domingo, 25 de octubre de 2026

El ajuste fino


La noche pasada hemos podido dormir una hora más. Confieso que estos cambios estacionales me aburren y me cansan. No les veo ninguna utilidad, como tampoco se la veo al hecho de que en España llevemos casi 90 años con una hora de adelanto (dos en verano) con respecto a la hora de Greenwich, que sería la más apropiada para nosotros teniendo en cuenta nuestra ubicación. 

Vamos al grano. En el Evangelio de este XXX Domingo del Tiempo Ordinario no le preguntan a Jesús qué hora es o si prefiere el horario de verano o de invierno. La pregunta que le formulan algunos fariseos es más trascendental: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Ya se sabe que en tiempos de Jesús la Ley se componía de 613 mandamientos: 248 mandamientos positivos (cosas que se debe hacer, asociados tradicionalmente con los miembros o partes del cuerpo humano) y 365 mandamientos negativos (prohibiciones, asociados tradicionalmente con los días del año). La pregunta, pues, es muy pertinente para no perderse en la maraña de normas y prohibiciones. La respuesta de Jesús es clara, progresiva y directa: “«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. 

Hemos oído muchas veces que la “novedad” de la respuesta de Jesús consiste en juntar dos mandamientos que eran conocidos por todo judío piadoso: el referido al amor a Dios se encuentra en Dt 6,45 y el referido al amor al prójimo se inspira en Lv 19,18.


Sin embargo, la propuesta de Jesús no se reduce a juntar dos mandamientos que “sostienen la Ley entera y los profetas”. En realidad, nos está ofreciendo un criterio práctico para verificar la verdad de nuestro amor. Si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, nuestro amor a Dios no es verdadero. Es lo que leemos en 1 Jn 4,20: “El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. Pero si decimos que amamos al prójimo y nos desentendemos de Dios, el amor tampoco corre. Jesús mismo lo aclara en otro pasaje: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La respuesta de Jesús a los fariseos corrige nuestros espiritualismos desencarnados, pero también nuestros humanismos ateos. 

Los dos fenómenos se dan hoy en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Hablando en términos políticos, los de derechas tienden a refugiarse en el primero y los de izquierdas a defender con uñas y dientes el segundo. O sea, que convertimos la gran polaridad Dios-prójimo en un enorme dilema: o Dios o el prójimo. En la práctica, sin embargo, las cosas no son tan simples. No conozco a ninguna persona verdaderamente espiritual que se desentienda del prójimo, sobre todo del más necesitado. Han entendido muy bien lo que leemos en la lectura de Isaías: “Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo”. Sí conozco a alguna persona muy solidaria y servicial que no quiere ni oír hablar de Dios. Por lo general, este rechazo proviene de experiencias negativas en relación con la Iglesia vividas en la infancia o en la adolescencia y que no han sido sanadas.


Es imposible leer el Evangelio de hoy y no sentirse cuestionado. Da igual que seamos de derechas o de izquierdas, místicos o proféticos, espiritualistas o humanistas ateos. Las palabras de Jesús no admiten matices: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. No uno u otro: estos dos. Quizá se podría decir que se trata de un solo mandamiento con dos caras. Nadie mejor que Jesús (verdadero hombre y verdadero Dios) para ofrecernos esta síntesis. 

Lo que parece un problema teórico tiene, en realidad, muchas repercusiones prácticas. Afecta a la manera como vivimos la oración y el servicio, la adoración y la liberación, la participación en la Eucaristía y el compromiso político. Necesitamos una espiritualidad integradora, no dilemática. Las personas de Oriente están más preparadas culturalmente para la integración de polaridades. En Occidente tendemos más a los dilemas; de ahí la polarización que padecemos, tan presente en la sociedad y en algunos sectores de la Iglesia. A veces Jesús también exige tomar partido (por ejemplo, cuando contrapone Dios y el dinero), pero en el caso del amor a Dios y al prójimo no hay ninguna ambigüedad. Seguro que tenemos que someternos a un electrocardiograma espiritual para ver cómo está nuestro corazón.Probablemente necesitaremos un ajuste fino en nuestra manera de vivir estos amores.

