viernes, 16 de octubre de 2026

El arte de perseverar


Hace poco más de cuatro meses León XIV pasó por España. Hubo una sacudida pública. Su persona y sus mensajes parecieron conectar con muchos españoles, incluso con algunos que no se consideran miembros de la Iglesia. Llegó el verano. Vinieron los incendios, la invasión de Ceuta. El viaje papal se hundió en las aguas del pasado. Llegó el otoño. Fue invadida la Puerta del Sol de Madrid, una especie de Tarajal-2 sin playa. A cambio, los acampados se bañan en la fuente de Carlos III. Se anunciaron elecciones generales para el 29 de noviembre. Pedro Sánchez no sabía que ese día comienza el Adviento. Los partidos enseñan los dientes. Al Papa le diagnosticaron cáncer de pulmón. Fue operado el “martes 13” en el policlínico Gemelli de Roma. Suma y sigue.

Suceden tantas cosas y tan deprisa que uno se pregunta si hay posibilidad de retener mensajes, mantener opciones y cultivar afectos. Es como si la velocidad de la vida nos castigara a todos a padecer una suerte de trastorno de la atención. Coleccionamos encuentros, palabras, experiencias e imágenes como quien colecciona fotos en la memoria de su móvil que nunca va a volver a ver. La velocidad de la vida nos hace olvidadizos. La novedad de hoy convierte en antigualla la novedad de ayer. A este ritmo, acabamos todos con la lengua fuera.


No me extraña que cada vez se diagnostiquen más casos de ansiedad. Muchas personas no aguantan la carrera de la vida. Les falta aire. Se ahogan. No pueden digerir (o “gestionar”, como se dice ahora) tantos estímulos. Algunos aconsejan dejarse llevar, surfear las olas de la historia, no gastar energía en ir contracorriente. Otros insisten en la importancia de cultivar la atención para que lo urgente no se coma lo importante. Ambos consejos me parecen sabios y pertinentes. Yo me atengo más al segundo que al primero. 

En medio de tantos estímulos, procuro cultivar el “arte de perseverar”. Ese arte pasa indefectiblemente por la práctica diaria de la oración, por el ejercicio asiduo de la “presencia de Dios”. Sin detener el reloj para no hacer nada, excepto estar a solas con Dios (con “quien sabemos nos ama”, como diría Teresa de Jesús, la santa cuya memoria celebramos ayer), me parece imposible no sucumbir al vértigo de la vida cotidiana. Sin oración, no acabamos de estar a lo que estamos, nos dejamos vencer por la nostalgia o por la ansiedad, dejamos de cultivar lo que nos da vida y nos alimentamos con lo que nos la roba.


¡Qué difícil es encontrar una persona que “persevere” en las relaciones, que no se dedique solo a usarlas cuando resultan útiles o a disfrutar de ellas para decorar la propia vida! ¡Qué difícil es pasar del “a ver cuándo quedamos” a fijar un día y una hora para estar sin prisas con las personas a las que queremos o que necesitan nuestra presencia! ¡Qué difícil es hacer algunas opciones en la vida y permanecer en ellas, aunque soplen vientos en contra! Jesús nos lo ha dicho con claridad: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El arte de perseverar está ligado a nuestra unión con Jesús. Y la unión con él pasa por una oración humilde, atenta, sostenida en el tiempo. 

La oración es un antídoto contra el virus de la prisa y la dispersión. Es también una medida preventiva de la ansiedad. Al “centrarnos” en lo esencial, nos libera de la tiranía de lo efímero y accesorio. Los hombres y mujeres de oración siguen siendo tan frágiles como los demás, están expuestos a cualquier tentación, pero su vinculación al centro les permite afrontar las pruebas de la vida con la fuerza de Jesús. Se adiestran en el arte de perseverar junto a Aquel que nos ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn 15,7).

lunes, 12 de octubre de 2026

Viva la Hispanidad


En España celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Pilar. En Zaragoza esta fiesta es un estallido de fe, devoción y color. También se celebra el Día de la Hispanidad, que en España coincide con la Fiesta Nacional. Demasiados motivos concentrados en un solo día. En Madrid la fiesta de la Hispanidad comenzó el pasado día 2 y terminará hoy. Estuve el pasado sábado en el concierto que el cantante colombiano Sebastián Yarta dio en la Plaza de España. En un momento dado, lanzó una pregunta retórica: “¿Hay aquí algún colombiano?”. Rugió una marea de gente que se sabía de memoria las letras de sus canciones. Solo en la comunidad de Madrid hay más de un millón de hispanoamericanos, de los que los colombianos representan un quinto aproximadamente. 

