miércoles, 22 de julio de 2026

México lindo y querido


En un momento determinado, el comandante del Airbus 350 de Iberia que nos llevaba el pasado domingo de Madrid a Ciudad de México, se limitó a decir: “España acaba de ganar el Mundial de fútbol”. Ni siquiera añadió un “enhorabuena” diminutivo. Fue un mensaje claro, sobrio, profesional. Buena parte del pasaje prorrumpió en un aplauso, pero sin más consecuencias. Entre los pasajeros podía haber hinchas de La Roja (bastantes), pero también de la albiceleste (de hecho, algún muchacho llevaba puesta la camiseta de Argentina) y hasta de la selección mexicana, colombiana o japonesa. 

Llegados a México con tres horas de retraso sobre el horario previsto, el oficial que controló mi pasaporte me dijo: “Gracias por haber ganado a Argentina”. Me extrañó este comentario hacia un pueblo hermano, pero ya se sabe que en buena parte de Latinoamérica los porteños (no conviene extender el juicio a todos los argentinos) tienen fama de “agrandados”. La prensa internacional (no así la argentina) elogiaba la victoria de España y la actitud de los jugadores al tiempo que reprochaba la pésima actuación humana y deportiva de los jugadores albicelestes. Me sorprendieron los enfoques tan contrastantes. Daba la impresión de que se hablaba de dos partidos distintos.


México me recibió con una temperatura suave que contrastaba con los calores de Madrid. A pesar de las ocho horas de diferencia, me he adaptado enseguida al nuevo ritmo. La hospitalidad de mis hermanos claretianos allanó el proceso. Después de un día en CDMX, ayer volé a Guadalajara y luego en coche subí hasta los Altos de Jalisco. Me sorprendieron los inmensos campos de agave, la planta de la que se produce el tequila. Me dio tiempo a rematar el día participando en la asamblea parroquial de la parroquia de Jesús María, un bonito ejemplo de sinodalidad. 

Y aquí estoy, tecleando esta entrada a las 7 de la mañana, preocupado por los incendios que asolan algunas partes de España y contento por empezar un nuevo día con 15 grados de temperatura y un sol espléndido. Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, la “apóstola de los apóstoles”. Es arriesgado escribir sobre una discípula de la que no sabemos muchas cosas, pero los testimonios evangélicos la dibujan como una mujer enamorada de Jesús que no se resignó a su muerte y que, tras su encuentro con el Resucitado, se convirtió en centinela de un tiempo nuevo.


Oigo los “parlantes” de un vendedor callejero que pasa por delante anunciando sus productos. La vida empieza temprano en este pueblo de rancio abolengo católico, heredero de la tradición cristera. Este año se cumple el centenario del comienzo de la famosa revolución que produjo guerrilleros y mártires a un tiempo. El gran desafío pastoral es convertir esa fuerte herencia en una fe viva que no se limite a ser una tradición cultural, sino que ayude a las personas a encontrarse con Jesucristo. En eso están empeñadas las diócesis de esta zona. 

Mientras, la violencia sigue activa en algunas partes de México. Cuesta entender un fenómeno como este en un país de mayoría católica, pero la droga acaba pasando por encima de creencias y leyes. No será fácil vencer a este ídolo mientras el mercado mundial (sobre todo, el estadounidense) siga demandando su consumo. Como sucedió en otros países latinoamericanos, para algunos jóvenes desempleados dedicarse a este mercado es una tentación demasiado fuerte. También aquí la educación y la pastoral encuentran un desafío de primer nivel para el que no acaban de encontrar respuestas eficaces.

domingo, 19 de julio de 2026

Entre balones grandes y semillas pequeñas


Empiezo mi viaje a Ciudad de México con dos horas y media de retraso sobre el horario previsto. Eso me obliga a organizar el tiempo de espera en el aeropuerto. Lo primero que estoy haciendo es escribir esta entrada. Atrás quedó la semana de ejercicios espirituales en Colmenar Viejo. Hoy la atención mediática y popular se dirige a la final entre Argentina y España que se juega esta tarde/noche en New Jersey. A mí me pillará en pleno vuelo, así que hasta la llegada no podré enterarme del resultado, aunque a lo mejor el comandante del avión nos comunica algo. 

