domingo, 31 de mayo de 2026

Dios habla griego


Todos los días, al comienzo de la Eucaristía, saludo a la asamblea con estas palabras: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros”. Están tomadas casi literalmente de un fragmento de la segunda carta de Pablo a los corintios (13,13) que leemos en la segunda lectura de esta solemnidad de la Santísima Trinidad. Pareciera que Dios habla griego. El texto relaciona la cháris (gracia) con el Señor Jesucristo, la agápe (amor) con Dios (Padre) y la koinonía (comunión) con el Santo Espíritu. 

Estos rasgos atribuidos al Misterio de los Misterios no son fruto de la especulación humana, sino de la revelación de la Palabra de Dios. Cuando uno piensa que el universo se originó hace aproximadamente 13.800 millones de años y que hoy es una realidad inabarcable, en constante expansión, no puede por menos que preguntarse, una y otra vez, cómo se originó todo, si hay una inteligencia enérgica que hizo el “ajuste fino” para que, en el inmenso parque galáctico, surgiera la vida y, más específicamente, la especie humana. Los científicos se debaten entre atribuirlo todo al azar o postular la existencia de una suprema Inteligencia creadora y ordenadora.


Los cristianos no dejamos de ser personas buscadoras. También nosotros nos dejamos cuestionar e iluminar por la ciencia y la filosofía, recogemos el legado de las grandes religiones de la humanidad, oscilamos entre el craso escepticismo y la credulidad piadosa, pero, el final, lo que determina nuestra fe no es el resultado de ninguna investigación, sino el asentimiento a una revelación que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo. Fiados de su palabra, sabemos que el universo entero es fruto del amor de un Dios que no es una realidad solitaria, sino un Misterio de amor en el que –dicho con categorías demasiado humanas– hay tres Personas (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) que comparten una sola naturaleza divina. 

La Escritura habla de cháris, agápe y koinonía. Son vocablos torpes que nos sirven para intuir cómo es ese Dios revelado por Jesús. Es gracia, amor, comunión. Cada uno de estos conceptos nos lleva a un pozo sin fondo. Todos están alejados de otras imágenes de Dios que han contaminado nuestra fe en Él. Aquí no se habla de control, juicio o tiranía. Solo el amor es digno de fe. 

Y lo mejor de todo es que nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios, somos una Trinidad diminutiva. Nuestra constitución es trinitaria. Hablemos en términos de inteligencia, sentimiento y voluntad (o con otras categorías más modernas), estamos diciendo que somos una unidad en la pluralidad, un reflejo de Dios. Y lo mismo confesamos de la Iglesia y de la humanidad. Abiertos al Misterio de Dios, la unidad nunca es uniformidad, sino rica diversidad. Y la diversidad nunca es babélica, sino expresión de unidad profunda. ¡Cómo cambiaría todo si viviéramos a fondo la fe en el Dios Padre, Hijo y Espíritu, en el Dios amor, gracia y comunión! Este es el secreto de la existencia. 


Dentro de la variedad de formas de vida cristiana, el Espíritu ha suscitado algunas que englobamos en la categoría de “vida contemplativa”. Ellas exageran proféticamente la vocación a la que todos estamos llamados: ser adoradores del Dios Uno y Trino. Su vida dedicada a la alabanza del Misterio y al silencio contemplativo es un recordatorio permanente de lo esencial de la existencia, del verdadero Dios en el que creemos, de lo único necesario. Por eso, en esta solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la Jornada Pro Orantibus. El lema de este año en España es: Vida contemplativa, ¿por quién eres?”. 

Tendríamos que estar muy agradecidos a los hombres y mujeres que, sin dejar de estar con los pies en este mundo, nos recuerdan que no somos del mundo, que nuestra verdadera patria está junto al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los monasterios contemplativos siguen siendo en esta sociedad secularizada un poderoso imán que nos atrae. Aunque nos parezca que no somos creyentes, no podemos eliminar nuestra marca de fábrica. Nos lo recuerda una persona que se debatió entre la fe y la duda, que atravesó muchas etapas en su itinerario de búsqueda y que, al final, fue “derrotado” por la fuerza de la Palabra de Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no descanse en Ti” (San Agustín). Pues eso. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Un pequeño experimento


Hoy he tenido ganas de hacer un pequeño experimento, así que le he pedido a la IA que me escribiera la entrada. La pregunta que le he formulado ha sido muy directa: ¿Qué piensa el autor del blog El Rincón de Gundisalvus sobre la corrupción en España? Su respuesta ha sido clara y contundente. La comparto con vosotros sin modificar ni una sola palabra. Ver para creer. Ni yo hubiera descrito con tanta precisión mi propio pensamiento.


Hablar de la corrupción en España suele llevar casi siempre al mismo terreno: el del escándalo político, la batalla partidista y la indignación inmediata. Sin embargo, en el blog El Rincón de Gundisalvus, su autor, Gonzalo Fernández Sanz, propone una mirada más amplia y, en cierto sentido, más incómoda. No se limita a señalar a un partido, a un dirigente o a una trama concreta. Lo que hace es interpretar la corrupción como un síntoma profundo de la condición humana, una enfermedad moral que atraviesa instituciones, ideologías y ámbitos sociales muy distintos. Su planteamiento no absuelve a nadie, pero tampoco permite al lector refugiarse en la idea tranquilizadora de que los corruptos son siempre “los otros”.

La reflexión más clara y reciente del autor sobre este asunto aparece en la entrada “Tocar fondo para alzar la mirada”, publicada en mayo de 2026. Allí, Gonzalo Fernández Sanz, sacerdote claretiano y autor del blog El Rincón de Gundisalvus, parte de un contexto muy concreto: el clima político español sacudido por nuevas informaciones sobre una trama de corrupción que afectaría al entorno del PSOE. Pero, lejos de reducir su comentario a la coyuntura, utiliza ese episodio como punto de partida para formular una tesis de alcance general: la corrupción no es una anomalía esporádica, sino una realidad casi permanente allí donde confluyen seres humanos, dinero y poder.

Esa universalización del problema es uno de los rasgos más llamativos de su enfoque. Fernández Sanz afirma que la corrupción “ahora le salpica –una vez más– al PSOE, pero ha rondado las filas del PP y de otros partidos”, y añade que también “anida en instituciones públicas, empresas, bancos, equipos de fútbol, medios de comunicación, iglesias, jueces, etc.” La frase tiene un valor decisivo porque rompe con la tentación, tan frecuente en el debate público, de convertir la corrupción en un arma arrojadiza exclusivamente ideológica. Desde su perspectiva, el problema no pertenece a una sigla concreta, sino que forma parte de un ecosistema social y moral mucho más extenso.

Por eso, lo que piensa Fernández Sanz sobre la corrupción no puede resumirse simplemente en una condena política. Su diagnóstico es más radical. Para él, vivimos “sumergidos en un magma de corrupción” y estamos “a años luz de una cultura de la honestidad y la transparencia”. La elección de esas expresiones no es casual. Hablar de “magma” sugiere algo viscoso, extendido, difícil de delimitar y de extirpar; no un conjunto de casos aislados, sino una atmósfera. De este modo, la corrupción deja de ser solo un delito perseguible —que también lo es— para aparecer como una forma de degradación cultural compartida, sostenida por hábitos, silencios, complicidades y autojustificaciones cotidianas.

