lunes, 2 de febrero de 2026

Tres preguntas inquietantes


Hoy, fiesta de la presentación del Señor, se celebra la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En España somos algo más de 30.000 personas pertenecientes a las distintas formas de vida consagrada, la mitad que hace un cuarto de siglo. A este ritmo de descenso continuado, hacia el año 2.050 podría haber desaparecido en nuestro país esta manera peculiar de ser cristianos. Algunos se lo preguntan con preocupación; otros simplemente creen que será así, dado que los fallecimientos se suceden a una media de 900 por año y son muy pocos los jóvenes que ingresan. 

No estoy seguro de que la mayoría de los cristianos sean conscientes de esta realidad. Quizá tienen una idea muy vaga de que la vida religiosa está en crisis desde hace años, pero no adivinan su verdadero alcance. En este contexto de disminución y envejecimiento, de fragilidad y cansancio, la Jornada de este año nos propone tres preguntas: 1) Vida consagrada, ¿a quién llamas?; 2) Vida consagrada, ¿a quién buscas?; 3) Vida consagrada, ¿a quien sirves? Las tres se cobijan bajo el paraguas de una más general: Vida consagrada, ¿para quién eres? Reconozco que las tres (o las cuatro) me han hecho pensar.


Vida consagrada, ¿a quién llamas?

Cuando uno cree que su forma de vida no tiene futuro no llama a nadie. Considera deshonesto invitar a los jóvenes a subir a un barco que está a punto de naufragar. Y, sin embargo, en esta dejación se agazapa una crisis que tiene también su vertiente social: el miedo moderno a ejercer la paternidad y la maternidad. No nos atrevemos a ser padres o madres. Hemos perdido la esperanza en el futuro. Nos cuesta aceptar con alegría el sacrificio que supone engendrar (llamar) a otros y acompañarlos en su proceso de crecimiento. Nos resignamos a ser un grupo de solterones o solteronas que solo piensan en vivir una existencia tranquila y que no quieren complicarse inútilmente la vida. 

El voto de castidad es mucho más que una gestión razonable de los impulsos afectivo-sexuales. Tiene mucho que ver con la capacidad de generar vida, de desgastarnos para que otros crezcan, de hacer de nuestra existencia una oblación a Dios y a los demás. Sin estas actitudes, es imposible llamar a otros con alegría y esperanza. La crisis vocacional es un síntoma de una realidad más profunda: la crisis de sentido, de esperanza y de paternidad y maternidad que existe en nuestra sociedad. 

Vida consagrada, ¿a quién buscas?

La vida consagrada no surgió en la Iglesia para prestar algunos servicios cualificados o para atender necesidades no cubiertas por la sociedad, aunque muchas formas modernas han incluido estos objetivos en su misión. Nació, sobre todo, para “buscar a Dios” (quaerere Deum) por encima de todas las cosas. Cuando esta búsqueda radical es silenciada o sustituida por otros objetivos -por muy nobles que sean- la vida consagrada pierde su razón de ser. Para enseñar en un colegio, atender a los enfermos en una clínica o estudiar teología no es necesario abrazar este estilo de vida. Hay muchos carismas laicales que se orientan en estas direcciones.

La búsqueda de Dios está relacionada con el voto de obediencia. Al fin y al cabo, obedecer significa “escuchar”. Se trata de “escuchar” a Dios para conocer su voluntad. El objetivo de la vida consagrada no es hacernos felices (el “dogma de la felicidad” es un asunto moderno), sino buscar y cumplir la voluntad de Dios. La felicidad, en todo caso, será un fruto añadido. Y siempre en medio de dificultades y renuncias.


Vida consagrada, ¿a quién sirves?

Sin pobreza no hay vida consagrada creíble. La pobreza implica un estilo de vida austero y sobrio, una cercanía cordial a los más necesitados y una dependencia absoluta de Dios. Hace años nunca hubiéramos imaginado que el voto de pobreza podría implicar también la aceptación serena de la disminución numérica, la fragilidad institucional y la incertidumbre respecto del futuro. Pero este es el tiempo que nos ha tocado vivir. Aceptarlo con sosiego sin sumirnos en la mera resignación es una de las expresiones actuales del voto de pobreza. 

