sábado, 18 de abril de 2026

Necesitamos líderes discernientes


Solemos tener una idea muy idealizada de la primitiva comunidad cristiana. Hay algunos sumarios de los Hechos de los Apóstoles que nos dan pie para ello. Por ejemplo, cuando leemos que “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-46). O, cuando un poco más adelante, se nos dice que “el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,32-33). 

Pero esta visión no refleja bien toda la realidad. De hecho, ya en el capítulo 5 se nos habla de la falta de transparencia de un tal Ananías y de su mujer Safira (cf Hch 5,1-2). Y en la primera lectura de la misa de hoy se reconoce abiertamente que “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hch 6,1). Lo que parece un mero problema logístico, revela, en realidad, un problema cultural: las tensiones entre los de cultura judía tradicional y los de cultura helenista. Lo iluminador de este relato no es tanto la descripción del problema, cuanto el modo de afrontarlo. Podríamos decir que se adopta un método sinodal (los Doce convocaron la asamblea de los discípulos) y que se avanza hacia un liderazgo compartido (escogieron a siete “hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” y les encargaron la tarea de atender a la comunidad de lengua griega).


Hoy vemos tensiones en todas las comunidades: familiares, parroquiales, religiosas, etc. No hay que rasgarse las vestiduras. Donde varios seres humanos convivimos siempre surgen tensiones. Solo donde la rutina marca el ritmo se vive una calma que es más bien apatía. Aceptar la tensión y reconocer su origen es el punto de partida para afrontarla y, en su caso, transformarla. En este proceso es bueno “convocar la asamblea de los discípulos”, es decir, involucrar a las personas afectadas por la tensión, iniciar un proceso de discernimiento compartido en el que todas las voces sean escuchadas. No es saludable que una élite decida por todos. 

En los Hechos de los Apóstoles aprendemos también a no prolongar los procesos más de lo razonable. Llega un momento en que es necesario tomar decisiones que “rompan el marco”, que vayan más allá de las condiciones que han producido la tensión o el conflicto. La capacidad de innovación es imprescindible para transformar la energía de los conflictos en energía creativa. ¡Cuántas veces un conflicto bien abordado ha ayudado a una familia o a una comunidad a entrar en una dinámica de crecimiento y maduración! El fruto del discernimiento hecho por la comunidad de Jerusalén fue que “la palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe” (Hch 6,7).


No siempre es fácil reconocer los conflictos, sentarse a la mesa y abrir un proceso de escucha, discernir según criterios objetivos y tomar las decisiones pertinentes. Estamos muy condicionados por presiones ideológicas, heridas afectivas, recuerdos paralizantes, deseos de poder y miedos a la novedad. Se requiere mucha autenticidad, paciencia y pedagogía. A menudo, aunque vislumbremos los beneficios de un proceso de este tipo, preferimos las “ganancias secundarias” que experimentamos escondiendo el conflicto o sufriéndolo con resignación. 

En estos casos adquiere mucha importancia un liderazgo sano y emprendedor. En el relato de los Hechos de los Apóstoles vemos que, ante el conflicto surgido entre los cristianos judíos y los griegos, los Doce tomaron la resolución de convocar la asamblea de los discípulos. Es decir, hubo alguien que asumió el coste de su liderazgo, pero que no lo usó para imponer su criterio, sino para involucrar a todos los concernidos, de manera que las posibles vías de futuro (inciertas en el momento del comienzo) fueran el resultado de un camino comunitario, de un reconocimiento de la realidad, una apertura a la Palabra de Dios y una gran flexibilidad para encontrar soluciones nuevas a problemas nuevos. No es fácil encontrar líderes (padres, madres, párrocos, obispos, superiores religiosos, etc.) con estas actitudes y capacidades, pero los necesitamos.

jueves, 16 de abril de 2026

Un poco de humor, por favor


El próximo 24 de septiembre el obispo estadounidense
Fulton John Sheen (1895-1979) será declarado Beato por la Iglesia Católica. Es muy probable que los lectores más jóvenes de este Rincón no sepan quién fue este simpático y mediático obispo. Por su porte y naturalidad ante las cámaras, podría haber sido un actor de Hollywood, al estilo de Gregory Peck, con el que tenía cierto parecido. Su biografía es apasionante. Dejo fuera su rica preparación académica y sus cargos pastorales para centrarme en un par de detalles. Fulton Sheen era un hombre eucarístico y misionero. Dedicaba cada día una hora a la adoración del Santísimo. 

