viernes, 8 de mayo de 2026

Alzar la mirada


Hoy se cumple un año de la elección del cardenal Robert Francis Prevost como el 267 sucesor del apóstol Pedro. Los periódicos ofrecen algunas claves de su pontificado. Incluso llegan a presentarlo como líder global haciendo algunas interpretaciones que me parecen muy superficiales y hasta interesadas. Lo importante es que León XIV ha asumido con humildad y firmeza el encargo recibido. Tendremos ocasión de comprobarlo de cerca cuando, dentro de cuatro semanas, venga a Madrid. 

Precisamente ayer por la tarde participé en la rueda de prensa organizada en las oficinas del arzobispado para presentar los detalles del viaje. Me gustaron las palabras introductorias del cardenal Cobo (“Hay mucha gente que está haciendo todo lo que puede para que este evento tenga alma”), así como las intervenciones posteriores del obispo auxiliar Vicente Martín (que acentuó mucho el carácter social del viaje), de Laura Moreno, directora pastoral del viaje (que explicó con detalle el programa) y de Yago de la Cierva, director técnico (que habló sobre la logística). 

Nos enteramos de detalles curiosos, como, por ejemplo, que Niña Pastori cerrará el acto en el centro CEDIA para personas sin hogar, o de que Siloé actuará en la vigilia de los jóvenes (junto a Hakuna y otros muchos grupos y solistas). Me gustó mucho la iniciativa Tejer redes, el encuentro que el papa León tendrá en el Movistar Arena con gentes del mundo universitario, empresarial y artístico. Si algo necesitamos en una sociedad polarizada es precisamente “tejer redes” entre los que piensan de diferente manera, pero buscan sinceramente el bien común.


Además de con una batería para cargar dispositivos electrónicos (regalo de la archidiócesis a los que participamos en la rueda de prensa), salí de las oficinas de Bailén 8 con la impresión de que un viaje papal es mucho más que un evento que dura tres o cuatro días. Es una oportunidad única para que los católicos salgamos de nuestro letargo y los no creyentes se pregunten si lo que representa el papa tiene alguna plausibilidad, conecta con sus búsquedas y preguntas. 

Vi al cardenal Cobo contento por el modo como se estaba desarrollando la preparación en las parroquias y comunidades, por la generosidad de los casi 18.000 voluntarios (cuando se habían pedido solo 10.000), por el compromiso solidario de empresas, instituciones y particulares, por la actitud colaborativa de las autoridades municipales, autonómicas y estatales, por la disposición abierta de muchos artistas e intelectuales, por la implicación de los medios de comunicación social… y hasta por el decoro de los políticos que lo han invitado a intervenir en el Congreso de los Diputados. 

Es como si un viaje de este tipo desencadenara una ola de civismo y sacase lo mejor de cada uno de nosotros. Quizá lo más valioso del viaje sea su preparación coordinada y su implementación posterior. Con su presencia y su palabra, León XIV, tan amante de la unidad en la diversidad, puede ayudarnos a curar heridas y a descubrir la belleza de ser un pueblo con una rica tradición y un mejor porvenir.


No creo que estas palabras sean retóricas. Traducen el sentimiento que tuve ayer mientras conocía algunos intríngulis de este viaje “casi” improvisado. A veces necesitamos eventos extraordinarios que nos ayuden a sanar la cotidianidad herida o estancada, que nos impulsen 
–como reza el lema del viaje–a “alzar la mirada” y comprobar que la mies ya está granada (Jn 4,35), que hay muchas más cosas buenas en nuestra vida personal y social que las que percibimos con una mirada a ras de suelo. Merece la pena hacer un esfuerzo para caminar con otros. 

El papa León XIV no viene con una varita mágica para resolver nuestros problemas, ni tampoco con un látigo para fustigarnos por nuestros pecados y errores. Viene con una invitación a poner en común esos “dos peces y cinco panes” que cada uno tenemos, de modo que, juntando todo, podamos dar de comer a toda la gente; es decir, a sacar partido de los muchos talentos y dones que Dios nos ha dado para ser co-creadores con Él. 

No me siento capacitado para decirle al papa lo que tiene que decirnos o los lugares que tiene que visitar. Quiero dejarme sorprender y sacudir. No quiero que se limite a confirmar lo que yo pienso, sino que me cuestione y me anime, que me desafíe y me invite a ir más allá, a no conformarme con el límite al que he llegado. 

