miércoles, 22 de julio de 2026

México lindo y querido


En un momento determinado, el comandante del Airbus 350 de Iberia que nos llevaba el pasado domingo de Madrid a Ciudad de México, se limitó a decir: “España acaba de ganar el Mundial de fútbol”. Ni siquiera añadió un “enhorabuena” diminutivo. Fue un mensaje claro, sobrio, profesional. Buena parte del pasaje prorrumpió en un aplauso, pero sin más consecuencias. Entre los pasajeros podía haber hinchas de La Roja (bastantes), pero también de la albiceleste (de hecho, algún muchacho llevaba puesta la camiseta de Argentina) y hasta de la selección mexicana, colombiana o japonesa. 

Llegados a México con tres horas de retraso sobre el horario previsto, el oficial que controló mi pasaporte me dijo: “Gracias por haber ganado a Argentina”. Me extrañó este comentario hacia un pueblo hermano, pero ya se sabe que en buena parte de Latinoamérica los porteños (no conviene extender el juicio a todos los argentinos) tienen fama de “agrandados”. La prensa internacional (no así la argentina) elogiaba la victoria de España y la actitud de los jugadores al tiempo que reprochaba la pésima actuación humana y deportiva de los jugadores albicelestes. Me sorprendieron los enfoques tan contrastantes. Daba la impresión de que se hablaba de dos partidos distintos.


México me recibió con una temperatura suave que contrastaba con los calores de Madrid. A pesar de las ocho horas de diferencia, me he adaptado enseguida al nuevo ritmo. La hospitalidad de mis hermanos claretianos allanó el proceso. Después de un día en CDMX, ayer volé a Guadalajara y luego en coche subí hasta los Altos de Jalisco. Me sorprendieron los inmensos campos de agave, la planta de la que se produce el tequila. Me dio tiempo a rematar el día participando en la asamblea parroquial de la parroquia de Jesús María, un bonito ejemplo de sinodalidad. 

Y aquí estoy, tecleando esta entrada a las 7 de la mañana, preocupado por los incendios que asolan algunas partes de España y contento por empezar un nuevo día con 15 grados de temperatura y un sol espléndido. Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, la “apóstola de los apóstoles”. Es arriesgado escribir sobre una discípula de la que no sabemos muchas cosas, pero los testimonios evangélicos la dibujan como una mujer enamorada de Jesús que no se resignó a su muerte y que, tras su encuentro con el Resucitado, se convirtió en centinela de un tiempo nuevo.


Oigo los “parlantes” de un vendedor callejero que pasa por delante anunciando sus productos. La vida empieza temprano en este pueblo de rancio abolengo católico, heredero de la tradición cristera. Este año se cumple el centenario del comienzo de la famosa revolución que produjo guerrilleros y mártires a un tiempo. El gran desafío pastoral es convertir esa fuerte herencia en una fe viva que no se limite a ser una tradición cultural, sino que ayude a las personas a encontrarse con Jesucristo. En eso están empeñadas las diócesis de esta zona. 

Mientras, la violencia sigue activa en algunas partes de México. Cuesta entender un fenómeno como este en un país de mayoría católica, pero la droga acaba pasando por encima de creencias y leyes. No será fácil vencer a este ídolo mientras el mercado mundial (sobre todo, el estadounidense) siga demandando su consumo. Como sucedió en otros países latinoamericanos, para algunos jóvenes desempleados dedicarse a este mercado es una tentación demasiado fuerte. También aquí la educación y la pastoral encuentran un desafío de primer nivel para el que no acaban de encontrar respuestas eficaces.

domingo, 19 de julio de 2026

Entre balones grandes y semillas pequeñas


Empiezo mi viaje a Ciudad de México con dos horas y media de retraso sobre el horario previsto. Eso me obliga a organizar el tiempo de espera en el aeropuerto. Lo primero que estoy haciendo es escribir esta entrada. Atrás quedó la semana de ejercicios espirituales en Colmenar Viejo. Hoy la atención mediática y popular se dirige a la final entre Argentina y España que se juega esta tarde/noche en New Jersey. A mí me pillará en pleno vuelo, así que hasta la llegada no podré enterarme del resultado, aunque a lo mejor el comandante del avión nos comunica algo. 

Me impresiona la tremenda expectación que despierta un acontecimiento de este tipo. No creo que haya otro que mueva a tantas personas en el mundo, ni siquiera los Juegos Olímpicos. Se ve que la guerra –al fin y al cabo, el fútbol es un sustitutivo lúdico del arte de matarnos– forma parte de nuestras pulsiones colectivas. Necesitamos enfrentarnos. Si no lo hacemos con piedras u otro tipo de armas más mortíferas, lo hacemos con un balón en los pies. Hay que reconocer que esto supone un notable progreso. El juego transforma la violencia en acrobacia, aunque con algunas concesiones al insulto y las faltas. Y si, además, es una fábrica de hacer dinero, miel sobre hojuelas.


Mientras millones de personas en todo el mundo esperan con ansia el partido de esta tarde, los cristianos celebramos el XVI Domingo del Tiempo Ordinario. Me gusta cómo comienza el texto del libro de la Sabiduría que leemos en la primera lectura: “Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia”. O sea, que ni siquiera el fútbol está por encima de Dios. Empezaba a tener mis dudas ante la idolatría que provoca. 

La carta a los Romanos nos ofrece otro destello de luz: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. Nos pasamos la vida pidiendo cosas. Estoy seguro de que muchas personas pedirán hoy que gane su selección favorita. No es el caso del entrenador español, que ha declarado que él nunca le pide a Dios este tipo de cosas. Parece que hubiera meditado la carta a los Romanos. ¿Por qué “nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”? Porque normalmente nuestras peticiones no van en línea con las de Jesús. Nosotros pedimos salud, tranquilidad, éxito en nuestras empresas y cosas por el estilo. La petición de Jesús –que es modelo de todas las demás– se puede centrar en esta: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hacer siempre la voluntad de Dios es la petición cristiana por excelencia.


Por último, el Evangelio continúa con las parábolas relacionadas con la semilla. El domingo pasado leímos la larga (y alegorizada) parábola del sembrador. Hoy nos tocan dos más breves: la parábola de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza. Detrás de cada una de ellas hay dos crisis discipulares que coinciden con las nuestras. Cuando nos tomamos “demasiado” en serio la preparación del terreno para acoger la Palabra, puede entrarnos una crisis de exceso de responsabilidad, como si la eficacia de la Palabra dependiera enteramente de nosotros. Jesús nos advierte que es obra de Dios. Por tanto, podemos descansar tranquilos. Él sabrá cómo hacer germinar la semilla para que porte alimento. 

Frente a la sensación de que los discípulos de Jesús somos siempre cuatro gatos, el Maestro nos recuerda que la desproporción es el lenguaje típico de Dios. Él puede actuar desde lo pequeño y lo frágil. Lo que importa es tener un corazón humilde, no un programa poderoso. En fin, que de nuevo la Palabra de Dios ilumina realidades que hoy estamos viviendo y que, tras el paréntesis lúdico del fútbol, volverán a ocupar el centro de nuestras preocupaciones.

