miércoles, 12 de agosto de 2026

El eclipse de Dios


E
sta tarde, armado de esas famosas gafas homologadas que llevan semanas vendiendo o distribuyendo gratis, veré el eclipse de sol, desde la explanada de Covatillas, a las 20,29, con una duración aproximada de 1 minuto y 42 segundos. Aquí, en mi pueblo natal, estamos en zona de máxima visibilidad, aunque tendremos que alejarnos un poco del núcleo urbano para esquivar la imponente barrera del monte Robledo, que siempre adelanta el crepúsculo. Me imagino que nos concentraremos un buen número de personas, aunque no tantas como en otros lugares de la provincia que han sido señalados como puntos especiales de observación. 

Quienes han asistido a otros eclipses totales dicen que en esos instantes se produce una sensación especial. Veremos. Sé que los astros nos influyen, pero no sé cuánto ni cómo. Podría engrosar el club de quienes se niegan a ver el eclipse para no plegarse a los dictados de la masa, pero en esta ocasión he preferido unirme a ella para luego reivindicar con sentido histórico: “Yo estuve allí”. No siempre es necesario tomar distancia de la mayoría. Sentirse masa –¿o pueblo?– también nos cura de un cierto elitismo suicida.


Es imposible no vincular este eclipse total con lo que estamos viviendo en relación con Dios. Desde hace décadas se habla del eclipse de Dios –¿parcial? ¿total?– en las sociedades occidentales. Si Dios es el “Sol naciente que nace de lo alto” (por utilizar las palabras del Benedictus), ¿quién es la luna que se interpone entre Él y nosotros y nos impide percibir su luz? No tengo la menor duda. Esa “luna” engreída somos los propios seres humanos, esos seres “poco inferiores a los ángeles” (salmo 8) que en un momento de la historia –a caballo entre los siglos XVIII y XXI– han creído que ya era hora de hacerse con las prerrogativas que los siglos anteriores habían atribuido a Dios. ¿Omnisciente? ¡La IA nos ayudará a saberlo todo como si fuéramos pequeños dioses! ¿Omnipotente? ¡La ciencia y la técnica nos brindarán herramientas para llevar a cabo nuestros sueños de grandeza! ¿Bondadoso? Aquí no es tan fácil encontrar una versión humana satisfactoria de la bondad divina.


Lo que los eclipses solares nos enseñan es que se trata de fenómenos efímeros. Duran unos segundos o minutos, pero ni el sol ni la luna se detienen indefinidamente en una situación de opacidad. Y lo mismo sucederá con este “eclipse cultural” de Dios. Parece definitivo, pero no es más que una etapa de la historia que pasará. La naturaleza nos ayuda a interpretar la historia porque la precede. Contemplando el eclipse de esta tarde, le pediré a Dios que no nos oculte su rostro, que mantenga siempre despierta nuestra actitud de búsqueda, que nos ayude a descubrir su Luz inmarcesible detrás de esa luna que somos nosotros, los seres humanos. 

Es verdad que no podemos mirar al Sol de Dios y permanecer vivos. Necesitamos ponernos las “gafas homologadas” de la humanidad de Cristo para adorar el Misterio sin quedar aniquilados. Mirando a Cristo, sacramento visible del Dios invisible, sabemos que Dios ha querido hacerse humano para romper la distancia que nos separa de Él, para superar todo eclipse, sin eliminar su naturaleza divina. El eclipse de esta tarde también puede ser una hermosa y profunda oración de vísperas que nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos nosotros y quién es Él.

  

martes, 11 de agosto de 2026

Un cóctel de verano


Si en el cóctel de hoy vertemos unas gotas de santa Clara de Asís y le añadimos un manojo de expectativas sobre el eclipse de mañana y algunas imágenes de los niños que corretean por Ceuta o del terremoto de Colombia, nos sale una bebida agridulce, tirando a amarga. La desgracia de Colombia me toca de cerca porque he visitado muchas veces el país, tengo allí buenos amigos y varias casas e iglesias de los claretianos han sido gravemente afectadas, sobre todo en las ciudades de Cali y Pereira. 

Los aficionados a la astrología dicen que este es solo uno de los muchos fenómenos catastróficos que acompañarán al eclipse. Yo, que soy muy escéptico, me limito a constatar la imprevisibilidad y gravedad de los desastres naturales. Más allá de los hechos y las explicaciones, observo en muchas personas un tono vital pesimista, como si arrastráramos la existencia.


Hace falta mucho cuajo –o mucha fe– para vivir con serenidad y alegría cuando sobreabundan los motivos de preocupación. Es probable que muchas personas opten por evadirse de todo mediante un carrusel de experiencias vertiginosas: viajes, fiestas, bebidas… Yo prefiero lentificar el tiempo, respirar hondo, perderme en el bosque, orar en silencio en la iglesia renacentista de mi pueblo, contemplar la imagen de la Virgen del Pino, leer por las tardes en la vieja mecedora del salón familiar mientras el sol castiga los tejados y, si se tercia, compartir algunas conversaciones sin prisa tomando un café o una cerveza. 

Cada uno tenemos nuestros ritos personales para exorcizar la negatividad que nos envuelve. Quizá lo más importante es no dejarnos colonizar por la resignación o por esa languidez que envuelve a quienes no esperan nada de la vida, sino que se limitan a gestionar la “anatomía de los instantes” como si fueran cirujanos acostumbrados a sajar la piel sin la más mínima emoción.


Cuando, además de sencillos ritos cotidianos, tenemos la fuerza de la fe, entonces cada día cobra un nuevo sentido. No es necesario que encajen todas las piezas del puzle de la vida para ser felices. Empezamos a valorar todo, como si cada jornada fuera la última de nuestra vida. No damos nada por descontado: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los besos que recibimos, el pan fresco del desayuno, la sonrisa de un viandante a quien conocemos poco, la energía de los niños, la ensalada de verano, el mensaje de un amigo… 

Quizá no haya arma más potente contra el pesimismo que la gratitud. Ser agradecidos es una forma de reconocer que todo es gracia. Y donde hay gracia está Dios. La gratitud es, en el fondo, un canto silencioso a la existencia de Dios, una forma de reconocer que Él nunca nos abandona, que se hace el encontradizo con nosotros en los “sacramentos diminutivos” de la vida cotidiana. ¿No es esta la fuente de una alegría serena, profunda, que nada ni nadie nos podrá arrebatar? No es necesario dejarse seducir por los señuelos de la publicidad. Basta dejarse llevar por el corazón.

lunes, 10 de agosto de 2026

He andado muchos caminos


Me llama la atención la importancia que Leonor Izquierdo, la chiquilla con la que Antonio Machado contrajo matrimonio, ha adquirido en Soria. No solamente tiene una estatua junto a la iglesia de Santa María la Mayor o un hotel con su nombre, sino que incluso en el cementerio del Espino han levantado un pequeño museo que recuerda algunos hitos de su corta vida. Se encuentra a cuatro pasos de la tumba que alberga sus restos. 

