aprovechando que se celebraba el Día de Ceuta. El apoyo a una ciudad invadida fue acompañado por una crítica abierta a la gestión de la crisis por parte del gobierno central. 

Como era de prever, las reacciones de los políticos y los medios de comunicación fueron muy distintas según las tendencias de cada cual. Con todo, no hace falta ser un experto para comprobar que crece el hartazgo ciudadano, incluso entre quienes por convicción, intereses o rutina siguen defendiendo al partido gobernante. Será triste que una vez más en la historia reciente de la democracia española la alternancia en el poder esté más provocada por la corrupción y la prevaricación que por nuevas propuestas esperanzadoras. Creo que, a pesar de los muchos ardides en juego, es cuestión de poco tiempo. Percibo síntomas claros de descomposición del sistema. Lo que no veo con tanta claridad es la solvencia y credibilidad de una alternativa eficaz. Ojalá haya sorpresas.


Como si el tiempo atmosférico quisiera acompañar al tiempo político, ha vuelto el calor en estos primeros días de septiembre. Hoy en Madrid tenemos 36 grados. Esperemos que no dure demasiado. Necesitamos un tiempo benigno para proseguir con buen ánimo el ritmo de septiembre. 

Por lo que a mí respecta, me preparo junto con otros tres compañeros para celebrar el próximo sábado los 50 años de mi primera profesión como misionero claretiano. Cuando me comprometí a seguir a Cristo y emití los votos de castidad, pobreza y obediencia en el ya lejano 1976 tenía solo 18 años. Hoy las pocas personas que profesan en la vida religiosa en España suelen tener en torno a 25-30. 

Con los ojos actuales, parece una temeridad –si no una falta de responsabilidad– tomar una decisión tan radical a una edad que se considera demasiado temprana. No seré yo quien niegue los signos de inmadurez que todavía persisten cuando uno traspasa la frontera de la “mayoría de edad” y, sin embargo, no me arrepiento del paso dado. A medida que pasan los años comprendo con más claridad que las grandes elecciones de la vida no son el resultado de un proceso decisional químicamente puro, sino el fruto de una gracia que nos sobreviene y que nosotros acogemos con la limitada pero ilusionada libertad de que disponemos. Eso no significa necesariamente que sea una decisión inauténtica, aunque sea todavía a todas luces imperfecta.


En realidad, cada día hay que preguntarse a quién queremos servir, en qué dirección queremos caminar, con quién queremos compartir la marcha, cómo vamos a superar los obstáculos. En este sentido, cada día hacemos la profesión religiosa. O renovamos las promesas matrimoniales o sacerdotales. O actualizamos cualquier otra opción fundamental. Esto es lo que nos permite vivir con esperanza. No soy muy partidario de dar demasiado relieve a este tipo de aniversarios, aunque comprendo que haya personas que tiren la casa por la ventana cuando celebran sus bodas de plata o de oro. Por temperamento, a mí no me gusta mucho mirar al pasado. No vivo de la nostalgia. Me concentro en el día a día y, desde la azotea de la cotidianidad, vislumbro el futuro. 

Me gusta más esperar recordar. Es como si hubiera hecho mío ese axioma inglés que dice “the best is yet to come” (lo mejor está por llegar). Si “lo mejor” es sin lugar a dudas el encuentro definitivo con Dios, entonces siempre está por llegar, aunque celebremos con gratitud que “ya” ha llegado. En esta tensión entre pasado, presente y futuro discurre la vida y, en definitiva, nuestra existencia cristiana. Detenernos brevemente en algunos hitos del itinerario nos ayuda a tomar conciencia de que estamos vivos. Y, sobre todo, ensancha nuestro corazón agradecido. Lo que somos es el fruto de una lluvia de gracia. Que no deje de llover.

martes, 1 de septiembre de 2026

Atrévete a pensar


Comienzo el mes de septiembre con dos misas consecutivas. Tras el parón veraniego, reanudamos el servicio litúrgico a algunas comunidades religiosas vecinas. Subo a las oficinas de la editorial y saludo a mis compañeros. Los veo algo más morenos que de costumbre. Bromeo con ellos y ellas. Intercambiamos anécdotas durante el café. Casi todos han tenido unas vacaciones itinerantes y satisfactorias. Mientras todos estábamos de un sitio para otro, se han ido acumulando varios asuntos que conviene despachar cuanto antes. Nos llevará días alcanzar la velocidad laboral de crucero. 

