domingo, 3 de mayo de 2026

No compliquemos lo sencillo


Como si hubiera adivinado la confusión en la que hoy vivimos, antes de presentarnos una hoja de ruta clara para conducirnos en la vida, Jesús nos advierte: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1). Así comienza el Evangelio de este V Domingo de Pascua. Es una variante joánica de sus repetidos “No tengáis miedo” que encontramos en los evangelios sinópticos. 

¿Por qué podría turbarse nuestro corazón? Cada uno libramos nuestras propias batallas interiores, pero hay un denominador común: nuestro corazón se turba cuando no vemos con claridad qué camino escoger en la vida. Algunos nos dicen que no nos dejemos engañar por la patraña de las religiones; otros insisten en que el único camino razonable es el que marca la ciencia; los más poéticos nos invitan a dejarnos guiar por lo que sintamos en el corazón… 

Lo que Jesús nos dice es de una sencillez y claridad extremas: “Creed en Dios y creed también en mí”. Habla como hablaría un niño, sin perderse en explicaciones innecesarias. Por si la fe en Dios y en él pudiera parecer un fenómeno elitista, añade que “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. La experiencia de Dios no es igual para todos. Como cantaba el poeta zamorano León Felipe: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo / de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.”


¿Cuál es ese “camino virgen”? O, por decirlo con las palabras del apóstol Tomás: “¿Cómo podemos saber el camino?”. Aquí es donde el relato del Evangelio de Juan incrusta la respuesta de Jesús que se ha convertido en una especie de carta de identidad y que ha recibido infinitos comentarios a lo largo de los siglos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). El mismo Jesús que otras veces se presenta como “luz”, “agua viva”, “buen pastor, “puerta” o “pan vivo”, ahora dice que Él es el camino que conduce al Padre. Por si hubiera alguna duda, lo aclara: “Nadie va al Padre sino por mí”. No hay otra forma de conocer la verdad de Dios y de saber que es vida si no a través del “camino de Jesús”. 

Recuerdo que la única vez que viajé a Taizé (Francia), en el ya lejano abril de 1980, me impresionaron unas palabras del hermano Roger Schutz, prior de la comunidad monástica: “Tú que buscas a Dios, ¿lo sabes? Lo esencial es la acogida de su Cristo”. Aquí reside el secreto para todos los que, de múltiples maneras, buscamos a Dios y deseamos encontrar el camino apropiado: “Lo esencial es la acogida de su Cristo”. No podemos ver al Padre, pero podemos ver su reflejo en el hombre Jesús porque –como Él mismo dice– con la fuerza de su testimonio: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. O de otro modo: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”.


Los corazones sencillos entienden esto a la primera: Dios es el Padre de todos y Jesús es el camino que nos lleva a Él. Por eso, creer en Jesús es creer en Dios. ¿Por qué esta verdad diáfana, dadora de sentido y de vida, ha dejado de ser clara para muchas personas de nuestro tiempo? ¿Qué nos impide acoger con humildad la revelación de Jesús? ¿Por qué otras palabras (las provenientes de algunos científicos o filósofos ateos, las que difunden ciertos medios de comunicación social o las que nos decimos a nosotros mismos de manera obsesiva) nos resultan más convincentes que las palabras de Jesús? Este es el drama de nuestro tiempo. 

Estamos empeñados en buscar “otros” caminos que parecen más razonables y despreciamos el “camino” que es Jesús. Podemos rodear este drama de todos los circunloquios intelectuales que queramos, pero, al final, la cuestión es esta: ¿Quién nos merece más confianza: el evangelio de Jesús o los discursos de los hombres? ¿Hemos encontrado en nuestra vida algún camino más luminoso y liberador que el camino de Jesús? 

La carta de Pedro (segunda lectura) nos advierte con claridad que este Jesús es la “piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios”. La historia se repite a lo largo del tiempo. Jesús sigue siendo rechazado, pero también creído. Él no nos echa en cara nuestra incredulidad, sino que nos invita a no tener miedo y a confiar en Él. 



sábado, 2 de mayo de 2026

El coraje de seguirlo


Está lloviendo a intervalos durante la mañana. Tras varias semanas de sol intenso, es bueno celebrar el día de la comunidad de Madrid con agua generosa. Los jardines y parques agradecen este regalo de primavera. 

