miércoles, 19 de enero de 2022

Los "santitos"

Exterior de la ermita de san Antón

Desde muy niño oí hablar de “los santitos”, aunque tardé tiempo en saber a qué se refería esa expresión que seguramente será desconocida para la mayor parte de los lectores del Rincón. Cuando en mi pueblo natal la gente habla de “los santitos” se refiere a una serie de fiestas menores que tienen lugar entre la Navidad y la Semana Santa. Los famosos “santitos” son cinco: san Antón (17 de enero), san Sebastián (20 de enero), santa Inés (21 de enero), san Blas (3 de febrero) y santa Agueda (5 de febrero). 

Cada uno de ellos tiene (o tenía) su imagen, su cofradía y sus correspondientes tradiciones: misas, oración por los difuntos, procesiones, reparto de panecillos, bendición de roscos, comidas de hermandad, bailes, etc. Uno de ellos (san Antón) tiene incluso ermita propia a las afueras del pueblo. No es fácil encontrar una constelación de fiestas tan seguidas que hayan sobrevivido a la imparable secularización de nuestra sociedad. 

Misa de la fiesta en el interior de la ermita de san Antón

La verdad es que no soy ningún experto en la historia de estas fiestas ni he pertenecido nunca a ninguna cofradía. No he vivido por dentro la emoción que deben sentir sus miembros. Si hoy les dedico la entrada es porque hay varias cosas que me sorprenden. La primera es el hecho de que los cinco “santitos” se remonten a los siglos III-IV. El abad san Antón murió en el año 356; el soldado mártir san Sebastián en el año 288; la virgen y mártir santa Inés en el 304; el obispo san Blas en el 316: y la virgen y mártir santa Águeda de Catania, en el 261. Ninguno de ellos es un santo moderno. 

¿Qué tienen estos tres varones (Antón, Sebastián, Blas) y estas dos mujeres (Inés y Águeda) para seguir siendo atractivos 17 siglos después de su muerte? Entre ellos hay eremitas, soldados, obispos y dos muchachas jóvenes sin apenas trayectoria personal. A primera vista, nada haría pensar que historias como las suyas pudieran interesar a los hombres y mujeres del siglo XXI, que vivimos en un contexto cultural muy alejado del suyo. A nosotros no nos persiguen como a ellos por ser cristianos, a menos que el estilo pagano de vida que llevamos hoy sea una especie de persecución sorda. 

Roscos de san Blas

Me resulta curioso que en nuestra sociedad secularizada exista un sorprendente mundo cofrade que sigue atrayendo a un buen número de jóvenes. ¿Por qué? Quizá porque en una cultura individualista las cofradías representan un oasis de hermandad. Los cofrades se suelen llamar entre ellos “hermanos”. Saber que eres significativo para alguien, más allá del círculo familiar, es una experiencia que nos proporciona arraigo y seguridad. Necesitamos cultivar un fuerte sentido de identidad y pertenencia: saber de dónde venimos, quiénes somos y a quién pertenecemos. Por otra parte, en una sociedad tan mecanizada como la nuestra, echamos de menos algunos ritos que nos abran a una dimensión trascendente. Las fiestas de los santos y las cofradías que las organizan están cargadas de elementos rituales que parecen satisfacer esta necesidad. Es, en cierto sentido, el retorno de lo sacro bajo formas populares, lejos de la rigidez litúrgica. 

Creo, además, que los “santitos”, más allá de su biografía singular, constituyen un recuerdo permanente de que “otra vida es posible”, de que ha habido hombres y mueres a lo largo de la historia que han vivido con autenticidad, sin dejarse llevar por las modas del momento, dando su vida por Jesús y los valores del Evangelio. Aunque uno no siempre esté dispuesto a seguir este mismo camino, no deja de sentirse atraído por la fuerza que transmiten quienes fueron capaces de transitarlo. En el fondo, todos añoramos ser mejores de lo que somos. Por eso, nos aupamos sobre los hombros de quienes fueron fieles a sus convicciones. Podemos admirar a algunos triunfadores (deportistas, políticos, hombres de negocios, etc.), pero, a la hora de la verdad, nos fiamos más de lo santos. No olvidamos también su función intercesora. A ellos podemos confiarles nuestras necesidades. 

