domingo, 17 de mayo de 2026

A más ascensión, más misión


Hemos celebrado tantas veces la fiesta de la Ascensión del Señor que no resulta fácil dejarnos sorprender por la fuerza de la liturgia y comprender el significado de este Misterio. A los primeros cristianos les pasó algo semejante. No sabían cómo explicar que Jesús ya no estuviera (físicamente), pero sí estuviera hasta el final de los tiempos (espiritualmente). No existía vocabulario (ni en arameo, ni en griego ni en latín) para expresar algo tan insólito y a la vez tan real, algo que se imponía a la razón y, al mismo tiempo, algo que había que creer. 

Echaron mano de una panoplia de verbos y giros lingüísticos: Jesús resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos, fue exaltado a la derecha de Dios… Resurrección, ascensión y exaltación son conceptos que nosotros manejamos hoy con cierta precisión teológica, pero, en su origen, fueron balbuceos para expresar algo inefable. Las lecturas de este día nos ayudan a comprender en qué consiste este hecho (1), qué implica para nosotros (2) y qué consecuencias se derivan (3).


El hecho (1) lo narra con su habitual precisión Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles: “A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Los dos elementos son importantes: “fue elevado al cielo” (entró en la esfera de Dios) y “se lo quitó de la vista” (dejó de ser visible en la esfera de los seres humanos). El hecho es obvio: en un determinado momento de la historia Jesús dejó de estar al alcance de la mano, dejó de vivir bajo condiciones espacio-temporales. Solo de este modo, “elevado al cielo”, puede llegar a ser “el contemporáneo de todo hombre” (Karl Barth). Solo así, por la fuerza del Espíritu que trasciende el espacio y el tiempo, podemos encontrarnos con Él en el siglo XXI. 

En realidad, la ausencia física no es motivo de tristeza, sino de alegría, porque inaugura una nueva y definitiva presencia. El último versículo del evangelio de Mateo lo expresa con rotundidad: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. El Enmanuel (Dios-con-nosotros) anunciado al comienzo del evangelio (Mt 1,23) es el mismo Enmanuel (yo-estoy-con-vosotros) que nos promete su presencia permanente al final del mismo (Mt 28,20). No estamos solos. No somos huérfanos. Estamos habitados por la presencia de Dios.


Este hecho contundente tiene claras implicaciones (2) para nosotros. Las explica Pablo en su carta a los Efesios. Necesitamos comprender “cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. También nosotros estamos llamados a “ascender al cielo”, a participar de la plena comunión con Dios. 

En cierto sentido, Jesús ha inaugurado el camino de vuelta a la casa del Padre que todo estamos llamados a recorrer. No hay, pues, motivo para la incertidumbre y menos para la desesperación. Naturalmente, esto no se comprende a base de razonamientos. Por eso, Pablo le pide a Dios que “os (nos) dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis”. Es hermoso caer en la cuenta de la referencia a los “ojos del corazón”. Es una forma metafórica de hablar de una interioridad abierta al Misterio, no cerrada en sí misma, de un yo que es capaz de entender y saborear las cosas de Dios.


La consecuencia (3) fundamental de este proceso es la misión de la Iglesia. Siempre en compañía de Jesús y animados por su Espíritu, no nos quedamos esperando de brazos cruzados, sino que somos enviados a “hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, enseñándoles a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado. Una misión vigorosa y alegre es la mejor forma de testimoniar la esperanza que nos anima. A más ascensión, más misión. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma y da vuelta a sus problemas e intereses, enferma y pierde la esperanza. Cuando se pone en camino y anuncia el Evangelio, rejuvenece y se mantiene viva. 