Con la lluvia de fondo, pienso en la pasada Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Hoy se habla mucho de la necesidad de crear una cultura vocacional en la que comprendamos que la vida es vocación y en la que todos podamos preguntarnos qué quiere Dios de nosotros. Tengo un buen número de amigos y amigas laicos que en los últimos años han (re)descubierto la belleza y fuerza de su vocación laical. No todos la expresan a través del matrimonio. 

Desde hace décadas se dice que estamos viviendo en la Iglesia la “hora de los laicos”. Hasta podríamos decir que hay una verdadera primavera de la vocación laical. Este es un signo hermoso de la vitalidad de la Iglesia. Cada vez conozco a más laicos con deseos de formarse, de comprometerse en la evangelización y, en muchos casos, de vivir su vida familiar como una expresión de la Iglesia doméstica. 

¿No es este un fruto de la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios en la que todos los bautizados somos llamados a seguir a Jesús, vivir el Evangelio y ser misioneros? ¡Ojalá quienes se bautizaron de niños y quienes lo han hecho de adultos sigan viviendo con alegría su vocación laical en un contexto tan desafiante como el nuestro!


¿Qué pasa con las vocaciones a otras formas de vida consagrada o al ministerio sacerdotal? El descenso numérico con respecto a hace cinco décadas es evidente. Hoy son pocos los jóvenes que se sienten llamados a ingresar en una orden monástica, una congregación religiosa, una sociedad de vida apostólica o en un instituto secular. Y también son pocos los chicos que ven el ministerio sacerdotal como un camino personal de entrega a Dios y a la comunidad y de servicio al mundo. 

No voy a repetir aquí el catálogo de causas que ha sido analizado hasta la saciedad: desde el descenso demográfico en Occidente hasta la secularización de las familias, el deterioro de la imagen pública de esas vocaciones a causa de algunos escándalos o la propuesta de otros modelos vocacionales más atractivos y menos contraculturales. Y, sin embargo, a mayor número de vocaciones laicales, más necesidad de vocaciones sacerdotales y consagradas. 

Conozco adolescentes y jóvenes (por lo general, hijos o nietos de amigos míos) que son buenos estudiantes, generosos, sensibles, trabajadores, incluso piadosos, pero que ni por asomo piensan que Dios pueda llamarlos a estas vocaciones de testimonio y servicio. ¿O sí? 

Tal vez algunos de ellos se parecen a esa persona que –según el evangelio de Marcos– “se le acercó [a Jesús] corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»” (Mc 10,17). 

La respuesta inicial de Jesús parece obvia: “Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Es como si se limitara a recordarle el catecismo. La reacción del joven (en realidad, solo el evangelio de Mateo nos dice que esta persona era joven: Mt 19,16) la podríamos actualizar así: “Todo eso ya lo hago, Maestro. He crecido en una familia católica, frecuento un colegio religioso, formo parte de un grupo parroquial, soy voluntario de una ONG y hasta he participado en la JMJ”.


Lo bueno viene ahora, cuando Jesús le dice con cariño: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme” (Mc 10,21). La reacción del muchacho tipifica la reacción de muchos jóvenes de hoy cuando sienten el cosquilleo de la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada: “A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. Seguir a Jesús implica siempre –también en el caso de las vocaciones laicales– no poner la confianza en lo que tenemos: carrera, trabajo, relaciones, bienes materiales, etc. Cuando se habla de vocaciones a la vida consagrada este desapego es más explícito. 

En un contexto en el que se ensalza tanto el sexo, el dinero y la autonomía personal, es humanamente normal que muchos frunzan el ceño, den media vuelta y se vuelvan tristes a sus posiciones de siempre. Me parece que aquí es donde se juega el misterio de una vocación. Influyen las condiciones familiares y sociales, influye el momento cultural, influye la secularización galopante, influyen las redes sociales, pero lo que realmente determina la respuesta es el coraje de quien escucha la llamada de Jesús y se arriesga a dejarlo todo para ir tras Él. ¿Seguro que no hay jóvenes con este coraje en la actualidad? ¿O es que nosotros no sabemos hacerles la propuesta y acompañarlos?

viernes, 1 de mayo de 2026

Y en estas llegó mayo


Me gusta el mes de mayo. Los días son largos, la temperatura es cálida sin llegar a los extremos del verano, hay una explosión de hojas y flores en los parques y jardines y todos comienzan a soñar con las vacaciones mientras ultiman los trabajos del curso académico o laboral. Si a este tono primaveral le añadimos el toque litúrgico (mayo es un mes pascual) y mariano (en Europa, mayo es el mes de María), entonces la combinación es perfecta. Lo pensaba ayer, último día de abril, mientras me hacía diez kilómetros a pie por el centro de Madrid durante algo más de dos horas. 

