Roma

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lunes, 17 de diciembre de 2018

Un fin de semana inolvidable

Hoy comenzamos la recta final del Adviento, las llamadas ferias mayores, con sus respectivas antífonas de la O. Es como si todo se acelerara. Desde niño me acompaña este sentimiento de fuerte expectación en los días que preceden a la Navidad. Es probable que entonces estuviera conectado con el deseo de tener vacaciones, recibir regalos y disfrutar con la familia extendida. Pero es probable también que esta expectación infantil fuera un símbolo de esa otra esperanza que acompaña al ser humano desde que nace hasta que muere. Es nostalgia de la casa paterna y anhelo de plena comunión con Dios. No solo esperamos un futuro mejor para el mundo. Esperamos el abrazo definitivo con Aquel que ha querido nuestra existencia y no va a permitir que nos perdamos por el camino. Cuando esta esperanza se nubla o es sustituida por sucedáneos, entonces empezamos a trastabillar, caminamos sin rumbo, nos detenemos demasiado en las posadas, perdemos la fuerza de la meta. Por eso, esta última semana de Adviento, tan ligada a la figura de María, es muy importante. Si estamos perdidos, nos devuelve a la senda justa. Si desfallecemos, nos tonifica. Si tememos sucumbir al síndrome de la Navidad empalagosa, nos recuerda el verdadero Misterio que celebramos. Un año, más, la liturgia nos ayuda vivir siete “experiencias O”, siete momentos de admiración, siete antífonas de esperanza.

El sábado prometí escribir algo sobre el fin de semana. No es fácil resumir 40 horas intensas, fraternas, ecológicas y entusiastas. A falta de tiempo y espacio para un retrato realista, me conformaré con un esbozo impresionista. El sábado 15 salimos del Catholic Centre de Medan a las 8,15 de la mañana después de haber celebrado la Eucaristía y desayunado. Un autobús de 45 plazas y otro de 15 nos transportaron a todos en dos grupos. El día amaneció radiante. Hacia las 11,30 llegamos a Siantar, una ciudad de Sumatra donde los claretianos tenemos una casa de formación para acoger a los candidatos de esta región mientras estudian la filosofía. Hubo ceremonia de bienvenida con danzas y saludos. Con ellos compartimos el almuerzo. Tras un descanso, proseguimos nuestra marcha. Necesitamos dos horas más de autobús para llegar a Parapat, el pueblo recostado junto al lago Toba. Allí nos esperaba nuestro barco. La travesía hasta Onanrunggu duró unas dos horas y media. Después de haber pasado una semana encerrados en el Catholic Centre, es difícil explicar la sensación de libertad y paz que se vive al navegar por un lago inmenso, tranquilo, rodeado de verdes montañas salpicadas con cascadas que mueren en el mismo lago. Tuve tiempo para tomar el sol, contemplar el horizonte, respirar el aire fresco, hacer fotos, imaginar no sé qué  extrañas travesías vitales, gastar bromas y hablar con algunos de mis compañeros. A la llegada a Onanranggu nos esperaban las autoridades locales con una banda de niños. A los miembros del gobierno general nos agasajaron con el típico gorro del lugar. Desde el puerto marchamos hacia la iglesia de San Pablo, regentada por los misioneros claretianos. Dimos gracias por el viaje en barco y el encuentro fraterno y pedimos por la comunidad católica del lugar. En un gran salón contiguo hubo tiempo para saludos, discursos, danzas y una cena popular. Hacia las 8 de la noche nos encaminamos de vuelta al puerto. Tardamos más de dos horas y media en llegar a Tuktur para pasar la noche en Samosir Cottage, un complejo turístico perteneciente a un católico local. No sé los demás, pero yo caí rendido en la cama pasadas las 11. Demasiadas emociones para un día solo. La temperatura fresca me ayudó a conciliar el sueño.