sábado, 24 de octubre de 2026

A Claret le gusta la IA


Como ayer ya escribí sobre la figura de Claret, no necesito volver sobre el mismo tema. O quizá sí, pero desde una nueva perspectiva. Desde ayer por la tarde mi cuenta de Whatsapp se ha inundado de mensajes de felicitación. Muchos de ellos iban acompañados por una composición visual creada con alguna aplicación de IA. Las hay clásicas, devocionales, ligeramente modernas y hasta vanguardistas. Cuando la IA trabaja con fotos o retratos el resultado es aceptable. Cuando se “inventa” a Claret el resultado es un poco penoso. 

Más allá de los logros o fracasos estéticos, es evidente que este año 2026 la IA se ha convertido en protagonista de la fiesta de Claret. Por si no bastara con la profusa recreación de imágenes (en forma de postales, estampas y carteles), alguien se ha atrevido a pedirle a la IA que compusiera un soneto claretiano. Este es el resultado:

En los telares comenzó tu historia,
pequeño en cuerpo, de alma gigante,
caminante sutil, fuego constante,
que al mundo prefirió dar la memoria.

En la fragua del alma y de la gloria,
comulgando en amor de forma amante,
fuiste saeta pura y penetrante,
Misionero en la cruz de la victoria.

El Corazón de María fue tu nido,
donde encendiste el celo y el aliento
para salvar al prójimo caído.

En el destierro hallaste el sufrimiento,
mas con la vida de Jesús vestido,
fuiste del Evangelio santo aliento.

Formalmente está bien construido, pero creo que le falta alma. Un buen poeta no se crea a base de conexiones digitales. Otro compañero se ha lanzado a componer una canción con ayuda de la aplicación Suno. En fin, que la fiesta de Claret de este año ha sido un homenaje a la IA en toda regla. 

Estoy convencido de que también el santo misionero le hubiera sacado mucho partido para sus empresas evangelizadoras. Como en su tiempo no disponía de IA (Inteligencia Artificial), no tuvo más remedio que echar mano de su poderosa IN (Inteligencia Natural) para escribir libros y folletos, copiar de otros autores, hacer traducciones de obras francesas e italianas, dibujar estampas y láminas y otras operaciones que hoy hubiera realizado en un abrir y cerrar de ojos.

Feliz fiesta de san Antonio María Claret a todos los amigos del Rincón de Gundisalvus

viernes, 23 de octubre de 2026

Un fruto que dura


Mañana será la fiesta de san Antonio María Claret. Se cumplirán 156 años desde su muerte acaecida el 24 de octubre de 1870 en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia). Como Jesús, también Claret murió extramuros, fuera de su patria, perseguido hasta el último respiro. Hay santos amables y santos que incomodan. Claret perteneció a la segunda categoría sin desdeñar la primera. Creo que la mayoría de los lectores de este Rincón conocen la azarosa vida de este santo misionero. A quienes sepan poco de él, les invito a ver la película Claret, leer una breve semblanza de su vida o, si tienen ánimo y tiempo, acercarse a su Autobiografía. Se sorprenderán de cómo un hombre, en solo 62 años y diez meses, fue capaz de vivir una extraordinaria aventura humana, espiritual y misionera. Lo hizo en un siglo en el que Europa y América fueron escenario de revoluciones constantes. Un siglo que no quería parecerse a los anteriores, pero que tampoco tenía la contundencia del siglo XX. 

