sábado, 25 de mayo de 2024

A la orilla del Ebro


Tardé una hora y veinte minutos en llegar en tren desde Madrid a Zaragoza. La ciudad del Ebro me recibió con una temperatura que se acercaba a los 30 grados. Voy a pasar aquí esta jornada del sábado para presidir el matrimonio de una joven pareja. La novia es hija de una de mis primas. Hacía tiempo que no venía a la capital de Aragón, una ciudad que siempre me ha resultado acogedora, friendly, como dicen ahora los modernos. He preparado la ceremonia junto con los novios. Me gustan mucho las lecturas que han escogido porque ayudan a entender el misterio del matrimonio en un contexto social -e incluso eclesial- que ha ido difuminando su sentido. 

No vivimos hoy precisamente un gran entusiasmo por esta forma de vida. Muchas parejas optan por convivir sin establecer ningún tipo de compromiso. Cada vez hay más hombres y mujeres que ni siquiera desean asumir el “peso” de la convivencia y prefieren relacionarse conservando su independencia. Lo que parece una conquista moderna no es sino una forma de regresión a modelos ya ensayados en otras épocas históricas. Por eso, en este contexto fluido, el matrimonio cristiano aparece como demasiado nuevo, demasiado moderno como para ser entendido a cabalidad. Que un hombre y una mujer se prometan amor personal, fiel y fecundo parece algo imposible en estos tiempos volátiles e inciertos. Y ciertamente lo es… a menos que Dios nos conceda ese don y nosotros lo acojamos con libertad.


Un matrimonio cristiano es hoy uno de los mejores signos de la existencia de Dios, una manifestación de su gracia en el vaso frágil de nuestra humanidad. Quienes vivís desde hace años la experiencia de estar casados sabéis mejor que yo que el camino está alfombrado con desafíos constantes, incluyendo el más peligroso de todos, la rutina. Pero sabéis también que Dios va haciendo su obra y que, superada la etapa inicial de romanticismo, el amor va adquiriendo el tono de una apuesta decidida por buscar lo mejor para el cónyuge, pasa por los pequeños detalles de una convivencia respetuosa, amable y -si el término se entiende bien- cómplice. 

Pocas cosas hay más hermosas que contemplar a una pareja de ancianos que se quieren con ternura después de haber recorrido juntos un largo camino de pruebas y triunfos, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos. La ternura de Dios se transparenta en la mirada que se regalan quienes han experimentado que, con la gracia, es posible quererse con alegría y fidelidad y compartir ese amor con hijos y nietos. Quizás el ocaso de la fe en las sociedades occidentales está muy ligado al ocaso del matrimonio y de la familia. Al fin y al cabo, los cristianos creemos que la familia es la Iglesia doméstica en la que experimentamos el amor incondicional de Dios y aprendemos a responderle con gratitud.


Imagino que en la celebración de hoy habrá muchas personas que hace tiempo que no pisan una iglesia y que ni siquiera sabrán recitar las oraciones de la misa. Suele ser el pan nuestro de cada día en bautizos, bodas, primeras comuniones y funerales. Por eso, las hemos incluido en el folleto que hemos preparado. Hay que reconocer que para una gran mayoría (no creyentes e incluso algunos creyentes) se trata de actos sociales en los que se participa por deferencia con quien invita, aunque muchos se los ahorrarían si no fuera una falta de cortesía social. Más allá de la experiencia de fe, hemos perdido también la ritualidad que todavía conservan otras sociedades en las que lo personal no está desligado de lo social. En la mayor parte del mundo sería impensable que un hombre y una mujer entendieran su relación como un mero asunto privado, regulado solo por la intensidad de sus emociones. 

Con todo, no soy pesimista. Creo que sierpe hay que encontrar el lado bueno de las cosas. Es verdad que en ocasiones hay que dar un golpe en la mesa y denunciar la hipocresía de nuestras costumbres sociales, completamente vacías de significado, pero la mayor parte de las veces podemos soplar la llama vacilante y tratar de sacar el máximo partido de lo que existe. La vida está llena de sorpresas. Dios puede hablarnos a todos cuando menos lo pensamos, también en la celebración de una boda. ¿Por qué no abrir nuestros oídos y escuchar? 


jueves, 23 de mayo de 2024

Sacerdotes para siempre


No creo que muchos lectores sepan que hoy en España (y en otros países como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela) se celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. A un amigo mío no le gusta mucho esta fiesta porque dice que la liturgia ha privilegiado los títulos de rey y sacerdote aplicados a Jesús, y ha silenciado el de profeta. No le falta algo de razón. De hecho, el último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey y el jueves después de Pentecostés la fiesta de Cristo Sacerdote, pero no hay un día especial para celebrar su condición de profeta, aunque esté disuelta en todo el año litúrgico. 

Ya sé que este asunto no se puede despachar a la ligera, pero si es verdad que “lex orandi, lex credendi” (lo que se ora es lo que se cree), entonces este “olvido” litúrgico indica quizás que nuestra fe ha acentuado mucho la dimensión sacerdotal y real de Jesucristo y ha dejado en penumbra la dimensión profética, lo cual tiene muchas repercusiones en nuestra manera de vivir su seguimiento y en la forma de ejercer el ministerio presbiteral. 

Dicho lo cual, es bueno aprovechar al máximo lo que tenemos. El sacerdocio de Cristo no es una prolongación del sacerdocio del Antiguo Testamento, sino una superación. A diferencia de lo que sucedía en el antiguo templo, Jesús, con su entrega total al Padre, es al mismo tiempo y “de una vez para siempre” (Hb 10,10) sacerdote, víctima y altar. Ha inaugurado un sacerdocio existencial que hace de la propia vida la verdadera ofrenda. 


Todos los bautizados participamos de la condición sacerdotal de Cristo; por lo tanto, podemos ofrecernos a Dios con todo lo que somos y ser también un lugar de encuentro con él para otras personas. Es importante subrayar este sacerdocio universal o sacerdocio común como se suele denominar. La constitución conciliar Lumen Gentium afirma que “el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (n. 10).

Para refrescar nuestros conocimientos sobre esta materia, no estaría mal en un día como hoy leer lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto del sacerdocio de Cristo, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio de quienes han recibido el sacramento del Orden. Cada vez me convenzo más de que muchos de los problemas que hoy tenemos en la Iglesia se deben a un exceso de buena voluntad acompañado por un déficit de formación.