Ayer domingo me levanté temprano para contemplar el lago al amanecer, rezar las laudes y empaparme de la magia del lugar. El desayuno fue variado. Lo tomé al aire libre, en una de las terrazas del inmenso complejo. Para entonces, ya teníamos el primer parte de “bajas”. Unos 15 compañeros míos estaban con problemas estomacales debidos a alguno de los alimentos que fuimos degustando en los diversos lugares. Esto suele pasar cuando uno comparte con las comundiades rurales. Ayuno, paciencia y un poco de buen humor.  En poco unos quince minutos llegamos por carretera a Tomok, otra de las misiones que los claretianos llevamos en la isla de Samosir. Allí nos esperaba la comunidad parroquial de san Antonio María Claret para la celebración de la Eucaristía del tercer domingo de Adviento, el domingo de la alegría. Fue una ceremonia que duró algo más de dos horas. La participación, empezando por los cantos, fue extraordinaria. Nunca habían recibido la visita de 54 misioneros juntos en ese remoto lugar.


La iglesia, inaugurada hacía solo cuatro meses, lucía espléndida. El mensaje de san Pablo –Alegraos en el Señor– resonó como pocas veces en mi vida.  Tras la misa, hubo tiempo para una exhibición de danzas tradicionales y cantos y para una comida compartida con toda la comunidad parroquial. Es difícil que un lector europeo entienda bien el clima que se crea entre los cristianos de este lugar. Aquí la gente no viene a “oír” misa en 40 o 45 minutos, sino a disfrutar de un encuentro con el Señor y la comunidad que se prolonga toda la mañana y parte de la tarde. El domingo es “el día del Señor”. No hay nada más urgente que hacer. Estar con la comunidad es más importante que lavar el coche, ir al fútbol, comprar en un supermercado  o sestear en el salón de casa viendo una serie de televisión. Acabada la fiesta nos embarcamos para Parapat. El cansancio hacía mella en muchos de nosotros. Desde allí tardamos unas tres horas en llegar a nuestra parroquia de Medan. Antes de cerrar el domingo, nos aguardaba una fiesta más con la comunidad parroquial. Como siempre, la música cobró protagonismo. Intervinieron algunos parroquianos que son cantantes profesionales. Hubo comida típica, bailes y un gran sentido de fraternidad. Este segundo día volví a caer rendido en mi cama al filo de la medianoche, después de consultar los correos acumulados, pues, gracias a Dios, durante todo el fin de semana no tuvimos conexión a internet. En algún momento la eché de menos, pero experimenté una vez más lo bien que se vive sin saber lo que pasa en el mundo. Nuestro mundo estaba en el lago Toba y en la isla de Samosir. 

Viajes como éste, acompañado por 53 hermanos claretianos, se producen pocas veces en la vida. La combinación de fraternidad, alegría, paisajes espectaculares, encuentro con culturas como la batak y fuerte sentido celebrativo es un coctel que revitaliza a cualquiera. Comienzo esta semana sereno, agradecido y con muchas ganas de vivir la fuerza del Adviento antes de regresar a Roma el próximo viernes.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Lo mejor es estar alegres

Como sacerdote, me he dado cuenta muchas veces de que la forma de hablar de algunos de nosotros resulta incomprensible para la gente. Estoy seguro de que entre los lectores de este Rincón habrá también personas que piensen que muchas reflexiones no aterrizan en los asuntos de la vida cotidiana. Podemos reflexionar sobre la libertad, el amor, el perdón, etc., pero, a la hora de la verdad, la pregunta que brota en los labios de la gente corriente se parece mucho a la que la gente le formulaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?”. Está bien hablar del amor, pero ¿debo pagar todos los impuestos que el Estado me reclama o puedo hacer un poco de “ingeniería fiscal”? El tema de la libertad siempre resulta atractivo, pero ¿puedo tener relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio? Reflexionar sobre la fe en el mundo secularizado es siempre algo candente, pero ¿debo participar todos los domingos en la celebración de la Eucaristía? Al final de las reflexiones nos interesa saber con exactitud qué debemos hacer, qué está permitido y prohibido. Reconozco que la predicación actual de la Iglesia, a diferencia de la que hacía hace 50 o 60 años, no desciende a menudo a los detalles y a los compromisos concretos. A veces, se debe a la gran complejidad de los temas, que hace que muchos sacerdotes se sientan un poco confusos y prefieran no mojarse. Otras veces se invoca el principio del discernimiento para favorecer una respuesta madura y personal por parte de los creyentes. Cada uno debe preguntarse ante Dios qué tiene que hacer en cada caso, sin esperar recetas que le vengan de fuera.

