
Leo los periódicos del día y no sé con qué quedarme. Casi todas las informaciones me invitan a apearme de este mundo. Comprendo que haya personas que prefieran vivir desconectadas. Hoy por hoy, yo no me puedo permitir este lujo, así que no tengo más remedio que filtrar lo que veo y leo para que no me hiera demasiado y, si es posible, para aprender algo. Un lector del Rincón me ha enviado un vídeo sobre la estupidez. El mensaje es claro: estamos dominados por personas ignorantes que no reconocen sus límites y, a pesar de sus carencias, consiguen liderar las mayorías aborregadas. El algoritmo nunca va a recomendar una entrada de este “aburrido” blog, por ejemplo, pero seguramente va a promocionar hasta el paroxismo cualquier ocurrencia de un tiktoker por descabellada que sea. La cosa no va de pensar o motivar, sino de impactar y entretener.
Ya no tengo edad para provocar el interés a cualquier precio, así que me limitaré a escrutar algunas realidades y a practicar el noble arte de (sobre)vivir. No soy una persona pesimista, pero sí abrumada por lo que hoy vivimos. Se me hace muy indigerible el mundo que estamos construyendo. Me rebelo contra la deshumanización progresiva. Temo que nos convirtamos en extraños los unos para los otros y que las máquinas, además de resolvernos muchos problemas cotidianos, nos impongan su estilo de vida artificial. Los móviles ya lo están consiguiendo. No quiero pensar lo que sucederá cuando estemos rodeados de robots y otros dispositivos de IA. No sé si lo veré, pero no falta demasiado tiempo para que suceda.

Mientras tanto, miro por la ventana y veo un precioso sol de abril. La primavera no ha sido controlada todavía por Alexa. Los árboles de la calle Buen Suceso tienen hojas frescas y las praderas del vecino parque del Oeste lucen espléndidas. La naturaleza viene en nuestra ayuda para que no sucumbamos bajo el peso de nuestra estupidez hecha electrónica. Todavía hay gente que compra el periódico en el quiosco y pasea a su perro, aunque sea a costa de ensuciarnos la calle con sus orines intempestivos. El aire todavía no está saturado, como en los días de la canícula madrileña. Sopla una brisa fresca que hace agradable un paseo por Rosales.
Desde primera hora de la mañana comienzan a moverse las hordas de turistas. Los chinos y japoneses casi siempre van en grupo. Abundan los estadounidenses, franceses, indios y un sinfín de hispanoamericanos de diversas procedencias. Madrid se va a convertir en un parque temático si es que no se ha convertido ya. Casi todo el centro está más pensado para los que llegan que para los que vivimos aquí. Los comercios locales son sustituidos por franquicias de marcas internacionales. Menudean los apartamentos turísticos, los hoteles remozados y los restaurantes con propuestas extravagantes para guiris que pagan y se van. Hasta el parque del Retiro ha dejado de ser un tranquilo oasis urbano para convertirse en un hervidero de turistas que no quieren dejar de visitar uno de los lugares recomendados por sus guías digitales.

¿Qué significa vivir bien? Me lo pregunto cada vez con más frecuencia cuando leo noticias de multimillonarios que no paran de enriquecerse y gentes que duermen en la Gran Vía guarecidas por cartones de Primark o Zara. ¿De qué nos sirve avanzar tanto en algunos campos y seguir sin resolver las cuestiones más básicas? Si sigue habiendo miles de personas que no tienen un hogar, que apenas pueden comer y que carecen de casi todo lo necesario, ¿qué me importa a mí el soterramiento de la A-5 o la renovación del estadio Bernabéu? En otras palabras, ¿cuáles son las prioridades de una sociedad verdaderamente humana?
Me gusta que Madrid mejore sus infraestructuras y se ponga guapa para los turistas, pero me gustaría mucho más que resolviera de una vez por todas el problema del sinhogarismo y no dejara a ningún ciudadano sin las necesidades básicas cubiertas. Me vienen a la memoria las palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”. Podríamos retraducirlas así: “Buscad primero que todos los seres humanos vivan con dignidad y luego dedicaos a hacer parques y estadios, renovar avenidas e inventar artilugios”.
En fin, se ve que el polen de primavera afecta a mis conexiones neuronales. Buen finde. Mis amigos de Siloé ponen un poco de ritmo en medio de estos pensamientos inconexos.
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