Durante 20 años (1930-1950) tuvo un programa nocturno en la cadena de radio NBC titulado La hora católica. Después se hizo famosísimo en la televisión con el programa semanal Life Is Worth Living – La vida merece la pena (1952-1957). Llegó a tener más de treinta millones de espectadores. De 1961 a 1968 tuvo otro programa –The Fulton Sheen– con un formato muy similar al anterior. En un país en el que los católicos eran minoría, el obispo Fulton Sheen –siempre vestido de obispo, con un pectoral reluciente– logró conectar con un público variopinto que vio en él a un profeta de la alegría y la esperanza. Quizás fue el primer obispo influencer de los tiempos modernos. 


¡Cómo echamos de menos hoy a figuras con esta capacidad de sazonar con la alegría del Evangelio los difíciles momentos que vivimos! Entre las innumerables anécdotas e historietas de Fulton Sheen, espigo dos que nos dan la medida del personaje. Él mismo cuenta que, predicando en una iglesia, vio cómo una joven madre, cuando su bebé comenzó a llorar, hizo ademán de salir. Entonces el obispo le dijo que no era necesario que saliese porque a él no lo molestaba el llanto del bebé. La madre replicó que al bebé sí le molestaba la predicación del obispo. 

En otra ocasión, Fulton Sheen iba a dar una charla en el ayuntamiento de Philadelphia, pero no sabía bien la dirección, así que le preguntó a un chico que encontró por la calle. El chico quiso saber antes de qué iba a hablar un obispo en el ayuntamiento. Fulton Sheen, con su característico sentido del humor, respondió algo parecido a esto [reinterpreto y adapto el original]: “Voy a hablar de cómo el ser humano es capaz de autotrascenderse para, superando su condición terrenal, abrirse a una dimensión escatológica de plenitud”. Riéndose de sí mismo, añadió: “Vamos, que voy a hablar de cómo el hombre puede llegar al cielo”. Al oír esto, el chico exclamó: “Pero, ¿cómo puede uno hablar de llegar al cielo si ni quisiera sabe llegar al ayuntamiento?”. No comment.


Hoy tenemos obispos y sacerdotes demasiado serios. El contexto polarizado, el estrés pastoral y quizás un insuficiente cultivo de la espiritualidad nos convierten en seres acelerados, propensos al enfado y carentes de esa alegría que contagia Evangelio por sí sola. De Fulton Sheen admiro muchas cosas, pero, sobre todo, su forma cercana y jovial de hablar de Dios y de dar sentido a la vida humana. No en vano su programa más famoso en televisión se llamaba La vida merece la pena. 

Cuando hoy muchos adolescentes y jóvenes no encuentran motivos para mirar el futuro con esperanza, evangelizadores como el obispo Sheen nos enseñan a descubrir que el Evangelio es, ante todo, una “buena noticia”, el anuncio de que el Reino de Dios (el sueño de Dios para la humanidad) ya está presente entre nosotros, que hay infinidad de signos que nos muestran su escondida eficacia. Hacen falta los ojos de la fe para verlos y un corazón dilatado para compartirlos.

[Para aquellos que sabéis inglés, os dejo con un par de vídeoclips en los que Fulton Sheen cuenta las historias a las que me he referido antes].




miércoles, 15 de abril de 2026

Seamos serios


El enfrentamiento entre el presidente de los Estados Unidos y el Papa de Roma está dando mucho que hablar. No se trata solo de contraponer lo que piensa el ciudadano Donald Trump y lo que cree el cristiano Robert Prevost, ambos seguidores confesos de Jesús y titulares del pasaporte estadounidense. Se trata de fijarse en lo que representan. Para los católicos “trumpistas” –que los hay, tanto dentro como fuera de Estados Unidos– se plantea un conflicto de fidelidades. Algunos se han puesto enseguida del lado del papa León XIV. Otros, para los que el pragmatismo político de Trump es más fuerte que sus convicciones cristianas, se han dado prisa en invocar el principio evangélico de “dar al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios”, como si la guerra fuera un asunto puramente político (del César) y no tuviera nada que ver con Dios. 