En ese punto entra en juego la dimensión antropológica de su reflexión. El bloguero no escribe como si existiera una humanidad claramente dividida entre honrados y corruptos. Más bien sostiene una idea severa: “la mayoría somos potenciales corruptos” y, para pasar “de la potencia al acto”, basta con que se den “las condiciones adecuadas”. Esta afirmación desplaza el foco desde el escándalo externo hacia el examen de conciencia. Lo que denuncia no es solo la codicia de ciertos dirigentes, sino una fragilidad moral bastante extendida. Según esa mirada, la corrupción florece cuando coinciden oportunidad, impunidad, deseo de ascenso, necesidad de reconocimiento o simple autoengaño.

¿Y cuál es, a juicio de Fernández Sanz, la raíz última del fenómeno? Su respuesta es directa y casi clásica: “¡La avaricia!”. En la entrada citada, la define como “ese afán desmedido y ese deseo insaciable de adquirir riquezas o bienes materiales para atesorarlos”. Esta explicación remite a una tradición moral y espiritual muy antigua, en la que la corrupción no nace solo de un fallo administrativo o de una deficiente arquitectura institucional, sino de una inclinación interior del ser humano a querer más de lo que necesita y a convertir la acumulación en criterio de seguridad, prestigio o poder. Desde esta óptica, la corrupción sería la forma pública e institucional de un vicio privado previamente incubado.

Está claro que la IA hace ya innecesario este blog. Tendremos que entrar en negociaciones.

jueves, 28 de mayo de 2026

Tocar fondo para alzar la mirada


¿Cuál es la mejor fecha para que el papa León XIV visite España? No existe. La elegida para su primer viaje apostólico es del 6 al 12 de junio. Calor veraniego, final de curso académico y pastoral, chicos haciendo exámenes, vacaciones a la vista… Todo esto era previsible. Con lo que tal vez no contaba el Papa era con que en estas fechas el PSOE y el presidente del gobierno iban a estar contra las cuerdas golpeados por una trama de corrupción que cada día se complica un poco más. 

Vivo a escasos 50 metros de la sede del partido en la calle Ferraz de Madrid. Ayer aumentó el número de periodistas y policías en las aceras. A primera hora de la mañana la UCO empezó a buscar documentos en la casa en la que falleció Pablo Iglesias, el fundador del partido. Cuando me acerqué a curiosear un poco, un policía me dijo: “Esto no ha hecho más que empezar”. Es probable que supiera más que lo que los ciudadanos de a pie leemos cada mañana en los periódicos. Hasta los medios claramente progubernamentales (léase RTVE, El País, Cadena Ser, etc.) empiezan a recular, conscientes de que se avecina una tormenta de efectos impredecibles. 


He escrito numerosas veces sobre el problema de la corrupción en este blog. Mi postura es de un pesimismo irredento. Donde hay seres humanos, dinero y poder, casi siempre se dispara este diablo. Ahora le salpica –una vez más– al PSOE, pero ha rondado las filas del PP y de otros partidos. Anida en instituciones públicas, empresas, bancos, equipos de fútbol, medios de comunicación, iglesias, jueces, etc. No es cuestión de rasgarse las vestiduras y jugar a hacernos los sorprendidos. 
Vivimos sumergidos en un magma de corrupción. Quien puede pone el cazo. Incluso personas respetables. 

Estamos a años luz de una cultura de la honestidad y la transparencia. Algunos casos más mediáticos llegan a los tribunales; la mayoría permanecen impunes. ¿Cuál es el origen? ¡La avaricia! O sea, ese afán desmedido y ese deseo insaciable de adquirir riquezas o bienes materiales para atesorarlos. Nunca es suficiente. Solo cuando uno aprende a vivir y disfrutar con lo que tiene supera la tentación de la corrupción. ¿Cuántas personas pertenecen a esta categoría? Conozco algunas, pero no abundan, así que –contraviniendo mi optimismo radical– creo que la mayoría somos potenciales corruptos. Para pasar de la potencia al acto solo hace falta que se den las condiciones adecuadas.


Pensándolo bien, quizá la visita del Papa se produzca en el momento oportuno. Hace falta tocar fondo, mirar de cara la podredumbre, para “alzar la mirada”. A veces las cosas tienen que empeorar para salir del engaño y reaccionar con valentía. No sé lo que dirá en su discurso en el Congreso de los Diputados. Aunque me he acreditado como “prensa” para cubrir el viaje, no creo que pueda estar en el hemiciclo. El aforo es muy limitado. Pero prestaré mucha atención a las palabras del Papa y a las reacciones de los políticos. 

Como “no hay mal que por bien no venga”, quizá su intervención pueda marcar el comienzo de un nuevo ciclo en la vida pública caracterizado por la honestidad y la colaboración. Me cuesta mucho creerlo, pero no cierro la puerta a los milagros cívicos. Apelo al deseo de verdad y justicia que pervive en todo ser humano, también en los políticos. ¿Se podría empezar una etapa de fuerte regeneración moral con el compromiso de todos, más allá de las siglas partidistas? Es posible. Hace falta que la sociedad civil no permanezca muda e indiferente. Necesitamos un cambio de paradigma cultural, una apuesta decidida por el bien común. A veces hay que tocar fondo para alzar la mirada.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Tan humano solo Dios


Ayer participé en la apertura de la 32ª Asamblea General de la CONFER (Conferencia de Religiosos de España). El lema que han elegido para la reunión de este año es: “Todos, todos, todos. Kairós sinodal”. Confieso que me temía un lema inclusivo como el que en los últimos años está de moda en ciertos ambientes: “Todos, todas, todes”. La cosa no desbarró demasiado. Hubo saludos, mensajes protocolarios y la sensación de que los consagrados nos tomamos en serio la sinodalidad más que otros grupos eclesiales. 

[Una religiosa italiana me confesó hace días que muchos sacerdotes de la histórica diócesis de Milán ironizan a menudo sobre la sinodalidad tanto como sobre el rito romano. Ellos, orgullosos herederos de san Ambrosio, se consideran por encima de estas veleidades del papa Francisco, que solo fue sucesor de san Pedro]. 


La imagen escogida para esta asamblea es una tabla de ajedrez con varias piezas en danza. Esperemos que el objetivo no sea propinar un jaque mate al rey, sino poner el acento en la diversidad de carismas y ministerios. Todos los bautizados formamos parte de la comunidad de la Iglesia y estamos llamados a caminar juntos sin perder lo específico de cada forma de vida, sin incurrir en un uniformismo asfixiante.