Más allá de la fiesta, el mes de mayo enfila ya su recta final. No sé si en las parroquias y comunidades se sigue cultivando el “mes de María” como antaño, pero creo que la espiritualidad mariana nos ayuda a “guardar en el corazón” las muchas cosas que hoy vivimos y no siempre comprendemos. En momentos de confusión es necesario tener un “centro” desde el que podamos organizar nuestra vida para no ser víctimas de la dispersión que nos destruye. María nos enseña a ser personas con corazón (compasión), que viven desde el corazón (interioridad). Ambas dimensiones (compasión e interioridad) son necesarias para hacer frente a la indiferencia y la superficialidad que nos circundan. 

Hace unos días vi en la calle a un grupo de niños del colegio de las Concepcionistas de Princesa con sus ramitos de flores. Los traían de casa para regalárselos a la Virgen. Es posible que más de un viandante adulto esbozara una sonrisa de sorpresa y escepticismo, como si esos niños vestidos con su chándal azul fueran el residuo de una época superada. A mí me pareció una preciosa imagen que simboliza a todos aquellos que en nuestra adultez no quisiéramos perder la inocencia infantil y, sobre todo, la capacidad de ver a María como madre que nos acoge, enseña y guía en el camino de la vida.

martes, 21 de mayo de 2024

De todo un poco


No todos los días se ven 34 mesas redondas en torno a las cuales se sientan más de 300 superiores y superioras mayores que representan a los más de 32.000 religiosos y religiosas que hay en España. He tenido la suerte de ser testigo de la apertura de la 30ª asamblea de la Conferencia de Religiosos de España (CONFER) que ha tenido lugar en un hotel de Madrid. A mí me ha correspondido sentarme en la mesa 33, que no deja de tener un significado simbólico. Era una de las mesas reservadas a los invitados. Yo he participado en calidad de director de la revista Vida Religiosa, dirigida precisamente a quienes forman parte de las más de 5.800 comunidades religiosas presentes en España. 


Todo estaba perfectamente organizado. El tema central tenía un título provocativo: “¿Quién manda aquí?”. ¡Menos mal que el subtítulo precisaba su alcance: “Corresponsabilidad y obediencia”! Se trata de reflexionar sobre el modo de vivir una dimensión de la vida religiosa (la obediencia) que se presta a muchos equívocos y aun a abusos, pero que, bien entendida, expresa la voluntad de “escuchar” a Dios a través de sus mediaciones y de responderle con total disponibilidad. Mediante una cuenta de WhatsApp se nos informaba de todos los pormenores en tiempo real.


Ayer pasé la mañana en el Centro Fragua de Los Negrales con un grupo de claretianos que están realizando una experiencia de renovación misionera de tres meses. Casi todos provienen de países latinoamericanos. Juntos reflexionamos sobre lo que supone hoy creer en Jesucristo y orientar la vida desde su Evangelio. Con el paso del tiempo podemos crecer o menguar en nuestra experiencia de encuentro con él. Podemos madurar o caer en una rutina paralizante. Es bueno preguntárselo de vez en cuando. Solo quien busca encuentra. 

Nunca estamos completamente seguros de si nuestra fe en Jesús es una costumbre o una experiencia real. Por eso, nos hace bien detenernos de vez en cuando para preguntárnoslo. Hace casi seis años escribí ampliamente sobre lo que significa encontrarse con Jesucristo en una larga entrada (quizás la más larga de las 2.395 que llevo escritas en este Rincón), titulada No me lo creo. La verdad es que poco puedo añadir ahora. Me iluminó mucho el diálogo que tuve con los 15 misioneros que están ahora haciendo su experiencia de renovación.


El asunto de las clarisas de Belorado sigue coleando. Hoy se ha conocido el comunicado de la Confederación de Clarisas de España y Portugal. Sale al paso de cualquier equívoco y expresa la disposición de las clarisas ibéricas a acoger de nuevo a sus hermanas “cismáticas” de Belorado si cambian de opinión, antes de que el arzobispo de Burgos se vea obligado a excomulgarlas por haberse apartado voluntariamente de la Iglesia católica. 

Parecen historias de otros tiempos, pero reflejan la confusión en la que a veces vivimos y la necesidad de formarnos bien para no vivir una fe subjetiva, para aprender a “sentire cum ecclesia”, que es siempre uno de los grandes criterios de autenticidad que hemos aprendido de los santos a lo largo de la historia, desde san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús hasta san Juan Pablo II. Separados del cuerpo, no podemos estar unidos a la cabeza. El “Jesús sí – Iglesia no”, tantas veces propuesto a lo largo de la historia, acaba siendo casi siempre “Iglesia no – Jesús tampoco”.

domingo, 19 de mayo de 2024

La unidad prevalece sobre el conflicto


Se me ha pasado la semana volando, sin tiempo para acercarme a este Rincón y escribir mi entrada diaria. Lo hago hoy, solemnidad de Pentecostés, a primera hora de la mañana, antes de rematar el curso presencial y virtual que estoy dando a las hermanas del instituto secular Filiación Cordimariana. La semana ha estado dominada mediáticamente por las clarisas cismáticas de Belorado, un caso que tiene todos los ingredientes de vodevil eclesiástico con final incierto. 

Sin entrar ahora a juzgar esta esperpéntica situación (y mucho menos a las personas implicadas), Pentecostés nos recuerda que “la unidad prevalece sobre el conflicto”. Es uno de los cuatro criterios de discernimiento que el papa Francisco nos ofrece en la exhortación Evangelii gaudium (nn. 217-237). En la segunda lectura de la fiesta de hoy leemos que “lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.


Beber del mismo Espíritu no significa que todos tengamos que ser iguales. En la diversidad de carismas y ministerios consiste la armonía del cuerpo eclesial. Lo importante es ser conscientes de que formamos parte del único cuerpo de Cristo. En él se habla una sola lengua (la del amor), codificada en todas las lenguas del mundo porque el amor es concreto y universal: “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”. 

La pluralidad lingüística (que es una manifestación de la diversidad humana) no engendra caos ni división: “Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Solo el Espíritu regalado por Jesús a la Iglesia y al mundo es capaz de crear la unidad en la diversidad, la libertad en la obediencia, la alegría en el sufrimiento, la audacia en el temor. Por eso, sin Espíritu, la Iglesia se reduce a una expendeduría de servicios religiosos, a una ONG de personas sensibles y solidarias, a una multinacional de la enseñanza y las obras sociales.


