sábado, 25 de abril de 2026

Sábado por la mañana


Leo los periódicos del día y no sé con qué quedarme. Casi todas las informaciones me invitan a apearme de este mundo. Comprendo que haya personas que prefieran vivir desconectadas. Hoy por hoy, yo no me puedo permitir este lujo, así que no tengo más remedio que filtrar lo que veo y leo para que no me hiera demasiado y, si es posible, para aprender algo. Un lector del Rincón me ha enviado un vídeo sobre la estupidez. El mensaje es claro: estamos dominados por personas ignorantes que no reconocen sus límites y, a pesar de sus carencias, consiguen liderar las mayorías aborregadas. El algoritmo nunca va a recomendar una entrada de este “aburrido” blog, por ejemplo, pero seguramente va a promocionar hasta el paroxismo cualquier ocurrencia de un tiktoker por descabellada que sea. La cosa no va de pensar o motivar, sino de impactar y entretener. 

Ya no tengo edad para provocar el interés a cualquier precio, así que me limitaré a escrutar algunas realidades y a practicar el noble arte de (sobre)vivir. No soy una persona pesimista, pero sí abrumada por lo que hoy vivimos. Se me hace muy indigerible el mundo que estamos construyendo. Me rebelo contra la deshumanización progresiva. Temo que nos convirtamos en extraños los unos para los otros y que las máquinas, además de resolvernos muchos problemas cotidianos, nos impongan su estilo de vida artificial. Los móviles ya lo están consiguiendo. No quiero pensar lo que sucederá cuando estemos rodeados de robots y otros dispositivos de IA. No sé si lo veré, pero no falta demasiado tiempo para que suceda.


Mientras tanto, miro por la ventana y veo un precioso sol de abril. La primavera no ha sido controlada todavía por Alexa. Los árboles de la calle Buen Suceso tienen hojas frescas y las praderas del vecino parque del Oeste lucen espléndidas. La naturaleza viene en nuestra ayuda para que no sucumbamos bajo el peso de nuestra estupidez hecha electrónica. Todavía hay gente que compra el periódico en el quiosco y pasea a su perro, aunque sea a costa de ensuciarnos la calle con sus orines intempestivos. El aire todavía no está saturado, como en los días de la canícula madrileña. Sopla una brisa fresca que hace agradable un paseo por Rosales. 

Desde primera hora de la mañana comienzan a moverse las hordas de turistas. Los chinos y japoneses casi siempre van en grupo. Abundan los estadounidenses, franceses, indios y un sinfín de hispanoamericanos de diversas procedencias. Madrid se va a convertir en un parque temático si es que no se ha convertido ya. Casi todo el centro está más pensado para los que llegan que para los que vivimos aquí. Los comercios locales son sustituidos por franquicias de marcas internacionales. Menudean los apartamentos turísticos, los hoteles remozados y los restaurantes con propuestas extravagantes para guiris que pagan y se van. Hasta el parque del Retiro ha dejado de ser un tranquilo oasis urbano para convertirse en un hervidero de turistas que no quieren dejar de visitar uno de los lugares recomendados por sus guías digitales.


¿Qué significa vivir bien? Me lo pregunto cada vez con más frecuencia cuando leo noticias de multimillonarios que no paran de enriquecerse y gentes que duermen en la Gran Vía guarecidas por cartones de Primark o Zara. ¿De qué nos sirve avanzar tanto en algunos campos y seguir sin resolver las cuestiones más básicas? Si sigue habiendo miles de personas que no tienen un hogar, que apenas pueden comer y que carecen de casi todo lo necesario, ¿qué me importa a mí el soterramiento de la A-5 o la renovación del estadio Bernabéu? En otras palabras, ¿cuáles son las prioridades de una sociedad verdaderamente humana? 

Me gusta que Madrid mejore sus infraestructuras y se ponga guapa para los turistas, pero me gustaría mucho más que resolviera de una vez por todas el problema del sinhogarismo y no dejara a ningún ciudadano sin las necesidades básicas cubiertas. Me vienen a la memoria las palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”. Podríamos retraducirlas así: “Buscad primero que todos los seres humanos vivan con dignidad y luego dedicaos a hacer parques y estadios, renovar avenidas e inventar artilugios”. 