Recorrí ayer todos esos lugares en una ruta machadiana que me llevó también hasta el “olmo seco” que se yergue frente a la iglesia de Nuestra Señora del Espino, las orillas del río Duero y el viejo instituto donde el poeta enseñaba francés. Hacía muchos años que no visitaba con calma todos estos lugares. El paso del tiempo les ha conferido una aureola que parece excesiva, pero, en realidad, es una forma de agradecer a Antonio Machado el amor que sentía por una pequeña ciudad provinciana donde fue feliz por un corto período de tiempo. Lo que más admiro de este poeta sevillano, soriano y castellano es su capacidad para evocar verdades universales sin ahogarlas en una poesía críptica o barroca. Sus poemas los entiende un catedrático, un campesino y una limpiadora. Lo que para algunos exquisitos sería señal de falta de hondura, para mí es el sello de su genio.


¿Quién no ha citado alguna vez en sus conversaciones aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”? Con la musicalización de algunos de sus poemas, Joan Manuel Serrat contribuyó a su difusión más que muchos profesores de literatura. Por eso, muchas personas se saben de memoria su célebre “saeta” o su 
“retrato”. Yo siempre tengo a mano las Obras Completas que me regalaron el día de mi ordenación sacerdotal. De vez en cuando, releo sus poemas como quien ingiere una dosis de vitaminas para el espíritu. Me sorprendo encontrando nuevos matices a algunos que me parecían ya amortizados. Pero ayer, el que me conmovió –tal vez por releerlo junto a la sencilla tumba de Leonor– fue su oración mortuoria: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


La ruta machadiana se amplió a otros lugares de Soria que hacía tiempo que no visitaba: la encantadora iglesia románica de san Juan de Rabanera, la ermita rococó del Mirón, la vieja iglesia de santa Clara (convertida hoy en sala de conciertos), el convento carmelitano fundado por Santa Teresa de Jesús en 1581, el entorno de la concatedral de san Pedro y –por supuesto– ese oasis urbano que es la Alameda de Cervantes, la célebre Dehesa en el habla popular. Paso por la ciudad de Soria varias veces al año, pero hacía tiempo que no me detenía a disfrutar de sus rincones sin prisas, por el mero placer de dejarme empapar por la historia. Hubo un tiempo en que esta pequeña ciudad castellana llegó a tener hasta 35 parroquias. Eso explica la cantidad de iglesias de distintos estilos, algunas de las cuales fueron destruidas durante la invasión napoleónica y otras cayeron en desuso tras la desamortización de Mendizábal. 

Me sorprendió también el esfuerzo sostenido por restaurar muchos de estos lugares y, en general, por embellecer la ciudad y dotarla de una oferta cultural variada a lo largo de todo el año. Es probable que el benéfico influjo de Machado tenga algo que ver con todo esto.

domingo, 9 de agosto de 2026

Lo grave es desconfiar


Es frecuente que Jesús invite a sus discípulos a no tener miedo. Se ve que el miedo es inherente a los seres humanos. Tenemos miedo de los fantasmas del pasado, de las incógnitas del presente y de la incertidumbre del futuro. Tenemos miedo incluso de Dios porque es un Misterio que nos atrae de manera casi irresistible, pero también nos infunde temor. Él es “tremendo y fascinante” a un tiempo. En el Evangelio de este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús vuelve a pedir a sus discípulos, asustados por la tormenta y por el “fantasma” que camina sobre las aguas del lago, que no tengan miedo. Acompaña esa exhortación con una declaración de identidad: “Soy yo”. Es como si les dijera: “Aunque creáis que soy un fantasma, en realidad soy la presencia benéfica de Dios a vuestro lado. No hay tormenta que pueda hacer naufragar la barca”. 

Lo único que les pide a cambio es que tengan fe, que confíen en Él. Lo opuesto a la fe no es la duda, sino el miedo, la desconfianza. Pedro es un perfecto ejemplo de la dualidad que nos acompaña a todos nosotros. En momentos de bonanza, es capaz de confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Incluso presume de su asertividad, pero, cuando llega la tormenta, duda, se tambalea. Jesús tiene que tomarlo de la mano para que no se hunda. La presencia de Jesús amaina el furor del viento y de las olas. Solo entonces, cuando todos ven los signos del poder divino del Maestro, se produce la confesión comunitaria de fe: “Realmente es el Hijo de Dios”.


Esta escena es un espejo que nos ayuda entender lo que nos pasa a nosotros. Cuando vivimos una existencia apacible, cuando todas las piezas del puzle de nuestra vida parecen encajar, no nos resulta difícil creer en Jesús. Podemos verlo incluso como la pieza que completa el cuadro. Pero cuando experimentamos algunas tormentas en nuestra vida, tenemos la impresión de que Él está ausente. Nos cuesta mucho reconocer los signos de su presencia misteriosa. Lo confundimos con un fantasma, una ilusión, un recuerdo infantil, un residuo cultural. 

Y, sin embargo, es precisamente en las pruebas de la vida donde Él manifiesta la fuerza de su divinidad. Cuando parece que navegamos a la deriva, Él nos dice lo mismo que a los discípulos: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Es probable que, de entrada, estas palabras nos conforten, pero, cuando Él nos pide que nos acerquemos “caminando sobre las aguas” de la prueba, empezamos a vacilar. ¿Y si todo fuera una sugestión de nuestra mente que busca consuelos fáciles? ¿Y si Él no estuviera al otro lado y nos hundimos todavía más en las aguas procelosas de la crisis? La falta de confianza es precisamente la que provoca nuestro hundimiento. Entonces, cuando parece que todo está perdido, Él nos toma de la mano y nos sostiene. Frente a nuestra desconfianza congénita, se alza su fidelidad indomable.


