jueves, 23 de mayo de 2019

Nos siguen matando

Leo con estupor la noticia de que la misionera española Inés Nieves Sancho, de 77 años, ha sido decapitada en la República Centroafricana. Se añade a la tristeza provocada por otra noticia reciente: la del asesinato del misionero español Fernando Hernández, de 60 años, en Burkina Faso. El río de sangre no para de fluir. Ya son 13 los cristianos asesinados en África en lo que va del mes de mayo. Es solo un indicador de un hecho alarmante: crece en todo el mundo el número de cristianos perseguidos. He estado muchas veces en África, desde Guinea Ecuatorial, Nigeria y Congo hasta Kenia, Uganda y Tanzania. Me siento muy atraído por un continente donde se respira vida y hospitalidad. Los misioneros son apreciados y protegidos por sus comunidades. Pero eso no impide que algunos desequilibrados y también grupos de musulmanes radicales los conviertan en blanco de sus iras. Podría haber titulado la entrada de hoy “Los siguen matando”, pero eso expresaría una fría distancia que contradice la esencial comunión entre todos los seguidores de Cristo. Cuando matan a uno por defender su fe, todos morimos un poco. No se trata de una concesión al sentimentalismo vigente, sino una verdad de fe. La “comunión de los santos” implica solidaridad en las alegrías y los sufrimientos.

No es África el único lugar donde matan a los cristianos por el hecho de serlo. También se producen asesinatos y martirios en Asia (sobre todo, en la India) y en América (hay documentados varios casos recientes en México y Colombia). No se trata de poner el acento en si los medios de comunicación informan suficientemente sobre estos casos o si los demás cristianos mostramos compasión o nos escondemos detrás de la indiferencia, después de una primera reacción indignada. La cuestión es más de fondo. ¿Por qué está creciendo la cristianofobia en el mundo? Pareciera que seguir a Jesús es peligroso. Para algunos extremistas hindúes y musulmanes, ser cristiano significa ser representante de la cultura occidental, a la que culpan de los males del mundo; por lo tanto, matar cristianos es una forma de sacudirse el yugo de una opresión multisecular. Para otros, el cristianismo representa una crítica de la cultura relativista, hedonista y depredadora que quiere instalarse en el mundo. Los cristianos somos incómodos. Estorbamos. No excluyo un componente satánico: el “espíritu del mal” no tolera que millones de hombres y mujeres, en medio de sus propias limitaciones e incoherencias, quieran hacer del amor el centro de sus vidas.

Vivimos tiempos difíciles, no solo por la persecución sino también por la confusión. Muchas personas no saben a qué atenerse. El supermercado de opiniones está tan surtido que no resulta fácil escoger la más sensata. Uno puede pasar de un extremo al otro casi sin darse cuenta. Dominan las emociones sobre los razonamientos. Todo es muy fluido, casi gaseoso. En este contexto, ¿cuántos cristianos estarían dispuestos a dar su vida por Jesús? ¿Es la fe un fenómeno sólido, líquido o gaseoso? Como no estamos seguros de que nos toque vivir una encrucijada como ésta, lo mejor es desplazar la pregunta al contexto de nuestra vida cotidiana: ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a dar testimonio de Jesús sin hacer de esta confesión un arma arrojadiza contra quienes ven la vida de otra manera y sin escondernos vergonzantemente en una tolerancia mal entendida? Dar testimonio es una forma no violenta de vivir y ofrecer la fe. La Iglesia primitiva se fue abriendo camino entre los paganos porque hubo cristianos que, a pesar de las dificultades y persecuciones, no temieron dar testimonio, confesar a Aquel en quien creían. Es verdad que nos siguen matando de formas muy diversas (cruentas o no). Por eso mismo, si es verdad que “la sangre de mártires es semilla de cristianos”, tenemos que confiar en que surgirán nuevos testigos, hombres y mujeres que no sucumbirán al miedo de ser perseguidos y ridiculizados, sino que confesarán con humildad y alegría la propia fe. Mientras, oramos por quienes han sido vilmente asesinados. La Iglesia no puede olvidarlos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hay cosas que no entiendo

