lunes, 30 de marzo de 2026

Entre fieles y turistas


Seis y media de la tarde. El cielo está azul, con algunas nubes ralas que rompen la monotonía. Sopla un aire molesto y frío. La Puerta del Sol está llena de turistas y curiosos. Las vallas metálicas han creado un pasillo de unos cuatro o cinco metros de ancho que conecta la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid con la calle Preciados. Una jirafa de Telemadrid está apostada cerca de la fuente de Carlos III. Sube y baja sobre las cabezas de los presentes. El sonido de una banda venida de Albacete hace presagiar que de un momento a otro entrará el paso de La Borriquita, que ha salido de la catedral tres horas antes portado por los miembros de la Hermandad del mismo nombre. 

Se detiene frente a la sede de la Comunidad. Hay relevo en el equipo de costaleros. Todo transcurre con mucha lentitud y parsimonia. Acostumbrado a horarios precisos y acelerados, se me hace eterna la espera. No sé distinguir entre devotos, turistas y curiosos. Todos estamos apelotonados. Hay algunos aplausos sueltos. Permanezco casi un par de horas de pie. La tarde va cayendo. A esta misma hora discurren varias procesiones por distintos barrios de Madrid. Me alejo por la calle Arenal rumbo a mi casa. El centro está, como de costumbre, atiborrado de gente. No sé si muchos madrileños habrán salido, pero es evidente que muchos turistas han entrado.


Tenía curiosidad por contemplar algunas de las procesiones de la Semana Santa de Madrid, ya que suelo estar fuera en estas fechas. Tal vez no elegí ni el lugar ni el día más apropiados, pero confieso mi decepción. En otros sitios he percibido orden, belleza, emoción y mucha fe. No fue eso lo que sentí ayer en la Puerta del Sol. Todo me pareció una amalgama un tanto rancia y desaliñada de ritos. Parecía más un desfile para contemplación de turistas que una verdadera procesión. 

Como sucede hoy con cualquier evento, los móviles parecían los protagonistas. Casi todo el mundo disparaba el suyo para captar alguna imagen. Yo mismo lo hice para ilustrar la entrada de hoy. Imagino que quienes procesionaban lo hacían con otro espíritu, pero no era fácil captarlo. En esos momentos eché de menos el orden y la bella sobriedad de la liturgia. También ella está sometida al peaje de la rutina, pero conserva su armonía.


Sé que, a partir de una experiencia singular, no se pueden extraer conclusiones universales. Lo aprendí cuando estudiaba Lógica en mis años juveniles. En otros lugares y a otras horas (sobre todo, nocturnas) he participado en procesiones que llegan al alma. En cualquier caso, que en el corazón de una ciudad cosmopolita como Madrid se vean manifestaciones de este tipo es un recordatorio de que existen realidades que van más allá de nuestros desvelos habituales. 

Enfrente de mí tenía a un grupo de turistas indios –probablemente hindúes– que aguantaron de pie todo el tiempo y que, en cuanto aparecían los pasos, no hacían más que disparar sus móviles. Yo me preguntaba qué pensarían. Quizás imaginaban que era algo parecido a los festivales que ellos organizan en torno al dios Ganesh o a cualquiera de sus múltiples divinidades. Notaba que no se sentían a disgusto. En la India son muy frecuentes estas manifestaciones callejeras. Para ellos, religión, cultura y vida social forman una unidad inescindible. Nosotros hace tiempo que hemos privatizado la fe. Algunos desearían incluso que desapareciera todo vestigio público y que, en el mejor de los casos, quedara confinada en la sacristía de la propia conciencia. Vivimos en dos mundos muy diferentes. No tengo nada claro que el europeo sea mejor.



domingo, 29 de marzo de 2026

Signo de contradicción

 

Con el Domingo de la Pasión del Señor (Domingo de Ramos) comienza la Semana Santa. Durante estos días la liturgia y la religiosidad popular no siempre caminan de la mano. A veces, da la impresión de que siguen rutas paralelas. La primera parece reservada a los entendidos, a los cristianos practicantes, mientras que la segunda congrega a personas de todo tipo, incluso a no creyentes. El arte y la emoción de las procesiones suele ganar por goleada a la bella sobriedad de la liturgia. 

