jueves, 30 de abril de 2026

Lo que va de Charles a Donald


Está dando mucho que hablar el discurso que anteayer pronunció el rey Carlos III del Reino Unido en el Congreso de los Estados Unidos. Muchos analistas lo presentan como una obra maestra de la diplomacia. Supo combinar profundidad, concisión, elegancia, crítica y humor, sin perder nunca la compostura y la flema británicas. 

Más allá de la simpatía o antipatía que provoque en nosotros el personaje, merece la pena destacar algunos elementos de su aplaudida intervención. 

Extraigo, en primer lugar, varias perlas de humor. La primera es muy conocida. Suele citarse a menudo cuando se quiere acentuar las diferencias entre el inglés británico y el americano:

«Y durante todo ese tiempo, nuestros destinos como naciones han estado entrelazados. Como dijo Oscar Wilde: “Hoy en día tenemos realmente todo en común con Estados Unidos, salvo, por supuesto, el idioma”».

Ya se sabe que a los ingleses les suena muy nasal y rudo el inglés que se habla en Estados Unidos. A los estadounidenses, por su parte, el inglés británico les parece demasiado formal y anticuado.

La anécdota del rehén palaciego, típicamente británica, tiene también su gracia y su moraleja:

«Como sabrán, cuando me dirijo a mi propio Parlamento en Westminster, seguimos una tradición ancestral y tomamos «como rehén» a un diputado, reteniéndolo en el Palacio de Buckingham hasta que regreso sano y salvo. Hoy en día, cuidamos tan bien de nuestro «invitado» que a menudo no quiere marcharse. No sé, señor presidente, si hoy hay algún voluntario para desempeñar ese papel aquí».

Para poner de relieve el distinto concepto del tiempo que rige en cada uno de los dos países, Carlos III apostilló con ironía:

«Los Padres Fundadores fueron rebeldes audaces e imaginativos que luchaban por una causa. Hace doscientos cincuenta años, o, como decimos en el Reino Unido, «hace solo unos días», declararon la independencia».


Y ahora entramos en cuestiones más de fondo. El rey Carlos enfatizó mucho las raíces democráticas de ambos países en este año en que se celebra el 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos de la corona británica:

«Con el espíritu de 1776 en nuestras mentes, quizá podamos estar de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo —al menos en un primer momento—. De hecho, el principio mismo sobre el que se fundó su Congreso —no hay tributación sin representación— fue a la vez un desacuerdo fundamental entre nosotros y, al mismo tiempo, un valor democrático compartido que ustedes heredaron de nosotros».

Un aspecto que extraña mucho a los políticos del centro y del sur de Europa (y, de manera especial, a los españoles) es la mención a las raíces cristianas de nuestros países y, en general, al significado de la religión en la sociedad. Carlos III fue muy explícito al respecto y, al mismo tiempo, muy abierto y respetuoso de la diversidad:

«Y, señor presidente, para muchos de los aquí presentes —y para mí mismo—, la fe cristiana es una firme ancla y una inspiración diaria que nos guía no solo a nivel personal, sino también como miembros de nuestra comunidad. Habiendo dedicado gran parte de mi vida a las relaciones interreligiosas y a un mayor entendimiento, es esa fe en el triunfo de la luz sobre la oscuridad la que he visto confirmada en innumerables ocasiones. A través de ella, me inspira el profundo respeto que se desarrolla a medida que personas de diferentes credos crecen en su comprensión mutua. Por eso es mi esperanza —mi oración— que, en estos tiempos turbulentos, trabajando juntos y con nuestros socios internacionales, podamos impedir que los arados se conviertan en espadas».

¿Podemos imaginar en España a un político expresándose en estos términos? Es casi imposible. Enseguida sería acusado de no respetar la  aconfesionalidad del Estado y otras lindezas semejantes. Por si no bastara con referirse a la fe engeneral, Carlos III fue todavía más explícito cuando aludió a su experiencia personal del tiempo litúrgico:

«Soy consciente de que aún estamos en el tiempo de Pascua, la época que más fortalece mi esperanza. Por eso creo, de todo corazón, que la esencia de nuestras dos naciones es la generosidad de espíritu y el deber de fomentar la compasión, promover la paz, profundizar en el entendimiento mutuo y valorar a todas las personas, de todas las religiones y de ninguna».


