
Hoy se cumple un año de la muerte del papa Francisco. Su sucesor, León XIV, acaba de llegar a Guinea Ecuatorial procedente de Angola. Está poniendo en práctica la invitación de Francisco a ser siempre una Iglesia en salida, misionera.
La medida humana de una persona la da la historia. ¿Cómo recordamos a Francisco a un año de su muerte y cómo lo recordaremos dentro de diez o veinte años? Para algunos cristianos muy críticos con la figura de Francisco, tras años de desconcierto, ha llegado el tiempo de volver a la normalidad. Para otros, creo que la mayoría, el legado del Papa argentino va más allá de su estilo personal, más o menos aceptado. Permanece en las líneas de fondo: la urgencia de ser una Iglesia en salida y anunciar el “gozo del Evangelio” (Evangelii gaudium), la preocupación por el cuidado de la casa común (Laudato Si’), la invitación a la amistad social en tiempos de indiferencia (Fratelli tutti), la llamada a ser una Iglesia sinodal que camina unida, la opción clara por los más pobres, etc.
Todas estas líneas han sido asumidas por León XIV. Cambia el estilo personal (es obvio que la mesura de León contrasta con el apasionamiento y el vocabulario creativo de Francisco), pero se mantiene la fidelidad a la Tradición y la apertura a un futuro que necesita ser acogido y construido. Esta es la dinámica de la Iglesia. No hay un golpe de timón. Un Papa no viene a arrasar con lo que ha hecho el anterior, sino a seguir cavando en el mismo surco. No siempre se entiende esta continuidad discontinua desde los esquemas sociales al uso.

Imagino que sigue el flujo de personas que visitan la tumba de Francisco en la basílica de Santa María la Mayor de Roma. No será como en las primeras semanas tras su muerte, pero su memoria no ha sido olvidada.
Leo que una de las cosas que más les atrae a los jóvenes que se han convertido al catolicismo en el Reino Unido en los últimos meses es la solidez de la Iglesia Católica, su fuerte cimentación en la roca sólida de la Tradición. En tiempos en los que muchos jóvenes perciben que la cultura actual se asienta sobre arenas movedizas, la Iglesia aparece como roca firme que resiste las embestidas de todas las olas culturales, desde el secularismo hasta el relativismo o el hedonismo.
La resistencia histórica de la Iglesia no se basa en su coherencia interna (siempre amenazada por la fragilidad de sus miembros pecadores), sino en la fortaleza de su Cabeza, Cristo Resucitado. Los jóvenes de la generación Z están hartos del vacío existencial que perciben en sus padres, de la fragmentación afectiva a la que se ven sometidos. Anhelan una propuesta de vida coherente, incluso sacrificada, basada en valores y virtudes que no estén sometidos a las modas o al deterioro del tiempo. Redescubren a Cristo como Camino, Verdad y Vida. Ven en la Iglesia la comunidad que mantiene viva su memoria.

Las figuras de Francisco y de León representan un tipo de liderazgo espiritual y moral que va más allá de sus estilos personales o de su mayor o menor repercusión mediática. Ambos visibilizan a Jesús, el único líder al que seguimos. Ambos nos recuerdan que no todo es efímero, que la verdad no se basa en el mero consenso intersubjetivo, sino que nos precede y nos alcanza, que estamos sostenidos por un Misterio de amor que nos hace libres, incluso para negarlo o ignorarlo.
Muchas personas se han sorprendido de la acogida que el Papa ha tenido en Argelia, Camerún y Angola. Incluso se han preguntado por qué las comunidades católicas de esos países (minoritarias en Argelia, más numerosas en Camerún y Angola) han disfrutado tanto con la visita de León XIV. Bastaba ver la alegría que transmitían sus celebraciones litúrgicas. Frente al formalismo e individualismo europeos, África transmite el gozo de creer como comunidad, como “pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal”. Cuando un pueblo afronta la vida con estas actitudes tiene futuro. Cuando se deja dominar por el escepticismo y la indiferencia, cava su propia tumba. ¿Quién enseña a quién?
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