jueves, 5 de noviembre de 2026

Palabra y vida


Hace ya un mes que está en las librerías el librito Palabra y Vida 2027 que publicamos los misioneros claretianos. Llevamos 26 años tratando de acercar a todo tipo de lectores el Evangelio de cada día acompañado por un pequeño comentario que sirve de puente entre la Palabra y la vida. De ahí el título del proyecto. Los comentarios del año 2027 los han realizado varias hermanas agustinas del Monasterio de la Conversión situado a los pies de las montañas de Gredos, en Sotillo de la Adrada (Ávila). Ellas unen juventud y contemplación. 

Por una parte, debido en parte a su edad, sintonizan bien con la sociedad de nuestro tiempo. Por otra, en cuanto monjas contemplativas, están acostumbradas a escuchar y escudriñar cada día la Palabra de Dios. Sus comentarios son breves, frescos, femeninos. No se pierden en tecnicismos. Buscan iluminar la vida cotidiana desde la luz de la Palabra. Si en algo he insistido a lo largo de las 2.835 entradas de este blog es en la necesidad de vivir una fe cristiana que se alimente de la Palabra de Dios para que no naufrague en los charcos de la rutina, el sentimentalismo o el asistencialismo.


Creo que a la mayor parte de los católicos se les cae la Biblia de las manos por falta de una mínima formación bíblica y, sobre todo, por no haber incorporado a sus prácticas espirituales la meditación asidua de la Escritura. Es verdad que abundan las ofertas formativas en internet y que muchas diócesis y parroquias organizan cursos bíblicos a distintos niveles, pero no parece que sea suficiente. Por eso, todo lo que nos ayude a “encanecer con la Biblia en las manos” debe ser bienvenido. 

Hay iniciativas de lectio divina comunitaria, lectura creyente (o popular) de la Biblia, escuelas y círculos bíblicos, etc. Lo importante es descubrir el método que mejor congenie con cada persona y luego ser asiduos. Los frutos no aparecen de la noche a la mañana. Se requiere una siembra abundante y un cultivo paciente. Con el paso del tiempo, uno se sorprende de cómo la Palabra nos sale al paso de todas las situaciones vitales, no solo porque nos vengan a la mente algunos versículos relacionados con la situación que estamos viviendo (que también), sino sobre todo porque caemos en la cuenta de que nos dejamos guiar por la luz de la Palabra y no por nuestras ocurrencias.


Las personas que se han dejado educar por la Palabra de Dios adquieren ese sexto sentido, un olfato espiritual que les permite discernir si un hecho o una situación huelen o no a Evangelio. Cuando nos alimentamos de la Palabra vamos adquiriendo la mente de Cristo (1 Cor 2,16), de manera que ya no juzgamos los acontecimientos de tejas abajo, sino con la luz del Espíritu Santo. Cuando unimos la Palabra y la vida vamos superando la dispersión a que nos conduce la vida moderna. La Palabra de Dios nos ayuda a centrarnos en lo esencial, a hacer esa síntesis sin la cual la vida resulta una colección de piezas atomizadas, no un proyecto vocacional. 

Faltan tres semanas para que comience el Adviento. ¿No puede ser el inicio de un nuevo año litúrgico la ocasión para comenzar un itinerario bíblico sistemático? La liturgia nos va introduciendo a lo largo de los distintos tiempos en el misterio de Cristo. El librito Palabra y Vida 2027 es un instrumento sencillo que puede ayudarnos a hacer este recorrido. Quienes deseen profundizar más pueden acudir a otros libros más especializados como Palabra de Dios y año litúrgico. Las lecturas bíblicas en la Eucaristía. Y para quienes quieran hacer la lectio divina diaria, les recomiendo la colección de 17 volúmenes publicada por la editorial Verbo Divino. El primer volumen está dedicado al Tiempo de Adviento. El esfuerzo económico y de tiempo es grande, pero merece la pena. 


miércoles, 4 de noviembre de 2026

La revolución del corazón


La Puerta del Sol ya está limpia. Consternación por la muerte de Jesús de Miguel, joven jugador del Tenerife. El ministro Óscar Puente ha dimitido. La XXX Cumbre Iberoamericana está a punto de comenzar. Los demócratas logran el control total de las cámaras de Estados Unidos. Este humilde blog acaba de superar los dos millones de visitas acumuladas. Y los termómetros se cansan de un veroño demasiado largo y comienzan a desplomarse. Mientras estas y otras muchas cosas se suceden a toda velocidad, cada uno de nosotros libramos nuestras personales batallas. No siempre es fácil sincronizar el tiempo social y el personal. A veces, el mundo ríe mientras nosotros lloramos. Otras, se invierten los papeles. 