Cuando el Papa –siguiendo las orientaciones del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2307-2309)– afirma que la guerra no es el modo cristiano de abordar los conflictos, enseguida surgen voces que la justifican recordando las muchas víctimas del régimen iraní y la necesidad de bajar del mundo ideal al mundo “real” (sic). Pero el realismo político no puede ser el único argumento. Sin criterios de verdad y bondad, por muy abstractos que parezcan, no se pueden tomar decisiones morales verdaderamente humanas. Las actitudes arrogantes no son el mejor modo de abordar los problemas. Cuando Trump acusó a León XIV de ser “débil ante el crimen” y de “complacer a la izquierda radical”, la respuesta del Papa fue humilde, clara, serena, concisa y valiente: “No le temo al gobierno de Trump, ni a hablar en voz alta del mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí”.


El vicepresidente Vance, católico converso, se ha puesto enseguida del lado de su jefe político diciendo que “en algunos casos sería mejor que el Vaticano se ciñera a cuestiones de moralidad”, como si la guerra fuera un asunto puramente técnico que no implicara ningún criterio moral. Quienes argumentan así –entre los que hay algunos católicos– sostienen que el Papa (y también los obispos) deben ceñirse a cuestiones dogmáticas y litúrgicas. No deben hablar ni de política ni de economía porque estas materias funcionan de manera autónoma y se rigen solo por criterios pragmáticos. 

Pareciera que el Evangelio no tiene nada que ver con la política y la economía y, por lo tanto, los pastores de la Iglesia deberían permanecer mudos en relación con ellas. Estos cristianos están dispuestos a abstenerse de comer carne los viernes, a comulgar en la boca (si así lo dispone la Iglesia), pero no quieren oír nada que afecte a su bolsillo o a sus sacrosantas opciones políticas. Me resulta tan insostenible esta manera de ver las cosas que ni siquiera me tomo el tiempo de refutarla.


Desmontar las falacias de Trump, criticar su liderazgo errático y su arrogancia barriobajera no significa, en modo alguno, legitimar la dictadura chavista de Venezuela, el régimen despótico de Irán o el comunismo trasnochado de Cuba. Significa solamente no claudicar de algunos principios éticos sin los cuales la convivencia humana es inviable y el riesgo de quedar expuestos a la arbitrariedad de los poderosos de turno es demasiado alto. 
El enfrentamiento entre Trump y León XIV es solo un botón de muestra de la instrumentalización de la religión al servicio de los propios intereses.

No entro en las imágenes creadas con IA en las que Trump aparece como un Cristo redivivo imponiendo las manos a un enfermo o como un nuevo Papa. Aparte de ser bufonadas impropias de alguien que representa a un gran país, indican hasta qué punto le importa muy poco la religión que dice defender como bastión de la civilización occidental. Los discursos solemnes quedan neutralizados por una praxis incoherente y falta de respeto. ¡Hasta Giorgia Meloni, la aliada europea de Trump, se ha desmarcado de esta línea de actuación!



martes, 14 de abril de 2026

De las palabras a la Palabra


Hay una época de nuestra vida en la que devoramos los libros. Nos parece que la acumulación de lecturas conduce a la sabiduría. Puede que hasta logremos un buen nivel de erudición. Pero llega otra etapa en la que el exceso produce agotamiento. Ya no buscamos cantidad, sino calidad. Podemos tener la impresión de que la mayoría de los libros son cancerosos. Multiplican las palabras como células malignas sin satisfacer el alma. Hoy se publican infinidad de libros que casi nadie lee. [Quizás podríamos decir algo parecido de los blogs digitales y otros productos de Internet].

