
Hace poco más de cuatro meses León XIV pasó por España. Hubo una sacudida pública. Su persona y sus mensajes parecieron conectar con muchos españoles, incluso con algunos que no se consideran miembros de la Iglesia. Llegó el verano. Vinieron los incendios, la invasión de Ceuta. El viaje papal se hundió en las aguas del pasado. Llegó el otoño. Fue invadida la Puerta del Sol de Madrid, una especie de Tarajal-2 sin playa. A cambio, los acampados se bañan en la fuente de Carlos III. Se anunciaron elecciones generales para el 29 de noviembre. Pedro Sánchez no sabía que ese día comienza el Adviento. Los partidos enseñan los dientes. Al Papa le diagnosticaron cáncer de pulmón. Fue operado el “martes 13” en el policlínico Gemelli de Roma. Suma y sigue.
Suceden tantas cosas y tan deprisa que uno se pregunta si hay posibilidad de retener mensajes, mantener opciones y cultivar afectos. Es como si la velocidad de la vida nos castigara a todos a padecer una suerte de trastorno de la atención. Coleccionamos encuentros, palabras, experiencias e imágenes como quien colecciona fotos en la memoria de su móvil que nunca va a volver a ver. La velocidad de la vida nos hace olvidadizos. La novedad de hoy convierte en antigualla la novedad de ayer. A este ritmo, acabamos todos con la lengua fuera.

No me extraña que cada vez se diagnostiquen más casos de ansiedad. Muchas personas no aguantan la carrera de la vida. Les falta aire. Se ahogan. No pueden digerir (o “gestionar”, como se dice ahora) tantos estímulos. Algunos aconsejan dejarse llevar, surfear las olas de la historia, no gastar energía en ir contracorriente. Otros insisten en la importancia de cultivar la atención para que lo urgente no se coma lo importante. Ambos consejos me parecen sabios y pertinentes. Yo me atengo más al segundo que al primero.
En medio de tantos estímulos, procuro cultivar el “arte de perseverar”. Ese arte pasa indefectiblemente por la práctica diaria de la oración, por el ejercicio asiduo de la “presencia de Dios”. Sin detener el reloj para no hacer nada, excepto estar a solas con Dios (con “quien sabemos nos ama”, como diría Teresa de Jesús, la santa cuya memoria celebramos ayer), me parece imposible no sucumbir al vértigo de la vida cotidiana. Sin oración, no acabamos de estar a lo que estamos, nos dejamos vencer por la nostalgia o por la ansiedad, dejamos de cultivar lo que nos da vida y nos alimentamos con lo que nos la roba.

¡Qué difícil es encontrar una persona que “persevere” en las relaciones, que no se dedique solo a usarlas cuando resultan útiles o a disfrutar de ellas para decorar la propia vida! ¡Qué difícil es pasar del “a ver cuándo quedamos” a fijar un día y una hora para estar sin prisas con las personas a las que queremos o que necesitan nuestra presencia! ¡Qué difícil es hacer algunas opciones en la vida y permanecer en ellas, aunque soplen vientos en contra! Jesús nos lo ha dicho con claridad: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El arte de perseverar está ligado a nuestra unión con Jesús. Y la unión con él pasa por una oración humilde, atenta, sostenida en el tiempo.
La oración es un antídoto contra el virus de la prisa y la dispersión. Es también una medida preventiva de la ansiedad. Al “centrarnos” en lo esencial, nos libera de la tiranía de lo efímero y accesorio. Los hombres y mujeres de oración siguen siendo tan frágiles como los demás, están expuestos a cualquier tentación, pero su vinculación al centro les permite afrontar las pruebas de la vida con la fuerza de Jesús. Se adiestran en el arte de perseverar junto a Aquel que nos ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn 15,7).


