Grupo de mujeres celebrando la fiesta de santa Águeda

Por último, resulta sugestivo que haya algunas fiestas menores en el corazón del invierno. Todas se remontan a tiempos en los cuales la vida agraria se reducía al mínimo y quedaba más tiempo para la celebración. Aunque solemos asociar las fiestas al verano, quedan vestigios de “fiestas invernales” que introducen una nota de alegría en los días cortos y gélidos de las primeras semanas del año. Es verdad que la celebración actual de los “santitos” dista mucho de tener el impacto popular que tenía hace unas cuantas décadas. Es verdad que en los dos últimos años la pandemia ha minimizado aún más sus expresiones. Con todo, sigue constituyendo un momento de encuentro fraterno y de alegría. 

Intuyo que, además, es una expresión sincera de una religiosidad popular que, convenientemente evangelizada, puede ayudar al encuentro personal con Dios. Al fin y al cabo, Antón, Sebastián, Inés, Blas y Águeda no han pasado a la historia por ser grandes científicos, escritores o artistas, sino por haber dedicado sus vidas enteramente a Dios. Lo que explica su fama y este tremendo arraigo popular es la fuerza de Dios en sus vidas. Si ellos fueron capaces de vivir una vida tan auténtica, ¿por qué nosotros no? ¿Qué nos impide a los hombres y mujeres del siglo XXI vivir una fe como la suya? Ser cofrade es algo más que pagar una cuota anual o participar en una comida de hermandad. Es, por lo menos, un deseo de ser mejores, de vivir con otros hermanos y hermanas la alegría de caminar por la misma senda que recorrieron algunos “santitos” cuyo recuerdo es inspirador. 

martes, 18 de enero de 2022

Calle arriba, calle abajo

Ayer y anteayer dediqué un tiempo a recorrer a pie la calle Arturo Soria: el domingo, en dirección hacia su final; ayer, en dirección hacia su origen. Esta larga y compleja calle está situada en el noreste de Madrid, en el distrito de Ciudad Lineal, a cuatro pasos de la casa de espiritualidad en la que me encuentro. Tiene unos 6 kilómetros de longitud. Debe su nombre al geómetra, urbanista y teósofo Arturo Soria (1844-1920), impulsor del proyecto de una ciudad lineal, cuyo objetivo se resumía en la frase: “A cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín”. Podríamos decir que su sueño se alineaba con las propuestas utópicas que han surgido a lo largo de la historia y que, por diversas razones, casi nunca se han podido materializar a cabalidad. 

Arturo Soria buscaba una alternativa para descongestionar las ciudades tradicionales agrupadas en torno a un núcleo urbano. Quería recuperar un urbanismo fundamentado en la dignidad de la persona y el contacto con la naturaleza. Su ciudad lineal era una ciudad alargada construida a ambos lados de una avenida central de 40 metros de ancho, con viviendas a los lados. Se trataba de aplicar a la gran ciudad el concepto de pueblo-calle que se observa en algunas poblaciones rurales. Su sueño se realizó solo en parte. Con el paso del tiempo, la calle que lleva su nombre ha ido adoptando otra fisonomía por problemas presupuestarios, especulación inmobiliaria, cambios en los planes urbanísticos, etc. La actual calle conserva solo unos pocos elementos de la idea original. Con todo, sigue siendo una calle muy peculiar, bastante diferente a otras calles de Madrid.

Más allá de las cuestiones urbanísticas, a las que personalmente soy muy aficionado, mi paseo vespertino tuvo algo de exploración humana. Volví a comprobar que, a pesar de la pandemia,  la gente camina, se echa a la calle para no ser víctima de un confinamiento que a la larga puede resultar más perjudicial que el mismo coronavirus. El paisaje humano era variopinto. Abundaban los papás y abuelos que recogían a los niños en los numerosos colegios que hay en la zona. Se veían también bastantes jóvenes con sus chándales que iban a practicar deporte. Quizás el grupo más numeroso era el de los jubilados que disfrutaban del sol invernal en el momento más propicio del día. Con su calzado deportivo y provistos de gorros, guantes, bufandas y mascarillas caminaban a paso tranquilo por la acera o se sentaban un rato en los muchos bancos que pueblan las áreas de juegos y de descanso. 