Lo que importa es saber cuál es el sentido de nuestro trabajo y coordinar bien las tareas. Hemos aprendido mucho de la selección española de fútbol. El trabajo en equipo es más importante que las exhibiciones individuales. ¡Para algo tenía que servir una Copa del Mundo en pleno verano! Aunque el mes ha comenzado caluroso, no es comparable a los ardores de finales de julio. Al fin y al cabo, acabamos de empezar el otoño meteorológico. Los días son más cortos. Las noches se prolongan. Todo invita a ponerse en marcha.


Aunque mi mente está centrada en la reanudación del trabajo editorial, no me abstraigo de lo que está pasando en nuestro entorno. Ayer, caminando varios kilómetros con un amigo por el Anillo Verde de Madrid, nos dedicamos a destripar la realidad. Mi amigo tiene ideas más contundentes que las mías sobre lo que está pasando. Su tesis es de una claridad deslumbrante. Cree que hay una especie de estrategia mundial para desestabilizar a Europa, en cuanto continente marcado por la herencia cristiana. A las grandes potencias (Estados Unidos, China, Rusia, Israel y quizás India) no les interesa una Unión Europea fuerte. Pero tal vez no sea solo ni principalmente un asunto de las grandes potencias, sino de personajes manipuladores (como George Soros y Elon Musk), organizaciones como la masonería y corporaciones como Meta o Google que aspiran a controlar el mundo. Se trata de borrar la identidad cristiana de Europa para así superar con menos trabas la etapa humanista (representada por la Europa cristiana e ilustrada) y adentrarnos de lleno en el posthumanismo tecnológico. Superada la barrera religiosa y cultural, resulta más fácil el control global. 

¿Cómo hacerlo? ¡A través de un elaborado y sutil proceso de ingeniería social que mine los fundamentos de Europa! Para ello hay que financiar la difusión amable del relato de la multiculturalidad y las identidades múltiples, incentivar la baja natalidad empoderando a la mujer trabajadora, promover las legislaciones que garantizan el derecho al aborto y la eutanasia, difundir la ideología de género, denunciar la masculinidad tóxica, debilitar la familia tradicional y vender el discurso progresista de los múltiples modelos familiares, contribuir al debilitamiento de la democracia y de las instituciones europeas, apoyar a los nacionalismos disgregadores, facilitar en la sombra las “invasiones” de inmigrantes y, sobre todo, la progresiva y democrática islamización del continente. Los vientres islámicos acabarán con el viejo (en todos los sentidos de la palabra) continente. 

Los europeos, anestesiados por una mentalidad burguesa y buenista, estamos dejando que el proceso siga su curso mientras todavía gocemos de algunos de los beneficios del llamado “estado de bienestar” (sanidad universal cada vez más insostenible, pensiones al borde de la quiebra, ingreso mínimo vital, etc.). Una cervecita fresca y un viaje de fin de semana mitigan los problemas de fondo. No estamos ya para muchas batallas, ni militares ni culturales. Según mi amigo, hasta la Iglesia contribuye a este progresivo debilitamiento de la identidad europea cuando juega a ser una ONG reconocida más que una revolucionaria comunidad de fe.