Caminando por el paseo del Prado, subiendo la calle de Alcalá o deambulando por la remozada plaza de España, viendo a la gente pasear, conversar o tomar algo en las innumerables terrazas, sentía que el arte de vivir consiste a veces en algo tan sencillo como contemplar la naturaleza, disfrutar de una conversación y tomar una cerveza fría con un grupo de amigos. A esta sabia conclusión se llega después de siglos intentando fórmulas variadas. Solo los pueblos con una larga historia descubren que estas cosas sencillas son más humanas y placenteras que trabajar sin horario, multiplicar los viajes o idear abstrusas interpretaciones acerca del origen del mundo o el sentido de la vida.


Escribo con la ventana abierta para que me entre el reflejo del sol de mediodía. El termómetro marca 21 grados. No hay ruido de coches. Muchos madrileños han abandonado la ciudad para disfrutar de un largo fin de semana. Se oye el ladrido lejano de un perro callejero. Repaso mentalmente mis planes para estos días de asueto sobrevenido. Necesito descansar. 

Mientras en los juzgados se habla de corrupción y los periódicos editorializan el asunto según su tendencia, yo me prometo a mí mismo no dejarme contaminar por el exceso de bazofia. No soy indiferente a lo que se está cociendo en el mundo de la política, pero tampoco quiero que mi vida gire en torno a ella. 

¿Qué más tiene que suceder para que abramos los ojos y no repitamos errores? Es triste reconocerlo, pero tenemos los políticos que se corresponden con nuestra insensatez y nuestros votos. Es muy fácil dejarnos seducir y engañar. Casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde, deudores como somos de la televisión y el marketing político. Nos encandila un ligero aumento de sueldo o de pensión, aunque luego la inflación y los impuestos se lo coman con nocturnidad y alevosía. 

En otros tiempos se protestaba. Hoy, anestesiados por la vida cómoda y las redes sociales, preferimos dejar que las cosas pasen, con la esperanza –a menudo vana– de que algún día cambiarán por arte de magia. Algunos trabajadores salen hoy a la calle “contra el precio de la vivienda y el auge de la ultraderecha”, pero más parece un rito de otros tiempos que una verdadera reivindicación de hoy. También los sindicatos padecen el desmantelamiento de las instituciones.


La única que se mantiene fiel a su cita y a su esencia es la primavera. Le da igual que gobierne la izquierda o la derecha, que suba el precio del petróleo o que Trump amenace con retirar las tropas de España e Italia. La naturaleza también cambia, pero sus ciclos no funcionan al ritmo de nuestros relojes. 

No sé si, tras la IA (Inteligencia Artificial), vendrá la NA (Naturaleza Artificial), pero mucho me temo que ese es el sueño de algunos desaprensivos que, sin haber leído el Génesis, todavía se empeñan en comer del árbol del bien y del mal (cf. Gen 2,17) y creer que no va a pasar nada. Cuando nos toque vagar desnudos fuera del paraíso, caeremos en la cuenta de nuestro estúpido error, pero en algunos casos será demasiado tarde. El orgullo suele ser ciego. 

Ahora me sorprende el canto de uno de los gorriones que revolotea por el pequeño jardín de nuestra casa. Me gustaría descifrar su trino. Aventuro una traducción que no ha pasado por el filtro de ningún traductor automático. Creo que lo que el gorrión canta es más o menos esto: “Mirad los pájaros del cielo como yo: no sembramos ni segamos, ni almacenamos y, sin embargo, el Padre celestial nos alimenta. ¿No valéis vosotros más que nosotros?”. ¿Dónde he leído yo algo parecido? 

