Roma

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lunes, 20 de agosto de 2018

Más preguntas que respuestas

Tras una semana de celebraciones, encuentros y festejos de diverso tipo, regreso a la dulce monotonía del mes de agosto. Paseando por el bosque, dejándome acariciar por el sol de la mañana, tengo tiempo para elaborar algunas de las experiencias vividas, aunque me temo que abundan más las preguntas que las respuestas. El encuentro con personas a las que veo de año en año me resulta siempre reconfortante. Algunos son amigos que proceden de la infancia y adolescencia. Otros son personas conocidas en diversas etapas de la vida con las que apenas tengo lazos estables. Con ellas no suelo pasar de un saludo cordial, pero en ocasiones, casi por sorpresa, el saludo se convierte en una conversación que se adentra en territorios muy personales. Cada uno estamos librando batallas distintas. No es fácil sincronizar preocupaciones y expectativas. Y hay ocasiones en que, por falta de tiempo y oportunidad, algunos encuentros tienen que esperar. 

Lo que más me cuesta interpretar en medio de tantas idas y venidas es la inveterada frialdad religiosa que observo en mi pueblo natal. La participación en las celebraciones litúrgicas es mínima. Es cierto que está en línea con la frialdad típica de la comarca de Pinares y aun del país en general, pero tiene algunas características que la hacen especial y que, a pesar del paso de los años, no logro comprender. Se me amontonan las preguntas. ¿Cómo explicar que los niños, apenas recibida la primera comunión, no vuelvan a participar en la celebración eucarística dominical? ¿Cómo interpretar la ausencia casi completa de jóvenes, salvo en algunas ocasiones especiales como bodas y funerales? ¿Será consecuencia de alguna experiencia traumática que yo ignoro? ¿Tendrá que ver con la deficiente pastoral de los párrocos de los últimos 50 años? ¿Se asociará la práctica religiosa a una mentalidad conservadora o a una determinada opción política o clase social? ¿Habrá alguna conexión entre el modo de entender y vivir la sexualidad y el modo de entender y practicar la religión? ¿Habrá algunos prejuicios que actúan como barrera? ¿Se asociará la práctica religiosa a una mentalidad infantil y femenina en un contexto en el que el machismo es contundente? Las preguntas pueden multiplicarse. Las respuestas no emergen con claridad. Hay tantos matices como personas. Los mismos que han participado como cofrades durante las celebraciones de las fiestas patronales, por ejemplo, una vez terminadas sus obligaciones reglamentarias, se esfuman como por arte de magia. Son, en general, jóvenes muy valiosos que podrían rejuvenecer las asambleas litúrgicas y dar un nuevo aire a la comunidad parroquial, pero, por alguna razón que ignoro, apenas lo hacen. 

No pretendo juzgar a nadie. Solo constato un hecho objetivo con el fin de entenderlo. Antes de sugerir algunas pistas de futuro, quisiera escuchar con mucha atención sus palabras para comprender las verdaderas razones de un fenómeno que constituye un desafío pastoral y que –dicho sea de paso– no he percibido con tanta fuerza en ningún otro lugar de los muchísimos que he visitado como misionero. A mí no me sirve de consuelo que algunas personas me digan que les gustan mis homilías dominicales y que encuentran inspiración en ellas. Lo que de verdad me gustaría es encontrar algunas respuestas compartidas a las preguntas que me acompañan desde hace décadas. Es como si estuviéramos viviendo en mundos paralelos que solo ocasionalmente se tocan: por una parte, el mundo de la religión; por otra, el mundo de la vida personal y social. Yo aprecio de corazón a las nuevas generaciones. Veo en los chicos y chicas de hoy una sinceridad que contrasta a menudo con la hipocresía de los adultos. Veo también en ellos deseos de una vida auténtica, a pesar de las normales incoherencias. Pero constato también una gran ignorancia con respecto a lo que significa Jesús y su propuesta de vida. Aunque la mayoría estén bautizados y confirmados, apenas han tenido la oportunidad de vivir un itinerario formativo serio y atractivo. Los prejuicios han reemplazado a la información. A veces, tengo la impresión de que su verdadero manual formativo ha sido “El Código Da Vinci” de Dan Brown, aunque no lo hayan leído, más que los Evangelios de la Iglesia. 

