jueves, 30 de abril de 2026

Lo que va de Charles a Donald


Está dando mucho que hablar el discurso que anteayer pronunció el rey Carlos III del Reino Unido en el Congreso de los Estados Unidos. Muchos analistas lo presentan como una obra maestra de la diplomacia. Supo combinar profundidad, concisión, elegancia, crítica y humor, sin perder nunca la compostura y la flema británicas. 

Más allá de la simpatía o antipatía que provoque en nosotros el personaje, merece la pena destacar algunos elementos de su aplaudida intervención. 

Extraigo, en primer lugar, varias perlas de humor. La primera es muy conocida. Suele citarse a menudo cuando se quiere acentuar las diferencias entre el inglés británico y el americano:

«Y durante todo ese tiempo, nuestros destinos como naciones han estado entrelazados. Como dijo Oscar Wilde: “Hoy en día tenemos realmente todo en común con Estados Unidos, salvo, por supuesto, el idioma”».

Ya se sabe que a los ingleses les suena muy nasal y rudo el inglés que se habla en Estados Unidos. A los estadounidenses, por su parte, el inglés británico les parece demasiado formal y anticuado.

La anécdota del rehén palaciego, típicamente británica, tiene también su gracia y su moraleja:

«Como sabrán, cuando me dirijo a mi propio Parlamento en Westminster, seguimos una tradición ancestral y tomamos «como rehén» a un diputado, reteniéndolo en el Palacio de Buckingham hasta que regreso sano y salvo. Hoy en día, cuidamos tan bien de nuestro «invitado» que a menudo no quiere marcharse. No sé, señor presidente, si hoy hay algún voluntario para desempeñar ese papel aquí».

Para poner de relieve el distinto concepto del tiempo que rige en cada uno de los dos países, Carlos III apostilló con ironía:

«Los Padres Fundadores fueron rebeldes audaces e imaginativos que luchaban por una causa. Hace doscientos cincuenta años, o, como decimos en el Reino Unido, «hace solo unos días», declararon la independencia».


Y ahora entramos en cuestiones más de fondo. El rey Carlos enfatizó mucho las raíces democráticas de ambos países en este año en que se celebra el 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos de la corona británica:

«Con el espíritu de 1776 en nuestras mentes, quizá podamos estar de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo —al menos en un primer momento—. De hecho, el principio mismo sobre el que se fundó su Congreso —no hay tributación sin representación— fue a la vez un desacuerdo fundamental entre nosotros y, al mismo tiempo, un valor democrático compartido que ustedes heredaron de nosotros».

Un aspecto que extraña mucho a los políticos del centro y del sur de Europa (y, de manera especial, a los españoles) es la mención a las raíces cristianas de nuestros países y, en general, al significado de la religión en la sociedad. Carlos III fue muy explícito al respecto y, al mismo tiempo, muy abierto y respetuoso de la diversidad:

«Y, señor presidente, para muchos de los aquí presentes —y para mí mismo—, la fe cristiana es una firme ancla y una inspiración diaria que nos guía no solo a nivel personal, sino también como miembros de nuestra comunidad. Habiendo dedicado gran parte de mi vida a las relaciones interreligiosas y a un mayor entendimiento, es esa fe en el triunfo de la luz sobre la oscuridad la que he visto confirmada en innumerables ocasiones. A través de ella, me inspira el profundo respeto que se desarrolla a medida que personas de diferentes credos crecen en su comprensión mutua. Por eso es mi esperanza —mi oración— que, en estos tiempos turbulentos, trabajando juntos y con nuestros socios internacionales, podamos impedir que los arados se conviertan en espadas».

¿Podemos imaginar en España a un político expresándose en estos términos? Es casi imposible. Enseguida sería acusado de no respetar la  aconfesionalidad del Estado y otras lindezas semejantes. Por si no bastara con referirse a la fe en general, Carlos III fue todavía más explícito cuando aludió a su experiencia personal del tiempo litúrgico:

«Soy consciente de que aún estamos en el tiempo de Pascua, la época que más fortalece mi esperanza. Por eso creo, de todo corazón, que la esencia de nuestras dos naciones es la generosidad de espíritu y el deber de fomentar la compasión, promover la paz, profundizar en el entendimiento mutuo y valorar a todas las personas, de todas las religiones y de ninguna».


Han sido muy aplaudidas y comentadas sus palabras en relación con el respeto a la objetividad de la ley, en clara crítica a los comportamientos arbitrarios de Donald Trump, aunque sin citarlo:

«Nuestros ideales comunes no solo fueron fundamentales para la libertad y la igualdad, sino que también constituyen la base de nuestra prosperidad compartida. El Estado de derecho: la certeza de unas normas estables y accesibles, un poder judicial independiente que resuelve los conflictos y administra justicia de forma imparcial. Estas características crearon las condiciones para siglos de un crecimiento económico sin igual en nuestros dos países. Por eso nuestros gobiernos están firmando nuevos acuerdos económicos y tecnológicos: para escribir el próximo capítulo de nuestra prosperidad conjunta y garantizar que el ingenio británico y estadounidense siga liderando el mundo».

No faltó una referencia al gran desafío ecológico que estamos afrontando en este siglo XXI. Es conocida la sensibilidad de Carlos III hacia este tema y su lucha a favor de la sostenibilidad del planeta. Después de ponderar las bellezas naturales de los Estados Unidos, en un claro y diplomático ejercicio de captatio benevolentiae, añadió:

«Sin embargo, al tiempo que celebramos la belleza que nos rodea, nuestra generación debe decidir cómo hacer frente al colapso de sistemas naturales fundamentales que amenaza mucho más que la armonía y la diversidad esencial de la naturaleza. Ignoramos, por nuestra cuenta y riesgo, el hecho de que estos sistemas naturales —en otras palabras, la propia economía de la naturaleza— constituyen la base de nuestra prosperidad y nuestra seguridad nacional».

Sin entrar ahora a juzgar la coherencia moral del personaje u otros aspectos controvertidos de su trayectoria, siempre se aprende algo de figuras que parecen llevar la historia a las espaldas. La diferencia entre Charles y Donald es bastante evidente.



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