sábado, 8 de agosto de 2026

Contemplar y compartir


Enfundado en el alba y la casulla, sudé ayer por la tarde en la normalmente fría iglesia de mi pueblo. Eso me hizo entender que este año el verano está siendo riguroso, incluso en un lugar en el que muchos solían venir huyendo de los calores de otras partes. No noté mucha diferencia entre el bochorno de Madrid y el calor de Vinuesa. Solo por las noches es más perceptible el contraste, lo que no es poco para poder descansar. 

El primer día de las vacaciones se va en saludos y adaptaciones al nuevo ritmo. Lo he empezado caminando por el bosque cuando todavía el termómetro marcaba 17 grados y tomando un desayuno a base de kéfir, nueces y frutas. Se ven muchas caravanas aparcadas en el estacionamiento reservado para ellas y gentes de diverso pelaje moviéndose de un lugar a otro. Parece que el eclipse total del próximo día 12 ha movilizado incluso a algunos centroeuropeos. De hecho, he visto un enorme autobús repleto de turistas holandeses. A mí me gusta más el pueblo cuando hay poca gente, pero es inevitable que se llene en agosto. Todo el mundo tiene derecho a respirar un poco.


Hoy recordamos a un santo -Domingo de Guzmán- que está muy ligado a esta tierra. Oriundo de Caleruega, fue canónigo en la catedral de Osma. Su ideal de contemplación y apostolado sigue siendo tan válido hoy como en el siglo XIII. Frente a quienes se dejan llevar por impulsos sentimentales, falsamente evangélicos, Domingo reivindicaba la importancia del estudio de la Palabra de Dios. Conviene recordarlo hoy. Cada vez me encuentro con más grupos de cristianos de buena voluntad, guiados por personas un tanto desequilibradas, que intentan “poner de moda a Dios” en el contexto de nuestra sociedad secularizada. Admiro su desparpajo, pero temo su inmadurez. Llevados por no sé qué extraño espíritu, embarcan a personas ingenuas en caminos espirituales que no conocen. Las someten a sus arbitrariedades y abusos dejándolas confundidas. 

Este no es un fenómeno del pasado (como los cátaros a los que tuvo que enfrentarse Domingo), sino algo que está muy vigente. Lo he visto en México el mes pasado y lo veo también en algunos lugares de España. En alguna medida, la proliferación de estos grupúsculos de “iluminados” está ligada a nuestra pastoral superficial y acelerada, que no tiene tiempo ni hondura para acompañar a los cristianos en sus procesos de crecimiento espiritual.


En las pocas horas que llevo en mi pueblo natal, varias personas me han hablado del impacto que les produjo el viaje de León XIV a España el pasado mes de junio. Es como si hubieran experimentado una atracción que suele ser más frecuente en el ámbito del arte y del deporte que en el de la religión. Quizás, más allá del magnetismo de una figura serena como la del Papa, lo que muchos han visto en él ha sido una referencia de valores objetivos, una propuesta de un camino preciso en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión. 

León XIV ha sido una especie de Domingo de Guzmán que, sin aspavientos ni liderazgos espectaculares, ha conseguido mostrar que en el Evangelio seguimos teniendo una brújula segura para navegar en este cambio de época. Su origen estadounidense, su experiencia misionera peruana y sus años de gobierno como superior general de los agustinos le han proporcionado una mirada muy universal. De esta forma, se hace cargo de lo que hoy estamos viviendo. Por eso, sus palabras son precisas, medidas, atinadas. No dice más que lo imprescindible. Y lo hace de manera clara (es matemático de formación), hermosa (es heredero de san Agustín) y estimulante (no pretende regañar, sino animar). Pasado el verano, necesitaremos volver sobre sus mensajes para seguir profundizando.

jueves, 6 de agosto de 2026

Iluminar sin eclipsar


Los medios de comunicación llevan días preparándonos para el eclipse total que tendrá lugar el próximo miércoles 12 de agosto. Es uno de los temas estrella del verano, junto al triunfo de España en el Mundial de fútbol, los incendios y la invasión de Ceuta por parte de miles de marroquíes. Hemos pasado de ser entrenadores de fútbol, expertos en incendios y politólogos que dominan la geoestrategia mundial a ser astrónomos aficionados que pontifican sobre el significado de un eclipse, los lugares mejores para contemplarlo y los riesgos que corremos si no lo hacemos como Dios manda. 

