Roma

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martes, 16 de octubre de 2018

Quien ama no pasa

Cada día, a eso de las 6,50 de la mañana, después de haber rezado las laudes matutinas, celebramos la Eucaristía comunitaria. Hoy éramos 28 claretianos. Además de los miembros de la comunidad, siempre hay huéspedes y gente de paso. La presidencia es rotatoria. Cuando no me toca presidir, suelo encargarme de la música. Me siento al sencillo teclado que tenemos en un rincón, selecciono los cantos y pongo los números correspondientes en un tablero blanco, de modo que todos puedan buscarlos en el cancionero. A mi lado se sienta un diácono puertorriqueño, gran cantante y experto guitarrista. A veces, si los cantos son muy rítmicos, nos acompaña un claretiano congoleño que se ocupa de la percusión. A las 7 de la mañana, las voces no están en su mejor momento, pero todos los días dejamos que la música nos ayude a celebrar con más profundidad, aunque solo sea por aquello de san Agustín: “Qui cantat (bene) bis orat” (El que canta (bien), ora dos veces). Normalmente cantamos en italiano, pero a veces se cuela algún canto en latín, español o inglés. Al fin y al cabo, aunque estemos en Roma, se trata de una comunidad internacional y multilingüística.

Esta mañana me he detenido en el canto de la comunión. No sé bien por qué. Se trata de un canto que repetimos con cierta frecuencia. El estribillo dice así: “Passa questo mondo, / passano i secoli, / solo chi ama non passerà mai” (Pasa este mundo / pasan los siglos / solo el que ama non pasará jamás). En el desayuno, un compañero ugandés me decía que le sonaba demasiado “escatológico”. Es verdad. Nos habla de la contingencia de todo lo humano. Todo pasa. Solo el amor nos conecta con la única realidad que no pasa (Dios) porque Dios es amor. Quien ama, siempre está anticipando el final. Vive ya, siquiera fragmentariamente, la realidad definitiva. Estamos tan sobrecargados de malas noticias, de presagios negros, que uno puede perder la esperanza. Algunos nos dicen que los efectos del cambio climático serán irreversibles hacia 2030 o 2050; otros nos anuncian una inminente crisis económica parecida a la de 2008; se insinúan ciberataques que pueden poner en peligro los sistemas estratégicos; la Unión Europea está sometida a fuertes tensiones centrífugas; las corrientes migratorias crean situaciones inesperadas... Por si fuera poco, dentro de la Iglesia se multiplican los ataques al papa Francisco, se presiona con la crisis de los abusos sexuales y se difunden mensajes que no invitan a la confianza sino a la desafección. Es como si se hubiera puesto en marcha un vendaval diabólico que busca separar lo que parecía unido, crear división, tristeza y abatimiento.

Quizás por todo eso el canto de comunión de esta mañana me ha regalado una clave. Todo lo que nos parece desestabilizador acabará pasando. No hay régimen, dictadura, chantaje o amenaza que duren siempre. Incluso las realizaciones que parecen más sólidas se pueden desmoronar como un dominó en caída libre. Quien pone su confianza en alguna de estas realizaciones humanas está expuesto al fracaso. La única realidad que no sufre el deterioro del tiempo, que supera incluso la frontera de la muerte, es el amor. Quien ama vive la eternidad en esta tierra porque vive en Dios. Amar es la única inversión siempre rentable, no expuesta a los vaivenes de las contingencias humanas, a los caprichos de la moda o a las presiones de la opinión pública. Como canta san Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual: “ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio”. ¡Cuánto tiempo perdemos en cosas banales cuando hay una sola cosa importante que nos reclama! Ahora comprendo por qué las personas que aman de verdad parece que, viviendo con los pies en la tierra, viven más allá de este mundo, no están tan expuestas a los vaivenes de la noria del tiempo que nos marea.