Me impresiona la tremenda expectación que despierta un acontecimiento de este tipo. No creo que haya otro que mueva a tantas personas en el mundo, ni siquiera los Juegos Olímpicos. Se ve que la guerra –al fin y al cabo, el fútbol es un sustitutivo lúdico del arte de matarnos– forma parte de nuestras pulsiones colectivas. Necesitamos enfrentarnos. Si no lo hacemos con piedras u otro tipo de armas más mortíferas, lo hacemos con un balón en los pies. Hay que reconocer que esto supone un notable progreso. El juego transforma la violencia en acrobacia, aunque con algunas concesiones al insulto y las faltas. Y si, además, es una fábrica de hacer dinero, miel sobre hojuelas.


Mientras millones de personas en todo el mundo esperan con ansia el partido de esta tarde, los cristianos celebramos el XVI Domingo del Tiempo Ordinario. Me gusta cómo comienza el texto del libro de la Sabiduría que leemos en la primera lectura: “Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia”. O sea, que ni siquiera el fútbol está por encima de Dios. Empezaba a tener mis dudas ante la idolatría que provoca. 

La carta a los Romanos nos ofrece otro destello de luz: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. Nos pasamos la vida pidiendo cosas. Estoy seguro de que muchas personas pedirán hoy que gane su selección favorita. No es el caso del entrenador español, que ha declarado que él nunca le pide a Dios este tipo de cosas. Parece que hubiera meditado la carta a los Romanos. ¿Por qué “nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”? Porque normalmente nuestras peticiones no van en línea con las de Jesús. Nosotros pedimos salud, tranquilidad, éxito en nuestras empresas y cosas por el estilo. La petición de Jesús –que es modelo de todas las demás– se puede centrar en esta: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hacer siempre la voluntad de Dios es la petición cristiana por excelencia.


Por último, el Evangelio continúa con las parábolas relacionadas con la semilla. El domingo pasado leímos la larga (y alegorizada) parábola del sembrador. Hoy nos tocan dos más breves: la parábola de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza. Detrás de cada una de ellas hay dos crisis discipulares que coinciden con las nuestras. Cuando nos tomamos “demasiado” en serio la preparación del terreno para acoger la Palabra, puede entrarnos una crisis de exceso de responsabilidad, como si la eficacia de la Palabra dependiera enteramente de nosotros. Jesús nos advierte que es obra de Dios. Por tanto, podemos descansar tranquilos. Él sabrá cómo hacer germinar la semilla para que porte alimento. 

Frente a la sensación de que los discípulos de Jesús somos siempre cuatro gatos, el Maestro nos recuerda que la desproporción es el lenguaje típico de Dios. Él puede actuar desde lo pequeño y lo frágil. Lo que importa es tener un corazón humilde, no un programa poderoso. En fin, que de nuevo la Palabra de Dios ilumina realidades que hoy estamos viviendo y que, tras el paréntesis lúdico del fútbol, volverán a ocupar el centro de nuestras preocupaciones.

Buen domingo a todos. Por cierto, que gane... (ya lo podéis adivinar).

jueves, 16 de julio de 2026

De Vic para todo el mundo


Tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de fútbol, recibo un mensaje de uno de mis primos argentinos acompañado por una foto en la que se los ve exultantes, cubiertos con la camiseta albiceleste. El mensaje dice así: “Celebramos de antemano el legado de nuestros ancestros y la pasión de Argentina”. Y, en previsión de la final del próximo domingo en New Jersey entre España y Argentina, añaden: “¡Que sea una fiesta para ambos lados del océano!”. Me gusta que acentúen la fiesta hispanoargentina sobre la rivalidad deportiva. Los vínculos entre los dos países son tantos que, gane quien gane, siempre sentiremos que se trata de un asunto de familia.