Es evidente que nos cuesta confiar. La cultura moderna, troquelada por los “maestros de la sospecha”, nos ha convertido en desconfiados. Todo lo que suena a fundamento, sentido, futuro, Dios, nos parece un timo. No hay nadie más desconfiado que quien ha sido timado alguna vez. ¿Cómo restaurar la confianza que sostiene la fe? ¿Cómo fiarnos de Jesús, aunque las tormentas de la vida nos hagan tambalear y Él nos parezca un fantasma? Todo depende de ese misterioso “soy yo”. Sin acoger esas palabras, que son eco de divinidad, no hay manera de confiar. 

No se trata de buscar pruebas imposibles, sino de cultivar una relación. Frente al “yo” de Jesús tenemos que colocar nuestro humilde “tú”, de manera que se forme una alianza indestructible. Lo que de verdad nos devuelve la fuerza de la fe no es tanto la tempestad calmada, cuanto la seguridad de que Él es y está. Dudar es una actividad inherente a la fe. Desconfiar la destruye. No deberíamos asustarnos de las múltiples dudas que parecen amenazar nuestra fe en Dios. En la mayor parte de los casos nos ayudan a purificarla y acrisolarla. Lo que tendría que darnos miedo es la desconfianza porque mina la sustancia de la fe.



sábado, 8 de agosto de 2026

Contemplar y compartir


Enfundado en el alba y la casulla, sudé ayer por la tarde en la normalmente fría iglesia de mi pueblo. Eso me hizo entender que este año el verano está siendo riguroso, incluso en un lugar en el que muchos solían venir huyendo de los calores de otras partes. No noté mucha diferencia entre el bochorno de Madrid y el calor de Vinuesa. Solo por las noches es más perceptible el contraste, lo que no es poco para poder descansar. 

El primer día de las vacaciones se va en saludos y adaptaciones al nuevo ritmo. Lo he empezado caminando por el bosque cuando todavía el termómetro marcaba 17 grados y tomando un desayuno a base de kéfir, nueces y frutas. Se ven muchas caravanas aparcadas en el estacionamiento reservado para ellas y gentes de diverso pelaje moviéndose de un lugar a otro. Parece que el eclipse total del próximo día 12 ha movilizado incluso a algunos centroeuropeos. De hecho, he visto un enorme autobús repleto de turistas holandeses. A mí me gusta más el pueblo cuando hay poca gente, pero es inevitable que se llene en agosto. Todo el mundo tiene derecho a respirar un poco.


Hoy recordamos a un santo -Domingo de Guzmán- que está muy ligado a esta tierra. Oriundo de Caleruega, fue canónigo en la catedral de Osma. Su ideal de contemplación y apostolado sigue siendo tan válido hoy como en el siglo XIII. Frente a quienes se dejan llevar por impulsos sentimentales, falsamente evangélicos, Domingo reivindicaba la importancia del estudio de la Palabra de Dios. Conviene recordarlo hoy. Cada vez me encuentro con más grupos de cristianos de buena voluntad, guiados por personas un tanto desequilibradas, que intentan “poner de moda a Dios” en el contexto de nuestra sociedad secularizada. Admiro su desparpajo, pero temo su inmadurez. Llevados por no sé qué extraño espíritu, embarcan a personas ingenuas en caminos espirituales que no conocen. Las someten a sus arbitrariedades y abusos dejándolas confundidas. 

Este no es un fenómeno del pasado (como los cátaros a los que tuvo que enfrentarse Domingo), sino algo que está muy vigente. Lo he visto en México el mes pasado y lo veo también en algunos lugares de España. En alguna medida, la proliferación de estos grupúsculos de “iluminados” está ligada a nuestra pastoral superficial y acelerada, que no tiene tiempo ni hondura para acompañar a los cristianos en sus procesos de crecimiento espiritual.


En las pocas horas que llevo en mi pueblo natal, varias personas me han hablado del impacto que les produjo el viaje de León XIV a España el pasado mes de junio. Es como si hubieran experimentado una atracción que suele ser más frecuente en el ámbito del arte y del deporte que en el de la religión. Quizás, más allá del magnetismo de una figura serena como la del Papa, lo que muchos han visto en él ha sido una referencia de valores objetivos, una propuesta de un camino preciso en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión. 

León XIV ha sido una especie de Domingo de Guzmán que, sin aspavientos ni liderazgos espectaculares, ha conseguido mostrar que en el Evangelio seguimos teniendo una brújula segura para navegar en este cambio de época. Su origen estadounidense, su experiencia misionera peruana y sus años de gobierno como superior general de los agustinos le han proporcionado una mirada muy universal. De esta forma, se hace cargo de lo que hoy estamos viviendo. Por eso, sus palabras son precisas, medidas, atinadas. No dice más que lo imprescindible. Y lo hace de manera clara (es matemático de formación), hermosa (es heredero de san Agustín) y estimulante (no pretende regañar, sino animar). Pasado el verano, necesitaremos volver sobre sus mensajes para seguir profundizando.

jueves, 6 de agosto de 2026

Iluminar sin eclipsar


Los medios de comunicación llevan días preparándonos para el eclipse total que tendrá lugar el próximo miércoles 12 de agosto. Es uno de los temas estrella del verano, junto al triunfo de España en el Mundial de fútbol, los incendios y la invasión de Ceuta por parte de miles de marroquíes. Hemos pasado de ser entrenadores de fútbol, expertos en incendios y politólogos que dominan la geoestrategia mundial a ser astrónomos aficionados que pontifican sobre el significado de un eclipse, los lugares mejores para contemplarlo y los riesgos que corremos si no lo hacemos como Dios manda. 

Hacia las 8,30 de la tarde del miércoles 12, la luna cubrirá el sol y todo se oscurecerá durante un período que varía según los lugares, pero que oscila entre uno y dos minutos. En este contexto crepuscular, la fiesta de la Transfiguración del Señor no nos habla de tinieblas, sino de resplandor. La versión de Mateo que leemos este año dice que Jesús “se transfiguró delante de ellos [Pedro, Santiago y Juan], y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús no eclipsa al Padre, sino que lo refleja en su rostro iluminado. No se interpone entre el hombre y Dios, sino que lo revela plenamente porque Él es el Hijo amado de quien podemos fiarnos.


Cuando llega esta fiesta anual, la mente se nos va al recuerdo de la bomba atómica de Hiroshima (1945), a la muerte de san Pablo VI (1978) y a la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) que el papa san Juan Pablo II articuló en torno al icono de la Transfiguración. Perfectamente podríamos celebrar hoy la Jornada de la Vida Consagrada en vez de hacerlo el 2 de febrero. Con esta concentración de motivos, la fiesta adquiere una gran densidad. 