Necesitamos como nunca abrirnos a la fuerza del Espíritu Santo para superar todas las tendencias diabólicas (es decir, rupturistas o totalitarias) que anidan en nuestros corazones, en nuestras comunidades y en el mundo. Con toda la Iglesia cantamos hoy con fuerza: Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, / infunde calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. 

El pentecostés lucano (primera lectura) subraya que el Espíritu es el impulsor de la misión universal, habla todas las lenguas del mundo, es un viento y un fuego que renueva todo. El pentecostés paulino (segunda lectura) acentúa que el Espíritu crea la unidad del cuerpo de la Iglesia en la diversidad de sus miembros. Por último, el pentecostés joánico (evangelio) asocia el don del Espíritu a la paz y el perdón de los pecados. Necesitamos todos estos dones para que las normales polaridades de la vida no se conviertan en dilemas que nos separen y enfrenten, sino en fuentes de enriquecimiento y de fraternidad. 





domingo, 12 de mayo de 2024

Con él hasta el final


Viendo a los jugadores del Real Madrid subidos al balcón de la sede del gobierno de la comunidad de Madrid, pienso que su “ascensión” no se parece a la de Jesús. Ellos celebran la consecución de la 36ª liga, un triunfo labrado con esfuerzo y coraje a lo largo de varios meses. La Iglesia celebra que Jesús ha ascendido a los cielos después de haber descendido a los infiernos. El triunfo de Jesús no ha sido una cadena de victorias, sino la perforación de una derrota radical, la muerte. ¿Cómo se puede expresar esta experiencia con palabras humanas si trasciende todo lo que nosotros sabemos? El Nuevo Testamento tiene que ensayar categorías diversas (resurrección, exaltación, ascensión) para dar cuenta de la novedad absoluta que ha cambiado la historia humana. 


Hoy, 40 días después de la Pascua, celebramos que Jesús ya no está presente en medio de nosotros con un cuerpo como el que tenía antes de su muerte, pero que sigue alentándonos con la fuerza de su Espíritu. Porque ya no está constreñido a un espacio (Palestina) y a un tiempo (primer tercio del siglo I), puede ser el contemporáneo de todo ser humano en cualquier lugar del mundo. Al igual que los discípulos, nosotros no experimentamos la tristeza de su desaparición física, sino la alegría de su presencia espiritual. Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos porque es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

       
Con la fuerza de su Espíritu (que celebraremos con más intensidad el próximo domingo, solemnidad de Pentecostés), podemos anunciar su Evangelio, no solo en Jerusalén, en toda Judea y en Samaria, sino “hasta los confines del mundo”. Estamos en tiempos de misión. El encargo de Jesús es claro: “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”. 

Por eso, en el día de la Ascensión, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Este año llegamos a su 58ª edición. El mensaje que el papa Francisco nos dirige se titula Inteligencia artificial y sabiduría del corazón para una comunicación plenamente humana. Los primeros apóstoles no podían ni siquiera imaginar que lo que ellos comenzaron de manera humilde iba a adquirir la proyección universal que hoy tiene. ¡Y eso que la misión está siempre en sus comienzos!


El pasado martes se hizo pública la bula Spes non confundit con la que el papa Francisco convoca el Jubileo Ordinario del Año Santo del 2025 que se abrirá el 24 de diciembre de este año y se cerrará el 6 de enero de 2026, solemnidad de la Epifanía del Señor. Este Año Santo está marcado por el signo de la esperanza en un momento de gran incertidumbre en la historia de la humanidad. El papa Francisco nos invita a ponernos en camino, a salir de donde estamos, para descubrir la presencia del Señor en las periferias de nuestro mundo. Tenemos, pues, muchas oportunidades para no dormirnos en nuestro itinerario de fe. 

A diferencia del Real Madrid, nosotros no hemos ganado 36 ligas y 14 (quizás 15) Copas de Europa, sino que, unidos a Cristo que asciende al cielo, hemos ganado el trofeo definitivo que nadie nos podrá arrebatar: la vida en plenitud. Esta es la razón de nuestra esperanza y de nuestra alegría y el impulso fundamental para una misión siempre renovada, sirviéndonos también de los modernos medios de comunicación social.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Somos estirpe suya


Las redes sociales funcionan con una lógica que me desconcierta. Si tú publicas un artículo sobre un asunto de actualidad tratando de ofrecer información y argumentos, es probable que recibas algunos “me gusta” (en general, pocos y como a regañadientes) y algún que otro comentario. Pero si publicas una foto en la que apareces haciendo cualquier cosa o en pose interesante y añades una frase que suene más o menos poética o divertida, enseguida llueven los “me gusta”. No importa si eso es un claro signo de narcisismo o exhibicionismo. Los usuarios disfrutan con eso. No les interesa mucho pensar, sino sentir. Está claro que las redes privilegian las emociones sobre las reflexiones. 

De hecho, las reacciones posibles no son “estoy de acuerdo” o “estoy en desacuerdo”, sino “me gusta”, “me encanta”, “me importa”, “me divierte”, “me asombra”, “me entristece” o “me enfada”. El emotivismo se ha impuesto en la sociedad posmoderna. El objetivo es provocar sentimientos y minimizar los razonamientos. Si seguimos por este camino, vamos a llegar a un tipo de persona con una sensibilidad a flor de piel y una escasa capacidad crítica. ¿No es este el mejor camino para el vaciamiento personal y la manipulación?


Escribo sobre este asunto porque la primera lectura de la liturgia de hoy me ha dado pie para ello (cf. Hch 17,22-34). Pablo se encuentra en el Areópago de Atenas. Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles, pone en sus labios un discurso que se convierte en modelo de predicación a los gentiles, un discurso que hoy llamaríamos “inculturado”. Pablo, buen conocedor de la cultura griega y maestro en el idioma, comienza ganándose la benevolencia de los atenienses aludiendo al altar “al dios desconocido” que ha encontrado visitando los monumentos de la ciudad y a las composiciones de algunos poetas griegos que han afirmado que “somos estirpe suya”, de ese Dios que “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”. 

La composición del discurso es impecable. El objetivo es conectar la novedad del mensaje cristiano con las búsquedas religiosas de los griegos. Pero el flujo del discurso tropieza con la piedra de la resurrección: “Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron: «De esto te oiremos hablar en otra ocasión»”. El resultado es que la mayoría de los oyentes no acepta el mensaje de Pablo, aunque “algunos se le juntaron y creyeron”. Siempre hay una minoría que se sale de la masa.


