lunes, 2 de marzo de 2026

Después del domingo viene el lunes


Como se esperaba (o se temía, según los casos), la película Los domingos se alzó con el premio Goya a la mejor película en la gala que se celebró el pasado sábado en Barcelona. Consiguió otros cuatro premios más: mejor guion original, mejor directora (Alauda Ruiz de Azúa), mejor actriz protagonista (Patricia Gómez Arnaiz) y mejor actriz de reparto (Nagore Aramburu). Como contrapunto a esta moda religiosa, los medios han difundido la frase de la actriz Silvia Abril: “Me da pena que los jóvenes se agarren a la fe cristiana”. 

Hubo también otras perlas parecidas. No hay que darles mayor importancia. Se alejan de esa “conversación adulta y reflexiva” que propone la directora de Los domingos, pero ya se sabe que impacta más un exabrupto que un argumento. También es verdad que el primero suele pasar rápido y el segundo, si es consistente, tiende a permanecer. 

No vi la gala porque a esa misma hora estaba participando en un concierto del cantautor Migueli en la parroquia del Pilar de Madrid. Luego me dio mucha pereza verla en diferido. Suele ser muy larga y bastante previsible.


Alauda Ruiz de Azúa desea que su galardonada película sea vista por el papa León XIV, aprovechando su próxima visita a España. Es probable que el Papa la vea e incluso que la añada a la lista de sus películas favoritas, que incluye títulos clásicos como: “¡Qué bello es vivir!” (Frank Capra, 1946), “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965), “Gente corriente” (Robert Redford, 1980) y “La vida es bella” (Roberto Benigni, 1997). Quienes sí la han visto han sido las monjas de la comunidad del Monasterio de la Conversión, con quienes estuve una semana el pasado mes de febrero. 

Su punto de vista es muy valioso porque varias de ellas -sobre todo las más jóvenes- se han sentido reflejadas en la historia que cuenta Ruiz de Azúa. Os recomiendo ver el vídeo que figura al final de esta entrada. Está bien leer los comentarios de los críticos de cine o de cualquier espectador aficionado, pero adquiere una fuerza especial escuchar las voces de quienes han vivido una experiencia parecida y también distinta a la de la adolescente vasca que entra en un convento de clausura y cuya decisión provoca una tormenta familiar.


El título de la película hace referencia a lo que sucede en esas comidas familiares que suelen producirse los domingos. Además de ser un evento gastronómico esperado/odiado, constituyen una especie de psicodrama familiar. Entre plato y plato, las conversaciones van abriendo brechas en la personalidad de cada comensal. El discernimiento de Ainara pone sobre el mantel otros conflictos familiares más o menos latentes. Sin pretenderlo, Ainara hace que cada personaje de su familia se confronte con la verdad de sí mismo y mida la temperatura real de sus relaciones con los demás. 

Detrás de la apariencia de una familia normal de clase media se agazapan sentimientos y resentimientos no aireados que esperan una oportunidad para salir a la luz. Quizá por eso la película ha tenido tanto éxito, porque es un espejo en el que puede mirarse cualquier familia. La vocación de Ainara sirve solo como eficaz catalizador. 

En el fondo, más que lo que sucede en la comida de los domingos, lo que cuenta es la vida que se desarrolla los lunes y los demás días de la semana. Los domingos son los embalses emocionales que recogen las aguas vertidas en los días anteriores.





domingo, 1 de marzo de 2026

Subir, permanecer, bajar


Cuando uno entra en un parque grande suele encontrar a la entrada un plano del mismo. Sobre él se coloca un punto con la inscripción: “Usted está aquí”. De esta manera, el visitante sabe ubicarse para organizar el recorrido. El “parque cuaresmal” presenta este año cinco símbolos que se van desarrollando en cada uno de los domingos y que nos permiten ubicarnos en nuestro camino hacia la Pascua: el desierto (tentación), la montaña (transfiguración), el pozo de Jacob (agua), la piscina de Siloé (luz) y la tumba de Lázaro (vida). 