Cuando veo que algunos autores han publicado un centenar de libros, me pregunto qué extrañas motivaciones los empujan a ser tan prolíficos. Enseguida me vienen a la cabeza los versos de Juan de la Cruz en la estrofa sexta del Cántico Espiritual: “No quieras enviarme / de hoy más ya mensajero, / que no saben decirme lo que quiero”. Esa es mi impresión cuando leo los periódicos impresos o digitales, cuando ojeo las novedades en una librería o cuando contemplo los estantes de mi biblioteca llenos de libros. La profusión de palabras y de ideas acaba produciendo indigestión intelectual y parálisis afectiva. Algo de esto estamos viviendo hoy. El exceso de estímulos tiene un efecto paralizante. Muchos adolescentes y jóvenes sufren crisis de ansiedad porque se sienten abrumados por una montaña de palabras que “no saben decirles lo que quieren (o necesitan)”.


Otro maestro espiritual como Ignacio de Loyola lo dice de otra manera al comienzo de sus célebres Ejercicios Espirituales: “No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y el gustar de las cosas internamente” (n. 2). Ese “sentir y gustar” solo se logra en la oración pausada. Para ello, pocas palabras bastan. Llega un momento en que sobran los libros de meditación que en otro tiempo parecieron profundos y sugestivos. Las ideas brillantes pierden importancia. Las concatenaciones lógicas se antojan esqueléticas. 

Lo único que harta y satisface el alma es la fuerza y el consuelo de la Palabra de Dios. Las palabras humanas pueden ser claras, profundas, sugestivas, hermosas, estimulantes y todos los sinónimos que queramos añadir. Pero solo la Palabra de Dios es “revelada”. Solo la Palabra de Dios tiene la garantía de trasmitirnos lo que Dios quiere comunicarnos. Por eso, en un determinado momento del itinerario espiritual nos centramos en ella, bebemos de ella. Eso no significa arrinconar por completo otras palabras humanas que pueden ayudarnos, pero sí establecer una jerarquía de prioridades.


En este Rincón he hablado muchas veces de la necesidad de cultivar una espiritualidad basada en la Palabra de Dios. Tengo la impresión de que nuestra fe no tiene fuerza suficiente para iluminar las complejas situaciones que hoy vivimos porque no acaba de enraizarse en la Palabra. A menudo pone el acento en afinidades ideológicas, pertenencias institucionales o experiencias emotivas. Todos estos fundamentos son endebles y efímeros. Solo la Palabra de Dios “permanece para siempre” (Is 40,8; 1 Pe 1,25). De hecho, las personas que cultivan una espiritualidad de la Palabra adquieren ese sexto sentido que les permite ver toda la realidad con ojos de fe. Son bendecidos con “la mente de Cristo” (1 Cor 2,16), de modo que pueden adoptar la perspectiva, las actitudes y los valores de Jesús en la vida diaria. 
Tener “la mente de Cristo” implica pensar, sentir y actuar con humildad, amor y obediencia a Dios. 

Aunque las condiciones de vida cambien, la Palabra de Dios nos mantiene cimentados en la verdad, nos libera de la volatilidad e incertidumbre que culturalmente vivimos, sostiene la esperanza en un contexto en el que muchas personas la han perdido. La carta a los Hebreos lo dice con otras expresiones: “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Heb 4,12-13).

lunes, 13 de abril de 2026

Afrontar la reducción


Del miércoles 8 al sábado 11 estuve participando en la 55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada que se celebró en Madrid. El tema de este año era “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”. En ese marco, el viernes 10 tuve una ponencia –junto a María del Carmen Gómez, Hija de la Caridad– titulada “Cotidianidad herida, cotidianidad sanada”. 

Es obvio que, desde hace décadas, la vida consagrada en España y en Europa está experimentando una fuerte reducción numérica. Este desnudo hecho estadístico tiene distintas interpretaciones y produce numerosas consecuencias. No es fácil abordarlo con serenidad. Se puede caer en un espiritualismo vacío o en un realismo ateo.