La Iglesia española es rica de tradición y de carismas, pero necesita que alguien la zarandee un poco, la saque de su ensimismamiento o –por usar la palabra tan repetida por Francisco– de su autorreferencialidad y se ponga en “modo misión”, que es lo mismo que decir en “modo escucha” y en “modo diálogo”. El Espíritu no solo actúa dentro de la comunidad, sino en toda la realidad. Creo que la visita del papa León nos va a servir para todo esto y más.

jueves, 7 de mayo de 2026

De vuelta a casa


He pasado un par de días en el centro de congresos Fray Luis de León de Guadarrama con un grupo de superioras de las Hermanas Hospitalarias. Venían de varios países: España, Portugal, Reino Unido, Francia, Vietnam, Filipinas, India, Camerún, Congo, Chile, Colombia, Ecuador… Las Hospitalarias están embarcadas en un serio proceso de revitalización de su instituto. Quieren seguir haciendo presente la compasión de Jesús en las fronteras de los enfermos mentales. Por paradójico que resulte, en estas primeras décadas del siglo XXI han aumentado los problemas. Los desajustes familiares y la intoxicación digital están haciendo estragos, sobre todo en adolescentes y jóvenes. Se requiere una nueva forma de presencia y acompañamiento. 

Aunque estamos en mayo, en la sierra madrileña hacía más bien frío, así que no pudimos disfrutar mucho del inmenso parque que rodea los edificios brutalistas del centro Fray Luis de León donde estábamos alojados, un centro que fue visitado en varias ocasiones por el actual papa León XIV cuando era superior general de los agustinos. Me emociona comprobar cómo algunos institutos de vida consagrada se están tomando muy en serio la necesidad de “renacer”. No se limitan a afrontar la reducción en Europa y América y a gestionar la expansión en Asia y África, sino que quieren aprovechar esta coyuntura para una renovación a fondo.


Esta tarde voy a participar en una rueda de prensa sobre la próxima visita del papa a España que se producirá dentro de un mes. Espero conocer de primera mano más detalles de los que se hicieron públicos ayer. El programa previsto es muy intenso. Solo un papa “joven” (León XIV tiene solo 70 años) puede someterse a un maratón tan exigente de encuentros, entrevistas y celebraciones en varias ciudades a lo largo de siete días. 

Durante ese tiempo, muchos españoles podremos verlo de cerca; otros lo harán a través de los medios de comunicación social.  Lo más importante no es ver al papa, sino que el papa nos vea, que se haga cargo de la realidad de un país y de una Iglesia que han cambiado mucho en las últimas décadas y que no acaban de encontrar un camino claro. Por eso, necesitamos todos “alzar la mirada”.


Como toda visita papal, también esta será un test proyectivo. Cada uno de nosotros proyectaremos en la figura de León XIV nuestros deseos, temores, expectativas, frustraciones, malestares, preguntas y dudas. Como el objetivo no es contentar a todos (lo que no es posible ni deseable), sino conocer más de cerca la realidad plural de la Iglesia y ayudarnos a “alzar la mirada”, lo que importa es dejarnos interpelar por aquello que confirme nuestra fe y también por lo que pueda desafiarla. 

Yo no espero que el papa nos dé la razón y aplauda todo lo que hacemos, sino que nos ayude a examinar desde la verdad del Evangelio lo que estamos viviendo y nos sugiera caminos de futuro. Comprendo que haya personas –católicos o no– a los que este tipo de visitas les produzca urticaria (por los gastos que implica, por la sobreexposición mediática, por la alteración de la vida social o por otros múltiples motivos), pero eso no significa que la visita sea inútil o dañina. En las sociedades pluralistas necesitamos un mínimo de tolerancia para aceptar lo diferente e incluso lo que no nos gusta. Más aún: estamos llamados a hacer un esfuerzo por abrirnos a nuevas realidades y rescatar en cada persona y situación aquello que hay de verdadero, bueno y bello. Es el único modo de convivir en paz y de madurar como pueblo.