Por eso, hoy, fiesta de la Ascensión, celebramos la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En las sociedades modernas, el anuncio del Evangelio pasa también por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con este motivo, el papa León XIV nos ha enviado un mensaje titulado “Custodiar voces y rostros humanos”. En el actual contexto digital, el Papa nos recuerda que “custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos”.

sábado, 16 de mayo de 2026

Volvemos a alzar la mirada


He comenzado el día leyendo el artículo que el profesor Mariano Delgado ha publicado en Religión Digital. Se titula: “La Iglesia española a la espera del Papa: Buscando un regreso”. Aunque es español, el profesor Delgado lleva años viviendo y enseñando en Austria y Alemania. León XIV es estadounidense, pero conoce muy bien el contexto español e hispanoamericano. Necesitamos voces que, conociendo y amando nuestro contexto, nos ayuden a “alzar la mirada”. De otro modo, naufragamos en las tensiones provocadas por las elecciones andaluzas, el viaje de Isabel Díaz Ayuso a México, la esperpéntica conferencia de prensa de Florentino Pérez o la estrategia laicista del actual gobierno, que entiende la aconfesionalidad del estado como la vía más expedita hacia un laicismo confesante. 

El texto bíblico elegido como lema de la visita apostólica del Papa está tomado del capítulo 4 del evangelio de Juan, el que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. En la traducción de la CEE, el texto suena así: “¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos” (Jn 4,35-38).


Jesús nos invita a alzar la mirada (o a “levantar los ojos”) para ver los campos que ya están dorados para la siega. No suele ser este el punto de vista de muchos cristianos. A menudo, cuando miramos nuestra sociedad, lo que solemos destacar es la falta de frutos maduros. Nos quejamos –yo mismo lo he hecho muchas veces en este Rincón– de los bautizados que viven “como si Dios no existiera”, del laicismo cultural impulsado por el gobierno y ciertas élites intelectuales, de la deshumanización creada por la revolución digital y de los peligros que nos vienen con la irrupción de la IA, del problema de la vivienda y de la enorme fractura entre los muy ricos y una masa cada vez más numerosa de personas con sueldos precarios, del sinhogarismo, de la corrupción política, del clericalismo eclesial, de las manipulaciones de los medios de comunicación, del mercado de algoritmos, de la fragilidad del sistema educativo… 

Para destacar todas estas cosas y otras semejantes no es necesario ningún esfuerzo. El “enfoque clínico” (el que suele ver lo que no funciona en un grupo o sociedad, sus enfermedades y desajustes) se activa por defecto. Basta oír las conversaciones entre amigos, las tertulias radiofónicas y televisivas o el bosque de comentarios en las redes sociales. Todos somos expertos en denunciar los males de nuestra sociedad exhibiendo una panoplia de argumentos que no son sino repetición de los que escuchamos a otros. Cuando este “enfoque clínico” es el dominante, las personas y los grupos se deprimen. En vez de esforzarnos por buscar soluciones eficaces a los problemas identificados, encontramos un cierto placer en repetirlos, acentuarlos y amplificarlos.


La visita del papa León XIV es una clara invitación a “alzar la mirada” para ver que, mientras muchas personas se esfuerzan por hacer este mundo irrespirable, otras muchas (científicos, profesores, médicos, artistas, técnicos, padres y madres de familia, educadores, misioneros… incluso políticos), movidas por el Espíritu de Dios, están sembrando de verdad, bondad y belleza nuestros campos. Es hora de abrir los ojos y percibir todos estos signos. Es hora de agradecerlos. Es hora de multiplicarlos. Es hora de cambiar de actitud. Una persona, un grupo o una comunidad que se dedican solo a quejarse, nunca salen de su hoyo. Repetir ad nauseam que “esto va mal” solo sirve para multiplicar la negatividad. 

Lo que necesitamos es “alzar la mirada” para ver la realidad con más perspectiva, para no reducirnos solo a nuestro pequeño ángulo de visión. Es hora de valorar, apreciar, dar gracias, impulsar, soñar un futuro diferente. Disponemos de los recursos humanos y materiales necesarios. Lo que hace falta es tejer redes, superar las actitudes cainitas y excluyentes, potenciar lo que porta vida, colaborar con otros, poner el acento en el bien común, no en los intereses particulares. Si algo aporta la fe cristiana a la existencia humana es una mirada alta, de largo alcance, que nos permite ver las cosas como Dios las ve (desde el amor) para no quedar atrapados por nuestra mirada miope (que acentúa siempre lo que no funciona).

