martes, 15 de septiembre de 2026

Los valores compartidos


No vi anoche ni la entrevista que Pablo Motos le hizo a Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, en El hormiguero, ni la que le hizo el Gran Wyoming a Pedro Sánchez, presidente del gobierno, en El intermedio. Hoy los periódicos dedican mucho espacio a esta confrontación hospedada por dos televisiones (Antena 3 y La Sexta) pertenecientes al mismo grupo mediático: Atresmedia. Jugada maestra. Dos voces para un mismo (des)concierto. Por lo que he leído, parece evidente que estamos ya calentando motores para la campaña electoral, si es que no hemos entrado de bruces en ella. La crisis de Ceuta parece ser el pistoletazo de salida. 

En este asunto –como prácticamente en todos los que tienen que ver con la cosa pública– resulta imposible hacerse una idea cabal de lo que ha sucedido y de lo que habría que hacer. No olvidemos que, en las sociedades dominadas por los medios, lo esencial no es buscar la verdad, sino “controlar el relato”. Los gabinetes de prensa (u oficinas de comunicación) de las distintas instituciones pugnan por ofrecer relatos convincentes, aunque no sean verdaderos. Las redes sociales se encargan luego de amplificarlos hasta la extenuación. Y los ciudadanos de a pie, conscientes de esta manipulación, acabamos enojándonos un poco más de lo que ya estábamos y sintiéndonos impotentes.


Lo peor de todo es que la rabia no acaba de traducirse en acciones enérgicas. No es suficiente votar cada cierto tiempo. Ni tampoco manifestarse en la calle con pancartas. En las sociedades democráticas, la participación ciudadana tiene que ser constante, libre, responsable y eficaz. El cacareado “poder del pueblo” necesita mediaciones ordinarias y extraordinarias, no cesiones incontroladas a una élite, por más que haya obtenido la victoria en las urnas o en el parlamento. Pasar del “derecho al voto” a una verdadera “cultura democrática” (por tanto, participativa) exige educación y tiempo. Y algo mucho más profundo: un territorio común de valores compartidos. 

¿Cuáles son hoy por hoy esos valores que nos permiten convivir pacíficamente en las sociedades plurales como la española? En el preámbulo de la Constitución se mencionan algunos: la justicia, la libertad, la seguridad, el bien común, un orden económico social justo, el imperio de la ley, los derechos humanos, la digna calidad de vida, la paz y la cooperación con otros pueblos. Curiosamente, no se habla de la verdad. No sé si todos tenemos una comprensión parecida de estos “valores” que sostienen la carta magna de la convivencia, pero, por lo menos, señalan un horizonte axiológico al que atenernos. Cuando este se desdibuja o se manipula, todo se reduce a tacticismo y maquiavelismo.


Lo importante, pues, no es “controlar el relato” para defender los propios intereses, sino fortalecer los valores que nos permiten discernir en cada momento qué decisiones se deben tomar. No hay nada más eficaz que una axiología bien fundamentada y compartida. Los pueblos que respetan y cultivan los valores que los sostienen pueden afrontar las crisis con garantía de éxito. Los que se mueven a golpe de encuestas de opinión o de intereses mezquinos acaban pagando un alto precio. 

Necesitamos “rearmar” los valores democráticos y “desarmar” las descalificaciones. La legítima pluralidad de opiniones y opciones solo se puede garantizar cuando compartimos un conjunto de valores y de reglas de juego que no se cambian en mitad de la partida. La educación familiar y escolar tiene mucho que hacer en este campo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Tenemos "otra" Fórmula 1


Ayer se celebró en Madrid el Gran Premio de España de Fórmula 1. Se lo conoce como Madring. Algunos consideran que ha sido un gran éxito con repercusiones muy positivas para la ciudad, mientras otros piensan que se trata de una inversión innecesaria y ruinosa. Algunos vecinos denuncian el exceso de decibelios mientras otros se forran alquilando sus viviendas. Hay opiniones para todo. No estoy en contra de los grandes eventos, pero siempre me pregunto por qué somos capaces de movilizar recursos para construir un circuito de la nada en poco más de un año y nos cuesta tanto ponernos de acuerdo para resolver problemas más acuciantes como el sinhogarismo o la vivienda en general. No creo que sea un planteamiento demagógico. 