Mirando a un lado y a otro, comprobé que hay un buen número de hospitales y clínicas (desde el prestigioso Centro Andersen contra el Cáncer hasta la clínica Nuestra Señora de América), colegios, conservatorios, sedes de multinacionales, residencias de ancianos, casas de congregaciones religiosas, bares y restaurantes (en número menor que en otros barrios de Madrid) y, por supuesto, numerosas viviendas familiares. La antigua Villa Rubín, residencia familiar del urbanista Arturo Soria, es hoy la Residencia de Menores Manzanares, dependiente de la Comunidad de Madrid.

Mientras paseaba a buen ritmo, imaginaba las historias que se podían esconder detrás de las fachadas de algunos chalés de lujo, en los quirófanos de los hospitales, en las habitaciones de los ancianos de las residencias y también en los rostros de las mujeres filipinas y latinoamericanas que paseaban del brazo de algunos ancianos, de los jóvenes que iban descentellados (este original término no figura en el diccionario de la RAE, pero se lo he oído utilizar a mi madre en varias ocasiones) en sus bicicletas y de las mamás que tenían dificultades para estacionar su coche frente al colegio de sus hijos. 

¿Qué sueñan estas personas? ¿Qué les mueve en la vida? ¿Qué les hace sufrir? ¿En dónde encuentran fundamento para seguir adelante? Oí casualmente la conversación de dos ancianas a las que adelanté con mi paso rápido. Estaban hablando -¡cómo no!- de la omnipresente pandemia. Una de ellas le dijo a la otra en tono lastimero: “Así no podemos seguir mucho tiempo”. Es como si estuviera llegando al límite de su resistencia. Entonces pensé en las diversas actitudes que todos tenemos ante este fenómeno para el que no estábamos preparados. 

En las últimas semanas, algunos de mis amigos y familiares han pasado la enfermedad casi sin enterarse, con serenidad, paciencia e incluso con buen humor. Otros, por el contrario, han vivido momentos de rabia, tristeza y hasta casi desesperación. ¿Por qué el mismo virus provoca reacciones tan diferentes? A veces, tiene que ver con las condiciones en las que cada uno vive la enfermedad (no es lo mismo estar encerrado en un pequeño apartamento o en una habitación de hospital que vivir en un chalé o en el campo). Otras veces tiene que ver con la gravedad o levedad de los síntomas. Quien tiene serios problemas para respirar no la afronta igual que quien es asintomático o sufre solo un poco de fiebre y de cansancio.

Por último -creo que esto es lo más importante- tiene que ver con nuestra actitud ante la vida. Quien quiere tener siempre todo bajo control o está acostumbrado a ser muy autónomo, pierde los nervios cuando no puede controlar la enfermedad y sus efectos colaterales. Quien, por el contrario, ha aprendido a dejarse cuidar, a abandonarse, afronta la enfermedad con más tranquilidad, sabiendo que la irritación no le ayuda a superarla. En fin, que un paseo, calle arriba y calle abajo, da para mucho.


lunes, 17 de enero de 2022

Un G-18 femenino y consagrado

Desde el sábado me encuentro en una casa de espiritualidad en el noreste de Madrid. Estaré hasta finales de mes acompañando a las participantes en la XI Asamblea General del instituto secular Filiación Cordimariana. Se trata de un grupo de 18 mujeres (G-18) provenientes de España, Portugal, Argentina, Brasil, Perú, Uruguay y Venezuela, que representan a todos los miembros de este instituto cuya singular historia merece la pena conocer. Su origen se remonta a san Antonio María Claret. En 1847 el entonces misionero apostólico escribió un libro titulado Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María o Religiosas en sus casas, que no pudo publicarse hasta 1850, un año después de la fundación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. En este libro se encuentran las bases de una nueva forma de vida consagrada que muchos años después cristalizó en un moderno instituto secular presente en varios países europeos y americanos. 