En este Segundo Domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a subir con Jesús y sus tres apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) a “una montaña alta”. El viaje -que es un guiño al viaje de Abrahán: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”- implica subir, permanecer y bajar de nuevo al valle de la vida cotidiana. Son tres etapas imprescindibles. El evangelio de Mateo se detiene especialmente en la segunda, pero conviene explorar las tres por orden.

Subir

Subir a la montaña alta -frecuente lugar de revelación divina en la Biblia- implica un esfuerzo, sobre todo cuando vamos cargados con mochilas pesadas. En las nuestras van fardos sociales (como, por ejemplo, la noticia del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán) y muchos fardos personales (que van desde una enfermedad hasta la falta de afecto o trabajo). Acabo de leer hace unos minutos en El Semanal los pesados fardos que cargan los médicos y el personal sanitario, cada vez más estresados por largas jornadas de trabajo y la reducción de los pacientes a meros usuarios de la medicina; en definitiva, por la burocratización, el mercantilismo y la deshumanización de todo el proceso terapéutico. Algo parecido sucede en otras áreas. No es extraño que aumenten sin parar las enfermedades mentales en adultos, jóvenes, adolescentes y niños. 

Hoy es una oportunidad para que abramos nuestras mochilas personales y veamos qué cargamos en ellas, qué hace pesada nuestra subida a la montaña alta. Un primer alivio lo encontramos en el hecho de no caminar solos, sino en compañía de Jesús y de sus amigos. Es, de hecho, una experiencia sinodal, un camino juntos.


Permanecer

Mientras permanecemos en la cumbre de la montaña suceden muchas cosas. Es un tiempo de contemplación, escucha, temor y confianza. 
  • De contemplación porque se nos invita a mirar a este Jesús que “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Es, como si en medio de nuestras dudas y cansancios, la identidad de Jesús se volviera luminosa. Un rostro luminoso simboliza una identidad clara, envolvente. 
  • Por si la contemplación visual no fuera suficiente, se nos invita a escuchar. Las voces de Moisés (ley) y de Elías (profetas) nos sirven para comprender algo de quién es Jesús, pero la revelación definitiva viene de la voz que surge de la nube (es decir, la voz de Dios Padre): “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. La verdadera identidad de Jesús es su condición de Hijo de Dios. Por lo tanto, podemos fiarnos de él. Su Palabra nos irá conduciendo por los caminos de la vida. 
  • Resulta imposible no estremecerse ante la revelación de este misterio, incluso sentir temor. Por eso, la primera palabra -acompañada por un gesto de contacto corporal- que el Jesús de rostro luminoso dirige a los suyos (es decir, a nosotros) es: “Levantaos, no temáis”. Lo contrario a la fe no es la duda, sino el miedo. Cuando está Jesús no hay lugar para el miedo. 
  • Su Palabra es poderosa, realiza lo que proclama. Incluso las palabras anticipatorias de la ley (Moisés) y la profecía (Elías) pierden su relevancia: “Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo”. Es muy probable que esta experiencia de la cumbre esté ligada, sobre todo, a los momentos de oración. Cuando oramos, descubrimos quién es de verdad Jesús (no bastan los libros que hablan de él) y, por contagio, acabamos transfigurándonos.

Bajar

La historia no acaba en la cumbre de la montaña. Toca bajar al valle de la vida cotidiana con la mochila más ligera y, sobre todo, con el rostro iluminado. Abajo nos aguardan las mismas personas de siempre, quizá las mismas ocupaciones y hasta los mismos problemas. Pero, cuando ha sucedido algo dentro, cuando hemos sido testigos de la luz que emana Jesús, podemos afrontar la situación con la fuerza de la fe. Es probable que nada cambie por fuera, pero mucho ha cambiado por dentro. A la larga, la luz descubierta en la cumbre de la montaña (en la experiencia de la oración) acabará iluminando también las encrucijadas del valle: “La belleza salvará el mundo”.



viernes, 27 de febrero de 2026

Interpelar, no dominar


Acabo de leer una interesante entrevista al cardenal Gianfranco Ravasi. Las fotos que la ilustran muestran a un hombre mayor de 83 años, pero todavía lúcido y enérgico. Recuerdo haberme encontrado varias veces con él en Roma cuando, calzado con zapatillas deportivas y a veces en chándal, hacía largas caminatas por el entorno del Vaticano.