Y, sin embargo, ambas –la religiosidad popular y la liturgia– pueden ayudarnos a acoger el misterio del Cristo que padece, muere y resucita. Se suele decir que la religiosidad popular española acentúa más la pasión y la muerte que la resurrección, pero quizá se trata de una impresión superficial. El dolor y la muerte pueden ser representados a través de los hermosos pasos y tronos de las distintas tradiciones populares. La alegría de la resurrección no necesita imágenes: se nota en un estilo de vida gozoso y solidario. La mejor procesión de Resurrección es el día a día vivido con sentido y esperanza.


Este año leemos en el Evangelio del Domingo de Ramos el relato de la Pasión según san Mateo. Nos puede ser útil recordar algunas de sus características principales:
  • Jesús es Señor y Dueño del proceso: A diferencia de otros relatos, Mateo enfatiza que Jesús tiene el control total de los acontecimientos, marchando libremente hacia la cruz que él mismo predijo, no como una víctima pasiva.
  • Cumplimiento de las Escrituras: Mateo resalta cómo cada evento ocurre para cumplir las profecías del Antiguo Testamento, presentando a Jesús como el Mesías sufriente, a menudo usando el motivo del siervo sufriente.
  • Inocencia de Jesús: Mateo insiste en que Jesús es inocente. Se destaca el testimonio de la esposa de Pilato (No tengas nada que ver con ese justo) y el propio Pilato lavándose las manos.
  • Contraste de traiciones: Se narra la traición de Judas por 30 monedas de plata y la negación de Pedro, acentuando la soledad del Salvador, aunque ambos son vistos de manera diferente en sus reacciones al arrepentimiento.
  • Escenario de abandono y pasión: Jesús sufre una profunda soledad, incluso en su oración en Getsemaní, donde los discípulos duermen, subrayando el abandono.
  • Elementos apocalípticos: A la muerte de Jesús, Mateo narra eventos cósmicos como el velo del templo rasgándose, un terremoto y la resurrección de santos, señalando el impacto cósmico de su muerte.
  • Enfoque en la sangre inocente: La Pasión destaca la gravedad de la muerte de un justo y cómo la responsabilidad se enfoca en los líderes que exigen su crucifixión.

El Domingo de Ramos es la obertura de toda la Pasión, el día en que comprendemos más a fondo nuestras contradicciones. Con las manos podemos aplaudir al Cristo que entra en Jerusalén, mientras con el corazón y la boca queremos que lo crucifiquen. La contradicción nos acompaña a lo largo de la vida.



viernes, 27 de marzo de 2026

Viernes de Dolores


Hoy es Viernes de Dolores. Los dolores de Jesús y de su Madre que hoy serán recordados en muchos lugares con viacrucis y procesiones se replican en los muchos sufrientes que pueblan nuestro mundo. En realidad, todos sufrimos el peso de una existencia que cada día se hace más gravosa. Ayer asistimos impotentes y desconcertados al “suicidio asistido” de Noelia Castillo. Para algunos, fue un ejemplo de “muerte digna”. Para otros –entre los que me cuento– una “derrota de la civilización”. 

Resulta imposible meterse en la cabeza de una persona que ya no quiere vivir porque la existencia se le ha hecho insoportable. O en la de una mujer embarazada que quiere deshacerse del hijo que lleva en el vientre. Jamás me atreveré a juzgar las motivaciones de una persona que vive situaciones límite. Creo que la única respuesta correcta es la compasión. Esa era la actitud de Jesús hacia los hombres y mujeres que se cruzaban en su camino. Pero una cosa es hacerse cargo del sufrimiento ajeno y otra muy distinta aprobar leyes que pretendan combatirlo provocando deliberadamente la muerte. Me parece que las leyes que autorizan el aborto o la eutanasia (principio y final de la vida) no son expresión de humanidad y dignidad –como a menudo se presentan– sino fracasos de una sociedad que no sabe –o no quiere– acompañar esas situaciones y volcarse con las personas necesitadas. Cuesta menos tiempo y dinero matar a las personas que cuidarlas con amor


Hoy es Viernes de Dolores. Sobre los hombros de Jesús caen todos los sufrimientos de la humanidad, los provocados por la naturaleza y, sobre todo, los infligidos por los seres humanos. Sus hombros aguantan cánceres incurables, adulterios, feminicidios, abortos, asesinatos, robos, vejaciones de la dignidad humana, corrupciones de todo tipo, abusos sexuales y espirituales, blasfemias, violaciones, guerras, traiciones… El peso es tan intenso que lo conduce a la muerte. No es una metáfora decir que todos hemos matado a Jesús con nuestros pecados. 