Entre todas las voces que intervinieron, destaco la del cardenal Cristóbal López, arzobispo de Rabat. Él, pastor de una Iglesia minoritaria en un país de mayoría musulmana, nos ofreció claves para iluminar la situación y afrontarla con realismo y fe. Pero no resulta nada fácil explicar estas cosas. De hecho, algunos de los medios de comunicación que cubrieron la Semana sacaron conclusiones muy peregrinas. Tenemos que explicarnos mejor.


He intentado hacerlo en la “carta del director” del número de abril de nuestra revista Vida Religiosa. Aun así, el asunto es peliagudo. En el mundo secular, si un producto es bueno y se hace una publicidad agresiva, normalmente se logra vender bien y obtener ganancias. Dicho en términos del Antiguo Testamento: si uno es fiel a Dios, el fruto es la fecundidad; si, por el contrario, es infiel, será castigado con la esterilidad. 

Cuando se aplican estos criterios a la situación de la vida consagrada actual, las conclusiones no se hacen esperar. Si hoy en Europa la vida consagrada se ha reducido mucho numéricamente y es estéril (apenas hay nuevas vocaciones), es evidente que todo es consecuencia de su infidelidad. El argumento parece tan contundente que casi no admite réplica. Pero las cosas no son tan obvias. Ya en el Antiguo Testamento esta crasa teoría de la retribución hace agua, sobre todo con el relato de Job. Él era un hombre fiel a Dios y, sin embargo, fue probado en sus carnes y su hacienda. Y, desde luego, se rompe completamente en el caso de Jesús. El Hijo amado por el Padre termina crucificado. El éxito no parece ser una palabra cristofánica. 


Esto no significa que la vida consagrada sea perfecta. Tiene sus fragilidades y debe asumir su cuota de responsabilidad en el proceso, pero la reducción es algo mucho más profundo que la consecuencia de una posible y sostenida infidelidad. Tiene que ver con una fase histórica de purificación y cambio cuyo significado solo será inteligible a medida que pase el tiempo. Algo tiene que morir para que nazca una nueva forma de vida consagrada. 

A nadie le gusta pasar por este desierto. Todos nos sentimos más a gusto en tiempos de grandeza numérica y reconocimiento social. Y, sin embargo, quizá nunca como ahora cobran sentido los votos de pobreza, castidad y obediencia, que son formas existenciales de configurarnos con el Cristo pobre, casto y obediente que entrega su vida por amor. 

Comprendo que a un periodista le resulte difícil redactar un titular a partir de esta clave espiritual. Resulta más fácil e impactante decir algo como: “Nos estamos quedando en los huesos”. Entiendo que los medios seculares contemplen las cosas desde una óptica “empresarial”. Me resulta más doloroso que algunos medios eclesiales (y algunos pastores y laicos) hagan lo mismo y, en vez de apoyar a la vida consagrada en este momento de fragilidad, se dediquen a denostarla y a cargar sobre sus hombros todo el peso de lo que está sucediendo. El llamado “fuego amigo” resulta siempre más despiadado.

domingo, 12 de abril de 2026

Sin haberlo visto, lo amáis


El II Domingo de Pascua nos inunda con un mensaje de paz. Por tres veces Jesús desea la paz a sus discípulos en el fragmento del Evangelio de Juan que se proclama hoy. En el contexto bélico que vivimos en la actualidad, las palabras de Jesús resuenan con más fuerza. Precisamente ayer por la tarde se celebró en la basílica de san Pedro una vigilia por la paz presidida por el papa León XIV. A la misma hora, yo me encontraba participando en la Fiesta de la Resurrección que por cuarto año consecutivo tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. En ella, el cardenal José Cobo, además de bendecir a la multitud, nos leyó el mensaje que el Papa nos dirigía. Hablando de los mártires españoles del siglo XX, el Papa nos dijo: “No estáis llamados solo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones”.