Han sido muy aplaudidas y comentadas sus palabras en relación con el respeto a la objetividad de la ley, en clara crítica a los comportamientos arbitrarios de Donald Trump, aunque sin citarlo:

«Nuestros ideales comunes no solo fueron fundamentales para la libertad y la igualdad, sino que también constituyen la base de nuestra prosperidad compartida. El Estado de derecho: la certeza de unas normas estables y accesibles, un poder judicial independiente que resuelve los conflictos y administra justicia de forma imparcial. Estas características crearon las condiciones para siglos de un crecimiento económico sin igual en nuestros dos países. Por eso nuestros gobiernos están firmando nuevos acuerdos económicos y tecnológicos: para escribir el próximo capítulo de nuestra prosperidad conjunta y garantizar que el ingenio británico y estadounidense siga liderando el mundo».

No faltó una referencia al gran desafío ecológico que estamos afrontando en este siglo XXI. Es conocida la sensibilidad de Carlos III hacia este tema y su lucha a favor de la sostenibilidad del planeta. Después de ponderar las bellezas naturales de los Estados Unidos, en un claro y diplomático ejercicio de captatio benevolentiae, añadió:

«Sin embargo, al tiempo que celebramos la belleza que nos rodea, nuestra generación debe decidir cómo hacer frente al colapso de sistemas naturales fundamentales que amenaza mucho más que la armonía y la diversidad esencial de la naturaleza. Ignoramos, por nuestra cuenta y riesgo, el hecho de que estos sistemas naturales —en otras palabras, la propia economía de la naturaleza— constituyen la base de nuestra prosperidad y nuestra seguridad nacional».

Sin entrar ahora a juzgar la coherencia moral del personaje u otros aspectos controvertidos de su trayectoria, siempre se aprende algo de figuras que parecen llevar la historia a las espaldas. La diferencia entre Charles y Donald es bastante evidente.



miércoles, 29 de abril de 2026

Abril sabe a Machado


De entre los regalos que recibí el día de mi ordenación sacerdotal conservo dos que siempre me acompañan: las Obras Completas de santa Teresa de Jesús (regalo del médico de mi pueblo) y las Poesías completas de Antonio Machado. La máquina de escribir que me regalaron mis abuelos hace mucho tiempo que yace en el olvido. Del libro de Machado, encuadernado en piel roja, echo mano con frecuencia. 

Machado era como es bien sabido sevillano de nacimiento, pero soriano de corazón, así que eso hace que lo sienta todavía más próximo. De entre los lugares en los que vivió a lo largo de su vida (Sevilla, Madrid, París, Soria, Baeza, Segovia, Rocafort, Barcelona y Colliure), creo que fue Soria el que más le marcó. En el prólogo a su obra Campos de Castilla, escribe: “Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Como buen representante de la generacion del 98, Castilla fue su pasión, su hechura mental y afectiva.

El quinquenio soriano de Machado se extendió de 1907 a 1912. Durante ese tiempo fue profesor de francés en el Instituto y se casó el 30 de julio de 1909 con Leonor Izquierdo, hija de los dueños de la pensión en la que se hospedaba, en la plaza de Teatinos. Él tenía 34 años y ella solamente 15. Pese a la gran diferencia de edad, el matrimonió funcionó hasta que Leonor contrajo la tuberculosis durante una estancia en Francia y murió en Soria el 1 de agosto de 1912.


Machado es un poeta popular.
Todo el mundo sabe de memoria algunos versos suyos, aunque solo sea porque Joan Manuel Serrat los ha popularizado con su música y porque se enseñan en las escuelas. Yo vuelvo sobre ellos con frecuencia. Hoy no quiero evocar los más conocidos, sino algunos que tienen que ver con el mes que estamos a punto de terminar. 

No sé si será una fijación mía, pero tengo la impresión de que Machado sentía fascinación por el mes de abril, el mes en el que la primavera se afianza sobre el invierno. No creo que haya otro mes del calendario más machadiano que este. Espigo algunos versos tomados de poemas distintos para afianzar mi hipótesis.

