domingo, 4 de octubre de 2026

Parábolas picantes


Hoy se celebra el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, el santo más admirado y menos imitado. Pero, como la fiesta coincide con el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario pasa a un segundo plano, excepto para la ciudad de Asís y la inmensa familia franciscana. O quizá no. El Evangelio de hoy es “franciscano” de principio a fin. Es la conocida parábola del propietario de una viña que la arrienda a unos trabajadores esperando recibir el fruto a su tiempo. Pero no solamente no recibe nada, sino que sus enviados son asesinados e incluso su hijo corre la misma suerte: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Es obvio que cuando se escribe el Evangelio de Mateo a finales del siglo I se está pensando en los judíos que han rechazado el mensaje de Jesús y en los paganos que lo han acogido con alegría. La conclusión de la parábola es terminante: “Os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Estas palabras de Jesús se actualizan en cada momento histórico y en cada contexto social y eclesial. No es difícil aplicarlas a la situación que hoy vivimos. Me invento algunas versiones para andar por casa. 


Jesús podría decir hoy algo parecido a esto: “Habéis nacido en el seno de familias de tradición católica. Habéis asistido a colegios privados o concertados de inspiración cristiana. Habéis hecho la primera comunión y habéis recibido la confirmación. Pero pronto os habéis cansado de ser mis seguidores, seducidos por un estilo de vida que antepone el placer al sacrificio, el lucro a la solidaridad y el poder al servicio. Os habéis alejado de la comunidad de la Iglesia porque ya no os dice nada. Abrazáis todas las causas que están de moda porque mi Evangelio os parece rancio y mi comunidad obsoleta. 

Dado que habéis rechazado con más o menos decisión el tesoro de la fe, se lo concederé a hombres y mujeres que provienen de familias secularizadas, que han estudiado en colegios públicos y no han tenido la oportunidad de hacer el Camino de Santiago o participar en una JMJ. Ellos me descubrirán como Camino, Verdad y Vida, se sentirán atraídos por la fuerza de mi Evangelio, pedirán el bautismo de adultos, se sentirán miembros activos de la Iglesia y procurarán vivir su compromiso cristiano en todos los ámbitos”.


Por si esta versión resultase demasiado intimista, admite otra más social y cultural: “Dado que la mayoría de los países de larga tradición cristiana (sobre todo, los europeos) os sentís muy adultos y os habéis emancipado de la tutela de la Iglesia, habéis sustituido los valores del Evangelio por vuestra moral autónoma y habéis desertado de la vida sacramental, me mostraré con fuerza a muchos hombres y mujeres de África, América y Asia. Ellos acogerán con humildad el don de la fe y producirán frutos de renovación, incluso en el seno de vuestras sociedades secularizadas”. 

Lo normal es que, ante estas versiones un tanto heterodoxas, reaccionemos con desdén o con enojo. En ese caso, la parábola nos habrá tocado por dentro y habrá alcanzado su objetivo. Jesús no cuenta parábolas para entretener o instruir, sino para remover el corazón y llamar a la conversión. Francisco de Asís entendió esto tan a la letra que incluso hoy su vida nos resulta exageradamente provocativa. En el mejor de los casos, la admiramos, pero sin sentirnos interpelados por ella; en el peor, la consideramos excéntrica y fuera de nuestro alcance. Así nos quedamos con la conciencia tranquila. 


sábado, 3 de octubre de 2026

Retiro de fin de semana


Si miro el tiempo meteorológico, me sereno, aunque las lluvias están haciendo estragos en el sureste y Cataluña. Pero si miro el tiempo social, me sulfuro. Las lluvias de este fin de semana acercan el otoño. Lo he comprobado esta mañana paseando por el entorno de la plaza de España y viendo el color rojizo de las hojas de los liquidámbares. Todo me transmitía belleza y serenidad. A esa hora había poca gente. Solo los madrugadores que paseaban a sus perros o los corredores que trotaban como desesperados aprovechando el frescor de la mañana. Estuve a punto de acercarme a la Puerta del Sol, como hice el pasado sábado, pero no quise. Las cosas se han puesto feas. No sintonizo ni con el fondo ni con las formas de esa acampada que algunos han querido presentar nada menos que como símbolo del Reino de Dios, pero que a mí me parece, en buena medida, una performance distractiva. 