viernes, 15 de mayo de 2026

Viva san Isidro


San Isidro, patrón de Madrid, ha estado muy presente en este blog a lo largo de los años. Hoy, minutos antes de salir para la pradera del Santo para participar en la misa de campaña, vuelvo sobre la figura de este santo madrileño medieval que está de moda. Se habla incluso de un “activismo chulapo” ligado a su figura, como si esta ciudad cosmopolita, víctima del turismo masivo y de la gentrificación, necesitase volver a sus raíces espirituales para no perder su identidad. Como sucede casi siempre con los santos de un pasado remoto, la historia y la leyenda se entremezclan. No siempre es posible deslindarlas, pero eso interesa poco. El símbolo se come a la realidad. La fiesta la recrea

Lo que más me llama la atención no es que Isidro de Madrid fuera un esposo ejemplar, un padre modélico, un agricultor laborioso y un hombre de oración, sino que su figura haya saltado del siglo XII al siglo XXI y siga siendo luminosa. En la eucaristía que acabo de celebrar con la comunidad concepcionista, he puesto de relieve tres palabras tomadas de las lecturas de hoy que pueden ser significativas para nosotros: paciencia, fruto, perseverar. Las tres se repiten en la carta de Santiago (primera lectura) y en el evangelio de Juan.


La paciencia es la virtud típica de los agricultores. Las cosechas no dependen solo de su trabajo, sino de las condiciones del tiempo. Tienen que aprender a esperar que cada fruto madure en el momento oportuno. La impaciencia es el defecto típico de quienes vivimos en una cultura digital. Todo lo queremos al instante. No sabemos esperar. Nos ponemos nerviosos cuando los procesos se demoran. Hemos perdido capacidad de atención y de aguante. Nos parece que la velocidad es la característica de una sociedad evolucionada. 

Sin darnos cuenta, nos volvemos ciegos para la espiritualidad. Sin paciencia no hay madurez humana posible. Los cambios requieren tiempo, avances y retrocesos. Tenemos mucho que aprender de los labradores. Isidro, por medieval que sea, se convierte en un símbolo de la santa paciencia, la virtud de los fuertes.


Fruto es un término que se opone a producto. Los frutos se dan en el ámbito de la naturaleza y, por extensión, en el del crecimiento humano. Los productos pertenecen al campo de lo artificial, de lo que los humanos elaboramos con nuestras capacidades e instrumentos. Es evidente que con las revoluciones industrial y digital hemos dado pasos de gigante en la fabricación de productos que mejoran nuestra vida en muchos aspectos. No es lo mismo viajar en una vieja tartana que en un moderno automóvil. 

No es tan seguro que hayamos avanzado en la producción de frutos que nos ayuden a crecer como seres humanos y como hijos e hijas de Dios. Para ello, se requiere estar conectados a la raíz, a la vida, que es Cristo. Él lo ha dicho con rotunda claridad: “Sin mí no podéis hacer nada”. Sin estar unidos a Jesús, tal vez podamos producir productos, pero no frutos. Esto explica nuestro enorme progreso material y nuestro empobrecimiento espiritual. Y así saltamos a la tercera palabra.


Permanecer es un verbo que se repite a menudo en el evangelio de Juan: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Permanecer en Jesús implica vivir la fe como comunión con su persona, no solo como opción racional o sentimental. El verbo permanecer está ligado al sustantivo paciencia. Para permanecer hay que tener paciencia, no desesperar en los momentos de prueba, aceptar las crisis, confiar contra toda esperanza. 

En un contexto de volatilidad extrema, se nos hace cuesta arriba permanecer. Cuando nos cansamos de creer, queremos probar otras experiencias. Los verbos que hoy se conjugan más son cambiar, experimentar, ensayar, probar. Nos parece que el verbo permanecer es demasiado conservador cuando, en realidad, es el que nos permite seguir creciendo porque nos mantiene conectados a la raíz de la que nos llega la savia vital.


¿Se puede presentar a san Isidro como un modelo de paciencia y perseverancia en medio de las pruebas de la vida? Creo que sí. Por eso –como cantamos en el salmo responsorial de hoy– 
“será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal 1). Los frutos son la expresión de la unión con Jesús: acequia de agua de vida.