Tengo la impresión de que este gorrión es una especie de psicoterapeuta a domicilio. ¡Manda narices! ¡Que tenga que ser un gorrión quien nos enseñe el camino de la vida! Y nosotros tan seducidos por las últimas aplicaciones de IA cuando tenemos desde hace siglos consejeros que revolotean a nuestro lado. 


jueves, 30 de abril de 2026

Lo que va de Charles a Donald


Está dando mucho que hablar el discurso que anteayer pronunció el rey Carlos III del Reino Unido en el Congreso de los Estados Unidos. Muchos analistas lo presentan como una obra maestra de la diplomacia. Supo combinar profundidad, concisión, elegancia, crítica y humor, sin perder nunca la compostura y la flema británicas. 

Más allá de la simpatía o antipatía que provoque en nosotros el personaje, merece la pena destacar algunos elementos de su aplaudida intervención. 

Extraigo, en primer lugar, varias perlas de humor. La primera es muy conocida. Suele citarse a menudo cuando se quiere acentuar las diferencias entre el inglés británico y el americano:

«Y durante todo ese tiempo, nuestros destinos como naciones han estado entrelazados. Como dijo Oscar Wilde: “Hoy en día tenemos realmente todo en común con Estados Unidos, salvo, por supuesto, el idioma”».

Ya se sabe que a los ingleses les suena muy nasal y rudo el inglés que se habla en Estados Unidos. A los estadounidenses, por su parte, el inglés británico les parece demasiado formal y anticuado.

La anécdota del rehén palaciego, típicamente británica, tiene también su gracia y su moraleja:

«Como sabrán, cuando me dirijo a mi propio Parlamento en Westminster, seguimos una tradición ancestral y tomamos «como rehén» a un diputado, reteniéndolo en el Palacio de Buckingham hasta que regreso sano y salvo. Hoy en día, cuidamos tan bien de nuestro «invitado» que a menudo no quiere marcharse. No sé, señor presidente, si hoy hay algún voluntario para desempeñar ese papel aquí».

Para poner de relieve el distinto concepto del tiempo que rige en cada uno de los dos países, Carlos III apostilló con ironía:

«Los Padres Fundadores fueron rebeldes audaces e imaginativos que luchaban por una causa. Hace doscientos cincuenta años, o, como decimos en el Reino Unido, «hace solo unos días», declararon la independencia».


Y ahora entramos en cuestiones más de fondo. El rey Carlos enfatizó mucho las raíces democráticas de ambos países en este año en que se celebra el 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos de la corona británica:

«Con el espíritu de 1776 en nuestras mentes, quizá podamos estar de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo —al menos en un primer momento—. De hecho, el principio mismo sobre el que se fundó su Congreso —no hay tributación sin representación— fue a la vez un desacuerdo fundamental entre nosotros y, al mismo tiempo, un valor democrático compartido que ustedes heredaron de nosotros».

Un aspecto que extraña mucho a los políticos del centro y del sur de Europa (y, de manera especial, a los españoles) es la mención a las raíces cristianas de nuestros países y, en general, al significado de la religión en la sociedad. Carlos III fue muy explícito al respecto y, al mismo tiempo, muy abierto y respetuoso de la diversidad:

«Y, señor presidente, para muchos de los aquí presentes —y para mí mismo—, la fe cristiana es una firme ancla y una inspiración diaria que nos guía no solo a nivel personal, sino también como miembros de nuestra comunidad. Habiendo dedicado gran parte de mi vida a las relaciones interreligiosas y a un mayor entendimiento, es esa fe en el triunfo de la luz sobre la oscuridad la que he visto confirmada en innumerables ocasiones. A través de ella, me inspira el profundo respeto que se desarrolla a medida que personas de diferentes credos crecen en su comprensión mutua. Por eso es mi esperanza —mi oración— que, en estos tiempos turbulentos, trabajando juntos y con nuestros socios internacionales, podamos impedir que los arados se conviertan en espadas».

¿Podemos imaginar en España a un político expresándose en estos términos? Es casi imposible. Enseguida sería acusado de no respetar la  aconfesionalidad del Estado y otras lindezas semejantes. Por si no bastara con referirse a la fe en general, Carlos III fue todavía más explícito cuando aludió a su experiencia personal del tiempo litúrgico:

«Soy consciente de que aún estamos en el tiempo de Pascua, la época que más fortalece mi esperanza. Por eso creo, de todo corazón, que la esencia de nuestras dos naciones es la generosidad de espíritu y el deber de fomentar la compasión, promover la paz, profundizar en el entendimiento mutuo y valorar a todas las personas, de todas las religiones y de ninguna».


