martes, 11 de agosto de 2026

Un cóctel de verano


Si en el cóctel de hoy vertemos unas gotas de santa Clara de Asís y le añadimos un manojo de expectativas sobre el eclipse de mañana y algunas imágenes de los niños que corretean por Ceuta o del terremoto de Colombia, nos sale una bebida agridulce, tirando a amarga. La desgracia de Colombia me toca de cerca porque he visitado muchas veces el país, tengo allí buenos amigos y varias casas e iglesias de los claretianos han sido gravemente afectadas, sobre todo en las ciudades de Cali y Pereira. 

Los aficionados a la astrología dicen que este es solo uno de los muchos fenómenos catastróficos que acompañarán al eclipse. Yo, que soy muy escéptico, me limito a constatar la imprevisibilidad y gravedad de los desastres naturales. Más allá de los hechos y las explicaciones, observo en muchas personas un tono vital pesimista, como si arrastráramos la existencia.


Hace falta mucho cuajo –o mucha fe– para vivir con serenidad y alegría cuando sobreabundan los motivos de preocupación. Es probable que muchas personas opten por evadirse de todo mediante un carrusel de experiencias vertiginosas: viajes, fiestas, bebidas… Yo prefiero lentificar el tiempo, respirar hondo, perderme en el bosque, orar en silencio en la iglesia renacentista de mi pueblo, contemplar la imagen de la Virgen del Pino, leer por las tardes en la vieja mecedora del salón familiar mientras el sol castiga los tejados y, si se tercia, compartir algunas conversaciones sin prisa tomando un café o una cerveza. 

Cada uno tenemos nuestros ritos personales para exorcizar la negatividad que nos envuelve. Quizá lo más importante es no dejarnos colonizar por la resignación o por esa languidez que envuelve a quienes no esperan nada de la vida, sino que se limitan a gestionar la “anatomía de los instantes” como si fueran cirujanos acostumbrados a sajar la piel sin la más mínima emoción.


Cuando, además de sencillos ritos cotidianos, tenemos la fuerza de la fe, entonces cada día cobra un nuevo sentido. No es necesario que encajen todas las piezas del puzle de la vida para ser felices. Empezamos a valorar todo, como si cada jornada fuera la última de nuestra vida. No damos nada por descontado: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los besos que recibimos, el pan fresco del desayuno, la sonrisa de un viandante a quien conocemos poco, la energía de los niños, la ensalada de verano, el mensaje de un amigo… 

Quizá no haya arma más potente contra el pesimismo que la gratitud. Ser agradecidos es una forma de reconocer que todo es gracia. Y donde hay gracia está Dios. La gratitud es, en el fondo, un canto silencioso a la existencia de Dios, una forma de reconocer que Él nunca nos abandona, que se hace el encontradizo con nosotros en los “sacramentos diminutivos” de la vida cotidiana. ¿No es esta la fuente de una alegría serena, profunda, que nada ni nadie nos podrá arrebatar? No es necesario dejarse seducir por los señuelos de la publicidad. Basta dejarse llevar por el corazón.

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