En medio de nuestras desfiguraciones (de las que Hiroshima es el símbolo contemporáneo), estamos llamados a mirar el rostro luminoso de Cristo. En él descubrimos que también nosotros hemos sido transfigurados por la gracia de Dios para descender desde la montaña de la oración al valle de la vida cotidiana con el rostro iluminado. La vida consagrada es un recordatorio permanente, exagerado, profético, de lo que todo cristiano experimenta cuando se encuentra con Cristo. Animados por la fuerza de esta experiencia, podemos afrontar las pruebas de la vida sin perder la esperanza, convencidos de que, unidos a Cristo, la tiniebla se convierte en luz y la muerte es derrotada por la vida eterna. La transfiguración es una claraboya por la que el cielo se hace visible en la tierra.


Soy consciente de que muchas personas tienen dificultades para subir a la “montaña alta” donde tiene lugar esta revelación. Sus vidas discurren en este “valle de lágrimas” que es la vida cotidiana. Hablando ayer con un amigo mío, profesor de bachillerato en un pequeño colegio multicultural de la periferia de Madrid, conocí varias historias de adolescentes que provienen de familias rotas, que se hacen heridas en el antebrazo, que se escapan de casa y que consumen sustancias con la vana ilusión de huir de una vida miserable. 

No aspiran a una transfiguración profunda, sino solo a una evasión efímera. Sobre sus espaldas llevan mochilas pesadas llenas de desprecios, amarguras y vacíos. A veces reaccionan con agresividad cuando lo que buscan es reconocimiento y cariño. ¿Quién puede acompañar a estos jóvenes a escalar la montaña en la que uno se encuentra con Cristo? Es verdad que, junto a historias desfiguradas, hay también preciosos testimonios de historias transfiguradas, pero para que se dé el paso de unas a otras se necesitan guías que acepten el reto de caminar junto a los que se encuentran en los bordes del camino.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Dos estrellas cuestan cien euros


Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo. 

Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.


Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100. 

El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.


Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias. 

Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.

martes, 4 de agosto de 2026

Orar y amar


Algunos de mis mejores amigos son sacerdotes seculares. Varios ejercen de párrocos o vicarios en distintos lugares del mundo. Pienso en ellos en el día en que celebramos la memoria de san
Juan María Vianney (1786-1859), el famoso cura de Ars. La historia de este sacerdote francés, que vivió en plena Revolución francesa, es impresionante. En él se cumplen a cabalidad las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21). 

El cura de Ars tuvo problemas con los estudios. El latín se le atragantaba. Llegó a ser expulsado del Seminario Mayor por no ser considerado idóneo para el ministerio sacerdotal. Ordenado sacerdote en 1815, fue enviado primero a Ecully, como ayudante del que había sido su valedor, Don Balley. Cuando este murió, fue enviado como clérigo a Ars, una aldea no muy lejana a Lyon, “el último pueblo de la diócesis”. La aldea contaba con unos 250 habitantes de condición humilde. Aunque puso en práctica algunas iniciativas de tipo social, enseguida destacó como director espiritual. Pronto la gente empezó a acudir a él de otras parroquias cercanas, luego de lugares distantes y finalmente de todas partes de Francia e incluso de otros países.


Su consejo era buscado por obispos, presbíteros, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, aristócratas y plebeyos, damas de sociedad, intelectuales y labriegos, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Murió el 4 de agosto de 1859. Sus restos mortales se conservan incorruptos en el santuario de Ars, el pequeño lugar al que dedicó su vida como presbítero y donde falleció. San Juan Pablo II hizo elogió así a este cura de pueblo:
“Me impresionaba profundamente, en particular su heroico servicio de confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario”.

Si los santos son nuestros verdaderos maestros en el camino del Evangelio, me pregunto qué podemos aprender del cura de Ars en la evangelización de hoy. ¿No estaremos llamados los sacerdotes a una vida de oración intensa, a un estilo de vida más sobrio y a una dedicación sin tregua al acompañamiento espiritual y al sacramento de la Reconciliación? Juan María Vianney supo hacerlo en tiempos convulsos. No perdió el tiempo en interminables “análisis de la realidad”. Se puso manos a la obra, como se ponen los sencillos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios. No ha pasado a la historia como un gran erudito, sino como un hombre de fe y de oración. En el oficio de lecturas de hoy, leemos estas palabras suyas:
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

lunes, 3 de agosto de 2026

Creer es confiar


Lo contrario a la fe no es la duda sino el miedo. Y de esto nos habla el evangelio de hoy. Entre el Jesús que alimenta a la multitud (evangelio de ayer domingo) y el Jesús que cura a los enfermos (final del evangelio de hoy) se produce la escena del Jesús que se dirige a sus discípulos en medio de la noche caminando sobre las aguas del lago. El cuadro es extraño y sugestivo. La barca en la que navegan los discípulos “iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. 

Como en otras ocasiones, Jesús se acerca a sus discípulos asustados (la novedad de esta ocasión es que lo hace caminando sobre el agua) y les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Ese “soy yo” tiene todo el sabor de una afirmación de identidad divina. Si Dios está en Jesús, no hay lugar para el miedo, por fuertes que soplen los vientos de la historia. Pero para ellos es necesario fiarse, creer. Pedro lo intenta, pero sucumbe. Puede más el temor a hundirse que la confianza en la palabra de Jesús.


Nosotros nos somos, por lo general, hombres y mujeres ateos, sino personas miedosas. No es que no creamos en Dios, sino que nos cuesta confiar en Él, abandonarnos en sus manos. Si no llevamos el timón de nuestra vida, nos parece que nuestra barquichuela va a naufragar. El miedo abre vías de agua en su casco. Hay demasiadas realidades que nos producen miedo. Algunas son comunes a la mayoría, pero otras son muy personales. Desde hace años, se ha instalado en nosotros el miedo al futuro. La irrupción de la IA no ha hecho sino aumentarlo. Tememos que se apodere de nuestras vidas y tome decisiones que comprometan el futuro de esta “magnífica humanidad”. 

Todo lo que es susceptible de ser mal utilizado, acaba siéndolo, desde la pólvora hasta la energía atómica. Sucederá lo mismo con la IA. Hay motivos para estar preocupados. Pero los miedos tienen también un rostro más doméstico: desde el miedo a una enfermedad grave hasta la falta de dinero para pagar un alquiler o la preocupación ante el futuro incierto de los hijos o nietos.

Cuando sentimos miedo es cuando aprendemos a creer. La fe no es el resultado de un argumentario impecable, sino, ante todo, un ejercicio de confianza. Creer significa dejar que Dios sea Dios y lleve las riendas de nuestra vida, abandonarnos en el misterio de su amor infinito.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Despedir o repartir?