lunes, 15 de octubre de 2018

De todos los colores

Es la primera vez que participo en una celebración desde una de las terrazas que dan a la plaza de san Pedro. Siempre prefiero estar abajo, a pie de plaza, rodeado de gente variopinta, sintiéndome pueblo. Ayer fue una excepción. Reconozco que se pierde calor popular, pero se gana perspectiva. La vista de la plaza desde la terraza es impresionante. La mañana era diáfana; en algunos momentos, el sol lucía con fuerza. Sobre la gran fachada de Maderno lucían los siete tapices de igual tamaño: el del centro representaba a Pablo VI (papa, italiano), cuyo Testamento todavía produce emoción; Oscar A.  Romero (arzobispo, salvadoreño) estaba a su derecha. Merece la pena recordar también a los cinco santos restantes: Francesco Spinelli (sacerdote, italiano), Vincenzo Romano (sacerdote, italiano), Maria Caterina Kasper (religiosa fundadora, alemana), Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús (religiosa fundadora, hispano-boliviana), Nunzio Sulprizio (joven laico, italiano). Siete es un número que indica perfección. En el grupo de los nuevos santos hay cinco varones y dos mujeres.

Todos son europeos, a excepción de monseñor Romero, conocido como san Romero de América, de quien he escrito en varias ocasiones en este blog. Para mí, san Óscar Romero representa a quienes quieren vivir un Evangelio que no tolera las injusticias y que, por tanto, no acepta como normal que unos pocos privilegiados se aprovechen de los bienes destinados a todos. Monseñor Romero no fue un comunista, como algunos lo tildaron para desprestigiarlo. Es más, creo que estaba en las antípodas de lo que este sistema implica. Se tomó en serio, de manera progresiva, el Evangelio de Jesús y la doctrina social de la Iglesia. La realidad sangrante de su pueblo salvadoreño le abrió los ojos. También él vivió en carne propia una segunda conversión. La lectura de su Diario, que él grababa en viejas cintas de casete, ofrece claves muy iluminadoras para comprender su evolución espiritual. Muchos ricos y una parte de la jerarquía de la Iglesia no soportaban su opción por los más pobres y los injustamente masacrados. Creían que daba alas a la guerrilla insurgente. El pueblo comprendió perfectamente de qué se trataba. Murió como Jesús: mártir del amor. Han pasado casi 40 años desde su asesinato. La Iglesia reconoce ahora su testimonio. La verdad siempre se abre camino.

Examinando el perfil de los siete nuevos santos, se observa una gran variedad, aunque todavía siguen dominando los clérigos o religiosos. En el grupo solo hay un laico, el joven italiano Nunzio Sulprizio. Las diócesis tendrían que esforzarse mucho más por promover las causas de canonización de aquellos laicos que, en condiciones muy variadas, han vivido el Evangelio con total entrega. Da la impresión de que solo los institutos religiosos pueden permitirse (incluso económicamente) acometer los largos procesos de investigación que supone incoar una causa y llevarla a término. También en este terreno hay muchas cosas que cambiar para que no haya santos de primera, segunda o tercera división, según los recursos disponibles para su promoción. Algunos santos lo son por “aclamación popular” antes de que la autoridad de la Iglesia dé su aprobación oficial. Por eso, para muchas personas las canonizaciones han perdido valor. Conviene recordar, no obstante, que una canonización no “hace” santo a nadie. Solo Dios nos santifica con su gracia. La Iglesia se limita a reconocer públicamente que una persona ha vivido a cabalidad el Evangelio y que, por tanto, puede ser propuesta como modelo de vida cristiana y como intercesora para todos nosotros.  Aquí es donde cabe hacer una propuesta más plural, que refleje mejor la riqueza y variedad del pueblo de Dios (en el que la mayoría de las personas son laicos) y que aliente el vigor de la vida cristiana laical. Todavía seguimos teniendo una idea “heroica” de la santidad que no siempre casa bien con el tipo de heroicidad sencilla que Jesús proponía a sus discípulos.

En cualquier caso, dentro de estas humanas limitaciones, la variedad de santos que la Iglesia nos propone es inmensa. Hay santos de todos los colores: desde un doctor (como santo Tomás de Aquino), hasta un campesino (como Isidro Labrador) o una ex-esclava (como santa Josefina Bakhita). Entre los santos canonizados hay políticos (como santo Tomás Moro), reyes (como san Fernando III de Castilla, san Luis IX de Francia o santa Isabel de Portugal), papas (como san Juan XXIII, san Pablo VI o san Juan Pablo II), misioneros (como san Francisco Javier, san Antonio María Claret o san Daniel Comboni), matrimonios (como san Luis Martin y santa María Celia Guérin, padres de santa Teresita de Lisieux), científicos (como san Alberto Magno), prisioneros (como san Maximiliano Kolbe) e infinidad de religiosos y religiosas, muchos de los cuales han sido fundadores. Se puede ser santo de muchas maneras. No hay un perfil único. La Iglesia no defiende santos “de piñón fijo”, como solemos hacer nosotros a partir de nuestras filias y fobias. Tan santo es el rey David I de Escocia como Madre Teresa de Calcuta o el padre Alberto Hurtado, jesuita chileno. Al proceder así, la Iglesia no hace sino seguir la práctica de Jesús que reúne en torno a sí a personajes tan dispares como Pedro de Betsaida, María de Magdala, Zaqueo de Jericó o María de Betania. La santidad tiene solo el color del amor reflejado en el caleidoscopio de la compleja vida humana.