Reconozco que la tesis, envuelta en un sudor pegajoso provocado por el calor de la tarde, era demasiado explicativa y atrayente como para no sentirse un poco encandilado por ella. De repente, empezaban a cobrar sentido muchos de los fenómenos que hoy vivimos y que, a primera vista, parecen inconexos. Mientras yo jugaba a hacer de abogado del diablo para forzar explicaciones más objetivas, mi amigo reforzaba sus argumentos con algunos datos que yo no estaba en condiciones de verificar y menos de refutar. Por temperamento y formación, me cuesta aceptar las explicaciones simplistas y mucho menos las conspiranoicas, pero reconozco que la tesis de mi amigo, defendida con verdadera pasión, pone sobre la mesa asuntos que solemos despachar sin analizarlos en profundidad para no ser tildados de retrógrados o simplemente de intolerantes. 

Hasta tal punto somos esclavos de modas, etiquetas y manipulaciones mediáticas, que nos resulta difícil pensar con objetividad. Y, sin embargo, quizás no hay nada más revolucionario que un verdadero pensamiento crítico. Por eso, reivindico el papel de la filosofía en los planes de estudio. Necesitamos desempolvar con urgencia el ¡Atrévete a pensar! (sapere aude) kantiano. Y quizás también una moral menos adormilada y más combativa.

domingo, 30 de agosto de 2026

Una de cal y otra de arena


Pedro se parece a cualquiera de nosotros. O quizá es mejor decir que cualquiera de nosotros se parece a Pedro. Cuando nos dejamos conducir por Dios, somos capaces de confesar a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Cuando nos abandonamos a los criterios del mundo, reducimos a Jesús a un líder a nuestro gusto. Esta diferencia aparece con claridad en el Evangelio de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario. El domingo pasado, Pedro recibió una alabanza por parte de Jesús a su confesión de fe (“Bienaventurado tú, hijo de Simón”) y una promesa simbolizada en la piedra (“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”).

Este domingo, Pedro recibe un fuerte reproche por su manera mundana de entender la misión de Jesús (“Quítate de mi vista, Satanás”) y una nueva referencia a la piedra (“Me haces tropezar”). En el primer caso, la confesión de Pedro le había sido revelada por el Padre. En el segundo, Pedro piensa como los hombres, no como Dios. Pareciera que toda la vida de Pedro –y la de cada uno de nosotros– estuviera atravesada por una contradicción entre la fe y la duda, la lealtad y la traición, la apertura a Dios y la mirada demasiado humana, la cercanía y la huida, la valentía y el miedo.


¿Por qué Pedro daba una de cal y otra de arena? ¿Por qué nosotros encendemos una vela a Dios y otra al diablo? Hay veces que nuestra vida parece descansar en Dios: cultivamos la oración y el servicio, procuramos ser honrados, vemos en cada persona a Cristo mismo, vivimos una alegría profunda y contagiosa. Y hay otras en las que, aunque nuestros labios sigan pronunciando el nombre de Dios, nos dejamos arrastrar por la soberbia, la envidia, la lujuria, la tristeza y la indiferencia. 

¿Por qué a veces hacemos lo que no queremos y se nos hace demasiado cuesta arriba hacer lo que queremos? Quizá la respuesta se encuentra en las palabras que Jesús dirige a sus discípulos (no solo a Pedro) en el Evangelio de hoy: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Varias personas me han dicho que estas palabras les resultan muy exigentes, casi antipáticas, que parecen ofrecer una visión demasiado rigorista y hasta inhumana del cristianismo. Y, sin embargo, constituyen la quintaesencia de lo que Jesús mismo ha vivido: Él ha “perdido” su vida para “encontrarla” definitivamente.


