domingo, 17 de mayo de 2026

A más ascensión, más misión


Hemos celebrado tantas veces la fiesta de la Ascensión del Señor que no resulta fácil dejarnos sorprender por la fuerza de la liturgia y comprender el significado de este Misterio. A los primeros cristianos les pasó algo semejante. No sabían cómo explicar que Jesús ya no estuviera (físicamente), pero sí estuviera hasta el final de los tiempos (espiritualmente). No existía vocabulario (ni en arameo, ni en griego ni en latín) para expresar algo tan insólito y a la vez tan real, algo que se imponía a la razón y, al mismo tiempo, algo que había que creer. 

Echaron mano de una panoplia de verbos y giros lingüísticos: Jesús resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos, fue exaltado a la derecha de Dios… Resurrección, ascensión y exaltación son conceptos que nosotros manejamos hoy con cierta precisión teológica, pero, en su origen, fueron balbuceos para expresar algo inefable. Las lecturas de este día nos ayudan a comprender en qué consiste este hecho (1), qué implica para nosotros (2) y qué consecuencias se derivan (3).


El hecho (1) lo narra con su habitual precisión Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles: “A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Los dos elementos son importantes: “fue elevado al cielo” (entró en la esfera de Dios) y “se lo quitó de la vista” (dejó de ser visible en la esfera de los seres humanos). El hecho es obvio: en un determinado momento de la historia Jesús dejó de estar al alcance de la mano, dejó de vivir bajo condiciones espacio-temporales. Solo de este modo, “elevado al cielo”, puede llegar a ser “el contemporáneo de todo hombre” (Karl Barth). Solo así, por la fuerza del Espíritu que trasciende el espacio y el tiempo, podemos encontrarnos con Él en el siglo XXI. 

En realidad, la ausencia física no es motivo de tristeza, sino de alegría, porque inaugura una nueva y definitiva presencia. El último versículo del evangelio de Mateo lo expresa con rotundidad: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. El Enmanuel (Dios-con-nosotros) anunciado al comienzo del evangelio (Mt 1,23) es el mismo Enmanuel (yo-estoy-con-vosotros) que nos promete su presencia permanente al final del mismo (Mt 28,20). No estamos solos. No somos huérfanos. Estamos habitados por la presencia de Dios.


Este hecho contundente tiene claras implicaciones (2) para nosotros. Las explica Pablo en su carta a los Efesios. Necesitamos comprender “cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. También nosotros estamos llamados a “ascender al cielo”, a participar de la plena comunión con Dios. 

En cierto sentido, Jesús ha inaugurado el camino de vuelta a la casa del Padre que todo estamos llamados a recorrer. No hay, pues, motivo para la incertidumbre y menos para la desesperación. Naturalmente, esto no se comprende a base de razonamientos. Por eso, Pablo le pide a Dios que “os (nos) dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis”. Es hermoso caer en la cuenta de la referencia a los “ojos del corazón”. Es una forma metafórica de hablar de una interioridad abierta al Misterio, no cerrada en sí misma, de un yo que es capaz de entender y saborear las cosas de Dios.


La consecuencia (3) fundamental de este proceso es la misión de la Iglesia. Siempre en compañía de Jesús y animados por su Espíritu, no nos quedamos esperando de brazos cruzados, sino que somos enviados a “hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, enseñándoles a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado. Una misión vigorosa y alegre es la mejor forma de testimoniar la esperanza que nos anima. A más ascensión, más misión. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma y da vuelta a sus problemas e intereses, enferma y pierde la esperanza. Cuando se pone en camino y anuncia el Evangelio, rejuvenece y se mantiene viva. 

Por eso, hoy, fiesta de la Ascensión, celebramos la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En las sociedades modernas, el anuncio del Evangelio pasa también por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con este motivo, el papa León XIV nos ha enviado un mensaje titulado “Custodiar voces y rostros humanos”. En el actual contexto digital, el Papa nos recuerda que “custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos”.

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