Quizá hemos confundido la visibilidad con la eficacia. Una tienda de campaña atrae cámaras; una pancarta contundente, y a veces ingeniosa, obtiene miles de reacciones; una consigna simplifica el conflicto y mueve a las personas. Sin embargo, transformar la realidad requiere algo menos vistoso y más paciente: propuestas viables, negociación, perseverancia, capacidad de convencer y voluntad de aceptar que ninguna solución seria cabe entera en un eslogan. Protestar es legítimo. Convertir la protesta en un fin en sí mismo resulta estéril.


Hay razones justas detrás de la protesta.
El acceso a una vivienda digna se ha vuelto casi imposible para muchos jóvenes y para no pocas familias. Los alquileres absorben una parte desproporcionada de los salarios, la inseguridad se prolonga y algunos desahucios producen una comprensible indignación. Una sociedad que condena a sus miembros a vivir siempre de prestado, sin horizonte de estabilidad, debería preguntarse qué está haciendo mal. 
Pero reconocer la justicia de una causa no obliga a justificar cualquier método. 
Ocupar durante días uno de los espacios más transitados de Madrid, dificultar el paso, alterar la vida de comerciantes y vecinos o convertir la plaza común en territorio de una sola voz no fortalece necesariamente la reivindicación. A veces la debilita. Cuando una protesta exige ser escuchada, pero deja de escuchar a quienes soportan sus consecuencias, corre el riesgo de reproducir aquello mismo que denuncia: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

Admiro a las personas de buena voluntad que buscan soluciones justas y rápidas al problema de la vivienda. Quizás haya algunas en el campamento de Sol. Merecen mi respeto y solidaridad. Pero recelo de quienes “secuestran y ensucian la calle” para exigir una vía comunista, éticamente injusta y técnicamente irrealizable. No sé si en alguna etapa de mi vida sentí simpatía por estos movimientos sociales capitaneados por burgueses que pueden vivir sin trabajar y que, megáfono en mano, dicen hablar en nombre de los obreros y los pobres, aunque se muevan en otros círculos. Pero, desde luego, ahora no. Me parecen una burda manipulación sostenida por algunos partidos de izquierda que necesitan siempre buscar o inventar confrontaciones (la lucha de clases es su dinámica social) y aireada por medios de comunicación que se mueven con lógica capitalista, pero a los que les gusta jugar con informaciones rompedoras para dar una imagen “progresista” y provocativa.


Sí, el tiempo social está que arde, a pesar de las lluvias otoñales. No sé qué decidirá el presidente del gobierno después de un nuevo retiro de fin de semana. Aunque la convocatoria de elecciones sería lo más higiénico desde el punto de vista democrático, me temo que encontrará argumentos (sería mejor decir triquiñuelas) para agotar la legislatura y, de paso, agotar la paciencia de muchos ciudadanos. No de todos, porque, por extraño que parezca, todavía hay una ancha base social que apoya esta deriva con argumentos tan especiosos como que el presidente representa un dique contra la ultraderecha y el fascismo y que, con su gallarda figura, nos sitúa en “el lado correcto de la historia” (expresión cursi que se ha puesto de moda en los últimos años entre políticos y comunicadores de izquierda). 

En un blog como este no debería exponerme tanto, pero las cosas han llegado a tal punto de degradación democrática que no me parece correcto parapetarme en una imposible neutralidad. Sé que la estrategia del gobierno pasa por utilizar el problema de la vivienda (no resuelto por él en ocho largos años de mandato) como un salvavidas de última hora antes del naufragio, lo cual demuestra -una vez más- hasta qué punto se pueden retorcer las cosas para mantenerse en el poder. El llamado “maricarmenismo” es la penúltima mutación de un gen que, en vez de resolver problemas, tiene una rara habilidad para crearlos, amplificarlos y luego vender soluciones falsas. El gobierno es pirómano y bombero al mismo tiempo, sin que muchos ciudadanos perciban la más mínima contradicción. Todo sea en aras del progresismo que nos coloca “en el lado correcto de la historia” (conviene repetir a menudo este estribillo para que cale hondo).