En el Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento, Juan el Bautista ofrece respuestas muy concretas –y un tanto desconcertantes– a las gentes que le preguntan qué tienen que hacer. No les pide que recen más, hagan penitencia en el desierto o entreguen ofrendas al Templo. Sus orientaciones son de andar por casa, muy ligadas a la vida cotidiana. A la gente en general le pide ser generosa: El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. Su respuesta es fácilmente traducible a las circunstancias de hoy. Compartir lo que tenemos va siempre en línea con lo que Dios quiere de nosotros. A los publicanos (podríamos decir, a los inspectores de Hacienda de hoy) les pide que no exijan más de lo establecido. ¿Qué pasaría si hoy se pidiera lo mismo a abogados, notarios, médicos y demás profesiones liberales? Siempre me ha llamado la atención los honorarios abultadísimos que suelen cobrar los notarios por sus trabajos. A los soldados no les pide que se retiren de la vida militar, como hubiéramos esperado nosotros desde nuestra mentalidad antimilitarista. Les dice: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga”. Estas exigencias se comprenden mejor si se tiene en cuenta que los soldados de la época recibían un salario bajo y que, por tanto, aprovechándose de su condición de custodios del poder, extorsionan a la gente de mil maneras (robos, violaciones, etc.) y, en definitiva, se aprovechaban de los más pobres e indefensos.

Junto a las recomendaciones de Juan el Bautista, que podrían ser actualizadas sin ninguna dificultad, Pablo, en su carta a los filipenses, nos hace otra recomendación más de fondo, en línea con el mensaje del profeta Sofonías que se lee en la primera lectura: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo”. Quien esto escribe no es una persona a la que le vaya bien todo. De hecho, Pablo se encuentra encarcelado en Éfeso. La verdadera razón para la alegría no es la salud, el éxito en la vida o el dinero. La verdadera razón es que “el Señor está cerca”. Sofonías lo expresaba con palabras parecidas: “El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temerás mal alguno”. Si algo celebramos en la Navidad es precisamente la cercanía de Dios a cada uno de nosotros, al mundo entero. Es importante saber “lo que tenemos que hacer”. Hay personas muy cumplidoras que necesitan saber con claridad a qué atenerse para experimentar la felicidad del deber cumplido. De hecho, con más o menos humor, he escuchado a personas que, tras la misa del domingo, decían: “Un cuidado menos”. Daba la impresión de que se habían quitado un peso de encima, no de que habían participado en una celebración de alegría. Pero más importante que saber lo que tenemos que hacer nosotros es agradecer lo que el Señor hace por nosotros: venir a nuestro encuentro, estar cerca. Esta es la verdadera razón de nuestra alegría que nadie nos puede arrebatar. Por eso, lo que realmente “tenemos que hacer” no es un conjunto de deberes éticos, sino, sobre todo, es estar alegres. Es la mejor manera de mostrar y agradecer la presencia del Señor entre nosotros. ¡Ojalá podamos comprenderlo en estos últimos días del Adviento!

sábado, 15 de diciembre de 2018

Ya falta menos

Escribo esta entrada a las 4,30 de la mañana (hora de Indonesia). No es una hora muy humana para sentarse ante el ordenador, pero hay dos razones poderosas para hacerlo. La primera es que suenan las oraciones de las mezquitas cercanas, con lo cual no es fácil seguir durmiendo a esta hora. La segunda es que, dentro de poco, saldré hacia Samosir, una isla volcánica dentro de lago Toba, que tiene unos 100 kilómetros de largo y 30 de ancho. Se trata, pues, de una isla (Samosir) dentro de otra isla (Sumatra); o sea, que estaré doblemente “aislado”. En esa zona tenemos los claretianos algunas misiones con las tribus batak. Al mismo tiempo que hacemos un alto en nuestros trabajos, tenemos la oportunidad de compartir con nuestros hermanos misioneros y con la gente del lugar la alegría del tercer domingo de Adviento, que es conocido como “el domingo Gaudete o de la alegría”. Espero disponer de tiempo el lunes para compartir algo de la experiencia del fin de semana. Estuve en Samosir hace unos seis o siete años. Es posible que hayan cambiado muchas cosas en este lapso de tiempo.