Tras los rigores del invierno, abril se presenta con una sonrisa: “Era una mañana y abril sonreía. / Frente al horizonte dorado moría / la luna, muy blanca y opaca; tras ella, / cual tenue ligera quimera, corría / la nube que apenas enturbia una estrella”. Vuelve sobre la misma idea: “Pregunté a la tarde de abril que moría: / ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa? / La tarde de abril sonrió: La alegría / pasó por tu puerta -y luego, sombría: / Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa”.

En abril las noches menguan y los días se alargan. Es el triunfo de la luz sobre las tinieblas: “El mar hierve y canta... / El mar es un sueño sonoro / bajo el sol de abril”. Este sol primaveral reaparece: “Al borrarse la nieve, se alejaron / los montes de la sierra. / La vega ha verdecido / al sol de abril, la vega / tiene la verde llama, / la vida, que no pesa; / y piensa el alma en una mariposa, / atlas del mundo, y sueña”

Con el buen tiempo, aparecen las moscas: “¡Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil!”. Y, sobre todo, el encanto de un cielo renovado: “¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. / Angosta la calle, revuelta y moruna, / de blancas paredes y obscuras ventanas. / Cerrados postigos, corridas persianas... / El cielo vestía su gasa de abril”.

Para Machado, abril es, sobre todo, el mes de las lluvias prometedoras: “Las nubes iban pasando / sobre el campo juvenil... / Yo vi en las hojas temblando / las frescas lluvias de abril”. El adjetivo “frescas” se repite: “¡Buenas lágrimas vertidas / por un amor juvenil, / cual frescas lluvias caídas / sobre los campos de abril!”. Ya se sabe, como dice el refrán, que “en abril, aguas mil”. 

Machado incorpora el refranero a su poesía: “Son de abril las aguas mil. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado / hay trozos de cielo añil”. Abundan las referencias a la lluvia: “Habrá trigales verdes, / y mulas pardas en las sementeras, / y labriegos que siembran los tardíos / con las lluvias de abril. Ya las abejas / libarán del tomillo y el romero”. 

La fecundidad del verano depende de la humedad de la primavera: “La madre de la bella Proserpina / trocó en moreno grano, / para el sabroso pan de blanca harina, / aguas de abril y soles del verano”. ¿Quién no recuerda su famoso poema a un olmo seco?: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido”.


El mes de abril no luce igual en la cálida Sevilla que en la fría Soria: “La tierra no revive, el campo sueña. / Al empezar abril está nevada / la espalda del Moncayo; / el caminante lleva en su bufanda / envueltos cuello y boca, y los pastores / pasan cubiertos con sus luengas capas”.

También hay espacio para la luna de abril: “Hacia Madrid, una noche, / va el tren por el Guadarrama. / En el cielo, el arco iris / que hacen la luna y el agua. / ¡Oh luna de abril, serena, / que empuja las nubes blancas!”. Y para el ímpetu primaveral: “Mientras danzáis en corro, / niñas, cantad: / Ya están los prados verdes, / ya vino abril galán”. Todavía más claro: “Un fuste blanco y cuatro verdes hojas / que, por abril, le cuelga primavera, / y arrastra el viento de noviembre, rojas”. Abril es luz a raudales: “Todo a esta luz de Abril se transparenta; / todo en el hoy de ayer, el Todavía / que en sus maduras horas / el tiempo canta y cuenta, / se funde en una sola melodía, / que es un coro de tardes y de auroras”. 

Y expresión de vida: “Es una tarde clara, / casi de primavera, / tibia tarde de marzo, / que el hálito de abril cercano lleva”. E incluso de música: “Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero / poner un dulce salmo sobre mi viejo atril. / Acordaré las notas del órgano severo / al suspirar fragante del pífano de abril”. 

Abril, en definitiva, es el mes de las flores que prepara la explosión de mayo: “Abril florecía / frente a mi ventana. / Entre los jazmines / y las rosas blancas / de un balcón florido, / vi las dos hermanas”.