Los discursos bien articulados son imprescindibles para mostrar la inteligibilidad de la fe y su compatibilidad con la razón, pero pocas veces mueven a la conversión. La fe tiene un componente emocional que escapa a nuestro control. A veces, lo que uno menos imagina (una imagen, una canción, un apretón de manos, una sonrisa) tiene más poder que un argumento bien trabado. Puede que resulte descorazonador, pero los seres humanos nos compartamos así. Las redes sociales son un inmenso escaparate donde esta lógica impera. 

El director de un taller de oratoria en el que participé hace unos años repetía a menudo que los grupos de más de quince personas no son grupos reflexivos sino emocionales. Quizá por eso los políticos en sus mítines y los cantantes en sus conciertos se dejan de argumentos y apelan siempre a las emociones. Mi pregunta es si esa primera conexión lleva a algo serio y duradero o, por intensa que sea, es efímera y muere con la misma velocidad con que nace. No lo tengo tan claro. Bueno, quizás sí lo tengo claro, pero no puedo sustraerme al influjo del ambiente emotivista que vivimos.


martes, 7 de mayo de 2024

Un hombre decisivo


Para el filósofo germano-suizo Karl Jaspers (1883-1969), autor de una magna colección sobre “los esenciales de la filosofía”, hay cuatro personajes (dos de Oriente y dos de Occidente) que han sido los más influyentes en la historia de la humanidad. Por eso los denomina “los hombres decisivos”. En este selecto y minoritario grupo no hay ninguna mujer. Sus nombres son de sobra conocidos: Sócrates (s. V a. C), Buda (s. VI-V a. C), Confucio (VI-V a. C) y Jesús (s. I). 

Es curioso que tres de ellos vivieron alrededor del siglo V antes de Cristo, un momento álgido en la historia de la humanidad. Aunque se podrían añadir otros nombres, es evidente que estos cuatro personajes han marcado un modo de ver la realidad y de comportarnos como seres humanos. Seguimos viviendo de su influjo, incluso cuando nos oponemos a él o lo ignoramos. Esto es sorprendente. ¿Por qué, entre los miles de millones de seres humanos que han existido a la lo largo de la historia, algunos se convierten en faros que iluminan a los demás?


Hablo de estos “hombres decisivos” (creo que en una lista ampliada habría que incluir sin ninguna duda a algunas mujeres como María de Nazaret) porque hoy conmemoramos el 74 aniversario de la canonización de san Antonio María Claret. Su influjo no es comparable al de los cuatro grandes, pero, en una escala muy reducida, también ha sido un “hombre decisivo” para quienes inspiramos nuestra vida en su forma de seguir a Jesús y de vivir el Evangelio. 

A medida que pasa el tiempo, su figura resulta más atractiva, aunque no tiene los índices de popularidad de otros santos del pasado (Francisco de Asís, Antonio de Padua o Teresa de Jesús) o del presente (Pío de Pietrelcina, Teresa de Calcuta o Juan Pablo II). Si hay algo que llama la atención en la vida de Claret es su capacidad para -en palabras de Pío XII- “ensamblar contrastes”. Aunque en una entrada escrita hace cuatro años ya transcribí las palabras que el Papa pronunció en español al día siguiente de la canonización, las repito hoy porque es difícil encontrar una semblanza del santo catalán más clara, concisa y hermosa:
“Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes; pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.


Dentro de un par de meses los claretianos celebraremos los 175 años de la fundación de nuestra congregación misionera. Por un año no coincide esa efeméride con los 75 años de la canonización del fundador. En cualquier caso, estamos viviendo fechas que nos invitan a valorar y actualizar el legado recibido. No se trata de hacer un panegírico exagerado de un ser humano que, como todos, fue hijo de su tiempo, sino de agradecer el hecho de que sea un “hombre decisivo” (por utilizar la expresión de Karl Jaspers), una mediación del Espíritu, en el itinerario vocacional de muchas personas, entre las cuales me cuento.

sábado, 4 de mayo de 2024

El café de las 10


Me gusta caminar por el bosque a primera hora de la mañana. Hoy la temperatura era suave. En algunos hoteles todavía quedaban miembros de los equipos ciclistas que ayer participaron en la etapa de La Vuelta a España femenina que comenzó en Tarazona y terminó en la Laguna Negra de Vinuesa. La seguí por televisión. Admiré la fuerza de las ciclistas cuando tuvieron que superar repechos de hasta un 14% de desnivel. Al final, se impuso la francesa Evita Muzik. 

Como me sucedió el pasado mes de setiembre, cuando La Vuelta masculina terminó también en la Laguna Negra, me sorprendí de las soberbias imágenes que se transmitían desde los helicópteros. En esta ocasión la gran diferencia es que ayer el pico Urbión aparecía cubierto de nieve mientras la laguna exhibía un verde acuoso. Las masas de pinos, robles y hayas, contempladas desde la altura, parecen un inmenso de tapiz de infinitas tonalidades. Me alegro de haber nacido en este rincón de la cordillera ibérica en el que los montes y el agua de los ríos y del embalse dibujan un paisaje sobrecogedor.


Un poco antes de las diez, un amigo mío me llama por teléfono para invitarme al café de las diez. Cada día, en un hotel abierto al pinar, se dan cita algunos amigos para tomar el café matutino y, sobre todo, hablar y ponerse al día. Antes y después, cada uno está en su trabajo. Cuando estoy por aquí, me uno de vez en cuando a la cita. Me parece un oasis en medio de la indiferencia que a menudo caracteriza las relaciones humanas en las ciudades. 

Hoy he compartido con ellos mi reciente viaje a Polonia e Italia. Hemos hablado sobre la arquitectura de las casas polacas, las azaleas de la plaza de España en Roma y sobre la importancia de saber lenguas para poder moverse por el mundo. No hemos arreglado ningún problema, ni las guerras de Ucrania y Gaza, ni el reciente conflicto diplomático entre los gobiernos de España y Argentina y ni siquiera algunas cuestiones municipales de menor importancia. Las conversaciones entre amigos no buscan arreglar el mundo, sino simplemente recrear cómo sería el mundo si todos nos aceptásemos como somos. Ni que decir tiene que en ese grupo heterogéneo hay un poco de todo.


Creo que hace años hice en este blog un elogio del café. Es obvio que mi intención no era elogiar una bebida caliente importada de Sudamérica, sino glosar la importancia de la conversación en torno a un café. Sé que en las oficinas y fábricas está muy limitado el tiempo dedicado a conversar. Pero, cuando estos encuentros se dan fuera del ámbito laboral, sin las prisas de quien tiene que continuar trabajando, adquieren el valor de un “sacramento” de la vida, dicho sea en un sentido muy laxo. 