Los historiadores investigan la responsabilidad de las autoridades judías y romanas, pero, en realidad, todos los seres humanos hemos contribuido a asesinar al Hijo de Dios. La afirmación es tan grave que tendríamos que sentirnos avergonzados, sin ganas de levantar la mirada. No podemos frivolizar con el pecado hasta convertirlo en cultura. No podemos provocar más sufrimiento a los demás por llevar un estilo de vida egocéntrico, hedonista e irresponsable. Vistas las cosas con ojos humanos, la humanidad está preparando su autodestrucción. Cada día que pasa aumenta la carga de negatividad, por más que a veces, actuando sub angelo lucis, presentemos algunas decisiones como “progresistas” cuando, en realidad, nos retrotraen a etapas históricas superadas.


Hoy es Viernes de Dolores. Contemplamos a Jesús y a su Madre como víctimas del “exceso de mal” que hemos producido los seres humanos a lo largo de la historia. Miles de personas se emocionarán contemplando imágenes que transmiten el sufrimiento de Jesús y su madre con la belleza del arte. Esa conmoción sirve para despertarnos del letargo, pero no es suficiente para llegar a la fe. Si algo tiene de transgresora y contracultural la fe cristiana es que, reconociendo sin maquillajes la realidad del pecado y de la muerte, no queda atrapada en ella. No se vende a lo “políticamente correcto” en cada tiempo. Proclama con fuerza indestructible que Jesús “padeció, murió y resucitó”. Los tres verbos son inseparables. Constituyen un verdadero triduo pascual. 

Contemplándolo a él, entendemos mejor la realidad inexplicable de nuestros padecimientos (a veces insufribles) y de nuestra muerte (inevitable), pero mantenemos incólume la esperanza en la vida eterna. No hay nada más revolucionario que la verdad de la resurrección. Eso es lo que anticipa este Viernes de Dolores. Disponemos de una semana entera para dejarnos iluminar y curar por la fuerza de la liturgia cristiana.

jueves, 26 de marzo de 2026

Las tres caras de la vida


Examino algunos de los mensajes recibidos en mis redes sociales en los últimos días. Los provenientes de personas menores de 40 años suelen rezumar optimismo. A la pregunta acerca de cómo están, responden con fórmulas de este tipo: “Muy bien, gracias a Dios”, “Estoy supercontento”, “Todo bien”… Y expresiones por el estilo. Es muy probable que, detrás de estas fórmulas de cortesía, se agazapen problemas personales, pero no sienten la necesidad de externarlos. Los mensajes de las personas mayores tienen otro tono: “Vamos tirando”, “La vida sigue”, etc. A menudo, contienen pequeños partes médicos: “He estado unos días con catarro”, “Me van a operar el martes”, “No sé qué hacer con mi hija”. Estos mensajes ponen el acento en “la otra cara” de la vida, la que nos hace ver su fragilidad y contingencia. 

Nos movemos entre el “todo bien” y el “vamos tirando”. Hay etapas de la vida (por lo general, las primeras) en las que predomina una especie de optimismo biológico que tiene más de buen funcionamiento orgánico que de actitud virtuosa. Cuando la salud nos acompaña, las dificultades ordinarias de la vida no suelen asustarnos. Experimentamos un sentimiento de omnipotencia que a menudo nos impide empatizar con las personas que están en otra situación. Pero, cuando la salud se quiebra (no importa a qué edad), cuando el cuerpo no parece obedecer a nuestras órdenes, cuando no podemos hacer lo que queremos, cuando el optimismo biológico ya no funciona por defecto, entonces necesitamos otros agarraderos para no sucumbir.


La celebración de la Semana Santa nos confronta desnudamente con “las dos caras de la vida”. Me atrevería a decir que con tres: la cara de la cotidianidad, la del sufrimiento y la de la vida plena. Jesús vivió las tres a cabalidad. Por eso, mirándolo a él, aprendemos cómo vivir las nuestras. 

La cara de la cotidianidad fue tan normal, tan escondida, que los evangelistas la despachan con cuatro frases. No se sienten obligados a contarnos con detalle que Jesús fue un niño que disfrutó de su infancia, un adolescente que se abrió al mundo y un joven curioso y trabajador. El evangelio de Lucas se limita a decir que “el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,40). Y, un poco más adelante, que “él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos…Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52). Cuando no se dicen muchas cosas, quiere decir que la vida transcurre con serenidad y belleza. No new, good news.