Basta viajar en metro para caer en la cuenta de esta masiva presencia de hispanoamericanos. El crecimiento ha sido espectacular. Al comienzo del siglo XXI había poco más de 80.000. En un cuarto de siglo se han multiplicado por más de diez. Es lógico, por tanto, que la fiesta de la Hispanidad vaya cobrando fuerza de año en año. A ello se une el esfuerzo revisionista de la Leyenda Negra que están llevando a cabo historiadores, investigadores y divulgadores como Juan Miguel Zunzunegui (México), César Pérez Guevara (Venezuela), Fernando Cervantes (México), Marcelo Gullo (Argentina), Patricio Lons (Argentina), Francisco Núñez del Arco (Ecuador)… y otros muchos que, apartándose del relato oficialista impuesto en la mayoría de países hispanoamericanos en el siglo XX, se esfuerzan por hacer una lectura más objetiva de la historia, sin los prejuicios ideológicos que la han contaminado durante décadas. Naturalmente, muchos de ellos están recibiendo críticas furibundas por parte de algunos gobiernos y sus corifeos, que siguen utilizando la historia para justificar sus propios intereses y sus desaguisados actuales.


Son tantos los vínculos familiares, lingüísticos, culturales, religiosos y económicos que unen a los pueblos hispanoamericanos que bien merece la pena celebrarlos y proyectarlos hacia el futuro. No sabemos cómo evolucionará este sentimiento identitario a lo largo del siglo XXI, pero es probable que, tras dos siglos de distanciamiento y recelos, se abra una nueva etapa de respeto y colaboración. Lo que los políticos no son capaces de lograr lo harán los millones de ciudadanos de todos los países hispanoamericanos que conviven a ambos lados del Atlántico. 

Son también muchos los artistas que cantan en la misma lengua y comparten un mismo espacio cultural. Los prejuicios siguen siendo muy fuertes, se difunden a menudo en algunos planes de educación y son alimentados por políticos de inspiración marxista, pero me parece que los vientos de la historia soplan ahora en la dirección de un proyecto cultural y económico compartido, compatible con la diversidad política.


¿Cuál es el significado de la Virgen María en este proceso? La pregunta puede parecer molesta, casi impertinente porque parece mezclar otra vez la fe y la política. Sin embargo, la presencia de la Virgen, venerada en multitud de advocaciones, es evidente: Pilar (España), Guadalupe (México), Luján (Argentina), Caridad del Cobre (Cuba), Chiquinquirá (Colombia), Coromoto (Venezuela), Copacabana (Bolivia), Virgen del Carmen (Chile), Nuestra Señora de los Ángeles (Costa Rica), Nuestra Señora de Suyapa (Honduras), Nuestra Señora de la Providencia (Puerto Rico), Nuestra Señora de Altagracia (República Dominicana), Virgen del Quinche (Ecuador), Nuestra Señora de las Mercedes (Perú) y otras muchas. 

Reconocer a la misma Madre y denominarla de formas diferentes es una hermosa expresión del sentido de unidad y diversidad que caracteriza a la gran comunidad hispanoamericana. La fe cristiana, junto la con lengua común y sus innumerables acentos, es seguramente el vínculo más profundo que hermana a todos los pueblos que celebran el Día de la Hispanidad. Quizás hoy sea Madrid la ciudad que mejor expresa esta hermandad. Aquí se encuentran muchos hombres y mujeres provenientes de todos los países de Hispanoamérica, en un crisol que, poco a poco, irá creando una nueva identidad. Merece la pena celebrar este proceso histórico. Ya no miramos tanto al pasado (siempre expuesto a deformaciones de todo tipo), sino a un presente muy visible y a un futuro que podemos construir juntos. ¡Viva la Hispanidad!