Os dejo con un vídeo del madrileño Pablito Tedeka, que recrea un chotis clásico con desparpajo contemporáneo. ¡Viva san Isidro! Feliz fiesta para todos los madrileños y los amigos del Rincón. 



jueves, 14 de mayo de 2026

Amistad sin contacto


Hace casi seis años escribí sobre la cultura “sin”. Con esa expresión me refería al hecho de que hoy tenemos pan sin gluten, leche sin lactosa, cerveza sin alcohol, zumos sin azúcar, aceitunas sin sal, carnes sin grasa, conservas sin conservantes, café sin cafeína y una larga lista de productos “capados”, si se me permite la expresión. Junto a esta lista de alimentos podríamos crear otra lista de experiencias humanas sin algo que les sea esencial: por ejemplo, fe sin práctica, magisterio sin conocimiento… y amistad sin contacto. 

Hoy me fijo en esta última realidad. Cuando las personas vivían en entornos rurales o urbanos pequeños era posible tener un círculo reducido de amigos y cultivar la relación con ellos de manera asidua. En esos contextos había –y todavía hay– amigos que se veían casi todos los días. Podían pasear juntos, conversar, jugar, tomar algo y, en definitiva, profundizar en su relación. Esa convivencia acababa produciendo una gran sintonía. Es probable que en algún caso esas amistades carecieran de la imprescindible distancia que es necesaria en toda relación, pero, por lo general, ayudaban a las personas a experimentar que no caminaban solas en la vida, que podían compartir sus alegrías y penas con alguien que iba a aceptarlas y comprenderlas. El principal rasgo era la compañía.


Hoy, en el contexto urbano y digital, hemos multiplicado las relaciones, pero ya apenas nos acompañamos. 
Según su naturaleza, estas relaciones reciben nombres distintos. A veces, somos “amigos” (Facebook); otras, “suscriptores” (YouTube), “seguidores” (X), “usuarios” o simplemente “contactos” (WhatsApp). En esta última plataforma yo tengo 980 “contactos”. Con la mayoría mantengo relaciones muy esporádicas. Aún así, son muchos con los que me comunico a menudo por razones personales, laborales o pastorales. Domina la funcionalidad sobre la compañía. 

Tengo compañeros que presumen de tener casi “un millón de amigos”, como cantaba el viejo Roberto Carlos hace medio siglo. Basta que hayan conocido a una persona –sobre todo si es famosilla–y hayan intercambiado unas cuantas frases con ella, para decir que es “un íntimo amigo de toda la vida”. Me parece una devaluación de la amistad. Una cosa es tener muchas personas “conocidas” y otra muy distinta es tener “amigos”. Este último término –a pesar del uso abusivo de Facebook– solemos reservarlo para aquellas personas con las que tenemos una relación de “afecto personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato” (RAE). El último rasgo es el más problemático. Vivimos un ritmo de vida tan disperso y acelerado que no siempre resulta fácil el “trato”.


Es verdad que una de las experiencias más hermosas con los amigos verdaderos es que, aunque pase mucho tiempo sin vernos o sin comunicarnos, cuando nos encontramos parece que no ha pasado el tiempo, que enseguida descubrimos que estamos en la misma onda. Pero también es verdad que cuando el trato va disminuyendo hasta casi desaparecer las relaciones pueden morir. 

¿Cómo es posible mantener un “trato” asiduo con las muchas personas que la vida (o Dios) ha ido poniendo en nuestro camino? Muchas de ellas viven a veces a miles de kilómetros de distancia, incluso en otros continentes. Pasan años sin vernos. Las conversaciones telefónicas, las videollamadas o los mensajes se van distanciando cada vez más. Al final, una “amistad sin contacto” acaba siendo un hermoso recuerdo, quizá incluso un vínculo afectivo, pero no una experiencia viva. 