La estrategia para neutralizar las voces críticas es etiquetarlas como reaccionarias, “fascistas” (me sorprende la querencia por este viejo adjetivo) y, por supuesto, de “ultraderecha”. Si uno considera que el caso Maricarmen ha sido una manipulación de manual de primero de comunismo, entonces significa que no reconoce el derecho a la vivienda y que está haciendo el juego a los fondos buitre y a las empresas especuladoras. El diputado Rufián es un experto en teatralizar estas cuestiones reduciendo la complejidad a binarios impactantes. Mucha gente pica... y vota.

Lo que de verdad me extraña es que tanta gente competente y honrada como hay en España no levante su voz con energía y contribuya a buscar soluciones auténticas. ¿Por qué dejamos el debate público en manos de charlatanes manipuladores? Comprendo que cada vez haya más personas hartas y entristecidas. Este estado de ánimo pesimista es un peligroso caldo de cultivo de propuestas extravagantes. La historia nos demuestra que, cuando se acumula la frustración social (provocada por líderes incompetentes, irresponsables y mentirosos), la tentación de buscar soluciones “mágicas” en regímenes autoritarios gana adeptos. Sería pasar de Guatemala a Guatepeor. Antes de caer en esa fosa, se requiere una fuerte reacción ciudadana que reivindique los fundamentos de una verdadera democracia. Por eso, unas elecciones limpias (lo que ahora no es tan evidente como hace años) es el primer paso en la justa dirección. ¡Veremos en qué acaba el retiro de fin de semana! Mientras, disfrutemos del otoño que pone fin a un verano tórrido.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Los sentimientos del Hijo


La visita pastoral de León XIV a Francia está moviendo a miles de personas en el país vecino, aunque en el nuestro la cobertura mediática es discreta. El paso del tiempo nos ayudará a comprender su verdadero alcance. De momento, el entusiasmo de la gente y la belleza de las celebraciones se convierten en indicadores de que algo se está moviendo en la laica Francia. Me sorprende la contundencia un tanto adolescente con la que muchos en ese país defienden la laicidad como religión secular. Pero este es un asunto que nos llevaría demasiado lejos. 

Mientras escribo la entrada de hoy, sigo en la pantalla de mi ordenador la misa que el Papa está celebrando en Lourdes. En la explanada han construido una estructura con tres arcos de medio punto que parece un guiño arquitectónico al románico. El viernes, en la vigilia de oración celebrada en el estadio de Francia, el escenario estaba presidido por un inmenso vitral que aludía al gótico. Se ve que en Francia quieren valorar su rica tradición.


No sé cómo va a comentar el Papa las lecturas de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Yo lo hago a partir de una información que corrió por los medios hace unos días: según un reciente informe del CIS, el número de ateos en España supera ligeramente al de católicos “practicantes”. Siempre me ha llamado la atención el criterio demoscópico que se utiliza para medir la “práctica”. Se considera un católico “practicante” aquel que participa regularmente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Siendo este criterio importante, practicar el cristianismo implica, sobre todo, practicar lo esencial de la fe, que es el mandamiento del amor. Quien ama de verdad, quien se preocupa del prójimo, quien cuida a su familia, quien atiende al inmigrante o es honrado en su trabajo, está “practicando” el Evangelio de Jesús. En justicia, debería ser incluido en las estadísticas de los cristianos “practicantes”. 

Conecto esta reflexión con la parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy. Hay personas (tipificadas por los fariseos y los hombres religiosos) que dicen con la boca sí a Dios, pero luego su vida transcurre por derroteros de orgullo y autosuficiencia. Hay otras personas (tipificadas por los publicanos y las prostitutas) que están en los márgenes de la Ley, que no frecuentan el templo, pero que, nos “llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué? Porque creen en las mediaciones que Dios pone en su vida.