Acompañado por Machado en la travesía de este mes que ya termina, me vienen a la memoria los versos de otro trovador moderno. Se los pido prestados a Joaquín Sabina: “¿Quién me ha robado el mes de abril?”.

lunes, 27 de abril de 2026

Podemos ser mejores


Hay muchas causas que explican el malestar social. Tienen que ver con la salud, las relaciones, la economía y hasta con el clima. Pero hay una que me parece la más decisiva. Para ser mejores con los demás, para no escupir violencia en las relaciones sociales y contribuir a que todo funcione un poco mejor, es menester que uno esté a buenas consigo mismo. Estar a buenas con nosotros mismos significa que aceptamos con serenidad lo que somos y tenemos, que hemos descubierto la belleza de la vida en medio de su dramaticidad, que nos sentimos a gusto dentro de nuestra piel. Una persona reconciliada consigo misma no necesita contaminar a los demás o verter veneno en las tuberías sociales para sentirse mejor. Disfruta de la vida con gratitud y procura que los demás también disfruten. Valora y agradece cada pequeño detalle. No siente envidia ni se deja dominar por la codicia o el resentimiento.

Una persona que se acepta con serenidad saluda a los demás, evita cualquier palabra indecorosa, cuida las calles y los espacios comunes (parques, jardines, autobuses, trenes, etc.) como si se tratara de su propia casa. No tira papeles o chicles al suelo, no hace pintadas en los edificios, no habla por teléfono a gritos cuando va en el transporte público, no maltrata a los animales, no insulta en el parlamento o en las reuniones de vecinos, no propaga cotilleos infundados, no se escaquea de su trabajo con cualquier pretexto, no abusa de los servicios de urgencias en los hospitales, no anda siempre inventándose agravios y reclamando derechos, cede el puesto a las personas mayores o enfermas en los medios de transporte, trata con respeto a los sanitarios, a los profesores, a los camareros de los bares y a los dependientes de las tiendas y comercios, sonríe cuando saluda y procura escuchar más que hablar.


¡De qué manera tan sencilla podríamos cambiar nuestro mundo si todos fuéramos un poco mejores! Pero, por desgracia, lo que observamos a diario dista bastante de este sueño. Cuando paseo por la Gran Vía de Madrid y veo cómo muchas personas (locales y turistas) arrojan al suelo desperdicios teniendo papeleras a pocos metros, cuando observo las farolas recubiertas de pegatinas de todo tipo, cuando hay pintadas ensuciando edificios históricos y algunos setos desprenden olor a orines porque algunos los han convertido en urinarios públicos, me pregunto por qué nos empeñamos en hacer tan desagradable la convivencia, qué ganamos siendo mediocres y maleducados.

Más allá de explicaciones coyunturales, creo que la razón última de estas actitudes y conductas es que sus responsables no están a gusto consigo mismos. El malestar social es reflejo del malestar personal. Una persona feliz no necesita molestar a los demás, maltratar a los animales o dañar el ambiente. Disfruta cuidando todo porque quiere que también los demás disfruten, porque está acostumbrada a no desperdiciar recursos, porque ha aprendido a sacar partido de todo. En definitiva, podemos ser mejores si aprendemos a conocernos, aceptarnos y querernos. Podemos ser mejores si, queriéndonos a nosotros, extendemos este amor a las demás personas y al entorno.


Pero, ¿cómo vivir reconciliados con nosotros mismos? ¿Cómo no exudar descontento, malestar y violencia? ¿Cómo ser artesanos de paz, belleza y armonía? La clave no está en hacer uno de esos cursos de taichí o meditación trascendental que se publicitan por las calles, en correr cada día diez kilómetros, o en seguir una dieta saludable. La clave no  reside en pasar de la ética a la estética para aterrizar en la dietética, como está sucediendo hoy. Por si hubiera alguna duda, basta ver los múltiples programas de cocina en la televisióno en internet, la moda de los restaurantes de lujo o la proliferación de gimnasios, centros de estética, etc. 

La clave está –no hay otra– en caer en la cuenta de que existimos porque somos amados. Nuestra vida no es producto del azar, sino fruto del amor de Dios. Cuando una persona se sabe querida por Dios, solo tiene motivos para dar gracias. No necesita compararse con nadie, enfadarse con el mundo o deteriorar el entorno, no alberga sentimientos de revancha, no va por la vida con cara de vinagre. No mira a los demás por encima del hombro, no busca su beneficio a cualquier precio, no se goza con la mentira o la mezquindad. 