Los casi dos meses transcurridos en el Cono Sur me han alejado un poco de la realidad europea, pero no al punto de olvidarme de ella. Leo que en España ha arrancado la XIII legislatura con una exhibición de fórmulas, a cual más pintoresca, para acatar la Constitución... sin acatarla. Ya se ha convertido en un estribillo el famoso “por imperativo legal” que estrenaron hace algunos años los batasunos para salir del paso, pero sin creer en lo que prometían; más aún, queriendo combatirlo. La jurisprudencia del Tribunal Constitucional permite este tipo de subterfugios “para no caer en el formalismo” (sic). Me cuesta entender esta falta de rigor, pero “magistrados tiene el alto tribunal”. Si alguien no está dispuesto a acatar la Constitución, ¿qué sentido tiene presentarse como candidato a unas elecciones que encuentran su legitimidad en la carta magna? ¿No es una falta de coherencia y, sobre todo, de respeto al electorado? Espero que el hecho de que la “decimotercera” legislatura desde la restauración de la democracia (1977) se haya abierto en martes (martes y 13) no traiga mala suerte. Espero también que el Parlamento no se convierta en un circo en el que los diputados se retan unos a otros a ver quién dice la frase más ingeniosa, más burda o más insultante. Tal como han comenzado las cosas, no preveo un clima de entendimiento y cooperación, sino, más bien, las típicas, insulsas e hirientes batallitas a las que nos tienen acostumbrados bastantes políticos de uno y otro signo. Mientras ellos juegan con florines verbales, los problemas siguen sin resolverse.

Este domingo se celebrarán las elecciones al Parlamento europeo. Los británicos que votaron a favor del Brexit también podrán participar en ellas porque todavía no se ha consumado el divorcio. El sábado pasado se dieron cita en Milán doce líderes de partidos europeos de extrema derecha que recelan mucho de la Unión Europea –se refieren a ella como “los burócratas de Bruselas”– y alimentan movimientos ultranacionalistas. Matteo Salvini, el anfitrión, llegó a decir que “el Inmaculado Corazón de María nos llevará a la victoria”. Quiero creer que con esta frase pretendía expresar una fuerte convicción personal, pero me huele a burda manipulación política. Por supuesto, el papa Francisco salió mal parado. Lo convirtieron poco menos que en el responsable del problema de la inmigración por su defensa de los derechos de los inmigrantes. Es verdad que la Unión Europea tiene defectos y que necesita una fuerte reforma, pero ¿cuándo ha vivido Europa un período más largo de paz, prosperidad y justicia social? Cada vez que los ultranacionalistas de diverso signo abogan por torpedearla parecen olvidar que en el siglo XX –es decir, ayer– se produjeron dos terribles guerras europeas (luego llamadas mundiales) en parte por el auge de los nacionalismos excluyentes y por ese afán de imponerse en vez de colaborar. ¿Es que nunca vamos a aprender la lección de la historia? ¿Estaremos condenados a repetirla una y otra vez?

Escribo en Buenos Aires. Mis amigos argentinos me dicen que, con independencia del color de los gobiernos de turno, el país entra cíclicamente (cada diez años más o menos) en una severa crisis económica con terribles consecuencias sociales. Se quejan de que Argentina (sobre todo, sus políticos) no aprende las lecciones de la historia y siempre repite los mismos errores. Se ve que es algo bastante frecuente. Esta amnesia general no es privativa de un solo continente o un solo país. Es un fenómeno mundial. Pareciera que cada generación se comporta como si todo comenzara con ella, como si el pasado fuera solo un recuerdo desvaído. Me cuesta mucho entender esta falta de sentido histórico, la incapacidad colectiva para aprender de nuestros errores y extraer lecciones de vida que nos hagan progresar. No tiro la toalla porque, junto a tanta gente irresponsable, hay mucha más que no pierde el sentido de la proporción, que no se deja embaucar por propuestas irrealizables y que no se abandona a sentimientos negativos. El problema reside en que esta mayoría no siempre se expresa con claridad. Por lo general, prefiere ver los toros desde la barrera, ahorrarse problemas. Al final, una minoría ruidosa e irresponsable consigue hacerse con las riendas del poder. A veces, cuando la mayoría quiere reaccionar ya es demasiado tarde. ¡Hasta la primera ministra británica insinúa ahora la posibilidad de un segundo referéndum sobre el Brexit! Todo un signo de un proceso superficial, tramposo y caótico, como otros de nuestro entorno. ¿Qué futuro le aguarda a Europa fragmentada de nuevo en pequeños estados? Necesitamos algunos sabios que nos ayuden a conocer y comprender la historia. El momento exige serenidad y sentido común.