Sobre lo que sucede fuera, en nuestro entorno, tenemos muy poca capacidad de control. Sentimos que la realidad nos desborda. Sobre lo que sucede dentro, en nuestro corazón, podemos operar con mayor libertad y responsabilidad. Los desalojados de la Puerta del Sol querían cambiar el mundo, pero apenas han podido organizar un campamento plastificado. Leyendo algunos de sus carteles y pancartas, uno pensaría que todo se reduce a ser ocurrentes. Los del mayo francés del 68 decían que “debajo del asfalto está la playa” o “que paren el mundo, que me quiero bajar”. Estos dicen, con un deje de poesía urbana: “contra los fondos de inversión, acción directa y okupación”, “las casas son para vivir, no para invertir”, “ellos por dinero, nosotras por amor”, “Pedro, rey, haz un decreto ley”, “el buitre inversor es el gran invasor”, “ni una Maricarmen más”… y cosas por el estilo.


No tengo inconveniente en sintonizar con algunas de sus reivindicaciones, aunque no me gusta su estrategia y, sobre todo, su falta de propuestas viables. Yo puedo enarbolar por el día una pancarta provocativa y por la noche irme a mi casa, dormir en un colchón blando, ducharme con agua caliente y volver al campamento con nuevos aires reivindicativos. Está claro que la revolución 2.0 es más ocurrente que eficaz. 

Las palas y los camiones del Servicio de Limpieza Urgente del ayuntamiento de Madrid han acabado con una revolución efímera que –según sus palabras– se retira de la plaza para llevar la lucha a los barrios y preparar la huelga general del 11-N. Mucho me temo que estos métodos del siglo XX no resultan muy eficaces en las sociedades digitales del siglo XXI. Los verdaderos cambios se gestan de otra manera. Necesitamos voces y movimientos críticos contra esta sociedad basada en el consumo, pero deben ir acompañados de alternativas creíbles, no solo de algaradas callejeras y pancartas imaginativas. Y eso exige, además de sensibilidad ética y estética, una gran preparación científica y técnica. Por desgracia, no siempre van de la mano.


Cada vez me convenzo más de que lo que de verdad necesitamos es gente que, antes de hacer la revolución social, haya hecho la revolución personal. Sin un buen autoconocimiento, vomitamos a la sociedad las contradicciones que albergamos dentro. Por eso fracasan tantas supuestas revoluciones que, a primera vista, parecen razonables y justas. Igual que no hay democracia sin demócratas, ni fraternidad sin hermanos, no hay cambio social sin cambio personal. 

En la tradición cristiana lo decimos de una manera más radical: solo los santos convertidos son verdaderamente transformadores, solo ellos y ellas cambian la realidad porque tienen la mente de Cristo, se han identificado con sus sentimientos, son transparencia de Dios. Los verdaderos cambios empiezan en el corazón de cada uno. No hay revolución más radical que la revolución del corazón. Suena a eslogan de póster setentero, pero me parece una gran verdad.


lunes, 2 de noviembre de 2026

Se van, pero se quedan

 

Dicen que a los jóvenes no les gusta visitar los cementerios. Eso mismo se decía cuando yo era joven y, sin embargo, la tradición (que no la costumbre) sigue viva en muchas personas de todas las edades. Es verdad que para honrar a nuestros difuntos no es estrictamente necesario visitar sus tumbas y depositar flores. Es verdad que el verdadero recuerdo se da en el corazón (recordar significa precisamente “pasar por el corazón”) y que una oración sincera vale más que un hermoso centro de flores. Y, sin embargo, hay ritos ancestrales que nos mantienen despiertos y agradecidos. 

