domingo, 26 de abril de 2026

¿Qué tenemos que hacer?


La incertidumbre es uno de los rasgos de nuestro tiempo. No sabemos qué nos va a deparar el futuro. No tenemos el optimismo de los años 60 del siglo pasado. Y quizá tampoco el pesimismo de los años 70. Simplemente, estamos desconcertados y quizá perdidos. En este contexto, cobra actualidad la pregunta que los judíos formularon a Pedro y los demás apóstoles el día de Pentecostés: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”. Aparece en la primera lectura de este IV Domingo de Pascua

Muchas personas esperan una respuesta nítida que disipe sus dudas y les muestre un camino claro. Por eso, hoy tienen tanto éxito los grupos sociales, políticos y religiosos que ofrecen certezas y liderazgos fuertes. El riesgo de manipular e infantilizar a las personas es manifiesto, pero muchos están dispuestos a pagar este precio con tal de sentirse seguros. Prefieren la seguridad a la libertad. Otros navegan a sus anchas, sin sentirse coaccionados, a no ser por las infinitas normas con que nos atiborra la sociedad burocratizada. La Unión Europea, por ejemplo, es una fábrica de normas y directrices para casi todo. Puedes abortar y solicitar el suicidio asistido, pero ¡ay de ti si fabricas una botella de plástico con el tapón suelto o das un puntapié a un perro callejero que intenta morderte!


Frente a la búsqueda obsesiva de seguridad por parte de algunos y la libertad irresponsable por parte de otros, Jesús nos ofrece una respuesta liberadora: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. No solo eso, Jesús nos ofrece un camino de plenitud: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Los evangelios aplican a Jesús muchas metáforas que nos resultan familiares (luz, agua, camino, pastor), pero, como sus discípulos, no acabamos de entender bien en qué sentido puede ser “puerta”. Él mismo lo explica: “Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. 

Hay muchas puertas pasadas y presentes que conducen a la perdición. Y, sin embargo, presionados por la publicidad y la coerción social, las franqueamos a menudo. Son las puertas del consumo, la apariencia, el poder… Son puertas manejadas por “ladrones y bandidos”, pero, como prometen mucho, acabamos entrando por ellas. Seguimos votando a políticos mentirosos y corruptos. Compramos productos que han sido fabricados explotando a los trabajadores. Consumimos sustancias y alimentos dañinos para la salud.


¿Qué tenemos que hacer? La pregunta sigue en el aire. Indica malestar, preocupación, deseo de verdad. La respuesta exige conversión: “Entrar por la puerta que es Cristo”. Pero no para encontrar una seguridad que nos libre de pensar por nosotros mismos y tomar decisiones responsables, sino para encontrar una vida plena. Jesús no nos quiere ovejas robotizadas, sino seguidores adultos que asumen el peso de la libertad. Él no nos atosiga con un cúmulo de preceptos para que sepamos siempre lo que tenemos que hacer, sino que nos concede su Espíritu para que discernamos cómo vivir y actuar en cada momento. 

La comunidad de discípulos de Jesús (la primitiva y cualquiera contemporánea) no es una secta en la que el líder nos lava el cerebro y nos manipula a su antojo, sino un grupo de hombres y mujeres libres que aspiran a vivir en verdad, libertad y amor y, de esta manera, disfrutar de una vida abundante. No es fácil encontrar cristianos con esta madurez. O inclinamos el platillo de la balanza hacia una espiritualidad infantil y dependiente que busca obsesivamente la seguridad, o hacemos de nuestra capa un sayo, víctimas del relativismo. Lo que Jesús nos propone es más profundo, exigente y liberador: creer en Él y vivir como personas libres y responsables.


Celebramos hoy la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado: El descubrimiento interior del don de Dios. Merece la pena leerlo. El Papa nos invita a “crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.