Hacia las 8,30 de la tarde del miércoles 12, la luna cubrirá el sol y todo se oscurecerá durante un período que varía según los lugares, pero que oscila entre uno y dos minutos. En este contexto crepuscular, la fiesta de la Transfiguración del Señor no nos habla de tinieblas, sino de resplandor. La versión de Mateo que leemos este año dice que Jesús “se transfiguró delante de ellos [Pedro, Santiago y Juan], y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús no eclipsa al Padre, sino que lo refleja en su rostro iluminado. No se interpone entre el hombre y Dios, sino que lo revela plenamente porque Él es el Hijo amado de quien podemos fiarnos.


Cuando llega esta fiesta anual, la mente se nos va al recuerdo de la bomba atómica de Hiroshima (1945), a la muerte de san Pablo VI (1978) y a la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) que el papa san Juan Pablo II articuló en torno al icono de la Transfiguración. Perfectamente podríamos celebrar hoy la Jornada de la Vida Consagrada en vez de hacerlo el 2 de febrero. Con esta concentración de motivos, la fiesta adquiere una gran densidad. 

En medio de nuestras desfiguraciones (de las que Hiroshima es el símbolo contemporáneo), estamos llamados a mirar el rostro luminoso de Cristo. En él descubrimos que también nosotros hemos sido transfigurados por la gracia de Dios para descender desde la montaña de la oración al valle de la vida cotidiana con el rostro iluminado. La vida consagrada es un recordatorio permanente, exagerado, profético, de lo que todo cristiano experimenta cuando se encuentra con Cristo. Animados por la fuerza de esta experiencia, podemos afrontar las pruebas de la vida sin perder la esperanza, convencidos de que, unidos a Cristo, la tiniebla se convierte en luz y la muerte es derrotada por la vida eterna. La transfiguración es una claraboya por la que el cielo se hace visible en la tierra.


Soy consciente de que muchas personas tienen dificultades para subir a la “montaña alta” donde tiene lugar esta revelación. Sus vidas discurren en este “valle de lágrimas” que es la vida cotidiana. Hablando ayer con un amigo mío, profesor de bachillerato en un pequeño colegio multicultural de la periferia de Madrid, conocí varias historias de adolescentes que provienen de familias rotas, que se hacen heridas en el antebrazo, que se escapan de casa y que consumen sustancias con la vana ilusión de huir de una vida miserable. 

No aspiran a una transfiguración profunda, sino solo a una evasión efímera. Sobre sus espaldas llevan mochilas pesadas llenas de desprecios, amarguras y vacíos. A veces reaccionan con agresividad cuando lo que buscan es reconocimiento y cariño. ¿Quién puede acompañar a estos jóvenes a escalar la montaña en la que uno se encuentra con Cristo? Es verdad que, junto a historias desfiguradas, hay también preciosos testimonios de historias transfiguradas, pero para que se dé el paso de unas a otras se necesitan guías que acepten el reto de caminar junto a los que se encuentran en los bordes del camino.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Dos estrellas cuestan cien euros


Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo. 

Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.


Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100. 

El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.


Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias. 

Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.

martes, 4 de agosto de 2026

Orar y amar


Algunos de mis mejores amigos son sacerdotes seculares. Varios ejercen de párrocos o vicarios en distintos lugares del mundo. Pienso en ellos en el día en que celebramos la memoria de san
Juan María Vianney (1786-1859), el famoso cura de Ars. La historia de este sacerdote francés, que vivió en plena Revolución francesa, es impresionante. En él se cumplen a cabalidad las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21). 

El cura de Ars tuvo problemas con los estudios. El latín se le atragantaba. Llegó a ser expulsado del Seminario Mayor por no ser considerado idóneo para el ministerio sacerdotal. Ordenado sacerdote en 1815, fue enviado primero a Ecully, como ayudante del que había sido su valedor, Don Balley. Cuando este murió, fue enviado como clérigo a Ars, una aldea no muy lejana a Lyon, “el último pueblo de la diócesis”. La aldea contaba con unos 250 habitantes de condición humilde. Aunque puso en práctica algunas iniciativas de tipo social, enseguida destacó como director espiritual. Pronto la gente empezó a acudir a él de otras parroquias cercanas, luego de lugares distantes y finalmente de todas partes de Francia e incluso de otros países.


