
De entre los regalos que recibí el día de mi ordenación sacerdotal conservo dos que siempre me acompañan: las Obras Completas de santa Teresa de Jesús (regalo del médico de mi pueblo) y las Poesías completas de Antonio Machado. La máquina de escribir que me regalaron mis abuelos hace mucho tiempo que yace en el olvido. Del libro de Machado, encuadernado en piel roja, echo mano con frecuencia.
Machado era -como es bien sabido- sevillano de nacimiento, pero soriano de corazón, así que eso hace que lo sienta todavía más próximo. De entre los lugares en los que vivió a lo largo de su vida (Sevilla, Madrid, París, Soria, Baeza, Segovia, Rocafort, Barcelona y Colliure), creo que fue Soria el que más le marcó. En el prólogo a su obra Campos de Castilla, escribe: “Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Como buen representante de la generacion del 98, Castilla fue su pasión, su hechura mental y afectiva.
El quinquenio soriano de Machado se extendió de 1907 a 1912. Durante ese tiempo fue profesor de francés en el Instituto y se casó el 30 de julio de 1909 con Leonor Izquierdo, hija de los dueños de la pensión en la que se hospedaba, en la plaza de Teatinos. Él tenía 34 años y ella solamente 15. Pese a la gran diferencia de edad, el matrimonió funcionó hasta que Leonor contrajo la tuberculosis durante una estancia en Francia y murió en Soria el 1 de agosto de 1912.

Machado es un poeta popular. Todo el mundo sabe de memoria algunos versos suyos, aunque solo sea porque Joan Manuel Serrat los ha popularizado con su música y porque se enseñan en las escuelas. Yo vuelvo sobre ellos con frecuencia. Hoy no quiero evocar los más conocidos, sino algunos que tienen que ver con el mes que estamos a punto de terminar. No sé si será una fijación mía, pero tengo la impresión de que Machado sentía fascinación por el mes de abril, el mes en el que la primavera se afianza sobre el invierno. No creo que haya otro mes del calendario más machadiano que este. Espigo algunos versos tomados de poemas distintos para afianzar mi hipótesis.
Tras los rigores del invierno, abril se presenta con una sonrisa: “Era una mañana y abril sonreía. / Frente al horizonte dorado moría / la luna, muy blanca y opaca; tras ella, / cual tenue ligera quimera, corría / la nube que apenas enturbia una estrella”. Vuelve sobre la misma idea: “Pregunté a la tarde de abril que moría: / ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa? / La tarde de abril sonrió: La alegría / pasó por tu puerta -y luego, sombría: / Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa”.
En abril las noches menguan y los días se alargan. Es el triunfo de la luz sobre las tinieblas: “El mar hierve y canta... / El mar es un sueño sonoro / bajo el sol de abril”. Este sol primaveral reaparece: “Al borrarse la nieve, se alejaron / los montes de la sierra. / La vega ha verdecido / al sol de abril, la vega / tiene la verde llama, / la vida, que no pesa; / y piensa el alma en una mariposa, / atlas del mundo, y sueña”. Con el buen tiempo, aparecen las moscas: “¡Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil!”. Y, sobre todo, el encanto de un cielo renovado: “¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. / Angosta la calle, revuelta y moruna, / de blancas paredes y obscuras ventanas. / Cerrados postigos, corridas persianas... / El cielo vestía su gasa de abril”.
Para Machado, abril es, sobre todo, el mes de las lluvias prometedoras: “Las nubes iban pasando / sobre el campo juvenil... / Yo vi en las hojas temblando / las frescas lluvias de abril”. El adjetivo “frescas” se repite: “¡Buenas lágrimas vertidas / por un amor juvenil, / cual frescas lluvias caídas / sobre los campos de abril!”. Ya se sabe, como dice el refrán, que “en abril, aguas mil”. Machado incorpora el refranero a su poesía: “Son de abril las aguas mil. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado / hay trozos de cielo añil”. Abundan las referencias a la lluvia: “Habrá trigales verdes, / y mulas pardas en las sementeras, / y labriegos que siembran los tardíos / con las lluvias de abril. Ya las abejas / libarán del tomillo y el romero”. La fecundidad del verano depende de la humedad de la primavera: “La madre de la bella Proserpina / trocó en moreno grano, / para el sabroso pan de blanca harina, / aguas de abril y soles del verano”. ¿Quién no recuerda su famoso poema a un olmo seco?: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido”.

El mes de abril no luce igual en la cálida Sevilla que en la fría Soria: “La tierra no revive, el campo sueña. / Al empezar abril está nevada / la espalda del Moncayo; / el caminante lleva en su bufanda / envueltos cuello y boca, y los pastores / pasan cubiertos con sus luengas capas”.
También hay espacio para la luna de abril: “Hacia Madrid, una noche, / va el tren por el Guadarrama. / En el cielo, el arco iris / que hacen la luna y el agua. / ¡Oh luna de abril, serena, / que empuja las nubes blancas!”. Y para el ímpetu primaveral: “Mientras danzáis en corro, / niñas, cantad: / Ya están los prados verdes, / ya vino abril galán”. Todavía más claro: “Un fuste blanco y cuatro verdes hojas / que, por abril, le cuelga primavera, / y arrastra el viento de noviembre, rojas”. Abril es luz a raudales: “Todo a esta luz de Abril se transparenta; / todo en el hoy de ayer, el Todavía / que en sus maduras horas / el tiempo canta y cuenta, / se funde en una sola melodía, / que es un coro de tardes y de auroras”. Y expresión de vida: “Es una tarde clara, / casi de primavera, / tibia tarde de marzo, / que el hálito de abril cercano lleva”. E incluso de música: “Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero / poner un dulce salmo sobre mi viejo atril. / Acordaré las notas del órgano severo / al suspirar fragante del pífano de abril”. Abril, en definitiva, es el mes de las flores que prepara la explosión de mayo: “Abril florecía / frente a mi ventana. / Entre los jazmines / y las rosas blancas / de un balcón florido, / vi las dos hermanas”.
Acompañado por Machado en la travesía de este mes que ya termina, me vienen a la memoria los versos de otro trovador moderno. Se los pido prestados a Joaquín Sabina. “¿Quién me ha robado el mes de abril?”.


