En fin, se ve que el polen de primavera afecta a mis conexiones neuronales. Buen finde. Mis amigos de Siloé ponen un poco de ritmo en medio de estos pensamientos inconexos. 



viernes, 24 de abril de 2026

El peso de las relaciones


Navegando por YouTube me he topado con un vídeo que me ha resultado interesante porque pone palabras a algo que llevo observando desde hace años en mi vida pastoral. El vídeo se titula Soledad masculina: cada vez más hombres prefieren estar solos. La psicóloga Laura S. Moreno describe algunos indicadores de este fenómeno y bucea en sus posibles causas. No voy a repetir sus ideas ni el contenido de los casi 2.300 comentarios a su vídeo. Me limito a compartir lo que me ha sugerido su reflexión. Lo que yo observo, tanto en jóvenes como en personas adultas, es la progresiva dificultad para mantener relaciones interpersonales estables y practicar con asiduidad el arte de la conversación. Es verdad que las redes sociales han modificado nuestra manera de comunicarnos. Frente a las antiguas llamadas telefónicas más o menos prolongadas predomina ahora una comunicación escueta, casi jeroglífica, hecha de mensajes cortos y funcionales. Es verdad que el confinamiento impuesto por la pandemia de hace seis años ha intensificado el distanciamiento social hasta convertirlo en un hábito profiláctico. 

Pero, además de estas causas exógenas, descubro algo más profundo: el temor a compartir la intimidad y a cargar con el peso de la vida de otras personas. Podemos aceptar la emoción de las relaciones que nacen como margaritas en primavera, pero nos pesa demasiado la responsabilidad de mantenerlas y aceptar los costes del cansancio y del aburrimiento que a veces conllevan. Las redes sociales nos han acostumbrado a estímulos constantes, a chutes ininterrumpidos de dopamina. Todo lo que no siga esta dinámica (una lectura atenta, una relación prolongada, una conversación serena, una celebración litúrgica pausada) se nos hace cuesta arriba. Queremos placer sin sacrificio, frutos sin cultivo, estímulos sin espera.


Este fenómeno no solo afecta a las relaciones de pareja, sino también a todo tipo de interacciones sociales, incluidas las que se pueden dar entre familiares y amigos o dentro de una comunidad religiosa. Cada vez nos pesan más las relaciones. En vez de disfrutarlas como dones, las soportamos como cargas. Por eso, preferimos la soledad, al menos mientras podamos gestionarla con salud, medios económicos y posibilidades laborales y de entretenimiento. Esto no significa que nos hayamos vuelto huraños o antisociales, sino que reducimos las relaciones a encuentros ocasionales que no alteren demasiado nuestras rutinas, no invadan nuestro espacio personal y no exijan fidelidades a medio y largo plazo. 

A veces se observa incluso en las comunicaciones por WhatsApp. Una de las cosas que más me llama la atención –y en ocasiones me molesta– es la actitud de algunas personas que inician una conversación con el típico “¿cómo estás?” y cuando tú respondes con cortesía ya no reaccionan más, como si, en el fondo, no les importara nada tu respuesta, como si hubieran iniciado una conversación sin estar dispuestas a proseguirla y finalizarla. La descortesía digital se ha convertido en una práctica común. Es un síntoma perfecto de lo que se da en la vida social. Por eso, cada vez es más difícil que los miembros de una familia o de una comunidad religiosa se sienten a conversar con calma. Esta habilidad tradicional casi solo se encuentra en algunas personas mayores que todavía no han perdido las actitudes para el encuentro y el arte de la conversación.