Los seres humanos necesitamos perder el tiempo y conversar. Es probable que, a primera vista, nos volvamos menos productivos, pero, a la larga, habremos creado ambientes más satisfactorios. Las personas, cuando nos encontramos a gusto, damos lo mejor de nosotros mismos. Y entonces, paradójicamente, producimos más. Esto lo saben muy bien algunas multinacionales que crean espacios lúdicos entre sus empleados.

viernes, 3 de mayo de 2024

Cada vez tengo más fe en Dios


He titulado la entrada de hoy con una frase que me mandó un amigo mío colombiano por Whatsapp hace un par de días. Es un abogado de 48 años. Cuando lo conocí era un joven novicio claretiano. Durante mi visita a la zona del Chocó, él y otro compañero suyo me acompañaron durante la semana que pasé en la selva chocoana viviendo con la tribu de los emberá. La experiencia fue fascinante. Mientras la vivía, tuve la impresión de que nunca más repetiría algo parecido. Navegamos por varios afluentes del Atrato en frágiles botes de madera, caminamos jornadas interminables con nuestras mochilas cargadas por una selva intrincada en la que parecía que nos faltaba el oxígeno. 

Dormimos en los tambos cónicos de los indígenas, bebimos la chicha de sus fiestas en escudillas de coco sin llegar a emborracharnos como ellos y nos bañamos por la tarde en los ríos caudalosos. Creo que nunca he saboreado tanto una piña tropical como cuando, tras una caminata interminable, llegamos a una aldea exhaustos y hambrientos. A lo largo de aquella semana inolvidable, tuvimos conversaciones muy íntimas. Mi amigo me confesó sus inclinaciones políticas (claramente escoradas a la izquierda) y su combate de la fe.


A lo largo de estos años su trayectoria vital ha sufrido fuertes altibajos. Ahora goza de estabilidad laboral y afectiva. Hacía meses que no nos comunicábamos. Quizá por eso me ha sorprendido más su frase: “Cada vez tengo más fe en Dios”. A veces, tenemos que atravesar un largo desierto de dudas, preguntas y crisis para llegar a la tierra prometida de una fe serena. Dios no tiene prisa. Cada uno de nosotros seguimos itinerarios distintos. 

A medida que nos hacemos mayores y percibimos con más hondura el misterio de la existencia, intuimos que somos sostenidos por un Amor que es origen y meta de todo cuanto existe. Curados de nuestro orgullo, escarmentados por muchas experiencias dolorosas, nos abrimos humildemente a la gracia. A veces, esta apertura está provocada por un destello de luz en medio del claroscuro de nuestra vida, pero, por lo general, se va dando poco a poco, sin estridencias, como una espiga de trigo que va creciendo con serenidad.


Hemos acentuado tanto que vivimos tiempos de secularización, escuchamos a menudo el testimonio de personas famosas que dicen no creer en Dios, que, sin darnos cuenta, hemos interiorizado que la fe es algo raro, casi impropio de personas que han desarrollado una gran capacidad crítica y que presumen de no comulgar con ruedas de molino. Pero, en realidad, solo una pequeña parte del mundo occidental entiende así la vida. La mayor parte de los seres humanos, tanto en el pasado como en el presente, han creído en Dios de múltiples maneras. 

Sería muy presuntuoso por nuestra parte considerar que todos ellos eran poco inteligentes o que no tenían la capacidad crítica que tenemos nosotros. En realidad, tenían una capacidad de admiración y de alabanza que hemos perdido en buena medida en las sociedades técnica y económicamente desarrolladas. Por eso, es un milagro encontrar a alguien que, tras un periplo vital complejo, confiesa con humildad: “Cada vez tengo más fe en Dios”. Estoy seguro de que mi amigo no es el único que se atreve a hacer esta confesión.

jueves, 2 de mayo de 2024

José, ruega por nosotros


Mayo ha comenzado con rasgos de marzo. Sigue haciendo frío. Llueve o graniza a rachas. El campo está más que verde. Recuerdo que ayer fue el Día Internacional de los Trabajadores. Conmemoramos también a san José obrero. Cuando se instituyó la fiesta estaban en auge los movimientos obreros. Hoy vivimos otra situación. Las leyes tutelan muchos derechos de los trabajadores. En principio, no se dan los abusos de hace cien años, pero hay nuevas formas de precariedad, temporalidad excesiva, explotación y acoso. Sigue habiendo muchas personas en paro y, al mismo tiempo, muchos trabajos sin cubrir. ¿Qué está pasando en el mercado laboral? Escucho un doble discurso. Algunos empresarios y dadores de trabajo razonan así: “Los jóvenes quieren empezar ganando lo mismo que los que llevamos treinta años. Por otra parte, han aprendido a vivir de subvenciones. Con lo conseguido por vía legal, un poco de dinero negro y el apoyo de sus padres, tienen para ir tirando. Por eso, no se molestan en buscar trabajo”. 

Muchos de los que no tienen trabajo contrargumentan: “Lo único que ofrecen son trabajos precarios (en realidad, suelen usar otra expresión), duros y mal pagados”. Es probable que la verdad se sitúe en un punto medio. En cualquier caso, una sociedad que tenga tasas de paro tan altas como las que sigue teniendo oficialmente España, no puede aspirar a la paz social.


Ayer, mientras iba conduciendo, oí en una emisora de radio que uno de cada tres niños aspira a ser influencer o creador de contenido en internet. Se ve que les atrae mucho tener seguidores y embolsarse muchos miles de euros. De hecho, la nueva regulación que aprobó el consejo de ministros el pasado martes considera que para ser influencer, en sentido estricto, uno debe tener al menos un millón de seguidores en una red (o más de dos, sumando varias) y ganar más de 300.000 euros al año. Es evidente que no satisfago ninguna de las dos condiciones, así que el título de influencer se lo dejo a mi amigo Heriberto García Arias, aunque tampoco él cumple ni de lejos la segunda condición. 