El Adviento entra ya en su segunda mitad. Quizás uno puede detenerse un poco para preguntarse si la liturgia de este tiempo está teniendo algún impacto en la propia vida. Ya no es cuestión de repetir por enésima vez que “nos han robado la Navidad”. No es fácil luchar contra la lógica del comercio. No perdamos el tiempo en batallas secundarias. Si la Navidad no sucede fuera, o si se reduce a montaje de cartón piedra y luces de colores, concentremos la atención en nuestro proceso interior. ¿Qué está sucediendo en mí durante este tiempo? ¿Qué anhelo y qué temo? ¿Sigo creyendo en el paso de Dios por mi vida, en su cercanía amorosa? No son preguntas banales. No hace falta responderlas a la carrera. Lo mejor es dejar que se asienten dentro de nosotros y nos trabajen por dentro. Las respuestas, si llegan, serán fruto de un proceso, no de la rutina o los miedos. Si el Adviento no es el tiempo de las preguntas, la Navidad no será el tiempo de las respuestas. Para que sintamos la fuerza del anuncio navideño –“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”– es preciso que hayamos tenido la humildad y el coraje de dejarnos habitar por algunas preguntas incomodas, esas que, en el día a día, se escurren como anguilas en el agua.

Frente al nerviosismo que se respira en el ambiente, necesitamos respirar hondo. Cada vez que entra al aire en nuestros pulmones es como si nos dejáramos visitar por el Espíritu de Dios. Cada vez que lo expulsamos, estamos echando fuera la tensión y la negatividad que llevamos dentro. Este simple ejercicio fisiológico nos ayuda a comprender mejor la dinámica de nuestra vida espiritual. Respirar es, en sí mismo, un acto espiritual. Nos dejamos purificar por el Espíritu de Dios. No estaría mal encontrar algún momento a lo largo del fin de semana para salir fuera de casa (a un parque o al campo) y hacer conscientemente un ejercicio prolongado de respiración pausada, profunda, mientras pensamos que nuestra vida está siendo oxigenada por Dios.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Cristo es una mina

De Jesús se han dicho muchas cosas. La lista de apelativos es interminable. Estamos acostumbrados a llamarlo Señor, Salvador, Redentor, Libertador, Rey, Mesías… Y también, en menor escala, amigo, compañero, hermano y esposo. Pero no creo que solamos referirnos a él como “mina”. Y, sin embargo, esta es una de las metáforas que utiliza san Juan de la Cruz, cuya memoria celebramos hoy, para referirse a él. He tenido la suerte de visitar varias veces su tumba en la iglesia de los Carmelitas de Segovia. En el Oficio de lecturas que he celebrado esta mañana a primera hora en la improvisada capilla del Catholic Center de Medan, la liturgia nos propone un fragmento del comentario del Santo a su hermosísimo Cántico Espiritual. En él, Juan de la Cruz escribe que Cristo “es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Me gusta la comparación. Parafraseando a san Pablo, añade: “En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos, en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría”. Hoy no solemos escribir así. Puede que muchas personas consideren que de Jesús se ha hablado demasiado, que ya no queda mucho que decir, que es casi un asunto agotado. Un místico como Juan de la Cruz nos ayuda a caer en la cuenta de nuestra superficialidad. Cristo está siempre por descubrir. Esta es la gran ventaja de no depender solo lo que cada época vive y piensa. El hecho de pertenecer a una comunidad multisecular como la Iglesia nos permite beneficiarnos de lo que otros muchos hombres y mujeres, movidos por el Espíritu Santo, han vivido, pensado y a veces escrito sobre nuestra fe a lo largo de la historia. Esto nos libera del presentismo, de creer que solo existe lo que nosotros investigamos y vivimos. El recuerdo de los santos ensancha nuestro horizonte y nos mantiene siempre alerta.