Todo esto, como no podría ser de otra manera, influye mucho en la forma de entender y vivir la espiritualidad. El individualismo está erosionando la esencial dimensión comunitaria, aunque -por reacción- están creciendo los grupos que ofrecen “oasis emocionales” en medio de este desierto individualista. Todo esto me lleva a reflexionar sobre la profunda diferencia entre una soledad fecunda, que nos prepara para el encuentro, y una soledad hedonista, que nos protege del esfuerzo que supone abrirnos a los demás y aceptar su intimidad. Externamente pueden parecerse, pero la dinámica interna es muy diferente. 

Los adolescentes -o los religiosos- que se encierran en su cuarto para ver una serie de Netflix o escuchar su música preferida no son los monjes que se recluyen en su celda para orar y que luego desarrollan una gran capacidad de comunión. Me temo que estamos haciendo familias y comunidades de “solitarios” que prefieren la comodidad (no exenta de pequeños esfuerzos esporádicos) de vivir aislados a la alegría profunda (no exenta de problemas y sacrificios) del encuentro.

jueves, 23 de abril de 2026

El futuro pasa por África


Tras doce días por cuatro países africanos, hoy regresa el papa León XIV a Roma. Los mensajes dirigidos a las Iglesias de Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial han puesto el acento en algunas claves que se han repetido con matices distintos en los cuatro países. Yo he seguido muy de cerca el desarrollo del viaje porque todos los lugares visitados, excepto Argelia, me resultan muy familiares. Los he visitado en varias ocasiones. 

Comprendo que para muchos lectores de este Rincón este viaje no tenga mayor relevancia. Todos estamos preocupados por los asuntos personales de cada día. Podemos ver algunas imágenes en televisión o Internet, pero poco más. Y, sin embargo, el futuro de la Iglesia (y de la humanidad) pasa por África. De ahí que el Papa haya querido dar mucha importancia a esta visita apostólica. No es suficiente el crecimiento numérico sostenido. Se necesita una fe bien fundamentada, inculturada y aplicada a las condiciones de vida de cada pueblo. Este es un desafío que no tiene fecha de caducidad.


Los europeos debemos tomar conciencia de que África no es un continente alejado de nosotros geográfica y culturalmente. África está en Europa. Cada vez es más frecuente ver a numerosos africanos en España y otros países de nuestro entorno. Muchos son musulmanes, pero abundan también los africanos católicos (laicos, sacerdotes, religiosas y religiosos) que vienen por motivos laborales, formativos o de ayuda a la pastoral de las diócesis y congregaciones que necesitan su colaboración.

La Iglesia con la que se encuentran suele ser acogedora, se pone de su parte, pero no siempre comprende sus necesidades y sus claves. Sin un diálogo permanente, podemos vivir en mundos paralelos, aunque habitemos las mismas ciudades y caminemos por las mismas calles. La retórica de la inclusión no es suficiente. Solo la vida compartida engendra formas nuevas de convivencia intercultural. En eso estamos. Se requerirá mucho tiempo y un esfuerzo por todas las partes.


Cuando estaba a punto de terminar la entrada de hoy, he escuchado la alocución de monseñor Juan Nsue Edjang Mayé, arzobispo de Malabo. En sus palabras de despedida a León XIV al final de la misa celebrada en el estadio de la ciudad, ha mencionado expresamente la labor evangelizadora de los Misioneros Claretianos a lo largo de la historia de la Iglesia ecuatoguineana. Nuestros primeros misioneros llegaron a Guinea Ecuatorial el 13 de noviembre de 1883. Esta primera expedición, compuesta por seis sacerdotes y seis hermanos (conocidos como los “doce de la fama”), fue enviada desde España por el superior general de entonces, el padre Josep Xifré, para establecer la misión evangelizadora en la entonces colonia de Fernando Poo. 

