
El evangelio de este Lunes de Pascua es casi el mismo que proclamamos en la noche de la Vigilia Pascual. En él, las mujeres tienen un gran protagonismo. Son madrugadoras, intrépidas, rápidas. El sepulcro vacío les produce una mezcla de temor y alegría. Pero esta mezcla se disipa cuando el mismo Jesús les hace una abierta invitación a la alegría y al anuncio: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.
Esta combinación de un verbo en forma negativa (“no temáis”) y otro en forma positiva (“id a comunicar”) describe muy bien la dinámica de la experiencia de la resurrección. En pocos versículos se nos ofrecen claves para afrontar nuestro momento presente. Destaco tres:
1. Las “mujeres del alba” siguen siendo la vanguardia de la experiencia de encuentro con Jesús y de la transmisión de la fe. Ellas (madres, abuelas, catequistas, teólogas, evangelizadoras, consagradas…) siguen teniendo un sexto sentido para saber que Jesús no está muerto, que sigue viviendo, que no está encerrado en el sepulcro de una sociedad indiferente, sino que corre veloz por nuestras calles y hogares. Ellas no se resignan a las encuestas sociológicas, no tiran la toalla cuando todo parece que se desploma, creen en la pacencia del amor. Al final, como buscadoras incansables, acaban encontrando.

2. La invitación del Resucitado es siempre a la alegría y la paz. No nos echa en cara nuestra falta de fe, no nos castiga por nuestras traiciones, no se fija en nuestra inconsistencia. Sabe que para seguirlo necesitamos entusiasmo, el coraje de la fe y la fuerza de la esperanza. También a nosotros nos invita a superar el temor y a experimentar el gozo de su nueva presencia.
De temores andamos hoy sobrados. La situación del mundo parece un polvorín a punto de estallar. Hay personas que no pueden gestionar este nivel de incertidumbre. Se vienen abajo, desesperan de la condición humana, se abandonan a actitudes irracionales. Donde está Jesús, no hay lugar para el temor. Si algo repite a sus discípulos de todos los tiempos es el estribillo: “No tengáis miedo”. El miedo paraliza, lleva siempre a actitudes defensivas, contrae nuestra creatividad, establece muros por doquier. Solo la alegría tiene la capacidad de crear algo nuevo, de expandir nuestro corazón. Jesús es “la alegría del mundo”. Hay un himno litúrgico que lo proclama con fuerza en este tiempo pascual: “Cristo, alegría del mundo”.

3. ¿Dónde vamos a encontrar al Resucitado? La respuesta es neta: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Galilea es el escenario de la vida cotidiana. A él hemos vuelto en este Lunes de Pascua. Es el lugar donde vivimos, nos relacionamos y trabajamos. Al Resucitado no le gustan los eventos extraordinarios. Prefiere hacerse el encontradizo con nosotros en la trama de nuestros trajines ordinarios. Es cuestión de activar los “ojos de la fe” para reconocer su presencia donde antes nos costaba verlo. Quizás en esto consiste el núcleo de la experiencia pascual.
Las “mujeres del alba” se convierten en nuestras pedagogas en esta fascinante aventura de ver vida donde antes veíamos solo muerte, de ver alegría en lo que nos producía tristeza, de ver luz en medio de la oscuridad.
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