No sé a qué grupo pertenecemos cada uno de nosotros. Es probable que a veces nos parezcamos a los fariseos (decimos sí con la boca, pero nuestro corazón no está en Dios) y otras a los publicanos y prostitutas (nuestra conducta no es ejemplar, pero nos fiamos de Dios y nos reconocemos pecadores). En realidad, nuestra verdadera vocación no es la de parecernos a unos u otros, sino -como se nos pide en la carta de Pablo a los Filipenses (segunda lectura)- la de tener los mismos sentimientos de Cristo. Todos estamos llamados a ser ese hijo que dice sí y luego hace la voluntad del Padre. El único que ha realizado a cabalidad esta vocación es Jesús, el Hijo por excelencia. Su vida ha sido un permanente Sí a la voluntad de Padre. 

Estamos llamados a parecernos a Jesús. Tener sus mismos sentimientos significa vaciarnos de nosotros mismos, renunciar a nuestro orgullo, y ponernos al nivel de la gente humilde. Significa que concuerden las palabras de nuestra boca con las opciones de nuestro corazón. La autenticidad -no exenta de fragilidad- es la nota de todo verdadero cristiano. La hipocresía es la máscara de quien solo es cristiano de nombre, pero su corazón está muy lejos de Dios.



viernes, 25 de septiembre de 2026

Recordar para cambiar


El papa León XIV ya ha llegado a Francia para un viaje de cuatro días. El programa es intenso y variado. La Iglesia francesa vive un momento de renacer espiritual en un contexto larga y fuertemente secularizado. Hay algún paralelismo con lo que vivimos en España, pero también notables diferencias. Me parece que en Francia la cuestión religiosa forma parte del debate intelectual con más hondura y asiduidad que en España. Aquí vivimos un trasfondo de religiosidad popular más extenso y profundo que en Francia. Son afirmaciones demasiado generales, pero ayudan a entender algunos fenómenos propios de cada país. En ambos está creciendo el número de jóvenes y adultos que piden el bautismo. 

La mayoría procede de contextos familiares muy secularizados. Los expertos dicen que buscan en la fe la seguridad que necesitan en un momento histórico de gran incertidumbre. Es difícil sacar el denominador común de historias únicas. Lo que más me llama la atención es que, por más que Europa lleva siglos queriendo pasar página, la pregunta religiosa sigue presente. Por más que la Iglesia salta a los medios de comunicación por casos de corrupción y abusos, Jesús y su Evangelio siguen atrayendo a muchos. ¡Ni siquiera la IA conseguirá apagar la sed de trascendencia!


Voy a seguir de cerca el viaje del Papa a Francia. Espero que sea un revulsivo para la Iglesia francesa, como espero que también lo sea el viaje que hizo a España. Tras el paréntesis del verano, necesitamos volver sobre los mensajes que el Papa nos dejó el pasado mes de junio. En la revista Vida Religiosa dedicamos una buena parte del número de julio a recoger los acentos que más afectaban a la vida consagrada. Espero que hagan lo mismo las diócesis y las parroquias a lo largo del curso pastoral que estamos comenzando. La visita del Papa no se reduce al momento celebrativo. Implica un compromiso sostenido en el tiempo. 

Es verdad que tenemos la impresión de estar saturados de retos, exhortaciones y programas. Es verdad que la rutina de la vida acaba erosionando casi todo. Es verdad que vivimos tan aceleradamente que lo sucedido hace tres meses nos parece casi del siglo pasado. Pero también es verdad que necesitamos volver sobre lo vivido, separar lo urgente de lo importante, atesorar lo que consideremos llamadas de Dios y hacer un esfuerzo por responderlas con generosidad. La vida no es una colección de instantes inconexos, sino un proyecto que tiene metas y etapas. La Iglesia española necesita escuchar otras voces para no enredarse en la madeja de sus asuntos internos. Como se repitió hasta la saciedad durante la visita del Papa, necesita “alzar la mirada”.