Se requiere, pues, un “punto de enganche” empático para afrontar con serenidad las muchas preguntas que, sin duda, tienen y para las cuales no acaban de encontrar respuestas satisfactorias. Hoy por hoy parece una empresa imposible, a contracorriente, pero un misionero nunca tira la toalla. Un misionero no es un juez que condena, sino alguien que se acerca con humildad, trata de captar lo que mueve a las personas y, llegado el momento, formula la misma pregunta que Jesús dirigió a sus primeros seguidores: “¿Qué buscáis?”. Es claro que “solo quien busca encuentra”. Sin explorar a fondo las preguntas e intereses, es imposible acompañar un proceso de encuentro con la persona de Jesús. Soy consciente de que los escándalos de la Iglesia (económicos, sexuales, etc.) están llevando a muchas personas a perder la poca confianza que aún les quedaba en una comunidad que está llamada a ser un “recinto de libertad, de justicia y de amor”. Pero ni siquiera esto, a pesar de su gravedad, puede desfigurar la experiencia de un encuentro personal con Jesús. Quien lo ha tenido sabe muy bien de qué estoy hablando. Nunca es tarde.

domingo, 19 de agosto de 2018

Carne para la vida del mundo

Cinco domingos hablando de Jesús como “pan de vida” puede resultar excesivo… a menos que prestemos mucha atención al contenido de las palabras del Evangelio para descubrir su novedad. Hoy se subraya que el pan que Jesús nos da es su carne y que esta carne es la vida al mundo. En varias ocasiones se habla de “carne” y de “sangre”, conceptos que nos resultan muy fuertes. Si no fuera porque la tradición cristiana nos ha enseñado a interpretarlos en clave espiritual, pensaríamos que estamos casi ante una propuesta de canibalismo: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Aunque “carne” y “sangre” son conceptos que se refieren a la persona de Jesús como tal, es imposible no asociarlos al sacramento de la Eucaristía. El pan y el vino eucarísticos se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Podemos, pues, concluir que la Eucaristía, sacramento de la presencia de Jesús entre nosotros, es el alimento que da la vida al mundo. 

Hace unos diez años, un compañero mío hizo su tesis doctoral en Psicología en una universidad californiana que tenía fama de ser muy secular. Escogió como tema “La Eucaristía en el proceso psicológico de transformación personal”. Las autoridades académicas dudaron en aceptar el tema. Les parecía que no era muy “científico”. Mi compañero –una mente excepcionalmente brillante– insistió. Al final, no solo aceptaron el tema sino que, en su defensa, mi compañero obtuvo la máxima calificación. En su trabajo de investigación consiguió mostrar desde un punto de vista psicológico que las personas que viven a fondo la Eucaristía entran en un proceso de transformación que contribuye de manera muy significativa a su madurez personal. En otras palabras, que viven más y mejor. No es este el lugar para resumir una tesis compleja, pero me voy a permitir inspirar en ella algunas reflexiones que conectan con el Evangelio de este XX Domingo del Tiempo Ordinario

Participar en la Eucaristía significa, en primer lugar, ser aceptado en una comunidad en la que no hay ningún tipo de discriminación, sentirse parte de un cuerpo social que –desde el punto de vista de la fe– simboliza el Cuerpo de Cristo. En un mundo en el que muchas personas se sienten solas, enfermas de individualismo o exclusión, este convite a la mesa eucarística es ya un primer paso terapéutico. El rito del perdón, a pesar de su extrema estilización litúrgica, muestra que todos somos acogidos, no por nuestros méritos sino por la infinita misericordia de Dios. Cuando el presidente pronuncia la fórmula absolutoria – “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna” – está impetrando el poder sanador de la misericordia divina sobre toda la asamblea y conecta la fragilidad de esta vida terrena con la apertura a la vida eterna. Nos ayuda a reconocer nuestro pecado sin sentirnos humillados, a la luz de un amor que nos ayuda a seguir caminando con dignidad. 