En el primer caso, se esperan retornos sustanciosos, prestigio y fama; en el segundo, no se ven claramente las ganancias a corto plazo. El primero es claramente un artículo de lujo que solo las sociedades ricas se pueden permitir; el segundo es una necesidad social perentoria. Una vez más, es cuestión de prioridades. Los mismos seres humanos que somos capaces de desarrollar la IA, lanzar un satélite al espacio o montar un circuito de Fórmula 1 en tiempo récord, deberíamos ser capaces de cubrir las necesidades básicas de todos. ¿Por qué no lo hacemos?


La respuesta no es solo técnica. Es ética. Es espiritual. No lo hacemos porque la preocupación por los demás no figura en la cima de nuestros intereses. No lo hacemos porque, manteniendo las desigualdades, podemos ejercer mayor control. No lo hacemos porque el bienestar de unos pocos se sustenta sobre la explotación de muchos. No lo hacemos, en definitiva, porque solo muriendo a nosotros mismos podemos conseguir que los demás vivan. El único ser humano que ha entendido a fondo esta dinámica ha sido Jesús. Por eso, murió clavado en la cruz. 

Más allá de sus connotaciones históricas, esto es precisamente lo que celebramos hoy con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La verdadera Fórmula 1 para que todos los seres humanos podamos vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios es aprender a cuidarnos unos a otros como hermanos. Esto no significa igualar a todos en la miseria (que es a lo que conducen algunos sistemas políticos igualitaristas), sino colocar como prioridad el cuidado de los demás, sobre todo de los más frágiles.


No sé si los cristianos somos conscientes de que nuestra marca corporativa, o nuestro logo comunitario (por usar categorías contemporáneas), es una cruz. No sé si nos hacemos cargo de que nuestro líder (sigo con categorías seculares) es un fracasado rehabilitado. O un Crucificado/Resucitado, por decirlo con categorías teológicas. Si hacemos nuestra la dinámica existencial de Jesús, no tendríamos que sorprendernos de que la vida sea siempre una victoria sobre la muerte. Y de que cualquier progreso en la historia humana que vaya en línea con el Reino de Dios está atravesado por esta misma lógica. 

Por eso, pretender dar vida sin morir es una quimera. La vida es siempre fruto del amor. Y el amor es un egoísmo vencido, una muerte al yo cerrado y una apertura al tú que me interpela. El “nosotros” de cualquier relación (amical, esponsal, filial, social) es siempre un milagro pascual, el resultado de aplicar la Fórmula 1 de la cruz de Jesús. Con la resaca de un fin de semana acelerado, no sé si estamos para estas meditaciones.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Lo que cuesta escuchar


Parto de algunos ejemplos tomados de la vida cotidiana. Ejemplo primero. Una persona dice: “Acabo de venir del médico. Me ha dicho que tienen que operarme de la cadera”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo conozco a un vecino que le operaron de la cadera y quedó fatal. Tienes que asegurarte de encontrar un buen cirujano”. Ejemplo segundo. Una persona dice: “Me está costando asumir la muerte de mi madre. Hay días que me parece que todavía está a mi lado”. Reacción del interlocutor: “Pues recuerdo que, cuando murió mi madre, me pasaba varias noches sin dormir pensando en ella. Es cuestión de tiempo”. Ejemplo tercero. Una persona dice: “Este verano he visitado Croacia. Me ha encantado la gente”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo he estado en Italia, que tiene muchos más atractivos que Croacia”. 

Los ejemplos no se apartan un ápice de lo que experimentamos todos los días en conversaciones formales e informales. Hay personas que necesitan compartir una experiencia con otras personas. En cuanto empiezan a hablar, suelen ser interrumpidas por su interlocutor, que, en vez de escuchar con atención lo que esa persona dice, comienza a compartir su reacción y a hablar de lo que a él o a ella le preocupa.