La entrevista está relacionada con una conferencia que ha dado en Barcelona sobre el templo expiatorio de la Sagrada Familia, al que ha definido como “poesía en piedra”. 

Extraigo algunas afirmaciones que me han llamado la atención: “En una ciudad como Barcelona, profundamente secularizada, el hecho de que su perfil más característico sea un templo es muy sugestivo. Es una presencia que interpela sin imponer. Pero eso exige coherencia y calidad”. 

Interpelar sin imponer. Creo que aquí está la clave de la evangelización en el momento actual y también el sentido de una vida consagrada estadísticamente minoritaria, pero llamada siempre a interpelar, despertar, abrir boquetes de trascendencia en nuestro mundo.


Para interpelar hay que salirse del marco, como hizo Antoni Gaudí cuando no se limitó a diseñar un templo neogótico (como muchos imaginaban los verdaderos templos católicos en la Europa del XIX), sino que creó algo nuevo. Si nos plegamos al discurso cultural dominante, si pensamos y hacemos lo que todo el mundo piensa y hace, entonces no hay lugar para la provocación. 

El cardenal Ravasi lo dice con claridad italiana: “Si la Iglesia se vuelve genérica, si simplemente sigue la ola cultural del momento, pierde su mordiente. La sal debe salar. El cristianismo, cuando es auténtico, no es decorativo; es una voz que despierta, que cuestiona, que propone otra medida de las cosas”. 

Es evidente que los cristianos constituimos ya una minoría en la Europa secularizada, aunque el cristianismo cultural siga siendo envolvente. Esto no es un drama, sino una oportunidad histórica que el Espíritu nos regala. En este crisol caerá la ganga acumulada. Se verá con más claridad qué significa seguir la costumbre y qué significa creer, quiénes están dispuestos a arriesgar y quiénes se limitan dejarse llevar por la corriente. 

Lo más peligroso para la fe cristiana -como el mismo Ravasi reconoce- no es el cuestionamiento o la duda, sino la indiferencia, la cultura que mide con el mismo rasero la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, la belleza y la fealdad.


¿Cómo puede provocar hoy la fe cristiana? Como lo hizo al comienzo: ¡Mostrando un estilo de vida alternativo que nace de la fe en Jesús y de la luz de su Evangelio! Frente a la idolatría del dinero y del consumo, los cristianos podemos mostrar que es posible ser feliz viviendo con sobriedad y solidaridad. Frente a un contexto hipererotizado, estamos llamados a vivir relaciones respetuosas y transparentes, que no buscan la propia satisfacción, sino el bien de las demás personas. Y, frente al subjetivismo que crea verdades a la medida de las propias necesidades e intereses, los cristianos estamos llamados a ser humildes buscadores de una Verdad que nos supera y nos sostiene, que es fuente de libertad y de fraternidad. 

Los votos religiosos de pobreza, virginidad y obediencia no hacen sino radicalizar y visibilizar estos caminos que son comunes a todos los cristianos. La evangelización no va a proceder imponiendo nada, sino atrayendo, interpelando, mostrando una alternativa de vida que sea verdadera, buena y bella. 