Una persona que se sabe amada por Dios disfruta viendo a los demás como hijos e hijas del mismo Padre; es decir, como hermanos y hermanas en Cristo. Todo lo demás (su etnia, nacionalidad, lengua, orientación sexual, ideología política o religión) pasa a un segundo plano. Todos sin excepción somos habitantes de este planeta Tierra. Todos sin excepción podríamos ser mejores si supiéramos de dónde venimos y a adónde vamos. ¿Por qué perdemos con tanta facilidad estas referencias esenciales? ¿Qué extraño virus ha contaminado nuestro GPS personal hasta el punto de hacernos perder el rumbo de nuestra vida?

domingo, 26 de abril de 2026

¿Qué tenemos que hacer?


La incertidumbre es uno de los rasgos de nuestro tiempo. No sabemos qué nos va a deparar el futuro. No tenemos el optimismo de los años 60 del siglo pasado. Y quizá tampoco el pesimismo de los años 70. Simplemente, estamos desconcertados y quizá perdidos. En este contexto, cobra actualidad la pregunta que los judíos formularon a Pedro y los demás apóstoles el día de Pentecostés: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”. Aparece en la primera lectura de este IV Domingo de Pascua

Muchas personas esperan una respuesta nítida que disipe sus dudas y les muestre un camino claro. Por eso, hoy tienen tanto éxito los grupos sociales, políticos y religiosos que ofrecen certezas y liderazgos fuertes. El riesgo de manipular e infantilizar a las personas es manifiesto, pero muchos están dispuestos a pagar este precio con tal de sentirse seguros. Prefieren la seguridad a la libertad. Otros navegan a sus anchas, sin sentirse coaccionados, a no ser por las infinitas normas con que nos atiborra la sociedad burocratizada. La Unión Europea, por ejemplo, es una fábrica de normas y directrices para casi todo. Puedes abortar y solicitar el suicidio asistido, pero ¡ay de ti si fabricas una botella de plástico con el tapón suelto o das un puntapié a un perro callejero que intenta morderte!


Frente a la búsqueda obsesiva de seguridad por parte de algunos y la libertad irresponsable por parte de otros, Jesús nos ofrece una respuesta liberadora: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. No solo eso, Jesús nos ofrece un camino de plenitud: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Los evangelios aplican a Jesús muchas metáforas que nos resultan familiares (luz, agua, camino, pastor), pero, como sus discípulos, no acabamos de entender bien en qué sentido puede ser “puerta”. Él mismo lo explica: “Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. 

Hay muchas puertas pasadas y presentes que conducen a la perdición. Y, sin embargo, presionados por la publicidad y la coerción social, las franqueamos a menudo. Son las puertas del consumo, la apariencia, el poder… Son puertas manejadas por “ladrones y bandidos”, pero, como prometen mucho, acabamos entrando por ellas. Seguimos votando a políticos mentirosos y corruptos. Compramos productos que han sido fabricados explotando a los trabajadores. Consumimos sustancias y alimentos dañinos para la salud.


¿Qué tenemos que hacer? La pregunta sigue en el aire. Indica malestar, preocupación, deseo de verdad. La respuesta exige conversión: “Entrar por la puerta que es Cristo”. Pero no para encontrar una seguridad que nos libre de pensar por nosotros mismos y tomar decisiones responsables, sino para encontrar una vida plena. Jesús no nos quiere ovejas robotizadas, sino seguidores adultos que asumen el peso de la libertad. Él no nos atosiga con un cúmulo de preceptos para que sepamos siempre lo que tenemos que hacer, sino que nos concede su Espíritu para que discernamos cómo vivir y actuar en cada momento. 

La comunidad de discípulos de Jesús (la primitiva y cualquiera contemporánea) no es una secta en la que el líder nos lava el cerebro y nos manipula a su antojo, sino un grupo de hombres y mujeres libres que aspiran a vivir en verdad, libertad y amor y, de esta manera, disfrutar de una vida abundante. No es fácil encontrar cristianos con esta madurez. O inclinamos el platillo de la balanza hacia una espiritualidad infantil y dependiente que busca obsesivamente la seguridad, o hacemos de nuestra capa un sayo, víctimas del relativismo. Lo que Jesús nos propone es más profundo, exigente y liberador: creer en Él y vivir como personas libres y responsables.