martes, 21 de mayo de 2019

Los consejos pastorales

Escribo la entrada de hoy en el aeropuerto de Bahía Blanca. Espero mi vuelo de regreso a Buenos Aires. Durante los dos días en la “puerta del Sur”, he disfrutado mucho con los dos claretianos que se encargan de esta posición pastoral, que comprende parroquia y colegio. Con un poco de humor, son conocidos como “la comunidad de los próceres” porque sus apellidos coinciden con los de dos conocidos líderes políticos argentinos del siglo XIX: José de San Martín y Domingo Faustino Sarmiento. Ayer concluimos nuestro encuentro con una reunión con el consejo pastoral de la Parroquia Inmaculado Corazón de María. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en una reunión de este tipo. Después de las presentaciones de rigor, cada uno de los miembros fue explicando lo que se hacía en los diversos grupos y comunidades que conforman la parroquia: desde el grupo de Cáritas hasta los encargados de la catequesis, la liturgia o el grupo Callejeando, que se ocupa de atender a la gente “en situación de calle”, que es así como se denomina en Argentina a los sin techo. Una vez que me hice cargo de la gran variedad de actividades, nos preguntamos por lo que funciona bien en la parroquia y por lo que es necesario mejorar. El diálogo discurrió con fluidez y, sobre todo, con responsabilidad. Terminamos la velada con una cena a base de empanadas y vino de Mendoza, y con un recital de canciones del folclore argentino. Me fui a la cama agradecido y esperanzado.

La experiencia me ayudó a preguntarme por el sentido que tienen los consejos pastorales (y económicos) de las parroquias. Por desgracia, en muchas no existen. A veces, se debe a la falta de personas dispuestas a asumir su responsabilidad; otras, a la incuria o al autoritarismo del párroco. En ocasiones, los consejos quedan reducidos a un grupo muy formal y obsequioso que se limita a decir siempre sí a lo que el párroco propone o dispone. No hay libertad de expresión ni discernimiento. Se cumple la letra, pero falta espíritu. Hay otras muchas parroquias que disponen de consejos vivos y eficaces que sirven para tomar el pulso a la vida parroquial y animar su marcha. Ayer me reuní con uno de estos consejos. Solo donde hay verdadera participación y responsabilidad se genera vida. No se trata de “empoderar” a los laicos –como se dice hoy con un verbo que detesto, aunque esté reconocido por el diccionario de la RAE– sino de algo más básico: reconocer los derechos de todo bautizado. Por el Bautismo todos somos miembros de la Iglesia. Todos estamos capacitados, pues, para contribuir a su desarrollo y organización.

Muchas cosas están cambiando en la vida de las parroquias, comenzando por el principio de territorialidad. En las ciudades, sobre todo, muchos cristianos no participan en la vida de sus parroquias territoriales, sino en aquellas en las que encuentran acogida, vitalidad y compromiso. En cierto sentido, aunque suene mal, se está imponiendo el principio capitalista de la libertad de mercado. Cada uno escoge la parroquia que más le gusta, aunque esté lejos de su domicilio. Es verdad que los párrocos contribuyen con su manera de ser y actuar a atraer o repeler a los feligreses. Pero, en una Iglesia madura, ¿no tendríamos que avanzar más en la constitución de consejos parroquiales que ayudasen a los párrocos a animar la vida de las parroquias? ¿No estamos desperdiciando talentos admirables por falta de convicción, decisión u organización? ¿No nos estamos privando de muchos carismas laicales por una mala comprensión del papel del presbítero o por un clericalismo patológico? O avanzamos hacia una Iglesia más participativa, o las comunidades se irán depauperando sin vuelta atrás. Naturalmente, para que la participación sea eficaz se requiere formación y acompañamiento. Sin un mínimo de formación cristiana a la altura de los tiempos que corren es muy difícil enriquecer la vida de las comunidades. Sin acompañamiento, se corre el riego de constituir células autónomas que pueden acabar siendo cancerosas.