¿Qué podemos hacer para seguir excavando en esa mina inagotable que es Jesús? ¿Cómo seguir enriqueciendo nuestra experiencia de encuentro con él? ¿Cómo superar la impresión de que siempre estamos en la misma página? Encontramos la respuesta a estas preguntas en la experiencia mística de san Juan de la Cruz que, por otra parte, es Evangelio puro. Con el delicioso castellano del siglo XVI, el místico abulense escribe: “Porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella”. La puerta de entrada que nos conduce a los senos más profundos de esta mina es el padecimiento, la compartición de los sufrimientos del mismo Cristo. Este lenguaje suena mal a los oídos de nuestros contemporáneos. ¿Quién se atreve a hablar positivamente del padecimiento cuando hacemos todo lo posible por no padecer? En un tiempo en el que parece que todos estamos obligados a ser felices, padecer se considera algo opuesto a la felicidad. Tienen que ser los místicos quienes nos despierten de nuestro autoengaño. Hay ciertamente un padecer patológico, que se debe a un mal funcionamiento de nuestro psiquismo. Todo lo que hagamos para remediarlo es bueno. Pero hay un padecer que es sinónimo de amar; es decir, morir a uno mismo para que Dios sea nuestro centro y, desde él, podamos entregarnos a los demás. Sin aceptar de buen grado este paso, no podemos avanzar en el conocimiento de Cristo.

Pero todavía hay algo más que señala Juan de la Cruz: la necesidad de hacer “mucho ejercicio espiritual”. Es una manera de referirse a la práctica de la oración como cultivo de la relación personal con Jesús. ¿Cómo podemos conocerlo más si no lo frecuentamos? Las personas que cultivan un hábito de oración y meditan a menudo la Palabra de Dios van desarrollando, sin que se den cuenta de ello, una sintonía con el Maestro que les permite llegar a tener sus mismos sentimientos. Creo que, en tiempos de reducción del mensaje de Jesús a práctica ética, es necesario que un místico nos lleve más lejos. Los místicos, en cuanto exploradores y no meros cartógrafos del Misterio, nos descubren perspectivas que a quienes caminamos a ras de tierra se nos suelen escapar. Por eso, si queremos crecer espiritualmente, necesitamos de su magisterio. No podemos depender solo de lo que nosotros vamos descubriendo a tientas. En realidad, caminamos aupados sobre los hombros de estos gigantes del Espíritu. Cada vez comprendo más la necesidad que tenemos de incorporar a nuestros hábitos diarios la lectura de las vidas de los santos. Son ellos quienes nos ayudan a entender el Evangelio, no como un libro de consejos morales, sino como un camino de vida.




jueves, 13 de diciembre de 2018

Muchos mundos en uno

Esta mañana hemos comenzado con una interesante y larga conferencia (¡tres horas!) sobre el Diálogo Interreligioso en Asia, a cargo del decano de la Facultad de Teología de Jogyakarta.  En un inglés fluido, pero fonéticamente oscuro, ha compartido con nosotros sus trabajos teológicos sobre este tema y también algunas de sus experiencias. Ha comenzado diciendo lo que suelen decir todos los asiáticos cuando abordan cuestiones de este tipo: que Asia es el continente religioso por excelencia, cuna de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Sin ánimo ofensivo, ha subrayado que para un asiático resulta incomprensible la actitud europea ante la religión. Un asiático no entiende cómo un continente tan “critico” cómo Europa pueda tener una visión tan roma de la realidad, hasta el punto de considerar real solo lo que resulta comprensible con la razón y, en muchos casos, solo lo que es empíricamente verificable. Lo que a un europeo le puede parecer la cima de la racionalidad superadora de mitos, a un asiático se le antoja una actitud superficial, casi necia. Aunque solo fuera por este contraste saludable, merece la pena que un europeo escuche a un asiático y que un asiático se deje también cuestionar por un europeo sobre la cuestión religiosa.

Cuando pienso en este tema creo que los tres grandes armónicos de la realidad (verdad, bondad y belleza) se han acentuado de maneras muy diversas en los tres continentes que hasta ahora han dominado el panorama mundial, sin que esto signifique que se ignoren los otros. Llegará la hora de África como una bocanada fresca. Europa ha puesto el acento en la búsqueda de la verdad, si bien en los últimos siglos esta búsqueda ha adquirido un tinte muy racionalista y empirista y poco sapiencial. Parece que la obsesión es averiguar qué es la realidad, cómo ha surgido, cómo funciona y, en el fondo, cómo podemos dominarla para que se ponga a nuestro favor. Esta actitud ha ayudado a superar una mentalidad mítica y precientífica, ha des-encantado el mundo liberándolo de “espíritus” malignos y benignos, ha promovido un gran desarrollo tecnológico a través del cual se han podido combatir enfermedades y desarrollar muchas capacidades humanas. El haber de esta cuenta es muy abultado. Toda la humanidad ha acabado beneficiándose, por más críticas que algunos dirijan al modelo europeo. Pero hay también un debe que se manifiesta en la pérdida del sentido de la vida en muchos casos o, por lo menos, en una difusa cultura de la muerte que adopta diversos rostros: baja natalidad, envejecimiento generalizado, depresión extendida y búsqueda compulsiva de experiencias vertiginosas que hagan más llevadero el peso de la existencia.