No es fácil encontrar personas que quieran y sepan escuchar, que acojan en silencio lo que las otras personas quieren comunicar y que no se apresuren a responder, o simplemente a interrumpir. Escuchar con atención a quien habla parece una norma elemental de urbanidad y, sin embargo, nos la saltamos casi siempre. Lo he experimentado, sobre todo, cuando se trata de escuchar relatos de enfermedades y de muertes. En vez de prestar atención a quien los comparte para ayudarle a explorar sus sentimientos, enseguida reaccionamos con lo que nos ha pasado a nosotros. ¡No es el momento! 

Cuando una persona comparte las emociones que está viviendo a propósito de la muerte de un ser querido, jamás deberíamos interrumpirla contando lo que nosotros vivimos en una situación semejante. ¡No es el momento! Escuchar es un ejercicio de descentramiento, de vencer la tiranía del yo, que siempre busca protagonismo, para que crezca el tú. Escuchar es hacerse todo oídos para que la otra persona se haga toda palabra.


Como hemos perdido la capacidad de escucharnos con empatía en las interacciones cotidianas, hemos tenido que inventar los “centros de escucha” para paliar ese déficit. Abundan cada vez más en parroquias, colegios y otras instituciones. En una sociedad tan individualista como la nuestra, a veces lo único que necesitamos para salir adelante es que alguien nos escuche con empatía y silencio, sin sentirse obligado a contarnos su experiencia y mucho menos a darnos una respuesta apresurada. 

Escuchar es, en definitiva, aprender a morir a uno mismo para que la otra persona pueda vivir, renunciar a convertirnos en protagonistas para que los demás se conozcan mejor y se acepten como son. Escuchar es convertirnos en espejos que reflejan con amor y claridad lo que las otras personas dicen, no en muros que hacen rebotar sus palabras. No hay escucha sin silencio. El ruido y la verbosidad matan la escucha. Las respuestas automáticas desnaturalizan las preguntas. La apelación continua a nuestra experiencia bloquea la autoexploración. ¿Hay alguien ahí dispuesto a escuchar de verdad?

jueves, 10 de septiembre de 2026

Fuera de control


De las muchas noticias que circulan estos días por los medios, hay una que me ha sobresaltado:
la IA puede acabar con la humanidad en pocos años. Sería una especie de actualización de la película Terminator. Quien se ha atrevido a hacer esta predicción es un tal Jacob Coxon, investigador de Anthropic, que dimitió esta semana alegando que su antigua empresa y su rival, OpenAI, compiten por desarrollar tecnologías que pueden conducir al exterminio de la humanidad. 

¿Cómo podría suceder esto? Todo lo referido a la IA me desborda, así que me limito a hacer una síntesis de lo que dice el artículo. La hecatombe podría llegar si los sistemas de IA persiguieran objetivos contrarios al bienestar humano o incluso en conflicto con él. A este fenómeno los investigadores lo denominan desalineación (misalignment). Las investigaciones han demostrado que los modelos de IA pueden aprender comportamientos de poder y tomar medidas para evitar ser desactivados, como intentar copiarse a sí mismos en otro servidor.


Yendo todavía más lejos, los modelos de IA no alineados con los humanos podrían considerar el asesinato de personas como un paso necesario para alcanzar sus metas. Un sistema de IA malintencionado “podría propagar un arma biológica secreta y activarla mediante un aerosol químico, o bien incitar a dos potencias nucleares a entrar en guerra”. Es verdad que las principales empresas desarrolladoras de la IA han expresado sus deseos de dejarse guiar por criterios éticos y de atenerse a estrategias regulatorias, pero no hay ninguna garantía de que esto suceda. 

