
Navegando por YouTube me he topado con un vídeo que me ha resultado interesante porque pone palabras a algo que llevo observando desde hace años en mi vida pastoral. El vídeo se titula Soledad masculina: cada vez más hombres prefieren estar solos. La psicóloga Laura S. Moreno describe algunos indicadores de este fenómeno y bucea en sus posibles causas. No voy a repetir sus ideas ni el contenido de los casi 2.300 comentarios a su vídeo. Me limito a compartir lo que me ha sugerido su reflexión. Lo que yo observo, tanto en jóvenes como en personas adultas, es la progresiva dificultad para mantener relaciones interpersonales estables y practicar con asiduidad el arte de la conversación. Es verdad que las redes sociales han modificado nuestra manera de comunicarnos. Frente a las antiguas llamadas telefónicas más o menos prolongadas predomina ahora una comunicación escueta, casi jeroglífica, hecha de mensajes cortos y funcionales. Es verdad que el confinamiento impuesto por la pandemia de hace seis años ha intensificado el distanciamiento social hasta convertirlo en un hábito profiláctico.
Pero, además de estas causas exógenas, descubro algo más profundo: el temor a compartir la intimidad y a cargar con el peso de la vida de otras personas. Podemos aceptar la emoción de las relaciones que nacen como margaritas en primavera, pero nos pesa demasiado la responsabilidad de mantenerlas y aceptar los costes del cansancio y del aburrimiento que a veces conllevan. Las redes sociales nos han acostumbrado a estímulos constantes, a chutes ininterrumpidos de dopamina. Todo lo que no siga esta dinámica (una lectura atenta, una relación prolongada, una conversación serena, una celebración litúrgica pausada) se nos hace cuesta arriba. Queremos placer sin sacrificio, frutos sin cultivo, estímulos sin espera.

Este fenómeno no solo afecta a las relaciones de pareja, sino también a todo tipo de interacciones sociales, incluidas las que se pueden dar entre familiares y amigos o dentro de una comunidad religiosa. Cada vez nos pesan más las relaciones. En vez de disfrutarlas como dones, las soportamos como cargas. Por eso, preferimos la soledad, al menos mientras podamos gestionarla con salud, medios económicos y posibilidades laborales y de entretenimiento. Esto no significa que nos hayamos vuelto huraños o antisociales, sino que reducimos las relaciones a encuentros ocasionales que no alteren demasiado nuestras rutinas, no invadan nuestro espacio personal y no exijan fidelidades a medio y largo plazo.
A veces se observa incluso en las comunicaciones por WhatsApp. Una de las cosas que más me llama la atención –y en ocasiones me molesta– es la actitud de algunas personas que inician una conversación con el típico “¿cómo estás?” y cuando tú respondes con cortesía ya no reaccionan más, como si, en el fondo, no les importara nada tu respuesta, como si hubieran iniciado una conversación sin estar dispuestas a proseguirla y finalizarla. La descortesía digital se ha convertido en una práctica común. Es un síntoma perfecto de lo que se da en la vida social. Por eso, cada vez es más difícil que los miembros de una familia o de una comunidad religiosa se sienten a conversar con calma. Esta habilidad tradicional casi solo se encuentra en algunas personas mayores que todavía no han perdido las actitudes para el encuentro y el arte de la conversación.

Todo esto, como no podría ser de otra manera, influye mucho en la forma de entender y vivir la espiritualidad. El individualismo está erosionando la esencial dimensión comunitaria, aunque -por reacción- están creciendo los grupos que ofrecen “oasis emocionales” en medio de este desierto individualista. Todo esto me lleva a reflexionar sobre la profunda diferencia entre una soledad fecunda, que nos prepara para el encuentro, y una soledad hedonista, que nos protege del esfuerzo que supone abrirnos a los demás y aceptar su intimidad. Externamente pueden parecerse, pero la dinámica interna es muy diferente.
Los adolescentes -o los religiosos- que se encierran en su cuarto para ver una serie de Netflix o escuchar su música preferida no son los monjes que se recluyen en su celda para orar y que luego desarrollan una gran capacidad de comunión. Me temo que estamos haciendo familias y comunidades de “solitarios” que prefieren la comodidad (no exenta de pequeños esfuerzos esporádicos) de vivir aislados a la alegría profunda (no exenta de problemas y sacrificios) del encuentro.
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