miércoles, 12 de agosto de 2026

El eclipse de Dios


E
sta tarde, armado de esas famosas gafas homologadas que llevan semanas vendiendo o distribuyendo gratis, veré el eclipse de sol, desde la explanada de Covatillas, a las 20,29, con una duración aproximada de 1 minuto y 42 segundos. Aquí, en mi pueblo natal, estamos en zona de máxima visibilidad, aunque tendremos que alejarnos un poco del núcleo urbano para esquivar la imponente barrera del monte Robledo, que siempre adelanta el crepúsculo. Me imagino que nos concentraremos un buen número de personas, aunque no tantas como en otros lugares de la provincia que han sido señalados como puntos especiales de observación. 

Quienes han asistido a otros eclipses totales dicen que en esos instantes se produce una sensación especial. Veremos. Sé que los astros nos influyen, pero no sé cuánto ni cómo. Podría engrosar el club de quienes se niegan a ver el eclipse para no plegarse a los dictados de la masa, pero en esta ocasión he preferido unirme a ella para luego reivindicar con sentido histórico: “Yo estuve allí”. No siempre es necesario tomar distancia de la mayoría. Sentirse masa –¿o pueblo?– también nos cura de un cierto elitismo suicida.


Es imposible no vincular este eclipse total con lo que estamos viviendo en relación con Dios. Desde hace décadas se habla del eclipse de Dios –¿parcial? ¿total?– en las sociedades occidentales. Si Dios es el “Sol naciente que nace de lo alto” (por utilizar las palabras del Benedictus), ¿quién es la luna que se interpone entre Él y nosotros y nos impide percibir su luz? No tengo la menor duda. Esa “luna” engreída somos los propios seres humanos, esos seres “poco inferiores a los ángeles” (salmo 8) que en un momento de la historia –a caballo entre los siglos XVIII y XXI– han creído que ya era hora de hacerse con las prerrogativas que los siglos anteriores habían atribuido a Dios. ¿Omnisciente? ¡La IA nos ayudará a saberlo todo como si fuéramos pequeños dioses! ¿Omnipotente? ¡La ciencia y la técnica nos brindarán herramientas para llevar a cabo nuestros sueños de grandeza! ¿Bondadoso? Aquí no es tan fácil encontrar una versión humana satisfactoria de la bondad divina.


Lo que los eclipses solares nos enseñan es que se trata de fenómenos efímeros. Duran unos segundos o minutos, pero ni el sol ni la luna se detienen indefinidamente en una situación de opacidad. Y lo mismo sucederá con este “eclipse cultural” de Dios. Parece definitivo, pero no es más que una etapa de la historia que pasará. La naturaleza nos ayuda a interpretar la historia porque la precede. Contemplando el eclipse de esta tarde, le pediré a Dios que no nos oculte su rostro, que mantenga siempre despierta nuestra actitud de búsqueda, que nos ayude a descubrir su Luz inmarcesible detrás de esa luna que somos nosotros, los seres humanos. 

Es verdad que no podemos mirar al Sol de Dios y permanecer vivos. Necesitamos ponernos las “gafas homologadas” de la humanidad de Cristo para adorar el Misterio sin quedar aniquilados. Mirando a Cristo, sacramento visible del Dios invisible, sabemos que Dios ha querido hacerse humano para romper la distancia que nos separa de Él, para superar todo eclipse, sin eliminar su naturaleza divina. El eclipse de esta tarde también puede ser una hermosa y profunda oración de vísperas que nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos nosotros y quién es Él.

  

martes, 11 de agosto de 2026

Un cóctel de verano


Si en el cóctel de hoy vertemos unas gotas de santa Clara de Asís y le añadimos un manojo de expectativas sobre el eclipse de mañana y algunas imágenes de los niños que corretean por Ceuta o del terremoto de Colombia, nos sale una bebida agridulce, tirando a amarga. La desgracia de Colombia me toca de cerca porque he visitado muchas veces el país, tengo allí buenos amigos y varias casas e iglesias de los claretianos han sido gravemente afectadas, sobre todo en las ciudades de Cali y Pereira. 

Los aficionados a la astrología dicen que este es solo uno de los muchos fenómenos catastróficos que acompañarán al eclipse. Yo, que soy muy escéptico, me limito a constatar la imprevisibilidad y gravedad de los desastres naturales. Más allá de los hechos y las explicaciones, observo en muchas personas un tono vital pesimista, como si arrastráramos la existencia.