El ansia de controlar su implementación y los intereses económicos subyacentes pueden dejar los criterios éticos guardados en el cajón de las buenas intenciones. Por eso, ahora se comprende mejor la insistencia –casi el grito– de León XIV en su encíclica Magnifica humanitas:
“La Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer” (MH, 181).
Confieso que desde hace tiempo me sirvo de las herramientas de la IA para algunas tareas: desde búsqueda de fuentes hasta síntesis de textos o elaboración de imágenes. Junto a las indudables ventajas, percibo con claridad sus límites. Entre otros, uno puede volverse muy perezoso. La única creatividad consiste en proporcionar atinados prompts a la máquina. Me temo que en los desastrosos resultados del informe PISA ha influido también un uso acrítico de la IA y un menosprecio de las habilidades tradicionales del aprendizaje. Tenemos que sacar consecuencias.


martes, 8 de septiembre de 2026

Es de bien nacidos ser agradecidos


El pasado sábado 5 de septiembre cumplí 50 años como misionero claretiano. Lo celebré con mis tres compañeros de curso: Julián, Miguel y Mariano. Durante la mañana nos perdimos en el bosque segoviano de Valsaín para disfrutar de un tiempo de silencio y oración en contacto con la naturaleza, el primer libro de la gramática divina. Los cuatro somos muy aficionados a la montaña y al senderismo. Por otra parte, acabábamos de celebrar con toda la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por la Creación. Nos inspiramos en el mensaje del papa León XIV y en las propuestas oracionales. Las aguas cristalinas de un saltarín río Eresma, ante el que pasé minutos de contemplación silenciosa, se convirtieron en símbolo de una vida misionera que ha sido también un río de gracia enriquecido por numerosos afluentes que han vertido sus aguas en el cauce principal. 

Rematamos la mañana celebrando la Eucaristía en la capilla penitencial de nuestra iglesia de Segovia. La comunidad fue fundada en 1861, cuando todavía vivía san Antonio María Claret. Ese lugar está ligado a nuestros primeros años de formación. En él comenzamos el noviciado el 7 de septiembre de 1975, aunque luego lo proseguimos en Castro Urdiales (Cantabria). Escuchamos la Palabra. Cantamos las canciones que solíamos cantar hace 50 años. Compartimos nuestras experiencias de camino. En el memento de difuntos de la plegaria eucarística recordamos de manera especial a nuestros padres ya fallecidos. La comida festiva al más puro estilo segoviano puso el broche a una mañana contemplativa. 

La tarde se convirtió en camino por los lugares asociados a nuestra experiencia vocacional. Oramos en la iglesia de san Andrés (el primer lugar al que llegaron los claretianos desde Cataluña). Lo hicimos también junto a la Virgen de la Fuencisla y frente al sepulcro de san Juan de la Cruz en el tercer centenario de su canonización: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!”. Terminamos regresando a Madrid (con rosario incluido en el coche) y compartiendo las vísperas y la cena con mi comunidad. Aún quedó noche para un paseo y un helado junto al palacio real mientras las gentes paseaban buscando aliviar el calor de la jornada.


El domingo 6 agradecimos a Dios el don de la vocación recibida junto a la comunidad parroquial de San Antonio María Claret en Madrid. En la Eucaristía presidida por el padre José Cristo Rey García –antiguo formador nuestro y siempre mentor y amigo– y concelebrada por un nutrido grupo de claretianos de distintos países, renovamos nuestra profesión religiosa. Me emocionó el comienzo mismo de la fórmula: “Respondiendo a la vocación divina, yo, Gonzalo, quiero procurar con el mayor empeño la gloria de Dios, dedicarme plenamente a él y seguir más de cerca a Cristo Señor, como los Apóstoles, en el ministerio de la salvación de los hombres de todo el mundo”. El compromiso suena serio: “Quiero procurar con el mayor empeño”. Pero esa opción es, en realidad, un acto responsivo. La fórmula no empieza con un compromiso, sino con la acogida de un don: “Respondiendo a la vocación divina”. 