Como era de esperar, varios de los intervinientes aludieron a la encíclica Magnifica Humanitas que León XIV presentó el pasado lunes, a solo doce días de emprender su viaje a España. Hablar sobre “la grandeza de la humanidad” en tiempos de la IA parece algo razonable y oportuno, pero, junto al reconocimiento generalizado, arrecian también las críticas. Desde sectores muy conservadores se dice que el Papa ha seguido la estela de su predecesor y que ha hablado de temas demasiado “humanos”, dejando en penumbra la primacía de Dios. Algún experto en IA ha sometido el texto a una revisión y ha encontrado que algunos párrafos muy significativos (al menos en la versión en inglés) han sido redactados con la ayuda de la IA. Es probable que alguien sea capaz de identificar la mano de distintos redactores, como se hace en el estudio crítico de los escritos neotestamentarios. 

Yo he empezado ya a leer el texto, pero no he tenido tiempo de terminar la lectura, así que me ahorro cualquier comentario. De todos modos, a quienes piensan que el Papa aborda un tema demasiado antropológico les invitaría a revisar su teología, en especial su comprensión del dogma de la encarnación del Verbo. Quizás ahí encontrarían alguna clave “religiosa” para entender mejor el enfoque de la encíclica papal.


Termino la entrada de hoy refiriéndome a uno de los vídeos poco “religiosos” que acaban de difundirse en esta etapa preparatoria del viaje apostólico del Papa a España. El guion se reduce a dos palabras: yo y tú. La fuerza reside en las imágenes. Va en línea con el lema de la visita. Se nos invita a “alzar la mirada” del omnipresente yo al escondido tú. Solemos estar tan enredados en nuestras cosas, en nuestro pequeño mundo, que olvidamos a las personas con las que nos relacionamos. 

El viaje del yo al tú tiene un nombre cristiano: fraternidad. Y la fraternidad universal tiene un fundamento: nuestra común filiación divina. Y la filiación tiene un origen: la paternidad del Dios-Abbá. ¿Es “religioso” o no hablar de la necesaria apertura al tú? Ustedes me dirán. Lo digo para que se queden tranquilos quienes enseguida descalifican como demasiado “humanos” todos los mensajes en los que no aparece explícitamente la palabra de Dios o el título Cristo. Una lectura sosegada de Mt 25,31-46 disipa de un plumazo todas las aprensiones.



lunes, 25 de mayo de 2026

Dime cómo es tu imagen de Dios


Acabada la cincuentena pascual, regresamos al Tiempo Ordinario. Desde 2018, por expreso deseo del papa Francisco, este regreso viene marcado por la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Yo aprovecho este lunes para escribir unas líneas sobre algo que viví ayer. Por lo general, todos los domingos, después de celebrar la Eucaristía, desayunar y escribir la entrada del blog, dedico un tiempo a leer la prensa escrita. Ayer encontré dos textos que me hicieron pensar. El primero lo leí en El País Semanal. La periodista Anatxu Zabalbeascoa hace una interesante entrevista a un laico catalán que es filósofo, teólogo, historiador, antropólogo y pedagogo. 


Aunque no es conocido por el gran público, su nombre resulta familiar en los círculos intelectuales y eclesiales. Se llama Francesc Torralba. Tiene 59 años. Ha publicado ya unos cien libros. En un momento de la entrevista, la periodista le dice: “No deja de creer cuando muere Oriol”. Es una forma sutil de preguntarle por el impacto que produjo en su fe cristiana la muerte de su hijo Oriol a los 26 años. Torralba no entra a saco en el asunto. Le responde de manera indirecta: “Para entender a un ateo hay que comprender cómo se le habló de Dios cuando era niño. Tuve la suerte de recibir una formación en la que se presentaba a Dios como un oído dispuesto a escuchar, no como un ojo que vigila para condenar. Fui a un colegio laico”. Es sorprendente que, sin haber recibido una formación académica en ambientes religiosos, Torralba hubiera crecido con una experiencia de Dios como Alguien que escucha. Era una forma de decir que Dios también escuchó el dolor que le produjo la muerte de su hijo Oriol.


Enseguida relacioné las palabras del filósofo y teólogo barcelonés con las que ayer mismo escribía Manuel Vicent (90 años) en la última página de El País. La columna se titula Ejercicios Espirituales. En ella, Vicent –escritor valenciano muy reconocido– narra sus experiencias de colegial. Habla del director de una tanda de ejercicios espirituales sentado frente a una mesa camilla en una capilla en penumbra, describiendo “minuciosamente las penas del infierno sin escatimar ningún horror”. Se ve que las descripciones se le quedaron muy grabadas en su cerebro infantil porque las recuerda con detalle: “Decía que este castigo podía caer sobre un niño de siete años recién llegado al uso de razón que cometía su primer pecado o sobre un viejo a punto de morir que lo cometiera en plena agonía después de una vida intachable. Ambos serían condenados al fuego eterno para toda la eternidad”. 

Uno puede imaginar el impacto de aquellas meditaciones: “El terror llenaba toda la capilla y yo era uno de aquellos adolescentes aterrorizados”. Después de considerar que los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola “son un monumento a la psicología humana” y han sido escuela para predicadores, psicólogos y policías, concluye que “aquel terror sádico nos sirvió de palanca para conquistar este principio revolucionario: ser felices sin creernos por eso culpables”.


Yo soy 22 años más joven que Manuel Vicent y 9 más viejo que Francesc Torralba, pero mi experiencia se asemeja más a la del filósofo catalán que a la del escritor valenciano. En cualquier caso, hay algo que revelan ambos testimonios: la importancia determinante que tiene la imagen de Dios que percibimos en la infancia. Muchos de los ateos ancianos de hoy fueron educados hace 60 0 70 años en ambientes católicos (colegios y parroquias) en los que se presentaba a un Dios terrorífico que por cualquier minucia podía condenar a una persona al infierno interminable. 
Algún eco de ese terrorismo catequético llegué a percibir cuando era niño, pero no me marcó. 

No me extraña que muchos no crean (que no puedan creer) en ese Dios barbudo, controlador implacable, enemigo de los placeres de la vida. También yo me declaro “ateo” de esa imagen de Dios. Solo una fe basada en la Escritura puede liberarnos de imágenes distorsionadas que solo sirven para suscitar rechazo y alejar a muchas personas de la Iglesia. Quizá hoy está sucediendo algo semejante con la proliferación de imágenes blandas que son solo el reflejo de nuestra inconsistencia y no de la revelación de Jesús. Siempre estamos aprendiendo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Con Espíritu se vive mejor


Tras un itinerario de siete semanas desde el domingo de Pascua (5 de abril), hemos llegado a la solemnidad de Pentecostés. La liturgia nos propone tres enfoques: lucano (primera lectura), paulino (segunda lectura) y joánico (evangelio). Cada uno de ellos nos ayuda a comprender mejor qué significa la irrupción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. No se trata de reconstruir un hecho histórico desde tres perspectivas, como si fuéramos historiadores necesitados de pruebas, sino de profundizar en la misión del Espíritu Santo.


Lucas
, en su relato de los Hechos de los Apóstoles, narra, sirviéndose de los símbolos del viento y del fuego, el descenso del Espíritu sobre la comunidad de los discípulos reunida en Jerusalén. El fruto más evidente de la acción del Espíritu es el milagro de una nueva comunicación. Por una parte, los discípulos “empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”. Por otra, los muchos extranjeros presentes en Jerusalén se maravillan de que “cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. La unidad en la diversidad y el entendimiento en la diferencia son los signos de este Pentecostés universal que triunfa sobre la incomunicación babélica.