En los últimos días, además de la crisis de Ceuta, ha saltado a la prensa el caso de Maricarmen, la anciana de 87 años que fue desahuciada de la vivienda que tenía en alquiler. Varios medios señalan que esta historia marca un punto de inflexión. Es obvio que a ninguna persona de buena voluntad le gusta ver a una anciana saliendo a la fuerza en camilla de la casa en la que vive. Es obvio que tenemos un gran problema social en relación con la vivienda, los alquileres, las operaciones de los fondos buitre, los desahucios, etc. 
Pero es igualmente obvio que en este caso no se cuenta toda la verdad para poder usarlo como símbolo y arma arrojadiza. 

Esto no es justo ni prudente. No podemos utilizar a las personas como carne de cañón para combatir nuestras batallas ideológicas. Abusar de las “historias sensibles” y convertirlas en carnaza mediática es una forma de chantaje afectivo que impide un discernimiento sereno. Quizás la pregunta más de fondo siga sin respuesta: ¿Es la vivienda, ante todo, un “bien social” al que todos tenemos derecho o es un “objeto de mercado” sujeto solo a la ley de la oferta y la demanda? Sin responder honradamente a esta pregunta, será difícil poner en práctica políticas justas y eficaces. Como sucede en otros asuntos, ni el intervencionismo estatal ni la mera libertad del mercado pueden resolver por sí solos un problema que tiene muchas aristas y que tendría que abordarse desde un gran consenso social.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Horchata con fartons


Pasé el día de ayer en el monasterio del Santo Espíritu del Monte en Gilet, un pueblo de unos 4.000 habitantes en la provincia de Valencia. El monasterio saltó a los periódicos en noviembre de 2024 cuando un perturbado mató a uno de los frailes e hirió a otros. Viajé a ese lugar, encaramado en la montaña, para animar el encuentro de los responsables de la formación permanente de la Conferencia Euromediterránea de la Orden de los Frailes Menores. Era un grupo de diez franciscanos provenientes de Italia, España y Portugal. Durante todo el día trabajamos sobre “La sfida della comunicazione oggi” (El desafío de la comunicación hoy). 

Más allá de mis aportaciones, todo el día fue un hermoso ejercicio práctico de comunicación. Me sorprendió el interés mostrado por todos y su participación libre y atinada. Rematamos la jornada saboreando una deliciosa horchata con fartons. Para los lectores no españoles, esta es la merienda tradicional de la Comunidad Valenciana, que combina una bebida fría de chufa con un bollo alargado y esponjoso que se moja en ella.


La alegría es siempre fruto de la comunión. Pero es bueno saber que no hay comunión sin comunicación. Y no podemos comunicar de verdad cuando no experimentamos lo esencial de la vida. Este circuito se inspira en el prólogo de la primera carta de Juan (1,1-4). Ilumina con extrema claridad el camino que nos conduce a ser personas y comunidades alegres (y, por lo tanto, creíbles). Explica también cuál es la razón última de la tristeza que a veces nos congela el alma. Esta tristeza es la manifestación visible de la falta de comunión. Se puede dar en los matrimonios, en las familias, en las comunidades religiosas, en las relaciones de amistad y en cualquier otra forma de relación. Cuando vivimos juntos (a veces incluso bajo el mismo techo), pero no estamos en comunión, es normal que nos sintamos tristes y desmotivados. 

Entre los diversos factores que conducen a la falta de comunión, uno de los más comunes e influyentes es la ausencia de verdadera comunicación. O la reducción de esta a sus niveles más funcionales, evitando toda implicación personal. De ahí, el desafío que supone aprender a comunicarnos. Además de algunos aprendizajes prácticos que tienen que ver con los distintos registros, niveles y técnicas de comunicación, lo esencial son las actitudes que la preparan.


Hay tres actitudes que considero esenciales: la autenticidad personal, la aceptación incondicional de los otros y la empatía. La primera nos lleva a manifestarnos tal como somos, sin refugiarnos en el rol social que desempeñamos o en el “personaje” que a veces nos inventamos en este teatro del mundo. Lo contrario a la autenticidad es la hipocresía, el fingimiento, la doblez. La segunda tiene que ver con el respeto a la dignidad del otro. Toda persona es humanamente digna, aunque no sea siempre éticamente irreprochable. 