Su consejo era buscado por obispos, presbíteros, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, aristócratas y plebeyos, damas de sociedad, intelectuales y labriegos, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Murió el 4 de agosto de 1859. Sus restos mortales se conservan incorruptos en el santuario de Ars, el pequeño lugar al que dedicó su vida como presbítero y donde falleció. San Juan Pablo II hizo elogió así a este cura de pueblo:
“Me impresionaba profundamente, en particular su heroico servicio de confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario”.

Si los santos son nuestros verdaderos maestros en el camino del Evangelio, me pregunto qué podemos aprender del cura de Ars en la evangelización de hoy. ¿No estaremos llamados los sacerdotes a una vida de oración intensa, a un estilo de vida más sobrio y a una dedicación sin tregua al acompañamiento espiritual y al sacramento de la Reconciliación? Juan María Vianney supo hacerlo en tiempos convulsos. No perdió el tiempo en interminables “análisis de la realidad”. Se puso manos a la obra, como se ponen los sencillos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios. No ha pasado a la historia como un gran erudito, sino como un hombre de fe y de oración. En el oficio de lecturas de hoy, leemos estas palabras suyas:
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

lunes, 3 de agosto de 2026

Creer es confiar


Lo contrario a la fe no es la duda sino el miedo. Y de esto nos habla el evangelio de hoy. Entre el Jesús que alimenta a la multitud (evangelio de ayer domingo) y el Jesús que cura a los enfermos (final del evangelio de hoy) se produce la escena del Jesús que se dirige a sus discípulos en medio de la noche caminando sobre las aguas del lago. El cuadro es extraño y sugestivo. La barca en la que navegan los discípulos “iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. 

Como en otras ocasiones, Jesús se acerca a sus discípulos asustados (la novedad de esta ocasión es que lo hace caminando sobre el agua) y les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Ese “soy yo” tiene todo el sabor de una afirmación de identidad divina. Si Dios está en Jesús, no hay lugar para el miedo, por fuertes que soplen los vientos de la historia. Pero para ellos es necesario fiarse, creer. Pedro lo intenta, pero sucumbe. Puede más el temor a hundirse que la confianza en la palabra de Jesús.


Nosotros nos somos, por lo general, hombres y mujeres ateos, sino personas miedosas. No es que no creamos en Dios, sino que nos cuesta confiar en Él, abandonarnos en sus manos. Si no llevamos el timón de nuestra vida, nos parece que nuestra barquichuela va a naufragar. El miedo abre vías de agua en su casco. Hay demasiadas realidades que nos producen miedo. Algunas son comunes a la mayoría, pero otras son muy personales. Desde hace años, se ha instalado en nosotros el miedo al futuro. La irrupción de la IA no ha hecho sino aumentarlo. Tememos que se apodere de nuestras vidas y tome decisiones que comprometan el futuro de esta “magnífica humanidad”. 

Todo lo que es susceptible de ser mal utilizado, acaba siéndolo, desde la pólvora hasta la energía atómica. Sucederá lo mismo con la IA. Hay motivos para estar preocupados. Pero los miedos tienen también un rostro más doméstico: desde el miedo a una enfermedad grave hasta la falta de dinero para pagar un alquiler o la preocupación ante el futuro incierto de los hijos o nietos.

Cuando sentimos miedo es cuando aprendemos a creer. La fe no es el resultado de un argumentario impecable, sino, ante todo, un ejercicio de confianza. Creer significa dejar que Dios sea Dios y lleve las riendas de nuestra vida, abandonarnos en el misterio de su amor infinito.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Despedir o repartir?


La petición central del Padrenuestro se refiere al pan: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Y sobre el pan que alimenta a una multitud trata el Evangelio de este XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús siente compasión de la muchedumbre que se le ha adelantado por tierra y ha llegado antes que él y los discípulos “a un lugar tranquilo y apartado”. Además de curar a los enfermos, siente la necesidad de alimentar al gentío. Podría haberlo hecho él solo con su poder, pero involucra a sus discípulos. 

Les pide que no envíen a la gente a los pueblos cercanos para procurarse comida, sino que ellos mismos les den de comer. Jesús bendice lo poco que tienen; los discípulos, como camareros del Reino, reparten el pan. El resultado es espectacular: “Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo poco se convierte en mucho cuando de por medio hay bendición y entrega. Jesús involucra a quienes querían despedir a la gente. La compasión es más poderosa que la indignación.