Hace falta mucho cuajo –o mucha fe– para vivir con serenidad y alegría cuando sobreabundan los motivos de preocupación. Es probable que muchas personas opten por evadirse de todo mediante un carrusel de experiencias vertiginosas: viajes, fiestas, bebidas… Yo prefiero lentificar el tiempo, respirar hondo, perderme en el bosque, orar en silencio en la iglesia renacentista de mi pueblo, contemplar la imagen de la Virgen del Pino, leer por las tardes en la vieja mecedora del salón familiar mientras el sol castiga los tejados y, si se tercia, compartir algunas conversaciones sin prisa tomando un café o una cerveza. 

Cada uno tenemos nuestros ritos personales para exorcizar la negatividad que nos envuelve. Quizá lo más importante es no dejarnos colonizar por la resignación o por esa languidez que envuelve a quienes no esperan nada de la vida, sino que se limitan a gestionar la “anatomía de los instantes” como si fueran cirujanos acostumbrados a sajar la piel sin la más mínima emoción.


Cuando, además de sencillos ritos cotidianos, tenemos la fuerza de la fe, entonces cada día cobra un nuevo sentido. No es necesario que encajen todas las piezas del puzle de la vida para ser felices. Empezamos a valorar todo, como si cada jornada fuera la última de nuestra vida. No damos nada por descontado: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los besos que recibimos, el pan fresco del desayuno, la sonrisa de un viandante a quien conocemos poco, la energía de los niños, la ensalada de verano, el mensaje de un amigo… 

Quizá no haya arma más potente contra el pesimismo que la gratitud. Ser agradecidos es una forma de reconocer que todo es gracia. Y donde hay gracia está Dios. La gratitud es, en el fondo, un canto silencioso a la existencia de Dios, una forma de reconocer que Él nunca nos abandona, que se hace el encontradizo con nosotros en los “sacramentos diminutivos” de la vida cotidiana. ¿No es esta la fuente de una alegría serena, profunda, que nada ni nadie nos podrá arrebatar? No es necesario dejarse seducir por los señuelos de la publicidad. Basta dejarse llevar por el corazón.

lunes, 10 de agosto de 2026

He andado muchos caminos


Me llama la atención la importancia que Leonor Izquierdo, la chiquilla con la que Antonio Machado contrajo matrimonio, ha adquirido en Soria. No solamente tiene una estatua junto a la iglesia de Santa María la Mayor o un hotel con su nombre, sino que incluso en el cementerio del Espino han levantado un pequeño museo que recuerda algunos hitos de su corta vida. Se encuentra a cuatro pasos de la tumba que alberga sus restos. 

Recorrí ayer todos esos lugares en una ruta machadiana que me llevó también hasta el “olmo seco” que se yergue frente a la iglesia de Nuestra Señora del Espino, las orillas del río Duero y el viejo instituto donde el poeta enseñaba francés. Hacía muchos años que no visitaba con calma todos estos lugares. El paso del tiempo les ha conferido una aureola que parece excesiva, pero, en realidad, es una forma de agradecer a Antonio Machado el amor que sentía por una pequeña ciudad provinciana donde fue feliz por un corto período de tiempo. Lo que más admiro de este poeta sevillano, soriano y castellano es su capacidad para evocar verdades universales sin ahogarlas en una poesía críptica o barroca. Sus poemas los entiende un catedrático, un campesino y una limpiadora. Lo que para algunos exquisitos sería señal de falta de hondura, para mí es el sello de su genio.


¿Quién no ha citado alguna vez en sus conversaciones aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”? Con la musicalización de algunos de sus poemas, Joan Manuel Serrat contribuyó a su difusión más que muchos profesores de literatura. Por eso, muchas personas se saben de memoria su célebre “saeta” o su 
“retrato”. Yo siempre tengo a mano las Obras Completas que me regalaron el día de mi ordenación sacerdotal. De vez en cuando, releo sus poemas como quien ingiere una dosis de vitaminas para el espíritu. Me sorprendo encontrando nuevos matices a algunos que me parecían ya amortizados. Pero ayer, el que me conmovió –tal vez por releerlo junto a la sencilla tumba de Leonor– fue su oración mortuoria: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