Celebramos hoy la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado: El descubrimiento interior del don de Dios. Merece la pena leerlo. El Papa nos invita a “crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo”.



sábado, 25 de abril de 2026

Sábado por la mañana


Leo los periódicos del día y no sé con qué quedarme. Casi todas las informaciones me invitan a apearme de este mundo. Comprendo que haya personas que prefieran vivir desconectadas. Hoy por hoy, yo no me puedo permitir este lujo, así que no tengo más remedio que filtrar lo que veo y leo para que no me hiera demasiado y, si es posible, para aprender algo. Un lector del Rincón me ha enviado un vídeo sobre la estupidez. El mensaje es claro: estamos dominados por personas ignorantes que no reconocen sus límites y, a pesar de sus carencias, consiguen liderar las mayorías aborregadas. El algoritmo nunca va a recomendar una entrada de este “aburrido” blog, por ejemplo, pero seguramente va a promocionar hasta el paroxismo cualquier ocurrencia de un tiktoker por descabellada que sea. La cosa no va de pensar o motivar, sino de impactar y entretener. 

Ya no tengo edad para provocar el interés a cualquier precio, así que me limitaré a escrutar algunas realidades y a practicar el noble arte de (sobre)vivir. No soy una persona pesimista, pero sí abrumada por lo que hoy vivimos. Se me hace muy indigerible el mundo que estamos construyendo. Me rebelo contra la deshumanización progresiva. Temo que nos convirtamos en extraños los unos para los otros y que las máquinas, además de resolvernos muchos problemas cotidianos, nos impongan su estilo de vida artificial. Los móviles ya lo están consiguiendo. No quiero pensar lo que sucederá cuando estemos rodeados de robots y otros dispositivos de IA. No sé si lo veré, pero no falta demasiado tiempo para que suceda.


Mientras tanto, miro por la ventana y veo un precioso sol de abril. La primavera no ha sido controlada todavía por Alexa. Los árboles de la calle Buen Suceso tienen hojas frescas y las praderas del vecino parque del Oeste lucen espléndidas. La naturaleza viene en nuestra ayuda para que no sucumbamos bajo el peso de nuestra estupidez hecha electrónica. Todavía hay gente que compra el periódico en el quiosco y pasea a su perro, aunque sea a costa de ensuciarnos la calle con sus orines intempestivos. El aire todavía no está saturado, como en los días de la canícula madrileña. Sopla una brisa fresca que hace agradable un paseo por Rosales. 

Desde primera hora de la mañana comienzan a moverse las hordas de turistas. Los chinos y japoneses casi siempre van en grupo. Abundan los estadounidenses, franceses, indios y un sinfín de hispanoamericanos de diversas procedencias. Madrid se va a convertir en un parque temático si es que no se ha convertido ya. Casi todo el centro está más pensado para los que llegan que para los que vivimos aquí. Los comercios locales son sustituidos por franquicias de marcas internacionales. Menudean los apartamentos turísticos, los hoteles remozados y los restaurantes con propuestas extravagantes para guiris que pagan y se van. Hasta el parque del Retiro ha dejado de ser un tranquilo oasis urbano para convertirse en un hervidero de turistas que no quieren dejar de visitar uno de los lugares recomendados por sus guías digitales.


¿Qué significa vivir bien? Me lo pregunto cada vez con más frecuencia cuando leo noticias de multimillonarios que no paran de enriquecerse y gentes que duermen en la Gran Vía guarecidas por cartones de Primark o Zara. ¿De qué nos sirve avanzar tanto en algunos campos y seguir sin resolver las cuestiones más básicas? Si sigue habiendo miles de personas que no tienen un hogar, que apenas pueden comer y que carecen de casi todo lo necesario, ¿qué me importa a mí el soterramiento de la A-5 o la renovación del estadio Bernabéu? En otras palabras, ¿cuáles son las prioridades de una sociedad verdaderamente humana? 