Compartir lo poco que somos y tenemos es el modo mejor de alimentar a la multitud. De nuestra pobreza Jesús saca pan en abundancia para todos. Escribo estas líneas a las pocas horas de haber aterrizado en Madrid después de un vuelo de once horas desde CDMX. Ya he celebrado la Eucaristía dominical venciendo la somnolencia que me acechaba. No se me quita de la cabeza la escena del Evangelio. 

Me llama la atención el contraste entre la reacción de los discípulos (que quieren despedir a la multitud) y la de Jesús (que siente compasión de ella). También los discípulos de hoy sentimos la tentación de despedir a las personas que nos incomodan porque rompen nuestros planes. Llevamos décadas poniendo el acento en la programación pastoral. Es probable que con tanto programa hayamos olvidado la compasión. La realidad es siempre más grande que cualquier idea. Quien no es capaz de compadecerse de la gente, siempre encontrará excusas para no darle de comer.



sábado, 1 de agosto de 2026

La vida sigue


Los aeropuertos son mi segunda oficina. Faltan dos horas para que despegue mi avión de CDMX a Madrid. Dispongo de tiempo para escribir la entrada de hoy después de haber tenido abandonado este blog durante varios días. Termina mi estancia de dos semanas en México. Ayer concluimos el IV Curso de Vida Consagrada organizado por la arquidiócesis de México con el título: “La vida consagrada: entre crisis e incertidumbre”. 

No es fácil volver sobre este tema cuando la mayor parte desea “salir” de la crisis antes que “aprovechar” la crisis para purificar motivaciones, podar ramas secas, sanar las raíces y abrir caminos nuevos. Junto a los 110 participantes presenciales, hubo más de 200 en línea. La verdad es que acabé cansado. Además de las clases matutinas, durante la tarde tenía que recibir a las personas que querían hablar conmigo sobre asuntos de sus asociaciones y congregaciones. Me sorprendió el número de nuevas iniciativas que están surgiendo en este país. La mayoría son muy frágiles. Necesitan discernimiento y acompañamiento.


El aeropuerto está tranquilo, aunque en los mostradores de Iberia se acumulaba mucha gente. Hoy comienza el mes de las vacaciones por excelencia. Para ponerme al día, aprovecho la espera para visitar algunos periódicos digitales. Se sigue hablando mucho de los incendios veraniegos y de la “invasión” de Ceuta por miles de ciudadanos marroquíes. Parece obvio que no se trata de algo improvisado, sino de una estrategia bien orquestada que responde a los intereses de Marruecos, apoyados por Estados Unidos e Israel. 

No es fácil manejar crisis de este tipo cuando se dan objetivos geoestratégicos y económicos confesables junto a posibles chantajes inconfesables. No creo que en este caso la debilidad sea la mejor estrategia. A veces, solo la firmeza contundente y una política informativa clara desactivan estas bombas humanas. Pero es imposible encontrar salidas dignas a este problema cuando no se ponen todas las cartas sobre la mesa. Las que de verdad cuentan son las que se esconden en la bocamanga. Los ciudadanos asistimos confundidos a un juego con trampas.


Salgo de México con 15 grados de temperatura. Es probable que cuando llegue a Madrid reciba una bofetada de más de 30 grados. No es agradable pasar de un clima primaveral como el que he disfrutado estas semanas a los rigores del estío madrileño, pero no queda otro remedio. Además del desajuste horario, tendré que padecer el climático. La vida es un continuo esfuerzo de adaptación al medio, solo que lo que apenas me costaba hace veinte o treinta años cada vez se me hace más cuesta arriba. Necesito descubrir nuevas mañas para minimizar los riesgos. 

En fin, hay tiempo para todo. Quizá la sabiduría consista en saber aprovechar cada momento sin abandonarnos a la nostalgia del pasado o vendernos a la ansiedad del futuro. A cada día le basta su afán. Es mi dosis de reflexión en este “no lugar” que es el aeropuerto Benito Juárez. Atrás quedan los días pasados en los Altos de Jalisco, Guadalajara y CDMX. Agradezco todo lo vivido. Quiero transformarlo en energía para afrontar lo que me espera. Life goes on.