Pablo
, por su parte, en la primera carta a los Corintios (segunda lectura), ofrece una teología de este fenómeno desde la sugestiva imagen del cuerpo: “Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. Es propio del Espíritu asegurar la unidad de la Iglesia sin sacrificar la diversidad de carismas y ministerios. No hay nada más contrario al Espíritu que el uniformismo rígido. Donde hay vida, hay siempre diversidad. Por otra parte, para reconocer a Jesús como el Enviado de Dios se necesita la asistencia del Espíritu: “Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo”. Basados solo en nuestras investigaciones históricas y arqueológicas, no pasamos de ver a Jesús como un hombre sabio, un sanador o un profeta. Solo el Espíritu nos permite confesarlo como Kyrios, que es el término griego con el que la Biblia se refiere a Dios.

Finalmente, el evangelio de Juan acentúa el don del Espíritu por parte de Jesús como condición para el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Por otra parte, solo el perdón puede asegurar la paz que Jesús promete a sus discípulos –“¡Paz a vosotros!”– y el verdadero sentido de la misión: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.


Tenemos los ingredientes necesarios para celebrar esta fiesta con alegría y gratitud. En un mundo polarizado, en el que los enfrentamientos de todo tipo están a la orden del día y en el que la incomunicación se ha vuelto endémica en la era de las comunicaciones, el Espíritu nos ayuda a entendernos en la lengua universal del amor. No es necesario que renunciemos a nuestros idiomas, tradiciones o culturas. Lo que hace falta es abrirnos a su acción para encontrarnos con los diferentes. Solo así se puede articular el cuerpo de la Iglesia y el de la humanidad. La metáfora del cuerpo animado por el Espíritu incide sobre el milagro de la unidad en la diferencia. Por último, donde está el espíritu de Jesús, hay paz, perdón y misión. Estas tres palabras nos ayudan a discernir hoy las situaciones “con” Espíritu y “sin” Espíritu que se dan en la Iglesia y en el mundo. Donde predominan la violencia, la enemistad y la autorreferencialidad, allí no hay Espíritu y, por lo tanto, no hay vida. Por el contrario, donde florecen la paz, el perdón y la misión de anunciar el Evangelio, la acción del Espíritu transformador se abre camino.

¡Feliz fiesta de Pentecostés a todos los amigos del Rincón! Con la fuerza del Espíritu reanudaremos mañana el Tiempo Ordinario.

sábado, 23 de mayo de 2026

A la espera del Espíritu


Hoy hace un día de verano. En El Escorial, en donde me encuentro, el termómetro marca ya 25 grados, pero escalará hasta casi los 30 a primera hora de la tarde. Parece un clima ideal para prepararnos para la fiesta de Pentecostés. Desde la gran cristalera de la casa se divisa todo el valle vestido de un radiante verde primavera. Estoy como en un cenáculo donde esperamos la irrupción del Espíritu. Mientras algunos medios siguen hablando de la imputación del expresidente Zapatero o explican en qué consiste la “geoteología” del papa León XIV, otros prefieren centrarse en el exitazo del concierto de Bad Bunny en Barcelona. 

Hay espacio para casi todo. A veces nuestras preocupaciones coinciden con los asuntos aireados en los medios. Otras –casi siempre– discurren por otras vías. En vísperas de Pentecostés, me reconforta pensar que tanto nuestra vida personal como la historia del mundo son conducidas por el Espíritu de Dios, que nada queda fuera de su acción misteriosa y eficaz. No es necesario romperse la cabeza para que encajen todas las piezas del puzle de una realidad demasiado compleja como para ser comprendida y dominada con nuestros recursos limitados. Ya sé que hay seres humanos que sueñan con la omnipotencia, pero es solo una tentación recurrente en la historia de la humanidad que conduce a la frustración. Prefiero quedarme con las palabras del salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.


Estoy deseando leer la encíclica que el papa León XIV presentará el próximo lunes. Necesitamos hacernos a la idea de cómo va a cambiar el mundo con la IA y de cómo podemos convivir con ella sin dejarnos manipular. Es muy probable que padezcamos sus seducciones y desequilibrios antes de que seamos capaces de hacer un uso razonable. Algo parecido ha sucedido con otros instrumentos menos invasivos. 

Con la IA se da un salto cualitativo de consecuencias impredecibles. Me alegro de haber vivido muchos años de mi vida en un contexto no dominado por la IA. Tendré la posibilidad de comparar y añorar, de vivir dos maneras muy distintas de relacionarme con la realidad, dos estilos de vida y de trabajo, dos maneras de pensar y crear, dos mundos, en definitiva. Si a eso le añadimos el privilegio de haber vivido en dos siglos y dos milenios, la autoestima queda bastante satisfecha.


Termino hoy con una anécdota banal. Hace una semana pedí por internet un producto a una empresa española. Creo que me llegará a casa el lunes. Durante estos días he podido seguir su recorrido (tracking). Se fabricó en China, voló hasta España, pasó los controles aduaneros, llegó hasta el centro de distribución en Madrid, fue transportado por un proveedor local y –eso espero– llegará a mi casa “sano y salvo”. En ese momento, en la web que me sirve para controlar el proceso aparecerá el mensaje: “Producto entregado”. Habrá terminado la aventura semanal. 

¿No hubiera sido preferible haberme acercado a alguna tienda de mi barrio en la que probablemente venden productos semejantes? ¡Con toda seguridad! Sin embargo, también yo he sido víctima de la comodidad y cómplice de la deslocalización. A pesar de que me he ahorrado algunos euros, no estoy seguro de que me guste este modo “global” de funcionar. Algo me dice que este no es el camino, por más que muchas empresas europeas se hayan “chinaizado” en su interés por reducir costes y aumentar los beneficios. Pan para hoy, hambre para mañana. Al tiempo. ¡Ven, Espíritu Santo!

viernes, 22 de mayo de 2026

Si yo fuera joven, tambien iría


Esta semana ha volado. Tras un par de días con un grupo de superioras locales de las Hermanas Hospitalarias en Ciempozuelos, volví a casa reconfortado por el testimonio de quienes habitan en la frontera de las personas con enfermedades mentales. Precisamente esta mañana he leído en la prensa que 1.200 millones viven con trastornos psiquiátricos. La misión de las Hospitalarias sigue siendo muy actual, aunque, dada su avanzada edad, en Europa están dejando algunas obras o gestionándolas a través de una fundación. Algo parecido sucede con otros institutos de vida consagrada. 

Solo el paso del tiempo nos hará ver las consecuencias de este fenómeno de progresiva reducción. Apenas hay jóvenes que se sientan llamadas a seguir a Jesús haciendo presente su compasión en estas fronteras de la salud. Me temo que, a medida que avance la implantación de la IA, aumente de manera significativa el número de trastornos. No sé si el papa León XIV dirá algo sobre este asunto en su primera encíclica Magnifica Humanitas que firmó el pasado 15 de mayo –en el 135 aniversario de la Rerum novarum de León XIII– y que él mismo presentará el próximo lunes 25 en el aula del Sínodo de los Obispos.