Los periódicos hablan de unos 85.000 participantes. Lo de menos es la cifra. No se trata de exhibir músculo confesional, sino de celebrar la resurrección de Jesús con el lenguaje de la música y compartir esta experiencia con todos, de tal manera que se cumpla también hoy lo que leemos en la primera lectura de este domingo: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando”. Contagiar la alegría de la fe es el modo mejor de evangelizar. Por encima de la pertenencia a parroquias, movimientos, comunidades religiosas o asociaciones de cualquier tipo, lo que cuenta es visibilizar que “los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.


Siempre el II Domingo de Pascua recordamos la historia de fe del apóstol Tomás. Entre el “Hemos visto al Señor” de sus compañeros y el “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” de Tomás hay un fuerte contraste. Al final, también Tomás va a caer rendido ante el Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Lo que me llama la atención es que las dudas le surgen mientras “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. La confesión sucede cuando “a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. El cuadro ilumina nuestros itinerarios de fe actuales. 

A menudo decimos que hoy muchas personas creen en Jesús, pero no aceptan la mediación de la Iglesia. Llevamos décadas mitificando el eslogan “Jesús sí – Iglesia no”, como si fuera un marchamo de autenticidad. La historia de Tomás nos muestra que creemos en Jesús en una comunidad fe, que la adhesión a Él no es un asunto individual, intimista, sino una experiencia personal compartida con otros. También la evangelización es un asunto comunitario: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Este anuncio implica el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


Puedo estar equivocado, pero lo que observo es que cada vez más personas –sobre todo, jóvenes– no ven ningún atractivo en la privatización de la fe que llevaron a cabo las generaciones anteriores, incluida la mía. Buscan identidad, pero también pertenencia. Quieren creer en Jesús dentro de una comunidad. Sienten en carne propia el atractivo del ideal expresado por los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Una fe vivida solo en el santuario de la conciencia acaba siendo un asunto subjetivista que no se hace cargo del cuerpo de Cristo. 

Las palabras de la carta de Pedro que leemos en la segunda lectura son una guía segura para este tiempo de búsqueda: “Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas”. Lo que Pedro dice es un bello desarrollo de la bienaventuranza de Jesús dirigida a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. 



miércoles, 8 de abril de 2026

Tras las huellas de Jesús


Hoy no dispongo de mucho tiempo para escribir, porque esta misma mañana comenzamos la
55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, pero creo que, en el contexto de esta Octava de Pascua, es bueno que volvamos sobre una pregunta que planea sobre creyentes y no creyentes: “¿Existió de verdad Jesús?”. No sé cuantas obras de investigación y divulgación se habrán escrito sobre este asunto. Hoy por hoy, son pocos los historiadores que niegan la existencia de Jesús de Nazaret. 

Otro asunto muy distinto, pero inseparable, es la interpretación acerca de su identidad. Los cristianos lo confesamos como “verdadero Dios” y “verdadero hombre”. Una confesión de este tipo –que desarrolla la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (cf. Mt 16,16)– no es el resultado de una investigación histórica, sino el fruto de la gracia de Dios y de la respuesta de la fe: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).

Os dejo con un vídeo sencillo que nos pone al día sobre el estado de la cuestión en torno al Jesús histórico. Creo que puede ser muy útil, sobre todo para quienes no están familiarizados con estos temas. Si alguien tuviera interés, del vídeo divulgativo se puede saltar a algunas obras escritas más sistemáticas.



Para completar este itinerario “tras las huellas de Jesús”, os dejo ahora con una canción que mi compañero claretiano Miguel Ángel Gil ha elaborado con una herramienta de Inteligencia Artificial (IA). Cuenta los últimos días de Jesús en esta tierra tomando como punto de referencia la ciudad de Jerusalén. Es sorprendente cómo la IA, siguiendo algunas instrucciones, puede componer una letra más que aceptable, recrear las voces (femenina y masculina) y producir los arreglos. Si algún lector desea escucharla, basta con que pinche aquí. Ya me diréis qué os parece. 

El vídeo de la canción en YouTube, con imágenes que Miguel Ángel ha producido, tiene ya más de 150.000 visualizaciones en solo dos semanas. No está nada mal para un tema de este tipo. Todo sea para que Jesús sea más conocido, amado y seguido