
Hoy hace un día de verano. En El Escorial, en donde me encuentro, el termómetro marca ya 25 grados, pero escalará hasta casi los 30 a primera hora de la tarde. Parece un clima ideal para prepararnos para la fiesta de Pentecostés. Desde la gran cristalera de la casa se divisa todo el valle vestido de un radiante verde primavera. Estoy como en un cenáculo donde esperamos la irrupción del Espíritu. Mientras algunos medios siguen hablando de la imputación del expresidente Zapatero o explican en qué consiste la “geoteología” del papa León XIV, otros prefieren centrarse en el exitazo del concierto de Bad Bunny en Barcelona.
Hay espacio para casi todo. A veces nuestras preocupaciones coinciden con los asuntos aireados en los medios. Otras –casi siempre– discurren por otras vías. En vísperas de Pentecostés, me reconforta pensar que tanto nuestra vida personal como la historia del mundo son conducidas por el Espíritu de Dios, que nada queda fuera de su acción misteriosa y eficaz. No es necesario romperse la cabeza para que encajen todas las piezas del puzle de una realidad demasiado compleja como para ser comprendida y dominada con nuestros recursos limitados. Ya sé que hay seres humanos que sueñan con la omnipotencia, pero es solo una tentación recurrente en la historia de la humanidad que conduce a la frustración. Prefiero quedarme con las palabras del salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.

Estoy deseando leer la encíclica que el papa León XIV presentará el próximo lunes. Necesitamos hacernos a la idea de cómo va a cambiar el mundo con la IA y de cómo podemos convivir con ella sin dejarnos manipular. Es muy probable que padezcamos sus seducciones y desequilibrios antes de que seamos capaces de hacer un uso razonable. Algo parecido ha sucedido con otros instrumentos menos invasivos.
Con la IA se da un salto cualitativo de consecuencias impredecibles. Me alegro de haber vivido muchos años de mi vida en un contexto no dominado por la IA. Tendré la posibilidad de comparar y añorar, de vivir dos maneras muy distintas de relacionarme con la realidad, dos estilos de vida y de trabajo, dos maneras de pensar y crear, dos mundos, en definitiva. Si a eso le añadimos el privilegio de haber vivido en dos siglos y dos milenios, la autoestima queda bastante satisfecha.

Termino hoy con una anécdota banal. Hace una semana pedí por internet un producto a una empresa española. Creo que me llegará a casa el lunes. Durante estos días he podido seguir su recorrido (tracking). Se fabricó en China, voló hasta España, pasó los controles aduaneros, llegó hasta el centro de distribución en Madrid, fue transportado por un proveedor local y –eso espero– llegará a mi casa “sano y salvo”. En ese momento, en la web que me sirve para controlar el proceso aparecerá el mensaje: “Producto entregado”. Habrá terminado la aventura semanal.
¿No hubiera sido preferible haberme acercado a alguna tienda de mi barrio en la que probablemente venden productos semejantes? ¡Con toda seguridad! Sin embargo, también yo he sido víctima de la comodidad y cómplice de la deslocalización. A pesar de que me he ahorrado algunos euros, no estoy seguro de que me guste este modo “global” de funcionar. Algo me dice que este no es el camino, por más que muchas empresas europeas se hayan “chinaizado” en su interés por reducir costes y aumentar los beneficios. Pan para hoy, hambre para mañana. Al tiempo. ¡Ven, Espíritu Santo!