Negarnos a nosotros mismos, cargar con la cruz y perder la propia vida son tres formas distintas de decir lo mismo: el centro no somos nosotros, sino Dios. Cuando nos buscamos a nosotros mismos (nuestro placer, nuestro éxito, nuestra “salvación”) acabamos perdiéndonos porque no hemos sido hechos para nosotros, sino para Dios y para los demás. Por eso, solo “perdiéndonos” acabaremos experimentando la plenitud. Por si acaso estas reflexiones suenan demasiado abstractas, Jesús las condensa y concreta en una pregunta que ha cambiado la vida de muchas personas: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. De nuevo salta a la vista el contraste entre “ganar el mundo” y “arruinar la vida”. Francisco Javier o Antonio María Claret, por citar solos dos ejemplos, lo entendieron muy bien; por eso, tomaron decisiones radicales. 

Hoy nos resulta muy difícil hacer lo mismo porque la cultura en la que vivimos nos invita de múltiples maneras a “ganar el mundo”; es decir, a dejarnos seducir y guiar por aquellas realidades que se consideran esenciales para ser personas plenas: el dinero, el prestigio, el sexo, el poder, la carrera, el triunfo, etc. No importa que, una y otra vez, veamos cómo muchas personas que siguen estos caminos “arruinan su vida”. Seguimos como abducidos. Solamente cuando experimentamos la dicha interior que se produce cuando renunciamos a buscarnos a nosotros mismos y nos entregamos a los demás entendemos a cabalidad la propuesta de Jesús. Por eso, siempre será contracultural, alternativa.



sábado, 29 de agosto de 2026

Se posó en nuestra orilla


Hay un himno de la Liturgia de las Horas que resulta muy apropiado para estos últimos días de agosto en los que nos ponemos a punto para estrenar el otoño meteorológico y el nuevo curso académico y pastoral. Hoy quiero detenerme en él, estrofa por estrofa. Siento que se ha convertido en la banda sonora de estos días de transición entre las vacaciones y la vuelta al trabajo.
Comienzan los relojes
a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.
Los relojes ya no son lo que fueron. Ahora las prisas las maquinan los correos electrónicos, las llamadas telefónicas y, sobre todo, los omnipresentes mensajes de WhatsApp: “¿Podrías darnos una charla online el 11 de septiembre a las 10 de la mañana (hora de México)?”, “No te olvides del compromiso con Confer Madrid a finales de octubre”, “Habíamos quedado en un encuentro formativo con el claustro de profesores en El Escorial. ¿Lo tienes agendado?”. Se acumulan los recordatorios de viejos compromisos y las nuevas propuestas. Es como si todos hubiéramos estado esperando que agosto terminara para volver a la carga. Al fin y al cabo, las vacaciones (cada vez más cortas) se consideran un paréntesis. Lo que manda es el llamado “tiempo ordinario”. Esta insistencia no es muy saludable para un Capricornio como yo, que lleva de serie la responsabilidad y la obsesión por el trabajo.

Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.
Lo de menos son los compromisos. Lo que de verdad agota son “las preguntas, la intensidad, la vida”. Un amigo mío –tan activo como yo o más– siempre tiene en los labios eso de “No me da la vida”. Es como si la existencia fuera una red enmarañada que nos atrapa y de la cual no podemos escapar. Mientras se “cruzan los horarios” y se amontonan los compromisos, no dejan de abrirse paso las preguntas: ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Por qué acepto casi todo lo que cabe en la agenda? ¿No estoy ya “oficialmente” jubilado? ¿Qué extraña pulsión me lleva a encadenar actividades? ¿Responden todas al ideal de “orar y amar”?

Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.
Esta es mi estrofa preferida. En medio de las actividades externas y de las zozobras internas, Él es siempre “calma infinita”. Puede haber muchas olas en la superficie, las suficientes para surfear la vida, pero abajo, en el fondo, existe la calma. Dios es paz. Podemos vivir al mismo tiempo una calma profunda y una actividad intensa. Todas las horas están agavilladas en Dios. Todas encuentran su sentido en Él. Lo que de verdad importa no es tanto hacer mucho o poco, llenar la agenda o vaciarla, sino saber cuál es la motivación de fondo, por qué y, sobre todo, por Quién vivimos y trabajamos.
Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.
La existencia entera se convierte en alabanza cuando caemos en la cuenta de que Dios “existe” y que de que nos “avisa”. Lo que unifica la vida dispersa es la atracción de Dios. Él actúa como un imán que nos mantiene siempre en un espacio magnético de gracia y bondad. Hay una espiritualidad de la atención que nos permite ser creyentes en medio de la algarabía diaria. Me pregunto cuáles son para mí esos “avisos” que Dios me lanza con sutileza de Padre. ¿Qué señales, palabras y experiencias me recuerdan que Él “existe”, que está ahí, que sostiene todo sin interferir?

Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.
Esta estrofilla última es una joya. Apenas dos versos para indicar que “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”, como reza el prólogo del Evangelio de Juan. Los versos cambian la metáfora de la tienda por la de la luz y la del suelo por la de la orilla, pero el contenido es semejante. Dios se hace el encontradizo “en nuestra orilla”, en medio de nuestros vaivenes anímicos y de nuestras agendas repletas. Y también cuando parece que nada sucede y que todo enfila el callejón de la monotonía. Respiro. Agradezco. Sonrío.

viernes, 28 de agosto de 2026

La Verdad tiene rostro y nombre


El final de agosto siempre huele a san Agustín de Hipona. Lleva siendo famoso dieciséis siglos, pero, desde la elección de León XIV, su figura se ha popularizado todavía más. Es verdad que Benedicto XVI era muy agustiniano en su pensamiento, pero León XIV es agustiniano de corazón. No en vano lleva casi 48 años como profeso de la Orden de San Agustín, que en la actualidad cuenta con alrededor de 2.300 miembros. Ocupa el décimo octavo puesto entre las órdenes y congregaciones masculinas más numerosas de la Iglesia católica. 

Rara es la intervención pública de León XIV (encíclicas, mensajes, discursos, homilías, etc.) en la que no haga alguna mención explícita o implícita a san Agustín. A veces, subraya su pasión por la verdad. Otras, el cultivo de la interioridad, la exploración de la conciencia, la valoración de la amistad. Casi nunca faltan referencias a la autoridad como servicio, a la unidad en la diversidad y a la navegación segura por el mar proceloso de la historia. Todas estas menciones siguen siendo actuales y necesarias. Conectan con problemas y desafíos que estamos viviendo hoy en la sociedad y en la Iglesia. Por eso, Agustín suena tan contemporáneo. Tiene el sabor de un “clásico” que siempre puede iluminar la condición humana.


Hoy quisiera poner el acento en su búsqueda de la verdad porque el contexto de relativismo en el que vivimos hace necesario un gran esfuerzo. En su Tratado sobre el Evangelio de san Juan, Agustín se hace una pregunta radical: “¿Qué desea el hombre más profundamente que la verdad?” (26,5). Se supone que ese deseo está detrás de las investigaciones científicas, de las reflexiones filosóficas y, en definitiva, de nuestros afanes cotidianos. Si no creyéramos en la existencia objetiva de la verdad, no tendríamos ningún asidero en el camino de la vida. Iríamos dando tumbos, esclavos de nuestras pulsiones o de las manipulaciones externas. Frente a quienes consideran que cada uno tenemos “nuestra verdad”, el verso machadiano nos previene: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. Pareciera que el poeta sevillano hubiera bebido en las fuentes de Agustín. 

Pero ¿dónde buscar esa Verdad que nos supera a todos y nos guía? El dogma cientifista actual ofrece una respuesta demasiado rápida: “En la ciencia”. Otros, más dogmáticos que buscadores, sentencian: “En la religión”. Quienes se apuntan a las modas espirituales, hacen un quiebro: “En la meditación”. Agustín, en su libro De la verdadera religión, escribe: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” (XXXIX, 72). Es una clara invitación a pasar de la superficialidad a la profundidad. O de la mera exterioridad a la interioridad.


