
Todos los días, al comienzo de la Eucaristía, saludo a la asamblea con estas palabras: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros”. Están tomadas casi literalmente de un fragmento de la segunda carta de Pablo a los corintios (13,13) que leemos en la segunda lectura de esta solemnidad de la Santísima Trinidad. Pareciera que Dios habla griego. El texto relaciona la cháris (gracia) con el Señor Jesucristo, la agápe (amor) con Dios (Padre) y la koinonía (comunión) con el Santo Espíritu.
Estos rasgos atribuidos al Misterio de los Misterios no son fruto de la especulación humana, sino de la revelación de la Palabra de Dios. Cuando uno piensa que el universo se originó hace aproximadamente 13.800 millones de años y que hoy es una realidad inabarcable, en constante expansión, no puede por menos que preguntarse, una y otra vez, cómo se originó todo, si hay una inteligencia enérgica que hizo el “ajuste fino” para que, en el inmenso parque galáctico, surgiera la vida y, más específicamente, la especie humana. Los científicos se debaten entre atribuirlo todo al azar o postular la existencia de una suprema Inteligencia creadora y ordenadora.

Los cristianos no dejamos de ser personas buscadoras. También nosotros nos dejamos cuestionar e iluminar por la ciencia y la filosofía, recogemos el legado de las grandes religiones de la humanidad, oscilamos entre el craso escepticismo y la credulidad piadosa, pero, el final, lo que determina nuestra fe no es el resultado de ninguna investigación, sino el asentimiento a una revelación que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo. Fiados de su palabra, sabemos que el universo entero es fruto del amor de un Dios que no es una realidad solitaria, sino un Misterio de amor en el que –dicho con categorías demasiado humanas– hay tres Personas (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) que comparten una sola naturaleza divina.
La Escritura habla de cháris, agápe y koinonía. Son vocablos torpes que nos sirven para intuir cómo es ese Dios revelado por Jesús. Es gracia, amor, comunión. Cada uno de estos conceptos nos lleva a un pozo sin fondo. Todos están alejados de otras imágenes de Dios que han contaminado nuestra fe en Él. Aquí no se habla de control, juicio o tiranía. Solo el amor es digno de fe.
Y lo mejor de todo es que nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios, somos una Trinidad diminutiva. Nuestra constitución es trinitaria. Hablemos en términos de inteligencia, sentimiento y voluntad (o con otras categorías más modernas), estamos diciendo que somos una unidad en la pluralidad, un reflejo de Dios. Y lo mismo confesamos de la Iglesia y de la humanidad. Abiertos al Misterio de Dios, la unidad nunca es uniformidad, sino rica diversidad. Y la diversidad nunca es babélica, sino expresión de unidad profunda. ¡Cómo cambiaría todo si viviéramos a fondo la fe en el Dios Padre, Hijo y Espíritu, en el Dios amor, gracia y comunión! Este es el secreto de la existencia.

Dentro de la variedad de formas de vida cristiana, el Espíritu ha suscitado algunas que englobamos en la categoría de “vida contemplativa”. Ellas exageran proféticamente la vocación a la que todos estamos llamados: ser adoradores del Dios Uno y Trino. Su vida dedicada a la alabanza del Misterio y al silencio contemplativo es un recordatorio permanente de lo esencial de la existencia, del verdadero Dios en el que creemos, de lo único necesario. Por eso, en esta solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la Jornada Pro Orantibus. El lema de este año en España es: “Vida contemplativa, ¿por quién eres?”.
Tendríamos que estar muy agradecidos a los hombres y mujeres que, sin dejar de estar con los pies en este mundo, nos recuerdan que no somos del mundo, que nuestra verdadera patria está junto al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los monasterios contemplativos siguen siendo en esta sociedad secularizada un poderoso imán que nos atrae. Aunque nos parezca que no somos creyentes, no podemos eliminar nuestra marca de fábrica. Nos lo recuerda una persona que se debatió entre la fe y la duda, que atravesó muchas etapas en su itinerario de búsqueda y que, al final, fue “derrotado” por la fuerza de la Palabra de Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no descanse en Ti” (San Agustín). Pues eso.
¡Gracias !Gonzalo.
ResponderEliminar!Nuestra mayor Alabanza y Oración!
al "MISTERIO TRINO" que nos ama y creó.
Y que se evidencia en
AMOR, GRACIA ,COMUNION., para la Humanidad.