Me gusta que Madrid mejore sus infraestructuras y se ponga guapa para los turistas, pero me gustaría mucho más que resolviera de una vez por todas el problema del sinhogarismo y no dejara a ningún ciudadano sin las necesidades básicas cubiertas. Me vienen a la memoria las palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”. Podríamos retraducirlas así: “Buscad primero que todos los seres humanos vivan con dignidad y luego dedicaos a hacer parques y estadios, renovar avenidas e inventar artilugios”. 

En fin, se ve que el polen de primavera afecta a mis conexiones neuronales. Buen finde. Mis amigos de Siloé ponen un poco de ritmo en medio de estos pensamientos inconexos. 



viernes, 24 de abril de 2026

El peso de las relaciones


Navegando por YouTube me he topado con un vídeo que me ha resultado interesante porque pone palabras a algo que llevo observando desde hace años en mi vida pastoral. El vídeo se titula Soledad masculina: cada vez más hombres prefieren estar solos. La psicóloga Laura S. Moreno describe algunos indicadores de este fenómeno y bucea en sus posibles causas. No voy a repetir sus ideas ni el contenido de los casi 2.300 comentarios a su vídeo. Me limito a compartir lo que me ha sugerido su reflexión. Lo que yo observo, tanto en jóvenes como en personas adultas, es la progresiva dificultad para mantener relaciones interpersonales estables y practicar con asiduidad el arte de la conversación. Es verdad que las redes sociales han modificado nuestra manera de comunicarnos. Frente a las antiguas llamadas telefónicas más o menos prolongadas predomina ahora una comunicación escueta, casi jeroglífica, hecha de mensajes cortos y funcionales. Es verdad que el confinamiento impuesto por la pandemia de hace seis años ha intensificado el distanciamiento social hasta convertirlo en un hábito profiláctico. 

Pero, además de estas causas exógenas, descubro algo más profundo: el temor a compartir la intimidad y a cargar con el peso de la vida de otras personas. Podemos aceptar la emoción de las relaciones que nacen como margaritas en primavera, pero nos pesa demasiado la responsabilidad de mantenerlas y aceptar los costes del cansancio y del aburrimiento que a veces conllevan. Las redes sociales nos han acostumbrado a estímulos constantes, a chutes ininterrumpidos de dopamina. Todo lo que no siga esta dinámica (una lectura atenta, una relación prolongada, una conversación serena, una celebración litúrgica pausada) se nos hace cuesta arriba. Queremos placer sin sacrificio, frutos sin cultivo, estímulos sin espera.


Este fenómeno no solo afecta a las relaciones de pareja, sino también a todo tipo de interacciones sociales, incluidas las que se pueden dar entre familiares y amigos o dentro de una comunidad religiosa. Cada vez nos pesan más las relaciones. En vez de disfrutarlas como dones, las soportamos como cargas. Por eso, preferimos la soledad, al menos mientras podamos gestionarla con salud, medios económicos y posibilidades laborales y de entretenimiento. Esto no significa que nos hayamos vuelto huraños o antisociales, sino que reducimos las relaciones a encuentros ocasionales que no alteren demasiado nuestras rutinas, no invadan nuestro espacio personal y no exijan fidelidades a medio y largo plazo. 

A veces se observa incluso en las comunicaciones por WhatsApp. Una de las cosas que más me llama la atención –y en ocasiones me molesta– es la actitud de algunas personas que inician una conversación con el típico “¿cómo estás?” y cuando tú respondes con cortesía ya no reaccionan más, como si, en el fondo, no les importara nada tu respuesta, como si hubieran iniciado una conversación sin estar dispuestas a proseguirla y finalizarla. La descortesía digital se ha convertido en una práctica común. Es un síntoma perfecto de lo que se da en la vida social. Por eso, cada vez es más difícil que los miembros de una familia o de una comunidad religiosa se sienten a conversar con calma. Esta habilidad tradicional casi solo se encuentra en algunas personas mayores que todavía no han perdido las actitudes para el encuentro y el arte de la conversación.


Todo esto, como no podría ser de otra manera, influye mucho en la forma de entender y vivir la espiritualidad. El individualismo está erosionando la esencial dimensión comunitaria, aunque -por reacción- están creciendo los grupos que ofrecen “oasis emocionales” en medio de este desierto individualista. Todo esto me lleva a reflexionar sobre la profunda diferencia entre una soledad fecunda, que nos prepara para el encuentro, y una soledad hedonista, que nos protege del esfuerzo que supone abrirnos a los demás y aceptar su intimidad. Externamente pueden parecerse, pero la dinámica interna es muy diferente. 