Esta actitud va acompañada por una entrega decidida a quienes hoy necesitan presencia y cuidado. No hemos sido llamados para servir a quienes ya tienen la vida resuelta, sino a quienes buscan, piden, sufren y se sienten excluidos. Buena parte de la vida consagrada actual está sirviendo más bien a los sobrealimentados. Contribuye, sin pretenderlo, a una suerte de obesidad espiritual, mientras no tiene ojos para percibir las nuevas necesidades. Quienes hace tiempo se han desplazado hacia algunas de las periferias de nuestra sociedad no tienen tantos problemas. Servir a los más pobres es siempre una fuente de identidad. Nos recuerda quiénes somos y para quiénes hemos sido enviados.

domingo, 1 de febrero de 2026

La "segunda" conversión


Según la lógica humana, si uno quiere transformar el mundo debe hacerse con el control político, económico, tecnológico, mediático… y militar. De lo contrario, solo conseguirá cambios epidérmicos. De eso saben bastante Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping y tantos otros líderes que, a lo largo de la historia, se han impuesto a otros por la fuerza. Algunos de estos líderes son muy visibles; otros actúan en la sombra (por ejemplo, los dirigentes de las grandes corporaciones multinacionales). 

La Iglesia no está exenta de esta tentación, aunque no siempre lo reconozca con humildad. ¿Qué otra cosa persiguen las instituciones religiosas que quieren evangelizar a las élites políticas y económicas, por ejemplo, con la esperanza (¿vana?) de que luego ellas transformen la sociedad según el Evangelio? La tentación del poder como dominio recorre la historia. Ha revestido formas muy distintas, pero todas tienen un denominador común: la convicción de que solo los poderosos pueden cambiar el mundo porque solo ellos tienen las herramientas (conocimiento, dinero, tecnología y armas) para hacerlo.


También Jesús podría haber seguido esta lógica. De hecho, esta fue su gran tentación. En vez de haber nacido en una familia pobre de Galilea, podría haber sido el heredero de un emperador romano. En vez de rodearse de un grupo de pescadores incultos, podría haber sido el general de varias legiones. Podría, en definitiva, haber cambiado las cosas de arriba abajo, como un déspota ilustrado. Y, sin embargo, nada en su vida sigue este guion. Todo está vuelto del revés. 

El mensaje de este IV Domingo del Tiempo Ordinario es contundente. El profeta Sofonías (primera lectura) lo formula así: “Buscad al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor”. Pablo, cuando contempla la comunidad de Corinto (segunda lectura), hace una descripción precisa: “Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso”. 

Por si hubiera alguna duda respecto de cuál es la lógica de Dios, Jesús, en su sermón del monte, se encarga de presentarla con solemne claridad (evangelio): “Bienaventurados los pobres en el espíritu... los mansos… los que lloran…los que tienen hambre y sed de la justicia…los misericordiosos…los limpios de corazón…”. Las bienaventuranzas son la expresión más clara de quiénes son los protagonistas de la historia, los verdaderos agentes de cambio cuando se dejan guiar por Dios


A lo largo de la historia, la Iglesia ha entendido muy bien este mensaje en los mejores de sus hijos e hijas, pero también lo ha pervertido en quienes se han dejado seducir por la lógica poderosa del mundo. Y así seguimos hoy. Algunos (obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) quisieran una Iglesia poderosa, aliada con los grandes de este mundo, capaz de influir en la sociedad con sus universidades, colegios, empresas, hospitales, medios de comunicación, etc., convencidos de que este es el camino más eficaz para evangelizar. Otros (obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) sueñan con una Iglesia que sea de verdad una alternativa a este mundo, que parta siempre de abajo arriba, que huya de las esferas del poder y acompañe a los últimos, a quienes Jesús llama “bienaventurados”. 

No es fácil hacer una “segunda conversión” al punto de vista del Evangelio cuando hay muchos intereses personales e institucionales de por medio. Pero no es imposible si nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. Estas “segundas conversiones” se están dando cada día. Son las que conducen a sus protagonistas a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” en un contexto en el que el poder quiere robarnos la conciencia y el corazón. La alternativa de Jesús está en buena medida por estrenar. Este es el cristianismo que tiene futuro, aunque estadísticamente sea minoritario.

jueves, 29 de enero de 2026

La estación de los fieles


Me gusta el invierno. Nací en enero. Debo de estar marcado por el frío. A mí me resulta más fácil trabajar, comer y dormir con frío que con calor. Si es excesivo, hay muchas formas de combatirlo. Pocas experiencias domésticas hay más placenteras que ver nevar por un gran ventanal mientras dentro de casa uno se calienta junto al fuego y bebe una taza de leche caliente con un poco de café. Parece una estampa de película romántica, pero simboliza algunos ingredientes que necesitamos para vivir: belleza, intimidad, serenidad, acogida y silencio. 