 

Hoy se cumplen 76 años de la canonización de san Antonio María Claret. Todos los años, cuando llega esta fecha, recuerdo unas palabras pronunciadas por Pío XII en la alocución que dirigió al día siguiente a los peregrinos reunidos en Roma con motivo de la canonización. Me parece que constituyen uno de los mejores retratos del santo que se han hecho hasta ahora: 

“Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Hay futuro


En 1986 se hizo famosa la revista musical Mamá, yo quiero ser artista, protagonizada por Concha Velasco en el Teatro Calderón de Madrid. Han pasado 40 años. Hoy sigue habiendo en todo el mundo muchos niños y jóvenes que también aspiran a ser artistas. Me sorprende la infinidad de talentos que aparecen en los muchos concursos que se celebran en casi todos los países del mundo. 

¿No es maravilloso que las nuevas generaciones sean capaces de producir tanta belleza? De vez en cuando, navegando por YouTube, me encuentro con interpretaciones musicales que me conmueven. He escogido cuatro de diferentes ámbitos lingüísticos y culturales.


La primera es del joven italiano Alessandro Tomasi. Tiene apenas 16 años. Acompañándose al piano, hace una interpretación vibrante de Era già tutto previsto, un tema famoso de Riccardo Cocciante, uno de los cantantes franco-italianos de mi época juvenil. El estilo de Tomasi es italianísimo, reconocible y hermoso. 


Sigo con un trío formado por los hermanos Daylon, Daura y Devon Veate, originarios de Phoenix/Tempe, en Arizona. Son cristianos pertenecientes a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Mormones). Devon se encuentra actualmente en Madrid haciendo la obligatoria actividad misional de dos años, así que lo mismo me lo encuentro cualquier día por la Puerta del Sol. 


Dado que sus nombres empiezan por D, eligieron como nombre artístico Life in 3D. Tienen más de 620.000 suscriptores en YouTube. Me encantan las interpretaciones que hacen de artistas famosos como Simon & Garfunkel o John Denver, muchas grabadas en su propia casa. Me hacen retroceder a los años de mi adolescencia. 

Os dejo con el cover de Country Road de John Denver, uno de mis artistas favoritos de música country.


En España hay muchísimos niños, adolescentes y jóvenes que participan en concursos artísticos. Resulta difícil hacer una selección. 


He escogido a la niña Daniela González y su emotiva interpretación de un clásico como La llorona.


Y, por último, para no hacer demasiado larga esta entrada, viajo a Chile para escuchar al joven Ignacio Jerez, uno de los innumerables imitadores de Raphael. Creo que en un par de ocasiones ha visitado España con algunos conciertos. 


Aquí se lanza a interpretar el tema Yo sigo siendo aquel. Su voz suena con la fuerza del Raphael joven. 


Mientras haya chicos y chicas abiertos a la belleza de la música, nuestro mundo tiene futuro. El arte en general, y la música en particular, son una ventana abierta al Misterio. No estamos perdidos cuando las nuevas generaciones se dejan cautivar por la belleza y asumen el reto de cultivarla con disciplina y constancia.

domingo, 3 de mayo de 2026

No compliquemos lo sencillo


Como si hubiera adivinado la confusión en la que hoy vivimos, antes de presentarnos una hoja de ruta clara para conducirnos en la vida, Jesús nos advierte: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1). Así comienza el Evangelio de este V Domingo de Pascua. Es una variante joánica de sus repetidos “No tengáis miedo” que encontramos en los evangelios sinópticos. 

¿Por qué podría turbarse nuestro corazón? Cada uno libramos nuestras propias batallas interiores, pero hay un denominador común: nuestro corazón se turba cuando no vemos con claridad qué camino escoger en la vida. Algunos nos dicen que no nos dejemos engañar por la patraña de las religiones; otros insisten en que el único camino razonable es el que marca la ciencia; los más poéticos nos invitan a dejarnos guiar por lo que sintamos en el corazón… 

Lo que Jesús nos dice es de una sencillez y claridad extremas: “Creed en Dios y creed también en mí”. Habla como hablaría un niño, sin perderse en explicaciones innecesarias. Por si la fe en Dios y en él pudiera parecer un fenómeno elitista, añade que “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. La experiencia de Dios no es igual para todos. Como cantaba el poeta zamorano León Felipe: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo / de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.”


¿Cuál es ese “camino virgen”? O, por decirlo con las palabras del apóstol Tomás: “¿Cómo podemos saber el camino?”. Aquí es donde el relato del Evangelio de Juan incrusta la respuesta de Jesús que se ha convertido en una especie de carta de identidad y que ha recibido infinitos comentarios a lo largo de los siglos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). El mismo Jesús que otras veces se presenta como “luz”, “agua viva”, “buen pastor, “puerta” o “pan vivo”, ahora dice que Él es el camino que conduce al Padre. Por si hubiera alguna duda, lo aclara: “Nadie va al Padre sino por mí”. No hay otra forma de conocer la verdad de Dios y de saber que es vida si no a través del “camino de Jesús”. 