Este instituto, conocido como Filiación Cordimariana, forma parte de la Familia Claretiana, junto con los Misioneros Claretianos, las Misioneras Claretianas (que precisamente hoy celebran el aniversario de la muerte de su Fundadora, la venerable Madre Antonia María París), el movimiento laical Seglares Claretianos y otros cuatro grupos más: las Misioneras de María Inmaculada (fundadas en Guinea Ecuatorial en 1909), las Misioneras Cordimarianas (fundadas en México en 1921),  las Misioneras de la Institución Claretiana (fundadas en España en 1951) y las Misioneras de san Antonio María Claret (fundadas en Brasil en 1958). Los cuatro grupos comparten la espiritualidad misionera de san Antonio María Claret.

Imagino que la mayoría de los lectores de este Rincón no están familiarizados con los institutos seculares. Todo el mundo sabe qué es un cura, una monja o un fraile, por usar categorías populares, aunque no muy precisas teológica y canónicamente. Pero, ¿en qué consiste un instituto secular? Reproduzco casi literalmente lo que escribí hace más de tres años en una entrada titulada Una hermosa desconocida, coincidiendo con el 75 aniversario del instituto Filiación Cordimariana. Sus miembros se presentan como mujeres que quieren vivir la consagración a Dios “en el corazón del mundo”. Hacen voto de castidad, pobreza y obediencia como expresión de su total entrega a Dios y a la Iglesia. Pero, a diferencia de las monjas y de las religiosas, su claustro es el mundo. Quieren vivir a cabalidad su condición de mujeres seculares. 

Por lo general, desarrollan profesiones civiles. La actual directora general de Filiación Cordimariana, por ejemplo, es abogada. Otras son profesoras, trabajadoras sociales, médicas, enfermeras, etc. Viven solas, con sus familias o en pequeños grupos, según lo más conveniente. El Corazón de María simboliza para ellas el santuario en el que se ofrecen a Dios como María y el hogar en el que aprenden el “arte mariano” de vivir; es decir, la escucha, la profundidad, la fe, la ternura, la compasión, el servicio, la cordialidad y, en definitiva, la alegría de haber encontrado el tesoro de Dios para compartirlo con los demás. Filiación Cordimariana es una familia carismática pequeña y discreta, pero muy activa. Es, por decirlo de manera muy entrañable, una “hermosa desconocida”.

Estoy convencido de que muchas chicas que experimentan la llamada a vivir su fe con una entrega especial a Jesús, pero sin renunciar a sus aspiraciones profesionales y a su estilo autónomo (no individualista) de vida, podrían encontrar en un instituto como este un atractivo camino vocacional. Gracias a Dios, en la Iglesia hay muchas maneras de seguir a Jesús. Algunas son muy visibles y gozan de una larga trayectoria histórica. Otras son casi invisibles y han nacido hace apenas unas décadas. Lo importarte es encontrar aquella que coincide con las aspiraciones que el Señor ha puesto en nuestro corazón. 

Yo personalmente me encuentro muy a gusto acompañando durante un par de semanas a este G-18 en una asamblea general que lleva por título Tejiendo historias en corazones de carne. Os pido una oración por el fruto de este encuentro y os dejo con un vídeo que presenta algunos testimonios sobre la identidad y misión de este Instituto secular.



domingo, 16 de enero de 2022

La mujer del vino nuevo

Hace unos días me ocurrió una anécdota divertida. Parece casi un remedo del Evangelio de este II Domingo del Tiempo Ordinario. La religiosa encargada de la sacristía del lugar donde suelo celebrar la Eucaristía matinal no estaba ese día en casa. La sustituyó alguna compañera suya con menos experiencia litúrgica. Por alguna razón que ignoro, vertió agua en la vinajera donde estaba escrita una V muy grande (la del vino) y llenó de vino la que tenía escrita una A de igual tamaño (la del agua). Total, que ese día consagré con muy poco vino y una cantidad notable de agua. Lo más llamativo no fue que, debido a un descuido, el agua se convirtiera en vino (como en el Evangelio de hoy), sino que el vino se convirtiera en agua. 

Algo parecido sucede en nuestra vida cristiana. Por superficialidad, pereza o apatía convertimos el vino gozoso del Evangelio en agua rutinaria. Hacemos de la fe algo devaluado, un modo de vivir rutinario, un rito insignificante. ¿Cómo redescubrir que donde está Jesús la vida se convierte siempre en una celebración de bodas, a pesar de los contratiempos que puedan surgir? ¿Cómo agradecer que la alegría y la fiesta compartidas son el “primer signo” del Reino de Dios en nuestro mundo?

