
Lo de Ceuta va a seguir coleando durante mucho tiempo. Me parece que concentra varios asuntos que tienen que ver con nuestra manera de entender la soberanía nacional, el control de fronteras, las relaciones internacionales, los equilibrios geoestratégicos, los problemas migratorios y otros muchos de difícil comprobación: aspiraciones territoriales, chantajes, venganzas, etc. Ayer en muchas ciudades españolas la gente se echó a la calle para apoyar a los ceutíes aprovechando que se celebraba el Día de Ceuta. El apoyo a una ciudad invadida fue acompañado por una crítica abierta a la gestión de la crisis por parte del gobierno central.
Como era de prever, las reacciones de los políticos y los medios de comunicación fueron muy distintas según las tendencias de cada cual. Con todo, no hace falta ser un experto para comprobar que crece el hartazgo ciudadano, incluso entre quienes por convicción, intereses o rutina siguen defendiendo al partido gobernante. Será triste que una vez más en la historia reciente de la democracia española la alternancia en el poder esté más provocada por la corrupción y la prevaricación que por nuevas propuestas esperanzadoras. Creo que, a pesar de los muchos ardides en juego, es cuestión de poco tiempo. Percibo síntomas claros de descomposición del sistema. Lo que no veo con tanta claridad es la solvencia y credibilidad de una alternativa eficaz. Ojalá haya sorpresas.

Como si el tiempo atmosférico quisiera acompañar al tiempo político, ha vuelto el calor en estos primeros días de septiembre. Hoy en Madrid tenemos 36 grados. Esperemos que no dure demasiado. Necesitamos un tiempo benigno para proseguir con buen ánimo el ritmo de septiembre.
Por lo que a mí respecta, me preparo junto con otros tres compañeros para celebrar el próximo sábado los 50 años de mi primera profesión como misionero claretiano. Cuando me comprometí a seguir a Cristo y emití los votos de castidad, pobreza y obediencia en el ya lejano 1976 tenía solo 18 años. Hoy las pocas personas que profesan en la vida religiosa en España suelen tener en torno a 25-30.
Con los ojos actuales, parece una temeridad –si no una falta de responsabilidad– tomar una decisión tan radical a una edad que se considera demasiado temprana. No seré yo quien niegue los signos de inmadurez que todavía persisten cuando uno traspasa la frontera de la “mayoría de edad” y, sin embargo, no me arrepiento del paso dado. A medida que pasan los años comprendo con más claridad que las grandes elecciones de la vida no son el resultado de un proceso decisional químicamente puro, sino el fruto de una gracia que nos sobreviene y que nosotros acogemos con la limitada pero ilusionada libertad de que disponemos. Eso no significa necesariamente que sea una decisión inauténtica, aunque sea todavía a todas luces imperfecta.

En realidad, cada día hay que preguntarse a quién queremos servir, en qué dirección queremos caminar, con quién queremos compartir la marcha, cómo vamos a superar los obstáculos. En este sentido, cada día hacemos la profesión religiosa. O renovamos las promesas matrimoniales o sacerdotales. O actualizamos cualquier otra opción fundamental. Esto es lo que nos permite vivir con esperanza. No soy muy partidario de dar demasiado relieve a este tipo de aniversarios, aunque comprendo que haya personas que tiren la casa por la ventana cuando celebran sus bodas de plata o de oro. Por temperamento, a mí no me gusta mucho mirar al pasado. No vivo de la nostalgia. Me concentro en el día a día y, desde la azotea de la cotidianidad, vislumbro el futuro.
Me gusta más esperar recordar. Es como si hubiera hecho mío ese axioma inglés que dice “the best is yet to come” (lo mejor está por llegar). Si “lo mejor” es sin lugar a dudas el encuentro definitivo con Dios, entonces siempre está por llegar, aunque celebremos con gratitud que “ya” ha llegado. En esta tensión entre pasado, presente y futuro discurre la vida y, en definitiva, nuestra existencia cristiana. Detenernos brevemente en algunos hitos del itinerario nos ayuda a tomar conciencia de que estamos vivos. Y, sobre todo, ensancha nuestro corazón agradecido. Lo que somos es el fruto de una lluvia de gracia. Que no deje de llover.


