Y, para asunto de familia, la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo que hoy celebramos. Tal día como hoy, en 1849, fue fundada en Vic (Barcelona) la congregación misionera a la que pertenezco. He contado varias veces en este blog la historia de los comienzos. La recuerdo cada año cuando llega esta fecha. Me resulta emocionante y paradigmática. Seis jóvenes sacerdotes, en ambiente de ejercicios espirituales y sobriedad de vida, ponen en marcha una fraternidad misionera bajo los auspicios de la Virgen María. Nuestro nombre oficial es largo, pero hermoso: “Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María”. Cada palabra está preñada de significado y enriquece las demás. 


La sola meditación de cada una de ellas basta para entender cuál es la identidad de esta congregación que hoy se extiende por cerca de 80 países y reúne a unos 3.000 misioneros de procedencias muy diversas. Si el pequeño grupo no hubiera salido de Vic o de Cataluña, seguramente habría desaparecido hace mucho tiempo, como les pasó a algunas fundaciones similares. Pero Claret era muy consciente de que su espíritu era “para todo el mundo”. 

Hoy formamos la congregación un buen grupo de españoles, pero hace años que los hermanos de la India nos han superado en número. Junto a claretianos de algunos países europeos (como Portugal, Polonia, Alemania, Italia, Reino Unido o Rusia), abundan los misioneros de todos los países de América y cada vez son más los provenientes de Indonesia, Timor Oriental, Filipinas, Vietnam. Y también de Nigeria, Congo, Camerún, Kenia o Angola, por poner solo algunos ejemplos.


Admiro el crecimiento numérico (sostenido en torno a 3.000, a pesar de la crisis) y la extensión territorial, pero este no es el criterio más importante para verificar la vitalidad de un carisma. Lo que de verdad importa es mantener vivo el fuego de los orígenes. Solo seremos creíbles y fecundos si los elementos del primer día siguen creciendo: la comunidad reunida a la escucha de la Palabra, la experiencia de la filiación cordimariana, el entusiasmo misionero y un estilo de vida fraterno, pobre e itinerante. 

Hoy tendré el privilegio de compartir mesa y mantel con la comunidad de nuestros misioneros mayores que viven en la comunidad de Colmenar Viejo. Quienes los cuidan han preparado una larga mesa en el jardín, al resguardo de las hojas de los plátanos. Me emociona comprobar cómo la vocación sigue fresca cuando uno supera el umbral de los 80 o 90 años. Me pregunto si no será esta la verdadera razón por la que los religiosos viven más que los laicos. Espero que las conclusiones de este estudio alemán no molesten a ninguno de mis amigos laicos que son lectores habituales de este blog, jajajaja. A todos os deseo una feliz fiesta de la Virgen del Carmen.

miércoles, 15 de julio de 2026

En equipo llegamos más lejos


« Le collectif espagnol a submergé le talent individuel français » (El juego colectivo español ha superado al talento individual francés). Así titulaba esta mañana el periódico francés Le Monde en su edición digital lo sucedido ayer en la primera semifinal del Mundial de fútbol. Pude ver solo los últimos veinte minutos del partidazo que se jugó en Dallas, pero me había enterado antes de los dos goles de la selección española por el griterío que salía del parque vecino. Luego los vi repetidos en las redes sociales. 

Cuando era adolescente se decía que en el deporte español había algunas figuras individuales de éxito mundial (Bahamontes, Santana, Paquito Fernández Ochoa, Severiano Ballesteros, etc.), pero que faltaban equipos con talento. Hace ya mucho tiempo que se superó esa etapa individualista. Llevamos décadas con excelentes equipos en fútbol, baloncesto, hockey, waterpolo, balonmano, natación sincronizada y otros deportes. La victoria de ayer en Dallas fue un ejemplo magnífico de lo que se puede conseguir cuando trabajamos juntos en equipo. Para hacerlo, además de contar con individuos valiosos y dispuestos, es necesario crear una fuerte moral de equipo en torno a valores compartidos, tener una estrategia clara y contar con un entrenador que fije los objetivos, anime a los jugadores y les ayude a sacar lo mejor de sí mismos.