La petición central del Padrenuestro se refiere al pan: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Y sobre el pan que alimenta a una multitud trata el Evangelio de este XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús siente compasión de la muchedumbre que se le ha adelantado por tierra y ha llegado antes que él y los discípulos “a un lugar tranquilo y apartado”. Además de curar a los enfermos, siente la necesidad de alimentar al gentío. Podría haberlo hecho él solo con su poder, pero involucra a sus discípulos. 

Les pide que no envíen a la gente a los pueblos cercanos para procurarse comida, sino que ellos mismos les den de comer. Jesús bendice lo poco que tienen; los discípulos, como camareros del Reino, reparten el pan. El resultado es espectacular: “Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo poco se convierte en mucho cuando de por medio hay bendición y entrega. Jesús involucra a quienes querían despedir a la gente. La compasión es más poderosa que la indignación.


Compartir lo poco que somos y tenemos es el modo mejor de alimentar a la multitud. De nuestra pobreza Jesús saca pan en abundancia para todos. Escribo estas líneas a las pocas horas de haber aterrizado en Madrid después de un vuelo de once horas desde CDMX. Ya he celebrado la Eucaristía dominical venciendo la somnolencia que me acechaba. No se me quita de la cabeza la escena del Evangelio. 

Me llama la atención el contraste entre la reacción de los discípulos (que quieren despedir a la multitud) y la de Jesús (que siente compasión de ella). También los discípulos de hoy sentimos la tentación de despedir a las personas que nos incomodan porque rompen nuestros planes. Llevamos décadas poniendo el acento en la programación pastoral. Es probable que con tanto programa hayamos olvidado la compasión. La realidad es siempre más grande que cualquier idea. Quien no es capaz de compadecerse de la gente, siempre encontrará excusas para no darle de comer.



sábado, 1 de agosto de 2026

La vida sigue


Los aeropuertos son mi segunda oficina. Faltan dos horas para que despegue mi avión de CDMX a Madrid. Dispongo de tiempo para escribir la entrada de hoy después de haber tenido abandonado este blog durante varios días. Termina mi estancia de dos semanas en México. Ayer concluimos el IV Curso de Vida Consagrada organizado por la arquidiócesis de México con el título: “La vida consagrada: entre crisis e incertidumbre”. 

No es fácil volver sobre este tema cuando la mayor parte desea “salir” de la crisis antes que “aprovechar” la crisis para purificar motivaciones, podar ramas secas, sanar las raíces y abrir caminos nuevos. Junto a los 110 participantes presenciales, hubo más de 200 en línea. La verdad es que acabé cansado. Además de las clases matutinas, durante la tarde tenía que recibir a las personas que querían hablar conmigo sobre asuntos de sus asociaciones y congregaciones. Me sorprendió el número de nuevas iniciativas que están surgiendo en este país. La mayoría son muy frágiles. Necesitan discernimiento y acompañamiento.


El aeropuerto está tranquilo, aunque en los mostradores de Iberia se acumulaba mucha gente. Hoy comienza el mes de las vacaciones por excelencia. Para ponerme al día, aprovecho la espera para visitar algunos periódicos digitales. Se sigue hablando mucho de los incendios veraniegos y de la “invasión” de Ceuta por miles de ciudadanos marroquíes. Parece obvio que no se trata de algo improvisado, sino de una estrategia bien orquestada que responde a los intereses de Marruecos, apoyados por Estados Unidos e Israel. 

No es fácil manejar crisis de este tipo cuando se dan objetivos geoestratégicos y económicos confesables junto a posibles chantajes inconfesables. No creo que en este caso la debilidad sea la mejor estrategia. A veces, solo la firmeza contundente y una política informativa clara desactivan estas bombas humanas. Pero es imposible encontrar salidas dignas a este problema cuando no se ponen todas las cartas sobre la mesa. Las que de verdad cuentan son las que se esconden en la bocamanga. Los ciudadanos asistimos confundidos a un juego con trampas.


Salgo de México con 15 grados de temperatura. Es probable que cuando llegue a Madrid reciba una bofetada de más de 30 grados. No es agradable pasar de un clima primaveral como el que he disfrutado estas semanas a los rigores del estío madrileño, pero no queda otro remedio. Además del desajuste horario, tendré que padecer el climático. La vida es un continuo esfuerzo de adaptación al medio, solo que lo que apenas me costaba hace veinte o treinta años cada vez se me hace más cuesta arriba. Necesito descubrir nuevas mañas para minimizar los riesgos. 

En fin, hay tiempo para todo. Quizá la sabiduría consista en saber aprovechar cada momento sin abandonarnos a la nostalgia del pasado o vendernos a la ansiedad del futuro. A cada día le basta su afán. Es mi dosis de reflexión en este “no lugar” que es el aeropuerto Benito Juárez. Atrás quedan los días pasados en los Altos de Jalisco, Guadalajara y CDMX. Agradezco todo lo vivido. Quiero transformarlo en energía para afrontar lo que me espera. Life goes on.

domingo, 26 de julio de 2026

El arte del discernimiento


Hasta Ciudad de México no me llega el humo de los incendios que asolan algunas partes de España, pero sí me llegan el dolor y la solidaridad. La naturaleza y los seres humanos formamos parte de la misma casa común. Nos herimos y nos ayudamos recíprocamente. Las noticias de hectáreas quemadas, personas desalojadas de sus casas, técnicos luchando sin tregua contra el fuego y vecinos solidarios me emocionan. Constituyen el contrapunto doloroso a una semana excepcional vivida en los Altos de Jalisco, una región del México marcado por la revolución cristera de la que ahora se cumple un siglo. 

Por todos los lugares por los que he pasado me han felicitado por el triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol hace una semana. La ola de simpatía refuerza aún más los vínculos históricos, fraternales, entre España y México. No me gusta tanto que a veces esta simpatía se nutra del rechazo a la selección argentina y, por injusta extensión, a otro país hermano. A veces el fútbol sirve para visibilizar algunas tensiones escondidas que nacen del desconocimiento mutuo y de la falta de respeto a la diversidad. Nada extraordinario en la compleja madeja de los sentimientos humanos y de la lucha de identidades. Si algo aporta la fe cristiana es una visión de largo alcance que relativiza todas estas tensiones desde la experiencia fontal de fraternidad.


