sábado, 20 de julio de 2024

El cansancio de la fe


Hay mucha gente de vacaciones. ¡Y eso que todavía no estamos en agosto, el mes por antonomasia del “cerrado por vacaciones”! Yo sigo en Madrid, disfrutando de unos llevaderos 28 grados. Las actividades pastorales de las parroquias se han reducido al mínimo. En la misa matutina de las 8,30 en el santuario del Corazón de María todavía hay un grupo de unas cincuenta personas. Algunas tiran de abanico o se acercan todo lo que pueden a los ventiladores que hay en los pasillos laterales. Admiro a quienes comienzan la jornada celebrando la eucaristía. Hay un señor que se acerca a recibir la comunión en su silla de ruedas eléctrica. El pasillo central de la iglesia se convierte por unos minutos en una autopista eucarística. 

De vez en cuando, me gusta sentarme en los bancos de la iglesia y participar de la Eucaristía como un fiel más. Así comprendo mejor cómo suenan las lecturas y las homilías de mis compañeros sacerdotes, cómo se vive el misterio desde la bancada de quienes no presiden, pero celebran. Os puedo asegurar que no es lo mismo ver la asamblea desde el presbiterio que sentirse parte de ella acomodado en uno de los bancos. Uno de los riesgos más evidentes es la desconexión. Si la acústica de la iglesia no es buena y quienes leen no vocalizan bien, entonces es muy fácil cansarse y distraerse. Desde abajo, entiendo muy bien las quejas de algunas personas. Se convierten en un acicate para cultivar con más sencillez y belleza el “arte de celebrar”.


Pero el problema es más de fondo. No solo corremos el riesgo de cansarnos de las celebraciones, sino de cansarnos de creer. Esa es la impresión que tienen a menudo muchos cristianos asiáticos y africanos que vienen a Europa. Nos ven cansados, como si la fe supusiera para nosotros un fardo más que una fuente de alegría. Les extraña, por ejemplo, que muchos fieles exijan a sus párrocos que la misa dominical no dure más de 30 o 40 minutos cuando en la mayor parte de las parroquias africanas no baja de hora y media. Les extraña que “aguantemos” la misa en vez de “disfrutarla”. Les extraña que cuestionemos todo lo relativo a la fe como incomprensible e incluso obsoleto y que luego nos abandonemos sin ninguna crítica a los ídolos modernos del fútbol, los viajes, las vacaciones o la tecnología. 

Nos ven cansados, en definitiva, porque pareciera que no creemos “desde dentro” sino “desde fuera”, que no estuviéramos cultivando una relación personal y gozosa con Dios, sino solo cumpliendo ciertos ritos que se consideran obligatorios y que nos gustaría despachar cuanto antes. Quizás el cansancio de la fe sea una de esas enfermedades espirituales que nos impide vivir la vida en plenitud. Nos cuesta conectar la fe con la fuente de la vida. En vez de alimentarnos de ella, nos limitamos a mantenerla.


¿Se puede uno cansar de creer? La fe es un don de Dios que nosotros aceptamos libremente. Dios nunca se cansa de salir a nuestro encuentro. Por su parte, no hay desgaste posible. Pero la fe es también una actividad humana que exige humildad, apertura y entrega. En cuanto actividad humana, está expuesta a los vaivenes de cualquier otra actividad, incluido el cansancio. Es normal, pues, que nos cansemos de creer cuando a primera vista no observamos ningún cambio en nuestra vida personal, cuando nos parece que nuestra vida sería más o menos la misma sin necesidad de confiar en Dios, cuando vemos que nuestras comunidades se van consumiendo en una especie de lenta monotonía, cuando, viendo el panorama estadístico,  tenemos la impresión de que pertenecemos a la última generación de creyentes. 

Caer en la cuenta de este cansancio es fundamental para no dejarse dominar por él. Como sucede con otras dimensiones de la vida, hay que aprender a “cultivar el asombro” para que la fe sea siempre una experiencia fresca. A veces, un gesto o una palabra pueden despertarnos del sopor. Solo se cansa de creer quien no abre los ojos para ver los muchos signos que Dios pone en nuestro camino. Aunque la fe es un don, podemos entrenarnos para acogerlo como el pan fresco que llega cada día a nuestra mesa. Si es verdad -como se dice en la jerga periodística- que “no hay nada más viejo que el periódico de ayer-, también es verdad -como afirman los verdaderos creyentes- que no hay nada más nuevo que una fe que se estrena cada día.

2 comentarios:

  1. Pues sí, podemos cansarnos de creer por varias razones, sobre todo cuando entra la rutina en nuestra vida y no somos capaces, como dices, “de abrir los ojos para ver los muchos signos que Dios pone en nuestro camino”.
    Nos hace falta aprender de los niños a “cultivar el asombro”.
    Gracias Gonzalo, por todas las pistas que nos das para superar el cansancio de “creer”.

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  2. Es cierto dejamos de asombrarnos incluso abrir los ojos cada día por la mañana y sin embargo eso ya es una gracias. Quizá nuestros sacerdotes deberían cuidar mucho las omilias y dejar suempre mensajes de esperanza y fe. Gracias.

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