Han sido muy aplaudidas y comentadas sus palabras en relación con el respeto a la objetividad de la ley, en clara crítica a los comportamientos arbitrarios de Donald Trump, aunque sin citarlo:

«Nuestros ideales comunes no solo fueron fundamentales para la libertad y la igualdad, sino que también constituyen la base de nuestra prosperidad compartida. El Estado de derecho: la certeza de unas normas estables y accesibles, un poder judicial independiente que resuelve los conflictos y administra justicia de forma imparcial. Estas características crearon las condiciones para siglos de un crecimiento económico sin igual en nuestros dos países. Por eso nuestros gobiernos están firmando nuevos acuerdos económicos y tecnológicos: para escribir el próximo capítulo de nuestra prosperidad conjunta y garantizar que el ingenio británico y estadounidense siga liderando el mundo».

No faltó una referencia al gran desafío ecológico que estamos afrontando en este siglo XXI. Es conocida la sensibilidad de Carlos III hacia este tema y su lucha a favor de la sostenibilidad del planeta. Después de ponderar las bellezas naturales de los Estados Unidos, en un claro y diplomático ejercicio de captatio benevolentiae, añadió:

«Sin embargo, al tiempo que celebramos la belleza que nos rodea, nuestra generación debe decidir cómo hacer frente al colapso de sistemas naturales fundamentales que amenaza mucho más que la armonía y la diversidad esencial de la naturaleza. Ignoramos, por nuestra cuenta y riesgo, el hecho de que estos sistemas naturales —en otras palabras, la propia economía de la naturaleza— constituyen la base de nuestra prosperidad y nuestra seguridad nacional».

Sin entrar ahora a juzgar la coherencia moral del personaje u otros aspectos controvertidos de su trayectoria, siempre se aprende algo de figuras que parecen llevar la historia a las espaldas. La diferencia entre Charles y Donald es bastante evidente.



miércoles, 29 de abril de 2026

Abril sabe a Machado


De entre los regalos que recibí el día de mi ordenación sacerdotal conservo dos que siempre me acompañan: las Obras Completas de santa Teresa de Jesús (regalo del médico de mi pueblo) y las Poesías completas de Antonio Machado. La máquina de escribir que me regalaron mis abuelos hace mucho tiempo que yace en el olvido. Del libro de Machado, encuadernado en piel roja, echo mano con frecuencia. 

Machado era como es bien sabido sevillano de nacimiento, pero soriano de corazón, así que eso hace que lo sienta todavía más próximo. De entre los lugares en los que vivió a lo largo de su vida (Sevilla, Madrid, París, Soria, Baeza, Segovia, Rocafort, Barcelona y Colliure), creo que fue Soria el que más le marcó. En el prólogo a su obra Campos de Castilla, escribe: “Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Como buen representante de la generacion del 98, Castilla fue su pasión, su hechura mental y afectiva.

El quinquenio soriano de Machado se extendió de 1907 a 1912. Durante ese tiempo fue profesor de francés en el Instituto y se casó el 30 de julio de 1909 con Leonor Izquierdo, hija de los dueños de la pensión en la que se hospedaba, en la plaza de Teatinos. Él tenía 34 años y ella solamente 15. Pese a la gran diferencia de edad, el matrimonió funcionó hasta que Leonor contrajo la tuberculosis durante una estancia en Francia y murió en Soria el 1 de agosto de 1912.


Machado es un poeta popular.
Todo el mundo sabe de memoria algunos versos suyos, aunque solo sea porque Joan Manuel Serrat los ha popularizado con su música y porque se enseñan en las escuelas. Yo vuelvo sobre ellos con frecuencia. Hoy no quiero evocar los más conocidos, sino algunos que tienen que ver con el mes que estamos a punto de terminar. 

No sé si será una fijación mía, pero tengo la impresión de que Machado sentía fascinación por el mes de abril, el mes en el que la primavera se afianza sobre el invierno. No creo que haya otro mes del calendario más machadiano que este. Espigo algunos versos tomados de poemas distintos para afianzar mi hipótesis.