Recuerdo que la única vez que viajé a Taizé (Francia), en el ya lejano abril de 1980, me impresionaron unas palabras del hermano Roger Schutz, prior de la comunidad monástica: “Tú que buscas a Dios, ¿lo sabes? Lo esencial es la acogida de su Cristo”. Aquí reside el secreto para todos los que, de múltiples maneras, buscamos a Dios y deseamos encontrar el camino apropiado: “Lo esencial es la acogida de su Cristo”. No podemos ver al Padre, pero podemos ver su reflejo en el hombre Jesús porque –como Él mismo dice– con la fuerza de su testimonio: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. O de otro modo: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”.


Los corazones sencillos entienden esto a la primera: Dios es el Padre de todos y Jesús es el camino que nos lleva a Él. Por eso, creer en Jesús es creer en Dios. ¿Por qué esta verdad diáfana, dadora de sentido y de vida, ha dejado de ser clara para muchas personas de nuestro tiempo? ¿Qué nos impide acoger con humildad la revelación de Jesús? ¿Por qué otras palabras (las provenientes de algunos científicos o filósofos ateos, las que difunden ciertos medios de comunicación social o las que nos decimos a nosotros mismos de manera obsesiva) nos resultan más convincentes que las palabras de Jesús? Este es el drama de nuestro tiempo. 

Estamos empeñados en buscar “otros” caminos que parecen más razonables y despreciamos el “camino” que es Jesús. Podemos rodear este drama de todos los circunloquios intelectuales que queramos, pero, al final, la cuestión es esta: ¿Quién nos merece más confianza: el evangelio de Jesús o los discursos de los hombres? ¿Hemos encontrado en nuestra vida algún camino más luminoso y liberador que el camino de Jesús? 

La carta de Pedro (segunda lectura) nos advierte con claridad que este Jesús es la “piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios”. La historia se repite a lo largo del tiempo. Jesús sigue siendo rechazado, pero también creído. Él no nos echa en cara nuestra incredulidad, sino que nos invita a no tener miedo y a confiar en Él. 



sábado, 2 de mayo de 2026

El coraje de seguirlo


Está lloviendo a intervalos durante la mañana. Tras varias semanas de sol intenso, es bueno celebrar el día de la comunidad de Madrid con agua generosa. Los jardines y parques agradecen este regalo de primavera. 

Con la lluvia de fondo, pienso en la pasada Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Hoy se habla mucho de la necesidad de crear una cultura vocacional en la que comprendamos que la vida es vocación y en la que todos podamos preguntarnos qué quiere Dios de nosotros. Tengo un buen número de amigos y amigas laicos que en los últimos años han (re)descubierto la belleza y fuerza de su vocación laical. No todos la expresan a través del matrimonio. 

Desde hace décadas se dice que estamos viviendo en la Iglesia la “hora de los laicos”. Hasta podríamos decir que hay una verdadera primavera de la vocación laical. Este es un signo hermoso de la vitalidad de la Iglesia. Cada vez conozco a más laicos con deseos de formarse, de comprometerse en la evangelización y, en muchos casos, de vivir su vida familiar como una expresión de la Iglesia doméstica. 

¿No es este un fruto de la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios en la que todos los bautizados somos llamados a seguir a Jesús, vivir el Evangelio y ser misioneros? ¡Ojalá quienes se bautizaron de niños y quienes lo han hecho de adultos sigan viviendo con alegría su vocación laical en un contexto tan desafiante como el nuestro!


¿Qué pasa con las vocaciones a otras formas de vida consagrada o al ministerio sacerdotal? El descenso numérico con respecto a hace cinco décadas es evidente. Hoy son pocos los jóvenes que se sienten llamados a ingresar en una orden monástica, una congregación religiosa, una sociedad de vida apostólica o en un instituto secular. Y también son pocos los chicos que ven el ministerio sacerdotal como un camino personal de entrega a Dios y a la comunidad y de servicio al mundo. 

