
El pasado sábado 5 de septiembre cumplí 50 años como misionero claretiano. Lo celebré con mis tres compañeros de curso: Julián, Miguel y Mariano. Durante la mañana nos perdimos en el bosque segoviano de Valsaín para disfrutar de un tiempo de silencio y oración en contacto con la naturaleza, el primer libro de la gramática divina. Los cuatro somos muy aficionados a la montaña y al senderismo. Por otra parte, acabábamos de celebrar con toda la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por la Creación. Las aguas cristalinas de un saltarín río Eresma, ante el que pasé minutos de contemplación silenciosa, se convirtieron en símbolo de una vida misionera que ha sido también un río de gracia enriquecido por numerosos afluentes que han vertido sus aguas en el cauce principal.
Rematamos la mañana celebrando la Eucaristía en la capilla penitencial de nuestra iglesia de Segovia. La comunidad fue fundada en 1861, cuando todavía vivía san Antonio María Claret. Ese lugar está ligado a nuestros primeros años de formación. En él comenzamos el noviciado el 7 de septiembre de 1975, aunque luego lo proseguimos en Castro Urdiales (Cantabria). Escuchamos la Palabra. Cantamos las canciones que solíamos cantar hace 50 años. Compartimos nuestras experiencias de camino. En el memento de difuntos recordamos de manera especial a nuestros padres ya fallecidos. La comida festiva al más puro estilo segoviano puso el broche a una mañana contemplativa.
La tarde se convirtió en camino por los lugares asociados a nuestra experiencia vocacional. Oramos en la iglesia de san Andrés (el primer lugar al que llegaron los claretianos desde Cataluña). Lo hicimos también junto a la Virgen de la Fuencisla y frente al sepulcro de san Juan de la Cruz en el tercer centenario de su canonización: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!”. Terminamos regresando a Madrid (con rosario incluido en el coche) y compartiendo las vísperas y la cena con mi comunidad. Aún quedó noche para un paseo y un helado junto al palacio real mientras las gentes paseaban buscando aliviar el calor de la jornada.

El domingo 6 agradecimos a Dios el don de la vocación recibida junto a la comunidad parroquial de San Antonio María Claret en Madrid. En la Eucaristía presidida por el padre José Cristo Rey García –antiguo formador nuestro y siempre mentor y amigo– y concelebrada por un nutrido grupo de claretianos de distintos países, renovamos nuestra profesión religiosa. Me emocionó el comienzo mismo de la fórmula: “Respondiendo a la vocación divina, yo, Gonzalo, quiero procurar con el mayor empeño la gloria de Dios, dedicarme plenamente a él y seguir más de cerca a Cristo Señor, como los Apóstoles, en el ministerio de la salvación de los hombres de todo el mundo”. El compromiso suena serio: “quiero procurar con el mayor empeño”. Pero esa opción es, en realidad, un acto responsivo. La fórmula no empieza con un compromiso, sino con la acogida de un don: “Respondiendo a la vocación divina”.
No es fácil explicar la belleza y hondura de un estilo de vida que, en realidad, es solo una forma de respuesta al don recibido. ¿He sido consciente de la fuerza de este don a lo largo de los últimos 50 años? ¿He sabido responder con gratitud, alegría y fidelidad? ¿Habrá algún joven en la asamblea que sienta el cosquilleo de la inquietud vocacional? Mientras contemplaba la asamblea parroquial o escuchaba algunos de los cantos interpretados por el coro, pensaba en todas las personas que no estaban físicamente en el templo (comenzando por mi familia y mis mejores amigos), pero que forman parte esencial de mi geografía afectiva. No entiendo mi vocación sin ellas. A veces, se puede ser sin estar, aunque siempre es bueno que ambos verbos caminen parejos.

La comida de fiesta con las comunidades del Colegio Claret y de la curia provincial fue un hermoso momento de fraternidad. Nuestro compañero Mariano, venido de San Petersburgo (donde lleva ya casi 30 años), nos sorprendió con una botella de vodka en la que nadaban pequeñas láminas de oro. Era una forma de simbolizar esas “bodas de oro” con el Señor, el único que da unidad y sentido al pasado, al presente y al futuro. Creo que es la primera vez en mi vida que brindo con oro y no experimento ninguna intoxicación. Las canciones brotaron saltarinas para alegrar la fiesta.
La jornada culminó a 80 kilómetros de Madrid. En medio de una templada noche toledana, disfrutamos del espectáculo “El sueño de Toledo”, una recreación artística de la historia de España que, durante 70 minutos, deja estupefactos a los miles de espectadores que la contemplan. La ciudad de Toledo se convierte simbólicamente en el epicentro del terremoto de acontecimientos históricos que ha sacudido a nuestro país a lo largo de los siglos, desde que el rey Recaredo hiciera su profesión de fe católica ante el obispo Leandro hasta el presente.
¿No es la vocación misionera el “sueño de Dios” para cada uno de nosotros? Conduciendo de regreso a Madrid, al filo de la medianoche, sentí que dos días intensos, bellos y compartidos redimen la cotidianidad de su insignificancia y la abren a un destino eterno. Gracias de corazón a Dios y a todas las personas que han hecho y siguen haciendo posible este hermoso sueño.
En un día como hoy, es inevitable no hacer referencia a María, en la fiesta de su Natividad. Nosotros somos Hijos de su Inmaculado Corazón. A ella le cantamos en varias ocasiones durante nuestro encuentro: “Gracias os doy, oh Madre, por la vocación recibida. Dadme, dadme la gracia de ser a ella fiel toda mi vida”.


