Tras los rigores del invierno, abril se presenta con una sonrisa: “Era una mañana y abril sonreía. / Frente al horizonte dorado moría / la luna, muy blanca y opaca; tras ella, / cual tenue ligera quimera, corría / la nube que apenas enturbia una estrella”. Vuelve sobre la misma idea: “Pregunté a la tarde de abril que moría: / ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa? / La tarde de abril sonrió: La alegría / pasó por tu puerta -y luego, sombría: / Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa”.

En abril las noches menguan y los días se alargan. Es el triunfo de la luz sobre las tinieblas: “El mar hierve y canta... / El mar es un sueño sonoro / bajo el sol de abril”. Este sol primaveral reaparece: “Al borrarse la nieve, se alejaron / los montes de la sierra. / La vega ha verdecido / al sol de abril, la vega / tiene la verde llama, / la vida, que no pesa; / y piensa el alma en una mariposa, / atlas del mundo, y sueña”

Con el buen tiempo, aparecen las moscas: “¡Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil!”. Y, sobre todo, el encanto de un cielo renovado: “¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. / Angosta la calle, revuelta y moruna, / de blancas paredes y obscuras ventanas. / Cerrados postigos, corridas persianas... / El cielo vestía su gasa de abril”.

Para Machado, abril es, sobre todo, el mes de las lluvias prometedoras: “Las nubes iban pasando / sobre el campo juvenil... / Yo vi en las hojas temblando / las frescas lluvias de abril”. El adjetivo “frescas” se repite: “¡Buenas lágrimas vertidas / por un amor juvenil, / cual frescas lluvias caídas / sobre los campos de abril!”. Ya se sabe, como dice el refrán, que “en abril, aguas mil”. 

Machado incorpora el refranero a su poesía: “Son de abril las aguas mil. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado / hay trozos de cielo añil”. Abundan las referencias a la lluvia: “Habrá trigales verdes, / y mulas pardas en las sementeras, / y labriegos que siembran los tardíos / con las lluvias de abril. Ya las abejas / libarán del tomillo y el romero”. 

La fecundidad del verano depende de la humedad de la primavera: “La madre de la bella Proserpina / trocó en moreno grano, / para el sabroso pan de blanca harina, / aguas de abril y soles del verano”. ¿Quién no recuerda su famoso poema a un olmo seco?: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido”.


El mes de abril no luce igual en la cálida Sevilla que en la fría Soria: “La tierra no revive, el campo sueña. / Al empezar abril está nevada / la espalda del Moncayo; / el caminante lleva en su bufanda / envueltos cuello y boca, y los pastores / pasan cubiertos con sus luengas capas”.

También hay espacio para la luna de abril: “Hacia Madrid, una noche, / va el tren por el Guadarrama. / En el cielo, el arco iris / que hacen la luna y el agua. / ¡Oh luna de abril, serena, / que empuja las nubes blancas!”. Y para el ímpetu primaveral: “Mientras danzáis en corro, / niñas, cantad: / Ya están los prados verdes, / ya vino abril galán”. Todavía más claro: “Un fuste blanco y cuatro verdes hojas / que, por abril, le cuelga primavera, / y arrastra el viento de noviembre, rojas”. Abril es luz a raudales: “Todo a esta luz de Abril se transparenta; / todo en el hoy de ayer, el Todavía / que en sus maduras horas / el tiempo canta y cuenta, / se funde en una sola melodía, / que es un coro de tardes y de auroras”. 

Y expresión de vida: “Es una tarde clara, / casi de primavera, / tibia tarde de marzo, / que el hálito de abril cercano lleva”. E incluso de música: “Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero / poner un dulce salmo sobre mi viejo atril. / Acordaré las notas del órgano severo / al suspirar fragante del pífano de abril”. 

Abril, en definitiva, es el mes de las flores que prepara la explosión de mayo: “Abril florecía / frente a mi ventana. / Entre los jazmines / y las rosas blancas / de un balcón florido, / vi las dos hermanas”.