Las dos grandes mesas (la Palabra y la Eucaristía) condensan el centro del proceso transformador. La Palabra de Dios desenmascara, ilumina, calienta, cauteriza, exhorta, corrige, anima y vivifica: “Tu Palabra me da vida”. Entrar en la dinámica de la Palabra significa aceptar que, frente a las muchas palabras humanas que nos despersonalizan, hay una Palabra que nos hace más hombres y mujeres, que construye nuestra identidad y nos señala el camino. La Eucaristía reproduce el circuito de la vida misma. Lo que sucede con el pan y el vino es lo que le sucedió a Jesús y lo que acontece también en nuestras vidas: Dios nos toma (presentación de los dones), nos bendice (plegaria eucarística), nos parte (fracción del pan) y nos distribuye (comunión). Por eso, quien participa de la Eucaristía sacramental se dispone para hacer de toda su vida una Eucaristía permanente. ¡Si pudiéramos comprender mínimamente lo que esto significa no volveríamos a preguntar “por qué hay que ir a misa”! Sentiríamos que la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo es lo que nos mantiene vivos y da la vida al mundo.

sábado, 18 de agosto de 2018

El agua de la muerte

Me pasé buena parte del mes de junio en el estado indio de Kerala. Viví en carne propia lo que significan las lluvias monzónicas de esta época del año. Pero en este mes de agosto la furia del agua se ha desatado con una violencia desconocida en el último siglo. A consecuencia de las numerosas inundaciones, desprendimientos de tierras y otros desastres provocados por las lluvias, ya han fallecido más de 300 personas. 35 de los 42 embalses que hay en Kerala han tenido que abrir sus compuertas porque no podían almacenar más agua. Esto ha provocado como efecto colateral la inundación de numerosas poblaciones. Una de las misiones claretianas que visité en junio, la de Vythiri, ha sido cubierta por las aguas, provocando cuantiosos daños. En los mensajes que me llegan desde Kerala hace unas semanas notaba preocupación y ansiedad; ahora percibo angustia y desesperación. No puedo permanecer indiferente ante lo que está sucediendo en una zona de la India que conozco de primera mano.

Por lo general, asociamos el agua a la vida. Solemos repetir como una mantra que “donde hay agua, hay vida”. Y es verdad. Pero cuando el agua se precipita con tanta abundancia y violencia –como está sucediendo en Kerala en las últimas semanas– arrasa con todo. Es más fácil defenderse del fuego que del agua desbocada. En el Himno a las Criaturas, atribuido a san Francisco de Asís, se canta: “Y por la hermana agua, preciosa en su candor, que es útil, casta, humilde, loado mi Señor”. Todas las notas que le atribuye san Francisco quedan desmentidas en estos tiempos de fuertes lluvias monzónicas. El agua deja de ser candorosa para transformase en una bestia aguerrida. Ya no es útil sino completamente prescindible. Su abundancia desbordante crea muchos más problemas de los que resuelve. Tampoco puede ser tildada de casta porque viola campos y pueblos, sumiendo en el dolor a muchas personas. Y, desde luego, no es humilde porque arrasa altivamente con todo cuanto encuentra a su paso. Algo pude experimentar durante el mes de junio, pero las proporciones que ha adquirido en agosto son devastadoras.

En el Rincón de Gundisalvus nunca he pedido ayuda para ningún proyecto social o religioso. Me parece que no es éste su objetivo. Hay otros muchos cauces para canalizar la ayuda. Pero ahora voy a hacer una excepción porque también se trata de una situación excepcional que, por otra parte, he conocido muy de cerca. Si alguno de los lectores de este Rincón queréis contribuir con vuestros donativos, pinchad en este enlace. Ahí encontraréis más información sobre los daños causados por las lluvias y sobre el modo de enviar las ayudas. Lo considero un deber de gratitud hacia las personas de Kerala que tan bien me acogieron durante mi pasada visita. Algunos claretianos malabares que se encuentran en España están muy preocupados por la suerte de sus familias. Incluso se ha interrumpido la conexión telefónica con ellas. Varias de sus casas han sufrido también las consecuencias de estas devastadoras lluvias. En el corazón del mes vacacional por excelencia, es importante no perder la sensibilidad hacia las víctimas del atentado de Barcelona y Cambrils y hacia quienes ahora están experimentando los efectos de los desastres naturales.