lunes, 20 de mayo de 2019

El imperio de la mediocridad

Hacer las cosas bien se ha convertido en un hecho extraordinario. Recuerdo que la primera vez que viajé a Alemania, una de mis primeras impresiones fue que las cosas funcionaban correctamente. Las puertas y ventanas ajustaban a la perfección, sin rendijas ni durezas. Los carpinteros habían hecho bien su trabajo. Los trenes salían y llegaban a la hora prevista. Las calles estaban limpias y la gente se comportaba con formalidad. Anoche vi con mis compañeros de la comunidad claretiana de Bahía Blanca una película argentina titulada Mi obra maestra. Uno de los protagonistas confiesa que le encanta Buenos Aires. En algunos aspectos puede competir con cualquier gran ciudad europea, pero añade algo que la hace más interesante y vivible: su decadencia calculada. De hecho, la película cuenta una historia inverosímil en la que dos tipos “vivos” (en el sentido argentino del término; es decir, astutos, aprovechados) –un pintor y un galerista amigo– se las arreglan para hacerse ricos fingiendo la muerte del primero como resultado de un deterioro “calculado”. La decadencia del artista, como la de la ciudad, acaba siendo rentable. Me fui a la cama dando vueltas a un asunto que, sin ser el centro de la película, me lo hizo revivir: la mediocridad que caracteriza nuestro estilo de vida. Nos hemos acostumbrado a hacer las cosas a medias y de manera tramposa. Pareciera que la persona más apreciada es aquella que ha aprendido a manejarse en la vida a base de mañas, mentiras y apariencias.

¿Qué es la mediocridad? Según el diccionario de la RAE, la palabra se refiere a la condición de mediocre; es decir, algo o alguien “de poco mérito, tirando a malo”. Muchas veces me he preguntado por qué tienen tanto éxito algunos programas de televisión que son un monumento a la vulgaridad y a la falta de ingenio. Sigo sin entender por qué ciertos libros mediocres se convierten en best sellers. O por qué personajillos de la farándula, que no aportan apenas nada a la sociedad, son más populares que grandes científicos, pensadores y artistas que nos están ayudando a mejorar la vida. Pareciera que para ser famoso hay que ser mediocre. Cuanto más te alejas de la excelencia, más posibilidades tienes de alcanzar un cierto reconocimiento social. Es como si aupando a algunos mediocres al mundo de los famosos, uno mismo tuviera más argumentos para justificar su propia mediocridad. Lo que observo en la sociedad (en la política, en la educación y en el arte) lo veo también, por desgracia, en la Iglesia. Un campo paradigmático es la liturgia. En algunos lugares, da la impresión de que el descuido, la fealdad y la improvisación se han convertido en rasgos de una liturgia que pretende ser sencilla, inculturada, cercana al pueblo. Nada más lejos de la realidad. Me parece que si algo ayuda a la gente –comenzando por los más pobres– es celebrar una liturgia digna, bella, bien cuidada, atenta a la verdad de los signos y a la realidad de las personas que se congregan. Algo semejante podría decirse de la reflexión teológica y del ejercicio del liderazgo. Contaminados por el ambiente general de mediocridad, nos contentamos con cuatro tópicos de moda repetidos hasta la saciedad o con un acompañamiento superficial de las personas. La mediocridad es la antesala de la disolución porque convierte en admirable “lo que tiene poco mérito, tirando a malo”.

Una sociedad que quiera progresar no puede hacer de la mediocridad su estilo de vida. Necesita apuntar a la excelencia, tanto en el ejercicio profesional como, sobre todo, en la forma de vivir. Excelencia no significa elitismo, aristocracia o distancia de los más débiles. Excelencia significa desarrollar al máximo las propias capacidades, poniéndolas al servicio de los demás. La excelencia tiene que ver con una visión noble de la vida, con la confianza en los seres humanos, con el anhelo de ser co-creadores en esta obra de Dios no terminada. Donde hay pasión por la excelencia nos dejamos atraer por todo lo verdadero, bueno y bello que vemos en las personas y situaciones. No nos resignamos a que las cosas continúen como siempre, no aceptamos como normal el deterioro, la pasividad o la resignación. Frente al “imperio de la mediocridad” necesitamos animarnos unos a otros a la “obra bien hecha”: desde una comida hasta un trámite burocrático, un trabajo de albañilería o fontanería, un escrito, una operación quirúrgica, una obra de arte o una celebración litúrgica. El mundo sería un poco más habitable.