¿Qué descubrimos en ese santuario interno; o sea, en el corazón (por usar el símbolo bíblico)? En sus Confesiones, Agustín responde así: 
“Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”.
La Verdad no es una entidad abstracta, un horizonte epistemológico, una creación arbitraria. La Verdad tiene un rostro y un nombre. Se llama Jesucristo. No podemos llegar a Dios sin abrazarnos al “mediador” que Él ha querido ofrecernos. Por eso, la búsqueda de la Verdad coincide con el encuentro con Jesucristo. Agustín lo experimentó en carne propia. Pocos seres humanos habrán buscado con tanto ahínco e inteligencia la Verdad como Agustín. Y pocos habrán saboreado con tanta hondura la gracia del encuentro: 
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

¿Babel o Jerusalén?


Creo que no había vuelto desde el Multifestival David de 1987. Han pasado casi 40 años. Ayer estuve todo el día en Alcalá de Henares, Ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1998. Dista apenas 40 kilómetros de Madrid. Fui en tren. Disfruté recorriendo varias veces en ambas direcciones su impresionante Calle Mayor, visitando la Catedral-Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor (incluyendo la subida a la torre campanario), el Palacio Arzobispal, el convento de las Bernardas, la llamada Casa de Cervantes, el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid (antiguo Colegio Convento de la Madre de Dios)… y, por supuesto, su celebérrima Universidad. Me quedé con ganas de visitar el Corral de Comedias, pero ayer estaba cerrado. Quedaron muchas cosas pendientes. Así hay excusa para una próxima visita. Espero que no tengan que pasar otros 40 años. 

El mes de agosto de este año ha estado cargado de visitas culturales. Es como si la historia hubiera ganado por goleada a la montaña o a la playa. Cuando vivimos una crisis colectiva de identidad, la historia nos ayuda a saber de dónde venimos y, por lo tanto, nos brinda herramientas imprescindibles para saber quiénes somos, pero no nos libra de la ardua tarea de buscar. Me hacía estas reflexiones mientras consumía una cerveza fría en un delicioso bar llamado El Gato Verde, un poco antes de repasar los nombres de todos los escritores que han recibido el Premio Cervantes a lo largo de los últimos 50 años y que figuran escritos a la entrada del Paraninfo de la Universidad. 


Castilla está llena de ciudades henchidas de historia… y de prehistoria. Creo que estamos viviendo una etapa de aprecio y renovación. Se han restaurado muchos monumentos, se han multiplicado los acontecimientos culturales (exposiciones, conciertos, congresos, etc.) y se han incorporado estas ciudades y pueblos a los circuitos turísticos. Es probable que la mayoría de los turistas ingleses o alemanes prefieran todavía tostarse al sol en Benidorm o Alicante y naufragar en un barril de cerveza, pero cada vez se ven más turistas nacionales y extranjeros interesados en conocer la historia de España y visitar los lugares más significativos. 

Ofrecer historia es ofrecer sentido. Una iglesia románica perdida en un pueblo de Castilla dice más de nosotros que un documental de la BBC. La península ibérica está en el extremo occidental de Europa. Hasta aquí han llegado a lo largo de los siglos pueblos provenientes de regiones más orientales. Lo que somos hoy es el fruto de una mezcla milenaria en la que ha habido enfrentamientos, colaboraciones, conquistas, intercambios, hechos conjuntos y muchas ganas de vivir. No es extraño que, siguiendo ese impulso que va de Oriente a Occidente, en un momento dado Castilla se lanzara al océano Atlántico como para proseguir esta emigración histórica por vías ignotas hasta demostrar que el fines terrae no era un cabo de Galicia, sino que la tierra se prolongaba mucho más allá de la mar océana.