viernes, 17 de agosto de 2018

Aprender a hablar

Acostumbrados a los mensajes cortos de Facebook o Twitter y a las apócopes de WhatsApp, cada vez nos cuesta más trabar una conversación articulada y significativa. Nos manejamos bien en las distancias largas a base de frases hechas, emoticones e infinidad de archivos de vídeo y de sonido que enviamos y reenviamos. Son pocos los materiales elaborados por nosotros mismos. Por el contrario, son muchos los posibles destinarios. Sin embargo, se nos hace cada vez más cuesta arriba abordar las distancias cortas, enhebrar una historia completa, aguantar la mirada y no echar mano del teléfono móvil cada vez que suena el típico sonido de los mensajes entrantes. Hablar y escuchar están siendo verbos en desuso. Hemos aumentado nuestra capacidad de oír infinidad de sonidos, a la vez que hemos reducido la capacidad de escuchar lo que de verdad interesa. Enviamos mensajes de todo tipo –a veces sin saber casi su contenido– mientras experimentamos dificultades para hablar desde el corazón y con un mínimo de orden y corrección. Sí, también la corrección es importante. A un lenguaje pobre corresponde un pensamiento débil y viceversa. Echo de menos la capacidad que tenía mi abuelo materno y muchos de su generación para entablar interesantísimas conversaciones durante horas, sin ser esclavos del tiempo, manteniendo siempre la atención del interlocutor, sazonando el discurso con chispas de humor y anécdotas del pasado y del presente. 



Ayer, en mi homilía de la fiesta de san Roque, hablé de algunos miedos y sueños de los jóvenes de hoy. No pretendía ser exhaustivo, ni siquiera muy preciso. Fueron solo impresiones a flor de piel. Al acabar la misa, uno de mis amigos me dijo que había echado de menos la mención de un miedo que es muy frecuente hoy: el miedo a hablar en público o glosofobia. Si he de ser sincero, al principio me pareció un miedo superficial, secundario. Muchas personas pasan la mayor parte de su vida sin verse obligadas a hablar en público. Se mueven siempre en círculos privados. Más tarde pensé que tal vez mi amigo tenía razón. Hablar en público no significa solo convertirse en un buen orador como Barack Obama, por ejemplo, sino ser capaces de articular nuestro pensamiento y de compartirlo con otras personas. Uno habla en público para exponer, ilustrar, convencer, exhortar, animar, promocionar, etc. O simplemente para compartir con otros los propios sentimientos e ideas. Aprender a hablar en público implica aprender a percibir lo que nos sucede por dentro, evaluarlo, organizarlo y exponerlo. Un discurso caótico revela, por lo general, un pensamiento igualmente caótico. No sé si en el sistema educativo español hay alguna asignatura que aborde este aprendizaje. En algunos países anglosajones es una práctica común. Aprender a hablar (en público) significa aprender a pensar y viceversa. 

Confieso que me resulta más fácil hablar con las personas mayores que con la mayoría de personas jóvenes, aunque hay significativas excepciones. Y no solo por proximidad generacional y códigos comunicativos, sino porque, en general, las personas mayores poseen una mayor capacidad expresiva, manejan menos tópicos, provienen de una cultura más lógica que icónica y están acostumbradas a expresarse con desparpajo. Comprendo muy bien que a la mayoría de los jóvenes los textos que se proclaman en las celebraciones litúrgicas, por ejemplo, les resulten incomprensibles. Se trata, por lo general, de un problema de falta de formación bíblica, pero, más aún, de capacidad lingüística. No estamos ya muy acostumbrados a oír historias y relatos, sino a ver vídeoclips. Cada lenguaje tiene sus posibilidades y limitaciones. Por eso, es bueno caer en la cuenta de lo que ganamos y perdemos y tratar de buscar un buen equilibrio. En fin, todo esto venía a cuenta de la importancia de aprender a hablar en público. Está claro que también yo estoy afectado por un cierto desorden. Serán cosas del tiempo.

