sábado, 4 de abril de 2026

¿No oís ya el susurro de la vida?


La naturaleza se ha vuelto pascual antes de tiempo, como si quisiera vestirse de luz y calor para acoger la noticia de que Cristo ha resucitado. Tras los días ventosos y fríos, la meteorología se ha aliado con la liturgia. Hoy, Sábado Santo, ha amanecido un día radiante y sereno. Por todas partes se respira calma. El silencio con el que terminamos ayer la celebración de la Pasión se prolonga en esta jornada de espera. 

Conviene no llenar de actos devocionales un día que apunta a la solemne Vigilia Pascual de esta noche. Este barbecho litúrgico nos permitirá celebrar con más fruición “la madre de todas las vigilias”, “la noche de las noches”.


Impresiona ver la fotografía del planeta Tierra tomada desde la cápsula espacial Orión. Además de corregir las visiones terraplanistas que aún perviven, nos hace comprender que todos habitamos la misma “casa común”, que las divisiones que hacemos en nuestros mapas (pueblos, ciudades, regiones, países) pueden ser beneficiosas para una convivencia cercana, con tal de que no pierdan esta perspectiva global. Somos todos ciudadanos de un planeta en el que todo está interconectado. Las divisiones políticas (más o menos artificiales) no pueden superponerse a la unidad geográfica más primigenia. 

También esta visión tiene que ver con el Misterio Pascual que estamos celebrando. Leemos en la carta a los Efesios: “Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad” (Ef 2,13-14). La muerte de Cristo ha derribado el muro que separaba a los seres humanos. Su resurrección inaugura la nueva familia de los hijos e hijas de Dios. ¿No es esto lo que celebramos en la Pascua? ¿No es este el “paso” que necesitamos para hacer frente a las guerras y divisiones que nos desangran?


Esta noche nos dejaremos conducir por la pedagogía de los símbolos. Con el fuego comprenderemos que Cristo es la luz que vence toda oscuridad. El agua nos recordará que hemos sido purificados en el Bautismo y hechos hijos de Dios. La Palabra –tan abundante en su variedad de lecturas– nos dará indicaciones precisas para proseguir el camino. Y el pan y el vino consagrados nos alimentarán con la energía del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Conviene acercarse a la celebración de esta noche sin prisas. El reloj no cuenta. Manda la liturgia y su secuencia hermosa y distendida. 


Para llegar bien dispuestos, el Sábado Santo es un día de serenidad y descanso, de acompañar a la Madre en la “hora” de su Hijo, de sumergirnos en el sepulcro de las preguntas no respondidas y de las crisis no resueltas. Sin tomar medidas a la profundidad de nuestros sepulcros, nos será difícil percibir la magnitud y belleza de la subida. 

En el Credo apostólico confesamos que Jesús “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó entre los muertos”. El Sábado Santo subraya ese descenso a los infiernos antes de la resurrección del tercer día. Cristo se acerca a quienes viven ya el infierno en esta tierra para devolverles la esperanza de una salida definitiva. El susurro de la Vida se siente por todas partes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.