En algunas cosas, Claret parecía más del siglo XVI que del XIX; por eso admiraba tanto a santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila o fray Luis de Granada. En otras, podría haber sido un perfecto obispo del siglo XX. De formación técnica y espíritu práctico, nunca se perdió en laberintos teóricos. Muy seguro del “qué” (la gloria de Dios, la salvación de los hombres y la propia santificación), puso toda su creatividad al servicio del “cómo” (cómo hacer llegar la Palabra de Dios a todo tipo de personas: desde los payeses que encontraba por los caminos de Cataluña hasta los intelectuales y artistas con los que se relacionó en Madrid, pasando por los lugareños canarios y cubanos). No perdió el tiempo quejándose de las dificultades. Se puso manos a la obra sin descanso. 


En el discurso que el papa León XIV dirigió hace unos días a los participantes en el simposio sobre “La santidad en la historia”, organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, les dijo algo que me parece luminoso: “Sin los santos, la historia del mundo sería más pobre y menos humana”. Los santos dignifican nuestra humanidad. Ellos y ellas son una manifestación luminosa de esa magnifica humanitas a la que todos pertenecemos. Por eso, cuando nos preguntamos qué necesitamos para mejorar nuestro mundo, para deshacer los múltiples nudos que hoy nos atenazan, la respuesta es simple y contundente: necesitamos más santos. 

A primera vista, esta respuesta puede parecer demasiado piadosa y hasta un punto escapista, pero es la más transformadora de todas. Donde hay santos, hay hombres y mujeres que, en su fragilidad, se han dejado transformar por el amor de Dios. Por eso, pueden contribuir “desde dentro” a la transformación del mundo. Cada santo es como una maqueta del nuevo mundo al que aspiramos. Los santos no se limitan a decirnos lo que tenemos que hacer, no nos sermonean con propuestas ideales, como hacen a menudo muchos pensadores y revolucionarios. Se concentran en vivir. Su vida misma es el mejor argumento de la verdad que anuncian. No hay nada más revolucionario que vivir con autenticidad. 


Yo conocí a Claret cuando tenía diez años y estudiaba en un colegio claretiano. Me sentí atraído por una vida que rezumaba Evangelio por los cuatro costados y que, en la versión que leí, parecía una cadena de aventuras. Entonces no percibí el peso de la cruz que portaba. Ahora, con más edad de la que él tenía cuando murió, me sigo sintiendo atraído por su creatividad evangelizadora y por su itinerancia misionera, pero lo que más me conmueve es su configuración con el Cristo crucificado, su proceso de transformación interior a base de persecuciones, calumnias y sufrimientos. 

Es probable que en algún momento de su etapa madrileña rozase el borde de la depresión o sintiera la tentación de tirar la toalla y huir de la corte, pero en ningún momento se bajó de la cruz. Su objetivo no era estar a gusto y sentirse “realizado” (como decimos hoy), sino cumplir la voluntad de Dios. Murió fuera de juego, desprestigiado y desterrado. Hoy, de quienes lo persiguieron nadie se acuerda. Sin embargo, su figura sigue siendo luminosa para miles de personas en todo el mundo. Está claro que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Feliz fiesta. 

lunes, 19 de octubre de 2026

Es para preocuparse


Es casi imposible no escribir algo sobre lo que está sucediendo en Francia, Bélgica, Italia y otros países europeos. Las calles arden. Para algunos, son los estertores de una Europa que lleva décadas muriéndose. O, para ser más precisos, suicidándose. Narcotizados por la llamada “sociedad del bienestar”, acostumbrados a que papá Estado nos resuelva los problemas (hasta que la gigantesca deuda pública haga inviable esta providencia), hemos caminado contra la vida. Los perros dan menos problemas que los hijos. El aborto y la eutanasia se han convertido en “derechos”. La fe, en el caso de que siga mereciendo la pena, se ha convertido en un asunto privado. El sacrificio pertenece a la generación de la posguerra. Ahora vivimos en la estación del disfrute. O, por lo menos, en la “sociedad del entretenimiento” o en la “sociedad paliativa” (Byung Chul Han). 