viernes, 9 de octubre de 2026

Algo se puede hacer


Nos aguarda un fin de semana largo en España. Hoy viernes muchas personas se ponen en camino. Parece que las temperaturas serán frescas. Servirán para aliviar el calor político y mediático. Me temo que durante las próximas semanas abundarán los “incendios electorales”. Habrá un continuo pimpampum de acusaciones y una falta de propuestas realizables. Hoy me he enterado de que en España hay más de 4.000 partidos políticos registrados, aunque solo una docena tienen representación parlamentaria. Es casi imposible abrirse paso entre el histórico duopolio formado por el PSOE y el PP (a nivel nacional) y por la hegemonía de algunos partidos nacionalistas (en sus respectivas demarcaciones). Lo intentan Vox (a la derecha) y Sumar y otros partidos pequeños (a la izquierda). Consiguen algunos diputados, pero el sistema electoral los castiga. Está diseñado para favorecer a las mayorías nacionales y a las minorías regionales. 

Por eso, me temo que una formación emergente como España mejor lo va a tener muy difícil para hacer oír su voz y difundir su propuesta de regeneración democrática. Habría que cambiar el sistema para hacerlo más justo, pero a los grandes y a los nacionalistas no les interesa. Seguiremos así in secula seculorum. La regeneración tendrá que esperar. Pensando en las votaciones del 29 de noviembre, tengo bastante claro a quién no votar. Mi duda es a quién votar. La corrupción y la falta de medidas eficaces son fenómenos transversales. La experiencia me ha vuelto muy escéptico, aunque siempre queda una brizna de esperanza. ¿Habremos aprendido algo en los últimos 50 años?


Hay muchos electores fanáticos. Votan siempre al mismo partido, haga lo que haga. Lo que les importa no es la racionalidad de sus propuestas y actuaciones, sino el sentimiento visceral de pertenencia a una clase, una ideología o una tradición. Hay otros muchos electores sensatos, que analizan la trayectoria de los partidos y sus realizaciones. Por eso mismo, porque son críticos, nunca encuentran ninguno que los satisfaga. Se acogen al “mal menor”, que siempre representa una derrota de las propias convicciones. ¿Está la política condenada a moverse siempre en el reino del “mal menor”? 

Ofertas hay muchas (ya he recordado antes la cifra apabullante de partidos registrados), pero, más que indicar una riqueza de ideas, expresa el atolondramiento actual. Cuando cuatro gatos registran, por ejemplo, un partido cuyo objetivo es la defensa del cannabis o el voto en blanco, podemos hacernos una idea del nivel al que hemos llegado. ¿Tan difícil es hacer una propuesta que recoja lo más sensato y conducente al bien común? Parece una empresa imposible en las sociedades plurales como la nuestra. Por eso, hay tantas personas honradas y competentes que huyen de la política como del mismo diablo. No tienen ningún interés en medrar y sí tienen mucho interés en no corromperse.


Siempre cabe imaginar y esperar que las nuevas generaciones aprendan de los errores y aciertos de las precedentes, pero no es un proceso garantizado de antemano. La ventaja que hoy tenemos es el fácil acceso a la información y la facilidad para difundir mensajes, pero esto mismo constituye un enorme riesgo. Corren a la misma velocidad las informaciones veraces y los bulos, la opinión de un experto y la de un cantamañanas, las propuestas inteligentes y los sofismas. Pensamiento crítico y probidad moral son los dos ingredientes que pueden ayudarnos a no sucumbir en este supermercado de ideologías y consignas. 

El primero está cada vez más amenazado por el enorme influjo de los medios digitales y de la Inteligencia Artificial. El segundo depende, en buena medida, del contexto familiar en el que uno se abre al mundo de los valores y los interioriza. El desafío es grande para todos aquellos que tenemos alguna responsabilidad educativa. Soy muy escéptico con respecto al cambio de mentalidad de las generaciones mayores, pero albergo esperanza con respecto a los jóvenes. La formación para la participación política debería ser normal en los centros educativos y en las comunidades cristianas. Algo se puede (y se debe) hacer. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El mundo gira


Desde el lunes por la mañana ya sabemos que tendremos elecciones generales el domingo 29 de noviembre. Lo que el presidente Sánchez no dijo es que ese día será el primer domingo de Adviento. Y ya se sabe que el Adviento es un tiempo litúrgico marcado por la esperanza de que algo nuevo va a suceder. ¿Tendrá esta esperanza una versión política y no solo litúrgica? Faltan varias semanas para saberlo, pero debemos armarnos de sagacidad y paciencia para no sucumbir bajo el peso de una campaña electoral que se prevé agónica. 