Lo que sí sé es que la visita de León XIV a España está suscitando mucho interés. Pude comprobarlo ayer en la rueda de prensa convocada por la comisión organizadora. Nos reunimos en una sala del palacio arzobispal de Madrid para hablar solo sobre la vigilia con los jóvenes que se tendrá el sábado 6 de junio. Ahí me enteré de muchas cosas interesantes. La vigilia tendrá lugar en la plaza de Lima de Madrid –curioso lugar para un Papa que ha vivido casi 30 años en Perú– en vísperas de la solemnidad del Corpus Christi. La vigilia se concibe como un auténtico “festival de la fe” estructurado en cuatro momentos: Acogida (1), Escucha (2), Encuentro (3) y Envío (4). 

Tras la Acogida (1), en la que los jóvenes irán llegando por sectores mientras se proyectan vídeos que preparen el corazón, comenzará la Escucha (2), con las actuaciones de muchos artistas y el rezo del rosario acompañado de testimonios y la imagen de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de la archidiócesis de Madrid. El Encuentro (3) será el corazón de la noche: el Papa recorrerá el Paseo de la Castellana en papamóvil desde la Plaza de San Juan de la Cruz hasta la Plaza de Lima; subirá al escenario y dialogará con los jóvenes. Tras esto, dará comienzo el momento más especial: la exposición del Santísimo para celebrar la vigilia del Corpus. El Envío (4) consistirá en la celebración de la fe con actuaciones musicales.


Según nos contaron los organizadores, la vigilia es el fruto de un largo recorrido de participación. Una convocatoria inicial reunió a más de 150 miembros de distintas parroquias y movimientos de la Provincia Eclesiástica de Madrid, de la que surgieron tres equipos de trabajo (coordinación, creativo y artístico-musical) con protagonismo de los jóvenes y la colaboración de adultos: sacerdotes, religiosos, religiosas y profesionales de distintos ámbitos. De este proceso ha surgido también la Cruz Peregrina que presidirá la vigilia. Durante la vigilia funcionarán tres puntos de escucha en los alrededores de la Plaza de Lima, atendidos por personas formadas, en continuidad con los centros de escucha que la diócesis de Madrid viene impulsando como preocupación personal del Cardenal José Cobo.

La música será el hilo conductor de la noche. La selección musical está pensada para hablar al corazón de los jóvenes en su propio lenguaje. La primera tanda de artistas confirmados está formada por Siloé, Beret, Mr. Rain, Inazio, Hey Kid y Lola Tuduri. La segunda tanda, que incorporará también cantantes de música católica, se anunciará próximamente.


La jornada se prolongará durante la noche del 6 al 7 de junio con La Noche en Blanco y Amarillo, una iniciativa que toma su nombre de los colores de la bandera del Vaticano. La Noche en Blanco abrirá gratuitamente los grandes museos de Madrid con horario extraordinario. La Noche en Amarillo abrirá parroquias del centro de Madrid durante toda la noche como espacios de silencio y oración. La iniciativa nace también de una realidad práctica: muchos jóvenes no podrán regresar a sus casas entre el fin de la vigilia y el acceso al recinto donde se celebrará la Misa del domingo, por lo que se les invita a pasar esas horas rezando por los frutos de la Visita Apostólica.


Con un programa tan atractivo, si yo fuera joven (los organizadores han estirado el límite de la juventud hasta los 39 años), no dudaría ni un instante en unirme a esta iniciativa. Como la mayoría de los amigos de este Rincón no podréis estar físicamente en la Plaza de Lima, os invito a seguir la vigilia por internet o por televisión. No os vais a arrepentir.



domingo, 17 de mayo de 2026

A más ascensión, más misión


Hemos celebrado tantas veces la fiesta de la Ascensión del Señor que no resulta fácil dejarnos sorprender por la fuerza de la liturgia y comprender el significado de este Misterio. A los primeros cristianos les pasó algo semejante. No sabían cómo explicar que Jesús ya no estuviera (físicamente), pero sí estuviera hasta el final de los tiempos (espiritualmente). No existía vocabulario (ni en arameo, ni en griego ni en latín) para expresar algo tan insólito y a la vez tan real, algo que se imponía a la razón y, al mismo tiempo, algo que había que creer. 

Echaron mano de una panoplia de verbos y giros lingüísticos: Jesús resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos, fue exaltado a la derecha de Dios… Resurrección, ascensión y exaltación son conceptos que nosotros manejamos hoy con cierta precisión teológica, pero, en su origen, fueron balbuceos para expresar algo inefable. Las lecturas de este día nos ayudan a comprender en qué consiste este hecho (1), qué implica para nosotros (2) y qué consecuencias se derivan (3).


El hecho (1) lo narra con su habitual precisión Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles: “A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Los dos elementos son importantes: “fue elevado al cielo” (entró en la esfera de Dios) y “se lo quitó de la vista” (dejó de ser visible en la esfera de los seres humanos). El hecho es obvio: en un determinado momento de la historia Jesús dejó de estar al alcance de la mano, dejó de vivir bajo condiciones espacio-temporales. Solo de este modo, “elevado al cielo”, puede llegar a ser “el contemporáneo de todo hombre” (Karl Barth). Solo así, por la fuerza del Espíritu que trasciende el espacio y el tiempo, podemos encontrarnos con Él en el siglo XXI. 

En realidad, la ausencia física no es motivo de tristeza, sino de alegría, porque inaugura una nueva y definitiva presencia. El último versículo del evangelio de Mateo lo expresa con rotundidad: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. El Enmanuel (Dios-con-nosotros) anunciado al comienzo del evangelio (Mt 1,23) es el mismo Enmanuel (yo-estoy-con-vosotros) que nos promete su presencia permanente al final del mismo (Mt 28,20). No estamos solos. No somos huérfanos. Estamos habitados por la presencia de Dios.


Este hecho contundente tiene claras implicaciones (2) para nosotros. Las explica Pablo en su carta a los Efesios. Necesitamos comprender “cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. También nosotros estamos llamados a “ascender al cielo”, a participar de la plena comunión con Dios. 

En cierto sentido, Jesús ha inaugurado el camino de vuelta a la casa del Padre que todo estamos llamados a recorrer. No hay, pues, motivo para la incertidumbre y menos para la desesperación. Naturalmente, esto no se comprende a base de razonamientos. Por eso, Pablo le pide a Dios que “os (nos) dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis”. Es hermoso caer en la cuenta de la referencia a los “ojos del corazón”. Es una forma metafórica de hablar de una interioridad abierta al Misterio, no cerrada en sí misma, de un yo que es capaz de entender y saborear las cosas de Dios.


La consecuencia (3) fundamental de este proceso es la misión de la Iglesia. Siempre en compañía de Jesús y animados por su Espíritu, no nos quedamos esperando de brazos cruzados, sino que somos enviados a “hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, enseñándoles a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado. Una misión vigorosa y alegre es la mejor forma de testimoniar la esperanza que nos anima. A más ascensión, más misión. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma y da vuelta a sus problemas e intereses, enferma y pierde la esperanza. Cuando se pone en camino y anuncia el Evangelio, rejuvenece y se mantiene viva. 