La Unión Europea surgió como proyecto de reconciliación y futuro tras una guerra fratricida. Hoy corre el riesgo de implosionar bajo el peso de la burocracia y la falta de imaginación. Mientras Estados Unidos innova, China vende y Rusia sueña con sus ideales expansionistas, Europa regula que los tapones de plástico deben ir amarrados al cuello de las botellas para evitar no sé qué extraños riesgos. Morir por exceso de sofisticación y déficit de humanidad no es nada nuevo. Varias civilizaciones (incluida la romana) padecieron esta enfermedad. Pero no es fácil aprender de una historia que se oculta mientras (todavía) vivamos mejor que en la mayor parte del mundo. 


Duele ver las imágenes de la violencia callejera en Francia. Duele ver el ayuntamiento de Limoges ardiendo, como nos dolió ver el incendio de Notre Dame hace siete años. Pero este exceso de violencia, no sé si espontánea u orquestada, es síntoma de un malestar que se viene incubando desde hace décadas y que, como los volcanes, necesita de vez en cuando algunas fumarolas para liberar la rabia acumulada. Sigo creyendo que es mejor un proyecto de Unión Europea que la vuelta a nacionalismos cerrados. Es probable que haya pasado la hora de Europa y de Estados Unidos y que este siglo le pertenezca a China. Se escribe mucho sobre el declive de las viejas potencias y el nacimiento de las nuevas. La historia está llena de ciclos parecidos. 

Se puede perder músculo económico e influencia política. Lo que importa es no vender el alma. Me llama la atención que, en un país como Francia, se dé al mismo tiempo una reacción contra el “coste de la vida”, contra un modelo social insostenible, y un despertar de la búsqueda religiosa, con un incremento constante de los bautismos de adultos. No creo que haya una clara vinculación causa-efecto, pero ambos son síntomas de que algo está cambiando, de que la sociedad del bienestar está en crisis y de que es necesario buscar alternativas creíbles. De no hacerlo, los más fuertes se llevarán el gato al agua. Siempre hay quien sabe sacar partido (económico) de las crisis sociales.


En España las cosas no han llegado a ese extremo, pero se dan muchas condiciones para que lleguen, aunque disponemos de una serie de amortiguadores que ayudan a afrontar la situación con más calma. El sustrato cristiano, el apoyo de la familia y una cultura vitalista y resiliente nos ayudan a capear la crisis, aunque no logremos superarla. El verbo “capear” se usa mucho en el mundo taurino, pero tiene también una sugestiva aplicación a la vida en general. Según el diccionario de la RAE, capear significa “eludir con habilidad un compromiso o una situación difícil”. Somos expertos en el arte de las elusiones. Los problemas no se resuelven de raíz, pero, por lo menos, se minimizan, no alteran la vida de manera irremediable. 

Dentro de 40 días tendremos elecciones generales. La alternancia política no cambia automáticamente las dinámicas sociales, pero puede ayudar a reconducirlas. Es fácil saber lo que no queremos, pero resulta difícil encontrar una propuesta que responda a lo que de verdad queremos. Varias personas con las que he hablado en los últimos días me confiesan que se sienten huérfanas políticamente hablando. Tienen muy claro a quién no van a votar, pero dudan acerca de a quién confiar su papeleta. No hay propuestas que les entusiasmen. O, por lo menos, que indiquen por dónde podemos caminar. Mientras tanto, esperemos que no ardan las calles. Nada violento acaba siendo transformador. 

viernes, 16 de octubre de 2026

El arte de perseverar


Hace poco más de cuatro meses León XIV pasó por España. Hubo una sacudida pública. Su persona y sus mensajes parecieron conectar con muchos españoles, incluso con algunos que no se consideran miembros de la Iglesia. Llegó el verano. Vinieron los incendios, la invasión de Ceuta. El viaje papal se hundió en las aguas del pasado. Llegó el otoño. Fue invadida la Puerta del Sol de Madrid, una especie de Tarajal-2 sin playa. A cambio, los acampados se bañan en la fuente de Carlos III. Se anunciaron elecciones generales para el 29 de noviembre. Pedro Sánchez no sabía que ese día comienza el Adviento. Los partidos enseñan los dientes. Al Papa le diagnosticaron cáncer de pulmón. Fue operado el “martes 13” en el policlínico Gemelli de Roma. Suma y sigue.