jueves, 16 de agosto de 2018

No está prohibido soñar

San Roque no figura en el calendario litúrgico universal. A pesar de su pétreo nombre, no parece tener la consistencia de otros santos de prestigio. Y, sin embargo, es muy popular en buena parte de Francia, Italia y España. No solo él, también su perro. Es raro ver alguna representación escultórica de este santo francés sin encontrar el perro a su lado. Antes de que se pusieran de moda las mascotas, Roque de Montpellier había aprendido a mantener una relación de amistad con su fiel can. Hoy volveremos a recordarlo en el día de su fiesta. Y aprenderemos que, frente al cristianismo subjetivo, Roque fue un hombre que aprendió a vivir como el hombre samaritano del que habla Jesús en su conocida parábola (cf. Lc 10,25-37) y también como la mujer samaritana que le pide a Jesús el agua viva (cf. Jn 4,1-42). Fue un hombre de fe y de caridad, de renuncias y de entrega, de sueños y de compromisos. A pesar de la distancia en el tiempo, todavía representa un modelo para los jóvenes de hoy, que se debaten entre miedos y esperanzas, como se ha puesto de relieve en la vigilia de oración que unos 70.000 jóvenes italianos tuvieron el pasado sábado con el papa Francisco en el Circo Máximo de Roma. 

Muchos jóvenes ven negro el futuro. Temen que, a pesar de su buena formación, no vayan a encontrar un puesto de trabajo a la altura de su competencia y sus deseos. Han experimentado el vértigo de las relaciones interpersonales, pero tienen miedo de formalizar una relación para toda la vida porque en este mundo tan cambiante parece casi imposible establecer compromisos estables. Les gustaría vivir en un mundo más justo y solidario, pero exprimen todo lo que pueden las posibilidades de este mundo consumista y excluyente. Aprecian mucho la familia, pero a menudo convierten el hogar en una estación de servicios que les sirve para aprovisionarse de todo lo necesario (techo, comida, afecto, dinero), con un mínimo de compromiso por su parte. La religión no les dice mucho, pero a veces se enrolan en cofradías o realizan peregrinaciones porque, en el fondo, sienten el cosquilleo del Misterio, aunque les cueste vincularlo a las formas tradicionales. En general, pasan mucho de política, pero tienen sus opiniones acerca de lo que sería mejor para el bien común. Casi todos sienten pasión por la música en cualquiera de sus inmensas variedades y son muy sensibles a la ecología. Es casi imposible encontrar a un joven que no conecte con esta sensibilidad. Y desde luego, la mayoría son adictos a los teléfonos móviles y a las posibilidades de la era digital en la que nos encontramos. No me gusta mucho ver las cosas desde fuera, y mucho menos convertirme en juez de nadie, pero este es el retrato cordial, hecho a grandes rasgos, que me viene a la mente en el día del joven san Roque.

Los jóvenes de hoy son –como no podría ser de otro modo– hijos de su tiempo. Encarnan los valores emergentes y a menudo tipifican también los vicios de nuestra civilización. En general, están mucho más protegidos que los jóvenes de hace treinta o cuarenta años, pero siguen siendo capaces de asumir grandes riesgos. Algunos lo expresan emigrando a otros países en busca de mejores oportunidades laborales. Se han vuelto más pragmáticos para no caer en frustraciones innecesarias. Y, sin embargo, lo que podría darles alas es no renunciar a soñar. Un joven que no sueña, que no imagina que las cosas pueden ser diferentes, envejece antes de tiempo. Los santos –incluyendo Roque de Montpellier– han sido grandes soñadores porque han visto el mundo con los ojos de Dios. Se han dado cuenta de que nada de lo que nos parece definitivo lo es realmente, y de que muchas cosas que parecen imposibles pueden convertirse en reales “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Por eso, son al mismo tiempo visionarios y creativos, hombres y mujeres de esperanza comprometidos con su tiempo. Cuando uno se acerca a las vidas de los santos, se da cuenta de que no está prohibido soñar.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Altura de miras