Para que la amistad madure y crezca, es imprescindible cultivarla. Se requiere trato, contacto. Si nunca nos encontramos con nuestros amigos, si nunca les llamamos por teléfono o les escribimos, si nunca nos preocupamos por ellos, ¿en qué consiste la amistad? ¿Solo en un sentimiento vaporoso? Admiro a las personas que saben cultivar lo que aprecian, que dedican atención, tiempo y recursos a las personas que quieren. En la eclosión digital de “amigos” que hoy padecemos, esto se ha hecho casi imposible. Por eso, se puede dar la paradoja de tener una lista infinita de “contactos” y, al mismo tiempo, experimentar una incurable soledad. Este es uno de los dramas de nuestro tiempo, quizás más presente en los adolescentes y jóvenes. 




miércoles, 13 de mayo de 2026

Sosiego en la batalla


Hoy me ha tocado madrugar. A las 7 de la mañana estaba ya celebrando la Eucaristía con la comunidad concepcionista porque a las 8 hemos comenzado el Rosario de la Aurora por el cercano parque de Debod. La mañana era fresca. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero nos ha respetado. Durante tres cuartos de hora hemos rezado el rosario caminando por el parque. Al final, los muchachos que portaban la imagen de la Virgen la han colocado en un gran capitel de piedra que hay en el centro de la pequeña plaza circular. Algunos se han acercado a deponer ramos de flores mientras todos entonábamos el Ave de Fátima en el día en el que conmemoramos las apariciones de la Señora a los tres pastorcitos de Cova de Iría. 

La estampa era llamativa. Mientras algunas personas madrugadoras paseaban a sus perros o corrían por los senderos del parque, otros –quizá unos 100– caminábamos rezando con el rosario en la mano. En esa variopinta asamblea había religiosas, alumnos y profesores del colegio de las concepcionistas, feligreses de la cercana parroquia de Buen Suceso y alguna otra persona del barrio. Me dicen que otros años hubo alguien que increpó al grupo. Este año todo se ha desarrollado con serenidad y buen ritmo.


Los “rosarios de la aurora” fueron una práctica devocional muy popular hace décadas. Hoy, en nuestra cultura urbana, constituyen, más bien, una excepción. A mí me gusta unirme a las expresiones de piedad popular. Percibo otra forma de entender la fe. No siempre sintonizo con ella, pero eso no significa que la desprecie. Hay algo de provocativo en un grupo que madruga para rezar el rosario al aire libre mientras la gente va a su trabajo, hace deporte o simplemente compra el periódico o pasea al perro. 

Estoy seguro de que más de uno de estos viandantes matutinos habrá sentido un poco de curiosidad al ver a un grupo de adolescentes, religiosas, tres sacerdotes y personas entradas en años ir detrás de una imagen de la Virgen sostenida en andas por cuatro muchachos. Alguno habrá pensado que se trataba de un grupo de frikis nostálgicos de los tiempos del nacionalcatolicismo, una expresión más del auge de la ultraderecha, que es como se etiqueta ahora a quienes se salen un poco del mainstream. Es probable que alguien haya podido sentir nostalgia de su fe infantil, oxidada por el paso de los años. La mayoría miraban con santa y respetuosa indiferencia.


En los pueblos pequeños, las devociones populares suelen convocar a la mayoría de sus habitantes. En ellas encuentran una expresión hermosa de su identidad colectiva. Hoy, en tiempos de confusión y de identidades líquidas, hay jóvenes que se aferran a ellas, aunque no conecten con sus motivaciones profundas. Les gusta experimentar que pertenecen a una comunidad, disfrutan con sus ritos y buscan estrechar lazos afectivos. 

En las ciudades, conviven ritualidades distintas y hasta divergentes. Algunos procesionan detrás de un paso de Semana Santa; otros se suben a una carroza en la fiesta del Orgullo, y los hinchas del equipo de fútbol que gana la Liga, la Copa o cualquier otro campeonato se visten con su camiseta y se lanzan en tromba a la calle coreando los nombres de sus héroes. 

En este mosaico abigarrado de manifestaciones populares, que 100 personas recen el rosario por un parque es una manifestación más que no llama demasiado la atención. O sí. La imagen de la Virgen María no es comparable a una copa o a cualquier otro símbolo. María es la Madre del pueblo. Su sola presencia despierta en nosotros nuestra vocación de hijos. A veces, podemos disfrutar de esta filiación desde la fe; otras podemos vivirla como ausencia, como una orfandad que no acaba de encontrar reposo. En cualquier caso, la Madre nunca nos deja indiferentes. Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a encontrar refugio en ella. Eso pone sosiego en las batallas de la vida. 



