
Pasé el día de ayer en el monasterio del Santo Espíritu del Monte en Gilet, un pueblo de unos 4.000 habitantes en la provincia de Valencia. El monasterio saltó a los periódicos en noviembre de 2024 cuando un perturbado mató a uno de los frailes e hirió a otros. Viajé a ese lugar, encaramado en la montaña, para animar el encuentro de los responsables de la formación permanente de la Conferencia Euromediterránea de la Orden de los Frailes Menores. Era un grupo de diez franciscanos provenientes de Italia, España y Portugal. Durante todo el día trabajamos sobre “La sfida della comunicazione oggi” (El desafío de la comunicación hoy).
Más allá de mis aportaciones, todo el día fue un hermoso ejercicio práctico de comunicación. Me sorprendió el interés mostrado por todos y su participación libre y atinada. Rematamos la jornada saboreando una deliciosa horchata con fartons. Para los lectores no españoles, esta es la merienda tradicional de la Comunidad Valenciana, que combina una bebida fría de chufa con un bollo alargado y esponjoso que se moja en ella.

La alegría es siempre fruto de la comunión. Pero es bueno saber que no hay comunión sin comunicación. Y no podemos comunicar de verdad cuando no experimentamos lo esencial de la vida. Este circuito se inspira en el prólogo de la primera carta de Juan (1,1-4). Ilumina con extrema claridad el camino que nos conduce a ser personas y comunidades alegres (y, por lo tanto, creíbles). Explica también cuál es la razón última de la tristeza que a veces nos congela el alma. Esta tristeza es la manifestación visible de la falta de comunión. Se puede dar en los matrimonios, en las familias, en las comunidades religiosas, en las relaciones de amistad y en cualquier otra forma de relación. Cuando vivimos juntos (a veces incluso bajo el mismo techo), pero no estamos en comunión, es normal que nos sintamos tristes y desmotivados.
Entre los diversos factores que conducen a la falta de comunión, uno de los más comunes e influyentes es la ausencia de verdadera comunicación. O la reducción de esta a sus niveles más funcionales, evitando toda implicación personal. De ahí, el desafío que supone aprender a comunicarnos. Además de algunos aprendizajes prácticos que tienen que ver con los distintos registros, niveles y técnicas de comunicación, lo esencial son las actitudes que la preparan.

Hay tres actitudes que considero esenciales: la autenticidad personal, la aceptación incondicional de los otros y la empatía. La primera nos lleva a manifestarnos tal como somos, sin refugiarnos en el rol social que desempeñamos o en el “personaje” que a veces nos inventamos en este teatro del mundo. Lo contrario a la autenticidad es la hipocresía, el fingimiento, la doblez. La segunda tiene que ver con el respeto a la dignidad del otro. Toda persona es humanamente digna, aunque no sea siempre éticamente irreprochable.
La tercera nos empuja a situarnos en el lugar de los demás para intentar comprender las cosas desde su punto de vista, desde su ángulo de experiencia. Sin estas tres actitudes –que no son sino una traducción del amor– es imposible practicar una comunicación que lleve a la comunión. Pero, vistas las cosas desde un punto de vista cristiano, hay todavía un elemento previo. La verdadera comunicación arranca de nuestra experiencia personal –“lo que hemos visto y oído”– acerca de la palabra de la Vida (es decir, de Jesús como Salvador). La compartición de este encuentro genera la comunión que produce alegría. Se cierra así el circuito.


