Los seres humanos no podemos llegar a ser lo que estamos llamados a ser por los caminos de la mentira, la maldad y la fealdad, aunque vengan pavimentados con el alquitrán del consumo y difundidos con los altavoces de las redes sociales o de las directrices políticas.

miércoles, 25 de febrero de 2026

La visita y las visitas


Lo que esperábamos desde hacía tiempo ha sido confirmado este mediodía: el papa León XIV viajará a España del 6 al 12 de junio. A falta de conocer el programa detallado, se sabe que visitará Madrid, Barcelona y Canarias. Falta poco más de tres meses para el viaje. La maquinaria de preparación ya está en marcha. Desde que Benedicto XVI viniera a Madrid en agosto de 2011 para la Jornada Mundial de la Juventud no se había vuelto a producir otra visita papal a España. El país de ahora no es el mismo que el que Benedicto XVI visitó hace quince años. 

¿Qué significa la visita del sucesor de Pedro a una Iglesia que sigue buscando caminos en un contexto social tan complejo como el actual? No lo sé todavía, pero espero que inyecte la dosis de esperanza que necesitamos. A partir de ahora se van a multiplicar los análisis y las expectativas. León XIV conoce bien la situación española y, al mismo tiempo, no está atrapado por ella. Puede decirnos con libertad profética lo que nosotros no nos atrevemos a decirnos a nosotros mismos. Pero también puede reconocer y agradecer los muchos signos de vida que tampoco nosotros vemos, obnubilados como estamos por la categoría “crisis” de la que no acabamos de apearnos, como si la crisis fuera nuestro estado natural.


El Papa llegará a Madrid el sábado 6 de junio, víspera de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, como si quisiera invitarnos a nutrir nuestra hambre espiritual con el único Pan que puede saciarla. Es algo más que una mera coincidencia. Espero y deseo que las comunidades aprovechemos esta oportunidad para sentirnos parte de la Iglesia universal y descubrir que no estamos solos, para mirar al futuro con esperanza. 

El Papa no es un avatar. Es -como él mismo ha subrayado en su técnico y precioso mensaje para la 60 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales- alguien con un rostro reconocible y una voz audible. Sin rostro y sin voz nos convertimos en productos de la Inteligencia Artificial, no en seres humanos con una identidad inviolable. No es lo mismo saber que el Papa existe y vive en Roma, que verlo y oírlo a pocos metros de distancia. La presencia física tiene un significado casi sacramental. El mero hecho de visitarnos indica ya una actitud de respeto y cordialidad que contribuye a mejorar nuestra autoestima colectiva. No andamos muy sobrados de ella en las últimas décadas.


Hasta el mes de junio, en pleno Tiempo Ordinario, tenemos por delante los tiempos fuertes de la Cuaresma y de la Pascua para hacer un itinerario personal y comunitario de preparación. Acoger al Papa es más que acoger a un cristiano estadounidense-peruano llamado Robert Prevost. Acogiéndolo a él, acogemos a Cristo que viene a visitarnos. 

Ciertamente esta visita no es un hecho aislado. Es un eslabón más de esa cadena de visitas en las que Cristo se hace el encontradizo con nosotros a través de la Palabra, los sacramentos, la comunidad y, sobre todo, el rostro de esos a quienes a menudo “no vemos” (¿cuándo te hemos visto?): los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, perseguidos… Las “visitas” de Cristo forman un todo que no debe ser fragmentado. Acoger al papa León XIV es una oportunidad única para valorar las otras visitas de Cristo. La del Papa es excepcional: llama la atención; las otras son ordinarias: pueden pasar desapercibidas.

lunes, 23 de febrero de 2026

Gracias, misionero pintor


Me quedé yo solo unos cuantos minutos ante el ataúd abierto que contenía su cadáver. El rostro aparecía sereno, bien dibujado. La nariz aguileña y la suave perilla rala recordaban a sus últimos autorretratos. Es como si, al final de su vida, con 93 años cumplidos, hubiera querido que el rostro real se pareciera lo más posible al rostro pintado. Sentí la necesidad de orar ante los restos de nuestro hermano claretiano Maximino (Mino para casi todos) Cerezo Barredo, al que muchos apellidaban como “el pintor de la liberación”. 