Suceden tantas cosas y tan deprisa que uno se pregunta si hay posibilidad de retener mensajes, mantener opciones y cultivar afectos. Es como si la velocidad de la vida nos castigara a todos a padecer una suerte de trastorno de la atención. Coleccionamos encuentros, palabras, experiencias e imágenes como quien colecciona fotos en la memoria de su móvil que nunca va a volver a ver. La velocidad de la vida nos hace olvidadizos. La novedad de hoy convierte en antigualla la novedad de ayer. A este ritmo, acabamos todos con la lengua fuera.


No me extraña que cada vez se diagnostiquen más casos de ansiedad. Muchas personas no aguantan la carrera de la vida. Les falta aire. Se ahogan. No pueden digerir (o “gestionar”, como se dice ahora) tantos estímulos. Algunos aconsejan dejarse llevar, surfear las olas de la historia, no gastar energía en ir contracorriente. Otros insisten en la importancia de cultivar la atención para que lo urgente no se coma lo importante. Ambos consejos me parecen sabios y pertinentes. Yo me atengo más al segundo que al primero. 

En medio de tantos estímulos, procuro cultivar el “arte de perseverar”. Ese arte pasa indefectiblemente por la práctica diaria de la oración, por el ejercicio asiduo de la “presencia de Dios”. Sin detener el reloj para no hacer nada, excepto estar a solas con Dios (con “quien sabemos nos ama”, como diría Teresa de Jesús, la santa cuya memoria celebramos ayer), me parece imposible no sucumbir al vértigo de la vida cotidiana. Sin oración, no acabamos de estar a lo que estamos, nos dejamos vencer por la nostalgia o por la ansiedad, dejamos de cultivar lo que nos da vida y nos alimentamos con lo que nos la roba.


¡Qué difícil es encontrar una persona que “persevere” en las relaciones, que no se dedique solo a usarlas cuando resultan útiles o a disfrutar de ellas para decorar la propia vida! ¡Qué difícil es pasar del “a ver cuándo quedamos” a fijar un día y una hora para estar sin prisas con las personas a las que queremos o que necesitan nuestra presencia! ¡Qué difícil es hacer algunas opciones en la vida y permanecer en ellas, aunque soplen vientos en contra! Jesús nos lo ha dicho con claridad: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El arte de perseverar está ligado a nuestra unión con Jesús. Y la unión con él pasa por una oración humilde, atenta, sostenida en el tiempo. 

La oración es un antídoto contra el virus de la prisa y la dispersión. Es también una medida preventiva de la ansiedad. Al “centrarnos” en lo esencial, nos libera de la tiranía de lo efímero y accesorio. Los hombres y mujeres de oración siguen siendo tan frágiles como los demás, están expuestos a cualquier tentación, pero su vinculación al centro les permite afrontar las pruebas de la vida con la fuerza de Jesús. Se adiestran en el arte de perseverar junto a Aquel que nos ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn 15,7).

lunes, 12 de octubre de 2026

Viva la Hispanidad


En España celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Pilar. En Zaragoza esta fiesta es un estallido de fe, devoción y color. También se celebra el Día de la Hispanidad, que en España coincide con la Fiesta Nacional. Demasiados motivos concentrados en un solo día. En Madrid la fiesta de la Hispanidad comenzó el pasado día 2 y terminará hoy. Estuve el pasado sábado en el concierto que el cantante colombiano Sebastián Yarta dio en la Plaza de España. En un momento dado, lanzó una pregunta retórica: “¿Hay aquí algún colombiano?”. Rugió una marea de gente que se sabía de memoria las letras de sus canciones. Solo en la comunidad de Madrid hay más de un millón de hispanoamericanos, de los que los colombianos representan un quinto aproximadamente. 