Por cierto, hoy celebramos la fiesta de la gran Teresa de Jesús que, en un siglo tan convulso como el XVI, vivió con pasión su encuentro con Jesucristo y murió hija de la Iglesia. Aprovecho para felicitar de corazón a todos mis amigos y amigas de la gran familia carmelitana y a quienes llevan el nombre de Teresa.



domingo, 14 de octubre de 2018

¿Ricos o sabios?

Escribo la entrada de hoy minutos antes de salir hacia la plaza de san Pedro. Ha amanecido una soleada mañana de otoño. Imagino que Roma estará llena de peregrinos venidos de todo el mundo para participar en la ceremonia de canonización de siete beatos, entre los que se encuentran dos personas que han sido muy significativas en algunos momentos de mi vida: Pablo VI y monseñor Oscar Arnulfo Romero. En dos ocasiones he tenido la suerte de visitar la casita donde vivió Romero, la iglesia donde fue asesinado y la tumba donde yacen sus restos. No las puedo olvidar. En un día como hoy recuerdo de manera especial la relación que monseñor Romero mantuvo con los claretianos en diversos momentos de su vida. El 3 de mayo de 1979, por ejemplo, visitó la casa donde yo vivo ahora en Roma. 

Pablo VI también mantuvo una buena relación con nosotros, los misioneros claretianos. El P. Felipe Maroto, antes de ser superior general, fue profesor de Derecho Canónico de quien, años después, ocuparía la sede de Pedro. En la audiencia que Pablo VI concedió a los participantes en el Capítulo General de 1973, les dirigió unas hermosas palabras de reconocimiento y ánimo. Entresaco estas: “Amadísimos hijos: apreciad este vuestro patrimonio espiritual; no escatiméis desvelos en cuidar sus raíces, si de veras queréis ser un árbol siempre florido y joven, capaz de adaptarse al medio ambiente, a las exigencias cambiables de los tiempos para seguir dando frutos maduros a la Iglesia, como ha dado en el pasado y sigue dando en la actualidad, a través de sus hijos más preclaros”. Mañana contaré algo de la ceremonia de canonización.

Aunque este domingo viene coloreado por este acontecimiento, no olvido que la Iglesia universal celebra hoy el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ninguna de las tres lecturas tiene desperdicio. Me cuesta resumirlas en pocas palabras. Creo que Jesús nos invita a optar entre apegarnos a las riquezas (y entonces corremos el riesgo de perdernos) o pedir el don de la sabiduría (para disfrutar de la vida plena). El hombre que se arrodilla ante él (Marcos no dice su edad; solo Mateo indica que se trata de un joven) quiere saber lo que tiene que hacer para “heredar” (no dice “merecer”) la vida eterna. Jesús le recuerda los mandamientos que se refieren a los deberes con los seres humanos. Omite deliberadamente los tres primeros referidos a Dios. El hombre se presenta como un cumplidor: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. La frase no implica una observancia perfecta, pero sí una clara orientación de la existencia. Jesús le propone un salto para empezar a saborear una vida más plena: la renuncia a las posesiones (no solo a las riquezas) para experimentar que Dios es el tesoro de la vida y estar disponible para los demás. Al hombre le parece una propuesta excesiva. Está demasiado atado a otras realidades. Se va triste. Jesús aprovecha su historia para hacer ver que quien se ata a las realidades de este mundo como si fueran definitivas cava su propia tumba y que quien recibe el don de desprenderse ya ahora, anticipa a esta vida terrena la plenitud de la eterna.