Mientras suceden todas estas cosas, el XVII Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a practicar el arte del discernimiento. La primera lectura nos hace ver que, a diferencia de lo que la mayoría de nosotros solemos pedir a Dios (la célebre tríada salud-dinero-amor), el joven rey Salomón le pide “un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Pablo, escribiendo a la comunidad de Roma, afirma que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. 

Es el primer criterio para practicar el discernimiento: contemplar todo desde la experiencia del amor de Dios. Solo así, incluso lo que a primera vista parece negativo, puede llegar a tener sentido en la perspectiva amplia de la historia de salvación. Pero para ver las cosas de esta manera se necesita “un corazón dócil”; es decir, un corazón que se abra a Dios desde la humildad y que busque sinceramente conocer y cumplir su voluntad.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos transmite el mismo mensaje sirviéndose de tres figuras: el tesoro, la perla y la red barredera. Cada una pone de relieve algún aspecto del arte del discernimiento. El tesoro y la perla acentúan la centralidad de Dios y su reino. Cuando vivimos a Dios como nuestro tesoro o como la perla preciosa, somos capaces de relativizar y jerarquizar todas las demás realidades. Pasamos de la idolatría a la adoración. Este es el ejercicio más radical de discernimiento: distinguir a Dios de los ídolos y optar claramente por Él. 

La imagen de la red nos previene contra un discernimiento apresurado, hecho de intuiciones, prejuicios y dogmatismos. La red de la vida recoge todas las realidades. Solo con el paso del tiempo y un tacto fino podemos distinguir el bien del mal, lo que va en línea del Reino y lo que se aparta de él. Y, en cualquier caso, el juicio definitivo no es prerrogativa nuestra: le corresponde solo a Dios. Por eso, el discernimiento va asociado a horizontes amplios, respeto a las diferencias y paciencia histórica. ¿No son estos los ingredientes que necesitamos hoy para no perdernos en la intrincada red de puntos de vista y opciones?

miércoles, 22 de julio de 2026

México lindo y querido


En un momento determinado, el comandante del Airbus 350 de Iberia que nos llevaba el pasado domingo de Madrid a Ciudad de México, se limitó a decir: “España acaba de ganar el Mundial de fútbol”. Ni siquiera añadió un “enhorabuena” diminutivo. Fue un mensaje claro, sobrio, profesional. Buena parte del pasaje prorrumpió en un aplauso, pero sin más consecuencias. Entre los pasajeros podía haber hinchas de La Roja (bastantes), pero también de la albiceleste (de hecho, algún muchacho llevaba puesta la camiseta de Argentina) y hasta de la selección mexicana, colombiana o japonesa. 

Llegados a México con tres horas de retraso sobre el horario previsto, el oficial que controló mi pasaporte me dijo: “Gracias por haber ganado a Argentina”. Me extrañó este comentario hacia un pueblo hermano, pero ya se sabe que en buena parte de Latinoamérica los porteños (no conviene extender el juicio a todos los argentinos) tienen fama de “agrandados”. La prensa internacional (no así la argentina) elogiaba la victoria de España y la actitud de los jugadores al tiempo que reprochaba la pésima actuación humana y deportiva de los jugadores albicelestes. Me sorprendieron los enfoques tan contrastantes. Daba la impresión de que se hablaba de dos partidos distintos.


México me recibió con una temperatura suave que contrastaba con los calores de Madrid. A pesar de las ocho horas de diferencia, me he adaptado enseguida al nuevo ritmo. La hospitalidad de mis hermanos claretianos allanó el proceso. Después de un día en CDMX, ayer volé a Guadalajara y luego en coche subí hasta los Altos de Jalisco. Me sorprendieron los inmensos campos de agave, la planta de la que se produce el tequila. Me dio tiempo a rematar el día participando en la asamblea parroquial de la parroquia de Jesús María, un bonito ejemplo de sinodalidad. 

Y aquí estoy, tecleando esta entrada a las 7 de la mañana, preocupado por los incendios que asolan algunas partes de España y contento por empezar un nuevo día con 15 grados de temperatura y un sol espléndido. Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, la “apóstola de los apóstoles”. Es arriesgado escribir sobre una discípula de la que no sabemos muchas cosas, pero los testimonios evangélicos la dibujan como una mujer enamorada de Jesús que no se resignó a su muerte y que, tras su encuentro con el Resucitado, se convirtió en centinela de un tiempo nuevo.


Oigo los “parlantes” de un vendedor callejero que pasa por delante anunciando sus productos. La vida empieza temprano en este pueblo de rancio abolengo católico, heredero de la tradición cristera. Este año se cumple el centenario del comienzo de la famosa revolución que produjo guerrilleros y mártires a un tiempo. El gran desafío pastoral es convertir esa fuerte herencia en una fe viva que no se limite a ser una tradición cultural, sino que ayude a las personas a encontrarse con Jesucristo. En eso están empeñadas las diócesis de esta zona. 

Mientras, la violencia sigue activa en algunas partes de México. Cuesta entender un fenómeno como este en un país de mayoría católica, pero la droga acaba pasando por encima de creencias y leyes. No será fácil vencer a este ídolo mientras el mercado mundial (sobre todo, el estadounidense) siga demandando su consumo. Como sucedió en otros países latinoamericanos, para algunos jóvenes desempleados dedicarse a este mercado es una tentación demasiado fuerte. También aquí la educación y la pastoral encuentran un desafío de primer nivel para el que no acaban de encontrar respuestas eficaces.

domingo, 19 de julio de 2026

Entre balones grandes y semillas pequeñas


Empiezo mi viaje a Ciudad de México con dos horas y media de retraso sobre el horario previsto. Eso me obliga a organizar el tiempo de espera en el aeropuerto. Lo primero que estoy haciendo es escribir esta entrada. Atrás quedó la semana de ejercicios espirituales en Colmenar Viejo. Hoy la atención mediática y popular se dirige a la final entre Argentina y España que se juega esta tarde/noche en New Jersey. A mí me pillará en pleno vuelo, así que hasta la llegada no podré enterarme del resultado, aunque a lo mejor el comandante del avión nos comunica algo. 

Me impresiona la tremenda expectación que despierta un acontecimiento de este tipo. No creo que haya otro que mueva a tantas personas en el mundo, ni siquiera los Juegos Olímpicos. Se ve que la guerra –al fin y al cabo, el fútbol es un sustitutivo lúdico del arte de matarnos– forma parte de nuestras pulsiones colectivas. Necesitamos enfrentarnos. Si no lo hacemos con piedras u otro tipo de armas más mortíferas, lo hacemos con un balón en los pies. Hay que reconocer que esto supone un notable progreso. El juego transforma la violencia en acrobacia, aunque con algunas concesiones al insulto y las faltas. Y si, además, es una fábrica de hacer dinero, miel sobre hojuelas.