El relato de las “bodas de Caná” (cf. Jn 2,1-11) es -como indica el mismo texto de Juan- “el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él”. Le seguirán otros seis (la curación del hijo de un funcionario real, la curación del paralítico de la piscina, la multiplicación de los panes, el paseo de Jesús por el lago, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro) hasta completar el número perfecto de siete dentro del llamado “libro de los signos”. Cada uno de ellos contiene un mensaje para ayudarnos a creer. 

El de este “primer signo” realizado en Caná (o en Canadá, como decía por error una anciana que solía rezar el Rosario en la iglesia de mi pueblo) es claro: Jesús convierte el agua de la ley antigua en el vino de la ley nueva del amor. Es el amor, y no la ley, el corazón del Reino de Dios. Por eso, podemos alegrarnos y celebrar la libertad que nace del amor. Para poder realizar este cambio (quizá sería mejor decir esta conversión) necesitamos hacer lo que él (Jesús) nos diga. Este es precisamente el mensaje que el evangelista pone en labios de María, llamada no por su nombre propio (como en los evangelios de Mateo y Lucas), sino como “la madre de Jesús”, la mujer de “la hora” del Mesías: “Haced lo que él os diga”.

En la dinámica de nuestra vida actual, María sigue jugando el mismo papel. También ella se da cuenta de que a nosotros, hombres y mujeres enredados en múltiples afanes, nos falta el vino del sentido de la vida, del amor, del gozo. Y se lo dice abiertamente a su hijo: “No tienen vino”. Es duro admitir que podemos estar viviendo una fe rutinaria sin el vino del amor. ¿Qué hacer entonces? María nos remite siempre a Jesús. El Maestro nos pide solo que llenemos las tinajas con el agua de nuestra vida ordinaria, con todo aquello que forma parte de nuestro pequeño mundo (planes, proyectos, fracasos, relaciones, éxitos, etc.). 

Si confiamos en la fuerza de su Palabra, él se encargará de transformar esa agua ordinaria en el vino nuevo del Reino. Y su Madre se convertirá, sin pretenderlo, en “la mujer del vino nuevo”, en la que siempre percibe nuestra indigencia humana y nos dirige a Jesús. ¿No es hermoso comprobar que es esto precisamente lo que percibimos en la vida de la humanidad y de la Iglesia? A través de la mediación de María, muchos hombres y mujeres que han perdido la fe o la viven de forma rutinaria se acercan a Jesús y descubren un nuevo modo de vivir basado en el amor. Una vez probado este vino exquisito, no quieren saber ya nada de su vieja existencia. Necesitamos muchos “signos” como estos para poder creer. Feliz domingo.



sábado, 15 de enero de 2022

Desahogo sabatino

Reconozco que la actualidad nos brinda temas de más calado. Reconozco que, por alguna razón inexplorada, este asunto me saca de mis casillas. Reconozco que tal vez exagero un poco cuando lo presento. Pedidas las disculpas pertinentes, entro a saco en el meollo de la cuestión. Lo digo sin filtro, esperando que nadie se ofenda, aunque no estaría mal que la entrada de hoy la leyeran (cosa altamente improbable) los interesados y tomaran nota. No puedo tolerar que algunos desalmados se dediquen a ensuciar los espacios públicos con sus pintadas asquerosas (finamente llamadas grafiti en español o graffiti en italiano y otras lenguas). Esta mañana hemos amanecido en Madrid con un día claro y 2 grados bajo cero. Después de celebrar la misa en el colegio de las Concepcionistas, me he dado un paseo por el entorno para ver cómo van los remates de la remodelada Plaza de España. He visto a una brigada de limpieza desinfectando y ordenando el espacio que durante la Navidad han ocupado la pista de hielo y las casetas. Hasta aquí todo bien. 