Los evangelios se dedican a contar en profunidad la cara del sufrimiento. (Se suele decir que el evangelio de Marcos es la historia de la pasión y muerte de Jesús con una larga introducción para hacerla comprensible). Las predicciones se repiten de manera calculada: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31). A los evangelistas les lleva tiempo explicar cómo sufre Jesús y, sobre todo, por qué. Son conscientes de que esta cara rompe todas las expectativas humanas. Saben que la cruz es un escándalo para los judíos y una necedad para los griegos, pero no pueden ocultarla. Insisten mucho en que el sufrimiento no es un mero accidente, sino la consecuencia de una vida planteada desde el amor y la entrega. 

Por eso, es un sufrimiento redentor: “Sus heridas nos han curado” (Is 53,5, 1 Pe 2,24). Quienes leemos la historia sufriente de Jesús aprendemos que, unidos a él, podemos vivir nuestro sufrimiento con sentido, no como la derrota de toda esperanza. Con Jesús, no basta decir: “Vamos tirando”. Hay algo más profundo: “¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). 

La rendición a la voluntad del Padre es la única manera de dar sentido a esa cara de la vida que parece su negación. Solo así descubrimos la tercera cara: la cara de la vida plena que nos está reservada en el cielo. Aquí la atisbamos, la celebramos, pero no la gozamos en plenitud. La cara definitiva solo es posible vivirla en esperanza.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Cubrir y descubrir


Ayer estuve dando una charla cuaresmal en la parroquia castrense de Santa María de la Dehesa. Al entrar en la iglesia, me sorprendió ver algunas imágenes cubiertas con paños morados. Creo que, desde niño, no había vuelto a ver esa costumbre. No sabría bien describir mis sentimientos. Por una parte, todo resultaba un poco sombrío; por otra, se percibía algo de misterio. Así es como los fenomenólogos de la religión describen a Dios, como un misterio “tremendo y fascinante”, como algo que nos sobrecoge y nos seduce a un tiempo. 

Di mi charla en la capilla del Santísimo. El espacio estaba lleno con unas 60 personas, la mayoría mayores. El párroco me había pedido que hablara sobre el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, tal como lo narra el capítulo 4 del evangelio de Juan. No me entretuve en comentar el texto, sino en tratar de iluminar desde él lo que nos está pasando hoy en la Iglesia. Nadie se durmió, a pesar de que la hora invitaba a ello. Mientras tratábamos de aplicar la Palabra de Dios a cada uno de nosotros, caí en la cuenta de que también los textos de la Escritura –como los paños morados de las imágenes– cubren y descubren. Por una parte, los vocablos humanos (en el griego original o en su versión española) cubren una realidad que es inefable. No hay palabra que pueda expresar acabadamente el misterio de Jesús. Pero, por otra, solo con palabras podemos descubrir la verdad. Podríamos decir que, mediante la fe, las palabras se hacen carne.


Pues esto es precisamente lo que celebramos hoy en la fiesta de la Anunciación del Señor, que el Verbo “se hace carne” en el seno de una muchacha virgen. El relato del evangelio de Lucas que leemos en la Eucaristía de hoy –y que leímos también en la solemnidad de la Inmaculada– nos deja estupefactos. Acostumbrados a que todo encaje con nuestra forma de percibir la realidad, que todo tenga consistencia “científica”, las palabras de Lucas suenan a cuento de hadas. Nos parecería una forma hermosa de contar una historia a los niños –como cuando les decimos (o les decíamos) que los bebés los trae la cigüeña de París– pero nos da rubor hablar en estos términos con personas adultas. Puede que en los tiempos precientíficos fuera normal, pero ¿quién habla hoy de arcángeles y de vírgenes encintas? 

Y, sin embargo, en este texto que parece cubrir con un lenguaje fabuloso (midráshico, dirían los expertos) la historia real es donde descubrimos que todo lo que tiene que ver con Dios excede nuestros criterios razonables, los límites de nuestro conocimiento. También María expresa su turbación. Tiene que aprender a creer más allá de su piedad israelita. Las palabras que Lucas pone en boca del ángel condensan la novedad de Dios e invitan a la confianza: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.


Cuando dentro de unos días se retiren los paños morados que cubren las imágenes de la parroquia de Nuestra Señora de la Dehesa, los feligreses volverán a ver su Cristo de siempre, pero puede que este año lo vean con ojos nuevos. El hecho de que haya permanecido cubierto varios días les habrá ayudado a recordar que la fe supone fiarse de Dios aun cuando no lo vemos. Es probable que alguno recuerde lo que leemos en la carta a los Hebreos: “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve” (Hb 11,1). 