Traté varias veces con él a lo largo de mi vida misionera. Colaboramos incluso en varios proyectos, desde el diseño de la Virgen de la Fragua hasta el simposio Palabra-Vida en 2011 o el Año Claretiano en 2019. La última vez que hablé con él fue hace dos meses. Su movilidad estaba ya muy reducida, pero conservaba una gran lucidez mental y muchas ganas de hablar. Entre otras cosas, me recordó que había sido miembro de mi actual comunidad de Madrid-Buen Suceso entre 1965 y 1968, el trienio que siguió al final del concilio Vaticano II. Desde 1960 compartió quehaceres literarios y artísticos con Pedro Casaldáliga y Teófilo Cabestrero en la revista Iris, revista de testimonio y esperanza (antes y después, Iris de Paz). Mino Cerezo también dejó su impronta en la publicación Ara (Arte Religioso Actual), de la que fue impulsor y cofundador.

Conocida la noticia de su muerte en la tarde del viernes 20 de febrero, las redes se llenaron pronto de sentidos homenajes de admiración y cariño. La mayoría provenían de varios países latinoamericanos. No en vano, desde el año 1970 hasta su regreso definitivo a España en 2005, vivió en Perú en dos períodos (1970-1981; 1990-2005), Nicaragua (1981-1982) y Panamá (1982-1990), además de pasar algunas temporadas en otros países y dejar en ellos su huella misionera y artística.


Desde que regresó a España en 2005, vivió casi veinte años en Salamanca, donde continuó pintando y diseñando. Solo los últimos meses los pasó en la comunidad para misioneros mayores que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. Nacido en Villaviciosa (Asturias) el 4 de agosto de 1932, profesó como claretiano en Salvatierra (Álava) el 16 de julio de 1951 y fue ordenado sacerdote en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el 7 de septiembre de 1957. Tras el año preceptivo de experiencia pastoral en Baltar (A Coruña), se desplazó a Valencia y luego a Madrid para realizar los estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando (1958-1964), donde aprendió la técnica que le permitiría dar expresión a su genio artístico. Allí coincidió, entre otros famosos, con Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal. 


Desde entonces, la pintura fue su forma original de encarnar la Palabra de Dios y darla a conocer. Como él mismo confesaba: “El pintor y el cura que hay en mí se pusieron de acuerdo”. Aunque en 2022 se publicó en Italia -patrocinado por la Comunità di Via Gaggio- un libro recopilatorio de su obra -titulado simplemente Mino- resulta imposible catalogar su abundantísima producción. Comprende desde grandes murales (como los pintados en colegios y residencias universitarias de Oviedo, Valladolid, Madrid o Lisboa y luego en las catedrales de Isabela en Filipinas o Quibdó en Colombia, en la curia general de los claretianos en Roma y en otras muchas iglesias y capillas), hasta innumerables cuadros de varios formatos (como los de la capilla de los mártires en Barbastro o de algunos centros formativos de la congregación claretiana), biblias, viacrucis, calendarios, carteles, viñetas de los tres ciclos litúrgicos y un sinfín de materiales para uso pastoral. 

Se puede decir que su vida transcurrió entre lienzos, pinceles, caballetes, paredes, andamios y papeles de todo tipo. Como los buenos cocineros que no quieren ser vistos cuando trajinan en la cocina, sino solo cuando sirven los platos terminados, a Mino no le gustaba que lo vieran pintar. Prefería trabajar aislado, pero disfrutaba comentando el resultado de su obra.


Su estilo es inconfundible. En cuanto uno ve un cuadro suyo, enseguida dice: “Este es un cerezo”. Su conversión artística va de la mano de su conversión pastoral. El viaje que realizó a Filipinas en 1968 -del que volvió “bastante afectado”- y su posterior destino a la selva peruana donde entró en contacto directo con los pobres y vio de cerca las desigualdades e injusticia lacerantes le hicieron comprender que el arte no podía ser solo belleza y armonía, sino también denuncia, consuelo y esperanza. Cambió las formas académicas y los colores suaves de su etapa europea por composiciones atrevidas, llenas de color y de fuertes contrastes. Se podría decir que fueron los pueblos indígenas de Latinoamérica los que le enseñaron a colorear la vida en sus dibujos desmesurados y como reñidos con la estética burguesa. 


