
Empiezo mi viaje a Ciudad de México con dos horas y media de retraso sobre el horario previsto. Eso me obliga a organizar el tiempo de espera en el aeropuerto. Lo primero que estoy haciendo es escribir esta entrada. Atrás quedó la semana de ejercicios espirituales en Colmenar Viejo. Hoy la atención mediática y popular se dirige a la final entre Argentina y España que se juega esta tarde/noche en New Jersey. A mí me pillará en pleno vuelo, así que hasta la llegada no podré enterarme del resultado, aunque a lo mejor el comandante del avión nos comunica algo.
Me impresiona la tremenda expectación que despierta un acontecimiento de este tipo. No creo que haya otro que mueva a tantas personas en el mundo, ni siquiera los Juegos Olímpicos. Se ve que la guerra –al fin y al cabo, el fútbol es un sustitutivo lúdico del arte de matarnos– forma parte de nuestras pulsiones colectivas. Necesitamos enfrentarnos. Si no lo hacemos con piedras u otro tipo de armas más mortíferas, lo hacemos con un balón en los pies. Hay que reconocer que esto supone un notable progreso. El juego transforma la violencia en acrobacia, aunque con algunas concesiones al insulto y las faltas. Y si, además, es una fábrica de hacer dinero, miel sobre hojuelas.

Mientras millones de personas en todo el mundo esperan con ansia el partido de esta tarde, los cristianos celebramos el XVI Domingo del Tiempo Ordinario. Me gusta cómo comienza el texto del libro de la Sabiduría que leemos en la primera lectura: “Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia”. O sea, que ni siquiera el fútbol está por encima de Dios. Empezaba a tener mis dudas ante la idolatría que provoca.
La carta a los Romanos nos ofrece otro destello de luz: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. Nos pasamos la vida pidiendo cosas. Estoy seguro de que muchas personas pedirán hoy que gane su selección favorita. No es el caso del entrenador español, que ha declarado que él nunca le pide a Dios este tipo de cosas. Parece que hubiera meditado la carta a los Romanos. ¿Por qué “nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”? Porque normalmente nuestras peticiones no van en línea con las de Jesús. Nosotros pedimos salud, tranquilidad, éxito en nuestras empresas y cosas por el estilo. La petición de Jesús –que es modelo de todas las demás– se puede centrar en esta: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hacer siempre la voluntad de Dios es la petición cristiana por excelencia.

Por último, el Evangelio continúa con las parábolas relacionadas con la semilla. El domingo pasado leímos la larga (y alegorizada) parábola del sembrador. Hoy nos tocan dos más breves: la parábola de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza. Detrás de cada una de ellas hay dos crisis discipulares que coinciden con las nuestras. Cuando nos tomamos “demasiado” en serio la preparación del terreno para acoger la Palabra, puede entrarnos una crisis de exceso de responsabilidad, como si la eficacia de la Palabra dependiera enteramente de nosotros. Jesús nos advierte que es obra de Dios. Por tanto, podemos descansar tranquilos. Él sabrá cómo hacer germinar la semilla para que porte alimento.
Frente a la sensación de que los discípulos de Jesús somos siempre cuatro gatos, el Maestro nos recuerda que la desproporción es el lenguaje típico de Dios. Él puede actuar desde lo pequeño y lo frágil. Lo que importa es tener un corazón humilde, no un programa poderoso. En fin, que de nuevo la Palabra de Dios ilumina realidades que hoy estamos viviendo y que, tras el paréntesis lúdico del fútbol, volverán a ocupar el centro de nuestras preocupaciones.
Buen domingo a todos. Por cierto, que gane... (ya lo podéis adivinar).







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