En esta fiesta de la Anunciación del Señor, además de asombrarnos ante el misterio de la Encarnación, nos dejamos animar por la fe de María. También ella creyó y esperó sin ver. El misterio cubierto le suscitó temor y perplejidad, pero confió en que el poder del Espíritu Santo lo iría descubriendo poco a poco. Sin saberlo, se anticipó a las palabras de su Hijo: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13). Esa verdad plena solo se puede percibir cuando, como María, nos rendimos con humildad y confianza a la gracia de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).



martes, 24 de marzo de 2026

La tercera revolución


Hace poco más de una semana leí un reportaje del periódico El País sobre las mujeres en la Iglesia. Por él desfilaban algunos de los rostros y nombres de mujeres conocidas en ambientes eclesiales. La mayoría eran partidarias de la ordenación sacerdotal de las mujeres. Los argumentos bíblicos, teológicos, históricos y pastorales en contra que hasta ahora se han esgrimido les parecían endebles. 

Soy consciente de que este es un asunto controvertido. En la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (22 de mayo de 1994), Juan Pablo II escribió con rotundidad: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Son palabras graves que parecen cerrar cualquier discusión al respecto. Y, sin embargo, la cuestión sigue abierta. Más aún, hay un feminismo eclesial que no cesa de reivindicar este “derecho” porque considera que la exclusión de la mujer atenta contra los derechos humanos y no actualiza la intención de Cristo.


Como cristiano sacerdote, me siento llamado a obedecer al magisterio de la Iglesia, tanto cuando sintonizo espontáneamente con él, como cuando experimento dudas o alguna perplejidad. Nunca he pensado que mi criterio personal deba erigirse por encima del magisterio auténtico, lo cual no significa que no pueda pensar, discernir y dialogar. En este esfuerzo compartido, siempre me ha llamado la atención un texto de la carta de Pablo a los Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,26-28). 

El texto no se refiere ni remotamente a la ordenación sacerdotal de las mujeres, pero expresa un criterio teológico radical que puede iluminar muchas situaciones complejas. La historia nos muestra que lleva tiempo sacar las consecuencias prácticas del hecho de que todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 


Lo de “no hay judío y griego” se sustanció en el siglo I. El apóstol Pablo se batió con energía para que no predominara la visión judaizante. La asamblea de Jerusalén (cf. Hch 15), después de invocar al Espíritu y hacer un serio discernimiento, concluyó que “no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre” (Hch 15,19-20). 

De no haber sido por esa decisión trascendental, tal vez el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta dentro del judaísmo, no la propuesta universal que es hoy. La Iglesia comprendió que la fe en Jesús no exige hacerse judío, que es una invitación abierta a todos los seres humanos, más allá de su etnia, lengua o religión. Esta catolicidad, que hoy nos parece normal, no se percibía con tanta claridad en los orígenes.


Lo de “no hay esclavo y libre” siguió un curso más complicado. Es verdad que el mismo san Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino [...] como un hermano [...] en el Señor” (Flm 16), pero, de hecho, la institución de la esclavitud siguió presente entre los cristianos durante siglos. Ya en 1500, la reina castellana Isabel la Católica, impulsada por la Iglesia, prohibió la esclavitud de los indígenas en América, considerándolos súbditos de la corona. 

Posteriormente, hubo condenas explícitas por parte del magisterio. El papa Gregorio XVI promulgó la bula In supremo apostolatus en 1839, condenando la esclavitud y la trata de negros por considerarlas contrarias a la dignidad humana. León XIII reafirmó la condena a la esclavitud en 1888, congratulándose por la abolición en Brasil. A pesar de las bulas, la Iglesia enfrentó resistencias y la abolición efectiva en territorios católicos (como España y Cuba) fue un proceso lento que se consolidó hacia finales del siglo XIX. 

Hoy, el Catecismo de la Iglesia Católica define la esclavitud como un pecado contra la dignidad humana: “El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio” (n. 2414). Hoy, aunque sigue habiendo formas modernas de esclavitud, nos parece intolerable.


