lunes, 27 de abril de 2026

Podemos ser mejores


Hay muchas causas que explican el malestar social. Tienen que ver con la salud, las relaciones, la economía y hasta con el clima. Pero hay una que me parece la más decisiva. Para ser mejores con los demás, para no escupir violencia en las relaciones sociales y contribuir a que todo funcione un poco mejor, es menester que uno esté a buenas consigo mismo. Estar a buenas con nosotros mismos significa que aceptamos con serenidad lo que somos y tenemos, que hemos descubierto la belleza de la vida, que nos sentimos a gusto dentro de nuestra piel. Una persona reconciliada consigo misma no necesita contaminar a los demás o verter veneno en las tuberías sociales para sentirse mejor. Disfruta de la vida con gratitud y procura que los demás también disfruten. Valora y agradece cada pequeño detalle. No siente envidia ni se deja dominar por la codicia o el resentimiento.

Una persona que se acepta con serenidad saluda a los demás, evita cualquier palabra indecorosa, cuida las calles y los espacios comunes (parques, jardines, autobuses, trenes, etc.) como si se tratara de su propia casa. No tira papeles o chicles al suelo, no hace pintadas en los edificios, no habla por teléfono a gritos cuando va en el transporte público, no maltrata a los animales, no insulta en el parlamento o en las reuniones de vecinos, no propaga cotilleos infundados, no se escaquea de su trabajo con cualquier pretexto, no abusa de los servicios de urgencias en los hospitales, no anda siempre inventándose agravios y reclamando derechos, cede el puesto a las personas mayores o enfermas en los medios de transporte, trata con respeto a los sanitarios, a los camareros de los bares y a los dependientes de las tiendas y comercios, sonríe cuando saluda y procura escuchar más que hablar.


¡De qué manera tan sencilla podríamos cambiar nuestro mundo si todos fuéramos un poco mejores! Pero, por desgracia, lo que observamos a diario dista bastante de este sueño. Cuando paseo por la Gran Vía de Madrid y veo cómo muchas personas (locales y turistas) arrojan al suelo desperdicios teniendo papeleras a pocos metros, cuando veo las farolas recubiertas de pegatinas de todo tipo, cuando hay pintadas ensuciando edificios históricos y algunos setos desprenden olor a orines, me pregunto por qué nos empeñamos en hacer tan desagradable la convivencia, qué ganamos siendo mediocres.

Más allá de explicaciones coyunturales, creo que la razón última de estas actitudes y conductas es que sus responsables no están a gusto consigo mismos. El malestar social es reflejo del malestar personal. Una persona feliz no necesita molestar a los demás, latratar a los animales o dañar el ambiente. Disfruta cuidando todo porque quiere que también los demás disfruten, porque está acostumbrada a no desperdiciar recursos, porque ha aprendido a sacar partido de todo. En definitiva, podemos ser mejores si aprendemos a conocernos, aceptarnos y querernos. Podemos ser mejores si, queriéndonos a nosotros, extendemos este amor a las demás personas y al entorno.


Pero, ¿cómo vivir reconciliados con nosotros mismos? ¿Cómo no exudar descontento, malestar y violencia? ¿Cómo ser artesanos de paz, belleza y armonía? La clave no está en hacer uno de esos cursos de taichí o meditación trascendental que se publicitan por las calles, en correr cada día diez kilómetros, o en seguir una dieta saludable. La clave no  reside en pasar de la ética a la estética para aterrizar en la dietética, como está sucediendo hoy. Por si hubiera alguna duda, basta ver los múltiples programas de cocina en la televisión, la moda de los restaurantes de lujo o la proliferación de gimnasios, centros de estética, etc. 

La clave está –no hay otra– en caer en la cuenta de que existimos porque somos amados. Nuestra vida no es producto del azar, sino fruto del amor de Dios. Cuando una persona se sabe querida por Dios, solo tiene motivos para dar gracias. No necesita compararse con nadie, enfadarse con el mundo o deteriorar el entorno, no alberga sentimientos de revancha, no va por la vida con cara de vinagre. No mira a los demás por encima del hombro, no busca su beneficio a cualquier precio, no se goza con la mentira o la mezquindad. 

Una persona que se sabe amada por Dios disfruta viendo a los demás como hijos e hijas del mismo Padre; es decir, como hermanos y hermanas en Cristo. Todo lo demás (su etnia, nacionalidad, lengua, orientación sexual, ideología política o religión) pasa a un segundo plano. Todos sin excepción somos habitantes de este planeta Tierra. Todos sin excepción podríamos ser mejores si supiéramos de dónde venimos y a adónde vamos. ¿Por qué perdemos con tanta facilidad estas referencias esenciales? ¿Qué extraño virus ha contaminado nuestro GPS personal hasta el punto de hacernos perder el rumbo de nuestra vida?

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