Hay tres solemnidades dedicadas a la Virgen María en el calendario litúrgico universal: la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), Santa María, Madre de Dios (1 de enero) y la Asunción de la Virgen María (15 de agosto). La vida de María de Nazaret tiene otras muchas facetas; por eso, el calendario incluye también fiestas como la Natividad de María (8 de septiembre) y la Visitación (31 de mayo); y memorias como Nuestra Señora del Carmen (16 de julio), Santa María Virgen, Reina (22 de agosto), la Virgen de los Dolores (15 de septiembre), la Virgen del Rosario (7 de octubre) y la Presentación de la Virgen María (21 de noviembre). Los calendarios particulares de países, diócesis y órdenes religiosas añaden otras muchas. Dentro de este rico caleidoscopio mariano, hoy fijamos los ojos en la Virgen que asciende al cielo en cuerpo y alma; es decir, en el ser humano en el que, debido a su plenitud de gracia, no hay intersticio alguno entre su muerte y su resurrección. Por eso, en algunas tradiciones no se habla de la muerte de María sino de su “dormición”, de su paso de la vida terrena a la vida celestial. 

No es fácil para nosotros comprender el significado de este misterio. Las explicaciones teológicas ayudan, pero se mueven con esquemas conceptuales que distan mucho de los que usamos en nuestra vida cotidiana. Si en el caso de Jesús subrayamos el misterio de la Encarnación (el que era rico en su divinidad se hizo pobre por nosotros), en el caso de María acentuamos su Asunción como la plena comunión con Dios más allá del espacio y del tiempo. La Encarnación la representamos como un movimiento de bajada, mientras que la Asunción la vemos como una subida. Ambos conceptos (bajada y subida) son representaciones espaciales de una realidad que escapa a toda conceptualización. Pero, dentro de los límites de nuestro razonar, podemos ver en María a la mujer que ha “subido” a Dios, el prototipo de la realidad a la que todos estamos llamados: la plena comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La asunción de María es un fruto preclaro de la resurrección de su Hijo Jesús. 

Cuando uno cree que la Madre asunta precede a los hijos en esta peregrinación hacia la patria definitiva, entonces afronta la vida con “altura de miras”. Hace suyas las palabras de Pablo a los Colosenses: “Buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre” (Col 3,1). Tener altura de miras significa que no nos conformamos con menos que con una vida plena junto a Dios; por eso, no absolutizamos –aunque las valoremos– las cosas a las que solemos dar mucha importancia en el día a día: la salud, el bienestar, el prestigio o la fama. Sabemos que todo esto es relativo, que adquiere significado en la medida en que nos ayuda a no desviarnos de nuestra meta. Tener “altura de miras” no significa desentendernos de lo que llevamos entre manos. Quien de verdad tiene “altura de miras” (sueña con la patria definitiva) tiene “bajura de compromisos”, asume sus responsabilidades cotidianas con seriedad, pero sin el agobio de quien cree que todo depende de su esfuerzo. Con la confianza de que quien ve en María, asunta al cielo, la Madre que nos abre el camino y que intercede por nosotros que todavía peregrinamos por este “valle de lágrimas” y que tenemos que hacer frente a muchas dificultades. La asunción de María es, por tanto, una fuente de consuelo, esperanza y creatividad. 

Al mismo tiempo que os deseo a todos una feliz fiesta de la Asunción de la Virgen María (de modo especial a quienes celebran en este día la fiesta patronal de sus pueblos y ciudades), os pido una oración por todas las víctimas del desgraciado accidente que tuvo lugar ayer en Génova. Después de tantos años en Italia, me siento profundamente unido al pueblo italiano en estos momentos de dolor, en el corazón del ferragosto, una fecha muy significativa para nuestros amigos transalpinos.

