
Me llama la atención la importancia que Leonor Izquierdo, la chiquilla con la que Antonio Machado contrajo matrimonio, ha adquirido en Soria. No solamente tiene una estatua junto a la iglesia de Santa María la Mayor o un hotel con su nombre, sino que incluso en el cementerio del Espino han levantado un pequeño museo que recuerda algunos hitos de su corta vida. Se encuentra a cuatro pasos de la tumba que alberga sus restos.
Recorrí ayer todos esos lugares en una ruta machadiana que me llevó también hasta el “olmo seco” que se yergue frente a la iglesia de Nuestra Señora del Espino, las orillas del río Duero y el viejo instituto donde el poeta enseñaba francés. Hacía muchos años que no visitaba con calma todos estos lugares. El paso del tiempo les ha conferido una aureola que parece excesiva, pero, en realidad, es una forma de agradecer a Antonio Machado el amor que sentía por una pequeña ciudad provinciana donde fue feliz por un corto período de tiempo. Lo que más admiro de este poeta sevillano, soriano y castellano es su capacidad para evocar verdades universales sin ahogarlas en una poesía críptica o barroca. Sus poemas los entiende un catedrático, un campesino y una limpiadora. Lo que para algunos exquisitos sería señal de falta de hondura, para mí es el sello de su genio.

¿Quién no ha citado alguna vez en sus conversaciones aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”? Con la musicalización de algunos de sus poemas, Joan Manuel Serrat contribuyó a su difusión más que muchos profesores de literatura. Por eso, muchas personas se saben de memoria su célebre “saeta” o su “retrato”. Yo siempre tengo a mano las Obras Completas que me regalaron el día de mi ordenación sacerdotal. De vez en cuando, releo sus poemas como quien ingiere una dosis de vitaminas para el espíritu. Me sorprendo encontrando nuevos matices a algunos que me parecían ya amortizados. Pero ayer, el que me conmovió –tal vez por releerlo junto a la sencilla tumba de Leonor– fue su oración mortuoria: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”.

La ruta machadiana se amplió a otros lugares de Soria que hacía tiempo que no visitaba: la encantadora iglesia románica de san Juan de Rabanera, la ermita rococó del Mirón, la vieja iglesia de santa Clara (convertida hoy en sala de conciertos), el convento carmelitano fundado por Santa Teresa de Jesús en 1581, el entorno de la concatedral de san Pedro y –por supuesto– ese oasis urbano que es la Alameda de Cervantes, la célebre Dehesa en el habla popular. Paso por la ciudad de Soria varias veces al año, pero hacía tiempo que no me detenía a disfrutar de sus rincones sin prisas, por el mero placer de dejarme empapar por la historia. Hubo un tiempo en que esta pequeña ciudad castellana llegó a tener hasta 35 parroquias. Eso explica la cantidad de iglesias de distintos estilos, algunas de las cuales fueron destruidas durante la invasión napoleónica y otras cayeron en desuso tras la desamortización de Mendizábal.
Me sorprendió también el esfuerzo sostenido por restaurar muchos de estos lugares y, en general, por embellecer la ciudad y dotarla de una oferta cultural variada a lo largo de todo el año. Es probable que el benéfico influjo de Machado tenga algo que ver con todo esto.
Gracias por toda la información que nos transmites… Se percibe tu pasión por la cultura… Me ha gustado muchísimo y me ha llevado a analizarla, la oración mortuoria.
ResponderEliminarDisfruta de estos días de vacaciones…