Más allá de esta anécdota, lo que se percibe es que hay un abismo entre las necesidades sociales, las ofertas laborales y los itinerarios formativos. Las piezas del puzle van encajando a base de empujones y en muchos casos de una buena dosis de sufrimiento. Cuando uno tiene la vida asegurada (fruto de la herencia familiar, del propio trabajo o de la fortuna), no siempre se hace cargo del drama que sufren muchas familias que no consiguen satisfacer sus necesidades mínimas (vivienda, alimentación, educación) con lo que ganan. Sé que no existe una varita mágica para resolver este problema, pero tampoco veo un interés mancomunado entre políticos, empresarios, sindicatos y medios de comunicación para afrontarlo con rigor. Mientras, el deterioro de muchas personas sigue su curso. El trabajo no solo es un modo de conseguir recursos para vivir (o en algunos casos sobrevivir), sino, ante todo, una forma de realización personal y de construcción social. Es, en otras palabras, una fuente de dignidad.


Para completar el cuadro, habría que añadir que entre los trabadores no siempre se da la competencia, responsabilidad y dedicación que serían exigibles. De hecho, hay un verbo muy español que se conjuga a menudo en el ámbito laboral: “escaquearse”. La RAE lo define como 
“eludir una tarea u obligación en común”. No es fácil encontrar personas que cumplan sus obligaciones a cabalidad. Los curricula que aparecen en los papeles no siempre se corresponden con las capacidades reales. Por otra parte, para realizar bien un trabajo no solo se requieren habilidades “duras” (es decir, capacidades técnicas), sino también habilidades “blandas” (empatía, capacidad de trabajo en equipo y de relacionarse con los compañeros, gestión de conflictos, etc.). 

Si el pobre san José levantara la cabeza, estoy seguro de que preferiría volver a su humilde taller nazareno antes que trabajar en alguna oficina de cuello blanco o en una fábrica robotizada. A lo mejor, hasta le apetecía convertirse en influencer, el sueño de tantos nativos digitales. De hecho, lo es, sin saber una palabra de informática. San José de Nazaret, ruega por nosotros.

martes, 30 de abril de 2024

El amor nació en abril


No sé por qué este último día del mes de abril me ha venido a la mente una vieja canción de Mocedades en la que el grupo vasco cantaba con melancolía que “el amor nació en abril / y el otoño se lo llevó / solo fue tal vez un trozo de ayer / y un te quiero de papel”. Me parece que estoy influido por algunas conversaciones en las que varias personas han compartido conmigo la fragilidad de sus relaciones personales. Es como si también estas estuvieran sujetas a la sucesión de las estaciones. Hay una primavera de entusiasmo inicial, un verano de madurez y plenitud, un otoño de progresivo deterioro y un invierno de frialdad y muerte. En muchas personas está instalada esta idea griega del tiempo cíclico, del eterno retorno. Unas relaciones mueren y otras nacen. Llega un momento de la vida en el que predominan las primeras sobre las segundas. 

Cada vez se está extendiendo más la convicción de que los seres humanos no estamos hechos para la fidelidad y la perseverancia, sino para el cambio continuo. Si la sociedad del consumo nos acostumbró a la cultura del “usar y tirar”, la de la información nos está empujando a experiencias intensas pero efímeras. El miedo -casi el pavor- al compromiso definitivo se ha instalado en la mente y el corazón de los más jóvenes. Muchos de ellos provienen de familias rotas o desestructuradas. Desde niños han visto cómo sus padres se separaban o cómo otros adultos iban coleccionando relaciones. No quieren sentirse obligados a una fidelidad que les parece sencillamente imposible y ni siquiera deseable. Se abren camino diversas formas de poliamor o de relaciones consecutivas. 


No es fácil vivir relaciones sanas y duraderas. La familia, que es el primer ámbito afectivo en el que aprendemos a ser queridos y a querer, pasa por una situación crítica. Incluso las familias que parecen admirables desde fuera atraviesan crisis que no siempre se resuelven y que llevan a una incomunicación crónica. Las relaciones de amistad parecen más protegidas, pero también hoy se ven sometidas a una especie de epidemia que mezcla la ficción (tan frecuente en las redes sociales) y el cansancio (tan típico de quien no quiere pasar el umbral de la responsabilidad). Nos gusta tener amigos, disfrutar con las relaciones interpersonales… con tal de que eso no altere nuestros hábitos sacrosantos, no exija más tiempo del deseable y no nos complique demasiado la vida con compromisos añadidos. 

La amistad, entendida como donación recíproca en las duras y en las maduras, se está convirtiendo en una rara avis en la época del individualismo narcisista. Todos queremos estar simultáneamente solos y acompañados. Una imagen muy expresiva de esta realidad es el círculo de adolescentes y jóvenes (compañía) en el que cada uno está pendiente de su móvil (soledad). Queremos gozar de las ventajas de cada situación sin asumir sus respectivos costes. Nos gustaría, en definitiva, que el amor no pasara nunca del mes de abril. A lo más, que se internara un poco en el calor del estío, pero que no llegase al decaimiento del otoño. No sabemos cómo gestionar el paso del tiempo, el cansancio y el aburrimiento.


En este contexto cobran mucha fuerza las palabras de Jesús con las que se cierra el evangelio de Mateo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Jesús es, en definitiva, el Enmanuel, el Dios-con-nosotros. No es un amigo de un día o un año. Estará siempre a nuestro lado. Experimentar que él nunca nos deja solos nos permite caminar por la vida con la seguridad de que somos acompañados, de que hay un amor que nos sostiene y que no está sometido al ciclo de las estaciones afectivas. Con Jesús siempre estamos en abril, el mes pascual por excelencia. Por eso, no necesitamos “mendigar” otras relaciones o exigirles una plenitud que no nos pueden dar. 

El amor de Jesús (a menudo invisible y silente) nos permite caminar por la vida sin estar expuestos a peajes o chantajes afectivos, aceptando con paz la radical soledad que nos habita y que solo Dios puede colmar. Sin Jesús, estamos expuestos a creer que los demás son “dioses” que deben satisfacer todas nuestras expectativas, necesidades y deseos. Cuando comprobamos que esto es imposible, nos frustramos y deprimimos. Dejamos de creer en el amor (en la idea un tanto romántica que nos habíamos forjado) y buscamos nuevas personas que reemplacen (siquiera por un tiempo) a las que van desapareciendo de nuestro horizonte afectivo. Nos vemos abocados a una espiral interminable que nos deja siempre insatisfechos.

lunes, 29 de abril de 2024

Apaga el móvil y abre el evangelio


Son palabras pronunciadas por el papa Francisco ayer en su viaje relámpago a Venecia. Se las dijo a los jóvenes que se reunieron con él en la plaza que hay delante de la basílica de Santa María de la Salud. Les dijo más cosas para subrayar la necesidad del encuentro interpersonal. Traduzco un párrafo: “El móvil es muy útil, para comunicarse, es útil, pero ten cuidado cuando tu teléfono móvil te impida encontrarte con la gente. Usa el móvil, está bien, pero ¡conoce gente! Ya sabes lo que es un abrazo, un beso, un apretón de manos: personas. No lo olvides: usa el móvil, pero encuéntrate con las personas”. Un amigo mío, experto en redes sociales, me ha dicho que el papa Francisco no es muy sensible al mundo digital. Es probable que sea así por edad y formación. Pero esa distancia es, por otra parte, la que le permite percibir, como por instinto, los riesgos de un mundo que nos fascina. 