Salir de casa, encaminarse al cementerio (a veces a cientos de kilómetros), tomarse tiempo para limpiar las tumbas, preparar un motivo floral… son expresiones de un amor que va más allá del sentimiento. Podríamos decir que es un amor que cuesta, que sale del santuario de la conciencia y se encamina hacia una materialidad destruida, pero ese tránsito tiene un valor extraordinario. La fe en la resurrección no olvida que somos materia. Tan peligroso es abandonarse a un materialismo que solo ve un baile de moléculas, como fiarlo todo a un espiritualismo que olvida el cuerpo y toda su biografía. La fe cristiana siempre ha mostrado un gran respeto a los cuerpos de los difuntos porque son el recuerdo visible de una identidad inmortal.


No vivimos la muerte de igual modo cuando somos niños, adolescentes o jóvenes que cuando somos mayores o ancianos. ¿Qué siente un niño cuando deposita una flor en la tumba de sus abuelos? ¿Qué se le pasa por la cabeza a un joven que visita la tumba de un amigo muerto en un accidente de tráfico? ¿Cómo procesa la visita un marido que ora ante la tumba de su esposa muerta de cáncer en mitad de la vida? No hay dos reacciones iguales. Hay personas que “necesitan” visitar los cementerios. Hay otras que detestan colocarse ante una lápida porque se les remueven demasiadas cosas por dentro. 

La conmemoración de los fieles difuntos es una especie de test que mide nuestra actitud ante la muerte. Examinando cómo reaccionamos ante la muerte de los demás, podemos intuir cómo afrontamos nuestra propia muerte. He oído a muchos decir que es ley de vida: nacemos, crecemos y morimos. Otros la ven como un accidente indeseable que quiebra todos los proyectos. Los creyentes la miramos como un tránsito no exento de dolor de esta vida terrena a la vida definitiva de comunión con Dios.


Sea cual sea nuestra actitud (que, por otra parte, puede ir cambiando según las etapas de la vida), hoy es un día para recordar con amor y gratitud a quienes nos han precedido e interceder por ellos. Es muy sanador este recuerdo sereno ante el Señor. Es un modo de experimentar el misterio de la “comunión de los santos”, la profunda unidad que se establece entre todos los creyentes, vivos o difuntos. De esta manera, la ausencia física se convierte en presencia espiritual. Quienes se fueron siguen con nosotros. 

Meditar estas cosas ante la tumba de nuestros seres queridos es una experiencia que nos devuelve a la vida cotidiana con nuestra casa interior sosegada. Celebrar la Eucaristía por quienes han fallecido y dedicar un tiempo prolongado de oración a interceder por ellos es el modo mejor de “conmemorar a los difuntos”, sin ser prisioneros del sentimentalismo, del vacío o de la desesperanza.

sábado, 31 de octubre de 2026

Palabras menesterosas


Es difícil resumir la semana que termina. Escribo estas líneas después de haber visitado el cementerio de mi pueblo donde reposan todos mis familiares más cercanos, incluidos mis padres. Cuando ya en casa he conectado la televisión, me he encontrado con la retransmisión del funeral que se está celebrando en la basílica del Santísimo Cristo de la Veracruz de Urda (Toledo) por los 69 fallecidos en el terrible accidente de tren que tuvo lugar el pasado miércoles en la línea Madrid-Sevilla. 

Preside el arzobispo de Toledo Francisco Cerro. Desgrana su homilía con serenidad y cercanía. Acaba de decir que Jesús nunca nos prometió que la vida transcurriría sin dolor y sufrimiento. Lo que nos prometió fue que él siempre estaría con nosotros, sobre todo en los momentos de angustia, desesperación y muerte. Dirigiéndose a los familiares de las víctimas, el arzobispo les dice: “No estáis solos, la Iglesia de Toledo está con vosotros”.


Hubiera querido haber escrito algo el mismo miércoles 28, fiesta de los apóstoles Simón y Judas, pero me faltó tiempo y, sobre todo, ánimo. La noticia del accidente me dejó sin palabras. Desde que se inauguró el AVE el año 1992, he hecho muchas veces el trayecto Madrid-Sevilla. En los últimos años he sido testigo del progresivo deterioro de los servicios. El notable aumento de los trenes y el insuficiente mantenimiento de la línea han convertido el AVE en un tren bajo sospecha. 

