
No vi el partido entre España y Austria, pero lo seguí de tapadillo. A esa misma hora, me encontraba cenando con un grupo de jóvenes seminaristas en una playa malagueña. Aunque el centro era la conversación chispeante y el pescaíto frito, los móviles y los gritos de algunos bañistas nos iban avisando de los tres goles de España. Fue el colofón perfecto a una jornada en la que por la mañana reflexionamos sobre “la comunidad que nace de la Eucaristía” y por la tarde tuvimos un encuentro con la comunidad de monjas clarisas de Vélez-Málaga.
Con ellas compartimos la conversación, la merienda y el rezo de vísperas. Desde hace más de treinta años hay dos monjas indias que forman parte de la comunidad. Su venida a España no fue muy ortodoxa, pero parece que hoy se encuentran bien integradas. La comunidad acusa la fragilidad de los años y las penurias económicas, pero sigue exudando serenidad y alegría. Clara de Asís, de la que hablaron con entusiasmo, les ayuda a encontrar el camino. Ella fue una mujer delicada y fuerte en un siglo de cambios. Hoy se necesitan mujeres consagradas como ella.

Para los que vivimos en el centro de la península, a más de 350 kilómetros del mar, pasar unos días en una ciudad asomada al mar Mediterráneo es una bendición. El calor mesetario se transforma aquí en brisa templada. La sequedad del centro se atempera con la humedad de la costa. Parece que el cuerpo descansa y el espíritu se entona. Ha sido un pequeño noviciado meteorológico previo a un tórrido fin de semana. En el encuentro con seminaristas provenientes de distintas diócesis españolas me he acercado al perfil de los presbíteros de los próximos años. Algunos provienen de familias ateas. No los veo muy preocupados por la cuestión social –como era común hace unas décadas– sino por la experiencia de fe en un contexto muy secularizado, pero tolerante.
No esconden su condición de seminaristas. Les gusta marcar la diferencia. Es verdad que algunos presbíteros mayores los acusan de ser un poco “capillitas”, pero tal vez se trata de una observación superficial que no se hace cargo del nuevo contexto social y de su proceso interior. Es necesario escuchar sus historias para comprender sus verdaderas motivaciones. En ese ejercicio aparecen las sorpresas. Son jóvenes que se sienten muy atraídos por la persona de Jesús y por la posibilidad de seguirlo al servicio de la comunidad. La mayoría son nativos digitales, acostumbrados a un tipo de comunicación directa, visual y muy atada a sus experiencias.

Aprendo escuchándolos. Tres días es un tiempo demasiado breve para hacerse cargo de su realidad, pero menos es nada. Creo que es la primera vez que tengo un encuentro de este tipo con seminaristas diocesanos. Me interesa conocer este mundo… por dentro. Me interesa entablar vínculos porque estoy convencido de que solo el mutuo conocimiento construye Iglesia. La llamada a la sinodalidad se traduce en gestos de acercamiento y diálogo. Nos educamos mutuamente. Nos ayudamos a ver otros puntos de vista, a superar estereotipos y a pensar siempre en clave de Iglesia.
Por otra parte, habituado a vivir con personas mayores, disfruto conversando con los jóvenes. Ellos hablan más de proyectos que de recuerdos, sintonizan con este tiempo sin hacer opciones heroicas, confían en la fuerza de la vida. Es muy probable que no todos lleguen a la ordenación sacerdotal, pero este itinerario formativo los prepara para la vida. Disfrutan de oportunidades que no están al alcance de cualquier joven. Ese entrenamiento les servirá para siempre. Merece la pena dedicar tiempo y esfuerzo a ayudarles en el camino.

