Buen domingo a todos. Por cierto, que gane... (ya lo podéis adivinar).

jueves, 16 de julio de 2026

De Vic para todo el mundo


Tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de fútbol, recibo un mensaje de uno de mis primos argentinos acompañado por una foto en la que se los ve exultantes, cubiertos con la camiseta albiceleste. El mensaje dice así: “Celebramos de antemano el legado de nuestros ancestros y la pasión de Argentina”. Y, en previsión de la final del próximo domingo en New Jersey entre España y Argentina, añaden: “¡Que sea una fiesta para ambos lados del océano!”. Me gusta que acentúen la fiesta hispanoargentina sobre la rivalidad deportiva. Los vínculos entre los dos países son tantos que, gane quien gane, siempre sentiremos que se trata de un asunto de familia.

Y, para asunto de familia, la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo que hoy celebramos. Tal día como hoy, en 1849, fue fundada en Vic (Barcelona) la congregación misionera a la que pertenezco. He contado varias veces en este blog la historia de los comienzos. La recuerdo cada año cuando llega esta fecha. Me resulta emocionante y paradigmática. Seis jóvenes sacerdotes, en ambiente de ejercicios espirituales y sobriedad de vida, ponen en marcha una fraternidad misionera bajo los auspicios de la Virgen María. Nuestro nombre oficial es largo, pero hermoso: “Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María”. Cada palabra está preñada de significado y enriquece las demás. 


La sola meditación de cada una de ellas basta para entender cuál es la identidad de esta congregación que hoy se extiende por cerca de 80 países y reúne a unos 3.000 misioneros de procedencias muy diversas. Si el pequeño grupo no hubiera salido de Vic o de Cataluña, seguramente habría desaparecido hace mucho tiempo, como les pasó a algunas fundaciones similares. Pero Claret era muy consciente de que su espíritu era “para todo el mundo”. 

Hoy formamos la congregación un buen grupo de españoles, pero hace años que los hermanos de la India nos han superado en número. Junto a claretianos de algunos países europeos (como Portugal, Polonia, Alemania, Italia, Reino Unido o Rusia), abundan los misioneros de todos los países de América y cada vez son más los provenientes de Indonesia, Timor Oriental, Filipinas, Vietnam. Y también de Nigeria, Congo, Camerún, Kenia o Angola, por poner solo algunos ejemplos.


Admiro el crecimiento numérico (sostenido en torno a 3.000, a pesar de la crisis) y la extensión territorial, pero este no es el criterio más importante para verificar la vitalidad de un carisma. Lo que de verdad importa es mantener vivo el fuego de los orígenes. Solo seremos creíbles y fecundos si los elementos del primer día siguen creciendo: la comunidad reunida a la escucha de la Palabra, la experiencia de la filiación cordimariana, el entusiasmo misionero y un estilo de vida fraterno, pobre e itinerante. 

Hoy tendré el privilegio de compartir mesa y mantel con la comunidad de nuestros misioneros mayores que viven en la comunidad de Colmenar Viejo. Quienes los cuidan han preparado una larga mesa en el jardín, al resguardo de las hojas de los plátanos. Me emociona comprobar cómo la vocación sigue fresca cuando uno supera el umbral de los 80 o 90 años. Me pregunto si no será esta la verdadera razón por la que los religiosos viven más que los laicos. Espero que las conclusiones de este estudio alemán no molesten a ninguno de mis amigos laicos que son lectores habituales de este blog, jajajaja. A todos os deseo una feliz fiesta de la Virgen del Carmen.

miércoles, 15 de julio de 2026

En equipo llegamos más lejos


« Le collectif espagnol a submergé le talent individuel français » (El juego colectivo español ha superado al talento individual francés). Así titulaba esta mañana el periódico francés Le Monde en su edición digital lo sucedido ayer en la primera semifinal del Mundial de fútbol. Pude ver solo los últimos veinte minutos del partidazo que se jugó en Dallas, pero me había enterado antes de los dos goles de la selección española por el griterío que salía del parque vecino. Luego los vi repetidos en las redes sociales. 

Cuando era adolescente se decía que en el deporte español había algunas figuras individuales de éxito mundial (Bahamontes, Santana, Paquito Fernández Ochoa, Severiano Ballesteros, etc.), pero que faltaban equipos con talento. Hace ya mucho tiempo que se superó esa etapa individualista. Llevamos décadas con excelentes equipos en fútbol, baloncesto, hockey, waterpolo, balonmano, natación sincronizada y otros deportes. La victoria de ayer en Dallas fue un ejemplo magnífico de lo que se puede conseguir cuando trabajamos juntos en equipo. Para hacerlo, además de contar con individuos valiosos y dispuestos, es necesario crear una fuerte moral de equipo en torno a valores compartidos, tener una estrategia clara y contar con un entrenador que fije los objetivos, anime a los jugadores y les ayude a sacar lo mejor de sí mismos.


Cuando se habla de la importancia de los grupos y equipos, se suele invocar el socorrido proverbio africano: “Si quieres ir deprisa, camina solo; si quieres llegar lejos, camina en grupo”. Esto se puede aplicar a todos los campos de la vida. Si en el ámbito político fuéramos capaces de hacer algo parecido a lo que hacemos en el ámbito deportivo, nuestro país sería admirable. Eso no significa de ningún modo mortificar las diferencias culturales o lingüísticas, sino tener una fuerte moral de país en torno a valores compartidos, consensuar una clara estrategia de futuro y contar con dirigentes nacionales, autonómicos y locales que se pongan de acuerdo sobre los objetivos comunes, animen a los ciudadanos y, empezando con el ejemplo, nos ayuden a sacar lo mejor de nosotros mismos. 

¿Por qué es posible en el deporte y casi imposible en la política y la economía? Mucho me temo que casi todo pasa por la talla moral y la competencia profesional de los dirigentes. Cuando somos dirigidos por personas con pocos escrúpulos y con mediocre preparación, no se pueden esperar grandes logros. Si, a pesar de todo, seguimos avanzando es porque hay muchos “jugadores/ciudadanos” que, esquivando los intereses mezquinos y la incompetencia de algunos dirigentes, siguen contribuyendo con sus iniciativas y su espíritu cívico al bien común. No hace falta citar La ciudad de Dios de san Agustín ni entrar en la polémica suscitada por las declaraciones de monseñor Luis Argüello para reconocer que a menudo es la sociedad la que salva al Estado y no al revés.