La ruta machadiana se amplió a otros lugares de Soria que hacía tiempo que no visitaba: la encantadora iglesia románica de san Juan de Rabanera, la ermita rococó del Mirón, la vieja iglesia de santa Clara (convertida hoy en sala de conciertos), el convento carmelitano fundado por Santa Teresa de Jesús en 1581, el entorno de la concatedral de san Pedro y –por supuesto– ese oasis urbano que es la Alameda de Cervantes, la célebre Dehesa en el habla popular. Paso por la ciudad de Soria varias veces al año, pero hacía tiempo que no me detenía a disfrutar de sus rincones sin prisas, por el mero placer de dejarme empapar por la historia. Hubo un tiempo en que esta pequeña ciudad castellana llegó a tener hasta 35 parroquias. Eso explica la cantidad de iglesias de distintos estilos, algunas de las cuales fueron destruidas durante la invasión napoleónica y otras cayeron en desuso tras la desamortización de Mendizábal. 

Me sorprendió también el esfuerzo sostenido por restaurar muchos de estos lugares y, en general, por embellecer la ciudad y dotarla de una oferta cultural variada a lo largo de todo el año. Es probable que el benéfico influjo de Machado tenga algo que ver con todo esto.

domingo, 9 de agosto de 2026

Lo grave es desconfiar


Es frecuente que Jesús invite a sus discípulos a no tener miedo. Se ve que el miedo es inherente a los seres humanos. Tenemos miedo de los fantasmas del pasado, de las incógnitas del presente y de la incertidumbre del futuro. Tenemos miedo incluso de Dios porque es un Misterio que nos atrae de manera casi irresistible, pero también nos infunde temor. Él es “tremendo y fascinante” a un tiempo. En el Evangelio de este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús vuelve a pedir a sus discípulos, asustados por la tormenta y por el “fantasma” que camina sobre las aguas del lago, que no tengan miedo. Acompaña esa exhortación con una declaración de identidad: “Soy yo”. Es como si les dijera: “Aunque creáis que soy un fantasma, en realidad soy la presencia benéfica de Dios a vuestro lado. No hay tormenta que pueda hacer naufragar la barca”. 

Lo único que les pide a cambio es que tengan fe, que confíen en Él. Lo opuesto a la fe no es la duda, sino el miedo, la desconfianza. Pedro es un perfecto ejemplo de la dualidad que nos acompaña a todos nosotros. En momentos de bonanza, es capaz de confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Incluso presume de su asertividad, pero, cuando llega la tormenta, duda, se tambalea. Jesús tiene que tomarlo de la mano para que no se hunda. La presencia de Jesús amaina el furor del viento y de las olas. Solo entonces, cuando todos ven los signos del poder divino del Maestro, se produce la confesión comunitaria de fe: “Realmente es el Hijo de Dios”.


Esta escena es un espejo que nos ayuda entender lo que nos pasa a nosotros. Cuando vivimos una existencia apacible, cuando todas las piezas del puzle de nuestra vida parecen encajar, no nos resulta difícil creer en Jesús. Podemos verlo incluso como la pieza que completa el cuadro. Pero cuando experimentamos algunas tormentas en nuestra vida, tenemos la impresión de que Él está ausente. Nos cuesta mucho reconocer los signos de su presencia misteriosa. Lo confundimos con un fantasma, una ilusión, un recuerdo infantil, un residuo cultural. 

Y, sin embargo, es precisamente en las pruebas de la vida donde Él manifiesta la fuerza de su divinidad. Cuando parece que navegamos a la deriva, Él nos dice lo mismo que a los discípulos: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Es probable que, de entrada, estas palabras nos conforten, pero, cuando Él nos pide que nos acerquemos “caminando sobre las aguas” de la prueba, empezamos a vacilar. ¿Y si todo fuera una sugestión de nuestra mente que busca consuelos fáciles? ¿Y si Él no estuviera al otro lado y nos hundimos todavía más en las aguas procelosas de la crisis? La falta de confianza es precisamente la que provoca nuestro hundimiento. Entonces, cuando parece que todo está perdido, Él nos toma de la mano y nos sostiene. Frente a nuestra desconfianza congénita, se alza su fidelidad indomable.