Cuando se habla de la importancia de los grupos y equipos, se suele invocar el socorrido proverbio africano: “Si quieres ir deprisa, camina solo; si quieres llegar lejos, camina en grupo”. Esto se puede aplicar a todos los campos de la vida. Si en el ámbito político fuéramos capaces de hacer algo parecido a lo que hacemos en el ámbito deportivo, nuestro país sería admirable. Eso no significa de ningún modo mortificar las diferencias culturales o lingüísticas, sino tener una fuerte moral de país en torno a valores compartidos, consensuar una clara estrategia de futuro y contar con dirigentes nacionales, autonómicos y locales que se pongan de acuerdo sobre los objetivos comunes, animen a los ciudadanos y, empezando con el ejemplo, nos ayuden a sacar lo mejor de nosotros mismos. 

¿Por qué es posible en el deporte y casi imposible en la política y la economía? Mucho me temo que casi todo pasa por la talla moral y la competencia profesional de los dirigentes. Cuando somos dirigidos por personas con pocos escrúpulos y con mediocre preparación, no se pueden esperar grandes logros. Si, a pesar de todo, seguimos avanzando es porque hay muchos “jugadores/ciudadanos” que, esquivando los intereses mezquinos y la incompetencia de algunos dirigentes, siguen contribuyendo con sus iniciativas y su espíritu cívico al bien común. No hace falta citar La ciudad de Dios de san Agustín ni entrar en la polémica suscitada por las declaraciones de monseñor Luis Argüello para reconocer que a menudo es la sociedad la que salva al Estado y no al revés.


El principio cooperativo puede aplicarse también a la sinodalidad eclesial. Caminar juntos ralentiza casi todos los procesos e implica tener en cuenta a los más frágiles, pero es la única manera de llegar lejos. La Iglesia no es una comunidad que tenga que someterse a los tiempos acelerados de hoy, sino una comunidad que aspira a llegar lejos, a mantener viva en el tiempo la memoria de Jesucristo muerto y resucitado. Eso pasa por que –parafraseando el titular del periódico francés– el espíritu comunitario prevalezca sobre los muchos individualismos que suelen darse en comunidades, parroquias y diócesis. 

También en este ámbito se pueden aplicar algunas lecciones  del ámbito deportivo. La moral de equipo nos viene de la acción misteriosa del Espíritu Santo, la estrategia la dibuja el Evangelio. Necesitamos dirigentes con las capacidades necesarias para animarnos a todos los cristianos a poner nuestros distintos carismas al servicio de la única misión. Se requiere una ola de entusiasmo colectivo, sin la cual la resignación y el pesimismo nos ganan por goleada.



domingo, 12 de julio de 2026

Se vende terreno en buen estado


Desde ayer por la tarde estoy en la casa de espiritualidad que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. He comenzado una semana de ejercicios espirituales con 28 religiosas pertenecientes a media docena de congregaciones. Asediados por el calor de este implacable mes de julio, buscamos un poco de refresco espiritual. El Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario nos ayuda a situarnos. La parábola del sembrador parece hecha para la primera meditación de los ejercicios. 

Durante estos días, el Señor va a hacer una siembra generosa de su Palabra. Pero los frutos no se producen de manera automática, como si fueran el resultado de un proceso industrial. Requieren de un diálogo generador entre la semilla y la tierra. Y aquí es donde viene la pregunta de siempre: ¿qué tipo de terreno soy yo? Es difícil responder a esta pregunta diciendo que somos la “tierra buena” de la parábola. Nos reconocemos con más facilidad en el borde del camino, en el terreno pedregoso o en la tierra llena de zarzas. Y, sin embargo, el sembrador que es Dios no lanza la semilla solo a la tierra buena, sino a todas partes. Nunca se sabe dónde puede germinar la Palabra.