El principio cooperativo puede aplicarse también a la sinodalidad eclesial. Caminar juntos ralentiza casi todos los procesos e implica tener en cuenta a los más frágiles, pero es la única manera de llegar lejos. La Iglesia no es una comunidad que tenga que someterse a los tiempos acelerados de hoy, sino una comunidad que aspira a llegar lejos, a mantener viva en el tiempo la memoria de Jesucristo muerto y resucitado. Eso pasa por que –parafraseando el titular del periódico francés– el espíritu comunitario prevalezca sobre los muchos individualismos que suelen darse en comunidades, parroquias y diócesis. 

También en este ámbito se pueden aplicar algunas lecciones  del ámbito deportivo. La moral de equipo nos viene de la acción misteriosa del Espíritu Santo, la estrategia la dibuja el Evangelio. Necesitamos dirigentes con las capacidades necesarias para animarnos a todos los cristianos a poner nuestros distintos carismas al servicio de la única misión. Se requiere una ola de entusiasmo colectivo, sin la cual la resignación y el pesimismo nos ganan por goleada.



domingo, 12 de julio de 2026

Se vende terreno en buen estado


Desde ayer por la tarde estoy en la casa de espiritualidad que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. He comenzado una semana de ejercicios espirituales con 28 religiosas pertenecientes a media docena de congregaciones. Asediados por el calor de este implacable mes de julio, buscamos un poco de refresco espiritual. El Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario nos ayuda a situarnos. La parábola del sembrador parece hecha para la primera meditación de los ejercicios. 

Durante estos días, el Señor va a hacer una siembra generosa de su Palabra. Pero los frutos no se producen de manera automática, como si fueran el resultado de un proceso industrial. Requieren de un diálogo generador entre la semilla y la tierra. Y aquí es donde viene la pregunta de siempre: ¿qué tipo de terreno soy yo? Es difícil responder a esta pregunta diciendo que somos la “tierra buena” de la parábola. Nos reconocemos con más facilidad en el borde del camino, en el terreno pedregoso o en la tierra llena de zarzas. Y, sin embargo, el sembrador que es Dios no lanza la semilla solo a la tierra buena, sino a todas partes. Nunca se sabe dónde puede germinar la Palabra.


La primera lectura nos ofrece uno de los textos del profeta Isaías que más me gusta: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. La Palabra de Dios nunca vuelve vacía. De maneras inexplicables, llega al corazón de las personas. 

A veces, tarda tanto tiempo en germinar que no se percibe el nexo entre el momento de la siembra y el de la recolección. Y, sin embargo, todo el tiempo que ha permanecido “escondida” no ha sido en vano. Algo semejante descubro en las personas. Cada una tenemos nuestra trayectoria. No todos los tiempos están sincronizados. Algunas viven su respuesta a Dios desde la infancia, pero a veces caen en la rutina, como esos amores que dan todo por supuesto y nunca se expresan. Otras, por el contrario, tras años de lejanía, descubren la presencia de Dios en la juventud o en la madurez. Son como los viñadores contratados en la hora undécima. Parece demasiado tarde, pero todos reciben el denario prometido.


La paciencia de Dios debería ser un antídoto contra nuestros juicios apresurados y contra nuestras impaciencias. Dios, como buen agricultor, sabe esperar el momento oportuno. Nunca da la siembra por perdida. Él se preocupa de lanzar generosamente la semilla. En términos económicos, se comporta como un manirroto. Pero sabe muy bien que solo una siembra abundante, no mezquina, puede alcanzar a todos, incluso a quienes se mueven en terrenos pedregosos e improductivos a primera vista. 

La verdadera pastoral de la Iglesia tendría que ser así: sobreabundante, no tacaña; abierta a todos; no discriminatoria; paciente, no apresurada; diversificada, no igualitarista. Hay algunos que pueden dar “ciento; otros, sesenta; otros, treinta”. Lo que importa no es la cantidad, sino la generosidad. ¿No es más hermosa la imagen de una Iglesia que tiene terrenos de todo tipo que la de un jardín francés perfectamente planificado? La vida casi nunca se atiene a planes milimétricos. Desborda por todas partes. Dios es amigo de la vida, no de los programas.



sábado, 11 de julio de 2026

Algo más que goles


Nunca pensé hacerme benedictino, pero siempre me interesó mucho la figura de san Benito (480-547). Han pasado casi quince siglos desde su muerte. Su Regla sigue siendo un modelo de armonía. Cobra fuerza en tiempos de incertidumbre. Cuando Benito de Nursia reúne a algunos compañeros, no lo hace para salir al paso de necesidades sociales o eclesiales, aunque en su tiempo eran ingentes. Su objetivo era la búsqueda de Dios a través de la oración, el trabajo y la vida comunitaria. 

En esta búsqueda, lo esencial es el encuentro con Cristo. Por eso, él exhorta a sus monjes a no anteponer nada a Cristo: “Vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna”. Cuando esta mañana, en el oficio de lecturas, he vuelto una vez más sobre estas palabras, he comprendido hasta qué punto, en la práctica, “anteponemos” muchas realidades a Cristo. Somos aprendices que cada día tienen que renovar su opción. Nada funciona automáticamente, de una vez para siempre. 


Benito vivió un tiempo de cambio. Tras la caída del imperio romano en Occidente, todo se vino abajo. Era necesario recomenzar desde lo esencial. Benito, que en su época estudiantil se había vuelto de Roma decepcionado y perplejo, comprendió pronto que lo esencial era Dios. Por eso, dedicó toda su vida a buscarlo y a dejarse encontrar por Él. 

No encuentro otra alternativa en estos momentos de cambio de época que vivimos hoy. De la perplejidad no vamos a salir solo a base de ciencia y tecnología. Ni solo con propuestas políticas y económicas. Todo es necesario, pero lo imprescindible es encontrar un fundamento que sostenga todo y dé sentido a nuestros logros. Los monasterios benedictinos siguen siendo lugares de búsqueda, laboratorios de una vida alternativa. Por eso, atraen a creyentes y buscadores. Una Regla que resiste quince siglos debe de contener algo más que normas disciplinarias. Es Evangelio desmenuzado.


La sufrida victoria de España contra Bélgica estuvo bien. Oí los gritos de muchos vecinos que se entusiasmaron con el gol postrero de Mikel Merino. Necesitamos alegrías en el camino, puntos de encuentro, experiencias entusiasmantes. Pero necesitamos, sobre todo, fuentes de sentido, horizonte, miradas de largo alcance. Para esta segunda aventura, Benito es más útil que los jugadores de La Roja.




viernes, 10 de julio de 2026

¿Ovejas entre lobos? ¿O lobos entre ovejas?


Me cuesta levantarme con la noticia de los once muertos en el incendio de Almería cuando están tan recientes los terremotos de Venezuela. ¿Con qué ánimo podemos ver esta noche el partido de España contra Bélgica cuando muchas familias lloran a sus seres queridos? Este verano las temperaturas están siendo asesinas. A las víctimas de los incendios se unen las provocadas por los temidos golpes de calor. 