Por eso, hoy, fiesta de la Ascensión, celebramos la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En las sociedades modernas, el anuncio del Evangelio pasa también por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con este motivo, el papa León XIV nos ha enviado un mensaje titulado “Custodiar voces y rostros humanos”. En el actual contexto digital, el Papa nos recuerda que “custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos”.

sábado, 16 de mayo de 2026

Volvemos a alzar la mirada


He comenzado el día leyendo el artículo que el profesor Mariano Delgado ha publicado en Religión Digital. Se titula: “La Iglesia española a la espera del Papa: Buscando un regreso”. Aunque es español, el profesor Delgado lleva años viviendo y enseñando en Austria y Alemania. León XIV es estadounidense, pero conoce muy bien el contexto español e hispanoamericano. Necesitamos voces que, conociendo y amando nuestro contexto, nos ayuden a “alzar la mirada”. De otro modo, naufragamos en las tensiones provocadas por las elecciones andaluzas, el viaje de Isabel Díaz Ayuso a México, la esperpéntica conferencia de prensa de Florentino Pérez o la estrategia laicista del actual gobierno, que entiende la aconfesionalidad del estado como la vía más expedita hacia un laicismo confesante. 

El texto bíblico elegido como lema de la visita apostólica del Papa está tomado del capítulo 4 del evangelio de Juan, el que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. En la traducción de la CEE, el texto suena así: “¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos” (Jn 4,35-38).


Jesús nos invita a alzar la mirada (o a “levantar los ojos”) para ver los campos que ya están dorados para la siega. No suele ser este el punto de vista de muchos cristianos. A menudo, cuando miramos nuestra sociedad, lo que solemos destacar es la falta de frutos maduros. Nos quejamos –yo mismo lo he hecho muchas veces en este Rincón– de los bautizados que viven “como si Dios no existiera”, del laicismo cultural impulsado por el gobierno y ciertas élites intelectuales, de la deshumanización creada por la revolución digital y de los peligros que nos vienen con la irrupción de la IA, del problema de la vivienda y de la enorme fractura entre los muy ricos y una masa cada vez más numerosa de personas con sueldos precarios, del sinhogarismo, de la corrupción política, del clericalismo eclesial, de las manipulaciones de los medios de comunicación, del mercado de algoritmos, de la fragilidad del sistema educativo… 

Para destacar todas estas cosas y otras semejantes no es necesario ningún esfuerzo. El “enfoque clínico” (el que suele ver lo que no funciona en un grupo o sociedad, sus enfermedades y desajustes) se activa por defecto. Basta oír las conversaciones entre amigos, las tertulias radiofónicas y televisivas o el bosque de comentarios en las redes sociales. Todos somos expertos en denunciar los males de nuestra sociedad exhibiendo una panoplia de argumentos que no son sino repetición de los que escuchamos a otros. Cuando este “enfoque clínico” es el dominante, las personas y los grupos se deprimen. En vez de esforzarnos por buscar soluciones eficaces a los problemas identificados, encontramos un cierto placer en repetirlos, acentuarlos y amplificarlos.


La visita del papa León XIV es una clara invitación a “alzar la mirada” para ver que, mientras muchas personas se esfuerzan por hacer este mundo irrespirable, otras muchas (científicos, profesores, médicos, artistas, técnicos, padres y madres de familia, educadores, misioneros… incluso políticos), movidas por el Espíritu de Dios, están sembrando de verdad, bondad y belleza nuestros campos. Es hora de abrir los ojos y percibir todos estos signos. Es hora de agradecerlos. Es hora de multiplicarlos. Es hora de cambiar de actitud. Una persona, un grupo o una comunidad que se dedican solo a quejarse, nunca salen de su hoyo. Repetir ad nauseam que “esto va mal” solo sirve para multiplicar la negatividad. 

Lo que necesitamos es “alzar la mirada” para ver la realidad con más perspectiva, para no reducirnos solo a nuestro pequeño ángulo de visión. Es hora de valorar, apreciar, dar gracias, impulsar, soñar un futuro diferente. Disponemos de los recursos humanos y materiales necesarios. Lo que hace falta es tejer redes, superar las actitudes cainitas y excluyentes, potenciar lo que porta vida, colaborar con otros, poner el acento en el bien común, no en los intereses particulares. Si algo aporta la fe cristiana a la existencia humana es una mirada alta, de largo alcance, que nos permite ver las cosas como Dios las ve (desde el amor) para no quedar atrapados por nuestra mirada miope (que acentúa siempre lo que no funciona).



viernes, 15 de mayo de 2026

Viva san Isidro


San Isidro, patrón de Madrid, ha estado muy presente en este blog a lo largo de los años. Hoy, minutos antes de salir para la pradera del Santo para participar en la misa de campaña, vuelvo sobre la figura de este santo madrileño medieval que está de moda. Se habla incluso de un “activismo chulapo” ligado a su figura, como si esta ciudad cosmopolita, víctima del turismo masivo y de la gentrificación, necesitase volver a sus raíces espirituales para no perder su identidad. Como sucede casi siempre con los santos de un pasado remoto, la historia y la leyenda se entremezclan. No siempre es posible deslindarlas, pero eso interesa poco. El símbolo se come a la realidad. La fiesta la recrea

Lo que más me llama la atención no es que Isidro de Madrid fuera un esposo ejemplar, un padre modélico, un agricultor laborioso y un hombre de oración, sino que su figura haya saltado del siglo XII al siglo XXI y siga siendo luminosa. En la eucaristía que acabo de celebrar con la comunidad concepcionista, he puesto de relieve tres palabras tomadas de las lecturas de hoy que pueden ser significativas para nosotros: paciencia, fruto, perseverar. Las tres se repiten en la carta de Santiago (primera lectura) y en el evangelio de Juan.


La paciencia es la virtud típica de los agricultores. Las cosechas no dependen solo de su trabajo, sino de las condiciones del tiempo. Tienen que aprender a esperar que cada fruto madure en el momento oportuno. La impaciencia es el defecto típico de quienes vivimos en una cultura digital. Todo lo queremos al instante. No sabemos esperar. Nos ponemos nerviosos cuando los procesos se demoran. Hemos perdido capacidad de atención y de aguante. Nos parece que la velocidad es la característica de una sociedad evolucionada. 

Sin darnos cuenta, nos volvemos ciegos para la espiritualidad. Sin paciencia no hay madurez humana posible. Los cambios requieren tiempo, avances y retrocesos. Tenemos mucho que aprender de los labradores. Isidro, por medieval que sea, se convierte en un símbolo de la santa paciencia, la virtud de los fuertes.


Fruto es un término que se opone a producto. Los frutos se dan en el ámbito de la naturaleza y, por extensión, en el del crecimiento humano. Los productos pertenecen al campo de lo artificial, de lo que los humanos elaboramos con nuestras capacidades e instrumentos. Es evidente que con las revoluciones industrial y digital hemos dado pasos de gigante en la fabricación de productos que mejoran nuestra vida en muchos aspectos. No es lo mismo viajar en una vieja tartana que en un moderno automóvil. 