Los ciudadanos desearíamos propuestas concretas dirigidas a nuestra inteligencia y buen sentido, pero lo más probable es que nos encontremos con maniobras distractivas dirigidas a nuestras vísceras. Nuestra única arma eficaz es una humilde papeleta depositada en un sobre color sepia, pero vamos a utilizarla con toda la determinación posible. Hay veces que el voto es más que el apoyo a un partido. Es un ejercicio de higiene democrática. Se va a hacer muy larga la espera. Abundarán los conejos sacados de la chistera y las zancadillas de todo signo, pero la paciencia todo lo alcanza. Santa Teresa dixit.


Escribo estas líneas en la memoria litúrgica de la Virgen del Rosario. No me gusta mucho el origen bélico de la fiesta, pero sí su contenido. Es hermoso contemplar a María como Madre que nos acompaña a lo largo de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de nuestra vida porque, adiestrada en el acompañamiento de los misterios de su Hijo, entiende a cabalidad los nuestros. El Rosario es una práctica devocional que solemos valorar más cuando nos hacemos mayores y aprendemos a convivir pacíficamente con la repetición. Pero es también una metáfora de la vida. La sucesión de misterios gozosos, (luminosos) y dolorosos es nuestro pan de cada día. El gozo, la luz y el dolor se van alternando como las cuentas de nuestros viejos rosarios. 

Lo que da sentido a cada ingrediente es la esperanza de que el rosario de la vida termina con los misterios de gloria. Por gozoso que sea el nacimiento o por dolorosa que sea la cuesta del Calvario, la palabra última tiene sabor de resurrección. Los que caminamos por este “valle de lágrimas” (la Salve utiliza una expresión muy acertada) estamos llamados a compartir el triunfo de Jesús. Lo dice de manera muy hermosa la oración colecta de hoy: “Señor, derrama tu gracia en nuestros corazones, y ya que hemos conocido por el anuncio del Ángel la encarnación de tu Hijo Jesucristo, condúcenos por su Pasión y su Cruz, con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección”. Preciosa síntesis del Rosario existencial y también del devocional.


Ayer hubiera querido escribir algo sobre san Bruno de Colonia, fundador de los Cartujos, pero no tuve tiempo. Últimamente me siento muy atraído por el lema de esta Orden religiosa. He escrito algo sobre él en mi carta de octubre de la revista Vida Religiosa. Aunque ya no estamos para muchos latines, debo citarlo en su tenor original: Stat Crux dum volvitur orbis. Son cinco palabras escuetas que se pueden traducir así: “La Cruz permanece mientras el mundo gira”. ¿No os parece un lema muy actual? Hoy tenemos la impresión de que todo va muy deprisa, de que “il mondo gira”, como cantaba en los años 60 Jimmy Fontana y luego otros muchos, incluidos mis amigos de Il Volo, han repetido con entusiasmo. 

Si todo da vueltas, si nada parece estable, ¿cómo no sentirnos perdidos? ¿Cómo encontrar un ancla en este agitado mar de la historia? Para los cristianos, el ancla es la Cruz de Jesús. El sufrimiento nunca pasa de moda. Pero no se trata solo de ser contemporáneos del dolor. La novedad cristiana consiste en descubrir que la Cruz es un sufrimiento vencido, un amor derramado. Si permanecemos junto a ella, como María (stabat Mater iuxta Crucem), no habrá huracán que pueda doblegarnos. Los misterios dolorosos del Rosario de la vida estarán siempre abiertos al misterio glorioso de la resurrección.



domingo, 4 de octubre de 2026

Parábolas picantes


Hoy se celebra el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, el santo más admirado y menos imitado. Pero, como la fiesta coincide con el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario pasa a un segundo plano, excepto para la ciudad de Asís y la inmensa familia franciscana. O quizá no. El Evangelio de hoy es “franciscano” de principio a fin. Es la conocida parábola del propietario de una viña que la arrienda a unos trabajadores esperando recibir el fruto a su tiempo. Pero no solamente no recibe nada, sino que sus enviados son asesinados e incluso su hijo corre la misma suerte: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Es obvio que cuando se escribe el Evangelio de Mateo a finales del siglo I se está pensando en los judíos que han rechazado el mensaje de Jesús y en los paganos que lo han acogido con alegría. La conclusión de la parábola es terminante: “Os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Estas palabras de Jesús se actualizan en cada momento histórico y en cada contexto social y eclesial. No es difícil aplicarlas a la situación que hoy vivimos. Me invento algunas versiones para andar por casa. 