Los gravísimos accidentes de Adamuz (enero) y Urda (octubre), con 115 víctimas, han acabado de provocar una enorme desconfianza en los usuarios. Costará restaurarla. Pero ahora el centro de atención está en las personas fallecidas, en las heridas, en sus familiares y amigos y en todas las personas que llevan muchas horas volcándose en su ayuda. Experiencias de este tipo ponen a prueba nuestra calidad humana. Gracias a Dios, la respuesta ha sido extraordinaria, una muestra de esta magnifica humanitas que somos a pesar de los pesares.


El accidente ha sucedido a pocos días de celebrar la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. Estos días se llenan las iglesias y los cementerios. Mientras los seres humanos no nos olvidemos de quienes nos han precedido, seguiremos siendo humanos. A las máquinas no les importan los muertos. Solo los hombres y mujeres tenemos memoria cordial y conciencia creyente. Empezamos a ser humanos cuando aprendimos a enterrar a los muertos, a dignificar sus cuerpos, a no abandonarlos como materia sobrante. 

En tiempos de Inteligencia Artificial se nos hace difícil lidiar con el misterio de la muerte. El transhumanismo la considera un “fallo del sistema” que hay que corregir con ayuda de la técnica. La fe cristiana la ve como un tránsito de la vida terrenal a la vida plena con Dios. Solo desde la esperanza que brota de esta convicción de fe se puede afrontar con serenidad un accidente como el que hemos sufrido. ¡Ojalá estos días sean para todos una meditación sobre el verdadero sentido de la vida!

domingo, 25 de octubre de 2026

El ajuste fino


La noche pasada hemos podido dormir una hora más. Confieso que estos cambios estacionales me aburren y me cansan. No les veo ninguna utilidad, como tampoco se la veo al hecho de que en España llevemos casi 90 años con una hora de adelanto (dos en verano) con respecto a la hora de Greenwich, que sería la más apropiada para nosotros teniendo en cuenta nuestra ubicación. 

Vamos al grano. En el Evangelio de este XXX Domingo del Tiempo Ordinario no le preguntan a Jesús qué hora es o si prefiere el horario de verano o de invierno. La pregunta que le formulan algunos fariseos es más trascendental: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Ya se sabe que en tiempos de Jesús la Ley se componía de 613 mandamientos: 248 mandamientos positivos (cosas que se debe hacer, asociados tradicionalmente con los miembros o partes del cuerpo humano) y 365 mandamientos negativos (prohibiciones, asociados tradicionalmente con los días del año). La pregunta, pues, es muy pertinente para no perderse en la maraña de normas y prohibiciones. La respuesta de Jesús es clara, progresiva y directa: “«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. 

Hemos oído muchas veces que la “novedad” de la respuesta de Jesús consiste en juntar dos mandamientos que eran conocidos por todo judío piadoso: el referido al amor a Dios se encuentra en Dt 6,45 y el referido al amor al prójimo se inspira en Lv 19,18.


Sin embargo, la propuesta de Jesús no se reduce a juntar dos mandamientos que “sostienen la Ley entera y los profetas”. En realidad, nos está ofreciendo un criterio práctico para verificar la verdad de nuestro amor. Si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, nuestro amor a Dios no es verdadero. Es lo que leemos en 1 Jn 4,20: “El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. Pero si decimos que amamos al prójimo y nos desentendemos de Dios, el amor tampoco corre. Jesús mismo lo aclara en otro pasaje: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La respuesta de Jesús a los fariseos corrige nuestros espiritualismos desencarnados, pero también nuestros humanismos ateos. 