La primera lectura nos ofrece uno de los textos del profeta Isaías que más me gusta: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. La Palabra de Dios nunca vuelve vacía. De maneras inexplicables, llega al corazón de las personas. 

A veces, tarda tanto tiempo en germinar que no se percibe el nexo entre el momento de la siembra y el de la recolección. Y, sin embargo, todo el tiempo que ha permanecido “escondida” no ha sido en vano. Algo semejante descubro en las personas. Cada una tenemos nuestra trayectoria. No todos los tiempos están sincronizados. Algunas viven su respuesta a Dios desde la infancia, pero a veces caen en la rutina, como esos amores que dan todo por supuesto y nunca se expresan. Otras, por el contrario, tras años de lejanía, descubren la presencia de Dios en la juventud o en la madurez. Son como los viñadores contratados en la hora undécima. Parece demasiado tarde, pero todos reciben el denario prometido.


La paciencia de Dios debería ser un antídoto contra nuestros juicios apresurados y contra nuestras impaciencias. Dios, como buen agricultor, sabe esperar el momento oportuno. Nunca da la siembra por perdida. Él se preocupa de lanzar generosamente la semilla. En términos económicos, se comporta como un manirroto. Pero sabe muy bien que solo una siembra abundante, no mezquina, puede alcanzar a todos, incluso a quienes se mueven en terrenos pedregosos e improductivos a primera vista. 

La verdadera pastoral de la Iglesia tendría que ser así: sobreabundante, no tacaña; abierta a todos; no discriminatoria; paciente, no apresurada; diversificada, no igualitarista. Hay algunos que pueden dar “ciento; otros, sesenta; otros, treinta”. Lo que importa no es la cantidad, sino la generosidad. ¿No es más hermosa la imagen de una Iglesia que tiene terrenos de todo tipo que la de un jardín francés perfectamente planificado? La vida casi nunca se atiene a planes milimétricos. Desborda por todas partes. Dios es amigo de la vida, no de los programas.



sábado, 11 de julio de 2026

Algo más que goles


Nunca pensé hacerme benedictino, pero siempre me interesó mucho la figura de san Benito (480-547). Han pasado casi quince siglos desde su muerte. Su Regla sigue siendo un modelo de armonía. Cobra fuerza en tiempos de incertidumbre. Cuando Benito de Nursia reúne a algunos compañeros, no lo hace para salir al paso de necesidades sociales o eclesiales, aunque en su tiempo eran ingentes. Su objetivo era la búsqueda de Dios a través de la oración, el trabajo y la vida comunitaria. 

En esta búsqueda, lo esencial es el encuentro con Cristo. Por eso, él exhorta a sus monjes a no anteponer nada a Cristo: “Vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna”. Cuando esta mañana, en el oficio de lecturas, he vuelto una vez más sobre estas palabras, he comprendido hasta qué punto, en la práctica, “anteponemos” muchas realidades a Cristo. Somos aprendices que cada día tienen que renovar su opción. Nada funciona automáticamente, de una vez para siempre. 


Benito vivió un tiempo de cambio. Tras la caída del imperio romano en Occidente, todo se vino abajo. Era necesario recomenzar desde lo esencial. Benito, que en su época estudiantil se había vuelto de Roma decepcionado y perplejo, comprendió pronto que lo esencial era Dios. Por eso, dedicó toda su vida a buscarlo y a dejarse encontrar por Él. 

No encuentro otra alternativa en estos momentos de cambio de época que vivimos hoy. De la perplejidad no vamos a salir solo a base de ciencia y tecnología. Ni solo con propuestas políticas y económicas. Todo es necesario, pero lo imprescindible es encontrar un fundamento que sostenga todo y dé sentido a nuestros logros. Los monasterios benedictinos siguen siendo lugares de búsqueda, laboratorios de una vida alternativa. Por eso, atraen a creyentes y buscadores. Una Regla que resiste quince siglos debe de contener algo más que normas disciplinarias. Es Evangelio desmenuzado.