Si es conocido como “el pintor de la liberación” es porque él puso formas y colores a la teología que acompañó el caminar de la Iglesia latinoamericana durante las últimas tres décadas del siglo XX. Junto a la denuncia de las injusticias, pintadas con trazos valientes y sombríos, la luz siempre venía de Jesús y de María. Temas como la Palabra de Dios, la Eucaristía, el Corazón de María, el martirio y la comunidad comensal y peregrina son recurrentes en casi todos sus trabajos. Yo mismo me he servido de muchos de sus diseños en presentaciones audiovisuales y composiciones de todo tipo. Siempre vi en él a un artista que enseguida captaba el mensaje y sabía interpretarlo desde su experiencia artística. El arte figurativo -e incluso abiertamente catequético de sus 35 años latinoamericanos- se fue haciendo cada vez más abstracto y universal en sus últimos años salmantinos, como si su madurez espiritual y artística le hubiera llevado a una superación de cánones y fronteras. Un verdadero artista es siempre un explorador, no solo un artesano. 


Me alegro de escribir estas líneas de recuerdo, gratitud y homenaje en el día en que este blog alcanza las 2.700 entradas, cifra que coincide -¡sorpresas de la vida!- con el número de amigos en mi cuenta de Facebook. 

Encomendamos al Dios de la Vida (expresión muy usada en Latinoamérica) a Mino, que con tanto tesón se dedicó a pintar para que muchos tuvieran vida y la tuvieran en abundancia.

Os dejo con el soneto compuesto por Ángel Ferrero el día de su funeral, sábado 21 de febrero de 2026, en Colmenar Viejo (Madrid).

A Mino Cerezo Barredo
en el día de su funeral 

Un polícromo llanto de pinceles

anda por las esquinas claretianas
cerrando los postigos y ventanas
con hojas de silencios y laureles.

Un revuelo de fúnebres papeles
mezclados con redobles de campanas
y un reguero de lágrimas humanas
empapando los rústicos manteles.

A golpe de pinceles como espadas
pasó Mino Cerezo por la tierra
denunciando injusticias solapadas.

Hoy mi palabra convertida en rezo
por su memoria como ciego yerra
con un ramo de flores de cerezo.

Y ahora, un breve testimonio de Mino y de su hermano Gonzalo, fallecido en 2020. 



domingo, 22 de febrero de 2026

Palabra contra Palabra


Decía Ignacio de Loyola que el diablo es más peligroso cuando actúa sub angelo lucis; o sea, fingiendo que es un ángel de luz, seduciéndonos con algo que tiene apariencia de bien, pero cuyo objetivo es apartarnos del camino. Todos los años la liturgia del I Domingo de Cuaresma nos propone el relato de las tentaciones de Jesús en sus distintas versiones. Este año le toca a la del evangelista Mateo, que es la prototípica. Jesús se prepara para su misión haciendo un noviciado intensivo en el desierto. Es, como se dice en la jerga de la vida religiosa, el tiempo de “probación”. 

Sirviéndonos de una metáfora musical, podríamos decir también que es el momento para escoger qué clave quiere poner en el pentagrama de su misión evangelizadora. Según la clave escogida (no es lo mismo la clave de sol que la de fa, por ejemplo), así sonarán las notas de los distintos compases. El diablo le propone una clave vistosa, caracterizada por la eficacia inmediata, la espectacularidad y el poder. De esta manera su mesianismo será reconocido por todos. Podrá presentarse como ese rey triunfador que su pueblo esperaba desde hacía siglos. De todos modos, el diablo no es tan tonto como para proponer las cosas abiertamente. Utiliza un argumento de autoridad. Invoca la Biblia. ¿Qué mejor herramienta que la Palabra de Dios convenientemente etiquetada?


