
La visita pastoral de León XIV a Francia está moviendo a miles de personas en el país vecino, aunque en el nuestro la cobertura mediática es discreta. El paso del tiempo nos ayudará a comprender su verdadero alcance. De momento, el entusiasmo de la gente y la belleza de las celebraciones se convierten en indicadores de que algo se está moviendo en la laica Francia. Me sorprende la contundencia un tanto adolescente con la que muchos en ese país defienden la laicidad como religión secular. Pero este es un asunto que nos llevaría demasiado lejos.
Mientras escribo la entrada de hoy, sigo en la pantalla de mi ordenador la misa que el Papa está celebrando en Lourdes. En la explanada han construido una estructura con tres arcos de medio punto que parece un guiño arquitectónico al románico. El viernes, en la vigilia de oración celebrada en el estadio de Francia, el escenario estaba presidido por un inmenso vitral que aludía al gótico. Se ve que en Francia quieren valorar su rica tradición.

No sé cómo va a comentar el Papa las lecturas de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Yo lo hago a partir de una información que corrió por los medios hace unos días: según un reciente informe del CIS, el número de ateos en España supera ligeramente al de católicos “practicantes”. Siempre me ha llamado la atención el criterio demoscópico que se utiliza para medir la “práctica”. Se considera un católico “practicante” aquel que participa regularmente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Siendo este criterio importante, practicar el cristianismo implica, sobre todo, practicar lo esencial de la fe, que es el mandamiento del amor. Quien ama de verdad, quien se preocupa del prójimo, quien cuida a su familia, quien atiende al inmigrante o es honrado en su trabajo, está “practicando” el Evangelio de Jesús. En justicia, debería ser incluido en las estadísticas de los cristianos “practicantes”.
Conecto esta reflexión con la parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy. Hay personas (tipificadas por los fariseos y los hombres religiosos) que dicen con la boca sí a Dios, pero luego su vida transcurre por derroteros de orgullo y autosuficiencia. Hay otras personas (tipificadas por los publicanos y las prostitutas) que están en los márgenes de la Ley, que no frecuentan el templo, pero que, nos “llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué? Porque creen en las mediaciones que Dios pone en su vida.

No sé a qué grupo pertenecemos cada uno de nosotros. Es probable que a veces nos parezcamos a los fariseos (decimos sí con la boca, pero nuestro corazón no está en Dios) y otras a los publicanos y prostitutas (nuestra conducta no es ejemplar, pero nos fiamos de Dios y nos reconocemos pecadores). En realidad, nuestra verdadera vocación no es la de parecernos a unos u otros, sino -como se nos pide en la carta de Pablo a los Filipenses (segunda lectura)- la de tener los mismos sentimientos de Cristo. Todos estamos llamados a ser ese hijo que dice sí y luego hace la voluntad del Padre. El único que ha realizado a cabalidad esta vocación es Jesús, el Hijo por excelencia. Su vida ha sido un permanente Sí a la voluntad de Padre.
Estamos llamados a parecernos a Jesús. Tener sus mismos sentimientos significa vaciarnos de nosotros mismos, renunciar a nuestro orgullo, y ponernos al nivel de la gente humilde. Significa que concuerden las palabras de nuestra boca con las opciones de nuestro corazón. La autenticidad -no exenta de fragilidad- es la nota de todo verdadero cristiano. La hipocresía es la máscara de quien solo es cristiano de nombre, pero su corazón está muy lejos de Dios.

















