viernes, 3 de abril de 2026

Hoy es Viernes Santo


Sigue el viento frío, a pesar de que las previsiones apuntan a una clara mejoría. Dentro de unos minutos presidiré el Viacrucis que se tendrá dentro de la iglesia parroquial. Por la tarde tendremos la celebración de la Pasión del Señor. No hay más actos devocionales. En mi pueblo natal la Semana Santa es muy sobria. Tampoco hay apenas procesiones callejeras. Acaso la procesión va por dentro. Veo senderistas por el monte. No sé lo que significa para ellos este día. Es probable que mantengan algunos recuerdos infantiles, pero en sus planes no incluyen los ritos litúrgicos. Han venido a descansar y pasear, no a pasar frío en una enorme iglesia de piedra. 

Este es para mí el rostro actual del Viernes Santo, ese desenganche progresivo de una fe que ya no se vive ligada a la vida, que ya no forma parte de nuestras prioridades. La “muerte de Dios” se disfraza hoy de indiferencia. No hay agresividad, sino olvido. No hay razonamiento, sino desconexión. No hay pasión, sino rutina. En esa procesión primigenia que va de la torre Antonia al Gólgota no somos de los que gritan: ¡Crucificadlo! Simplemente, volvemos la mirada hacia otro sitio y proseguimos nuestro camino. Lo de Jesús no tiene nada que ver con lo que mueve nuestra vida real.

A las siete de la tarde comenzaremos la celebración de la Pasión en silencio absoluto. No haabrá saludo litúrgico. Tampoco habrá despedida. El Viernes Santo forma parte del Día que empezamos ayer por la tarde. Leeremos la pasión según san Juan. Permaneceremos un largo rato de pie. Por momentos, perderemos el hilo del relato, pero es muy posible que algunas palabras nos alcancen como dardos rusientes. Es probable que, al narrar el momento de la muerte de Jesús, nos venga el recuerdo de muertes cercanas. 

Después adoraremos la cruz sin saber muy bien qué significa ese beso furtivo. Quizá no se nos ocurra pensar que ese beso implica la aceptación de las cruces que la vida nos vaya presentando. Es una especie de alianza con la cruz de Jesús. Es bueno que conservemos ese beso en nuestra memoria. Necesitaremos volver a él cuando nos visite el sufrimiento y no sepamos cómo afrontarlo. El canto se convertirá en un estribillo contagioso: “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

Terminaremos participando del pan consagrado ayer. Recordaremos las palabras de Pablo: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Saldremos de nuevo a la calle. Los bares estarán abiertos. Las gentes seguirán tomando cerveza, comentando asuntos políticos o haciendo apuestas sobre el desenlace de la misión Artemisa II. Los creyentes nos sentiremos un poco como ciudadanos de otro planeta. No podemos bajar del Calvario y ponernos a hablar de fútbol, como si nada hubiera pasado. Somos hijos de nuestro tiempo indiferente, pero somos, ante todo, seguidores del Maestro. Tal vez el silencio contemplativo sea la mejor reacción. 

Sin palabras que decir, podemos dejar que la Palabra proclamada siga resonando. Solo ella puede hacernos comprender la magnitud de la “muerte de Dios” y la esperanza que se incuba en su sepulcro. No regresaremos a casa desconsolados, sino expectantes. No pensaremos que, muerto Jesús, todo termina, sino que nos prepararemos mejor para el estallido de la resurrección. Solo se hace cargo de la fuerza de la vida quien ha probado en sus carnes el sinsentido de la muerte. Dejaremos que el Sábado Santo incube una esperanza indestructible. Viviremos este tiempo asidos a María, la mujer que entendió sin entender. La noche nos sorpenderá en vela, con la lámpara de la fe encendida.

1 comentario:

  1. He podido leer la entrada del Blog, al mediodía y me ha ayudado a vivir mejor la celebración de la tarde… Hemos coincidido en horarios y celebraciones y ello también me ha ayudado a entender la Iglesia universal.
    Acompañar a Jesús en el camino de la cruz, nos hace conscientes también de las muchas cruces que tenemos en nuestro mundo… Podemos vivirlo como una llamada a descubrir por donde va nuestra vida.
    Gracias Gonzalo por ayudarnos a descubrir todo lo que representa, para nuestras vidas, la Semana Santa. Continuamos unidos acompañando a María, mañana, en su dolor y soledad y al atardecer, el gran momento de la Resurrección.

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