Jesús no está proponiendo un ejercicio de ascetismo para ver quién es más desprendido. Habla del don de la sabiduría (“Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”) que –según lo que leemos en la primera lectura– “todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro” (Sab 7,8). Solo quien se deja seducir por esa Palabra de Dios que es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu” (Hb 4,12) puede adquirirla. Son palabras que, a primera vista, suenan muy alejadas de las preocupaciones ordinarias de nuestra vida. Sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice que son verdaderas, que por ahí va el auténtico camino. Uno puede humildemente pedir este don de la sabiduría, o –como el hombre del relato evangélico– permanecer atado a las propias seguridades y, por lo tanto, ser prisionero de la tristeza. La sabiduría es fuente de alegría; la codicia es causa de tristeza. Jesús no nos impone nada. Se limita a descorrer el velo (revelación) para que veamos con claridad lo que produce vida y lo que nos la quita. Nos corresponde a cada uno de nosotros tomar la decisión que nos salga de dentro. Los siete beatos que serán canonizados hoy no dudaron en fiarse de las palabras de Jesús. No lo tuvieron fácil, pero “para Dios no hay nada imposible”.

sábado, 13 de octubre de 2018

La historia interior

Hoy es un día de transición entre la jornada de ayer, cargada de acontecimientos, y la de mañana, pródiga también de celebraciones. Ayer celebramos la fiesta de la Virgen del Pilar (especialmente sentida en Zaragoza, Aragón y España entera), la fiesta nacional de España y –permítaseme aludir a ello– los 50 años de la independencia de Guinea Ecuatorial, un país que he visitado en varias ocasiones. No me olvido de que también ayer se realizó el vuelo comercial más largo del mundo entre Singapur y Nueva York, 16.700 kilómetros de un tirón. Mañana Roma se vestirá de fiesta para celebrar la canonización de Pablo VI, monseñor Óscar Arnulfo Romero y otros cinco beatos más, incluyendo el joven italiano de 19 años Nunzio Sulprizio. El papa Francisco ha querido que este último fuera canonizado coincidiendo con el Sínodo sobre los jóvenes para proponerlo como modelo de santidad a las nuevas generaciones. Yo continúo mi trabajo ordinario, sin apenas tiempo para teclear estas notas diarias. Tengo que pensármelo dos veces, porque cada vez resulta más arriesgado escribir un blog libre. Algunos pretenden que sea una especie de tesis sobre los diversos temas. Exigen un rigor académico inoportuno. Eso mataría la frescura y espontaneidad de un blog que no tiene más pretensiones que tomar el pulso –nunca sentar cátedra– a lo que nos va sucediendo cada día para tratar de iluminarlo desde el Evangelio.

Mientras suceden estas y otras muchas cosas de las que dan cuenta los medios de comunicación, en cada uno de nosotros se va produciendo una intrahistoria que no se puede contar. El soldado que participa en el desfile de las Fuerzas Armadas por el paseo de la Castellana de Madrid es el mismo que está preocupado porque tiene a una hija internada en el hospital o está a punto de separarse de su esposa. Algunos de los jóvenes que vibran en el encuentro con el Papa en la sala Pablo VI del Vaticano son los mismos que están ansiosos porque no acaban de encontrar trabajo tras concluir sus carreras. Sí, baten palmas cuando hace su aparición el Papa, pero saben que todo será una experiencia efímera, que, al regreso a sus respectivos lugares de origen, la vida continuará con la misma incertidumbre que antes. Muchos de los que depositan flores ante el monumento de la Virgen del Pilar en Zaragoza, en la soledad de su conciencia se preguntan si tienen verdadera devoción o todo es un montaje tradicional que se ajusta a la costumbre y a las expectativas de la gente. Entre la historia oficial que los periódicos describen y la intrahistoria que cada uno vivimos hay, con frecuencia, una brecha infranqueable. A la postre, lo que cuenta es lo que nos hace vibrar, sufrir y esperar a cada uno de nosotros. No nos importa tanto hablar de lo que sucede fuera cuanto de lo que sentimos dentro.