Mientras millones de personas en todo el mundo esperan con ansia el partido de esta tarde, los cristianos celebramos el XVI Domingo del Tiempo Ordinario. Me gusta cómo comienza el texto del libro de la Sabiduría que leemos en la primera lectura: “Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia”. O sea, que ni siquiera el fútbol está por encima de Dios. Empezaba a tener mis dudas ante la idolatría que provoca. 

La carta a los Romanos nos ofrece otro destello de luz: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. Nos pasamos la vida pidiendo cosas. Estoy seguro de que muchas personas pedirán hoy que gane su selección favorita. No es el caso del entrenador español, que ha declarado que él nunca le pide a Dios este tipo de cosas. Parece que hubiera meditado la carta a los Romanos. ¿Por qué “nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”? Porque normalmente nuestras peticiones no van en línea con las de Jesús. Nosotros pedimos salud, tranquilidad, éxito en nuestras empresas y cosas por el estilo. La petición de Jesús –que es modelo de todas las demás– se puede centrar en esta: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hacer siempre la voluntad de Dios es la petición cristiana por excelencia.


Por último, el Evangelio continúa con las parábolas relacionadas con la semilla. El domingo pasado leímos la larga (y alegorizada) parábola del sembrador. Hoy nos tocan dos más breves: la parábola de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza. Detrás de cada una de ellas hay dos crisis discipulares que coinciden con las nuestras. Cuando nos tomamos “demasiado” en serio la preparación del terreno para acoger la Palabra, puede entrarnos una crisis de exceso de responsabilidad, como si la eficacia de la Palabra dependiera enteramente de nosotros. Jesús nos advierte que es obra de Dios. Por tanto, podemos descansar tranquilos. Él sabrá cómo hacer germinar la semilla para que porte alimento. 

Frente a la sensación de que los discípulos de Jesús somos siempre cuatro gatos, el Maestro nos recuerda que la desproporción es el lenguaje típico de Dios. Él puede actuar desde lo pequeño y lo frágil. Lo que importa es tener un corazón humilde, no un programa poderoso. En fin, que de nuevo la Palabra de Dios ilumina realidades que hoy estamos viviendo y que, tras el paréntesis lúdico del fútbol, volverán a ocupar el centro de nuestras preocupaciones.

Buen domingo a todos. Por cierto, que gane... (ya lo podéis adivinar).

jueves, 16 de julio de 2026

De Vic para todo el mundo


Tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de fútbol, recibo un mensaje de uno de mis primos argentinos acompañado por una foto en la que se los ve exultantes, cubiertos con la camiseta albiceleste. El mensaje dice así: “Celebramos de antemano el legado de nuestros ancestros y la pasión de Argentina”. Y, en previsión de la final del próximo domingo en New Jersey entre España y Argentina, añaden: “¡Que sea una fiesta para ambos lados del océano!”. Me gusta que acentúen la fiesta hispanoargentina sobre la rivalidad deportiva. Los vínculos entre los dos países son tantos que, gane quien gane, siempre sentiremos que se trata de un asunto de familia.

Y, para asunto de familia, la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo que hoy celebramos. Tal día como hoy, en 1849, fue fundada en Vic (Barcelona) la congregación misionera a la que pertenezco. He contado varias veces en este blog la historia de los comienzos. La recuerdo cada año cuando llega esta fecha. Me resulta emocionante y paradigmática. Seis jóvenes sacerdotes, en ambiente de ejercicios espirituales y sobriedad de vida, ponen en marcha una fraternidad misionera bajo los auspicios de la Virgen María. Nuestro nombre oficial es largo, pero hermoso: “Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María”. Cada palabra está preñada de significado y enriquece las demás. 


La sola meditación de cada una de ellas basta para entender cuál es la identidad de esta congregación que hoy se extiende por cerca de 80 países y reúne a unos 3.000 misioneros de procedencias muy diversas. Si el pequeño grupo no hubiera salido de Vic o de Cataluña, seguramente habría desaparecido hace mucho tiempo, como les pasó a algunas fundaciones similares. Pero Claret era muy consciente de que su espíritu era “para todo el mundo”. 

Hoy formamos la congregación un buen grupo de españoles, pero hace años que los hermanos de la India nos han superado en número. Junto a claretianos de algunos países europeos (como Portugal, Polonia, Alemania, Italia, Reino Unido o Rusia), abundan los misioneros de todos los países de América y cada vez son más los provenientes de Indonesia, Timor Oriental, Filipinas, Vietnam. Y también de Nigeria, Congo, Camerún, Kenia o Angola, por poner solo algunos ejemplos.


Admiro el crecimiento numérico (sostenido en torno a 3.000, a pesar de la crisis) y la extensión territorial, pero este no es el criterio más importante para verificar la vitalidad de un carisma. Lo que de verdad importa es mantener vivo el fuego de los orígenes. Solo seremos creíbles y fecundos si los elementos del primer día siguen creciendo: la comunidad reunida a la escucha de la Palabra, la experiencia de la filiación cordimariana, el entusiasmo misionero y un estilo de vida fraterno, pobre e itinerante. 

Hoy tendré el privilegio de compartir mesa y mantel con la comunidad de nuestros misioneros mayores que viven en la comunidad de Colmenar Viejo. Quienes los cuidan han preparado una larga mesa en el jardín, al resguardo de las hojas de los plátanos. Me emociona comprobar cómo la vocación sigue fresca cuando uno supera el umbral de los 80 o 90 años. Me pregunto si no será esta la verdadera razón por la que los religiosos viven más que los laicos. Espero que las conclusiones de este estudio alemán no molesten a ninguno de mis amigos laicos que son lectores habituales de este blog, jajajaja. A todos os deseo una feliz fiesta de la Virgen del Carmen.

miércoles, 15 de julio de 2026

En equipo llegamos más lejos


« Le collectif espagnol a submergé le talent individuel français » (El juego colectivo español ha superado al talento individual francés). Así titulaba esta mañana el periódico francés Le Monde en su edición digital lo sucedido ayer en la primera semifinal del Mundial de fútbol. Pude ver solo los últimos veinte minutos del partidazo que se jugó en Dallas, pero me había enterado antes de los dos goles de la selección española por el griterío que salía del parque vecino. Luego los vi repetidos en las redes sociales. 