Tengo las dos ventanas de mi despacho abiertas de par en par para conseguir que se produzca un poco de corriente de aire. Aun así, el termómetro interior marca 31 grados. No dispongo de aire acondicionado. Ni me gusta ni lo creo imprescindible, aunque, si se alarga mucho la temporada estival, tendré que imaginar alguna solución. Hay personas a las que les afecta mucho el calor. Les quita las ganas de trabajar, comer y dormir... y hasta las vuelve malhumoradas. Yo no llego a esos extremos, pero reconozco que soy hombre del frío. Con el calor excesivo me sumerjo en una especie de letargo que me hace funcionar a medio gas. ¡Hasta escribir la entrada de este blog se me hace cuesta arriba!


Quizá la única actividad que se salva es mi oración matutina. Aprovechando el relativo frescor de las primeras horas del día, hago laudes y el oficio de lecturas y medito las lecturas de la misa. Ese es mi verdadero “aire acondicionado”. En el Evangelio de hoy, Jesús envía a los suyos “como ovejas entre lobos”. Por eso, les recomienda que sean “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Añade algo más que contrasta con lo que nos dice cualquier manual de psicología: “No os fieis de la gente”. ¿Cuál es la razón para no fiarnos? Jesús responde: “porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. 

Me ha resultado difícil leer hoy estas palabras sin acordarme del arzobispo español de Rabat, que ha sido denunciado por “conductas inapropiadas”. No sé el recorrido que tendrán estas denuncias, pero me duelen por el sufrimiento de las posibles víctimas (en el caso de que existan) y por el cardenal (en el caso de que sea inocente). Hace solo tres meses le hice una entrevista al cardenal Cristóbal López para nuestra revista Vida Religiosa. Sus respuestas me parecieron claras, valientes y esperanzadoras. Me cuesta compaginar la figura que emergía con la de un posible abusador. ¿Tendrán algún fundamento las denuncias? ¿Serán fruto de un chantaje? Mientras se esclarece este asunto, oro por que se abra paso la verdad y la justicia.


Este doloroso asunto me lleva a otro que también ha arrancado titulares. Parece que el presidente de la CEE, en uno de los cursos de verano que tanto abundan estos días, ha dicho que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una cueva de ladrones; a las pruebas me remito”. La gruesa afirmación de que el Estado es una “cueva de ladrones” ha provocado que Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, haya enviado una carta de protesta a monseñor Luis Argüello en la que se pregunta: “¿Y si calificásemos a la Iglesia como una banda de agresores sexuales?”. Está claro que las generalizaciones nunca son buenas. 

Atengámonos siempre a los hechos. Si hay hombres y mujeres de Iglesia que cometen abusos (sexuales, económicos, espirituales, de conciencia o de poder), deben ser juzgados y condenados. Si hay políticos corruptos y prevaricadores, deben igualmente ser juzgados y condenados. En cualquier caso, mientras no haya pruebas contundentes en contra, el estado de derecho garantiza la presunción de inocencia de todas las personas. Si no fuera así, convertiríamos la ley en una arma arrojadiza o en un instrumento de chantaje y entraríamos en una peligrosa escalada de acusaciones, descrédito y mentiras.

miércoles, 8 de julio de 2026

La marca de fábrica


Aclarado quiénes jugarán los cuartos de final del Mundial de fútbol (seis equipos europeos, uno africano y otro latinoamericano), la vida puede proseguir su curso. Yo lo hago en La Lastrilla, un municipio pegado a Segovia desde el que se divisa la silueta de La Mujer Muerta. Desde el lunes me encuentro en el nuevo colegio que las Concepcionistas tienen en este lugar. Aquí se han dado cita las religiosas de la congregación que cumplen diez años desde su profesión perpetua. Provienen de España, Japón, Corea, Congo, Venezuela, Brasil, México y República Dominicana. Aunque todas entienden y hablan español, me encanta ver a las coreanas usando los traductores automáticos de sus teléfonos móviles para asegurarse de que han captado bien lo que digo. 

Las modernas instalaciones de este complejo nos permiten desarrollar el trabajo con agilidad. A pesar de que sigue haciendo calor, la lluvia de ayer ha refrescado el ambiente. La altura y la proximidad a la sierra hacen el resto. Aprovecho para tomar distancia de la actualidad. Un poco de higiene mental es necesaria para no sucumbir, aunque no me resulta fácil porque varias personas me envían artículos de prensa sobre la decadente situación política que estamos viviendo en España. Agradezco su interés por mantenerme al día, pero es un asunto que me supera.


Pienso, más bien, en el futuro de Europa, un continente que ya no cree en sí mismo y que presenta casi todos los síntomas que acompañan al declive de los imperios. Por querer exprimir el presente, estamos hipotecando el futuro. Por jugar a desvincularnos de casi todo, la esperanza pierde anclajes. De poco sirve lamentarse. En las personas y en las instituciones, pocas veces los cambios profundos se producen por convencimiento y decisión. Suelen irrumpir cuando tocamos fondo y ya no tenemos alternativa. 

En esta transición histórica –o en este “cambio de paradigma”, como dicen los más refinados– la fe nos proporciona horizonte y resistencia. Horizonte porque nos indica hacia dónde camina la historia; resistencia porque nos permite afrontar los cambios poniendo el acento en los valores que permanecen: la verdad, la libertad, la justicia, el amor. Traducirlos a las situaciones cambiantes y controvertidas no es nada fácil, pero peor es no tener ningún tipo de referencia objetiva. Entonces la arbitrariedad, el tacticismo y el autoritarismo se apoderan de nosotros. Algo de esto estamos viviendo en el plano político.


Entrados ya en el verano, se multiplican los cursillos, campamentos, colonias, peregrinaciones, retiros, ejercicios espirituales, encuentros y asambleas de distinto tipo. Salir de los lugares en los que siempre vivimos es sano. Conocer gente nueva pone a prueba nuestra capacidad de acoger al otro. Cuando parece que ya lo hemos visto todo, algo o alguien nos sorprenden mostrándonos otros lados de este poliedro inmenso que es la vida. Reconozco que a mí me gusta la novedad y me agobia un poco la rutina. 

Las jornadas largas y las noches cortas –aunque ya haya comenzado el decrecimiento– nos transmiten el mensaje de que la luz es más fuerte que la tiniebla y de que el bien siempre acaba triunfando sobre el mal, incluso cuando este se cree vencedor. Cuando comparto estas convicciones, algunas personas me tachan de iluso. Si fijamos la mirada solo en algunos acontecimientos que hoy vemos (guerras, corrupción, etc.), llevan razón. Pero, si escarbamos un poco, descubrimos que en todos los seres humanos (incluso en los que nos parecen más abominables) siempre hay una chispa de bien. La razón es sencilla: todos estamos hechos “a imagen y semejanza” de Dios. Ni siquiera el pecado puede destruir esta marca de fábrica. Necesitamos fijarnos en ella para no quedar aplastados por el mal de la superficie.

domingo, 5 de julio de 2026

Compartir la carga


Con la que está cayendo, claro que estamos “cansados y agobiados”, pero me temo que, cuando Jesús utiliza estas palabras en el Evangelio de este XIV Domingo del Tiempo Ordinario, no se está refiriendo al cansancio producido por los 40 grados de temperatura que hoy alcanzaremos en Madrid o al agobio que nos causa la invasión de las calles con motivo del famoso Orgullo. Creo que Jesús está hablando del cansancio producido por el peso de la vida cuando pretendemos llevarlo nosotros solos, sin compartirlo con Él. Por eso nos invita a cargar con su yugo, al que califica de “llevadero” y a llevar su carga, que es “ligera”. 