No es tan seguro que hayamos avanzado en la producción de frutos que nos ayuden a crecer como seres humanos y como hijos e hijas de Dios. Para ello, se requiere estar conectados a la raíz, a la vida, que es Cristo. Él lo ha dicho con rotunda claridad: “Sin mí no podéis hacer nada”. Sin estar unidos a Jesús, tal vez podamos producir productos, pero no frutos. Esto explica nuestro enorme progreso material y nuestro empobrecimiento espiritual. Y así saltamos a la tercera palabra.


Permanecer es un verbo que se repite a menudo en el evangelio de Juan: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Permanecer en Jesús implica vivir la fe como comunión con su persona, no solo como opción racional o sentimental. El verbo permanecer está ligado al sustantivo paciencia. Para permanecer hay que tener paciencia, no desesperar en los momentos de prueba, aceptar las crisis, confiar contra toda esperanza. 

En un contexto de volatilidad extrema, se nos hace cuesta arriba permanecer. Cuando nos cansamos de creer, queremos probar otras experiencias. Los verbos que hoy se conjugan más son cambiar, experimentar, ensayar, probar. Nos parece que el verbo permanecer es demasiado conservador cuando, en realidad, es el que nos permite seguir creciendo porque nos mantiene conectados a la raíz de la que nos llega la savia vital.


¿Se puede presentar a san Isidro como un modelo de paciencia y perseverancia en medio de las pruebas de la vida? Creo que sí. Por eso –como cantamos en el salmo responsorial de hoy– 
“será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal 1). Los frutos son la expresión de la unión con Jesús: acequia de agua de vida.

Os dejo con un vídeo del madrileño Pablito Tedeka, que recrea un chotis clásico con desparpajo contemporáneo. ¡Viva san Isidro! Feliz fiesta para todos los madrileños y los amigos del Rincón. 



jueves, 14 de mayo de 2026

Amistad sin contacto


Hace casi seis años escribí sobre la cultura “sin”. Con esa expresión me refería al hecho de que hoy tenemos pan sin gluten, leche sin lactosa, cerveza sin alcohol, zumos sin azúcar, aceitunas sin sal, carnes sin grasa, conservas sin conservantes, café sin cafeína y una larga lista de productos “capados”, si se me permite la expresión. Junto a esta lista de alimentos podríamos crear otra lista de experiencias humanas sin algo que les sea esencial: por ejemplo, fe sin práctica, magisterio sin conocimiento… y amistad sin contacto. 

Hoy me fijo en esta última realidad. Cuando las personas vivían en entornos rurales o urbanos pequeños era posible tener un círculo reducido de amigos y cultivar la relación con ellos de manera asidua. En esos contextos había –y todavía hay– amigos que se veían casi todos los días. Podían pasear juntos, conversar, jugar, tomar algo y, en definitiva, profundizar en su relación. Esa convivencia acababa produciendo una gran sintonía. Es probable que en algún caso esas amistades carecieran de la imprescindible distancia que es necesaria en toda relación, pero, por lo general, ayudaban a las personas a experimentar que no caminaban solas en la vida, que podían compartir sus alegrías y penas con alguien que iba a aceptarlas y comprenderlas. El principal rasgo era la compañía.


Hoy, en el contexto urbano y digital, hemos multiplicado las relaciones, pero ya apenas nos acompañamos. 
Según su naturaleza, estas relaciones reciben nombres distintos. A veces, somos “amigos” (Facebook); otras, “suscriptores” (YouTube), “seguidores” (X), “usuarios” o simplemente “contactos” (WhatsApp). En esta última plataforma yo tengo 980 “contactos”. Con la mayoría mantengo relaciones muy esporádicas. Aún así, son muchos con los que me comunico a menudo por razones personales, laborales o pastorales. Domina la funcionalidad sobre la compañía. 

Tengo compañeros que presumen de tener casi “un millón de amigos”, como cantaba el viejo Roberto Carlos hace medio siglo. Basta que hayan conocido a una persona –sobre todo si es famosilla–y hayan intercambiado unas cuantas frases con ella, para decir que es “un íntimo amigo de toda la vida”. Me parece una devaluación de la amistad. Una cosa es tener muchas personas “conocidas” y otra muy distinta es tener “amigos”. Este último término –a pesar del uso abusivo de Facebook– solemos reservarlo para aquellas personas con las que tenemos una relación de “afecto personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato” (RAE). El último rasgo es el más problemático. Vivimos un ritmo de vida tan disperso y acelerado que no siempre resulta fácil el “trato”.


Es verdad que una de las experiencias más hermosas con los amigos verdaderos es que, aunque pase mucho tiempo sin vernos o sin comunicarnos, cuando nos encontramos parece que no ha pasado el tiempo, que enseguida descubrimos que estamos en la misma onda. Pero también es verdad que cuando el trato va disminuyendo hasta casi desaparecer las relaciones pueden morir. 

¿Cómo es posible mantener un “trato” asiduo con las muchas personas que la vida (o Dios) ha ido poniendo en nuestro camino? Muchas de ellas viven a veces a miles de kilómetros de distancia, incluso en otros continentes. Pasan años sin vernos. Las conversaciones telefónicas, las videollamadas o los mensajes se van distanciando cada vez más. Al final, una “amistad sin contacto” acaba siendo un hermoso recuerdo, quizá incluso un vínculo afectivo, pero no una experiencia viva. 

Para que la amistad madure y crezca, es imprescindible cultivarla. Se requiere trato, contacto. Si nunca nos encontramos con nuestros amigos, si nunca les llamamos por teléfono o les escribimos, si nunca nos preocupamos por ellos, ¿en qué consiste la amistad? ¿Solo en un sentimiento vaporoso? Admiro a las personas que saben cultivar lo que aprecian, que dedican atención, tiempo y recursos a las personas que quieren. En la eclosión digital de “amigos” que hoy padecemos, esto se ha hecho casi imposible. Por eso, se puede dar la paradoja de tener una lista infinita de “contactos” y, al mismo tiempo, experimentar una incurable soledad. Este es uno de los dramas de nuestro tiempo, quizás más presente en los adolescentes y jóvenes. 




miércoles, 13 de mayo de 2026

Sosiego en la batalla


Hoy me ha tocado madrugar. A las 7 de la mañana estaba ya celebrando la Eucaristía con la comunidad concepcionista porque a las 8 hemos comenzado el Rosario de la Aurora por el cercano parque de Debod. La mañana era fresca. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero nos ha respetado. Durante tres cuartos de hora hemos rezado el rosario caminando por el parque. Al final, los muchachos que portaban la imagen de la Virgen la han colocado en un gran capitel de piedra que hay en el centro de la pequeña plaza circular. Algunos se han acercado a deponer ramos de flores mientras todos entonábamos el Ave de Fátima en el día en el que conmemoramos las apariciones de la Señora a los tres pastorcitos de Cova de Iría. 