Jesús, el hombre de la Palabra, no se deja engañar. Frente a una Palabra adulterada, reacciona con una Palabra auténtica. A diferencia de Adán y Eva, no cae en la trampa de querer hacerse Dios. Se somete voluntariamente al señorío del Padre. El diablo no contaba con este aplomo filial. Se va con el rabo entre las piernas, aunque, en realidad, nunca se va del todo. Siempre está ahí como esa pegajosa voz de doblaje que se superpone al sonido original. 

La tentación no es solo el exordio de la misión de Jesús. Es su compañera permanente. Por eso, necesita atarse a la Palabra de Dios para no dejarse engañar por las palabras manipuladas. Necesita dejarse servir por los ángeles que le anuncian el verdadero sentido de su misión. Su mesianismo no será de poder y dominio, sino de servicio y entrega. No buscará la espectacularidad, sino la humillación. No transformará la realidad a golpe de varita mágica, sino con el poder del amor. 

Colocada esta clave, todas las notas del pentagrama evangelizador van a sonar de otra manera. Tienen el timbre de la escucha, la compasión, la misericordia, el consuelo, el perdón, la paz y la alegría. El diablo no sabe de esto. Él es un especialista en división, amargura, rivalidad, envidia, odio y tristeza, aunque -como buen estratega- use a menudo las armas del realismo, la sensatez y la necesidad de ser eficaces en este mundo competitivo.


Nosotros podemos reproducir la película de Adán y Eva en el paraíso (primera lectura del Génesis) o podemos escoger acompañar a Jesús en el desierto (relato del Evangelio de Mateo). En el primer caso, el guion está servido: “La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió”. Querer ser como dioses “en el conocimiento del bien y del mal”, tener todo bajo control, es una tentación recurrente. Se puede llamar Patria de la Identidad, Superhombre o Inteligencia Artificial. 
Las formas cambian a lo largo de la historia. La sustancia es la misma: vivir “como si Dios no existiera”. 

El resultado tampoco difiere con el paso del tiempo: “Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”. La desnudez de nuestra indigencia es el punto al que siempre llegamos cuando jugamos a ser como dioses, cuando sustituimos la humildad de criaturas por el orgullo de aspirantes divinos. ¿No es esta “desnudez” el sentimiento que hoy nos domina, la sensación de haber perdido nuestra verdadera identidad por el vano deseo de rechazar nuestra condición creatural? 

Si, por el contrario, escogemos acompañar a Jesús al desierto, seremos puestos a prueba, oiremos voces lisonjeras que nos propondrán vivir felices “como si Dios no existiera” y nos empujarán a buscar el éxito a toda costa, a disfrutar del sexo y otros placeres, a erigirnos por encima de los demás… porque todas esas cosas -he aquí la sibilina estrategia del diablo revestido de ángel de luz- son indicadores de un ser humano emancipado, libre, moderno y feliz. 

No hay otra forma de no caer enredados en estos mensajes seductores que utilizar, como hizo Jesús, la fuerza desarmante y liberadora de la Palabra de Dios. Frente a las palabras envenenadas que buscan apartarnos del camino, solo la Palabra de Dios auténtica nos recuerda quiénes somos, cuál es nuestra meta y por dónde se llega a ella. Aunque originariamente seamos “hijos de Eva”, es mejor aspirar a ser “discípulos de Jesús” y dejarnos guiar por él. 

Os dejo con el comentario de mi amigo mexicano Heriberto García Arias. Él hace una aplicación del Evangelio de hoy a la vida cotidiana desde otra clave



viernes, 20 de febrero de 2026

Abbá, Padre


Me ha sorprendido un artículo de El Debate en el que se habla del secreto de un cartujo para encontrar a Dios Padre en nuestra vulnerabilidad. El cartujo es Dom André Poisson (1923-2005), quien ingresó en la Gran Cartuja con 23 años y con 44 fue elegido Prior y Ministro General de la Orden. El libro en el que trata sobre la experiencia de Dios a partir de nuestra vulnerabilidad se titula La oración del corazón

No he tenido oportunidad de leerlo, pero el resumen del periódico ha encendido una lucecita dentro de mí. Sintonizo con la manera como presenta el verdadero sentido de la oración. Dado que en Cuaresma volvemos con más ahínco a la tríada ayuno-oración-limosna, merece la pena seguir profundizando en uno de sus elementos: la oración.