Me he ido encendiendo cuando he visto que muretes de granito, juegos infantiles y bancos de madera estaban ya profanados por las pintadas que ensucian otros espacios de la ciudad. Para este tipo de delitos no aplico ninguna eximente. Si de mí dependiera, obligaría a los responsables a pagar una multa sustanciosa, limpiar las superficies ensuciadas y realizar en compensación un trabajo social. O sea, que aplicaría una respuesta deliberadamente desproporcionada para disuadir a futuros ensuciadores. Llamarles artistas callejeros o rebeldes sociales me parece una hipérbole digna de mejores causas.

Como dentro de mí existe también un educador social, enseguida escucho una vocecita interior que me repite los típicos argumentos de quienes minimizan esa “travesura” juvenil: “¿Por qué te enojas tanto? ¿No ves que son chicos que necesitan expresar su rabia? ¿No te parece que es mejor que ensucien las paredes antes que dedicarse a robar o a consumir droga? ¿Acaso no es un signo de justificada rebeldía frente a la hipócrita sociedad burguesa que quiere conservar limpios los espacios públicos mientras mantiene sucia la conciencia? ¿No crees que el arte tiene siempre un lado transgresor? ¿Por qué, en vez de criticar tanto estas expresiones, no te preguntas por las causas que empujan a algunos jóvenes a actuar así? ¿Te has cuestionado si detrás de estos fenómenos que tanto te molestan hay heridas familiares, fracaso escolar, desamparo social y falta de oportunidades?”. 

Harto de tanta argumentación buenista, le digo a mi vocecita interior que se calle de una vez, que de voces como la suya está la sociedad llena y que argumentos como los que ella usa no hacen sino justificar y prolongar el estado adolescente e irresponsable de un amplio sector juvenil. Al escuchar mi fuerte reacción, la vocecita no rechista más. Se da cuenta de que no está el horno para bollos.

La tentación irrefrenable de ensuciar las ciudades (otra cosa es adornarlas con murales artísticos) es uno de los signos de nuestro tiempo. Hay tesis sobre el asunto. Conociendo cómo se las gastan algunos, estaba seguro de que, más pronto que tarde, la nueva Plaza de España acabaría “decorada” con pintadas insufribles. Para este tipo de gamberros sin sentido cívico, una superficie nueva y limpia es siempre una tentación a “expresar su sacrosanto derecho a la crítica social, la creatividad artística y el sursum corda”. No faltan algunos corifeos que les ríen las gracias o que, por lo menos, las excusan con argumentos parecidos a los de mi estúpida vocecita interior. A estos aduladores juveniles les diría que todo el dinero que se gasta en limpiar lo que algunos caraduras ensucian con sus juegos libertarios se podría emplear en programas sociales de más fuste. 

Siento quebrantar mi natural tendencia a la comprensión, pero en este caso yo no me andaría con pamplinas. Aplicaría sin eximentes el procedimiento sugerido más arriba. Nos falta mucho hasta crear una verdadera conciencia cívica. Sí, ya sé que es más importante proporcionar vivienda a los sin techo y alimento a los que no llegan a fin de mes. ¡Lo mejor sería recordar estas carencias con una enorme pintada -cuanto más fea, mejor- en la fachada remozada del rascacielos de la Plaza de España! ¡Con un par!

viernes, 14 de enero de 2022

Fe, profesión y compromiso político

Mientras escribo la entrada de hoy, tengo como fondo en la pantalla de mi ordenador la transmisión del funeral del italiano David Maria Sassoli, presidente del Parlamento Europeo, desde la bellísima iglesia de Santa María de los Ángeles y de los Mártires de Roma. Tanto el personaje como el lugar me resultan muy familiares. El nombre David (no Davide, como sería lo normal en italiano) le viene de otro italiano célebre: el religioso servita David Maria Turoldo (1916-1992), amigo de la familia, representante de un catolicismo abierto y claramente posconciliar. Entre los asistentes al funeral veo a los líderes de la Unión Europea, al presidente italiano Sergio Mattarella, al presidente del consejo Mario Draghi, y al presidente español Pedro Sánchez. Al comienzo de la ceremonia, el arzobispo Paul Richard Gallagher, Secretario para las Relaciones de los Estados de la Santa Sede, ha saludado a todos los presentes (muchos de ellos extranjeros) en inglés británico. 

