
Llegué ayer a Toro pasadas las seis de la tarde. En la pantalla del enorme autobús que me trajo desde Madrid se leía la temperatura: 39 grados. Dentro se estaba bien. El aire acondicionado mitigaba el intenso calor exterior, pero, al salir en la estación de autobuses de la ciudad zamorana, una bofetada de fuego me recordó que el verano ha empezado de forma despiadada.
La casa fundacional de las Hermanas del Amor de Dios es un antiguo palacio episcopal renovado. Sus gruesos muros aseguran una temperatura interior aceptable. Después de la cena, comenzamos una semana de ejercicios espirituales. Es un grupo de cuarenta hermanas entradas en años. Detrás de sus canas y de su caminar renqueante descubro vidas entregadas que no se resignan a vivir la crisis de reducción con desesperanza, sino con una humilde confianza en Dios. Son una verdadera reserva de humanidad en estos tiempos acelerados. Parecen una especie en vía de extinción, pero su legado no se perderá. Merece la pena acompañarlas durante una semana en su aventura personal y comunitaria de dejarse leer por la Palabra de Dios para interpretar desde la fe lo que están viviendo.

Por supuesto, los periódicos no hablan de lo que estamos viviendo dentro de los muros de este convento, sino de algunas sentencias judiciales que han levantado ampollas, de los ecos de la visita del papa León XIV a España o de la marcha del Mundial de fútbol. Y, sin embargo, son muchas las personas (laicos, religiosos y sacerdotes) que aprovechan el tiempo de verano para tener unos días de ejercicios espirituales. Yo mismo voy a animar otra tanda a mediados de julio abierta a todos.
Es verdad que muchas personas (sobre todo, laicos) no disponen de tiempo (y a veces de recursos) para apartarse una semana de su ritmo ordinario e ir a un “lugar solitario” (Mc 6,31) para ponerse a tono espiritualmente. Habría que hacer un esfuerzo colectivo por facilitar la participación de aquellas personas que de verdad lo desean. Hoy se han puesto de moda los “retiros de impacto”. No tengo una opinión formada sobre ellos porque no los conozco... por dentro. Si ayudan a las personas a encontrarse con Jesús y a reorientar su vida, bienvenidos sean. Pero siempre me dan más confianza las iniciativas discretas que las llamativas, las serenas que las demasiado emotivas, las de largo plazo que las que provocan decisiones inmediatas.

La vida es una carrera de larga duración. El cansancio y la fatiga son inevitables. Como en el Mundial, necesitamos “pausas y lugares de hidratación” que nos permitan conectar con la fuente que nos mantiene vivos. Los ejercicios espirituales anuales que practican todos los consagrados son como “pausas de hidratación” en el combate de la vida ordinaria. Su eficacia se nota en la fuerza que nos dan para regresar al ritmo cotidiano con más disposición a cumplir la voluntad de Dios.
Mientras algunos religiosos y religiosas se muestran un tanto reticentes (por cansancio, rutina, desconfianza u otras razones), muchos laicos anhelan pausas de este tipo para vivir en verdad, habitar el silencio, permitir que la Palabra los lea, dejar de controlar en exceso el propio camino vital, ordenar los afectos para amar mejor, reconocer el paso de Dios por la vida, permitir que Dios sorprenda, caminar junto a otros sin invadir su espacio y creer que Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas. Estas son cabalmente las nueve actitudes que les he propuesto a las Hermanas del Amor de Dios al comienzo de nuestra peregrinación. Esperemos que podamos llevarla a término.




