Jesús podría decir hoy algo parecido a esto: “Habéis nacido en el seno de familias de tradición católica. Habéis asistido a colegios privados o concertados de inspiración cristiana. Habéis hecho la primera comunión y habéis recibido la confirmación. Pero pronto os habéis cansado de ser mis seguidores, seducidos por un estilo de vida que antepone el placer al sacrificio, el lucro a la solidaridad y el poder al servicio. Os habéis alejado de la comunidad de la Iglesia porque ya no os dice nada. Abrazáis todas las causas que están de moda porque mi Evangelio os parece rancio y mi comunidad obsoleta. 

Dado que habéis rechazado con más o menos decisión el tesoro de la fe, se lo concederé a hombres y mujeres que provienen de familias secularizadas, que han estudiado en colegios públicos y no han tenido la oportunidad de hacer el Camino de Santiago o participar en una JMJ. Ellos me descubrirán como Camino, Verdad y Vida, se sentirán atraídos por la fuerza de mi Evangelio, pedirán el bautismo de adultos, se sentirán miembros activos de la Iglesia y procurarán vivir su compromiso cristiano en todos los ámbitos”.


Por si esta versión resultase demasiado intimista, admite otra más social y cultural: “Dado que la mayoría de los países de larga tradición cristiana (sobre todo, los europeos) os sentís muy adultos y os habéis emancipado de la tutela de la Iglesia, habéis sustituido los valores del Evangelio por vuestra moral autónoma y habéis desertado de la vida sacramental, me mostraré con fuerza a muchos hombres y mujeres de África, América y Asia. Ellos acogerán con humildad el don de la fe y producirán frutos de renovación, incluso en el seno de vuestras sociedades secularizadas”. 

Lo normal es que, ante estas versiones un tanto heterodoxas, reaccionemos con desdén o con enojo. En ese caso, la parábola nos habrá tocado por dentro y habrá alcanzado su objetivo. Jesús no cuenta parábolas para entretener o instruir, sino para remover el corazón y llamar a la conversión. Francisco de Asís entendió esto tan a la letra que incluso hoy su vida nos resulta exageradamente provocativa. En el mejor de los casos, la admiramos, pero sin sentirnos interpelados por ella; en el peor, la consideramos excéntrica y fuera de nuestro alcance. Así nos quedamos con la conciencia tranquila. 


sábado, 3 de octubre de 2026

Retiro de fin de semana


Si miro el tiempo meteorológico, me sereno, aunque las lluvias están haciendo estragos en el sureste y Cataluña. Pero si miro el tiempo social, me sulfuro. Las lluvias de este fin de semana acercan el otoño. Lo he comprobado esta mañana paseando por el entorno de la plaza de España y viendo el color rojizo de las hojas de los liquidámbares. Todo me transmitía belleza y serenidad. A esa hora había poca gente. Solo los madrugadores que paseaban a sus perros o los corredores que trotaban como desesperados aprovechando el frescor de la mañana. Estuve a punto de acercarme a la Puerta del Sol, como hice el pasado sábado, pero no quise. Las cosas se han puesto feas. No sintonizo ni con el fondo ni con las formas de esa acampada que algunos han querido presentar nada menos que como símbolo del Reino de Dios, pero que a mí me parece, en buena medida, una performance distractiva. 

Quizá hemos confundido la visibilidad con la eficacia. Una tienda de campaña atrae cámaras; una pancarta contundente, y a veces ingeniosa, obtiene miles de reacciones; una consigna simplifica el conflicto y mueve a las personas. Sin embargo, transformar la realidad requiere algo menos vistoso y más paciente: propuestas viables, negociación, perseverancia, capacidad de convencer y voluntad de aceptar que ninguna solución seria cabe entera en un eslogan. Protestar es legítimo. Convertir la protesta en un fin en sí mismo resulta estéril.