La Eucaristía la preside el arzobispo de Bolonia, el cardenal Matteo Maria Zuppi, en sus años juveniles compañero de clase del fallecido. Hay una nutrida presencia de los scouts, a los que Sassoli perteneció cuando era joven. El cardenal Zuppi está trazando una hermosa silueta biográfica de su compañero y amigo. La ilumina a partir de las Bienaventuranzas. Lee el texto de su homilía “a la italiana”, con belleza y empatía. Subraya la sonrisa de Sassoli como verdadera tarjeta de presentación. En la oración de los fieles, excepcionalmente larga, intervienen muchos jóvenes. Combinan los testimonios con las peticiones. Después de la comunión se suceden algunas intervenciones que casi me hacen llorar. Se nota el tono cordial, sincero, de los intervinientes: Elisa Anzaldouna periodista que trabajó con él en los tiempos de la RAI, un colaborar del Parlamento Europeo, dos sobrinos (hijos de un íntimo amigo suyo) y, por último, su hijo Giulio, emocionadísimo, su hija Livia, hermosa y serena, y su esposa Alessandra, conocida desde los tiempos de la escuela secundaria.

Es probable que los lectores no italianos sepan muy poco sobre una figura que en Italia era conocidísima, no solo por el alto cargo que ocupaba en las instituciones europeas, sino porque durante años había trabajado en la televisión pública llegando a ser subdirector y presentador Telegiornale de la RAI. Una mujer de las que leen las peticiones dice que Sassoli le había dicho que no oraba por su curación porque esa plegaria la reservaba para otros enfermos. Para él pedía solo valentía para afrontar la enfermedad terminal. Me gusta esta cascada de oraciones sentidas. 

El papa Francisco, por su parte, ha hablado de él como de un creyente animado por la esperanza y la caridad. No es fácil que un personaje público concite tanta simpatía entre votantes de todo el arco parlamentario. Todos reconocen en Sassoli a un hombre íntegro, simpático, dialogante y muy sensible a la realidad de las personas pobres y marginadas. Era también un creyente que se hacía muchas preguntas y que siempre se mantuvo fiel a su fe.

David Maria Sassoli nació en Florencia en mayo de 1956, aunque pronto su familia se trasladó a Roma donde vivió la mayor parte de su vida, estudió Ciencias Políticas y se introdujo en el periodismo. Éramos casi coetáneos. 

No abundan hoy figuras como David Sassoli. Hay católicos en la política que se identifican solo con posiciones de derecha. Y hay políticos de izquierda que no se consideran cristianos. Faltan síntesis coherentes, espacios de encuentro.

No es fácil encontrar en el terreno político cristianos con una fuerte sensibilidad social. En el caso de Sassoli, su formación juvenil se inserta en la tradición del catolicismo democrático que ha tenido en Italia grandes figuras como Aldo Moro, Giorgio La Pira, Sergio Mattarella, Romano Prodi y Paolo Giuntella. Bajo el impulso de este último, Sassoli se involucró en la Rosa Blanca, una asociación de cultura política que reunió a grupos de jóvenes de asociaciones católicas.

Creo que en un país como España, que tiende a polarizar todo lo relativo a la política y la religión, necesitamos figuras que sepan moverse en el campo de la vida pública sin renunciar a ninguno de los armónicos de la fe cristiana: que defiendan el derecho a la vida del no nacido… y también  la acogida a los inmigrantes y a los sin techo, que promuevan el derecho a una muerte digna... y también los tratamientos paliativos a los enfermos terminales, que garanticen el derecho a la propiedad privada… y también el destino social de los bienes, que valoren el esfuerzo de los empresarios… y también las justas reivindicaciones de los trabajadores, que defiendan la libertad individual… y también las responsabilidades sociales, que fomenten un sano patriotismo… y también que sean muy sensibles a la multiculturalidad. En fin, que no hagan de las polaridades dilemas, que sepan guiarse por el Evangelio, por todo el Evangelio, no solo por aquellos aspectos que parecen casar mejor con la propia ideología.