Cuando era adolescente se decía que en el deporte español había algunas figuras individuales de éxito mundial (Bahamontes, Santana, Paquito Fernández Ochoa, Severiano Ballesteros, etc.), pero que faltaban equipos con talento. Hace ya mucho tiempo que se superó esa etapa individualista. Llevamos décadas con excelentes equipos en fútbol, baloncesto, hockey, waterpolo, balonmano, natación sincronizada y otros deportes. La victoria de ayer en Dallas fue un ejemplo magnífico de lo que se puede conseguir cuando trabajamos juntos en equipo. Para hacerlo, además de contar con individuos valiosos y dispuestos, es necesario crear una fuerte moral de equipo en torno a valores compartidos, tener una estrategia clara y contar con un entrenador que fije los objetivos, anime a los jugadores y les ayude a sacar lo mejor de sí mismos.


Cuando se habla de la importancia de los grupos y equipos, se suele invocar el socorrido proverbio africano: “Si quieres ir deprisa, camina solo; si quieres llegar lejos, camina en grupo”. Esto se puede aplicar a todos los campos de la vida. Si en el ámbito político fuéramos capaces de hacer algo parecido a lo que hacemos en el ámbito deportivo, nuestro país sería admirable. Eso no significa de ningún modo mortificar las diferencias culturales o lingüísticas, sino tener una fuerte moral de país en torno a valores compartidos, consensuar una clara estrategia de futuro y contar con dirigentes nacionales, autonómicos y locales que se pongan de acuerdo sobre los objetivos comunes, animen a los ciudadanos y, empezando con el ejemplo, nos ayuden a sacar lo mejor de nosotros mismos. 

¿Por qué es posible en el deporte y casi imposible en la política y la economía? Mucho me temo que casi todo pasa por la talla moral y la competencia profesional de los dirigentes. Cuando somos dirigidos por personas con pocos escrúpulos y con mediocre preparación, no se pueden esperar grandes logros. Si, a pesar de todo, seguimos avanzando es porque hay muchos “jugadores/ciudadanos” que, esquivando los intereses mezquinos y la incompetencia de algunos dirigentes, siguen contribuyendo con sus iniciativas y su espíritu cívico al bien común. No hace falta citar La ciudad de Dios de san Agustín ni entrar en la polémica suscitada por las declaraciones de monseñor Luis Argüello para reconocer que a menudo es la sociedad la que salva al Estado y no al revés.


El principio cooperativo puede aplicarse también a la sinodalidad eclesial. Caminar juntos ralentiza casi todos los procesos e implica tener en cuenta a los más frágiles, pero es la única manera de llegar lejos. La Iglesia no es una comunidad que tenga que someterse a los tiempos acelerados de hoy, sino una comunidad que aspira a llegar lejos, a mantener viva en el tiempo la memoria de Jesucristo muerto y resucitado. Eso pasa por que –parafraseando el titular del periódico francés– el espíritu comunitario prevalezca sobre los muchos individualismos que suelen darse en comunidades, parroquias y diócesis. 

También en este ámbito se pueden aplicar algunas lecciones  del ámbito deportivo. La moral de equipo nos viene de la acción misteriosa del Espíritu Santo, la estrategia la dibuja el Evangelio. Necesitamos dirigentes con las capacidades necesarias para animarnos a todos los cristianos a poner nuestros distintos carismas al servicio de la única misión. Se requiere una ola de entusiasmo colectivo, sin la cual la resignación y el pesimismo nos ganan por goleada.



domingo, 12 de julio de 2026

Se vende terreno en buen estado


Desde ayer por la tarde estoy en la casa de espiritualidad que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. He comenzado una semana de ejercicios espirituales con 28 religiosas pertenecientes a media docena de congregaciones. Asediados por el calor de este implacable mes de julio, buscamos un poco de refresco espiritual. El Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario nos ayuda a situarnos. La parábola del sembrador parece hecha para la primera meditación de los ejercicios. 

Durante estos días, el Señor va a hacer una siembra generosa de su Palabra. Pero los frutos no se producen de manera automática, como si fueran el resultado de un proceso industrial. Requieren de un diálogo generador entre la semilla y la tierra. Y aquí es donde viene la pregunta de siempre: ¿qué tipo de terreno soy yo? Es difícil responder a esta pregunta diciendo que somos la “tierra buena” de la parábola. Nos reconocemos con más facilidad en el borde del camino, en el terreno pedregoso o en la tierra llena de zarzas. Y, sin embargo, el sembrador que es Dios no lanza la semilla solo a la tierra buena, sino a todas partes. Nunca se sabe dónde puede germinar la Palabra.


La primera lectura nos ofrece uno de los textos del profeta Isaías que más me gusta: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. La Palabra de Dios nunca vuelve vacía. De maneras inexplicables, llega al corazón de las personas. 

A veces, tarda tanto tiempo en germinar que no se percibe el nexo entre el momento de la siembra y el de la recolección. Y, sin embargo, todo el tiempo que ha permanecido “escondida” no ha sido en vano. Algo semejante descubro en las personas. Cada una tenemos nuestra trayectoria. No todos los tiempos están sincronizados. Algunas viven su respuesta a Dios desde la infancia, pero a veces caen en la rutina, como esos amores que dan todo por supuesto y nunca se expresan. Otras, por el contrario, tras años de lejanía, descubren la presencia de Dios en la juventud o en la madurez. Son como los viñadores contratados en la hora undécima. Parece demasiado tarde, pero todos reciben el denario prometido.


La paciencia de Dios debería ser un antídoto contra nuestros juicios apresurados y contra nuestras impaciencias. Dios, como buen agricultor, sabe esperar el momento oportuno. Nunca da la siembra por perdida. Él se preocupa de lanzar generosamente la semilla. En términos económicos, se comporta como un manirroto. Pero sabe muy bien que solo una siembra abundante, no mezquina, puede alcanzar a todos, incluso a quienes se mueven en terrenos pedregosos e improductivos a primera vista. 

La verdadera pastoral de la Iglesia tendría que ser así: sobreabundante, no tacaña; abierta a todos; no discriminatoria; paciente, no apresurada; diversificada, no igualitarista. Hay algunos que pueden dar “ciento; otros, sesenta; otros, treinta”. Lo que importa no es la cantidad, sino la generosidad. ¿No es más hermosa la imagen de una Iglesia que tiene terrenos de todo tipo que la de un jardín francés perfectamente planificado? La vida casi nunca se atiene a planes milimétricos. Desborda por todas partes. Dios es amigo de la vida, no de los programas.