No voy a repetir aquí el catálogo de causas que ha sido analizado hasta la saciedad: desde el descenso demográfico en Occidente hasta la secularización de las familias, el deterioro de la imagen pública de esas vocaciones a causa de algunos escándalos o la propuesta de otros modelos vocacionales más atractivos y menos contraculturales. Y, sin embargo, a mayor número de vocaciones laicales, más necesidad de vocaciones sacerdotales y consagradas. 

Conozco adolescentes y jóvenes (por lo general, hijos o nietos de amigos míos) que son buenos estudiantes, generosos, sensibles, trabajadores, incluso piadosos, pero que ni por asomo piensan que Dios pueda llamarlos a estas vocaciones de testimonio y servicio. ¿O sí? 

Tal vez algunos de ellos se parecen a esa persona que –según el evangelio de Marcos– “se le acercó [a Jesús] corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»” (Mc 10,17). 

La respuesta inicial de Jesús parece obvia: “Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Es como si se limitara a recordarle el catecismo. La reacción del joven (en realidad, solo el evangelio de Mateo nos dice que esta persona era joven: Mt 19,16) la podríamos actualizar así: “Todo eso ya lo hago, Maestro. He crecido en una familia católica, frecuento un colegio religioso, formo parte de un grupo parroquial, soy voluntario de una ONG y hasta he participado en la JMJ”.


Lo bueno viene ahora, cuando Jesús le dice con cariño: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme” (Mc 10,21). La reacción del muchacho tipifica la reacción de muchos jóvenes de hoy cuando sienten el cosquilleo de la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada: “A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. Seguir a Jesús implica siempre –también en el caso de las vocaciones laicales– no poner la confianza en lo que tenemos: carrera, trabajo, relaciones, bienes materiales, etc. Cuando se habla de vocaciones a la vida consagrada este desapego es más explícito. 

En un contexto en el que se ensalza tanto el sexo, el dinero y la autonomía personal, es humanamente normal que muchos frunzan el ceño, den media vuelta y se vuelvan tristes a sus posiciones de siempre. Me parece que aquí es donde se juega el misterio de una vocación. Influyen las condiciones familiares y sociales, influye el momento cultural, influye la secularización galopante, influyen las redes sociales, pero lo que realmente determina la respuesta es el coraje de quien escucha la llamada de Jesús y se arriesga a dejarlo todo para ir tras Él. ¿Seguro que no hay jóvenes con este coraje en la actualidad? ¿O es que nosotros no sabemos hacerles la propuesta y acompañarlos?

viernes, 1 de mayo de 2026

Y en estas llegó mayo


Me gusta el mes de mayo. Los días son largos, la temperatura es cálida sin llegar a los extremos del verano, hay una explosión de hojas y flores en los parques y jardines y todos comienzan a soñar con las vacaciones mientras ultiman los trabajos del curso académico o laboral. Si a este tono primaveral le añadimos el toque litúrgico (mayo es un mes pascual) y mariano (en Europa, mayo es el mes de María), entonces la combinación es perfecta. Lo pensaba ayer, último día de abril, mientras me hacía diez kilómetros a pie por el centro de Madrid durante algo más de dos horas. 

Caminando por el paseo del Prado, subiendo la calle de Alcalá o deambulando por la remozada plaza de España, viendo a la gente pasear, conversar o tomar algo en las innumerables terrazas, sentía que el arte de vivir consiste a veces en algo tan sencillo como contemplar la naturaleza, disfrutar de una conversación y tomar una cerveza fría con un grupo de amigos. A esta sabia conclusión se llega después de siglos intentando fórmulas variadas. Solo los pueblos con una larga historia descubren que estas cosas sencillas son más humanas y placenteras que trabajar sin horario, multiplicar los viajes o idear abstrusas interpretaciones acerca del origen del mundo o el sentido de la vida.


Escribo con la ventana abierta para que me entre el reflejo del sol de mediodía. El termómetro marca 21 grados. No hay ruido de coches. Muchos madrileños han abandonado la ciudad para disfrutar de un largo fin de semana. Se oye el ladrido lejano de un perro callejero. Repaso mentalmente mis planes para estos días de asueto sobrevenido. Necesito descansar. 

Mientras en los juzgados se habla de corrupción y los periódicos editorializan el asunto según su tendencia, yo me prometo a mí mismo no dejarme contaminar por el exceso de bazofia. No soy indiferente a lo que se está cociendo en el mundo de la política, pero tampoco quiero que mi vida gire en torno a ella. 

