
Parto de algunos ejemplos tomados de la vida cotidiana. Ejemplo primero. Una persona dice: “Acabo de venir del médico. Me ha dicho que tienen que operarme de la cadera”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo conozco a un vecino que le operaron de la cadera y quedó fatal. Tienes que asegurarte de encontrar un buen cirujano”. Ejemplo segundo. Una persona dice: “Me está costando asumir la muerte de mi madre. Hay días que me parece que todavía está a mi lado”. Reacción del interlocutor: “Pues recuerdo que, cuando murió mi madre, me pasaba varias noches sin dormir pensando en ella. Es cuestión de tiempo”. Ejemplo tercero. Una persona dice: “Este verano he visitado Croacia. Me ha encantado la gente”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo he estado en Italia, que tiene muchos más atractivos que Croacia”.
Los ejemplos no se apartan un ápice de lo que experimentamos todos los días en conversaciones formales e informales. Hay personas que comienzan a compartir una experiencia con otras personas. En cuanto empiezan a hablar, suelen ser interrumpidas por su interlocutor, que, en vez de escuchar con atención lo que la persona dice, comienza a compartir su reacción y a hablar de lo que a él le preocupa.

No es fácil encontrar personas que quieran y sepan escuchar, que acojan en silencio lo que las otras personas quieren comunicar y que no se apresuren a responder, o simplemente a interrumpir. Escuchar con atención a quien habla parece una norma elemental de urbanidad y, sin embargo, nos la saltamos casi siempre. Lo he experimentado, sobre todo, cuando se trata de escuchar relatos de enfermedades y de muertes. En vez de prestar atención a quien los comparte para ayudarle a explorar sus sentimientos, enseguida reaccionamos con lo que nos ha pasado a nosotros. ¡No es el momento!
Cuando una persona comparte las emociones que está viviendo a propósito de la muerte de un ser querido, jamás debemos interrumpirla contando lo que nosotros vivimos en una situación semejante. ¡No es el momento! Escuchar es un ejercicio de descentramiento, de vencer la tiranía del yo, que siempre busca protagonismo, para que crezca el tú. Escuchar es hacerse todo oídos para que la otra persona se haga toda palabra.

Como hemos perdido la capacidad de escucharnos con empatía en las interacciones cotidianas, hemos tenido que inventar los “centros de escucha” para paliar ese déficit. Abundan cada vez más en parroquias, colegios y otras instituciones. En una sociedad tan individualista como la nuestra, a veces lo único que necesitamos para salir adelante es que alguien nos escuche con empatía y silencio, sin sentirse obligado a contarnos su experiencia o a darnos una respuesta apresurada.
Escuchar es, en definitiva, aprender a morir a uno mismo para que la otra persona pueda vivir, renunciar a convertirnos en protagonistas para que los demás se conozcan mejor y se acepten como son. Escuchar es convertirnos en espejos que reflejan con amor y claridad lo que las otras personas dicen, no en muros que hacen rebotar sus palabras. No hay escucha sin silencio. El ruido y la verbosidad matan la escucha. Las respuestas automáticas desnaturalizan las preguntas. La apelación continua a nuestra experiencia bloquea la autoexploración. ¿Hay alguien ahí dispuesto a escuchar de verdad?



