Es evidente que nos cuesta confiar. La cultura moderna, troquelada por los “maestros de la sospecha”, nos ha convertido en desconfiados. Todo lo que suena a fundamento, sentido, futuro, Dios, nos parece un timo. No hay nadie más desconfiado que quien ha sido timado alguna vez. ¿Cómo restaurar la confianza que sostiene la fe? ¿Cómo fiarnos de Jesús, aunque las tormentas de la vida nos hagan tambalear y Él nos parezca un fantasma? Todo depende de ese misterioso “soy yo”. Sin acoger esas palabras, que son eco de divinidad, no hay manera de confiar. 

No se trata de buscar pruebas imposibles, sino de cultivar una relación. Frente al “yo” de Jesús tenemos que colocar nuestro humilde “tú”, de manera que se forme una alianza indestructible. Lo que de verdad nos devuelve la fuerza de la fe no es tanto la tempestad calmada, cuanto la seguridad de que Él es y está. Dudar es una actividad inherente a la fe. Desconfiar la destruye. No deberíamos asustarnos de las múltiples dudas que parecen amenazar nuestra fe en Dios. En la mayor parte de los casos nos ayudan a purificarla y acrisolarla. Lo que tendría que darnos miedo es la desconfianza porque mina la sustancia de la fe.



sábado, 8 de agosto de 2026

Contemplar y compartir


Enfundado en el alba y la casulla, sudé ayer por la tarde en la normalmente fría iglesia de mi pueblo. Eso me hizo entender que este año el verano está siendo riguroso, incluso en un lugar en el que muchos solían venir huyendo de los calores de otras partes. No noté mucha diferencia entre el bochorno de Madrid y el calor de Vinuesa. Solo por las noches es más perceptible el contraste, lo que no es poco para poder descansar. 

El primer día de las vacaciones se va en saludos y adaptaciones al nuevo ritmo. Lo he empezado caminando por el bosque cuando todavía el termómetro marcaba 17 grados y tomando un desayuno a base de kéfir, nueces y frutas. Se ven muchas caravanas aparcadas en el estacionamiento reservado para ellas y gentes de diverso pelaje moviéndose de un lugar a otro. Parece que el eclipse total del próximo día 12 ha movilizado incluso a algunos centroeuropeos. De hecho, he visto un enorme autobús repleto de turistas holandeses. A mí me gusta más el pueblo cuando hay poca gente, pero es inevitable que se llene en agosto. Todo el mundo tiene derecho a respirar un poco.


Hoy recordamos a un santo -Domingo de Guzmán- que está muy ligado a esta tierra. Oriundo de Caleruega, fue canónigo en la catedral de Osma. Su ideal de contemplación y apostolado sigue siendo tan válido hoy como en el siglo XIII. Frente a quienes se dejan llevar por impulsos sentimentales, falsamente evangélicos, Domingo reivindicaba la importancia del estudio de la Palabra de Dios. Conviene recordarlo hoy. Cada vez me encuentro con más grupos de cristianos de buena voluntad, guiados por personas un tanto desequilibradas, que intentan “poner de moda a Dios” en el contexto de nuestra sociedad secularizada. Admiro su desparpajo, pero temo su inmadurez. Llevados por no sé qué extraño espíritu, embarcan a personas ingenuas en caminos espirituales que no conocen. Las someten a sus arbitrariedades y abusos dejándolas confundidas. 

Este no es un fenómeno del pasado (como los cátaros a los que tuvo que enfrentarse Domingo), sino algo que está muy vigente. Lo he visto en México el mes pasado y lo veo también en algunos lugares de España. En alguna medida, la proliferación de estos grupúsculos de “iluminados” está ligada a nuestra pastoral superficial y acelerada, que no tiene tiempo ni hondura para acompañar a los cristianos en sus procesos de crecimiento espiritual.


En las pocas horas que llevo en mi pueblo natal, varias personas me han hablado del impacto que les produjo el viaje de León XIV a España el pasado mes de junio. Es como si hubieran experimentado una atracción que suele ser más frecuente en el ámbito del arte y del deporte que en el de la religión. Quizás, más allá del magnetismo de una figura serena como la del Papa, lo que muchos han visto en él ha sido una referencia de valores objetivos, una propuesta de un camino preciso en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión. 