No es fácil explicar la belleza y hondura de un estilo de vida que, en realidad, es solo una forma de respuesta al don recibido. ¿He sido consciente de la fuerza de este don a lo largo de los últimos 50 años? ¿He sabido responder con gratitud, alegría y fidelidad? ¿Habrá algún joven en la asamblea que sienta el cosquilleo de la inquietud vocacional? Mientras contemplaba la la gente o escuchaba algunos de los cantos interpretados por el coro, pensaba en todas las personas que no estaban físicamente en el templo (comenzando por mi familia y mis mejores amigos), pero que forman parte esencial de mi geografía afectiva. No entiendo mi vocación sin ellas. A veces, se puede ser sin estar, aunque siempre es bueno que ambos verbos caminen parejos.


La comida de fiesta con las comunidades del Colegio Claret y de la curia provincial fue un hermoso momento de fraternidad claretiana. Nuestro compañero Mariano, venido de San Petersburgo (donde lleva ya casi 30 años), nos sorprendió con una botella de vodka en la que nadaban pequeñas láminas de oro. Era una forma de simbolizar esas “bodas de oro” con el Señor, el único que da unidad y sentido al pasado, al presente y al futuro. Creo que es la primera vez en mi vida que brindo con oro y no experimento ninguna intoxicación. Las canciones brotaron saltarinas para alegrar la fiesta.

La jornada culminó a 80 kilómetros de Madrid. En medio de una templada noche toledana, disfrutamos del espectáculo “El sueño de Toledo”, una recreación artística de la historia de España que, durante 70 minutos, deja estupefactos a los miles de espectadores que la contemplan. La ciudad de Toledo se convierte simbólicamente en el epicentro del terremoto de acontecimientos históricos que ha sacudido a nuestro país a lo largo de los siglos, desde que el rey Recaredo hiciera su profesión de fe católica ante el obispo Leandro hasta el presente. 


¿No es la vocación misionera el “sueño de Dios” para cada uno de nosotros? Conduciendo de regreso a Madrid, al filo de la medianoche, sentí que dos días intensos, bellos y compartidos redimen la cotidianidad de su insignificancia y la abren a un destino eterno. Gracias de corazón a Dios y a todas las personas que han hecho y siguen haciendo posible este hermoso sueño. 

En un día como hoy, es inevitable no hacer referencia a María, en la fiesta de su Natividad. Nosotros somos Hijos de su Inmaculado Corazón. A ella le cantamos en varias ocasiones durante nuestro encuentro: “Gracias os doy, oh Madre, por la vocación recibida. Dadme, dadme la gracia de ser a ella fiel toda mi vida”. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Lo mejor está por llegar


Lo de Ceuta va a seguir coleando durante mucho tiempo. Me parece que concentra varios asuntos que tienen que ver con nuestra manera de entender la soberanía nacional, el control de fronteras, las relaciones internacionales, los equilibrios geoestratégicos, los problemas migratorios y otros muchos de difícil comprobación: aspiraciones territoriales, chantajes, venganzas, etc. Ayer en muchas ciudades españolas la gente se echó a la calle para apoyar a los ceutíes aprovechando que se celebraba el Día de Ceuta. El apoyo a una ciudad invadida fue acompañado por una crítica abierta a la gestión de la crisis por parte del gobierno central. 

Como era de prever, las reacciones de los políticos y los medios de comunicación fueron muy distintas según las tendencias de cada cual. Con todo, no hace falta ser un experto para comprobar que crece el hartazgo ciudadano, incluso entre quienes por convicción, intereses o rutina siguen defendiendo al partido gobernante. Será triste que una vez más en la historia reciente de la democracia española la alternancia en el poder esté más provocada por la corrupción y la prevaricación que por nuevas propuestas esperanzadoras. Creo que, a pesar de los muchos ardides en juego, es cuestión de poco tiempo. Percibo síntomas claros de descomposición del sistema. Lo que no veo con tanta claridad es la solvencia y credibilidad de una alternativa eficaz. Ojalá haya sorpresas.