Yo me encuentro a caballo entre el mundo analógico y el mundo digital. Creo que hasta 1985 siempre escribí mis textos a mano o con máquina de escribir. A partir de esa fecha, empecé a usar los primeros ordenadores que hoy nos parecen antediluvianos. Desde entonces han pasado casi 40 años. Eso significa que la mayor parte de mi vida ha estado marcada por la informática y luego por internet. No soy un nativo digital, pero me muevo en este medio con cierta soltura.


Lo que al papa Francisco le preocupa es que perdamos el asombro del encuentro interpersonal, cara a cara, sin la mediación técnica de una pequeña pantalla. Que prostituyamos la sacramentalidad del rostro humano como ventana por la que se asoma lo divino. Por eso, para no caer en esa idolatría adictiva, necesitamos de vez en cuando apagar el móvil y encender el abrazo, cerrar el ordenador y abrir el evangelio. Se trata de gestionar bien las conexiones y las desconexiones. 

Ya sé que un nativo digital no concibe la vida desconectada. Para él (o para ella), la vida es lo que sucede en internet. Ahí encuentra lo mejor y lo peor. A diferencia de lo que ocurre en el mundo desconectado, el nativo digital puede regular a voluntad (es un decir) las interacciones que desea, sin darse cuenta de que lo que, a primera vista, parece un supremo acto de libertad, es, en el fondo, un plegamiento involuntario a la fuerza del algoritmo.


Tras cinco días de reflexión, el presidente del gobierno español ha decidido seguir en el cargo  
“con más fuerza si cabe”. Se despeja la incógnita. Cada vez veo con más claridad que necesitamos fortalecer los mecanismos de la sociedad civil para no depender tanto de las veleidades políticas. Esto lo aprendí en mis años de Italia. Los gobiernos van y vienen. Lo que importa es disponer de un sólido tejido industrial, de unas instituciones académicas y educativas rigurosas y de múltiples iniciativas sociales. Si el gobierno es bueno y competente, mejor. Si no, la sociedad no se hunde porque no depende en exceso de la política. Y algo parecido sucede en Suiza. No sé cuántos lectores de este Rincón saben, por ejemplo, el nombre del presidente de turno de la Confederación Helvética. 

Le pido a santa Catalina de Siena, una de las patronas de Europa, cuya fiesta celebramos hoy, que nos ayude a no perdernos en la maraña de las interpretaciones y a trabajar por un continente unido, justo y solidario.

domingo, 28 de abril de 2024

Con él lo podemos todo


Ha amanecido un soleado y frío domingo de primavera. La calle Princesa está cortada parcialmente a causa del Maratón de Madrid. Ayer también lo estuvo la calle Ferraz, en las inmediaciones de la sede del PSOE, por la manifestación de los militantes socialistas en apoyo al presidente Pedro Sánchez. Desde la ventana de mi habitación -vivo a cuatro pasos de la sede socialista- escuchaba la banda sonora que acompañaba la muestra de adhesión inquebrantable al líder. Se oían temas setenteros como Libertad sin ira, Libre o el Himno a la alegría, aunque también sonó el Quédate de Quevedo. Y, por supuesto, una entusiasta versión de La Internacional. Yo bajé a la calle para ver el ambiente y tomar algunas de las fotos que acompañan la entrada de hoy. No había muchos jóvenes. La mayoría (unos 12.500, según cifras oficiales) eran militantes o simpatizantes entraditos en años procedentes de todas las regiones de España. 


No sabemos cómo terminará este melodrama y qué significado real tiene en la cainita coyuntura política que vivimos.
En principio, lo sabremos mañana. Las largas jornadas de “meditación” se han inflado de especulaciones de todos los colores. Muchos analistas consideran que es una maniobra más de las que suele usar el presidente para reforzar su liderazgo y tomar algunas medidas de control. Una amiga mía, del ámbito de la izquierda, me asegura, sin embargo, que el presidente va a dimitir, que hay asuntos graves que justifican su decisión. No lo tengo tan claro.


Mientras suceden estas cosas, que se enmarcan también en un agitado tablero internacional, la liturgia sigue su curso. Hemos llegado al V Domingo de Pascua. Si el pasado domingo el evangelio pivotaba alrededor de la imagen del buen pastor (tan familiar al pueblo de Israel), en este lo hace en torno a la alegoría de la vid (igualmente querida por los israelitas). El mismo Jesús se encarga de explicar el significado de los elementos principales: Él es la vid, el Padre es el labrador y nosotros somos los sarmientos injertados en él. Hay otros elementos que tienen también su importancia, como la poda o la quema de los sarmientos secos.

¿Cómo podríamos entender esta alegoría hoy? Me fijo solo en dos aspectos:
  • Frente a quienes entienden el seguimiento de Jesús como atracción por su personalidad íntegra o por sus valores morales, la alegoría pone el acento en la unión íntima (no solo moral) entre Jesús y sus seguidores. Los creyentes no somos solo followers de un influencer extraordinario, sino sarmientos injertados en él. De él recibimos la savia vital que nos permite producir frutos. Sin la unión profunda con él nos volvemos estériles: “Sin mí no podéis hacer nada”.
  • El seguimiento de Jesús no consiste en “hacer” cosas buenas, crear “productos” que hacen más fácil la vida humana, sino en dar “frutos” para gloria de Dios y salvación integral de las personas. El “fruto” por excelencia es el amor. Como a menudo se ve obstaculizado por algunos brotes egocéntricos, necesitamos que el Padre nos pode para que el amor crezca auténtico, fuerte y eficaz.


Permanecer en este amor no es fácil. La vida cotidiana está llena de tensiones que nos empujan a buscar nuestros intereses. La primera lectura de hoy nos muestra a un grupo de cristianos de Jerusalén que no querían a Pablo. Lo consideraban poco fiable dado su pasado de perseguidor. Hoy sucede algo parecido en la Iglesia. No creo que podamos describir la situación actual usando las palabras del sumario que Lucas usa en los Hechos de los Apóstoles: “La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo” (Hch 9,30-31). 