Entre los jóvenes corre un dicho que ilustra esta contradicción. Cuando alguien te pregunta cómo estás, se podría responder: “Bien, ¿o te lo cuento?”. La primera parte de la respuesta (el “bien”) es la contestación que todo el mundo espera porque es la dictada por la cortesía. La segunda parte (la pregunta “¿o te lo cuento?”) abre la puerta a una respuesta menos convencional y más ajustada a la realidad de cada uno. Las cosas no siempre van bien. Los problemas personales, familiares y sociales se agazapan tras una sonrisa cortés o un apretón de manos. Lo que sucede es que a menudo preferimos no superar el nivel de la cortesía para no tener que adentrarnos en el terreno pantanoso de los problemas propios y ajenos. Si “todo va bien” nos evitamos asumir compromisos. Si “las cosas no van bien” nos complicamos la vida. ¿Cómo reacciona uno cuando alguien le dice que no todo va bien en su vida: que ha perdido el trabajo, que tiene problemas con su pareja, que le han diagnosticado un cáncer o una depresión, que está harto de la situación política o que está a punto de tirar la toalla? Toda revelación de la intimidad nos compromete. Cuando alguien nos abre la puerta de su corazón no podemos permanecer indiferentes. La intrahistoria es, a la postre, más verdadera y desafiante que la historia oficial. No siempre estamos preparados para asumirla. Preferimos la crónica televisiva de un acontecimiento lejano antes que la historia de un corazón roto a medio metro de nosotros.


viernes, 12 de octubre de 2018

Y tú más

No me gustan los lugares en los que no se puede expresar la propia opinión. Sé de lo que hablo porque en algún país he sido interrogado por el simple hecho de llevar una pequeña impresora en mi maleta. En otros no he podido acceder libremente a Internet y, por tanto, no me ha sido posible enviar correos electrónicos o colgar las entradas diarias de este blog. Estas cosas siguen sucediendo en el siglo XXI. Por eso valoro tanto los países en los cuales es posible expresar las propias ideas sin ser juzgado o detenido por ello. Sin opinión púbica no hay democracia. Entre las varias condiciones necesarias para ejercerla, una de ellas es la libertad de expresión. Hoy se considera un derecho inalienable, aunque no absoluto. Según el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, propiciado por la ONU, el ejercicio de estos derechos conlleva “deberes y responsabilidades especiales” y “por lo tanto, estar sujeto a ciertas restricciones” cuando sea necesario “para respetar los derechos o la reputación de otros” o “para la protección de la seguridad nacional o del orden público o de la salud o la moral públicas”. Abundan los casos actuales en los cuales no sabemos dónde están los límites. Algunos saltan a los medios de comunicación por su impacto social o porque han sido objeto de sentencias judiciales; la mayoría quedan restringidos al ámbito en el que se producen.

Siempre ha existido opinión pública, incluso en lugares y tiempos en los que ha sido perseguida. Por opinión pública se suele entender la valoración realizada o expresada por una comunidad social, más o menos numerosa, acerca de un asunto que afecta a la mayoría. A las medios tradicionales de expresarla (manifestaciones callejeras, difusión de libros y periódicos, etc.), se unen hoy las poderosas redes sociales. En pocos minutos un asunto puede convertirse en trendic topic. Cualquiera de nosotros puede ser un public opinion maker o un influencer, por utilizar dos expresiones inglesas referidas a quienes tienen la capacidad de influir en los demás y crear opinión. Cualquiera puede abrir una cuenta en las redes sociales o dejar sus mensajes, más o menos tóxicos, en los millones de foros abiertos sobre cualquier cuestión. Aquí es donde saltan las alarmas. Hoy, protegidos por el relativo anonimato de la red, se puede decir cualquier cosa y se puede insultar o difamar sin límites. Basta acercarse a la sección de comentarios que muchos periódicos abren al final de los artículos de opinión. Cuesta encontrar intervenciones sensatas que se atengan al tema del artículo y que expresen con suficiente conocimiento de causa y corrección el propio punto de vista. La mayoría son exabruptos, desahogos, ataques personales e intervenciones que no tienen nada que ver con el asunto tratado en el artículo. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, muchos foreros se lanzan a despotricar contra todo bicho viviente. El “y tú más” parece ser la única norma vigente en estas batallas digitales.