Los adolescentes -o los religiosos- que se encierran en su cuarto para ver una serie de Netflix o escuchar su música preferida no son los monjes que se recluyen en su celda para orar y que luego desarrollan una gran capacidad de comunión. Me temo que estamos haciendo familias y comunidades de “solitarios” que prefieren la comodidad (no exenta de pequeños esfuerzos esporádicos) de vivir aislados a la alegría profunda (no exenta de problemas y sacrificios) del encuentro.

jueves, 23 de abril de 2026

El futuro pasa por África


Tras doce días por cuatro países africanos, hoy regresa el papa León XIV a Roma. Los mensajes dirigidos a las Iglesias de Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial han puesto el acento en algunas claves que se han repetido con matices distintos en los cuatro países. Yo he seguido muy de cerca el desarrollo del viaje porque todos los lugares visitados, excepto Argelia, me resultan muy familiares. Los he visitado en varias ocasiones. 

Comprendo que para muchos lectores de este Rincón este viaje no tenga mayor relevancia. Todos estamos preocupados por los asuntos personales de cada día. Podemos ver algunas imágenes en televisión o Internet, pero poco más. Y, sin embargo, el futuro de la Iglesia (y de la humanidad) pasa por África. De ahí que el Papa haya querido dar mucha importancia a esta visita apostólica. No es suficiente el crecimiento numérico sostenido. Se necesita una fe bien fundamentada, inculturada y aplicada a las condiciones de vida de cada pueblo. Este es un desafío que no tiene fecha de caducidad.


Los europeos debemos tomar conciencia de que África no es un continente alejado de nosotros geográfica y culturalmente. África está en Europa. Cada vez es más frecuente ver a numerosos africanos en España y otros países de nuestro entorno. Muchos son musulmanes, pero abundan también los africanos católicos (laicos, sacerdotes, religiosas y religiosos) que vienen por motivos laborales, formativos o de ayuda a la pastoral de las diócesis y congregaciones que necesitan su colaboración.

La Iglesia con la que se encuentran suele ser acogedora, se pone de su parte, pero no siempre comprende sus necesidades y sus claves. Sin un diálogo permanente, podemos vivir en mundos paralelos, aunque habitemos las mismas ciudades y caminemos por las mismas calles. La retórica de la inclusión no es suficiente. Solo la vida compartida engendra formas nuevas de convivencia intercultural. En eso estamos. Se requerirá mucho tiempo y un esfuerzo por todas las partes.


Cuando estaba a punto de terminar la entrada de hoy, he escuchado la alocución de monseñor Juan Nsue Edjang Mayé, arzobispo de Malabo. En sus palabras de despedida a León XIV al final de la misa celebrada en el estadio de la ciudad, ha mencionado expresamente la labor evangelizadora de los Misioneros Claretianos a lo largo de la historia de la Iglesia ecuatoguineana. Nuestros primeros misioneros llegaron a Guinea Ecuatorial el 13 de noviembre de 1883. Esta primera expedición, compuesta por seis sacerdotes y seis hermanos (conocidos como los “doce de la fama”), fue enviada desde España por el superior general de entonces, el padre Josep Xifré, para establecer la misión evangelizadora en la entonces colonia de Fernando Poo. 

Desembarcaron en la isla que hoy se llama Bioko. Tuvieron que afrontar altos índices de mortalidad por enfermedades. Tras el éxito inicial, se extendieron a Annobón, Corisco, Elobey Chico y, finalmente, a la zona continental en 1905 y 1924. Su labor fue clave no solo en la evangelización, sino también en la educación y la enseñanza de oficios a través de misiones y colegios. Hoy es un día muy adecuado para rendir un homenaje muy sentido a los cientos de misioneros (extranjeros y autóctonos) que entregaron su vida para que hoy la Iglesia ecuatoguineana sea floreciente y entusiasta. Solo los granos de trigo que caen en tierra y mueren pueden dar fruto.