¿Qué más tiene que suceder para que abramos los ojos y no repitamos errores? Es triste reconocerlo, pero tenemos los políticos que se corresponden con nuestra insensatez y nuestros votos. Es muy fácil dejarnos seducir y engañar. Casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde, deudores como somos de la televisión y el marketing político. Nos encandila un ligero aumento de sueldo o de pensión, aunque luego la inflación y los impuestos se lo coman con nocturnidad y alevosía. 

En otros tiempos se protestaba. Hoy, anestesiados por la vida cómoda y las redes sociales, preferimos dejar que las cosas pasen, con la esperanza –a menudo vana– de que algún día cambiarán por arte de magia. Algunos trabajadores salen hoy a la calle “contra el precio de la vivienda y el auge de la ultraderecha”, pero más parece un rito de otros tiempos que una verdadera reivindicación de hoy. También los sindicatos padecen el desmantelamiento de las instituciones.


La única que se mantiene fiel a su cita y a su esencia es la primavera. Le da igual que gobierne la izquierda o la derecha, que suba el precio del petróleo o que Trump amenace con retirar las tropas de España e Italia. La naturaleza también cambia, pero sus ciclos no funcionan al ritmo de nuestros relojes. 

No sé si, tras la IA (Inteligencia Artificial), vendrá la NA (Naturaleza Artificial), pero mucho me temo que ese es el sueño de algunos desaprensivos que, sin haber leído el Génesis, todavía se empeñan en comer del árbol del bien y del mal (cf. Gen 2,17) y creer que no va a pasar nada. Cuando nos toque vagar desnudos fuera del paraíso, caeremos en la cuenta de nuestro estúpido error, pero en algunos casos será demasiado tarde. El orgullo suele ser ciego. 

Ahora me sorprende el canto de uno de los gorriones que revolotea por el pequeño jardín de nuestra casa. Me gustaría descifrar su trino. Aventuro una traducción que no ha pasado por el filtro de ningún traductor automático. Creo que lo que el gorrión canta es más o menos esto: “Mirad los pájaros del cielo como yo: no sembramos ni segamos, ni almacenamos y, sin embargo, el Padre celestial nos alimenta. ¿No valéis vosotros más que nosotros?”. ¿Dónde he leído yo algo parecido? 

Tengo la impresión de que este gorrión es una especie de psicoterapeuta a domicilio. ¡Manda narices! ¡Que tenga que ser un gorrión quien nos enseñe el camino de la vida! Y nosotros tan seducidos por las últimas aplicaciones de IA cuando tenemos desde hace siglos consejeros que revolotean a nuestro lado. 


jueves, 30 de abril de 2026

Lo que va de Charles a Donald


Está dando mucho que hablar el discurso que anteayer pronunció el rey Carlos III del Reino Unido en el Congreso de los Estados Unidos. Muchos analistas lo presentan como una obra maestra de la diplomacia. Supo combinar profundidad, concisión, elegancia, crítica y humor, sin perder nunca la compostura y la flema británicas. 

Más allá de la simpatía o antipatía que provoque en nosotros el personaje, merece la pena destacar algunos elementos de su aplaudida intervención. 

Extraigo, en primer lugar, varias perlas de humor. La primera es muy conocida. Suele citarse a menudo cuando se quiere acentuar las diferencias entre el inglés británico y el americano:

«Y durante todo ese tiempo, nuestros destinos como naciones han estado entrelazados. Como dijo Oscar Wilde: “Hoy en día tenemos realmente todo en común con Estados Unidos, salvo, por supuesto, el idioma”».

Ya se sabe que a los ingleses les suena muy nasal y rudo el inglés que se habla en Estados Unidos. A los estadounidenses, por su parte, el inglés británico les parece demasiado formal y anticuado.

La anécdota del rehén palaciego, típicamente británica, tiene también su gracia y su moraleja:

«Como sabrán, cuando me dirijo a mi propio Parlamento en Westminster, seguimos una tradición ancestral y tomamos «como rehén» a un diputado, reteniéndolo en el Palacio de Buckingham hasta que regreso sano y salvo. Hoy en día, cuidamos tan bien de nuestro «invitado» que a menudo no quiere marcharse. No sé, señor presidente, si hoy hay algún voluntario para desempeñar ese papel aquí».

