lunes, 1 de julio de 2024

Hay luces rojas encendidas


Veo que hay políticos y periodistas que se llevan las manos a la cabeza ante los resultados de la primera vuelta de las elecciones legislativas francesas. Enseguida se han multiplicado los mensajes de alarma: “¡Ojo, la ultraderecha está aquí!”. El periódico español El País se apresta a pedir “unidad frente a la extrema derecha” en un editorial claramente ideológico. 

¿Qué significa esto? ¿Por qué crece en Europa, también entre los jóvenes, la tendencia a votar a partidos tildados de ultraderecha? ¿Por qué se sorprenden tanto de esta tendencia quienes han estado dominando, desde posiciones liberales y socialdemócratas, el panorama político y cultural en las últimas décadas? No creo que la respuesta a estas preguntas se pueda reducir a una o dos razones, pero intuyo que hay varios elementos que pueden arrojar algo de luz. 

El primero se podría resumir con la palabra “hartazgo”. Un número creciente de ciudadanos europeos (desde los jóvenes hasta los agricultores y trabajadores autónomos pasando por los pensionistas y los sanitarios) está harto de un modo de hacer política que se ha ido alejando de las necesidades y preocupaciones de la gente, se ha deslizado hacia cuestiones muy ideológicas y se ha enredado en una burocracia costosísima, endogámica y con frecuencia corrupta. La gente no quiere seguir pagando impuestos que no se traducen en una mejora significativa de la calidad de vida o ser catequizada por quienes han sido votados para cumplir otros deberes. En pocas palabras, los jóvenes no quieren vivir peor que sus padres y abuelos, ni ser anestesiados con un modo de vida que promueve el entretenimiento permanente más que el trabajo digno y el sacrificio.


El segundo elemento es el desprecio a la Tradición. Las élites globalistas quieren hacer tabula rasa de las raíces culturales (también cristianas) de Europa en aras de una especie de tecnocracia que reduce a los ciudadanos a piezas manipulables de un engranaje dominado por la tecnología en el que los criterios humanistas se van difuminando hasta desaparecer. Las legislaciones en favor del aborto, la eutanasia, el cambio de sexo, etc. serían solo la punta de un iceberg ético y cultural mucho más profundo. 

Todo lo ligado a nuestra herencia cristiana se considera retrógrado y obsoleto. El progresismo exige “avances” que nos lleven a una patria inexistente. ¿Hace falta ser estúpido como para no comprender que cuando se banaliza o se desprecia lo que nos ha nutrido durante siglos, cuando se pretende reescribir la historia, se están poniendo las bases de una reacción defensiva que puede ser claramente desproporcionada y hasta beligerante? 

El tercer elemento tiene que ver con un globalismo entendido de manera superficial. Cuando muchos europeos asisten impotentes a una progresiva islamización de la sociedad en nombre de la democracia y los derechos humanos, se preguntan qué tiene que ocurrir para que nos demos cuenta de las consecuencias que esto tendrá a medio y largo plazo, precisamente en relación con la democracia y los derechos humanos.


El desafío no es luchar contra la ultraderecha, como proponen hoy muchos políticos y comunicadores, sino hacer una profunda autocrítica de los factores que han conducido a su crecimiento. Como la historia nos muestra, cuando la democracia se convierte en partitocracia y se corrompe, se ponen los cimientos para propuestas autoritarias e incluso totalitarias. Cuando no se integra la Tradición en la modernidad y se desprecian las raíces culturales, se provoca la reacción del tradicionalismo. Cuando la multiculturalidad se convierte en un ideal en sí mismo, sin un proyecto común de sociedad, se despiertan los demonios xenófobos que todos llevamos dentro. 

Creo que, a lo largo de los años, he compartido desde este Rincón puntos de vista y propuestas que en nada se parecen a las que sugieren los llamados movimientos y partidos de ultraderecha, tanto en campo social como eclesial. Creo que, en general, sucumben a la tentación de proponer recetas fáciles para problemas complejos, pero eso no significa que pase por alto el descontento del que se hacen eco, el anhelo de valores sólidos que no sucumban a la volatilidad e incertidumbre con las que hoy sobrevivimos.

El auge de la ultraderecha en Europa y Estados Unidos (que irá a más en los próximos años) es una luz roja que se enciende para advertirnos de que algo estamos haciendo mal en nuestra autosatisfecha cultura liberal, de que hemos traspasado algunas líneas que ponen en riesgo nuestro futuro como humanidad. Antes de mirar la paja en el ojo ajeno veamos la viga que llevamos en el nuestro. No hay mal que por bien no venga.


1 comentario:

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