En América (el continente entero, no solo los Estados Unidos), sobre todo en los últimos 50 años, se ha puesto el acento en la bondad, entendida como lucha por la liberación de los empobrecidos, acompañamiento de los sobrantes de un sistema económico justo e insolidario. La teología de la liberación ha sido la articulación ideológica de este enfoque. El reto de la humanidad no es tanto buscar la imposible verdad cuanto transformar la realidad de este mundo desde una actitud de compasión hacia los más necesitados. Se invoca el ejemplo de Jesús como modelo de hombre compasivo y transformador. Se lo presenta como un enemigo de la ortodoxia y un defensor de la ortopraxis. Su “ideología” se resume en una frase muy revolucionaria: “Amaos los unos a los otros como yo os os he amado”. Es el amor, y no tanto los avances científicos o técnicos, lo que cambia la vida de las personas y de los pueblos. Desde este enfoque, el latinoamericano tiende a ver al europeo como alguien que a lo largo de la historia ha querido imponer su “verdad” (con claros fines dominadores) frente a un continente que vivía la “bondad” (y que, por tanto, no estaba en condiciones de defenderse). Hay mucho de verdad en este enfoque, pero es evidente que las cosas no son tan simples. Por eso, cada vez me sorprendo más de que personas con una gran formación crítica se apunten sin dificultad a un planteamiento de este tipo.

Asia, en su inmensa variedad, subraya mucho la belleza, entendida como armonía de los contrarios. Frente al dualismo imperante en Europa, Asia acepta la complejidad. Todo cabe, todo puede ser posible. Buda puede sentarse junto a Jesús, Confucio, Mahoma o Shiva. Todos ellos son expresiones y profetas del misterio divino que envuelve la realidad. Respirar es orar. La realidad está transida de trascendencia. No hay separación entre religión, vida y cultura. Todo es un continuo en el que no importan tanto las normas o los ritos cuanto la iluminación, la experiencia de sentirse parte de este todo y de contribuir a la armonía global con la naturaleza, los seres humanos, el cosmos y Dios. Por eso, para un asiático son difíciles de comprender las separaciones europeas entre sagrado y profano, religión y cultura, fe y razón, etc. Todo forma parte de un todo inescindible. Las sempiternas discusiones europeas sobre la laicidad les suenan a debate de chiquillos que pelean en el patio del colegio. De ninguna manera las consideran un avance en la historia de la humanidad, sino un signo de superficialidad e infantilismo. Un asiático nunca se deja mirar por encima del hombro por un europeo (¡y hace bien!).

Quizá la diferencia más llamativa entre estas tres actitudes es que, mientras, por lo general, los americanos y asiáticos están orgullosos de su modo de ver las cosas y apenas lo cuestionan, los europeos son (somos) unos cuestionadores permanentes. No solo critican las actitudes de otros, sino que poseen una enorme capacidad autocrítica, que en muchos casos puede ser incluso destructiva. Nadie ha hablado con más energía contra el espíritu europeo que los europeos mismos. Estamos ahora en uno de esos momentos. Quizá estos trazos gruesos –demasiado gruesos para un especialista en estos temas– con los que he pergeñado tres enfoques genéricos constituyen una invitación a un permanente diálogo cultural e interreligioso. Todos podemos aprender de todos. Nadie posee la verdad en exclusiva. Todos necesitamos dejarnos poseer por ella y caminar humildemente en su búsqueda. Una de las riquezas de mi vida misionera itinerante es que me ha permitido entrar en contacto con personas de muchos lugares diferentes. Este contacto ha sido a ratos cuestionador; otras veces inspirador o desafiante…, pero siempre beneficioso. A veces creo que la intolerancia de algunas personas no es fruto de la mala voluntad, sino solo de la falta de horizonte. Quien siempre se ha movido en un mundo muy pequeño es normal que tenga una visión reducida de las cosas. Para ensancharlo, no basta viajar; hay que abrir la mente y el corazón. Los viajes ayudan, pero no son medios mágicos ni siquiera necesarios. Conozco a personas que apenas se han movido de donde viven, y que, sin embargo, a través de lecturas, contactos personales, etc., han logrado dilatar su mundo y volverse comprensivas y tolerantes. En su pequeño mundo abrazan muchos mundos.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La Guadalupana habla japonés