Hay razones justas detrás de la protesta.
El acceso a una vivienda digna se ha vuelto casi imposible para muchos jóvenes y para no pocas familias. Los alquileres absorben una parte desproporcionada de los salarios, la inseguridad se prolonga y algunos desahucios producen una comprensible indignación. Una sociedad que condena a sus miembros a vivir siempre de prestado, sin horizonte de estabilidad, debería preguntarse qué está haciendo mal. 
Pero reconocer la justicia de una causa no obliga a justificar cualquier método. 
Ocupar durante días uno de los espacios más transitados de Madrid, dificultar el paso, alterar la vida de comerciantes y vecinos o convertir la plaza común en territorio de una sola voz no fortalece necesariamente la reivindicación. A veces la debilita. Cuando una protesta exige ser escuchada, pero deja de escuchar a quienes soportan sus consecuencias, corre el riesgo de reproducir aquello mismo que denuncia: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

Admiro a las personas de buena voluntad que buscan soluciones justas y rápidas al problema de la vivienda. Quizás haya algunas en el campamento de Sol. Merecen mi respeto y solidaridad. Pero recelo de quienes “secuestran y ensucian la calle” para exigir una vía comunista, éticamente injusta y técnicamente irrealizable. No sé si en alguna etapa de mi vida sentí simpatía por estos movimientos sociales capitaneados por burgueses que pueden vivir sin trabajar y que, megáfono en mano, dicen hablar en nombre de los obreros y los pobres, aunque se muevan en otros círculos. Pero, desde luego, ahora no. Me parecen una burda manipulación sostenida por algunos partidos de izquierda que necesitan siempre buscar o inventar confrontaciones (la lucha de clases es su dinámica social) y aireada por medios de comunicación que se mueven con lógica capitalista, pero a los que les gusta jugar con informaciones rompedoras para dar una imagen “progresista” y provocativa.


Sí, el tiempo social está que arde, a pesar de las lluvias otoñales. No sé qué decidirá el presidente del gobierno después de un nuevo retiro de fin de semana. Aunque la convocatoria de elecciones sería lo más higiénico desde el punto de vista democrático, me temo que encontrará argumentos (sería mejor decir triquiñuelas) para agotar la legislatura y, de paso, agotar la paciencia de muchos ciudadanos. No de todos, porque, por extraño que parezca, todavía hay una ancha base social que apoya esta deriva con argumentos tan especiosos como que el presidente representa un dique contra la ultraderecha y el fascismo y que, con su gallarda figura, nos sitúa en “el lado correcto de la historia” (expresión cursi que se ha puesto de moda en los últimos años entre políticos y comunicadores de izquierda). 

En un blog como este no debería exponerme tanto, pero las cosas han llegado a tal punto de degradación democrática que no me parece correcto parapetarme en una imposible neutralidad. Sé que la estrategia del gobierno pasa por utilizar el problema de la vivienda (no resuelto por él en ocho largos años de mandato) como un salvavidas de última hora antes del naufragio, lo cual demuestra -una vez más- hasta qué punto se pueden retorcer las cosas para mantenerse en el poder. El llamado “maricarmenismo” es la penúltima mutación de un gen que, en vez de resolver problemas, tiene una rara habilidad para crearlos, amplificarlos y luego vender soluciones falsas. El gobierno es pirómano y bombero al mismo tiempo, sin que muchos ciudadanos perciban la más mínima contradicción. Todo sea en aras del progresismo que nos coloca “en el lado correcto de la historia” (conviene repetir a menudo este estribillo para que cale hondo).


La estrategia para neutralizar las voces críticas es etiquetarlas como reaccionarias, “fascistas” (me sorprende la querencia por este viejo adjetivo) y, por supuesto, de “ultraderecha”. Si uno considera que el caso Maricarmen ha sido una manipulación de manual de primero de comunismo, entonces significa que no reconoce el derecho a la vivienda y que está haciendo el juego a los fondos buitre y a las empresas especuladoras. El diputado Rufián es un experto en teatralizar estas cuestiones reduciendo la complejidad a binarios impactantes. Mucha gente pica... y vota.

