
Tras un itinerario de siete semanas desde el domingo de Pascua (5 de abril), hemos llegado a la solemnidad de Pentecostés. La liturgia nos propone tres enfoques: lucano (primera lectura), paulino (segunda lectura) y joánico (evangelio). Cada uno de ellos nos ayuda a comprender mejor qué significa la irrupción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. No se trata de reconstruir un hecho histórico desde tres perspectivas, como si fuéramos historiadores necesitados de pruebas, sino de profundizar en la misión del Espíritu Santo.

Lucas, en su relato de los Hechos de los Apóstoles, narra, sirviéndose de los símbolos del viento y del fuego, el descenso del Espíritu sobre la comunidad de los discípulos reunida en Jerusalén. El fruto más evidente de la acción del Espíritu es el milagro de una nueva comunicación. Por una parte, los discípulos “empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”. Por otra, los muchos extranjeros presentes en Jerusalén se maravillan de que “cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. La unidad en la diversidad y el entendimiento en la diferencia son los signos de este Pentecostés universal que triunfa sobre la incomunicación babélica.

Pablo, por su parte, en la primera carta a los Corintios (segunda lectura), ofrece una teología de este fenómeno desde la sugestiva imagen del cuerpo: “Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. Es propio del Espíritu asegurar la unidad de la Iglesia sin sacrificar la diversidad de carismas y ministerios. No hay nada más contrario al Espíritu que el uniformismo rígido. Donde hay vida, hay siempre diversidad. Por otra parte, para reconocer a Jesús como el Enviado de Dios se necesita la asistencia del Espíritu: “Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo”. Basados solo en nuestras investigaciones históricas y arqueológicas, no pasamos de ver a Jesús como un hombre sabio, un sanador o un profeta. Solo el Espíritu nos permite confesarlo como Kyrios, que es el término griego con el que la Biblia se refiere a Dios.
Finalmente, el evangelio de Juan acentúa el don del Espíritu por parte de Jesús como condición para el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Por otra parte, solo el perdón puede asegurar la paz que Jesús promete a sus discípulos –“¡Paz a vosotros!”– y el verdadero sentido de la misión: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Tenemos los ingredientes necesarios para celebrar esta fiesta con alegría y gratitud. En un mundo polarizado, en el que los enfrentamientos de todo tipo están a la orden del día y en el que la incomunicación se ha vuelto endémica en la era de las comunicaciones, el Espíritu nos ayuda a entendernos en la lengua universal del amor. No es necesario que renunciemos a nuestros idiomas, tradiciones o culturas. Lo que hace falta es abrirnos a su acción para encontrarnos con los diferentes. Solo así se puede articular el cuerpo de la Iglesia y el de la humanidad. La metáfora del cuerpo animado por el Espíritu incide sobre el milagro de la unidad en la diferencia. Por último, donde está el espíritu de Jesús, hay paz, perdón y misión. Estas tres palabras nos ayudan a discernir hoy las situaciones “con” Espíritu y “sin” Espíritu que se dan en la Iglesia y en el mundo. Donde predominan la violencia, la enemistad y la autorreferencialidad, allí no hay Espíritu y, por lo tanto, no hay vida. Por el contrario, donde florecen la paz, el perdón y la misión de anunciar el Evangelio, la acción del Espíritu transformador se abre camino.
¡Feliz fiesta de Pentecostés a todos los amigos del Rincón! Con la fuerza del Espíritu reanudaremos mañana el Tiempo Ordinario.






















