
Acabada la cincuentena pascual, regresamos al Tiempo Ordinario. Desde 2018, por expreso deseo del papa Francisco, este regreso viene marcado por la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Yo aprovecho este lunes para escribir unas líneas sobre algo que viví ayer. Por lo general, todos los domingos, después de celebrar la Eucaristía, desayunar y escribir la entrada del blog, dedico un tiempo a leer la prensa escrita. Ayer encontré dos textos que me hicieron pensar. El primero lo leí en El País Semanal. La periodista Anatxu Zabalbeascoa hace una interesante entrevista a un laico catalán que es filósofo, teólogo, historiador, antropólogo y pedagogo.

Aunque no es conocido por el gran público, su nombre resulta familiar en los círculos intelectuales y eclesiales. Se llama Francesc Torralba. Tiene 59 años. Ha publicado ya unos cien libros. En un momento de la entrevista, la periodista le dice: “No deja de creer cuando muere Oriol”. Es una forma sutil de preguntarle por el impacto que produjo en su fe cristiana la muerte de su hijo Oriol a los 26 años. Torralba no entra a saco en el asunto. Le responde de manera indirecta: “Para entender a un ateo hay que comprender cómo se le habló de Dios cuando era niño. Tuve la suerte de recibir una formación en la que se presentaba a Dios como un oído dispuesto a escuchar, no como un ojo que vigila para condenar. Fui a un colegio laico”. Es sorprendente que, sin haber recibido una formación académica en ambientes religiosos, Torralba hubiera crecido con una experiencia de Dios como Alguien que escucha. Era una forma de decir que Dios también escuchó el dolor que le produjo la muerte de su hijo Oriol.

Enseguida relacioné las palabras del filósofo y teólogo barcelonés con las que ayer mismo escribía Manuel Vicent (90 años) en la última página de El País. La columna se titula Ejercicios Espirituales. En ella, Vicent –escritor valenciano muy reconocido– narra sus experiencias de colegial. Habla del director de una tanda de ejercicios espirituales sentado frente a una mesa camilla en una capilla en penumbra, describiendo “minuciosamente las penas del infierno sin escatimar ningún horror”. Se ve que las descripciones se le quedaron muy grabadas en su cerebro infantil porque las recuerda con detalle: “Decía que este castigo podía caer sobre un niño de siete años recién llegado al uso de razón que cometía su primer pecado o sobre un viejo a punto de morir que lo cometiera en plena agonía después de una vida intachable. Ambos serían condenados al fuego eterno para toda la eternidad”.
Uno puede imaginar el impacto de aquellas meditaciones: “El terror llenaba toda la capilla y yo era uno de aquellos adolescentes aterrorizados”. Después de considerar que los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola “son un monumento a la psicología humana” y han sido escuela para predicadores, psicólogos y policías, concluye que “aquel terror sádico nos sirvió de palanca para conquistar este principio revolucionario: ser felices sin creernos por eso culpables”.

Yo soy 22 años más joven que Manuel Vicent y 9 más viejo que Francesc Torralba, pero mi experiencia se asemeja más a la del filósofo catalán que a la del escritor valenciano. En cualquier caso, hay algo que revelan ambos testimonios: la importancia determinante que tiene la imagen de Dios que percibimos en la infancia. Muchos de los ateos ancianos de hoy fueron educados hace 60 0 70 años en ambientes católicos (colegios y parroquias) en los que se presentaba a un Dios terrorífico que por cualquier minucia podía condenar a una persona al infierno interminable. Algún eco de ese terrorismo catequético llegué a percibir cuando era niño, pero no me marcó.
No me extraña que muchos no crean (que no puedan creer) en ese Dios barbudo, controlador implacable, enemigo de los placeres de la vida. También yo me declaro “ateo” de esa imagen de Dios. Solo una fe basada en la Escritura puede liberarnos de imágenes distorsionadas que solo sirven para suscitar rechazo y alejar a muchas personas de la Iglesia. Quizá hoy está sucediendo algo semejante con la proliferación de imágenes blandas que son solo el reflejo de nuestra inconsistencia y no de la revelación de Jesús. Siempre estamos aprendiendo.























