
Cada vez se me hace más difícil escribir con regularidad. De hecho, hace más de una semana que no me he asomado a este Rincón. Atrás quedaron la hermosa experiencia vivida con el monasterio de la Conversión, el paso fugaz por Sevilla para celebrar el matrimonio de unos amigos y el comienzo de la Cuaresma. ¡Ni siquiera he comentado la actuación de Bad Bunny en la final de la Super Bowl que tanto ha dado que hablar! De vuelta a casa, dispongo de algo más de tiempo.
A las lluvias infinitas les ha seguido un tímido sol de invierno. Falta algo más de un mes para que empiece la primavera, pero parece que este fin de semana puede ser un anticipo. Se agradece una tregua en medio de esta larga batalla invernal. Los periódicos continúan con su particular guerra. Siguen bombardeándonos con noticias que invitan a no salir de casa. Solo la Cuaresma nos habla de que al final del camino está la Pascua. La fe cristiana siempre ha sabido combinar un sano realismo (vivimos en un “valle de lágrimas”, como cantamos en la Salve) con una esperanza inquebrantable en el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor de Dios sobre el mal producido por los seres humanos.

A algunos este mensaje les parece obsoleto. Dicen que el mundo ha mudado mucho y que necesitamos un “cambio de paradigma”. Esta expresión ha hecho fortuna entre muchos intelectuales cristianos. No sabemos bien qué significa, pero suena a algo rompedor, moderno. Es probable que lleven razón. La sociedad digital no parece casar bien con maneras medievales o tridentinas de expresar la fe. El esfuerzo por inculturarla en este siglo XXI sigue adelante. No es solo una tarea de los intelectuales. Es, sobre todo, una experiencia que llevamos adelante todos los creyentes. Al fin y al cabo, todos vivimos en este siglo. Podemos tener ideas diferentes, pero, al final, usamos un teléfono móvil o una tarjeta de crédito y nos desplazamos en coche, autobús, tren o avión. Algunos prefieren hacerlo en bicicleta o en moto.
Más allá de las formas como concebimos y expresamos la fe, la acción misteriosa del Espíritu Santo va uniendo los eslabones de esta larga cadena que llamamos Iglesia. Aunque no nos expresemos en griego como Pablo de Tarso o no tengamos la potencia intelectual de Agustín de Hipona y su dominio del latín, aunque seamos menos pobres que Francisco de Asís o carezcamos del ímpetu misionero de Francisco Javier, todos seguimos confesando a Jesucristo como el centro de nuestra vida. Este es el corazón de la fe cristiana. En medio de los continuos cambios históricos, “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre” (Hb 13,8).

En los primeros compases de la Cuaresma es imprescindible colocar al comienzo del pentagrama de nuestra vida la clave de Jesús para que todas las notas cobren su verdadero significado. Leer un libro profundo y sugerente ensancha la mente. Contemplar un cuadro hermoso o escuchar una composición musical inspirada dilata nuestro fondo emocional. Encontrarnos con un científico tenaz o con un político honrado nos devuelve la confianza en la capacidad de los seres humanos. Todo suma. Pero, al final, lo que nos llega al corazón, lo que insufla esperanza en momentos de incertidumbre o desánimo es comprobar que sigue habiendo hombres y mujeres que, en medio de las pruebas de la vida, siguen creyendo en Jesucristo.
Tal vez no son las personas más inteligentes, guapas ni siquiera buenas, pero los verdaderos creyentes son como centinelas en medio de la noche. Sin pronunciar palabras, nos dicen por dónde amanece, qué camino debemos seguir, sobre qué cimientos podemos asentar nuestra vida. Quizás la Cuaresma es el tiempo litúrgico más apropiado para entrar en contacto con algunas de estas personas. Su contagio benéfico nos ayudará a seguir caminando hacia la Pascua: la litúrgica (que este año cae el 5 de abril) y la personal (cuya fecha ignoramos).

