domingo, 19 de mayo de 2019

El amor es siempre nuevo

El V Domingo de Pascua me sorprende en Bahía Blanca, después de un alto fugaz en Buenos Aires. He pasado de las alturas de la puna a un puerto de mar. Después de la sequedad de Humahuaca, agradezco la humedad de esta ciudad atlántica fundada en 1828. Se respira mejor. La piel recobra su tersura habitual. Las lecturas de este domingo nos invitan a caer en la cuenta de que donde está Dios, todo es nuevo. Dios nunca es algo obsoleto. Es verdad que muchas personas, sobre todo en Europa, tienen la sensación de que todo lo referido a la fe y a la Iglesia está cubierto por una pátina que impide percibir su novedad. Parece que la Iglesia va siempre a remolque de las “novedades” que se abren paso en el mundo, como si padeciera una especie de pereza crónica para admitir que las cosas cambian porque la vida es cambio continuo. Ayer la Iglesia puso muchos reparos a los avances de la ciencia, de la democracia y de las luchas obreras. Hoy parece reacia a subirse al carro de las reivindicaciones de los movimientos ecologistas, feministas, LGTB, etc. No niego que a lo largo de la historia se han producido retrasos que obedecen a causas muy variadas, pero también es verdad que las “luces rojas” que la Iglesia ha encendido ante ciertos fenómenos –incomprendidas y rechazadas en su momento– se han mostrado proféticas al cabo de los años. No toda novedad es, por el mero hecho de serlo, un avance absoluto en la historia de la humanidad. Casi siempre las novedades son hechos ambivalentes. Junto a notables progresos, esconden riesgos y amenazas. Hay que ser muy ingenuos para pensar que la revolución industrial, la democracia o la energía nuclear, por ejemplo, solo han traído beneficios a la humanidad.

Jesús nos ofrece el mandamiento “nuevo” del amor como señal distintiva de que somos discípulos suyos. El amor –y no otros signos externos– es, pues, el verdadero “logo” que nos identifica como comunidad eclesial en un mundo diverso. A primera vista, no se advierte en qué consiste la novedad. Algo semejante han afirmado otros líderes religiosos a lo largo de la historia de la humanidad y también notables pensadores y psicólogos. Pienso, por ejemplo, en la tesis que Erich Fromm presenta en su famoso libro El arte de amar. Jesús nos pide que nos amemos unos a otros “como yo os he amado”. En este “como yo” reside la novedad. Jesús nos amó dando su vida, no simplemente inundándonos de vibraciones positivas y de sentimientos blandos. Amar significa dar la vida. ¿No es ésta una novedad absoluta en un mundo en el que todos luchamos por preservar nuestra vida a cualquier precio, caiga quien caiga? ¿No es una novedad absoluta en un contexto cultural en el que el amor se reduce a menudo a su versión romántica y sentimental?

Amar “como Jesús nos ha amado” siempre resultará una novedad contracultural. No estamos preparados para tanta novedad en un mundo individualista y hedonista. Sin embargo, el Espíritu de Dios sigue suscitando –dentro y fuera de la Iglesia– personas que están entregando su vida. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el infinito. En mi viaje por el Cono Sur he sido testigo de muchas historias hermosas de solidaridad y entrega. Por eso, nuestro mundo sigue en pie: porque el amor es más fuerte que el egoísmo, la vida más fuerte que la muerte. Frente a todos los contubernios políticos, económicos y científicos que pretenden hacer de nuestro mundo una cárcel controlada, hay una corriente imparable de amor que siempre acaba venciendo. Ni Auschwitz, ni los gulags soviéticos, ni el capitalismo salvaje, han tenido la última palabra en la historia, por poderosos que puedan parecer.

Solo desde esta clave se entiende el fragmento del Apocalipsis que nos propone la segunda lectura de este domingo. Se nos habla de “un cielo nuevo y de una tierra nueva”, de una “nueva Jerusalén”. Se dice que “todo lo antiguo ha pasado” y que el que está sentado en el trono –es decir, Jesús– “hace nuevas todas las cosas”.  No hay nada más viejo que el pecado en todas sus múltiples manifestaciones. Donde hay pecado, la vida se vuelve vieja, ajada. No podemos imaginar un mundo “nuevo” basado en la dominación de los fuertes sobre los débiles, en el control absoluto de las personas a través de las tecnologías de la información, en la búsqueda desenfrenada de placeres o en la manipulación genética al servicio de estúpidos ideales transhumanos. 