Lo que de verdad me extraña es que tanta gente competente y honrada como hay en España no levante su voz con energía y contribuya a buscar soluciones auténticas. ¿Por qué dejamos el debate público en manos de charlatanes manipuladores? Comprendo que cada vez haya más personas hartas y entristecidas. Este estado de ánimo pesimista es un peligroso caldo de cultivo de propuestas extravagantes. La historia nos demuestra que, cuando se acumula la frustración social (provocada por líderes incompetentes, irresponsables y mentirosos), la tentación de buscar soluciones “mágicas” en regímenes autoritarios gana adeptos. Sería pasar de Guatemala a Guatepeor. Antes de caer en esa fosa, se requiere una fuerte reacción ciudadana que reivindique los fundamentos de una verdadera democracia. Por eso, unas elecciones limpias (lo que ahora no es tan evidente como hace años) es el primer paso en la justa dirección. ¡Veremos en qué acaba el retiro de fin de semana! Mientras, disfrutemos del otoño que pone fin a un verano tórrido.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Los sentimientos del Hijo


La visita pastoral de León XIV a Francia está moviendo a miles de personas en el país vecino, aunque en el nuestro la cobertura mediática es discreta. El paso del tiempo nos ayudará a comprender su verdadero alcance. De momento, el entusiasmo de la gente y la belleza de las celebraciones se convierten en indicadores de que algo se está moviendo en la laica Francia. Me sorprende la contundencia un tanto adolescente con la que muchos en ese país defienden la laicidad como religión secular. Pero este es un asunto que nos llevaría demasiado lejos. 

Mientras escribo la entrada de hoy, sigo en la pantalla de mi ordenador la misa que el Papa está celebrando en Lourdes. En la explanada han construido una estructura con tres arcos de medio punto que parece un guiño arquitectónico al románico. El viernes, en la vigilia de oración celebrada en el estadio de Francia, el escenario estaba presidido por un inmenso vitral que aludía al gótico. Se ve que en Francia quieren valorar su rica tradición.


No sé cómo va a comentar el Papa las lecturas de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Yo lo hago a partir de una información que corrió por los medios hace unos días: según un reciente informe del CIS, el número de ateos en España supera ligeramente al de católicos “practicantes”. Siempre me ha llamado la atención el criterio demoscópico que se utiliza para medir la “práctica”. Se considera un católico “practicante” aquel que participa regularmente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Siendo este criterio importante, practicar el cristianismo implica, sobre todo, practicar lo esencial de la fe, que es el mandamiento del amor. Quien ama de verdad, quien se preocupa del prójimo, quien cuida a su familia, quien atiende al inmigrante o es honrado en su trabajo, está “practicando” el Evangelio de Jesús. En justicia, debería ser incluido en las estadísticas de los cristianos “practicantes”. 

Conecto esta reflexión con la parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy. Hay personas (tipificadas por los fariseos y los hombres religiosos) que dicen con la boca sí a Dios, pero luego su vida transcurre por derroteros de orgullo y autosuficiencia. Hay otras personas (tipificadas por los publicanos y las prostitutas) que están en los márgenes de la Ley, que no frecuentan el templo, pero que, nos “llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué? Porque creen en las mediaciones que Dios pone en su vida.


No sé a qué grupo pertenecemos cada uno de nosotros. Es probable que a veces nos parezcamos a los fariseos (decimos sí con la boca, pero nuestro corazón no está en Dios) y otras a los publicanos y prostitutas (nuestra conducta no es ejemplar, pero nos fiamos de Dios y nos reconocemos pecadores). En realidad, nuestra verdadera vocación no es la de parecernos a unos u otros, sino -como se nos pide en la carta de Pablo a los Filipenses (segunda lectura)- la de tener los mismos sentimientos de Cristo. Todos estamos llamados a ser ese hijo que dice sí y luego hace la voluntad del Padre. El único que ha realizado a cabalidad esta vocación es Jesús, el Hijo por excelencia. Su vida ha sido un permanente Sí a la voluntad de Padre. 

Estamos llamados a parecernos a Jesús. Tener sus mismos sentimientos significa vaciarnos de nosotros mismos, renunciar a nuestro orgullo, y ponernos al nivel de la gente humilde. Significa que concuerden las palabras de nuestra boca con las opciones de nuestro corazón. La autenticidad -no exenta de fragilidad- es la nota de todo verdadero cristiano. La hipocresía es la máscara de quien solo es cristiano de nombre, pero su corazón está muy lejos de Dios.