Este es el ideal, pero en los últimos tiempos han aumentado las dificultades para aceptar al que no piensa como nosotros, las descalificaciones personales y hasta las acusaciones y anatemas. Como he escrito en numerosas ocasiones, la figura del papa Francisco se ha convertido en diana de muchas flechas envenenadas. Lo peor de todo es que esta implacable persecución de quien no comparta un determinado punto de vista se hace en nombre de la ortodoxia, la Iglesia auténtica (frente a la actual, que estaría corrompida) y el Espíritu Santo. En fin, puro delirio que nos separa de la vid, rompe la comunión y pone en entredicho la credibilidad de la Iglesia. Creo que no va por aquí el mensaje de Jesús. 



jueves, 25 de abril de 2024

Se llamaba Marcos


La fiesta del evangelista san Marcos coincide este año con varios acontecimientos de relieve: el 50 aniversario de la famosa “revolución de los claveles” en Portugal, la fiesta de la liberación en Italia y la sorprendente carta del presidente español Pedro Sánchez a los ciudadanos en la que afirma que está meditando su posible dimisión. Cada uno de estos acontecimientos merecería una reflexión aparte. Los dos primeros pertenecen al pasado, aunque con evidentes repercusiones en el presente. El último es de rabiosa actualidad y de resultado imprevisto. El fin de semana se prevé turbulento. 

Yo me quedo con san Marcos y su Evangelio. Siempre ha sido para mí una guía. Un buen amigo mío se lo leyó de un tirón una noche. El impacto que le produjo el encuentro con Jesucristo en esa narración breve y enjundiosa fue tan profundo que lo animó a prepararse para el Bautismo cuando ya había superado los 20 años. Nunca sabemos el potencial que esconde la Palabra de Dios: “Es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón” (Hb 4,12).


El primer versículo de Evangelio ofrece la clave de lectura de los dieciséis capítulos que siguen. Dice así: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). No se va a hablar de un hombre sabio, de un profeta acreditado o de un curandero popular. Se va a hablar del Hijo de Dios. Esa misma confesión la hará Pedro con otras palabras en la mitad de Evangelio: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,30). Y para hacer ver que Jesús no está destinado solo a los judíos, sino al mundo entero, el centurión romano que asiste a la muerte de Jesús exclama: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mt 15,30). 

Al principio, en medio y al final, el Evangelio de Marcos es una confesión explícita de fe en la identidad divina de Jesús. Eso no significa que lo presente como un ser espiritual. En cada capítulo podemos observar al Jesús humano que camina, habla, cura y sufre. Y también al Jesús que va introduciendo, poco a poco, a sus discípulos en el misterio de su identidad. Si no lo habéis hecho nunca, os invito a que hoy leáis de un tirón el Evangelio de Marcos. Podréis sorprenderos con su frescura y profundidad. 

miércoles, 24 de abril de 2024

Las periferias mentales


Cubiertos mis compromisos en Polonia e Italia, regreso a Madrid. El taxista que me ha traído al aeropuerto a las 6 de la mañana era el típico romano de periferia: simpático y charlatán. Hemos venido hablando sobre las grandes diferencias entre los italianos del Norte y los del Sur. Me contaba sus experiencias de trabajo en Lombardía y Véneto. Durante años trabajó como repartidor a domicilio de los premios que se conseguían en algunos concursos organizados por la RAI. En los domicilios de Milán lo recibían en la puerta y nunca le hacían pasar dentro. En los de Calabria o Apulia lo invitaban a café, le daban dulces y poco menos que hacían una fiesta familiar para acogerlo. 

Son dos formas de entender la vida. La primera (muy influida por Austria) privilegia la disciplina, el orden y el trabajo. La segunda (de influencia griega, árabe y española) pone el acento en la hospitalidad, la conversación y la fiesta. No son excluyentes. Cada una desarrolla aspectos de la vida que son necesarios. Lo ideal sería combinarlos de manera equilibrada. Se puede ser disciplinado… y hospitalario. Se puede guardar el orden… y dedicar tiempo a la conversación. Se puede trabajar… y disfrutar de la fiesta. En fin, que he empezado muy pronto la jornada con una clase de antropología cultural.


Hoy se celebra la fiesta de san Benito Menni, el fundador de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús. Creo que no es muy conocido. Merece la pena descubrir su preocupación por las personas que padecían enfermedades mentales. Ayer, después de la cena, tuve otra interesante conversación con algunas hermanas que trabajan en centros de España e Italia. Todas coincidían en que están aumentando de manera muy llamativa estas enfermedades entre los jóvenes. No sé si se debe al estilo de vida que llevamos o al hecho de que hoy se diagnostican con mas precisión desórdenes que en el pasado pasaban desapercibidos. 

En cualquier caso, se trata de una de esas periferias existenciales a las que el papa Francisco se refiere con frecuencia. Cada vez faltan más profesionales. Los estudiantes de medicina y enfermería no quieren adentrarse en este mundo complejo. Resulta muy desafiante y parece que el trabajo no está bien remunerado. Cuando muchos profesionales no quieren hacerse presentes o lo hacen sin vocación, por pura necesidad, las hermanas están ahí, caminando y conviviendo con personas que a menudo son rechazadas por sus mismas familias.


Siempre me ha producido mucho respeto el mundo de las enfermedades mentales. Recuerdo mis visitas a algunos centros psiquiátricos de Ciempozuelos o Palencia hace años. La primera impresión fue de un instintivo rechazo. Se requiere mucha paciencia y mucha humildad para escuchar (cuando es posible) a quienes todavía son conscientes de que algo en su cerebro funciona de manera desordenada. El sufrimiento que los acompaña es indecible. Por eso, la presencia de la Iglesia en esas periferias es tan necesaria (o más) que en las periferias de la pobreza material. 

No es suficiente la buena voluntad. Se requiere una preparación específica y una motivación probada. Los Hermanos de San Juan de Dios y las Hermanas Hospitalarias han desarrollado una cultura del respeto, del cuidado y de la integración. El lema que las hermanas han elegido para su XXII Capítulo General resume estas actitudes: “Revestíos de entrañas de misericordia” (Col 3,17). Sin estas entrañas, es peligroso acercarse a personas que necesitan ser aceptadas incondicionalmente y acompañadas con delicadeza.