
En un momento determinado, el comandante del Airbus 350 de Iberia que nos llevaba el pasado domingo de Madrid a Ciudad de México, se limitó a decir: “España acaba de ganar el Mundial de fútbol”. Ni siquiera añadió un “enhorabuena” diminutivo. Fue un mensaje claro, sobrio, profesional. Buena parte del pasaje prorrumpió en un aplauso, pero sin más consecuencias. Entre los pasajeros podía haber hinchas de La Roja (bastantes), pero también de la albiceleste (de hecho, algún muchacho llevaba puesta la camiseta de Argentina) y hasta de la selección mexicana, colombiana o japonesa.
Llegados a México con tres horas de retraso sobre el horario previsto, el oficial que controló mi pasaporte me dijo: “Gracias por haber ganado a Argentina”. Me extrañó este comentario hacia un pueblo hermano, pero ya se sabe que en buena parte de Latinoamérica los porteños (no conviene extender el juicio a todos los argentinos) tienen fama de “agrandados”. La prensa internacional (no así la argentina) elogiaba la victoria de España y la actitud de los jugadores al tiempo que reprochaba la pésima actuación humana y deportiva de los jugadores albicelestes. Me sorprendieron los enfoques tan contrastantes. Daba la impresión de que se hablaba de dos partidos distintos.

México me recibió con una temperatura suave que contrastaba con los calores de Madrid. A pesar de las ocho horas de diferencia, me he adaptado enseguida al nuevo ritmo. La hospitalidad de mis hermanos claretianos allanó el proceso. Después de un día en CDMX, ayer volé a Guadalajara y luego en coche subí hasta los Altos de Jalisco. Me sorprendieron los inmensos campos de agave, la planta de la que se produce el tequila. Me dio tiempo a rematar el día participando en la asamblea parroquial de la parroquia de Jesús María, un bonito ejemplo de sinodalidad.
Y aquí estoy, tecleando esta entrada a las 7 de la mañana, preocupado por los incendios que asolan algunas partes de España y contento por empezar un nuevo día con 15 grados de temperatura y un sol espléndido. Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, la “apóstola de los apóstoles”. Es arriesgado escribir sobre una discípula de la que no sabemos muchas cosas, pero los testimonios evangélicos la dibujan como una mujer enamorada de Jesús que no se resignó a su muerte y que, tras su encuentro con el Resucitado, se convirtió en centinela de un tiempo nuevo.

Oigo los “parlantes” de un vendedor callejero que pasa por delante anunciando sus productos. La vida empieza temprano en este pueblo de rancio abolengo católico, heredero de la tradición cristera. Este año se cumple el centenario del comienzo de la famosa revolución que produjo guerrilleros y mártires a un tiempo. El gran desafío pastoral es convertir esa fuerte herencia en una fe viva que no se limite a ser una tradición cultural, sino que ayude a las personas a encontrarse con Jesucristo. En eso están empeñadas las diócesis de esta zona.
Mientras, la violencia sigue activa en algunas partes de México. Cuesta entender un fenómeno como este en un país de mayoría católica, pero la droga acaba pasando por encima de creencias y leyes. No será fácil vencer a este ídolo mientras el mercado mundial (sobre todo, el estadounidense) siga demandando su consumo. Como sucedió en otros países latinoamericanos, para algunos jóvenes desempleados dedicarse a este mercado es una tentación demasiado fuerte. También aquí la educación y la pastoral encuentran un desafío de primer nivel para el que no acaban de encontrar respuestas eficaces.










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