martes, 12 de mayo de 2026

De día y de noche


Acabo de venir del centro CEDIA, de Cáritas, que es un espacio para acoger a personas sin hogar. El papa León XIV lo visitará el día de su llegada a Madrid el próximo 6 de junio por la tarde. Será como su puerta de entrada en nuestra ciudad. Hoy los organizadores de la visita papal habían convocado a la prensa para que pudiéramos conocer el centro de primera mano. Ahí estaban los periodistas de RTVE, la COPE y de muchos otros medios impresos y audiovisuales. Antes de recorrer las instalaciones que visitará el papa, Juanjo (el director del centro) y María (la psicóloga) nos han contado la historia de este proyecto y su realidad actual. 

Todo comenzó hace ya 49 años de manera muy sencilla. Entonces se trataba de un pequeño equipo que iba con una furgoneta repartiendo café caliente por las noches a algunas personas que dormían en la calle. Después abrieron un centro cerca del Senado en el que acogían a personas sin hogar. En 2008 se inauguró el centro actual en el barrio de Lucero. Acoge a personas –entre los 18 y los 65 años– las 24 horas del día y de la noche. En 2019 hicieron una gran reforma. Ahora disponen de 92 plazas: 47 nocturnas (solo para hombres), 20 (para mujeres) y 25 (solo para el centro de día). El año 2025 pasaron por CEDIA 2.534 personas, de las que pudieron acoger a 880. La permanencia máxima, salvo excepciones, es de un mes. En ese tiempo algunas personas encuentran otro alojamiento o son derivadas a centros de larga estancia.


Como los responsables nos han dicho, CEDIA no es un centro de entretenimiento, sino de entrenamiento para la vida. Uno puede irse y regresar si es necesario. En torno a un 20% de los que salen logra encontrar un trabajo. Muchos de los residentes son personas que han llevado una vida “normal” y que, por circunstancias (despidos laborales, divorcios traumáticos, etc.) se encuentran en situación de calle. El 75% son varones y el 25% mujeres. La media de edad está bajando. Ahora se sitúa en torno a 30 años. La precariedad laboral y el alto precio de la vivienda arrojan a muchos jóvenes a la calle. 

La mayoría son españoles, latinoamericanos, magrebíes y subsaharianos, pero los hay también de otras partes del mundo. En cualquier caso, todos son tratados con la dignidad que merecen por parte de los más de 40 trabajadores y voluntarios. Para significar esto, nos han entregado a cada uno un frasquito con tierra del lugar para recordarnos que CEDIA en un “terreno sagrado” en el que hay que descalzarse. Aunque disponen de instalaciones funcionales y realizan diversas intervenciones de ayuda, la herramienta principal es el afecto. Solo cuando las personas se saben aceptadas y queridas pueden rehacer sus vidas.


La visita del papa León –que se asomará a la vida cotidiana de estas personas y conocerá de cerca su situación– dará visibilidad a un problema que a menudo no queremos afrontar. Solemos mirar para otro lado. La gente sin techo está ahí, en la Gran Vía y en otras muchas calles, viaductos y puentes de Madrid, pero pasa desapercibida. Estropea la belleza de la ciudad. Aparte de factores personales y familiares, una de las causas principales del sinhogarismo es el precio prohibitivo de los alquileres y de las compras de vivienda. Hay personas que apenas ganan el salario mínimo (1.221 euros brutos al mes) y pagan 700 euros por una habitación dentro de un piso compartido. Esto es a todas luces abusivo. 

Suele decirse que lo normal sería destinar en torno al 30% del salario a gastos de vivienda si de verdad tomáramos en serio que se trata de un derecho ciudadano reconocido por la Constitución. En el momento actual estamos muy por encima de ese porcentaje. ¿Por qué no se logra un gran pacto social para afrontar en su raíz este problema? Si algo sobra en España es suelo. Cuando no se aborda, como sí se hizo en otros momentos de nuestra historia, uno sospecha que hay oscuros intereses que lo impiden. Deseo de corazón que la visita del papa sirva para abrirnos los ojos a una realidad que está afectando no solo a quienes viven en la calle, sino a los muchos miles de personas que sobreviven en situaciones precarias y son víctimas de abusos, a menudo por parte de sus mismos colegas.