Desembarcaron en la isla que hoy se llama Bioko. Tuvieron que afrontar altos índices de mortalidad por enfermedades. Tras el éxito inicial, se extendieron a Annobón, Corisco, Elobey Chico y, finalmente, a la zona continental en 1905 y 1924. Su labor fue clave no solo en la evangelización, sino también en la educación y la enseñanza de oficios a través de misiones y colegios. Hoy es un día muy adecuado para rendir un homenaje muy sentido a los cientos de misioneros (extranjeros y autóctonos) que entregaron su vida para que hoy la Iglesia ecuatoguineana sea floreciente y entusiasta. Solo los granos de trigo que caen en tierra y mueren pueden dar fruto.

miércoles, 22 de abril de 2026

Algo puede cambiar


He seguido por Internet la misa presidida por el papa León XIV en la catedral de la Inmaculada Concepción de Mongomo, en Guinea Ecuatorial. El obispo titular es el claretiano ecuatoguineano Juan Domingo Beka Esono, en cuya ordenación episcopal participé hace nueve años en ese mismo lugar. Contemplando las imágenes de la hermosa catedral –que podría encontrarse en cualquier lugar de España o Italia– y el entusiasmo del pueblo, experimentaba una mezcla de sentimientos. Por una parte, se me hacía injustificable el hecho de que todo ese complejo estuviera pagado por un presidente que desde hace casi cinco décadas gobierna a su pueblo con puño de hierro. Por otra, sentía que no podemos aplicar tal cual nuestros criterios occidentales de ordenamiento social a otros contextos geográficos y culturales. 

Me imagino que también el Papa habrá experimentado esta división. En su discernimiento final, ha pesado más el posible fruto de su visita pastoral que el riesgo de que el régimen autoritario la instrumentalice para un lavado nacional e internacional de su imagen. Con todo, me resultaba difícil olvidar historias de represión que conozco de primera mano. Solo la alegría del pueblo, su fe probada y su resistencia mitigaban mi rabia


Vistas las cosas con ojos de turista, Guinea Ecuatorial es un pequeño país (con una población aproximada de 1.200.000 habitantes) que, gracias a los ingresos por la explotación del petróleo, está experimentando una enorme transformación en sus infraestructuras y en su tejido económico. Desde el 2 de enero de este año tiene una nueva capital administrativa. Ya no es Malabo (en la isla de Bioko), sino la Ciudad de la Paz, en el centro de la región continental. Ese lugar fue elegido por sus fáciles conexiones con el resto del territorio y los países vecinos de Camerún y Gabón, por su clima benigno, por no estar ligado al pasado colonial y quizás porque está en territorio de la etnia fang, que es la del presidente. 

Es una ciudad todavía en construcción diseñada por el Estudio Portugués de Arquitectura y Urbanismo FAT (Future Architecture Thinking). Combina criterios de racionalidad, sostenibilidad y eficiencia. Se pretende que en pocos años acoja a unas 200.000 personas en un área de 81,5 kilómetros cuadrados. No he tenido oportunidad de conocer este lugar, pero, viendo algunos vídeos, se puede adivinar cómo será. El temor es que, como ha sucedido con otras capitales construidas de nueva planta (Brasilia en Brasil, Abudja en Nigeria, etc.) resulte demasiado racional, pero sin alma. Las ciudades vivas necesitan historia para que resulten habitables. 


Volviendo al comienzo de la entrada de hoy, me gustaría que la visita del papa León XIV a Guinea Ecuatorial significara un fuerte impulso hacia un camino de verdadera democracia, de prosperidad para todos (no solo para las élites y los afectos al régimen) y de una Iglesia profética, menos dependiente de las autoridades civiles y más libre de privilegios para alzar su voz desde el Evangelio. Sé que las cosas no se ven de igual modo dentro que fuera, con responsabilidades que sin ellas, pero eso no significa que se pierda el horizonte y que las cosas no puedan cambiar.

Las intervenciones del papa León XIV han sido muy claras. Lo difícil y arriesgado es sacar las consecuencias prácticas de sus palabras, sobre todo para aquellos que están expuestos a represalias de diverso tipo. No es lo mismo ser audaz desde el teclado de un ordenador que desde el púlpito de una iglesia de Malabo, de Bata o de Ebebiyín. La prudencia es también una virtud cristiana.

martes, 21 de abril de 2026

Ha pasado un año


Hoy se cumple un año de la muerte del papa Francisco. Su sucesor, León XIV, acaba de llegar a Guinea Ecuatorial procedente de Angola. Está poniendo en práctica la invitación de Francisco a ser siempre una Iglesia en salida, misionera. 