¿Por qué Internet se ha convertido en una inmensa cloaca por la que navegan las peores cosas de la humanidad? ¿Por qué necesitamos refugiarnos en el anonimato para decir lo que pensamos sobre un asunto? Una vez más se comprueba que todo adelanto técnico tiene siempre dos caras: la del progreso y la del retroceso. Internet es un espacio maravilloso en el que se puede acceder a un sinfín de información y es también un estercolero que pone al alcance de un click lo más abyecto de la especie humana. Quienes navegamos por sus aguas con más o menos asiduidad y fortuna tenemos que ser conscientes de esta ambigüedad, tomar algunas precauciones, practicar un periódico ayuno digital y, en cualquier caso, relativizar con sentido del humor lo que Internet nos proporciona. Personalmente, no tengo problemas en encajar las críticas, pero me duelen los insultos y no tolero las calumnias. En los últimos meses abundan mucho con respecto al papa Francisco. La red aguanta todo. Es un verdadero espejo para saber cómo somos. Dime lo que escribes y te diré quién eres, qué buscas, qué escondes, qué te duele. Necesitaremos años para adiestrarnos a navegar por este mar proceloso con algunas normas mínimas de respeto y humanidad.

jueves, 11 de octubre de 2018

Alegres en la tribulación

No sé cuántas veces he visitado Asís a lo largo de mi vida, pero creo que más de una docena. Ayer lo hice de nuevo. Como estaba previsto, la mañana transcurrió en el Eremo delle Carceri. Fueron tres horas de contemplación, celebración y silencio. Me sorprendió el número de peregrinos alemanes y franceses que paseaban por el hermoso recinto, respirando el aire purísimo del bosque de robles y rezando en el santuario. Por la tarde, después de visitar y orar en la basílica de san Francisco y en la de santa Clara, me detuve un rato en la iglesia de san Damiano, un recinto al que le tengo un especial cariño. Fue aquí donde Francisco de Asís compuso un poco antes de su muerte, acaecida en 1226, el famoso Cántico de las Criaturas. Me llama la atención que un cántico tan optimista como éste fuera hecho cuando Francisco estaba casi ciego y muy enfermo. Su alegría y su comunión con toda la creación no fueron, pues, el fruto de una vida lisonjera, sino la experiencia de encontrar a Dios en todo, incluso en los momentos en los que parecía que había desaparecido de su horizonte.


Francisco, en medio de la prueba, se siente en comunión con todo y con todos. Es capaz de llamar hermano al sol y al fuego y hermana a la luna, al agua, a la tierra e incluso a la muerte misma. Hay muchas versiones musicales. Una de las más difundidas en Italia, es Dolce è sentire, tomada de la famosa película de Franco Zefirelli Brother Sun, Sister Moon. Esta fraternidad universal cantada por Francisco no surge en un momento de gran consolación espiritual, sino en una noche en la que la enfermedad y la preocupación por el futuro de la Orden hacían mella en su cuerpo y en su alma. Creo que a nosotros, hombres y mujeres de hoy, se nos hace cuesta arriba entender estas cosas. Relacionamos tanto la alegría con el placer que nos parece que uno no puede estar alegre cuando experimenta sufrimiento y dolor. Y mucho menos cuando le llega la hora de la muerte. Francisco dio muestras de lo contrario. Las palabras más hermosas sobre la alegría de la vida le brotaron en uno de los momentos más duros de su existencia. Conocer el trasfondo de su canción nos ayuda a comprender mejor su verdadero significado. Nosotros aceptamos de buen grado la letra (porque resulta moderna y ecológica), pero nos resistimos a comprender su verdadero espíritu pascual. La versión castellana del Cántico de las Criaturas que la Liturgia de las Horas nos ofrece es la siguiente:

Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.

Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticia de su autor.

Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó,
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!

Y por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado mi Señor!

Y por la hermana tierra, que es toda bendición,
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!

Y por los que perdonan y aguantan por tu amor
los males corporales y la tribulación:
¡felices los que sufren en paz con el dolor,
porque les llega el tiempo de la consolación!

Y por la hermana muerte: ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa a su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

¡No probarán la muerte de la condenación!
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén.

Me resulta fácil sintonizar con estas hermosas palabras. Incluso les puse música hace muchos años. Lo que me cuesta es pronunciarlas cuando las cosas no salen como yo esperaba, cuando la vida se torna difícil y, sobre todo, cuando la incomprensión llama a las puertas. Francisco de Asís no ha pasado a la historia como un gran poeta, sino como un enamorado de Jesucristo que supo expresar poéticamente este amor cuando le llegó la hora de sufrir en sus propias carnes la pasión, la enfermedad, la depresión y la muerte. Estar alegre cuando las cosas van bien no supone ningún mérito, pero vivir la alegría en medio de las pruebas y contradicciones de la vida solo es posible cuando recibimos este don del Espíritu Santo. 