Acompañado por Machado en la travesía de este mes que ya termina, me vienen a la memoria los versos de otro trovador moderno. Se los pido prestados a Joaquín Sabina: “¿Quién me ha robado el mes de abril?”.

lunes, 27 de abril de 2026

Podemos ser mejores


Hay muchas causas que explican el malestar social. Tienen que ver con la salud, las relaciones, la economía y hasta con el clima. Pero hay una que me parece la más decisiva. Para ser mejores con los demás, para no escupir violencia en las relaciones sociales y contribuir a que todo funcione un poco mejor, es menester que uno esté a buenas consigo mismo. Estar a buenas con nosotros mismos significa que aceptamos con serenidad lo que somos y tenemos, que hemos descubierto la belleza de la vida en medio de su dramaticidad, que nos sentimos a gusto dentro de nuestra piel. Una persona reconciliada consigo misma no necesita contaminar a los demás o verter veneno en las tuberías sociales para sentirse mejor. Disfruta de la vida con gratitud y procura que los demás también disfruten. Valora y agradece cada pequeño detalle. No siente envidia ni se deja dominar por la codicia o el resentimiento.

Una persona que se acepta con serenidad saluda a los demás, evita cualquier palabra indecorosa, cuida las calles y los espacios comunes (parques, jardines, autobuses, trenes, etc.) como si se tratara de su propia casa. No tira papeles o chicles al suelo, no hace pintadas en los edificios, no habla por teléfono a gritos cuando va en el transporte público, no maltrata a los animales, no insulta en el parlamento o en las reuniones de vecinos, no propaga cotilleos infundados, no se escaquea de su trabajo con cualquier pretexto, no abusa de los servicios de urgencias en los hospitales, no anda siempre inventándose agravios y reclamando derechos, cede el puesto a las personas mayores o enfermas en los medios de transporte, trata con respeto a los sanitarios, a los profesores, a los camareros de los bares y a los dependientes de las tiendas y comercios, sonríe cuando saluda y procura escuchar más que hablar.


¡De qué manera tan sencilla podríamos cambiar nuestro mundo si todos fuéramos un poco mejores! Pero, por desgracia, lo que observamos a diario dista bastante de este sueño. Cuando paseo por la Gran Vía de Madrid y veo cómo muchas personas (locales y turistas) arrojan al suelo desperdicios teniendo papeleras a pocos metros, cuando observo las farolas recubiertas de pegatinas de todo tipo, cuando hay pintadas ensuciando edificios históricos y algunos setos desprenden olor a orines porque algunos los han convertido en urinarios públicos, me pregunto por qué nos empeñamos en hacer tan desagradable la convivencia, qué ganamos siendo mediocres y maleducados.

Más allá de explicaciones coyunturales, creo que la razón última de estas actitudes y conductas es que sus responsables no están a gusto consigo mismos. El malestar social es reflejo del malestar personal. Una persona feliz no necesita molestar a los demás, maltratar a los animales o dañar el ambiente. Disfruta cuidando todo porque quiere que también los demás disfruten, porque está acostumbrada a no desperdiciar recursos, porque ha aprendido a sacar partido de todo. En definitiva, podemos ser mejores si aprendemos a conocernos, aceptarnos y querernos. Podemos ser mejores si, queriéndonos a nosotros, extendemos este amor a las demás personas y al entorno.


Pero, ¿cómo vivir reconciliados con nosotros mismos? ¿Cómo no exudar descontento, malestar y violencia? ¿Cómo ser artesanos de paz, belleza y armonía? La clave no está en hacer uno de esos cursos de taichí o meditación trascendental que se publicitan por las calles, en correr cada día diez kilómetros, o en seguir una dieta saludable. La clave no  reside en pasar de la ética a la estética para aterrizar en la dietética, como está sucediendo hoy. Por si hubiera alguna duda, basta ver los múltiples programas de cocina en la televisióno en internet, la moda de los restaurantes de lujo o la proliferación de gimnasios, centros de estética, etc. 

La clave está –no hay otra– en caer en la cuenta de que existimos porque somos amados. Nuestra vida no es producto del azar, sino fruto del amor de Dios. Cuando una persona se sabe querida por Dios, solo tiene motivos para dar gracias. No necesita compararse con nadie, enfadarse con el mundo o deteriorar el entorno, no alberga sentimientos de revancha, no va por la vida con cara de vinagre. No mira a los demás por encima del hombro, no busca su beneficio a cualquier precio, no se goza con la mentira o la mezquindad. 