El 12 de diciembre es una fecha inolvidable para cualquier mexicano y para muchos americanos. También para algunos filipinos. ¿Quién se puede olvidar de Nuestra Señora de Guadalupe? Lo que ya no resulta tan evidente es que el recuerdo de la Virgen de Guadalupe llegue hasta el norte de Indonesia. Hemos comenzado la jornada con un momento de oración preparado por nuestros hermanos de Japón y China. Sobre la gran pantalla han proyectado la imagen de la Virgen de Guadalupe, patrona de nuestra parroquia de Hirakata, una población cercana a Osaka, la segunda ciudad del Japón. Tras la Segunda Guerra Mundial, con un país destruido y sin apenas recursos, nuestros misioneros fueron a pedir ayuda  a las comunidades de California para construir la iglesia. La mayoría de los católicos de ese estado eran de origen mexicano. Con sus generosas donaciones se pudo construir una hermosa iglesia que hoy es la sede de la comunidad católica de Hirakata. No hubo duda respecto del nombre. El primero que se le ocurre a cualquier mexicano es Nuestra Señora de Guadalupe. Por eso, la Virgen del Tepeyac, además de hablar náhuatl y español, podríamos decir que ha aprendido a hablar también japonés.

Nuestro encuentro avanza a buen ritmo. Gracias al aire acondicionado, podemos sobrellevar los 30 grados constantes y la altísima humedad de Medan con buen ánimo. Es admirable el clima de fraternidad que se ha creado entre los 54 claretianos que estamos reunidos en el Catholic Centre. Entre nosotros hay indios, coreanos, esrilanqueses, japoneses, filipinos, indonesios, españoles, portugueses, nigerianos y argentinos. El inglés nos sirve de lingua franca. Más allá del idioma, se nota claramente que todos nos reconocemos en el carisma claretiano. No es lo mismo trabajar en el norte en Shillong (noreste de la India) que en la isla de Flores (Indonesia), en Macau, en Taipei (Taiwan) o en las grandes ciudades de Tokio o Manila, pero el espíritu es el mismo. En Asia se percibe una gran pasión misionera, una explosión de vida. Los asiáticos representan casi un tercio de todos los claretianos del mundo. Abundan las vocaciones en Indonesia, Vietnam, India y Sri Lanka, Se mantiene la presencia profética en naciones como Japón, Corea o Myanmar. Y se piensa siempre en la gran China (primer país al que llegamos los claretianos en el primer tercio del siglo XX) y en otros países asiáticos que necesitan ayuda: Bangladesh, Paquistán, etc.

Detrás de esta pasión misionera está nuestra vocación cordimariana. Llamarse y ser hijo del Corazón de María nos proporciona una impronta de cordialidad que nos empuja a entrar en contacto con más personas. Es una evangelización de las distancias cortas, de contagio, de ternura. Si la Virgen de Guadalupe ha aprendido a hablar japonés, el Corazón de María tiene una enorme capacidad de inculturación en estos países de Oriente. Donde hay corazón hay sabiduría, profundidad y acogida. ¿Quién no entiende este lenguaje universal? Las fórmulas doctrinales nos separan, pero el camino del corazón –el camino del amor–siempre nos lleva al mismo Dios, padre/madre de todos los seres humanos. Estoy disfrutando de esta experiencia, aunque apenas me queda tiempo para nada. Y menos para escribir mi entrada diaria. Acabo tan cansado cada noche, derrotado por el calor y el peso del día, que solo aspiro a dormir seis horas para empezar la jornada siguiente con un mínimo de energía.



