
Nos atrae mucho poder ver “la cara oculta de la luna”. Quizá por eso seguimos con tanto interés las peripecias de la misión espacial Artemis II. Ya en 1973, mis admirados músicos del grupo Pink Floyd publicaron The Dark Side of the Moon. Las canciones de este octavo álbum de la banda trataban temas como el conflicto, la codicia, el tiempo, la muerte y las enfermedades mentales. En realidad, el título del disco no era “la otra cara”, sino “el lado oscuro” de la luna.
La metáfora me sirve para poner nombre a lo que observo cada mañana. Madrid es una ciudad maravillosa, en continua evolución. Me gusta repasar algunas de las grandes obras en curso que son muestra de “la cara visible” de esta urbe cosmopolita: soterramiento de la A-5, bulevar Cibeles-Puerta de Alcalá, parque Castellana, parque Ventas, Ciudad de la Justicia, nuevo complejo médico de La Paz, Ciudad del Deporte, intercambiador de Méndez Álvaro, prolongación de la línea 11 del Metro, circuito Madring de Fórmula 1, renovación de las estaciones de tren de Atocha y Chamartín, renovación del complejo de Azca, nueva estación de Metro Bernabéu, ampliación y renovación del aeropuerto de Barajas, el gran proyecto Madrid Nuevo Norte… y un sinfín de obras menores.
Las próximas elecciones municipales y autonómicas se prevén para la primavera de 2027. En cuanto empiece el nuevo año, se pondrá en marcha una cascada de inauguraciones. Llegaremos a los comicios con muchos deberes hechos y una buena campaña publicitaria en marcha. De eso saben mucho los políticos.

Madrid está de moda. Es evidente. Las grandes transformaciones urbanas van acompañadas por la llegada de un número creciente de ejecutivos, inmigrantes y turistas nacionales e internacionales, hasta el punto de que estamos rozando casi la saturación. No me extrañaría que pronto se intensificaran las quejas de los vecinos por esta avalancha incontrolada y quizás incontrolable. El auge de los pisos turísticos, por ejemplo, resulta doloroso en un contexto en el que hay escasez de vivienda y los precios de los alquileres no dejan de subir.
La hermosa luna de Madrid tiene también su “otra cara”. O, por decirlo con la metáfora de Pink Floyd, su “lado oscuro”. Como decía antes, lo compruebo cada mañana en el corto trayecto que separa mi casa del colegio de las Madres Concepcionistas en la calle Princesa en el que celebro la Eucaristía cotidiana. Es un verdadero laboratorio de realidad social. Por lo general, junto a edificios imponentes, me encuentro con tres o cuatro personas sin techo que duermen en los alrededores. No acabo de acostumbrarme a esta realidad, por más que sea tan habitual.

La primera persona es un hombre de mediana edad que se acurruca en su saco de dormir bajo el alero de la iglesia del Buen Suceso. Cuando se hace de día, pliega los cartones que le han servido de guarida durante la noche y deja libre el espacio. A menudo, solía discutir con el antiguo sacristán de la parroquia. La segunda es una mujer muy extraña, enfundada en un anorak, con gafas de sol y una maleta en la mano. A veces, está en una de las marquesinas del autobús; otras, en un banco frente a una residencia de ancianos. Más de una vez, ha defecado en esos lugares. Los servicios de limpieza enseguida los limpian, pero sirve de poco. Vuelve a las andadas. Debe de padecer algún trastorno mental. Algunos días permanece taciturna. Otros días, como hoy, por ejemplo, no paraba de gritar: “¡Asesinos, terroristas!”. Creo que se refiería a los policías municipales que le llaman la atención.
La tercera persona es un viejo poeta sucio y desaliñado que desde hace años vive en un pequeño carrito como si fuera su domicilio. Obligado por las obras de remodelación del hotel Meliá-Princesa, ha debido trasladar su vivienda móvil a la acera de enfrente, muy cerca del palacio de Liria. Pero no renuncia a permanecer de pie en su antigua “parcela” para no perder sus derechos. A él se añaden otros dos vagabundos, siempre con una botella de vino en la mano y mal vestidos, que deambulan de un sitio para otro, aunque no parece que duerman en la zona.

La pregunta es obligada: ¿Cómo somos capaces de hacer obras de tanta magnitud como el soterramiento de la A-5 o el complejo Madrid Nuevo Norte y no podemos resolver el problema del sinhogarismo? Estoy seguro de que el Samur Social ha entrado en contacto con estas personas. Es probable que ellas hayan rechazado las ayudas de los albergues municipales o de los comedores sociales, pero algo hay que hacer. La grandeza de una ciudad no se mide solo por sus grandes monumentos u obras públicas, sino por la capacidad colectiva para prevenir la marginación social y, en su caso, integrar a quienes, por múltiples razones, viven en situaciones precarias.
Esta “cara oscura” también pertenece a la ciudad. Necesitamos una especie de operación social Artemis II para darla a conocer y encontrar cuanto antes una solución. ¡Ojalá los políticos pusieran tanto interés en estos asuntos sociales como en las inauguraciones de obras!
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