En la “definición del misionero” compuesta por san Antonio María Claret, el santo catalán dice que el verdadero hijo del Inmaculado Corazón de María “se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo”. Esta extraña combinación de sustantivos negativos (privaciones, trabajos, sacrificios, calumnias, tormentos, dolores y cruz) y verbos positivos (gozar, abordar, abrazar, complacerse, alegrarse y gloriarse) siempre me ha desconcertado. ¿Cómo se puede uno alegrar en los tormentos y dolores que sufre? Después de conocer la historia del Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís, empiezo a entenderlo un poco.




miércoles, 10 de octubre de 2018

Encontrar la clave

Son las seis de la mañana. Aquí, en la Villa Santa Tecla, reina un silencio absoluto. Parece que el tiempo discurre de otra manera. A esta misma hora en Roma bulle el tráfico. Aquí nada se mueve. No se vive igual en el silencio del campo que contaminados por el ruido de las ciudades. El ruido nos carga de tensión, aunque a menudo no nos demos cuenta de ello. El silencio aquieta nuestro mundo interior. Quizá la mejor fórmula para vivir tensos y aquietados sea una sabia, y no siempre posible, combinación de ambos. La ciudad nos abre al mundo variopinto de las creaciones humanas, nos hace ver que somos historia. El campo nos recuerda que somos naturaleza. Ambas vías pueden conducirnos a la experiencia de Dios. El filósofo vasco Xavier Zubiri recopiló algunos de sus primeros ensayos en la obra Naturaleza, Historia, Dios  (1944). Pertenece a esa categoría de libros que ya no se leen, pero que nos ayudan a pensar las cosas “de otra manera”, que nos ayudan a relacionar lo que nosotros solemos descoyuntar.

Durante estos días estoy reunido en este silencioso lugar con mis compañeros del gobierno general. Cada medio año tenemos una convivencia de cuatro días para compartir cómo estamos y preparar juntos la agenda de los consejos intensivos. Se amontonan muchos asuntos sobre la mesa. Antes de abordarlos uno a uno, como si fueran notas en el pentagrama de nuestra vida misionera, es necesario colocar la clave. De lo contrario, podemos despacharlos sin percibir su alcance y su significado. Huimos del ruido y nos venimos al silencio. Es la única manera de encontrar la clave. Dentro de unas horas tendremos un tiempo de retiro en el Eremo delle Carceri, un precioso lugar donado por los benedictinos a san Francisco de Asís para que pudiera “encarcelarse”; es decir, retirarse a orar y hacer penitencia para no perder la clave de su vida. Mañana tendré oportunidad de contar algo de la experiencia. Todas las veces que lo he visitado he sentido muy de cerca la comunión con la naturaleza, con la historia y con Dios. Es uno de esos lugares sacramentales que, si es posible, conviene visitar alguna vez. A mí me habla más que un museo o una discoteca.

Encontrar la clave de nuestro pentagrama personal: este es un desafío que todos tenemos en las diversas etapas de nuestra vida. Nuestro pentagrama está salpicado de notas. Cada una de ellas representa las diversas experiencias que vamos acumulando: encuentros con personas, trabajos, viajes, enfermedades, fracasos, alegrías, incomprensiones, éxitos… A menudo no sabemos qué sentido tiene todo, cómo suena la melodía de nuestra vida, porque nos falta la clave al comienzo del pentagrama. No “suena” igual una enfermedad desde la clave de la fe en Cristo muerto y resucitado que desde la clave del mero azar, el resentimiento o el absurdo. La mayoría de nosotros vivimos experiencias muy parecidas. Lo que cambia el color de nuestra vida es la clave que cada uno ponemos. La misma experiencia que para uno es causa de sinsentido puede ser, para otro, un paso en su configuración con Cristo. Sin silencio es muy difícil encontrar la clave y percibir el verdadero sonido de las notas. Por eso, es tan necesario alejarse de vez en cuando del “mundanal ruido” para re-escribir la partitura de nuestra vida. El ruido nos aturde y nos va asemejando a las máquinas. El silencio nos ayuda a recobrar nuestra humanidad.