Muchas personas me confiesan que no saben cómo orar. Apenas transcurren unos minutos en silencio, se aburren. No saben si servirse de fórmulas hechas o dejar que fluyan palabras espontáneas. Han oído muchas veces decir que la verdadera oración va más allá de las palabras, que es una relación de amistad, pero no saben bien qué significa esto. Se sienten perdidas. Las distracciones enseguida se enseñorean de su tiempo. Miran a menudo al reloj. Tienen la impresión de que los minutos duran mucho más de sesenta segundos. Una vez que han despachado sus peticiones habituales, ya no saben qué más hacer. 

Les han dicho que la oración es espera y paciencia. Esta fórmula puede valer para unos pocos días, pero cuando se prolonga en el tiempo conduce a una sensación de vacío que se hace insoportable. Algunos expertos la llaman aridez y hacen interpretaciones muy sutiles. Otros se decantan por animar a la perseverancia. Recuerdan las palabras de Jesús: “Buscad y hallaréis”. Sin embargo, muchos orantes tienen la impresión de no hallar nada, ni siquiera esa pequeña dosis de serenidad y consuelo que prometen algunas técnicas de meditación tradicionales y modernas. ¿Qué hacer entonces?


Me parece que el cartujo Poisson, desde su experiencia acendrada, nos ofrece una clave que puede ser útil. Se trata de aceptar que somos frágiles, que no podemos hacer todo lo que nos gustaría, que hay una brecha entre nuestros deseos y nuestras acciones, que nos distraemos cuando pretendemos estar atentos, que reducimos la relación a transacción, que nos cansamos de nuestros propósitos, que buscamos efectos inmediatos… Todos estos indicadores ponen nombre a nuestra vulnerabilidad. 

Lo que necesitamos después de haberla explorado es cambiar la clave. El territorio de Dios no es la perfección en la que todas las piezas del puzle encajan y a cada acción le sigue un efecto preciso, sino precisamente la vulnerabilidad. Si algo aprendemos en la historia de Jesús es que él descendió a la experiencia humana, la atravesó por dentro. Nos ayudó a descubrir que Dios se hace presente en los entresijos de nuestras pobrezas y contradicciones. En ellas y desde ella podemos llamar a Dios Abbá (padre). Sabernos hijos amados es lo máximo a lo que podemos aspirar en esta vida. 

En algunos casos esta experiencia teologal viene preparada por una amorosa y sana relación con nuestros padres terrenos, que se convierten entonces como en un signo visible y palpable del Padre celestial. En otros casos -más frecuentes de lo que pudiera parecer- las distorsiones afectivas en relación con nuestros padres dificultan y hasta impiden creer (no digo solo sentir) que Dios es el Abbá que nos sostiene, sobre cuyo amor construimos la casa de nuestra existencia. 

Necesitamos recordar que por el bautismo se nos ha dado el Espíritu Santo que clama siempre en nuestro interior: Abbá, Padre (cf. Gal 4,6). A veces, no hay mejor oración que la que repite, con el ritmo de la respiración, este susurro del Espíritu: Abbá, Padre. Han sido varias las personas que me han confesado que su oración consiste en esto. Y que esa repetición no es solo un mantra que aquieta las tensiones corporales, sino un camino que los va adentrando en las profundidades de la paternidad divina, de modo que, casi sin darse cuenta, se van experimentando como hijos o hijas de Dios. ¿Será esta la oración del corazón? ¿Oraría Jesús de esta manera cuando se retiraba a un lugar solitario? La Cuaresma es una oportunidad para experimentarlo.