
Cuando esta mañana, a primera hora, he caminado por el centro de Toro, he visto, frente a la Casa Consistorial, las cenizas de la hoguera de san Juan. Aunque me imagino que la tradición toresana no es tan fuerte como en muchas localidades del Mediterráneo, la llamada del fuego sigue siendo atávica. El fuego ha adoptado al comienzo del verano la forma de sol implacable. Creo que hoy es el último día de la ola de calor que nos mantiene recluidos en casa. Esperemos que mañana las temperaturas nos den un alivio.
Nosotros hemos empezado la jornada celebrando la misa en la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista. Ya se sabe que la liturgia solo celebra el nacimiento de Jesús, de María y de Juan. El “dies natalis” de los santos es el día de su muerte, de su nacimiento a la vida eterna. Juan Bautista fue un tipo original: humilde y enérgico, sobrio y exigente, popular y perseguido. O sea, un profeta con todas las de la ley. En los años 70 se hablaba mucho de profetas y profecía. Hoy parece que este lenguaje ha caído en desuso. Ya no se canta aquello de “¿En dónde están los profetas?”. Y, sin embargo, en estos tiempos de incertidumbre, necesitamos la clarividencia y el arrojo de los profetas. Son ellos quienes nos dan “las esperanzas y fuerzas para andar”, como cantaba Ricardo Cantalapiedra.

Creo que el papa León XIV está siendo un profeta en estos años del siglo XXI. Lo digo porque reúne tres características de todo auténtico profeta que están implícitamente contenidas en el prefijo “pro”: hablar “en nombre de” Dios; hablar “de manera clara y rompedora”, anunciando la novedad del Evangelio; y hablar “en favor de” los más necesitados, denunciando las causas que provocan y mantienen las injusticias. A León XIV muchos lo percibimos como un hombre de Dios, un obispo orante, un religioso empapado en la fuerza de la Palabra y de la tradición espiritual agustiniana. Por eso, sus palabras rezuman verdad, autenticidad. Uno no tiene la impresión de que le está vendiendo un crecepelo o prometiendo imposibles, como hacen a menudo los políticos.
Habla, además, de manera clara y contundente: suaviter in modo, fortiter in re. No habla desde la indignación (como los falsos profetas), sino desde la compasión (como el profeta Jesús). Sus mensajes no se pierden en abstracciones. Tocan el suelo de la experiencia cotidiana. Los entienden los intelectuales y la gente sencilla. Tiene tirón, sin necesidad de convertirse en un showman. Y, por último, él habla teniendo en cuenta a los pobres, denunciando las causas que promueven la pobreza y la guerra, incluso desafiando a los responsables del armamentismo, los oligopolios digitales, la corrupción o el crimen organizado.

Juan el Bautista era un tipo de una pieza. Jesús lo admiraba y lo quería. Mucha gente lo admiraba y lo temía. Algunos poderosos lo admiraban, pero lo mataron. Todos los profetas corren una suerte parecida. Al abrirnos la verdad en canal, nos sentimos atraídos por la fuerza de su autenticidad, pero, al mismo tiempo, denunciados en nuestras mentiras e incoherencias. Nos atraen y nos repelen a un tiempo. Admiramos su congruencia con tal de que no nos veamos obligados a seguirla. Por eso, un día les concedemos un Premio Nobel y al día siguiente prescindimos de ellos o nos inventamos historias raras para desacreditarlos.
Jesús lo tenía muy claro. Conocía el destino de la mayor parte de los profetas de Israel. Fue testigo del final de Juan. Intuía su propia final. Tuvo la audacia de decir que “ningún profeta es bien recibido en su tierra”. Hay que reconocer que a nosotros nos van los cuentistas más que los profetas, los aduladores más que los testigos de la verdad. Así nos va. Que san Juan Bautista nos despierte.




