Basta viajar en metro para caer en la cuenta de esta masiva presencia de hispanoamericanos. El crecimiento ha sido espectacular. Al comienzo del siglo XXI había poco más de 80.000. En un cuarto de siglo se han multiplicado por más de diez. Es lógico, por tanto, que la fiesta de la Hispanidad vaya cobrando fuerza de año en año. A ello se une el esfuerzo revisionista de la Leyenda Negra que están llevando a cabo historiadores, investigadores y divulgadores como Juan Miguel Zunzunegui (México), César Pérez Guevara (Venezuela), Fernando Cervantes (México), Marcelo Gullo (Argentina), Patricio Lons (Argentina), Rafael Aita (Perú), Francisco Núñez del Arco (Ecuador)… y otros muchos que, apartándose del relato oficialista impuesto en la mayoría de países hispanoamericanos en el siglo XX, se esfuerzan por hacer una lectura más objetiva de la historia, sin los prejuicios ideológicos que la han contaminado durante décadas. Naturalmente, muchos de ellos están recibiendo críticas furibundas por parte de algunos gobiernos y sus corifeos, que siguen utilizando la historia para justificar sus propios intereses y sus desaguisados actuales.


Son tantos los vínculos familiares, lingüísticos, culturales, religiosos y económicos que unen a los pueblos hispanoamericanos que bien merece la pena celebrarlos y proyectarlos hacia el futuro. No sabemos cómo evolucionará este sentimiento identitario a lo largo del siglo XXI, pero es probable que, tras dos siglos de distanciamiento y recelos, se abra una nueva etapa de respeto y colaboración. Lo que los políticos no son capaces de lograr lo harán los millones de ciudadanos de todos los países hispanoamericanos que conviven a ambos lados del Atlántico. 

Son también muchos los artistas que cantan en la misma lengua y comparten un mismo espacio cultural. Los prejuicios siguen siendo muy fuertes, se difunden a menudo en algunos planes de educación y son alimentados por políticos de inspiración marxista, pero me parece que los vientos de la historia soplan ahora en la dirección de un proyecto cultural y económico compartido, compatible con la diversidad política.


¿Cuál es el significado de la Virgen María en este proceso? La pregunta puede parecer molesta, casi impertinente porque parece mezclar otra vez la fe y la política. Sin embargo, la presencia de la Virgen, venerada en multitud de advocaciones, es evidente: Pilar (España), Guadalupe (México), Luján (Argentina), Caridad del Cobre (Cuba), Chiquinquirá (Colombia), Coromoto (Venezuela), Copacabana (Bolivia), Virgen del Carmen (Chile), Nuestra Señora de los Ángeles (Costa Rica), Nuestra Señora de Suyapa (Honduras), Nuestra Señora de la Providencia (Puerto Rico), Nuestra Señora de Altagracia (República Dominicana), Virgen del Quinche (Ecuador), Nuestra Señora de las Mercedes (Perú) y otras muchas. 

Reconocer a la misma Madre y denominarla de formas diferentes es una hermosa expresión del sentido de unidad y diversidad que caracteriza a la gran comunidad hispanoamericana. La fe cristiana, junto la con lengua común y sus innumerables acentos, es seguramente el vínculo más profundo que hermana a todos los pueblos que celebran el Día de la Hispanidad. Quizás hoy sea Madrid la ciudad que mejor expresa esta hermandad. Aquí se encuentran muchos hombres y mujeres provenientes de todos los países de Hispanoamérica, en un crisol que, poco a poco, irá creando una nueva identidad. Merece la pena celebrar este proceso histórico. Ya no miramos tanto al pasado (siempre expuesto a deformaciones de todo tipo), sino a un presente muy visible y a un futuro que podemos construir juntos. ¡Viva la Hispanidad!