La sufrida victoria de España contra Bélgica estuvo bien. Oí los gritos de muchos vecinos que se entusiasmaron con el gol postrero de Mikel Merino. Necesitamos alegrías en el camino, puntos de encuentro, experiencias entusiasmantes. Pero necesitamos, sobre todo, fuentes de sentido, horizonte, miradas de largo alcance. Para esta segunda aventura, Benito es más útil que los jugadores de La Roja.




viernes, 10 de julio de 2026

¿Ovejas entre lobos? ¿O lobos entre ovejas?


Me cuesta levantarme con la noticia de los once muertos en el incendio de Almería cuando están tan recientes los terremotos de Venezuela. ¿Con qué ánimo podemos ver esta noche el partido de España contra Bélgica cuando muchas familias lloran a sus seres queridos? Este verano las temperaturas están siendo asesinas. A las víctimas de los incendios se unen las provocadas por los temidos golpes de calor. 

Tengo las dos ventanas de mi despacho abiertas de par en par para conseguir que se produzca un poco de corriente de aire. Aun así, el termómetro interior marca 31 grados. No dispongo de aire acondicionado. Ni me gusta ni lo creo imprescindible, aunque, si se alarga mucho la temporada estival, tendré que imaginar alguna solución. Hay personas a las que les afecta mucho el calor. Les quita las ganas de trabajar, comer y dormir... y hasta las vuelve malhumoradas. Yo no llego a esos extremos, pero reconozco que soy hombre del frío. Con el calor excesivo me sumerjo en una especie de letargo que me hace funcionar a medio gas. ¡Hasta escribir la entrada de este blog se me hace cuesta arriba!


Quizá la única actividad que se salva es mi oración matutina. Aprovechando el relativo frescor de las primeras horas del día, hago laudes y el oficio de lecturas y medito las lecturas de la misa. Ese es mi verdadero “aire acondicionado”. En el Evangelio de hoy, Jesús envía a los suyos “como ovejas entre lobos”. Por eso, les recomienda que sean “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Añade algo más que contrasta con lo que nos dice cualquier manual de psicología: “No os fieis de la gente”. ¿Cuál es la razón para no fiarnos? Jesús responde: “porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. 

Me ha resultado difícil leer hoy estas palabras sin acordarme del arzobispo español de Rabat, que ha sido denunciado por “conductas inapropiadas”. No sé el recorrido que tendrán estas denuncias, pero me duelen por el sufrimiento de las posibles víctimas (en el caso de que existan) y por el cardenal (en el caso de que sea inocente). Hace solo tres meses le hice una entrevista al cardenal Cristóbal López para nuestra revista Vida Religiosa. Sus respuestas me parecieron claras, valientes y esperanzadoras. Me cuesta compaginar la figura que emergía con la de un posible abusador. ¿Tendrán algún fundamento las denuncias? ¿Serán fruto de un chantaje? Mientras se esclarece este asunto, oro por que se abra paso la verdad y la justicia.


Este doloroso asunto me lleva a otro que también ha arrancado titulares. Parece que el presidente de la CEE, en uno de los cursos de verano que tanto abundan estos días, ha dicho que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una cueva de ladrones; a las pruebas me remito”. La gruesa afirmación de que el Estado es una “cueva de ladrones” ha provocado que Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, haya enviado una carta de protesta a monseñor Luis Argüello en la que se pregunta: “¿Y si calificásemos a la Iglesia como una banda de agresores sexuales?”. Está claro que las generalizaciones nunca son buenas. 

Atengámonos siempre a los hechos. Si hay hombres y mujeres de Iglesia que cometen abusos (sexuales, económicos, espirituales, de conciencia o de poder), deben ser juzgados y condenados. Si hay políticos corruptos y prevaricadores, deben igualmente ser juzgados y condenados. En cualquier caso, mientras no haya pruebas contundentes en contra, el estado de derecho garantiza la presunción de inocencia de todas las personas. Si no fuera así, convertiríamos la ley en una arma arrojadiza o en un instrumento de chantaje y entraríamos en una peligrosa escalada de acusaciones, descrédito y mentiras.