Los dos fenómenos se dan hoy en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Hablando en términos políticos, los de derechas tienden a refugiarse en el primero y los de izquierdas a defender con uñas y dientes el segundo. O sea, que convertimos la gran polaridad Dios-prójimo en un enorme dilema: o Dios o el prójimo. En la práctica, sin embargo, las cosas no son tan simples. No conozco a ninguna persona verdaderamente espiritual que se desentienda del prójimo, sobre todo del más necesitado. Han entendido muy bien lo que leemos en la lectura de Isaías: “Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo”. Sí conozco a alguna persona muy solidaria y servicial que no quiere ni oír hablar de Dios. Por lo general, este rechazo proviene de experiencias negativas en relación con la Iglesia vividas en la infancia o en la adolescencia y que no han sido sanadas.


Es imposible leer el Evangelio de hoy y no sentirse cuestionado. Da igual que seamos de derechas o de izquierdas, místicos o proféticos, espiritualistas o humanistas ateos. Las palabras de Jesús no admiten matices: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. No uno u otro: estos dos. Quizá se podría decir que se trata de un solo mandamiento con dos caras. Nadie mejor que Jesús (verdadero hombre y verdadero Dios) para ofrecernos esta síntesis. 

Lo que parece un problema teórico tiene, en realidad, muchas repercusiones prácticas. Afecta a la manera como vivimos la oración y el servicio, la adoración y la liberación, la participación en la Eucaristía y el compromiso político. Necesitamos una espiritualidad integradora, no dilemática. Las personas de Oriente están más preparadas culturalmente para la integración de polaridades. En Occidente tendemos más a los dilemas; de ahí la polarización que padecemos, tan presente en la sociedad y en algunos sectores de la Iglesia. A veces Jesús también exige tomar partido (por ejemplo, cuando contrapone Dios y el dinero), pero en el caso del amor a Dios y al prójimo no hay ninguna ambigüedad. Seguro que tenemos que someternos a un electrocardiograma espiritual para ver cómo está nuestro corazón.Probablemente necesitaremos un ajuste fino en nuestra manera de vivir estos amores.



sábado, 24 de octubre de 2026

A Claret le gusta la IA


Como ayer ya escribí sobre la figura de Claret, no necesito volver sobre el mismo tema. O quizá sí, pero desde una nueva perspectiva. Desde ayer por la tarde mi cuenta de Whatsapp se ha inundado de mensajes de felicitación. Muchos de ellos iban acompañados por una composición visual creada con alguna aplicación de IA. Las hay clásicas, devocionales, ligeramente modernas y hasta vanguardistas. Cuando la IA trabaja con fotos o retratos el resultado es aceptable. Cuando se “inventa” a Claret el resultado es un poco penoso. 

Más allá de los logros o fracasos estéticos, es evidente que este año 2026 la IA se ha convertido en protagonista de la fiesta de Claret. Por si no bastara con la profusa recreación de imágenes (en forma de postales, estampas y carteles), alguien se ha atrevido a pedirle a la IA que compusiera un soneto claretiano. Este es el resultado:

En los telares comenzó tu historia,
pequeño en cuerpo, de alma gigante,
caminante sutil, fuego constante,
que al mundo prefirió dar la memoria.

En la fragua del alma y de la gloria,
comulgando en amor de forma amante,
fuiste saeta pura y penetrante,
Misionero en la cruz de la victoria.

El Corazón de María fue tu nido,
donde encendiste el celo y el aliento
para salvar al prójimo caído.

En el destierro hallaste el sufrimiento,
mas con la vida de Jesús vestido,
fuiste del Evangelio santo aliento.

Formalmente está bien construido, pero creo que le falta alma. Un buen poeta no se crea a base de conexiones digitales. Otro compañero se ha lanzado a componer una canción con ayuda de la aplicación Suno. En fin, que la fiesta de Claret de este año ha sido un homenaje a la IA en toda regla. 

Estoy convencido de que también el santo misionero le hubiera sacado mucho partido para sus empresas evangelizadoras. Como en su tiempo no disponía de IA (Inteligencia Artificial), no tuvo más remedio que echar mano de su poderosa IN (Inteligencia Natural) para escribir libros y folletos, copiar de otros autores, hacer traducciones de obras francesas e italianas, dibujar estampas y láminas y otras operaciones que hoy hubiera realizado en un abrir y cerrar de ojos.