Conocer estas dinámicas, respirarlas junto a lugares marcados por la historia, nos cura del presentismo que hoy padecemos. Somos un pueblo antiguo. Hemos almacenado suficientes dosis de sabiduría (en el mejor de los casos) y de cinismo (en el peor) como para no dejarnos secuestrar por el presente. Sabemos (o deberíamos saber) qué sirve para construir y qué sirve para destruir. En esta época de eclosión digital, nos enfrentamos a un dilema que el papa León XIV presenta varias veces de manera simbólica en su encíclica Magnifica Humanitas, a la que he dedicado tiempo de lectura durante este mes: o nos dejamos seducir por la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) o nos dejamos iluminar por la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). 

Los números 7 y 8 de la encíclica explican bien estos dos símbolos y los aplican al momento presente. Si queremos abrirnos a un futuro esperanzador, debemos superar el síndrome de Babel y concentrarnos en la reconstrucción de nuestra civilización. El número 9 lo dice así: “La primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”. El conocimiento sapiencial de la historia nos alienta a escoger la segunda opción.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los dos libros primarios


Ayer visité tres lugares fascinantes de la ciudad de Soria: la ermita de San Saturio enclavada en un entorno natural sugestivo, el enigmático claustro de San Juan de Duero y la concatedral de San Pedro. Después comí en el Casino, punto de encuentro de los viejos poetas sorianos. Me sorprendió descubrir una Soria que no olvida su pasado cristiano, judío y musulmán, que revaloriza la historia y cuida sus vestigios, que hace gala de su condición de “cabeza de Extremadura” (es decir, de uno de los extremos del río Duero) en tiempos de la Reconquista. 

Admirar la recién restaurada ermita de san Saturio, cruzar la pasarela sobre el Duero y recalar en el claustro de un viejo monasterio templario es un ejercicio terapéutico que solo exige un mínimo de capacidad peripatética y admirativa. Para quienes de ordinario vivimos atrapados por el tráfago de una gran ciudad como Madrid, estas visitas son balsámicas, nos permiten atar cabos sueltos de historia, entender mejor algunas cosas del presente.


La ruta soriana de ayer jueves hay que unirla a la experiencia vivida el miércoles por la tarde en la iglesia parroquial de Navaleno. El presbítero visontino Pedro Utrilla celebraba 25 años de ordenación sacerdotal. La fecha exacta será el 12 de octubre, pero aprovechó la presencia de muchos veraneantes en los once pueblos que administra para tener con ellos una celebración anticipada. Como yo también pertenezco a los que se asoman por esta zona pinariega en tiempo de verano, me uní a la fiesta. 

Conozco a Pedro desde que era niño. Me gustaron mucho sus palabras emocionadas durante la homilía. Comprobé el cariño que le profesan sus parroquianos en una de esas comarcas que hoy eufemísticamente llamamos la “España vaciada”. Que alguien haya dedicado los quince últimos años de su vida a acompañar a estas personas (en su gran mayoría ancianas) merece un reconocimiento. Además de dar clase en distintos centros académicos, Pedro se ha especializado en “expedir pasaportes para el cielo” –como, con una pizca de humor, dijo alguno de los intervinientes– dado el número de funerales que celebra cada año.


Comparando los barrios hacinados de Madrid y el ritmo vertiginoso, me preguntaba por qué no hay más gente que se anima a vivir en esta “España vaciada” que tiene casi todo lo que se necesita para llevar una vida serena, en armonía con la naturaleza y la historia. Bastaría promover con determinación una economía que primara el trabajo y la sostenibilidad sobre la mera rentabilidad. Lo que a corto plazo supondría una apuesta valiente y quizá deficitaria en términos económicos, a la larga se revelaría como una verdadera opción humanista de futuro. 