La medida humana de una persona la da la historia. ¿Cómo recordamos a Francisco a un año de su muerte y cómo lo recordaremos dentro de diez o veinte años? Para algunos cristianos muy críticos con la figura de Francisco, tras años de desconcierto, ha llegado el tiempo de volver a la normalidad. Para otros, creo que la mayoría, el legado del Papa argentino va más allá de su estilo personal, más o menos aceptado. Permanece en las líneas de fondo: la urgencia de ser una Iglesia en salida y anunciar el “gozo del Evangelio” (Evangelii gaudium), la preocupación por el cuidado de la casa común (Laudato Si’), la invitación a la amistad social en tiempos de indiferencia (Fratelli tutti), la llamada a ser una Iglesia sinodal que camina unida, la opción clara por los más pobres, etc. 

Todas estas líneas han sido asumidas por León XIV. Cambia el estilo personal (es obvio que la mesura de León contrasta con el apasionamiento y el vocabulario creativo de Francisco), pero se mantiene la fidelidad a la Tradición y la apertura a un futuro que necesita ser acogido y construido. Esta es la dinámica de la Iglesia. No hay un golpe de timón. Un Papa no viene a arrasar con lo que ha hecho el anterior, sino a seguir cavando en el mismo surco. No siempre se entiende esta continuidad discontinua desde los esquemas sociales al uso. 


Imagino que sigue el flujo de personas que visitan la tumba de Francisco en la basílica de Santa María la Mayor de Roma. No será como en las primeras semanas tras su muerte, pero su memoria no ha sido olvidada. 

Leo que una de las cosas que más les atrae a los jóvenes que se han convertido al catolicismo en el Reino Unido en los últimos meses es la solidez de la Iglesia Católica, su fuerte cimentación en la roca sólida de la Tradición. En tiempos en los que muchos jóvenes perciben que la cultura actual se asienta sobre arenas movedizas, la Iglesia aparece como roca firme que resiste las embestidas de todas las olas culturales, desde el secularismo hasta el relativismo o el hedonismo. 

La resistencia histórica de la Iglesia no se basa en su coherencia interna (siempre amenazada por la fragilidad de sus miembros pecadores), sino en la fortaleza de su Cabeza, Cristo Resucitado. Los jóvenes de la generación Z están hartos del vacío existencial que perciben en sus padres, de la fragmentación afectiva a la que se ven sometidos. Anhelan una propuesta de vida coherente, incluso sacrificada, basada en valores y virtudes que no estén sometidos a las modas o al deterioro del tiempo. Redescubren a Cristo como Camino, Verdad y Vida. Ven en la Iglesia la comunidad que mantiene viva su memoria.


Las figuras de Francisco y de León representan un tipo de liderazgo espiritual y moral que va más allá de sus estilos personales o de su mayor o menor repercusión mediática. Ambos visibilizan a Jesús, el único líder al que seguimos. Ambos nos recuerdan que no todo es efímero, que la verdad no se basa en el mero consenso intersubjetivo, sino que nos precede y nos alcanza, que estamos sostenidos por un Misterio de amor que nos hace libres, incluso para negarlo o ignorarlo. 

Muchas personas se han sorprendido de la acogida que el Papa ha tenido en Argelia, Camerún y Angola. Incluso se han preguntado por qué las comunidades católicas de esos países (minoritarias en Argelia, más numerosas en Camerún y Angola) han disfrutado tanto con la visita de León XIV. Bastaba ver la alegría que transmitían sus celebraciones litúrgicas. Frente al formalismo e individualismo europeos, África transmite el gozo de creer como comunidad, como “pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal”. Cuando un pueblo afronta la vida con estas actitudes tiene futuro. Cuando se deja dominar por el escepticismo y la indiferencia, cava su propia tumba. ¿Quién enseña a quién?

domingo, 19 de abril de 2026

Él está vivo


El papa León XIV está desde ayer en Angola. Mientras tecleo la entrada de este III Domingo de Pascua sigo en mi pantalla la misa que está a punto de presidir en Kilamba, cerca de la capital. Estoy seguro de que en su homilía hablará del Evangelio de hoy, el relato lucano sobre los discípulos que caminaban a Emaús. No sé cómo enfocará el Papa este relato pascual y cómo lo aplicará a la situación que vive la Iglesia en Angola. A mí me faltan las palabras para acercarme a una narración sobre la que he escrito en numerosas ocasiones en este Rincón. Es tan rica que nunca se acaba de explorar. 