Como si el tiempo atmosférico quisiera acompañar al tiempo político, ha vuelto el calor en estos primeros días de septiembre. Hoy en Madrid tenemos 36 grados. Esperemos que no dure demasiado. Necesitamos un tiempo benigno para proseguir con buen ánimo el ritmo de septiembre. 

Por lo que a mí respecta, me preparo junto con otros tres compañeros para celebrar el próximo sábado los 50 años de mi primera profesión como misionero claretiano. Cuando me comprometí a seguir a Cristo y emití los votos de castidad, pobreza y obediencia en el ya lejano 1976 tenía solo 18 años. Hoy las pocas personas que profesan en la vida religiosa en España suelen tener en torno a 25-30. 

Con los ojos actuales, parece una temeridad –si no una falta de responsabilidad– tomar una decisión tan radical a una edad que se considera demasiado temprana. No seré yo quien niegue los signos de inmadurez que todavía persisten cuando uno traspasa la frontera de la “mayoría de edad” y, sin embargo, no me arrepiento del paso dado. A medida que pasan los años comprendo con más claridad que las grandes elecciones de la vida no son el resultado de un proceso decisional químicamente puro, sino el fruto de una gracia que nos sobreviene y que nosotros acogemos con la limitada pero ilusionada libertad de que disponemos. Eso no significa necesariamente que sea una decisión inauténtica, aunque sea todavía a todas luces imperfecta.


En realidad, cada día hay que preguntarse a quién queremos servir, en qué dirección queremos caminar, con quién queremos compartir la marcha, cómo vamos a superar los obstáculos. En este sentido, cada día hacemos la profesión religiosa. O renovamos las promesas matrimoniales o sacerdotales. O actualizamos cualquier otra opción fundamental. Esto es lo que nos permite vivir con esperanza. No soy muy partidario de dar demasiado relieve a este tipo de aniversarios, aunque comprendo que haya personas que tiren la casa por la ventana cuando celebran sus bodas de plata o de oro. Por temperamento, a mí no me gusta mucho mirar al pasado. No vivo de la nostalgia. Me concentro en el día a día y, desde la azotea de la cotidianidad, vislumbro el futuro. 

Me gusta más esperar recordar. Es como si hubiera hecho mío ese axioma inglés que dice “the best is yet to come” (lo mejor está por llegar). Si “lo mejor” es sin lugar a dudas el encuentro definitivo con Dios, entonces siempre está por llegar, aunque celebremos con gratitud que “ya” ha llegado. En esta tensión entre pasado, presente y futuro discurre la vida y, en definitiva, nuestra existencia cristiana. Detenernos brevemente en algunos hitos del itinerario nos ayuda a tomar conciencia de que estamos vivos. Y, sobre todo, ensancha nuestro corazón agradecido. Lo que somos es el fruto de una lluvia de gracia. Que no deje de llover.

martes, 1 de septiembre de 2026

Atrévete a pensar


Comienzo el mes de septiembre con dos misas consecutivas. Tras el parón veraniego, reanudamos el servicio litúrgico a algunas comunidades religiosas vecinas. Subo a las oficinas de la editorial y saludo a mis compañeros. Los veo algo más morenos que de costumbre. Bromeo con ellos y ellas. Intercambiamos anécdotas durante el café. Casi todos han tenido unas vacaciones itinerantes y satisfactorias. Mientras todos estábamos de un sitio para otro, se han ido acumulando varios asuntos que conviene despachar cuanto antes. Nos llevará días alcanzar la velocidad laboral de crucero. 

Lo que importa es saber cuál es el sentido de nuestro trabajo y coordinar bien las tareas. Hemos aprendido mucho de la selección española de fútbol. El trabajo en equipo es más importante que las exhibiciones individuales. ¡Para algo tenía que servir una Copa del Mundo en pleno verano! Aunque el mes ha comenzado caluroso, no es comparable a los ardores de finales de julio. Al fin y al cabo, acabamos de empezar el otoño meteorológico. Los días son más cortos. Las noches se prolongan. Todo invita a ponerse en marcha.