martes, 11 de diciembre de 2018

Tengo un chaleco amarillo

No quisiera frivolizar sobre un tema de hondo calado social. Lleva dando guerra desde hace casi un mes. Me refiero a las movilizaciones de los famosos “chalecos amarillos” (les gilets jaunes) en París y en otras ciudades y pueblos de Francia. Imagino que los vendedores de este atuendo de emergencia estarán haciendo su agosto en pleno otoño. Antes de entrar en harina, no he podido por menos que acordarme de la canción veraniega Tengo un tractor amarillo. Los tiempos han cambiado. Los tractores siguen siendo famosos en las revueltas catalanas. En Francia se han modernizado. Lo que se ve por calles y carreteras ya no son tractores, sino una multitud de hombres y mujeres con los chalecos amarillos, “que es lo que se lleva ahora”. Aunque estoy a más de 10.000 kilómetros de París, también a mí me entran ganas de vestirme la prenda fosforescente y cantar aquello de “Tengo un chaleco amarillo, que es lo que se lleva ahora”. Hasta hace unos meses, el gobierno de Macron parecía sólido y gozaba de una relativa popularidad. En pocas semanas, todo ha caído por los suelos. Debajo de los adoquines de París no se esconde la playa, sino una multitud de personas “indignadas” (¿será esta revuelta el equivalente francés del 15-M español?) que exigen atención a los que no merodean por el centro del sistema.

Las protestas comenzaron exigiendo que no subieran los carburantes, pero enseguida se añadieron otras reclamaciones. La gente de las pequeñas ciudades y del campo pedía también recuperar el poder adquisitivo perdido durante los años de la crisis y tener un acceso expedito a los servicios públicos como los aventajados habitantes de París y de las grandes ciudades. Macron cedió en lo del precio del carburante y parece también dispuesto a garantizar una subida de 100 euros del salario mínimo, pero esto no basta para aplacar la revolución de los chalecos amarillos. Una vez puesta en marcha, no se detiene con cuatro medidas estrella, por populares que puedan ser. Lo que muchos buscan, más allá de algunas reclamaciones concretas, es nada menos que un cambio de régimen. Quizá lo que más une a este movimiento tan heterogéneo y sin un liderazgo claro es el odio al ilustrado y jacobino presidente Macron. Hasta tal punto ha llegado que, junto a muchos manifestantes pacíficos, se han hecho hueco también los guerrilleros urbanos, los representantes del antisistema. Se habla ya de las dos almas de los chalecos: una mayoritaria, pacífica y transversal; y otra minoritaria, violenta y muy ligada a grupos de extrema izquierda y extrema derecha. Por lo que parece, la violencia ha cosechado algunos triunfos, con lo cual se sentirá legitimada para proseguir la lucha. Veremos hasta dónde llega. Macron, desde su poltrona del Elíseo, no preveía una revuelta de esta magnitud. Esta es quizá la situación de muchos líderes: una distancia exquisita con respecto a lo que viven las personas de a pie. Viven más de espejismos, informes sesudos y encuestas de opinión que de un contacto directo con la gente. Luego pasa lo que pasa.

Están sucediendo tantas cosas en Europa y en tan poco tiempo que no es fácil interpretarlas. Lo que parece claro es que la crisis de 2008 ha generado en cadena una serie de movimientos que, más allá de sus diferencias antagónicas, tienen algo en común: la convicción de que “así no podemos seguir”. No es de recibo que se ahonden las diferencias entre pobres y ricos, que se desmantelen los servicios sociales, que los trabajadores apenas vean incrementados sus salarios cuando crece el número de multimillonarios, que los políticos vayan a lo suyo sin tomar el pulso constante a las necesidades de la gente común. Si no se abordan las verdaderas causas que han generado esta situación, brotarán movimientos populistas de derecha e izquierda, habrá revueltas populares y entraremos en una etapa convulsa como no se ha conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La gente aguanta muchas cosas hasta que llega un momento en el que, sin saber muy bien por qué, dice basta. Toda la indignación reprimida durante años, toda la rabia, toda la impotencia, se desbordan de manera incontenible. Cuando los políticas quieren tomar medidas (que en muchos casos son solo cosméticas), ya es demasiado tarde. La revolución de los “chalecos amarillos” es un indicador más (uno más) de que en Europa están cambiando muchas cosas sin que a menudo nos demos cuenta de ello.