En esta ocasión quiero poner el acento en el versículo 23: “No habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo”. Es importante subrayar el estado de tristeza y confusión de los discípulos, la logoterapia que el Resucitado les sugiere (hablar), la lectio divina que hace que arda su corazón (escuchar), la cena que “recrea y enamora” (comer) y la vuelta a la comunidad de la que se han alejado (regresar). Pero lo más importante de todo es confesar “que está vivo”. Nada tendría sentido si Él continuara en el sepulcro.


La experiencia de los discípulos de Emaús es la de muchos bautizados de hoy. Quizás en algún momento de su infancia y juventud creyeron en Jesús y se sintieron miembros de su comunidad, pero, con el paso del tiempo, han ido perdiendo la fuerza de la fe. Algunos han podido dejarse seducir por el discurso secularista que hoy domina; otros han podido sentir que sus expectativas no se han cumplido, que la fe en Jesús no les ha “servido” para afrontar las grandes cuestiones de la vida. Quizá algunos admiten que “algunas mujeres (sus abuelas o madres) los han sobresaltado”, pero eso no ha sido suficiente para quitarles las escamas de los ojos. Siguen sin ver. 

¿Qué se necesita para descubrir que Él está vivo? ¿Habrá que participar en uno de esos “retiros Emaús” hoy tan en boga? ¿Se necesitará alguna experiencia milagrosa que rompa el muro de la incredulidad? ¿O habrá que resignarse a vivir en un permanente agnosticismo que no da por cerrada la cuestión de la fe, pero que se refugia en una confortable incapacidad para tomar una decisión valiente y arriesgada? En otras palabras, ¿cómo se pasa del cansancio, la frustración y la indiferencia al ardor de la fe? ¿Cómo se redescubre la comunidad eclesial de la que uno ha podido alejarse creyendo que el camino en solitario era más auténtico?


La respuesta que el Evangelio nos ofrece a todas estas preguntas es sencilla, directa y pedagógicamente articulada. En primer lugar, nos indica que Jesús ya está caminando con nosotros por los caminos de la vida, aunque no podamos reconocerlo. Su presencia no depende de nuestra capacidad para verla, sino de su gracia. Luego nos invita a expresar “la conversación” que llevamos, las preocupaciones que anidan en nuestro corazón. De no hacerlo, pueden acabar sumiéndonos en un pozo de confusión y tristeza. Pero no basta poner nombre a lo que nos pasa. Es preciso iluminarlo. La luz viene de la Palabra de Dios. Jesús nos habla a través de las Escrituras. Podemos escuchar muchas palabras humanas provenientes de la ciencia, la filosofía o la literatura, pero solo la Palabra de Dios tiene el poder de hacer que nuestro corazón se encienda y arda. 

Preparados por el reconocimiento de lo que nos pasa (hablar) e iluminados por la Palabra (escuchar), somos invitados a pedirle a Jesús que se quede con nosotros y que comparta la cena (comer). La participación en la Eucaristía abre nuestros ojos y nos permite reconocerlo. ¿Cómo vamos a saber que está vivo si renunciamos a la mediación que Él ha querido: “Haced esto en memoria mía”? Por último, cuando parece que Él se esfuma de nuevo, nos empuja a volver (regresar) a la comunidad como lugar que mantiene siempre la fe y nos ayuda a creer. 

