
Hay una época de nuestra vida en la que devoramos los libros. Nos parece que la acumulación de lecturas conduce a la sabiduría. Puede que hasta logremos un buen nivel de erudición. Pero llega otra etapa en la que el exceso produce agotamiento. Ya no buscamos cantidad, sino calidad. Podemos tener la impresión de que la mayoría de los libros son cancerosos. Multiplican las palabras como células malignas sin satisfacer el alma. Hoy se publican infinidad de libros que casi nadie lee. [Quizás podríamos decir algo parecido de los blogs digitales y otros productos de Internet].
Cuando veo que algunos autores han publicado un centenar de libros, me pregunto qué extrañas motivaciones los empujan a ser tan prolíficos. Enseguida me vienen a la cabeza los versos de Juan de la Cruz en la estrofa sexta del Cántico Espiritual: “No quieras enviarme / de hoy más ya mensajero, / que no saben decirme lo que quiero”. Esa es mi impresión cuando leo los periódicos impresos o digitales, cuando ojeo las novedades en una librería o cuando contemplo los estantes de mi biblioteca llenos de libros. La profusión de palabras y de ideas acaba produciendo indigestión intelectual y parálisis afectiva. Algo de esto estamos viviendo hoy. El exceso de estímulos tiene un efecto paralizante. Muchos adolescentes y jóvenes sufren crisis de ansiedad porque se sienten abrumados por una montaña de palabras que “no saben decirles lo que quieren (o necesitan)”.

Otro maestro espiritual como Ignacio de Loyola lo dice de otra manera al comienzo de sus célebres Ejercicios Espirituales: “No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y el gustar de las cosas internamente” (n. 2). Ese “sentir y gustar” solo se logra en la oración pausada. Para ello, pocas palabras bastan. Llega un momento en que sobran los libros de meditación que en otro tiempo parecieron profundos y sugestivos. Las ideas brillantes pierden importancia. Las concatenaciones lógicas se antojan esqueléticas.
Lo único que harta y satisface el alma es la fuerza y el consuelo de la Palabra de Dios. Las palabras humanas pueden ser claras, profundas, sugestivas, hermosas, estimulantes y todos los sinónimos que queramos añadir. Pero solo la Palabra de Dios es “revelada”. Solo la Palabra de Dios tiene la garantía de trasmitirnos lo que Dios quiere comunicarnos. Por eso, en un determinado momento del itinerario espiritual nos centramos en ella, bebemos de ella. Eso no significa arrinconar por completo otras palabras humanas que pueden ayudarnos, pero sí establecer una jerarquía de prioridades.

En este Rincón he hablado muchas veces de la necesidad de cultivar una espiritualidad basada en la Palabra de Dios. Tengo la impresión de que nuestra fe no tiene fuerza suficiente para iluminar las complejas situaciones que hoy vivimos porque no acaba de enraizarse en la Palabra. A menudo pone el acento en afinidades ideológicas, pertenencias institucionales o experiencias emotivas. Todos estos fundamentos son endebles y efímeros. Solo la Palabra de Dios “permanece para siempre” (Is 40,8; 1 Pe 1,25). De hecho, las personas que cultivan una espiritualidad de la Palabra adquieren ese sexto sentido que les permite ver toda la realidad con ojos de fe. Son bendecidos con “la mente de Cristo” (1 Cor 2,16), de modo que pueden adoptar la perspectiva, las actitudes y los valores de Jesús en la vida diaria. Tener “la mente de Cristo” implica pensar, sentir y actuar con humildad, amor y obediencia a Dios.
Aunque las condiciones de vida cambien, la Palabra de Dios nos mantiene cimentados en la verdad, nos libera de la volatilidad e incertidumbre que culturalmente vivimos, sostiene la esperanza en un contexto en el que muchas personas la han perdido. La carta a los Hebreos lo dice con otras expresiones: “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Heb 4,12-13).
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