Para poner de relieve el distinto concepto del tiempo que rige en cada uno de los dos países, Carlos III apostilló con ironía:

«Los Padres Fundadores fueron rebeldes audaces e imaginativos que luchaban por una causa. Hace doscientos cincuenta años, o, como decimos en el Reino Unido, «hace solo unos días», declararon la independencia».


Y ahora entramos en cuestiones más de fondo. El rey Carlos enfatizó mucho las raíces democráticas de ambos países en este año en que se celebra el 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos de la corona británica:

«Con el espíritu de 1776 en nuestras mentes, quizá podamos estar de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo —al menos en un primer momento—. De hecho, el principio mismo sobre el que se fundó su Congreso —no hay tributación sin representación— fue a la vez un desacuerdo fundamental entre nosotros y, al mismo tiempo, un valor democrático compartido que ustedes heredaron de nosotros».

Un aspecto que extraña mucho a los políticos del centro y del sur de Europa (y, de manera especial, a los españoles) es la mención a las raíces cristianas de nuestros países y, en general, al significado de la religión en la sociedad. Carlos III fue muy explícito al respecto y, al mismo tiempo, muy abierto y respetuoso de la diversidad:

«Y, señor presidente, para muchos de los aquí presentes —y para mí mismo—, la fe cristiana es una firme ancla y una inspiración diaria que nos guía no solo a nivel personal, sino también como miembros de nuestra comunidad. Habiendo dedicado gran parte de mi vida a las relaciones interreligiosas y a un mayor entendimiento, es esa fe en el triunfo de la luz sobre la oscuridad la que he visto confirmada en innumerables ocasiones. A través de ella, me inspira el profundo respeto que se desarrolla a medida que personas de diferentes credos crecen en su comprensión mutua. Por eso es mi esperanza —mi oración— que, en estos tiempos turbulentos, trabajando juntos y con nuestros socios internacionales, podamos impedir que los arados se conviertan en espadas».

¿Podemos imaginar en España a un político expresándose en estos términos? Es casi imposible. Enseguida sería acusado de no respetar la  aconfesionalidad del Estado y otras lindezas semejantes. Por si no bastara con referirse a la fe en general, Carlos III fue todavía más explícito cuando aludió a su experiencia personal del tiempo litúrgico:

«Soy consciente de que aún estamos en el tiempo de Pascua, la época que más fortalece mi esperanza. Por eso creo, de todo corazón, que la esencia de nuestras dos naciones es la generosidad de espíritu y el deber de fomentar la compasión, promover la paz, profundizar en el entendimiento mutuo y valorar a todas las personas, de todas las religiones y de ninguna».


Han sido muy aplaudidas y comentadas sus palabras en relación con el respeto a la objetividad de la ley, en clara crítica a los comportamientos arbitrarios de Donald Trump, aunque sin citarlo:

«Nuestros ideales comunes no solo fueron fundamentales para la libertad y la igualdad, sino que también constituyen la base de nuestra prosperidad compartida. El Estado de derecho: la certeza de unas normas estables y accesibles, un poder judicial independiente que resuelve los conflictos y administra justicia de forma imparcial. Estas características crearon las condiciones para siglos de un crecimiento económico sin igual en nuestros dos países. Por eso nuestros gobiernos están firmando nuevos acuerdos económicos y tecnológicos: para escribir el próximo capítulo de nuestra prosperidad conjunta y garantizar que el ingenio británico y estadounidense siga liderando el mundo».

No faltó una referencia al gran desafío ecológico que estamos afrontando en este siglo XXI. Es conocida la sensibilidad de Carlos III hacia este tema y su lucha a favor de la sostenibilidad del planeta. Después de ponderar las bellezas naturales de los Estados Unidos, en un claro y diplomático ejercicio de captatio benevolentiae, añadió:

«Sin embargo, al tiempo que celebramos la belleza que nos rodea, nuestra generación debe decidir cómo hacer frente al colapso de sistemas naturales fundamentales que amenaza mucho más que la armonía y la diversidad esencial de la naturaleza. Ignoramos, por nuestra cuenta y riesgo, el hecho de que estos sistemas naturales —en otras palabras, la propia economía de la naturaleza— constituyen la base de nuestra prosperidad y nuestra seguridad nacional».

Sin entrar ahora a juzgar la coherencia moral del personaje u otros aspectos controvertidos de su trayectoria, siempre se aprende algo de figuras que parecen llevar la historia a las espaldas. La diferencia entre Charles y Donald es bastante evidente.