Este discurso se sale del guion. Llevamos décadas insistiendo en que la madurez consiste en la autonomía y la autosuficiencia. Si algo nos irrita, a medida que nos vamos haciendo mayores, es tener que depender de los demás. Y, sin embargo, lo que Jesús nos propone es que nos unzamos a su yugo para que el peso de la vida, compartido con Él, nos resulte llevadero. El peso de la vida es la cruz del amor. Vivir “desviviéndonos” no es fácil. Nos cansamos con facilidad. Nos entran ganas de tirar la toalla… a menos que nos acerquemos a Jesús y dejemos que Él nos ayude.


Esta manera de entender la vida –“estas cosas”, como leemos en el Evangelio– escapa a la lógica de los “sabios y entendidos” porque confían demasiado en la fuerza de razón o de sus recursos. Quienes se consideran personas muy racionales miran por encima del hombro a quienes –según ellas– seguimos dependiendo de creencias o supersticiones sin ningún fundamento. El kantiano “aprende a pensar por ti mismo” se convierte en el ideal supremo del hombre emancipado de la tutela mítica o religiosa, suponiendo que no sean la misma cosa. El cristiano acepta el reto, pero lo trasciende. 

Piensa por sí mismo y, en un exceso de racionalidad, cae en la cuenta de que no se basta a sí mismo, de que no puede cargar con el yugo de la vida con sus solas fuerzas. Aceptar la invitación de Jesús no implica un déficit de pensamiento o de audacia, sino, más bien, una gran sabiduría. Solo los sencillos y los pequeños llegan a este nivel de sabiduría. Los supuestamente “sabios y entendidos” no traspasan el umbral de lo que ellos consideran razonable. Por eso, el peso de la vida se les hace a menudo insoportable y tienen que recurrir a placebos de diversa especie.


Lo que nos cansa y agobia en la vida no es la acumulación de problemas, sino el hecho de sabernos solos frente a ellos. La fe en Jesús nos ayuda a entender que, en realidad, nunca estamos solos porque Él ha decidido compartir la carga. No nos promete librarnos mágicamente de los problemas, sino incorporarlos a su cruz. Entonces todo adquiere un sentido nuevo. 

Quienes nos ayudan a entender esta propuesta no son los expertos, sino los santos. Ellos han sido educados en la sabiduría de la cruz. A primera vista, son unos perdedores. Solo al final del camino se descubre que tenían razón. Me parece que este es el mensaje refrescante del Evangelio de este domingo para todos aquellos que andamos “cansados y agobiados” y creemos que la solución consiste simplemente en tomarnos unas vacaciones de verano. Antes de que la frustración llame de nuevo a la puerta, es bueno hacerse cargo de cómo funcionan las cosas en la vida espiritual.

 


viernes, 3 de julio de 2026

Todo sucede junto al mar


No vi el partido entre España y Austria, pero lo seguí de tapadillo. A esa misma hora, me encontraba cenando con un grupo de jóvenes seminaristas en una playa malagueña. Aunque el centro era la conversación chispeante y el pescaíto frito, los móviles y los gritos de algunos bañistas nos iban avisando de los tres goles de España. Fue el colofón perfecto a una jornada en la que por la mañana reflexionamos sobre “la comunidad que nace de la Eucaristía” y por la tarde tuvimos un encuentro con la comunidad de monjas clarisas de Vélez-Málaga. 

Con ellas compartimos la conversación, la merienda y el rezo de vísperas. Desde hace más de treinta años hay dos monjas indias que forman parte de la comunidad. Su venida a España no fue muy ortodoxa, pero parece que hoy se encuentran bien integradas. La comunidad acusa la fragilidad de los años y las penurias económicas, pero sigue exudando serenidad y alegría. Clara de Asís, de la que hablaron con entusiasmo, les ayuda a encontrar el camino. Ella fue una mujer delicada y fuerte en un siglo de cambios. Hoy se necesitan mujeres consagradas como ella.


Para los que vivimos en el centro de la península, a más de 350 kilómetros del mar, pasar unos días en una ciudad asomada al mar Mediterráneo es una bendición. El calor mesetario se transforma aquí en brisa templada. La sequedad del centro se atempera con la humedad de la costa. Parece que el cuerpo descansa y el espíritu se entona. Ha sido un pequeño noviciado meteorológico previo a un tórrido fin de semana. En el encuentro con seminaristas provenientes de distintas diócesis españolas me he acercado al perfil de los presbíteros de los próximos años. Algunos provienen de familias ateas. No los veo muy preocupados por la cuestión social –como era común hace unas décadas– sino por la experiencia de fe en un contexto muy secularizado, pero tolerante.

No esconden su condición de seminaristas. Les gusta marcar la diferencia. Es verdad que algunos presbíteros mayores los acusan de ser un poco “capillitas”, pero tal vez se trata de una observación superficial que no se hace cargo del nuevo contexto social y de su proceso interior. Es necesario escuchar sus historias para comprender sus verdaderas motivaciones. En ese ejercicio aparecen las sorpresas. Son jóvenes que se sienten muy atraídos por la persona de Jesús y por la posibilidad de seguirlo al servicio de la comunidad. La mayoría son nativos digitales, acostumbrados a un tipo de comunicación directa, visual y muy atada a sus experiencias.


Aprendo escuchándolos. Tres días es un tiempo demasiado breve para hacerse cargo de su realidad, pero menos es nada. Creo que es la primera vez que tengo un encuentro de este tipo con seminaristas diocesanos. Me interesa conocer este mundo… por dentro. Me interesa entablar vínculos porque estoy convencido de que solo el mutuo conocimiento construye Iglesia. La llamada a la sinodalidad se traduce en gestos de acercamiento y diálogo. Nos educamos mutuamente. Nos ayudamos a ver otros puntos de vista, a superar estereotipos y a pensar siempre en clave de Iglesia. 