Solo hay verdadera novedad donde los seres humanos aprendemos a amarnos unos a otros “como Jesús nos ha amado”. Por eso, los hombres y mujeres más “nuevos”, más modernos, no son quienes exhiben el último modelo de teléfono móvil o se apuntan a la última campaña ecologista o feminista, sino quienes, en el anonimato de vidas sin aparente relieve, se dedican a amar de verdad, a preocuparse de los más débiles, a entregar lo que tienen y son. Estas personas son la verdadera vanguardia de la historia, las que, con la fuerza del Espíritu de Jesús, construyen un cielo nuevo y una tierra nueva. No importa si no visten a la moda o no saben usar un ordenador. La novedad que Jesús propone no tiene nada que ver con la obsesión por estar “a la última” porque lo más último y definitivo es siempre el amor; es decir, Dios.

sábado, 18 de mayo de 2019

El peso de los días

Esta mañana viajo de Jujuy a Buenos Aires. Termina la etapa andina de mi largo viaje por el Cono Sur. Durante más de 40 días he tenido oportunidad de encontrarme con muchas personas y conocer nuevos lugares. Mi viaje externo ha ido acompañado por un extraño viaje interior. Compartir la vida de las personas es la experiencia más fascinante y agotadora que un ser humano puede vivir. Las preguntas se solapan. Una conversación en una aldea argentina se entrecruza con una noticia del periódico. Una llamada familiar se enlaza con un correo en el que se aborda un asunto de trabajo. ¿Cómo se puede mantener la calma en medio de tantas oscilaciones? ¿Cómo se puede vivir una sola vida cuando uno tiene la impresión de vivir muchas vidas al mismo tiempo? No quiero hablar demasiado de mí. Pienso en otras muchas personas que están librando batallas que parecen interminables. Me he encontrado con algunas familias azotadas por la enfermedad de alguno de sus miembros. Ayer, sin ir más lejos, una anciana me contó la experiencia traumática del accidente de una de sus hijas y el calvario que está pasando desde hace poco más de un año. ¿Quién se hace cargo del sufrimiento de las personas? ¿A quién le importan de verdad las experiencias de separación y divorcio, enfermedades y operaciones, ancianos abandonados, adolescentes que se suicidan? Me impresionó escuchar algunas historias de suicidios recientes en La Quiaca. ¿Qué puede impulsar a una persona a quitarse la vida? ¿Qué fracaso o qué soledad son más fuertes que las ganas de vivir?

Es verdad que he disfrutado con los paisajes imponentes de los Andes y con la belleza de los campos del sur de Chile o de Paraguay, pero nada de esto es comparable a la intensidad de muchas historias de hombres y mujeres que son como aldabonazos en la puerta de mi alma. ¿Cómo animar a quien ha perdido la ilusión de ser religioso, a quien se siente escandalizado por los abusos de algunos clérigos? ¿Cómo ayudar a recuperar la alegría de vivir en comunidad a quien hace tiempo que ha tirado la toalla porque se ha acostumbrado a un estilo de vida individualista y escéptico? Las historias “lejanas” tampoco ayudan mucho a vivir con serenidad y esperanza. En algún momento he sentido la tentación de no asomarme a los periódicos digitales. Se me hace difícil procesar tanta mentira y tantas injusticias. ¡Hasta las películas y las series de televisión se enfangan en los lodazales de la condición humana, como si la verdad, la bondad y la belleza no tuvieran lugar en nuestro mundo! Parece casi imposible encontrar personas de una pieza, que actúen según principios y no de acuerdos a mezquinos intereses. Incluso en las relaciones que parecen más diáfanas, siempre se agazapan demonios de dominación y explotación. Los días se van haciendo cada vez más pesados. Pareciera que solo las personas inconscientes pueden ser medianamente felices. Abrir los ojos y el corazón, pensar y reflexionar se han convertido en actividades de alto riesgo emocional y espiritual.