viernes, 9 de octubre de 2026

Algo se puede hacer


Nos aguarda un fin de semana largo en España. Hoy viernes muchas personas se ponen en camino. Parece que las temperaturas serán frescas. Servirán para aliviar el calor político y mediático. Me temo que durante las próximas semanas abundarán los “incendios electorales”. Habrá un continuo pimpampum de acusaciones y una falta de propuestas realizables. Hoy me he enterado de que en España hay más de 4.000 partidos políticos registrados, aunque solo una docena tienen representación parlamentaria. Es casi imposible abrirse paso entre el histórico duopolio formado por el PSOE y el PP (a nivel nacional) y por la hegemonía de algunos partidos nacionalistas (en sus respectivas demarcaciones). Lo intentan Vox (a la derecha) y Sumar y otros partidos pequeños (a la izquierda). Consiguen algunos diputados, pero el sistema electoral los castiga. Está diseñado para favorecer a las mayorías nacionales y a las minorías regionales. 

Por eso, me temo que una formación emergente como España mejor lo va a tener muy difícil para hacer oír su voz y difundir su propuesta de regeneración democrática. Habría que cambiar el sistema para hacerlo más justo, pero a los grandes y a los nacionalistas no les interesa. Seguiremos así in secula seculorum. La regeneración tendrá que esperar. Pensando en las votaciones del 29 de noviembre, tengo bastante claro a quién no votar. Mi duda es a quién votar. La corrupción y la falta de medidas eficaces son fenómenos transversales. La experiencia me ha vuelto muy escéptico, aunque siempre queda una brizna de esperanza. ¿Habremos aprendido algo en los últimos 50 años?


Hay muchos electores fanáticos. Votan siempre al mismo partido, haga lo que haga. Lo que les importa no es la racionalidad de sus propuestas y actuaciones, sino el sentimiento visceral de pertenencia a una clase, una ideología o una tradición. Hay otros muchos electores sensatos, que analizan la trayectoria de los partidos y sus realizaciones. Por eso mismo, porque son críticos, nunca encuentran ninguno que los satisfaga. Se acogen al “mal menor”, que siempre representa una derrota de las propias convicciones. ¿Está la política condenada a moverse siempre en el reino del “mal menor”? 

Ofertas hay muchas (ya he recordado antes la cifra apabullante de partidos registrados), pero, más que indicar una riqueza de ideas, expresa el atolondramiento actual. Cuando cuatro gatos registran, por ejemplo, un partido cuyo objetivo es la defensa del cannabis o el voto en blanco, podemos hacernos una idea del nivel al que hemos llegado. ¿Tan difícil es hacer una propuesta que recoja lo más sensato y conducente al bien común? Parece una empresa imposible en las sociedades plurales como la nuestra. Por eso, hay tantas personas honradas y competentes que huyen de la política como del mismo diablo. No tienen ningún interés en medrar y sí tienen mucho interés en no corromperse.


Siempre cabe imaginar y esperar que las nuevas generaciones aprendan de los errores y aciertos de las precedentes, pero no es un proceso garantizado de antemano. La ventaja que hoy tenemos es el fácil acceso a la información y la facilidad para difundir mensajes, pero esto mismo constituye un enorme riesgo. Corren a la misma velocidad las informaciones veraces y los bulos, la opinión de un experto y la de un cantamañanas, las propuestas inteligentes y los sofismas. Pensamiento crítico y probidad moral son los dos ingredientes que pueden ayudarnos a no sucumbir en este supermercado de ideologías y consignas. 

El primero está cada vez más amenazado por el enorme influjo de los medios digitales y de la Inteligencia Artificial. El segundo depende, en buena medida, del contexto familiar en el que uno se abre al mundo de los valores y los interioriza. El desafío es grande para todos aquellos que tenemos alguna responsabilidad educativa. Soy muy escéptico con respecto al cambio de mentalidad de las generaciones mayores, pero albergo esperanza con respecto a los jóvenes. La formación para la participación política debería ser normal en los centros educativos y en las comunidades cristianas. Algo se puede (y se debe) hacer.