Por otra parte, habituado a vivir con personas mayores, disfruto conversando con los jóvenes. Ellos hablan más de proyectos que de recuerdos, sintonizan con este tiempo sin hacer opciones heroicas, confían en la fuerza de la vida. Es muy probable que no todos lleguen a la ordenación sacerdotal, pero este itinerario formativo los prepara para la vida. Disfrutan de oportunidades que no están al alcance de cualquier joven. Ese entrenamiento les servirá para siempre. Merece la pena dedicar tiempo y esfuerzo a ayudarles en el camino.

jueves, 2 de julio de 2026

La verdad es más que una doctrina


Llegué ayer por la tarde a la Casa Diocesana de Málaga, después de más de cinco horas en coche desde Madrid. He venido para dar una conferencia a un grupo de seminaristas españoles en el marco de las II Jornadas Formativas de Verano organizadas por la Conferencia Episcopal Española. He pasado de los 36 grados de Madrid a los 28 de Málaga. Solo por eso ya merece la pena el viaje. Pero lo que de verdad me interesa es conectar con los jóvenes que se sienten llamados a la vida presbiteral. ¿Qué les mueve a abrazar esta forma de vida cristiana hoy? ¿Cómo perciben la vida consagrada? ¿Qué podemos aprender unos de otros? 

Estas preocupaciones de fondo coinciden con otra preocupación que parece coyuntural, pero que revela una de las enfermedades que han acompañado a la Iglesia desde el principio: el tradicionalismo. Ayer fueron ordenados ilícitamente cuatro obispos pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En aplicación estricta del Código de Derecho Canónico, han incurrido ipso facto en la excomunión reservada a la Sede Apostólica. Casi después de cada concilio ecuménico han surgido grupos que no aceptaban la evolución de la Iglesia. El problema epistemológico y teológico de fondo es la concepción fósil de la Tradición. En vez de entenderla como vida animada por el Espíritu que nos va llevando a la verdad plena, la reducen a un “depósito de verdades” que hay que preservar como si se tratara de verdades fósiles.


Lo que más me duele de este controvertido asunto no es que haya algunos fanáticos que caigan prisioneros de este error, sino el hecho de que arrastren a muchas personas de buena voluntad. Con argumentos que suenan a coherencia y fidelidad, logran convencer de que su punto de vista es el ortodoxo, mientras que acusan a los concilios ecuménicos de provocar graves desviaciones de la verdad cristiana. 

El papa León XIV ha hecho un gran esfuerzo de escucha y acogida, pero “la caridad en la verdad” le obliga a no ser víctima de un chantaje emocional y doctrinal. El cisma ha sido inevitable. Resulta paradójico que un Papa que, desde el comienzo de su pontificado, ha acentuado el valor de la unidad de la Iglesia (In illo uno unum), haya tenido que afrontar tan pronto un cisma que se llevaba incubando desde hacía décadas.


Creo que el tradicionalismo –que suele afectar a personas con un perfil psicológico perfeccionista y rígido– hay que afrontarlo preventivamente en el marco de relaciones eclesiales sanas y proporcionando una buena formación bíblica, histórica y teológica. Siempre me llama la atención que algunas personas inteligentes sean víctimas de este síndrome. 

Sin llegar a estos extremos cismáticos, en mi vida pastoral me he encontrado a algunas personas de este tipo, a veces en el seno de comunidades en las que he vivido. Por lo general, en estos casos los debates teológicos no sirven para nada, a no ser para reforzar los propios argumentos y contaminar las relaciones personales. Lo único que puede abrir la mente y el corazón es la experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios. Precisamente voy a hablar de algo de esto en mi conferencia de esta mañana. 


domingo, 28 de junio de 2026

Coger la cruz


Las Hermanas del Amor de Dios, con quienes he compartido esta semana de ejercicios espirituales, celebran hoy la proclamación como venerable por parte de san Juan Pablo II de su fundador, el padre Jerónimo Usera (1810-1891), un sacerdote madrileño, contemporáneo de san Antonio María Claret, con quien coincidió un tiempo en Santiago de Cuba. Aunque fallecido en La Habana (Cuba), los restos del P. Usera descansan en la cripta de esta casa fundacional de Toro. 

Precisamente hoy celebraremos la Eucaristía del XIII Domingo del Tiempo Ordinario en ese lugar que se ha mantenido muy fresco incluso durante la ola de calor que padecimos al comienzo de la semana. Las religiosas renovarán sus votos como expresión de su disponibilidad a seguir viviendo el carisma con fidelidad. Es una tradición que muchas otras congregaciones tienen cuando sus miembros terminan los ejercicios anuales.


El Evangelio de hoy recoge un conjunto de instrucciones de Jesús a sus discípulos. Su fuerza no se agota en el momento en que fueron pronunciadas. Siguen siendo válidas hoy, aunque algunas suenen extrañas a nuestros oídos contemporáneos. Jesús pide a sus seguidores varias cosas: no anteponer los vínculos familiares a su seguimiento; tomar la cruz para ser digno de él; aprender a perder la vida para ganarla; recibir a los enviados de Jesús como a él mismo y al Padre; valorar los pequeños detalles de solidaridad (como dar un vaso de agua) con los discípulos de Jesús. 

Creo que el denominador común de todas estas instrucciones es la centralidad del seguimiento de Cristo y la renuncia a buscar nuestro propio interés como fundamento de la vida. Este último acento es redondamente contracultural. Siempre lo ha sido, en realidad. Con fina ironía, solemos repetir el dicho: “Todo el mundo va a lo suyo, excepto yo que voy a lo mío”. Es una forma elegante de reconocer que, por defecto, siempre buscamos nuestro propio interés. La renuncia a nosotros mismos solo es posible cuando un amor más grande nos atrapa.


En la meditación de esta mañana he compartido con el grupo de 40 religiosas que la prueba de verificación de los ejercicios espirituales que hemos realizado es la disponibilidad para ser enviados. Si, después de una docena de meditaciones y varias horas de oración ante el Santísimo, seguimos sin movernos un ápice de nuestro territorio conquistado; si no aceptamos, a pesar de nuestra fragilidad, ser enviados donde la misión lo requiera, es muy probable que todo haya sido impostado. 

Las historias vocacionales siempre incluyen llamada, temor inicial, resistencias y preguntas, diálogo, promesas… Al final, siempre concluyen del mismo modo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Ese “hinnení” (Aquí estoy) marca la diferencia. Siempre me ha emocionado escuchar a religiosos y religiosas ancianos, que tendrían mil excusas razonables para no aceptar nuevos destinos, decir: “Pueden contar conmigo”. Por el contrario, algunos jóvenes, en plenitud de fuerzas, esconden su falta de disponibilidad con una retahíla de razones. ¿Tiene todo esto algo que ver con el Evangelio de hoy?

sábado, 27 de junio de 2026

Un corazón limpio


Podría dedicar unas líneas a la escuálida y sufrida victoria de España sobre Uruguay (0-1) en el partido jugado ayer (esta madrugada) en Guadalajara, pero, como no vi el partido, lo dejo en mero apunte. Me interesa más fijarme en unas palabras que he leído hoy en el Oficio de Lecturas. Las escribió Gregorio de Nisa en el siglo IV, hace la friolera de más de dieciséis siglos. Están tomadas de una homilía suya sobre las bienaventuranzas. Podrían haber sido escritas hoy pensando en quienes nos debatimos entre la búsqueda y la fe. O entre la fe y el miedo. O entre la indiferencia y el asombro. Copio un párrafo de la homilía gregoriana:
“La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza”.

