
Me gusta el mes de mayo. Los días son largos, la temperatura es cálida sin llegar a los extremos del verano, hay una explosión de hojas y flores en los parques y jardines y todos comienzan a soñar con las vacaciones mientras ultiman los trabajos del curso académico o laboral. Si a este tono primaveral le añadimos el toque litúrgico (mayo es un mes pascual) y mariano (en Europa, mayo es el mes de María), entonces la combinación es perfecta. Lo pensaba ayer, último día de abril, mientras me hacía diez kilómetros a pie por el centro de Madrid durante algo más de dos horas.
Caminando por el paseo del Prado, subiendo la calle de Alcalá o deambulando por la remozada plaza de España, viendo a la gente pasear, conversar o tomar algo en las innumerables terrazas, sentía que el arte de vivir consiste a veces en algo tan sencillo como contemplar la naturaleza, disfrutar de una conversación y tomar una cerveza fría con un grupo de amigos. A esta sabia conclusión se llega después de siglos intentando fórmulas variadas. Solo los pueblos con una larga historia descubren que estas cosas sencillas son más humanas y placenteras que trabajar sin horario, multiplicar los viajes o idear abstrusas interpretaciones acerca del origen del mundo o el sentido de la vida.

Escribo con la ventana abierta para que me entre el reflejo del sol de mediodía. El termómetro marca 21 grados. No hay ruido de coches. Muchos madrileños han abandonado la ciudad para disfrutar de un largo fin de semana. Se oye el ladrido lejano de un perro callejero. Repaso mentalmente mis planes para estos días de asueto sobrevenido. Necesito descansar.
Mientras en los juzgados se habla de corrupción y los periódicos editorializan el asunto según su tendencia, yo me prometo a mí mismo no dejarme contaminar por el exceso de bazofia. No soy indiferente a lo que se está cociendo en el mundo de la política, pero tampoco quiero que mi vida gire en torno a ella.
¿Qué más tiene que suceder para que abramos los ojos y no repitamos errores? Es triste reconocerlo, pero tenemos los políticos que se corresponden con nuestra insensatez y nuestros votos. Es muy fácil dejarnos seducir y engañar. Casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde, deudores como somos de la televisión y el marketing político. Nos encandila un ligero aumento de sueldo o de pensión, aunque luego la inflación y los impuestos se lo coman con nocturnidad y alevosía.
En otros tiempos se protestaba. Hoy, anestesiados por la vida cómoda y las redes sociales, preferimos dejar que las cosas pasen, con la esperanza –a menudo vana– de que algún día cambiarán por arte de magia. Algunos trabajadores salen hoy a la calle “contra el precio de la vivienda y el auge de la ultraderecha”, pero más parece un rito de otros tiempos que una verdadera reivindicación de hoy. También los sindicatos padecen el desmantelamiento de las instituciones.

La única que se mantiene fiel a su cita y a su esencia es la primavera. Le da igual que gobierne la izquierda o la derecha, que suba el precio del petróleo o que Trump amenace con retirar las tropas de España e Italia. La naturaleza también cambia, pero sus ciclos no funcionan al ritmo de nuestros relojes.
No sé si, tras la IA (Inteligencia Artificial), vendrá la NA (Naturaleza Artificial), pero mucho me temo que ese es el sueño de algunos desaprensivos que, sin haber leído el Génesis, todavía se empeñan en comer del árbol del bien y del mal (cf. Gen 2,17) y creer que no va a pasar nada. Cuando nos toque vagar desnudos fuera del paraíso, caeremos en la cuenta de nuestro estúpido error, pero en algunos casos será demasiado tarde. El orgullo suele ser ciego.
Ahora me sorprende el canto de uno de los gorriones que revolotea por el pequeño jardín de nuestra casa. Me gustaría descifrar su trino. Aventuro una traducción que no ha pasado por el filtro de ningún traductor automático. Creo que lo que el gorrión canta es más o menos esto: “Mirad los pájaros del cielo como yo: no sembramos ni segamos, ni almacenamos y, sin embargo, el Padre celestial nos alimenta. ¿No valéis vosotros más que nosotros?”. ¿Dónde he leído yo algo parecido?
Tengo la impresión de que este gorrión es una especie de psicoterapeuta a domicilio. ¡Manda narices! ¡Que tenga que ser un gorrión quien nos enseñe el camino de la vida! Y nosotros tan seducidos por las últimas aplicaciones de IA cuando tenemos desde hace siglos consejeros que revolotean a nuestro lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.