domingo, 10 de mayo de 2026

Dar razón de la esperanza


Se ha hecho normal en algunos puntos del centro de Madrid ver a tres o cuatro personas invitando a los viandantes a hablar sobre la Biblia, el origen de la vida o el fin del mundo. Suelen disponer de algunos estantes móviles con libros y revistas. Son los Testigos de Jehová. De vez en cuando también se ve a una pareja de jóvenes encorbatados que pertenecen a los mormones y que cumplen su servicio temporal de proselitismo. Muy raramente se ven grupos de católicos evangelizando en la calle, a no ser en ocasiones a grupos pertenecientes al movimiento neocatecumenal. Nosotros preferimos movernos en espacios seguros y controlados: iglesias, colegios, centros sociales, radios propias, etc. 

Y, sin embargo, el cristianismo se abrió camino por las calles, saliendo. Los primeros cristianos no se quedaron encerrados en el cenáculo o en las casas. Anunciaron la buena nueva de Jesús a los judíos, a los griegos y a otros pueblos en plazas, mercados, sinagogas y caminos. Se pusieron en marcha por Palestina y luego por otras vías principales del imperio romano. 

La primera lectura de este VI Domingo de Pascua nos cuenta la experiencia misionera del diácono Felipe. Es solo un botón de muestra: “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía”. La palabra de Felipe iba acompañada por signos de curación. 

La primera carta de Pedro (segunda lectura) nos señala cómo debería ser nuestra evangelización. Nos invita a estar “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto”. Es uno de los textos del Nuevo Testamento que más me gustan porque anima a buscar la inteligibilidad de la fe en cada contexto. 


Dar razón de nuestra esperanza debería ser nuestra pasión también hoy. En un contexto en el que han aumentado las enfermedades mentales entre adolescentes y jóvenes porque se sienten perdidos, en un mundo lleno de fuertes contrastes y contradicciones en el que muchos van a tientas, los cristianos tendríamos que ser más audaces para “dar razón de nuestra esperanza”. Hemos recibido la experiencia más hermosa y alentadora que se puede dar en este mundo (creer en Jesús), pero no siempre sabemos cómo anunciarla. No deberíamos tener miedo a compartir con nuestros amigos e incluso con personas desconocidas lo que da sentido a nuestra vida. Podemos hacerlo en conversaciones informales, en reuniones de vecinos, en el trabajo, en los medios de comunicación…, allí donde el evangelio pueda resonar. 

La carta de Pedro nos señala las dos actitudes que deben acompañar esta proclamación: delicadeza y respeto. La verdad de Jesús no se impone con violencia o coerción. Se testimonia con la vida y se propone con la palabra. Es lo suficientemente poderosa y atractiva como para llegar al corazón de las personas respetando su libertad. Nosotros somos solo el cauce humano para que Jesús llegue a los hombres y mujeres, pero nunca podemos sustituirlo.


En los caminos de la vida encontraremos personas abiertas a acoger el mensaje de Jesús, pero también encontraremos otras que reaccionan con indiferencia o incluso con rechazo. En esos momentos de prueba necesitamos fiarnos de las palabras de Jesús. Él nos ha concedido su Espíritu que actúa como abogado defensor en ese enorme juicio que se da en el mundo: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”. 

El Espíritu de la verdad está siempre con nosotros. Lo hemos recibido de manera especial en el sacramento de la confirmación; por eso, no tenemos miedo cuando somos criticados o perseguidos. Él está dentro de nosotros. 

Faltan dos semanas para la solemnidad de Pentecostés. Durante este tiempo la liturgia nos va a ir preparando para comprender mejor la acción del Espíritu en nosotros, en la Iglesia y en el mundo. Hoy aparece como el Espíritu de la verdad que nos defiende contra las insidias del mundo y que nos impulsa a amar a Jesús. Este amor no consiste en un revoloteo de mariposas en el estómago –como insinúan ciertos grupos y movimientos de corte muy sentimentalista que hoy abundan en la Iglesia– sino en “guardar sus mandamientos”; es decir, en hacer del evangelio nuestra norma de vida. Los sentimientos van y vienen; las decisiones permanecen.