De no hacer este tipo de apuestas, puede llegar un momento en el que el homo urbanus se convierta en una máquina manejada por quienes ostentan (o, en algunos casos, detentan) el poder. Hay lecciones esenciales de la vida que solo la naturaleza y la historia (los dos libros primarios) pueden enseñar. A la IA podemos adjudicarle otras tareas. No se va a quedar ociosa.

martes, 18 de agosto de 2026

La sinfonía de la vida


Las fiestas de mi pueblo en honor de Nuestra Señora del Pino y San Roque me han tenido absorbido durante varios días. La sucesión de celebraciones (entrega de velas, canto de la Salve, misas solemnes, procesiones, encuentros con las cofradías, rosarios cantados por las calles, etc.) no me ha dejado tiempo para acercarme a este Rincón. Una vez al año, merece la pena esta zambullida profunda en la tradición. A veces resulta un poco agobiante, como un amigo pesado empapado en alcohol, pero es más fuerte la belleza de un legado que se mantiene incólume a lo largo de  generaciones. 

Vengo participando en estos actos desde que era niño. Los cambios han sido mínimos. El rito es en esencia repetición. También aquí se dan polaridades. Algunos no quieren cambiar ni una coma. Otros abogan por pequeñas actualizaciones. Yo me apunto a la segunda opción. Un rito que no se actualiza acaba siendo un fósil. Todo lo que porta vida cambia con el paso del tiempo. Más allá de la legítima discusión sobre estos asuntos, sigue existiendo un abismo casi infranqueable entre devoción popular, liturgia y vida cotidiana. No sabemos matrimoniar estos tres ámbitos. Y, claro, todo se resiente. Habrá que seguir intentándolo.


Por lo demás, agosto ha entrado en su segunda mitad. Al verano le queda poco más de un mes. La vista empieza a dirigirse a lo que está por venir. Sigo viendo a muchos turistas que van y vienen. Un amigo mío hostelero me dice que cada vez gastan menos. A la gente le gusta moverse, pero las economías familiares no están para tirar cohetes. Muchos se conforman con lo mínimo. No es tiempo de dispendios que luego pasan factura. 

Mientras en muchos pueblos la gente baila y se divierte, la crisis de Ceuta lleva ya tres semanas abierta como una herida que se resiste a cicatrizar. Hay tensión entre las distintas administraciones, pero lo esencial es discernir cómo se afronta una crisis de esta magnitud. Ni el gobierno ni la oposición tienen una receta mágica. Hay muchos factores que entran en juego. El más perentorio es la atención a los seres humanos que deambulan por calles y playas, pero el más radical es comprender la dinámica que ha disparado esta crisis. Se trata de un verdadero laberinto en el que los agentes principales pueden enredarse. Me temo que la tensión sobre Ceuta y Melilla irá creciendo en los próximos años. Marruecos aspira a integrarlas en su territorio. España no puede estar siempre a la defensiva sin acusar un gran desgaste.


Resulta difícil combinar el descanso de las vacaciones con las noticias que nos llegan cada día. En Colombia siguen sufriendo las consecuencias del terremoto. Desde la isla indonesia de Flores me llegan noticias de otro terremoto que ha afectado a varias comunidades claretianas de la región. Por más que intento mantenerme alejado de los medios digitales durante estos días, es inevitable no enterarse de estas cosas. Siempre procuro meterme en la piel de quienes las padecen. ¿Qué se siente cuando uno pierde de repente su casa o algunos seres queridos? 

Desde la tranquilidad de un sofá, estas noticias duelen poco. Solo la cercanía nos hace vulnerables. Recuerdo muy bien el impacto que me produjo el terremoto que afectó a algunas zonas de El Salvador en enero de 2001. La percepción física del temblor y el contacto con los damnificados me hizo comprender un poco la magnitud de la tragedia. De hecho, han pasado 25 años y sigo manteniendo vivo el recuerdo. Necesitamos acercarnos a las personas y lugares para compartir de verdad su sufrimiento. Gracias a Dios, la Iglesia es una red tan grande de comunidades que siempre hay alguna cerca de las tragedias. Donde un cristiano le presta a Dios su corazón y sus manos para ayudar a la gente, allí está toda la Iglesia representada.