¿Podrá ayudarnos la liturgia del tiempo de Pascua a sobrellevar con dignidad el peso de los días? ¿De qué sirve la fe en Jesús resucitado a la hora de afrontar la complejidad de la vida? ¿Es un refugio o una fuerza de cambio? ¿Sirve como narcótico o como impulso creativo? Este año me ha tocado vivir el tiempo pascual en continuo éxodo. Empezar y acabar, saludar y despedirme han sido para mí verbos de conjugación diaria. Sin exageraciones, este largo viaje ha sido una hermosa y desafiante parábola de la existencia humana. Estamos siempre naciendo y muriendo un poco. Vivir esta sucesión de experiencias unidos a Jesús permite darles un sentido pascual. Nada ni nadie es más fuerte que la fuerza de su resurrección. No es una metáfora, sino una clave. Durante mi largo viaje, ni un solo día he podido seguir la rutina de mi ritmo romano. Siempre he dependido de programas que me habían preparado. En algún momento, he echado de menos más tiempo personal. Al final, uno aprende que el ritmo y la unidad no dependen tanto de lo que sucede por fuera, sino de la actitud que cada uno tenemos por dentro. Cuando uno vive las experiencias de cada día como cosas que suceden fuera de programa, entonces experimenta una división interna y un estrés que amenazan la paz interior. Cuando, por el contrario, afronta cada encuentro, cada conversación, como una experiencia única, entonces todo adquiere una secreta armonía. Se acaba el programa, comienza la vida. ¿No es ésta una hermosa experiencia de Pascua?

viernes, 17 de mayo de 2019

Los poderes fácticos

Hace muchos años, cuando dejó de ser presidente del gobierno de España, Felipe González hizo unas declaraciones que reproduzco de memoria: “De ahora en adelante me gustaría parecerme a la Iglesia. Renuncio al poder para tener influencia”. A fe que el viejo político socialista se ha tomado en serio esta irónica frase. Me viene a la memoria a propósito de un fenómeno que encuentro a menudo en comunidades religiosas, asociaciones de todo tipo y también en la vida familiar y social. Hay personas que ejercen poder porque han sido elegidas o designadas para ello. Lo podrán hacer mejor o peor, pero hay una razón objetiva que avala su liderazgo. Hay otras que no han sido elegidas ni designadas por quien puede hacerlo, pero tratan siempre de imponerse en virtud de su estatura física, sus cualidades intelectuales o morales… o sencillamente sus ganas de mandar. Estos últimos son muy peligrosos. A veces ejercen su influencia de manera abierta, incluso impositiva. Acaban haciéndose odiosos. Otras veces utilizan estrategias más sutiles. La edad, el tiempo vivido en un lugar o la red de amistades se convierten en factores que presionan para conseguir los propios objetivos. Estos son los llamados “poderes fácticos”; es decir, poderes que se imponen por la fuerza de ciertos hechos, no como fruto de un discernimiento o una elección.

Hay poderes fácticos que lo son casi inadvertidamente. Pero otros maquinan en la sombra para salirse siempre con la suya. Mientras consiguen lo que quieren, adulan a los poderes establecidos para lograr su aprobación. Cuando éstos no se amoldan a sus exigencias, reaccionan con violencia. No es fácil lidiar con los “poderes fácticos”. Uno corre el riesgo de quedar atrapado en sus redes. Lo ideal sería hablar con transparencia, discernir juntos las situaciones y repartir responsabilidades. Pero este método abierto no siempre funciona. Los “poderes fácticos” casi nunca quieren renunciar voluntariamente a sus privilegios y “derechos” adquiridos. Se han acostumbrado de tal manera a mandar, disponer, influir en los otros, que casi no saben vivir de otra manera. El poder se ha convertido para ellos en una especie de droga. Se requiere mucha humildad y paciencia para canalizar su influencia hacia áreas inofensivas. Y, sobre todo, es preciso que los “poderes establecidos” no renuncien a ejercer sus responsabilidades por temor a ser ridiculizados o ignorados. La tensión está servida.

Me he preguntado con frecuencia por qué hay personas a las que les gusta tanto mandar. Cualquier oficio que ejercen (profesor, párroco, superior de una comunidad, ecónomo, director de una institución, etc.) se convierte en excusa para practicar una especie de dictadura sobre los demás. Dan órdenes, imponen proyectos, secuestran la opinión ajena, se arrogan privilegios y se enojan si alguien se atreve a cuestionar sus métodos o a ofrecer una opinión distinta. Creo que, en la mayoría de los casos, la razón última es una pobre personalidad. Sin el ejercicio del poder, estas personas se sentirían mediocres, pocos las tendrían en cuenta. Lo peor no es que existan personas de este tipo, sino que los demás caigamos en la trampa de sus caprichos y arbitrariedades y les sigamos el juego. Se requiere una respuesta valiente, pero sin provocar humillaciones. No hay nada que los “poderes fácticos” teman más que ser humillados en público, que alguien desnude su inconsistencia infantil. En fin, no sé si la entrada de hoy es fruto de la altura en la que vivo los últimos días, pero me parece que nace de una experiencia vivida a lo largo de muchos años.