martes, 14 de agosto de 2018

Las fiestas de agosto

No se cuántos pueblos y ciudades de España celebran sus fiestas patronales en torno a la fiesta de la Asunción de la Virgen María, la Virgen de agosto, a la que se venera con innumerables advocaciones. La de mi pueblo natal es Nuestra Señora del Pino. Cuando en ocasiones he compartido este dato, algunos conocidos me han preguntado si yo era de Canarias porque, en efecto, la patrona de la diócesis de Canarias (islas de Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa) es también la Virgen del Pino. (Conviene añadir que uno de los compatronos es san Antonio María Claret, que, tras quince meses en las Islas Canarias -1848-1849-, llegó a confesar que “estos canarios me han robado el corazón”). En el caso de Vinuesa, la razón es obvia. El pueblo está enclavado dentro de uno de los bosques de pinos más extensos de Europa. Pero este no es un caso aislado. Casi se podría reconstruir la flora de la península ibérica a partir de las numerosas advocaciones marianas que surgen del nombre de plantas, flores y elementos de la naturaleza: Nuestra Señora del Camino, del Espino, de las Viñas, de la Fuencisla, del Monte, de los Llanos, del Mar, de las Nieves, de la Peña de Francia… El quinto misterio glorioso del Rosario presenta a María como “Reina de todo lo creado”. Antes de que se hablase del desafío ecológico, la Iglesia ya contemplaba a María en sintonía con toda la creación. 

¿Por qué tanta gente se traslada a sus pueblos de origen para celebrar las fiestas patronales? ¿Qué magnetismo tiene María para convocar a tantos hombres y mujeres en torno a su fiesta? En muchos casos, hay poderosas razones religiosas que mueven a las personas a ponerse en camino. Es la llamada de la Madre, la “nostalgia del hogar”. Pero hay, además, un deseo de identidad colectiva. Es como si la Virgen fuera la Madre del pueblo, la que crea lazos, mantiene relaciones, hace que se superen las diferencias políticas y económicas. Cuando un pueblo entero, por ejemplo, canta el himno de su Patrona, experimenta un sentido de comunión que probablemente no se consigue de ningún otro modo. Es verdad que los hinchas de un equipo de fútbol pueden llegar casi al paroxismo cantando su himno cuando su equipo gana un trofeo importante, pero se trata, por lo general, de algo efímero. La devoción mariana, aprendida de niños, suele mantenerse toda la vida, incluso en aquellas personas que han abandonado la práctica religiosa y hasta la fe. Por eso, las fiestas marianas tienen un significado antropológico que resiste el paso de las generaciones, de las modas y de las corrientes ideológicas. Muchas cosas cambian. La Madre siempre está ahí. Cuando contemplo la pequeña talla románica que se yergue sobre un pino en el camarín de la iglesia parroquial de Vinuesa, imagino los miles de personas que, a lo largo de los siglos, se han emocionado ante ella, han orado, han recordado a sus seres queridos, han deseado ser mejores personas. 

Los seres humanos necesitamos la fiesta como el comer. Sin ella, la vida entra en una rutina homicida. Ya sé que hay personas que “odian” las fiestas por diversos motivos respetables (recuerdo de seres queridos muertos, experiencias traumáticas del pasado, agorafobia, estado depresivo…), pero un pueblo que no sabe festejar, es, en el fondo, un pueblo que no sabe vivir unido. La fiesta acentúa los lazos que nos mantienen ligados en el día a día, introduce otro tiempo y otro ritmo, altera nuestras rutinas, nos invita al exceso, nos permite ser agradecidos y generosos. La fiesta es, en definitiva, un canto a la vida. Un canto… al Dios de la vida, a Aquel que, tras “trabajar” seis días (según el relato bíblico de la creación del mundo), al séptimo “descansó”, aunque mucho me temo que nosotros no descansamos durante las fiestas, sino que nos cansamos de una manera que nos resulta placentera. Quienes vibran con estas celebraciones entienden bien a qué me refiero. Por eso, tras los excesos festivos, viene un corto período de refracción antes de proseguir el ritmo cotidiano. 

A todos los amigos del Rincón de Gundisalvus que celebraréis durante los próximos días las fiestas patronales de vuestros respectivos pueblos y ciudades, os deseo un tiempo de convivencia y de alegría. Prometo no cansaros con la descripción de las fiestas que yo mismo voy a vivir, aunque tal vez algún día se me escape algún comentario.