Aunque mi mente está centrada en la reanudación del trabajo editorial, no me abstraigo de lo que está pasando en nuestro entorno. Ayer, caminando varios kilómetros con un amigo por el Anillo Verde de Madrid, nos dedicamos a destripar la realidad. Mi amigo tiene ideas más contundentes que las mías sobre lo que está pasando. Su tesis es de una claridad deslumbrante. Cree que hay una especie de estrategia mundial para desestabilizar a Europa, en cuanto continente marcado por la herencia cristiana. A las grandes potencias (Estados Unidos, China, Rusia, Israel y quizás India) no les interesa una Unión Europea fuerte. Pero tal vez no sea solo ni principalmente un asunto de las grandes potencias, sino de personajes manipuladores (como George Soros y Elon Musk), organizaciones como la masonería y corporaciones como Meta o Google que aspiran a controlar el mundo. Se trata de borrar la identidad cristiana de Europa para así superar con menos trabas la etapa humanista (representada por la Europa cristiana e ilustrada) y adentrarnos de lleno en el posthumanismo tecnológico. Superada la barrera religiosa y cultural, resulta más fácil el control global. 

¿Cómo hacerlo? ¡A través de un elaborado y sutil proceso de ingeniería social que mine los fundamentos de Europa! Para ello hay que financiar la difusión amable del relato de la multiculturalidad y las identidades múltiples, incentivar la baja natalidad empoderando a la mujer trabajadora, promover las legislaciones que garantizan el derecho al aborto y la eutanasia, difundir la ideología de género, denunciar la masculinidad tóxica, debilitar la familia tradicional y vender el discurso progresista de los múltiples modelos familiares, contribuir al debilitamiento de la democracia y de las instituciones europeas, apoyar a los nacionalismos disgregadores, facilitar en la sombra las “invasiones” de inmigrantes y, sobre todo, la progresiva y democrática islamización del continente. Los vientres islámicos acabarán con el viejo (en todos los sentidos de la palabra) continente. 

Los europeos, anestesiados por una mentalidad burguesa y buenista, estamos dejando que el proceso siga su curso mientras todavía gocemos de algunos de los beneficios del llamado “estado de bienestar” (sanidad universal cada vez más insostenible, pensiones al borde de la quiebra, ingreso mínimo vital, etc.). Una cervecita fresca y un viaje de fin de semana mitigan los problemas de fondo. No estamos ya para muchas batallas, ni militares ni culturales. Según mi amigo, hasta la Iglesia contribuye a este progresivo debilitamiento de la identidad europea cuando juega a ser una ONG reconocida más que una revolucionaria comunidad de fe.


Reconozco que la tesis, envuelta en un sudor pegajoso provocado por el calor de la tarde, era demasiado explicativa y atrayente como para no sentirse un poco encandilado por ella. De repente, empezaban a cobrar sentido muchos de los fenómenos que hoy vivimos y que, a primera vista, parecen inconexos. Mientras yo jugaba a hacer de abogado del diablo para forzar explicaciones más objetivas, mi amigo reforzaba sus argumentos con algunos datos que yo no estaba en condiciones de verificar y menos de refutar. Por temperamento y formación, me cuesta aceptar las explicaciones simplistas y mucho menos las conspiranoicas, pero reconozco que la tesis de mi amigo, defendida con verdadera pasión, pone sobre la mesa asuntos que solemos despachar sin analizarlos en profundidad para no ser tildados de retrógrados o simplemente de intolerantes. 

Hasta tal punto somos esclavos de modas, etiquetas y manipulaciones mediáticas, que nos resulta difícil pensar con objetividad. Y, sin embargo, quizás no hay nada más revolucionario que un verdadero pensamiento crítico. Por eso, reivindico el papel de la filosofía en los planes de estudio. Necesitamos desempolvar con urgencia el ¡Atrévete a pensar! (sapere aude) kantiano. Y quizás también una moral menos adormilada y más combativa.