¿Qué pasa con la tercera expresión paulina que habla de que “no hay hombre ni mujer”? ¿Qué consecuencias prácticas tiene? ¿Se refiere solo a la dignidad esencial o afecta también a otras dimensiones de nuestra vocación cristiana, incluido el ejercicio pleno de la ministerialidad? Tengo más preguntas que respuestas, pero es bueno dejarse iluminar por la historia. ¿No estaremos ante la “tercera revolución” cristiana? ¿Hacia dónde nos está impulsando el Espíritu de Jesús?

domingo, 22 de marzo de 2026

Amar, llorar, creer, resucitar


El itinerario cuaresmal no nos deja quietos. Primero nos manda al desierto (tentaciones) y luego a una montaña alta (transfiguración). En las tres últimas semanas nos hace un recorrido por lugares simbólicos: el pozo de Jacob en Samaría (agua), la piscina de Siloé en Jerusalén (luz) y el cementerio de Betania (vida). Se supone que con este entrenamiento intensivo estamos en condiciones de acompañar a Jesús en la semana grande, aunque es muy probable que también nosotros nos echemos atrás, como hicieron sus primeros discípulos. 

El escenario de este V Domingo de Cuaresma es la aldea de Betania, a tres kilómetros de Jerusalén, el lugar donde viven los amigos de Jesús: María, Marta y Lázaro. Lo que Juan nos cuenta en el capítulo 11 es -como sucedió los domingos anteriores con el capítulo 4 (encuentro con la samaritana) y el capítulo 9 (curación del ciego de nacimiento)- una obra de orfebrería teológica y literaria. Son tantos los elementos contenidos que me voy a fijar solo en cuatro verbos que señalan la dinámica de esta preciosa narración.


Amar

Por todas partes se respira este verbo. De Jesús se dice que “amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5). Cuando Jesús se echa llorar al ver el cuerpo muerto de su amigo Lázaro, “los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»” (v. 36). Jesús ama a sus amigos y estos le devuelven el amor. Es el perfume de la amistad, una anticipación de la actitud suprema que se hará patente en la cena de despedida: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). 

Y, más adelante, confesará a sus discípulos: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,13-15).


Llorar

En la escena lloran todos: Marta, María y los acompañantes: “Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu” (v. 33). Por segunda vez el texto dice que “Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba” (v. 38). Aunque todos están conmovidos y lloran, Juan usa dos verbos griegos distintos: uno (que expresa un llanto abierto y desconsolado) para expresar el llanto de Marta, María y todos los demás; otro (que expresa un sollozo íntimo y discreto) para expresar la reacción de Jesús. 

En ambos casos, la muerte de Lázaro (toda muerte) altera el equilibrio, rompe el curso ordinario de la vida, nos sacude por dentro. Jesús se hace cargo de nuestras pérdidas y llantos. Llora con nosotros, pero sus lágrimas están siempre abiertas a la esperanza


Creer

Es el verbo esencial. Cuando Jesús le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26) termina su declaración con una pregunta directa: “¿Crees esto?”. La respuesta de Marta es una confesión de fe, semejante a la de la mujer samaritana o a la del ciego de nacimiento: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (v. 27). El relato termina diciendo que “muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él” v. 45). Jesús, en su oración al Padre cuando se quita la losa del sepulcro, dice: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (vv. 41-42). 

Sin fe, no es posible captar el sentido profundo de las obras de Jesús. Sin fe, no vemos en él el agua viva que puede saciar nuestra sed más profunda, la luz que cura nuestra ceguera, la vida que vence toda muerte. En el fondo, todos los relatos del evangelio de Juan nos confrontan con la pregunta más radical: “¿Crees esto?”. El lector (o sea, cualquiera de nosotros) es invitado a hacer suyas las confesiones de la mujer samaritana, del ciego de nacimiento o de Marta de Betania.


Resucitar

Algunos exégetas dicen que no habría que aplicar este verbo a lo que Jesús hizo con Lázaro. Se trató, más bien, de una reanimación (o de una “resucitación”, como se dice en el lenguaje clínico) porque solo hay verdadera resurrección cuando Jesús la inaugura con su victoria sobre la muerte. En cualquier caso, llama la atención que Jesús devuelva la vida a Lázaro cuando él está a punto de entregar la suya. 

Lo que sucede con Lázaro es un débil signo anticipatorio de lo que sucederá con Jesús. Resucitar implica vivir, experimentar la vida eterna junto a Dios. Cuando esta esperanza desaparece de nuestro horizonte (como sucede hoy con muchas personas, incluso con algunas que se consideran creyentes), la vida terrena pierde su densidad. Desaparecida la esperanza en la vida eterna, solo queda estrujar los pocos años que vivimos en este mundo. Esto explica, en parte, nuestro drama actual.