León XIV ha sido una especie de Domingo de Guzmán que, sin aspavientos ni liderazgos espectaculares, ha conseguido mostrar que en el Evangelio seguimos teniendo una brújula segura para navegar en este cambio de época. Su origen estadounidense, su experiencia misionera peruana y sus años de gobierno como superior general de los agustinos le han proporcionado una mirada muy universal. De esta forma, se hace cargo de lo que hoy estamos viviendo. Por eso, sus palabras son precisas, medidas, atinadas. No dice más que lo imprescindible. Y lo hace de manera clara (es matemático de formación), hermosa (es heredero de san Agustín) y estimulante (no pretende regañar, sino animar). Pasado el verano, necesitaremos volver sobre sus mensajes para seguir profundizando.

jueves, 6 de agosto de 2026

Iluminar sin eclipsar


Los medios de comunicación llevan días preparándonos para el eclipse total que tendrá lugar el próximo miércoles 12 de agosto. Es uno de los temas estrella del verano, junto al triunfo de España en el Mundial de fútbol, los incendios y la invasión de Ceuta por parte de miles de marroquíes. Hemos pasado de ser entrenadores de fútbol, expertos en incendios y politólogos que dominan la geoestrategia mundial a ser astrónomos aficionados que pontifican sobre el significado de un eclipse, los lugares mejores para contemplarlo y los riesgos que corremos si no lo hacemos como Dios manda. 

Hacia las 8,30 de la tarde del miércoles 12, la luna cubrirá el sol y todo se oscurecerá durante un período que varía según los lugares, pero que oscila entre uno y dos minutos. En este contexto crepuscular, la fiesta de la Transfiguración del Señor no nos habla de tinieblas, sino de resplandor. La versión de Mateo que leemos este año dice que Jesús “se transfiguró delante de ellos [Pedro, Santiago y Juan], y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús no eclipsa al Padre, sino que lo refleja en su rostro iluminado. No se interpone entre el hombre y Dios, sino que lo revela plenamente porque Él es el Hijo amado de quien podemos fiarnos.


Cuando llega esta fiesta anual, la mente se nos va al recuerdo de la bomba atómica de Hiroshima (1945), a la muerte de san Pablo VI (1978) y a la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) que el papa san Juan Pablo II articuló en torno al icono de la Transfiguración. Perfectamente podríamos celebrar hoy la Jornada de la Vida Consagrada en vez de hacerlo el 2 de febrero. Con esta concentración de motivos, la fiesta adquiere una gran densidad. 

En medio de nuestras desfiguraciones (de las que Hiroshima es el símbolo contemporáneo), estamos llamados a mirar el rostro luminoso de Cristo. En él descubrimos que también nosotros hemos sido transfigurados por la gracia de Dios para descender desde la montaña de la oración al valle de la vida cotidiana con el rostro iluminado. La vida consagrada es un recordatorio permanente, exagerado, profético, de lo que todo cristiano experimenta cuando se encuentra con Cristo. Animados por la fuerza de esta experiencia, podemos afrontar las pruebas de la vida sin perder la esperanza, convencidos de que, unidos a Cristo, la tiniebla se convierte en luz y la muerte es derrotada por la vida eterna. La transfiguración es una claraboya por la que el cielo se hace visible en la tierra.


Soy consciente de que muchas personas tienen dificultades para subir a la “montaña alta” donde tiene lugar esta revelación. Sus vidas discurren en este “valle de lágrimas” que es la vida cotidiana. Hablando ayer con un amigo mío, profesor de bachillerato en un pequeño colegio multicultural de la periferia de Madrid, conocí varias historias de adolescentes que provienen de familias rotas, que se hacen heridas en el antebrazo, que se escapan de casa y que consumen sustancias con la vana ilusión de huir de una vida miserable. 

No aspiran a una transfiguración profunda, sino solo a una evasión efímera. Sobre sus espaldas llevan mochilas pesadas llenas de desprecios, amarguras y vacíos. A veces reaccionan con agresividad cuando lo que buscan es reconocimiento y cariño. ¿Quién puede acompañar a estos jóvenes a escalar la montaña en la que uno se encuentra con Cristo? Es verdad que, junto a historias desfiguradas, hay también preciosos testimonios de historias transfiguradas, pero para que se dé el paso de unas a otras se necesitan guías que acepten el reto de caminar junto a los que se encuentran en los bordes del camino.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Dos estrellas cuestan cien euros


Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo. 

Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.


Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100. 

El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.


Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias. 

Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.