La tercera nos empuja a situarnos en el lugar de los demás para intentar comprender las cosas desde su punto de vista, desde su ángulo de experiencia. Sin estas tres actitudes –que no son sino una traducción del amor– es imposible practicar una comunicación que lleve a la comunión. Pero, vistas las cosas desde un punto de vista cristiano, hay todavía un elemento previo. La verdadera comunicación arranca de nuestra experiencia personal –“lo que hemos visto y oído”– acerca de la palabra de la Vida (es decir, de Jesús como Salvador). La compartición de este encuentro genera la comunión que produce alegría. Se cierra así el circuito.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Nunca es tarde para cambiar


Cuando regresaba de celebrar la Eucaristía, me he encontrado en la calle Princesa con los corredores que participaban en la carrera de 10 kilómetros “Madrid corre por Madrid”. La salida estaba en la plaza de san Juan de la Cruz (en el paseo Castellana) y la meta en el paseo de Camoens, a poca distancia de mi casa. El cupo máximo eran 10.000 corredores. No sé si habrá alcanzado esa cifra. Dominaban las personas de mediana edad, pero había también algunos mayores valientes y, por supuesto, muchos jóvenes. La mayoría eran hombres, pero había también mujeres. Algunos corrían con mucha energía y ritmo constante, como si fueran sobrados. Otros subían la calle Princesa con la lengua fuera, haciendo un esfuerzo ímprobo para acoplarse al ritmo de los demás. Alguno, a pocos metros del final, ha renunciado a correr y se ha puesto a caminar. 

Aunque el evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario nos propone la parábola del propietario de un viña que contrata trabajadores a distintas horas del día y a todos les paga el mismo jornal, yo he relacionado su mensaje con la carrera madrileña. Tanto en la viña de la parábola de Jesús, como en la carrera madrileña, hay personas que trabajan o corren a distinta velocidad y con diferente resultado. Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Mientras en la carrera solo los primeros se llevan los premios, en la extraña –y humanamente injusta– lógica del Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.


Estas palabras de Jesús resultan ofensivas en el contexto de una sociedad igualitarista como la nuestra. El comportamiento del propietario de la viña sería sancionable de acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores. No puede cobrar lo mismo haciendo el mismo trabajo quien ha currado solo una hora que quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno”. Pero aquí no se está hablando de cuestiones legales ni de las distintas acepciones de la justicia, sino de algo más profundo y determinante: se está hablando de la imagen de Dios. “Dime cómo es la imagen de Dios en el que crees y te diré cuáles son tus actitudes y tus conductas”. 

Si no dejamos que el Espíritu Santo evangelice nuestro corazón, las imágenes que solemos tener de Dios no son más que proyecciones de nuestras experiencias humanas. Da igual que lo imaginemos como un padre castrador, un juez implacable o un abuelete de luenga barba blanca que nos consiente todo y no nos exige ninguna responsabilidad. Da igual que lo pensemos como una madre liberal que apela al ejercicio de nuestra autonomía o como una fuerza impersonal que recarga nuestra batería a base de no sé qué extrañas energías y vibraciones. En todos estos casos, estamos construyendo un dios “a nuestra imagen u semejanza”, a la medida de nuestros deseos, expectativas, temores o frustraciones.


Con su provocativa parábola, Jesús quiere desmontar nuestras imágenes demasiado humanas de Dios para hacernos ver que Él siempre desborda lo que nosotros pensamos, imaginamos o proyectamos. Él no se atiene a nuestros códigos de justicia porque –como leemos en la primera lectura de Isaías– “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Dios es un Padre que siempre da una nueva oportunidad a sus hijos, que no mide a todos por el mismo rasero, que nunca da por cerrado el tiempo de la vuelta a casa. En este sentido, la parábola de hoy se parece mucho a la parábola del padre misericordioso y los dos hijos pródigos (Lc 15,11-32). 