Una persona que se sabe amada por Dios disfruta viendo a los demás como hijos e hijas del mismo Padre; es decir, como hermanos y hermanas en Cristo. Todo lo demás (su etnia, nacionalidad, lengua, orientación sexual, ideología política o religión) pasa a un segundo plano. Todos sin excepción somos habitantes de este planeta Tierra. Todos sin excepción podríamos ser mejores si supiéramos de dónde venimos y a adónde vamos. ¿Por qué perdemos con tanta facilidad estas referencias esenciales? ¿Qué extraño virus ha contaminado nuestro GPS personal hasta el punto de hacernos perder el rumbo de nuestra vida?

domingo, 26 de abril de 2026

¿Qué tenemos que hacer?


La incertidumbre es uno de los rasgos de nuestro tiempo. No sabemos qué nos va a deparar el futuro. No tenemos el optimismo de los años 60 del siglo pasado. Y quizá tampoco el pesimismo de los años 70. Simplemente, estamos desconcertados y quizá perdidos. En este contexto, cobra actualidad la pregunta que los judíos formularon a Pedro y los demás apóstoles el día de Pentecostés: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”. Aparece en la primera lectura de este IV Domingo de Pascua

Muchas personas esperan una respuesta nítida que disipe sus dudas y les muestre un camino claro. Por eso, hoy tienen tanto éxito los grupos sociales, políticos y religiosos que ofrecen certezas y liderazgos fuertes. El riesgo de manipular e infantilizar a las personas es manifiesto, pero muchos están dispuestos a pagar este precio con tal de sentirse seguros. Prefieren la seguridad a la libertad. Otros navegan a sus anchas, sin sentirse coaccionados, a no ser por las infinitas normas con que nos atiborra la sociedad burocratizada. La Unión Europea, por ejemplo, es una fábrica de normas y directrices para casi todo. Puedes abortar y solicitar el suicidio asistido, pero ¡ay de ti si fabricas una botella de plástico con el tapón suelto o das un puntapié a un perro callejero que intenta morderte!


Frente a la búsqueda obsesiva de seguridad por parte de algunos y la libertad irresponsable por parte de otros, Jesús nos ofrece una respuesta liberadora: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. No solo eso, Jesús nos ofrece un camino de plenitud: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Los evangelios aplican a Jesús muchas metáforas que nos resultan familiares (luz, agua, camino, pastor), pero, como sus discípulos, no acabamos de entender bien en qué sentido puede ser “puerta”. Él mismo lo explica: “Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. 

Hay muchas puertas pasadas y presentes que conducen a la perdición. Y, sin embargo, presionados por la publicidad y la coerción social, las franqueamos a menudo. Son las puertas del consumo, la apariencia, el poder… Son puertas manejadas por “ladrones y bandidos”, pero, como prometen mucho, acabamos entrando por ellas. Seguimos votando a políticos mentirosos y corruptos. Compramos productos que han sido fabricados explotando a los trabajadores. Consumimos sustancias y alimentos dañinos para la salud.


¿Qué tenemos que hacer? La pregunta sigue en el aire. Indica malestar, preocupación, deseo de verdad. La respuesta exige conversión: “Entrar por la puerta que es Cristo”. Pero no para encontrar una seguridad que nos libre de pensar por nosotros mismos y tomar decisiones responsables, sino para encontrar una vida plena. Jesús no nos quiere ovejas robotizadas, sino seguidores adultos que asumen el peso de la libertad. Él no nos atosiga con un cúmulo de preceptos para que sepamos siempre lo que tenemos que hacer, sino que nos concede su Espíritu para que discernamos cómo vivir y actuar en cada momento. 

La comunidad de discípulos de Jesús (la primitiva y cualquiera contemporánea) no es una secta en la que el líder nos lava el cerebro y nos manipula a su antojo, sino un grupo de hombres y mujeres libres que aspiran a vivir en verdad, libertad y amor y, de esta manera, disfrutar de una vida abundante. No es fácil encontrar cristianos con esta madurez. O inclinamos el platillo de la balanza hacia una espiritualidad infantil y dependiente que busca obsesivamente la seguridad, o hacemos de nuestra capa un sayo, víctimas del relativismo. Lo que Jesús nos propone es más profundo, exigente y liberador: creer en Él y vivir como personas libres y responsables.


Celebramos hoy la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado: El descubrimiento interior del don de Dios. Merece la pena leerlo. El Papa nos invita a “crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo”.