La estampa era llamativa. Mientras algunas personas madrugadoras paseaban a sus perros o corrían por los senderos del parque, otros –quizá unos 100– caminábamos rezando con el rosario en la mano. En esa variopinta asamblea había religiosas, alumnos y profesores del colegio de las concepcionistas, feligreses de la cercana parroquia de Buen Suceso y alguna otra persona del barrio. Me dicen que otros años hubo alguien que increpó al grupo. Este año todo se ha desarrollado con serenidad y buen ritmo.


Los “rosarios de la aurora” fueron una práctica devocional muy popular hace décadas. Hoy, en nuestra cultura urbana, constituyen, más bien, una excepción. A mí me gusta unirme a las expresiones de piedad popular. Percibo otra forma de entender la fe. No siempre sintonizo con ella, pero eso no significa que la desprecie. Hay algo de provocativo en un grupo que madruga para rezar el rosario al aire libre mientras la gente va a su trabajo, hace deporte o simplemente compra el periódico o pasea al perro. 

Estoy seguro de que más de uno de estos viandantes matutinos habrá sentido un poco de curiosidad al ver a un grupo de adolescentes, religiosas, tres sacerdotes y personas entradas en años ir detrás de una imagen de la Virgen sostenida en andas por cuatro muchachos. Alguno habrá pensado que se trataba de un grupo de frikis nostálgicos de los tiempos del nacionalcatolicismo, una expresión más del auge de la ultraderecha, que es como se etiqueta ahora a quienes se salen un poco del mainstream. Es probable que alguien haya podido sentir nostalgia de su fe infantil, oxidada por el paso de los años. La mayoría miraban con santa y respetuosa indiferencia.


En los pueblos pequeños, las devociones populares suelen convocar a la mayoría de sus habitantes. En ellas encuentran una expresión hermosa de su identidad colectiva. Hoy, en tiempos de confusión y de identidades líquidas, hay jóvenes que se aferran a ellas, aunque no conecten con sus motivaciones profundas. Les gusta experimentar que pertenecen a una comunidad, disfrutan con sus ritos y buscan estrechar lazos afectivos. 

En las ciudades, conviven ritualidades distintas y hasta divergentes. Algunos procesionan detrás de un paso de Semana Santa; otros se suben a una carroza en la fiesta del Orgullo, y los hinchas del equipo de fútbol que gana la Liga, la Copa o cualquier otro campeonato se visten con su camiseta y se lanzan en tromba a la calle coreando los nombres de sus héroes. 

En este mosaico abigarrado de manifestaciones populares, que 100 personas recen el rosario por un parque es una manifestación más que no llama demasiado la atención. O sí. La imagen de la Virgen María no es comparable a una copa o a cualquier otro símbolo. María es la Madre del pueblo. Su sola presencia despierta en nosotros nuestra vocación de hijos. A veces, podemos disfrutar de esta filiación desde la fe; otras podemos vivirla como ausencia, como una orfandad que no acaba de encontrar reposo. En cualquier caso, la Madre nunca nos deja indiferentes. Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a encontrar refugio en ella. Eso pone sosiego en las batallas de la vida. 



martes, 12 de mayo de 2026

De día y de noche


Acabo de venir del centro CEDIA, de Cáritas, que es un espacio para acoger a personas sin hogar. El papa León XIV lo visitará el día de su llegada a Madrid el próximo 6 de junio por la tarde. Será como su puerta de entrada en nuestra ciudad. Hoy los organizadores de la visita papal habían convocado a la prensa para que pudiéramos conocer el centro de primera mano. Ahí estaban los periodistas de RTVE, la COPE y de muchos otros medios impresos y audiovisuales. Antes de recorrer las instalaciones que visitará el papa, Juanjo (el director del centro) y María (la psicóloga) nos han contado la historia de este proyecto y su realidad actual. 

Todo comenzó hace ya 49 años de manera muy sencilla. Entonces se trataba de un pequeño equipo que iba con una furgoneta repartiendo café caliente por las noches a algunas personas que dormían en la calle. Después abrieron un centro cerca del Senado en el que acogían a personas sin hogar. En 2008 se inauguró el centro actual en el barrio de Lucero. Acoge a personas –entre los 18 y los 65 años– las 24 horas del día y de la noche. En 2019 hicieron una gran reforma. Ahora disponen de 92 plazas: 47 nocturnas (solo para hombres), 20 (para mujeres) y 25 (solo para el centro de día). El año 2025 pasaron por CEDIA 2.534 personas, de las que pudieron acoger a 880. La permanencia máxima, salvo excepciones, es de un mes. En ese tiempo algunas personas encuentran otro alojamiento o son derivadas a centros de larga estancia.


Como los responsables nos han dicho, CEDIA no es un centro de entretenimiento, sino de entrenamiento para la vida. Uno puede irse y regresar si es necesario. En torno a un 20% de los que salen logra encontrar un trabajo. Muchos de los residentes son personas que han llevado una vida “normal” y que, por circunstancias (despidos laborales, divorcios traumáticos, etc.) se encuentran en situación de calle. El 75% son varones y el 25% mujeres. La media de edad está bajando. Ahora se sitúa en torno a 30 años. La precariedad laboral y el alto precio de la vivienda arrojan a muchos jóvenes a la calle. 

La mayoría son españoles, latinoamericanos, magrebíes y subsaharianos, pero los hay también de otras partes del mundo. En cualquier caso, todos son tratados con la dignidad que merecen por parte de los más de 40 trabajadores y voluntarios. Para significar esto, nos han entregado a cada uno un frasquito con tierra del lugar para recordarnos que CEDIA en un “terreno sagrado” en el que hay que descalzarse. Aunque disponen de instalaciones funcionales y realizan diversas intervenciones de ayuda, la herramienta principal es el afecto. Solo cuando las personas se saben aceptadas y queridas pueden rehacer sus vidas.


La visita del papa León –que se asomará a la vida cotidiana de estas personas y conocerá de cerca su situación– dará visibilidad a un problema que a menudo no queremos afrontar. Solemos mirar para otro lado. La gente sin techo está ahí, en la Gran Vía y en otras muchas calles, viaductos y puentes de Madrid, pero pasa desapercibida. Estropea la belleza de la ciudad. Aparte de factores personales y familiares, una de las causas principales del sinhogarismo es el precio prohibitivo de los alquileres y de las compras de vivienda. Hay personas que apenas ganan el salario mínimo (1.221 euros brutos al mes) y pagan 700 euros por una habitación dentro de un piso compartido. Esto es a todas luces abusivo. 

Suele decirse que lo normal sería destinar en torno al 30% del salario a gastos de vivienda si de verdad tomáramos en serio que se trata de un derecho ciudadano reconocido por la Constitución. En el momento actual estamos muy por encima de ese porcentaje. ¿Por qué no se logra un gran pacto social para afrontar en su raíz este problema? Si algo sobra en España es suelo. Cuando no se aborda, como sí se hizo en otros momentos de nuestra historia, uno sospecha que hay oscuros intereses que lo impiden. Deseo de corazón que la visita del papa sirva para abrirnos los ojos a una realidad que está afectando no solo a quienes viven en la calle, sino a los muchos miles de personas que sobreviven en situaciones precarias y son víctimas de abusos, a menudo por parte de sus mismos colegas.