Leído de manera superficial, pareciera defender que los que no logran creer en Dios son esclavos de su “inclinación viciosa”, como si los ateos, agnósticos e indiferentes engrosaran las filas de los malvados y pervertidos. O como si la fe fuera patrimonio de una élite de puros y aristócratas del espíritu. No creo que fuera esta la verdadera intención de Gregorio, tan sensible al encuentro con el Jesús que se hace amigo de pobres, pecadores y prostitutas.  Lo que escribe es más sutil y más verdadero. Es aplicable a todos nosotros. Cuando dejamos que nuestro corazón (es decir, nuestro centro personal) se ensucie con el egoísmo o cualquiera de los vicios capitales (soberbia, avaricia, ira, envidia, lujuria, gula o pereza), entonces nos resulta difícil ver reflejado en él a Dios. 

Esto explica muchas de nuestras dificultades en nuestro itinerario de fe. Cuando decimos: “No veo a Dios”, tendríamos que examinar nuestro corazón para ver si está demasiado recubierto por una costra de orgullo que impide todo reflejo de la divinidad. La bienaventuranza de Jesús es diáfana: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.


Acabo de venir de visitar a las Carmelitas Descalzas de Toro, una simpática comunidad dirigida por una priora italiana. Su sencillez y su alegría contagiosa –además de sus dulces exquisitos– me han hecho entender que “digitus Dei est hic” (el dedo de Dios está aquí). Se lo he dejado escrito en el libro de visitas. Han sido probadas por varias muertes recientes y seguidas, pero no por eso han perdido la alegría de quien se sabe en las manos de Dios. 

Cuando uno encuentra personas inteligentes, sencillas y bondadosas que creen en Dios, desearía ponerlas en contacto con aquellos que ironizan sobre su existencia, consideran que las personas racionales no pueden ser creyentes o hacen suyos los argumentos de los viejos “maestros de la sospecha”. Veo en las redes sociales –no tanto en el círculo de mis conocidos– que hay personas que siguen hablando de Dios como “proyección humana” (Feuerbach), “opio del pueblo” (Marx), “refugio de débiles” (Nietzsche), “neurosis colectiva” (Freud) y cosas por el estilo. Me hago cargo de sus zozobras, pero no me parecen suficientemente  racionalesSolo un corazón humilde y limpio puede abrirse al Misterio.

viernes, 26 de junio de 2026

44 años y un día


Esta mañana se ha abierto el consistorio en Roma. He seguido el discurso del papa León XIV por internet. Que les pida a los cardenales “libertad, franqueza y lealtad” es atrevido. A veces, en los ambientes clericales, la libertad y la franqueza están condicionadas por muchos factores demasiado humanos. La lealtad se supone en quienes están llamados a ser colaboradores “hasta la efusión de su sangre” (por algo visten de rojo), pero la historia pasada y reciente nos ha dado suficientes ejemplos de lo contrario. 

Imagino que no todos los cardenales se sentían a gusto en torno a una mesa redonda. Moverse en plano de igualdad es un aprendizaje que cuesta a quienes están acostumbrados a ejercer el servicio de autoridad desde arriba. Como el papa León XIV no da puntada sin hilo, este cambio de metodología y de temática apunta lejos. Se ha tomado muy en serio el camino sinodal. Veremos qué pasos se dan en este primer intento. A veces las sorpresas llegan de quienes menos se espera.


He aprovechado el descanso de la mañana para visitar la colegiata de Toro. Disfruto visitando lugares que no están asaltados por los turistas, como sucede en casi todos los monumentos de Madrid. La mañana era fresca, aunque vigilada por un sol implacable. Moverse por una iglesia románica y detenerse en cada retablo y en cada talla es un privilegio que pocas veces tengo. Me hubiera gustado mucho más haber celebrado allí la Eucaristía en el 44 aniversario de mi ordenación sacerdotal, pero eso no entraba en los planes. Lo he hecho a primera hora con el grupo de 40 Hermanas del Amor de Dios. 
Creo que casi todas me superan en edad, experiencia y santidad, así que considero un regalo compartir esta jornada con ellas. 

He hecho un cálculo somero de las misas que habré presidido a lo largo de mi vida sacerdotal. Me sale una cifra en torno a 15.800. Me echo a temblar. Es probable que en más de una ocasión haya estado cansado o hasta enfadado, pero creo que nunca distraído. No hay nada más importante que celebrar la Eucaristía. Mi ministerio empieza y acaba en este sacramento del amor entregado.

Curiosamente, también en el año 1982 se celebró el Mundial de fútbol (en España concretamente) y el Papa (entonces Juan Pablo II) visitó España. Solo falta que se convoquen elecciones generales para que el paralelismo sea más evidente (en las de 1982 el PSOE obtuvo una mayoría arrolladora).


Cada vez que abro algún periódico digital aumenta la cifra de víctimas de los terremotos de Venezuela. Los desescombros descubrirán muchas más. No se me quita de la cabeza lo que pueden estar pasando las familias afectadas y, en general, todo el pueblo venezolano. No sé cómo expresar mi solidaridad. Las palabras de rutina se me quedan cortas y casi vacías. Me he comunicado directamente con algunos compañeros claretianos. Ellos están siendo portavoces cercanos de esta desgracia. 

A medida que pase el tiempo, se irán concretando algunos modos prácticos de ejercer la solidaridad. Por el momento, todo depende de las gentes del lugar y de la ayuda de equipos especializados de varias partes del mundo que ya están en la zona. Ellos representan a todos los que quisiéramos echar una mano. Lo único bueno de los desastres naturales es que ponen en marcha un tsunami de solidaridad. ¡Ojalá este tsunami vaya acompañado de un cambio real!

jueves, 25 de junio de 2026

Rebelión en la tierra


Me levanto con la noticia de los dos terremotos en el estado de La Guaira, en el norte de Venezuela. En el momento de escribir esta entrada se habla ya de 164 muertos, pero la cifra puede subir a varios miles, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Cuesta entender que la naturaleza añada más sufrimiento a un pueblo que lleva muchos años sometido a duras pruebas. Desde que se conoció la noticia, se han disparado las muestras de solidaridad con el pueblo venezolano. Varios gobiernos, incluido el español, han ofrecido su ayuda inmediata. 

No es fácil continuar nuestros ejercicios espirituales como si nada hubiera sucedido. Cuando el dolor adquiere esta magnitud, la paz espiritual parece casi un lujo prescindible, la oración se antoja inútil y la fe se tambalea. Voltaire concluyó que el sufrimiento masivo e indiscriminado de inocentes provocado por el famoso terremoto de Lisboa de 1755 refutaba la idea de un Dios bondadoso y omnipotente. Kant, por el contrario, sostuvo que los desastres naturales no deben entenderse como un juicio o castigo divino, sino como el resultado de leyes físicas y mecánicas del planeta que el ser humano debe estudiar. Creo que hoy prevalece la tesis kantiana sobre la volteriana.