En ambos casos, es Dios (en la figura del propietario o del padre) quien sale a buscar trabajadores (para trabajar en su viña) o a sus hijos (para que regresen a casa). Los viñadores de la primera hora, al enterarse de que el dueño paga igual a los que han llegado los últimos, reaccionan exactamente igual que el hijo mayor de la parábola de Lucas 15. La comparación y la envidia (tan típicas del corazón humano) prevalecen sobre la compasión y la misericordia (tan típicas del corazón divino). La pregunta salta sola: ¿A quién se parece la imagen de Dios que tenemos cada uno de nosotros? Si la parábola de Jesús no nos provoca un tanto, es casi seguro que hemos domesticado demasiado a Dios según nuestras conveniencias. Nunca es tarde para cambiar.

martes, 15 de septiembre de 2026

Los valores compartidos


No vi anoche ni la entrevista que Pablo Motos le hizo a Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, en El hormiguero, ni la que le hizo el Gran Wyoming a Pedro Sánchez, presidente del gobierno, en El intermedio. Hoy los periódicos dedican mucho espacio a esta confrontación hospedada por dos televisiones (Antena 3 y La Sexta) pertenecientes al mismo grupo mediático: Atresmedia. Jugada maestra. Dos voces para un mismo (des)concierto. Por lo que he leído, parece evidente que estamos ya calentando motores para la campaña electoral, si es que no hemos entrado de bruces en ella. La crisis de Ceuta parece ser el pistoletazo de salida. 

En este asunto –como prácticamente en todos los que tienen que ver con la cosa pública– resulta imposible hacerse una idea cabal de lo que ha sucedido y de lo que habría que hacer. No olvidemos que, en las sociedades dominadas por los medios, lo esencial no es buscar la verdad, sino “controlar el relato”. Los gabinetes de prensa (u oficinas de comunicación) de las distintas instituciones pugnan por ofrecer relatos convincentes, aunque no sean verdaderos. Las redes sociales se encargan luego de amplificarlos hasta la extenuación. Y los ciudadanos de a pie, conscientes de esta manipulación, acabamos enojándonos un poco más de lo que ya estábamos y sintiéndonos impotentes.


Lo peor de todo es que la rabia no acaba de traducirse en acciones enérgicas. No es suficiente votar cada cierto tiempo. Ni tampoco manifestarse en la calle con pancartas. En las sociedades democráticas, la participación ciudadana tiene que ser constante, libre, responsable y eficaz. El cacareado “poder del pueblo” necesita mediaciones ordinarias y extraordinarias, no cesiones incontroladas a una élite, por más que haya obtenido la victoria en las urnas o en el parlamento. Pasar del “derecho al voto” a una verdadera “cultura democrática” (por tanto, participativa) exige educación y tiempo. Y algo mucho más profundo: un territorio común de valores compartidos. 

¿Cuáles son hoy por hoy esos valores que nos permiten convivir pacíficamente en las sociedades plurales como la española? En el preámbulo de la Constitución se mencionan algunos: la justicia, la libertad, la seguridad, el bien común, un orden económico social justo, el imperio de la ley, los derechos humanos, la digna calidad de vida, la paz y la cooperación con otros pueblos. Curiosamente, no se habla de la verdad. No sé si todos tenemos una comprensión parecida de estos “valores” que sostienen la carta magna de la convivencia, pero, por lo menos, señalan un horizonte axiológico al que atenernos. Cuando este se desdibuja o se manipula, todo se reduce a tacticismo y maquiavelismo.


Lo importante, pues, no es “controlar el relato” para defender los propios intereses, sino fortalecer los valores que nos permiten discernir en cada momento qué decisiones se deben tomar. No hay nada más eficaz que una axiología bien fundamentada y compartida. Los pueblos que respetan y cultivan los valores que los sostienen pueden afrontar las crisis con garantía de éxito. Los que se mueven a golpe de encuestas de opinión o de intereses mezquinos acaban pagando un alto precio. 

Necesitamos “rearmar” los valores democráticos y “desarmar” las descalificaciones. La legítima pluralidad de opiniones y opciones solo se puede garantizar cuando compartimos un conjunto de valores y de reglas de juego que no se cambian en mitad de la partida. La educación familiar y escolar tiene mucho que hacer en este campo.