El mensaje es sencillo y actual. Sin la luz de la Escritura, el alimento de la Eucaristía y el apoyo de la comunidad nunca vamos a superar nuestra ceguera y nuestra tristeza. Podemos ensayar otras propuestas más modernas, pero corremos el riesgo de perdernos por el camino. Si Jesús está vivo, tarde o temprano, nos encontraremos con Él. 



sábado, 18 de abril de 2026

Necesitamos líderes discernientes


Solemos tener una idea muy idealizada de la primitiva comunidad cristiana. Hay algunos sumarios de los Hechos de los Apóstoles que nos dan pie para ello. Por ejemplo, cuando leemos que “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-46). O, cuando un poco más adelante, se nos dice que “el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,32-33). 

Pero esta visión no refleja bien toda la realidad. De hecho, ya en el capítulo 5 se nos habla de la falta de transparencia de un tal Ananías y de su mujer Safira (cf Hch 5,1-2). Y en la primera lectura de la misa de hoy se reconoce abiertamente que “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hch 6,1). Lo que parece un mero problema logístico, revela, en realidad, un problema cultural: las tensiones entre los de cultura judía tradicional y los de cultura helenista. Lo iluminador de este relato no es tanto la descripción del problema, cuanto el modo de afrontarlo. Podríamos decir que se adopta un método sinodal (los Doce convocaron la asamblea de los discípulos) y que se avanza hacia un liderazgo compartido (escogieron a siete “hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” y les encargaron la tarea de atender a la comunidad de lengua griega).


Hoy vemos tensiones en todas las comunidades: familiares, parroquiales, religiosas, etc. No hay que rasgarse las vestiduras. Donde varios seres humanos convivimos siempre surgen tensiones. Solo donde la rutina marca el ritmo se vive una calma que es más bien apatía. Aceptar la tensión y reconocer su origen es el punto de partida para afrontarla y, en su caso, transformarla. En este proceso es bueno “convocar la asamblea de los discípulos”, es decir, involucrar a las personas afectadas por la tensión, iniciar un proceso de discernimiento compartido en el que todas las voces sean escuchadas. No es saludable que una élite decida por todos. 

En los Hechos de los Apóstoles aprendemos también a no prolongar los procesos más de lo razonable. Llega un momento en que es necesario tomar decisiones que “rompan el marco”, que vayan más allá de las condiciones que han producido la tensión o el conflicto. La capacidad de innovación es imprescindible para transformar la energía de los conflictos en energía creativa. ¡Cuántas veces un conflicto bien abordado ha ayudado a una familia o a una comunidad a entrar en una dinámica de crecimiento y maduración! El fruto del discernimiento hecho por la comunidad de Jerusalén fue que “la palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe” (Hch 6,7).


No siempre es fácil reconocer los conflictos, sentarse a la mesa y abrir un proceso de escucha, discernir según criterios objetivos y tomar las decisiones pertinentes. Estamos muy condicionados por presiones ideológicas, heridas afectivas, recuerdos paralizantes, deseos de poder y miedos a la novedad. Se requiere mucha autenticidad, paciencia y pedagogía. A menudo, aunque vislumbremos los beneficios de un proceso de este tipo, preferimos las “ganancias secundarias” que experimentamos escondiendo el conflicto o sufriéndolo con resignación. 

En estos casos adquiere mucha importancia un liderazgo sano y emprendedor. En el relato de los Hechos de los Apóstoles vemos que, ante el conflicto surgido entre los cristianos judíos y los griegos, los Doce tomaron la resolución de convocar la asamblea de los discípulos. Es decir, hubo alguien que asumió el coste de su liderazgo, pero que no lo usó para imponer su criterio, sino para involucrar a todos los concernidos, de manera que las posibles vías de futuro (inciertas en el momento del comienzo) fueran el resultado de un camino comunitario, de un reconocimiento de la realidad, una apertura a la Palabra de Dios y una gran flexibilidad para encontrar soluciones nuevas a problemas nuevos. No es fácil encontrar líderes (padres, madres, párrocos, obispos, superiores religiosos, etc.) con estas actitudes y capacidades, pero los necesitamos.