Un claretiano venezolano escribe que “los destrozos han sido terribles; muchos edificios han colapsado y el número de muertos y heridos en realidad todavía se desconoce. Nuestros hermanos de las tres comunidades de Caracas están bien; aunque los edificios de la casa de formación y de la parroquia de Los Dos Caminos han sufrido algunas grietas y daños”. A medida que pasan las horas, se van conociendo más detalles que explican la devastación. Acabo de recibir personalmente otro mensaje muy parecido que resulta tranquilizador por lo que respecta a las comunidades claretianas: “Hay algunas estructuras de nuestras casas de Caracas que sufrieron grietas y daños menores. No hay ninguna situación delicada hasta el momento. Se reportan afectaciones en edificios cercanos a la parroquia de Los Dos Caminos. Hay información sobre daños en el aeropuerto de Maiquetía. Las demás comunidades de Venezuela están bien. Por dificultades en la comunicación no he tenido información hoy”.

Como los seres humanos somos tan ambivalentes, habrá algunos que se aprovecharán de la situación (saqueos, extorsiones, ajustes de cuentas, etc.), pero la mayoría sacará fuerzas de debilidad para ayudar a los damnificados. Un desastre natural es siempre una prueba para medir nuestro grado de humanidad. Por suerte, somos más humanos de lo que las noticias de cada día manifiestan. La reacción ante los terremotos de Venezuela no será una excepción.


Aprovecho la tregua que nos ha dado la ola de calor para preparar los próximos compromisos. Reconozco que el silencio y la tranquilidad de este lugar toresano me ayudan. No estoy sometido a la dispersión madrileña. Es curioso que el tema de la meditación de hoy en nuestro itinerario de ejercicios lleva por título “Vivir como cuidadores”. Se trata de profundizar en cómo la experiencia del Espíritu nos ayuda a vivir de un modo nuevo nuestra relación con la creación, la sociedad y el ciberespacio. No somos explotadores, sino cuidadores; no somos propietarios, sino administradores; no somos consumidores, sino disfrutadores. 

Un terremoto parece alterar abruptamente la armonía de estas relaciones. Es como si la naturaleza que queremos cuidar (porque nos sentimos parte de ella) se rebelara de forma inmisericorde sin tener en cuenta nuestras intenciones, como si los seres humanos fuéramos enanos en comparación con su fuerza gigantesca. O, lo que es peor, como si se vengara de todas las agresiones que le hemos infligido. Separar nítidamente el plano natural del plano moral es imprescindible, pero no es fácil cuando el sufrimiento provocado por un terremoto no solo destruye bienes materiales, sino que atenta contra la vida humana. Está claro que la espiritualidad del cuidado de la casa común debe incluir también los desajustes que escapan a toda previsión. Hemos avanzado en control, pero no podemos terminar con la complejidad.

miércoles, 24 de junio de 2026

¿Quedan todavía profetas?


Cuando esta mañana, a primera hora, he caminado por el centro de Toro, he visto, frente a la Casa Consistorial, las cenizas de la hoguera de san Juan. Aunque me imagino que la tradición toresana no es tan fuerte como en muchas localidades del Mediterráneo, la llamada del fuego sigue siendo atávica. 
El fuego ha adoptado al comienzo del verano la forma de sol implacable. Creo que hoy es el último día de la ola de calor que nos mantiene recluidos en casa. Esperemos que mañana las temperaturas nos den un alivio. 

Nosotros hemos empezado la jornada celebrando la misa en la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista. Ya se sabe que la liturgia solo celebra el nacimiento de Jesús, de María y de Juan. El “dies natalis” de los santos es el día de su muerte, de su nacimiento a la vida eterna. Juan Bautista fue un tipo original: humilde y enérgico, sobrio y exigente, popular y perseguido. O sea, un profeta con todas las de la ley. En los años 70 se hablaba mucho de profetas y profecía. Hoy parece que este lenguaje ha caído en desuso. Ya no se canta aquello de “¿En dónde están los profetas?”. Y, sin embargo, en estos tiempos de incertidumbre, necesitamos la clarividencia y el arrojo de los profetas. Son ellos quienes nos dan “las esperanzas y fuerzas para andar”, como cantaba Ricardo Cantalapiedra.


Creo que el papa León XIV está siendo un profeta en estos años del siglo XXI. Lo digo porque reúne tres características de todo auténtico profeta que están implícitamente contenidas en el prefijo “pro”: hablar “en nombre de” Dios; hablar “de manera clara y rompedora”, anunciando la novedad del Evangelio; y hablar “en favor de” los más necesitados, denunciando las causas que provocan y mantienen las injusticias. A León XIV muchos lo percibimos como un hombre de Dios, un obispo orante, un religioso empapado en la fuerza de la Palabra y de la tradición espiritual agustiniana. Por eso, sus palabras rezuman verdad, autenticidad. Uno no tiene la impresión de que le está vendiendo un crecepelo o prometiendo imposibles, como hacen a menudo los políticos. 

Habla, además, de manera clara y contundente: suaviter in modo, fortiter in re. No habla desde la indignación (como los falsos profetas), sino desde la compasión (como el profeta Jesús). Sus mensajes no se pierden en abstracciones. Tocan el suelo de la experiencia cotidiana. Los entienden los intelectuales y la gente sencilla. Tiene tirón, sin necesidad de convertirse en un showman. Y, por último, él habla teniendo en cuenta a los pobres, denunciando las causas que promueven la pobreza y la guerra, incluso desafiando a los responsables del armamentismo, los oligopolios digitales, la corrupción o el crimen organizado.


Juan el Bautista era un tipo de una pieza. Jesús lo admiraba y lo quería. Mucha gente lo admiraba y lo temía. Algunos poderosos lo admiraban, pero lo mataron. Todos los profetas corren una suerte parecida. Al abrirnos la verdad en canal, nos sentimos atraídos por la fuerza de su autenticidad, pero, al mismo tiempo, denunciados en nuestras mentiras e incoherencias. Nos atraen y nos repelen a un tiempo. Admiramos su congruencia con tal de que no nos veamos obligados a seguirla. Por eso, un día les concedemos un Premio Nobel y al día siguiente prescindimos de ellos o nos inventamos historias raras para desacreditarlos. 

Jesús lo tenía muy claro. Conocía el destino de la mayor parte de los profetas de Israel. Fue testigo del final de Juan. Intuía su propia final. Tuvo la audacia de decir que “ningún profeta es bien recibido en su tierra”. Hay que reconocer que a nosotros nos van los cuentistas más que los profetas, los aduladores más que los testigos de la verdad. Así nos va. Que san Juan Bautista nos despierte.