Gracias de corazón, querido David. Que Dios te acoja en su seno de Padre.

jueves, 13 de enero de 2022

Vivir es saborear

En mis años romanos adquirí la insalubre costumbre de comer deprisa. En general, me sorprendo a mí mismo haciendo casi todo deprisa para hacer muy despacio lo que me parece importante. Puedo caminar deprisa y leer despacio, arreglar mi cuarto deprisa y conversar despacio, escribir esta entrada deprisa y mi diario despacio. Por alguna secreta razón, vivo a dos velocidades. Procuro ahorrar el máximo de tiempo en las acciones que considero rutinarias y prodigarlo en las que me proporcionan tranquilidad, curiosidad, sentido o placer.

Algo parecido me sucede con las palabras. A lo largo del día usamos muchas. Decimos varias veces buenos días o buenas tardes a las personas con las que nos encontramos, preguntamos por la salud o el tiempo, hacemos comentarios sobre la política o el deporte y explicamos nuestras actividades. En mi caso, hay palabras que repito todos los días: las fórmulas del Ordinario de la misa y de la liturgia de las horas. Aunque haya una intención inicial de cargar de sentido cada una de ellas, la verdad es que la velocidad y la rutina las van despojando de su fuerza. ¿Qué quiero decir, por ejemplo, cuando comienzo la Eucaristía de cada día diciendo El Señor esté con vosotros? ¿Me hago cargo de la presencia del Señor en medio de la comunidad que celebra o repito lo que los fieles esperan que pronuncie? ¿Me estremezco cuando digo Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros sabiendo que estoy dando voz al mismo Jesús? En otras palabras, ¿he aprendido a saborear lo que digo o me dejo llevar por la práctica y las prisas?

Vivir no consiste en acumular muchas experiencias para luego contarlas, sino en aprender a saborearlas, a extraer de ellas el potencial de humanidad que contienen. Me está sucediendo últimamente con algunas lecturas, empezando por el libro del Eclesiástico, que es el que comenzamos a leer el pasado lunes en el Oficio de Lecturas. Lo habré leído ya unas 40 veces a lo largo de mi vida, pero este año lo hago con una especial fruición, tratando de saborear cada frase y aun cada palabra. Algunas suenan como una advertencia seria: “No te ensalces a ti mismo, si no quieres caer | y cubrirte de vergüenza, | pues el Señor revelará tus secretos | y te humillará en medio de la asamblea, | porque no te has acercado al temor del Señor | y tienes el corazón lleno de engaño” (Eclo 1,30); otras invitan a la confianza en medio de las pruebas de la vida: “Porque en el fuego se prueba el oro, | y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. | En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, | endereza tus caminos y espera en él.” (Eclo 2,5-6). 

Todo el libro es un conjunto de frases sapienciales que esponjan el corazón cuando uno las recibe como lluvia suave y se deja acariciar por ellas. Sin embargo, en otras ocasiones he pasado por encima como gato sobre ascuas, deprisa y sin fijar mi atención. 

Algo parecido me pasa con las conversaciones. Veo que algunas son nerviosas, banales, como para salir del paso; otras, innecesariamente prolijas y aburridas. Son pocas las que oxigenan el alma. Por desgracia, hoy no disponemos de tiempo (o no queremos disponer de él) para sentarnos y dialogar sin prisas. O para pasear escuchando con calma a otras personas. El consumismo imperante nos ha inoculado la idea de que lo que importa es hacer muchas cosas, poseer muchos bienes, viajar mucho, tener muchas ventanas abiertas en el sistema Windows de nuestra vida personal, atender al mismo tiempo varias conversaciones de Whatsapp, estar físicamente juntos pero cada uno pendiente de su móvil. 

Cada vez nos cuesta más saborear, ir más allá de las primeras impresiones, percibir los matices de las cosas, descubrir los secretos de las personas que creemos conocer y sorprendernos con la verdad y belleza de los ritos repetidos (empezando por los cotidianos y acabando por los litúrgicos). Sin la capacidad de saborear, la vida se va pareciendo cada vez más a esos montajes cinematográficos que escupen muchos fotogramas por minuto para inundar la retina del espectador, pero que no saben recrearse en un pájaro que canta encaramado en la rama de un árbol o en los ojos serenos de un anciano emergiendo de un rostro arrugado. Está claro que, aunque la meta sea lo importante, hay que aprender a degustar cada paso del camino, no sea que luego no estemos preparados para la belleza final.