Feliz fiesta de san Antonio María Claret a todos los amigos del Rincón de Gundisalvus

viernes, 23 de octubre de 2026

Un fruto que dura


Mañana será la fiesta de san Antonio María Claret. Se cumplirán 156 años desde su muerte acaecida el 24 de octubre de 1870 en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia). Como Jesús, también Claret murió extramuros, fuera de su patria, perseguido hasta el último respiro. Hay santos amables y santos que incomodan. Claret perteneció a la segunda categoría sin desdeñar la primera. Creo que la mayoría de los lectores de este Rincón conocen la azarosa vida de este santo misionero. A quienes sepan poco de él, les invito a ver la película Claret, leer una breve semblanza de su vida o, si tienen ánimo y tiempo, acercarse a su Autobiografía. Se sorprenderán de cómo un hombre, en solo 62 años y diez meses, fue capaz de vivir una extraordinaria aventura humana, espiritual y misionera. Lo hizo en un siglo en el que Europa y América fueron escenario de revoluciones constantes. Un siglo que no quería parecerse a los anteriores, pero que tampoco tenía la contundencia del siglo XX. 

En algunas cosas, Claret parecía más del siglo XVI que del XIX; por eso admiraba tanto a santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila o fray Luis de Granada. En otras, podría haber sido un perfecto obispo del siglo XX. De formación técnica y espíritu práctico, nunca se perdió en laberintos teóricos. Muy seguro del “qué” (la gloria de Dios, la salvación de los hombres y la propia santificación), puso toda su creatividad al servicio del “cómo” (cómo hacer llegar la Palabra de Dios a todo tipo de personas: desde los payeses que encontraba por los caminos de Cataluña hasta los intelectuales y artistas con los que se relacionó en Madrid, pasando por los lugareños canarios y cubanos). No perdió el tiempo quejándose de las dificultades. Se puso manos a la obra sin descanso. 


En el discurso que el papa León XIV dirigió hace unos días a los participantes en el simposio sobre “La santidad en la historia”, organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, les dijo algo que me parece luminoso: “Sin los santos, la historia del mundo sería más pobre y menos humana”. Los santos dignifican nuestra humanidad. Ellos y ellas son una manifestación luminosa de esa magnifica humanitas a la que todos pertenecemos. Por eso, cuando nos preguntamos qué necesitamos para mejorar nuestro mundo, para deshacer los múltiples nudos que hoy nos atenazan, la respuesta es simple y contundente: necesitamos más santos. 

A primera vista, esta respuesta puede parecer demasiado piadosa y hasta un punto escapista, pero es la más transformadora de todas. Donde hay santos, hay hombres y mujeres que, en su fragilidad, se han dejado transformar por el amor de Dios. Por eso, pueden contribuir “desde dentro” a la transformación del mundo. Cada santo es como una maqueta del nuevo mundo al que aspiramos. Los santos no se limitan a decirnos lo que tenemos que hacer, no nos sermonean con propuestas ideales, como hacen a menudo muchos pensadores y revolucionarios. Se concentran en vivir. Su vida misma es el mejor argumento de la verdad que anuncian. No hay nada más revolucionario que vivir con autenticidad. 


Yo conocí a Claret cuando tenía diez años y estudiaba en un colegio claretiano. Me sentí atraído por una vida que rezumaba Evangelio por los cuatro costados y que, en la versión que leí, parecía una cadena de aventuras. Entonces no percibí el peso de la cruz que portaba. Ahora, con más edad de la que él tenía cuando murió, me sigo sintiendo atraído por su creatividad evangelizadora y por su itinerancia misionera, pero lo que más me conmueve es su configuración con el Cristo crucificado, su proceso de transformación interior a base de persecuciones, calumnias y sufrimientos. 

Es probable que en algún momento de su etapa madrileña rozase el borde de la depresión o sintiera la tentación de tirar la toalla y huir de la corte, pero en ningún momento se bajó de la cruz. Su objetivo no era estar a gusto y sentirse “realizado” (como decimos hoy), sino cumplir la voluntad de Dios. Murió fuera de juego, desprestigiado y desterrado. Hoy, de quienes lo persiguieron nadie se acuerda. Sin embargo, su figura sigue siendo luminosa para miles de personas en todo el mundo. Está claro que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Feliz fiesta.