Esta estampa se da con cierta frecuencia en mi pueblo natal, pero muy raramente en Madrid. En lugar de nieve, tenemos lluvia, aunque ayer por la mañana cayeron unos cuantos copos que llegaron a formar una fina capa blanca sobre el duro asfalto. Y, en lugar de fuego, nos conformamos con radiadores de agua caliente o eléctricos. El invierno nos invita a hacer ese viaje de la periferia al centro -o de la superficie al fondo- que tanto suele costarnos en la vida cotidiana.


Sin el trabajo escondido del invierno no se produce la eclosión de la primavera. A menudo se usan ambas metáforas para hablar de la situación de la Iglesia y, más en concreto, de la vida consagrada. Se dice que desde años estamos viviendo un invierno. Llegará la primavera, pero todavía son escasos los famosos “brotes verdes”. 

¿Qué se puede hacer durante el invierno? Es la estación apropiada para sanear las raíces y hacer algunas podas en las ramas. Es también el tiempo para cultivar la intimidad, el silencio y la espera paciente. No es una estación de muerte, sino de preparación. Cuando comprendemos que este es nuestro tiempo, vivimos sin ansiedad. Nos hacemos cargo de lo que supone una espiritualidad del invierno. No aceleramos la primavera. Nos concentramos en realizar las tareas propias del invierno. La primavera y el verano llegarán en el momento oportuno.


Pocas personas están espiritualmente preparadas para vivir con serenidad el invierno eclesial. Interpretan que el invierno significa la muerte, el final de todo. Vaticinan la desaparición de la vida consagrada en Europa e incluso de la Iglesia. Aducen estadísticas contundentes. Es verdad que hay personas que se han abandonado a la desesperanza, pero hay otras muchas que están viviendo una espiritualidad recia, parecida a la de los ancianos Simeón y Ana, que mantuvieron siempre encendida la lámpara de la fe. 

En vez de quejarse del tiempo presente, procuran poner el acento en el núcleo del cristianismo. Cultivan una oración asidua, meditan a diario la Palabra de Dios, se nutren con la Eucaristía celebrada y adorada, procuran hacer el bien sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, sin postureos digitales, acogen a los que buscan, practican el arte de la escucha… 

No es necesario fustigarse porque no se den signos deslumbrantes, conversiones en masa, abundancia vocacional, muchas iniciativas pastorales. Si esto tiene que llegar, lo hará en el momento oportuno. En cualquier caso, la verdad de la fe no se manifiesta en las grandes obras, sino en la fidelidad sostenida en los momentos de prueba. El invierno es la estación de los fieles.

lunes, 26 de enero de 2026

Los niveles de la fe


Si uno tiene que hablar de la fe y es ingeniero de profesión, es muy probable que, en vez de usar metáforas poéticas, hable de niveles, grados, etapas, etc. En realidad, dos grandes poetas como Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, también hablaban a su manera de niveles y etapas cuando describían el castillo interior o la subida al Monte Carmelo. 

El fin de semana pasado he tenido un retiro con un grupo de quince laicos. En una de las meditaciones les puse el vídeo que figura al final de esta entrada. Está hecho por un joven laico valenciano, ingeniero de profesión, casado. Su nombre es Alejandro Bo. Tiene un canal en YouTube llamado Alejandro Bo | Cristianismo Relevante. En ese vídeo Alejandro habla de siete niveles de cristianismo. La propuesta dio mucho que hablar entre los participantes en el retiro. Algunos no estaban de acuerdo con la clasificación. Otros iban más lejos. Se cuestionaban que se pudiera hablar de “niveles” de fe. En cualquier caso, el vídeo consiguió provocar la reflexión y dar pie a un diálogo interesante.


Más allá de la conveniencia o no de hablar de “niveles”, es obvio que la experiencia de fe es dinámica. La vivimos en forma de itinerario. No es lo mismo un cristianismo puramente cultural que un cristianismo personalizado y vivido en comunidad. La clasificación de Alejandro ayuda, por lo menos, a discernir dónde estamos, qué dinámica interna sigue nuestra experiencia de fe, hasta qué punto estamos comprometidos con ella o es algo epidérmico. 
Lo interesante es también examinar lo que permite subir de nivel. ¿Cómo se pasa de un cristianismo cultural a otro emocional, por ejemplo? 

Al final de todo, se presenta un desafío. Cuando uno pasa de “creyente” a “cristiano” y busca una comunidad de referencia, ¿dónde puede encontrarla? La respuesta espontánea es: ¡en su parroquia! En el antiguo régimen de cristiandad esto podía ser cierto, pero sabemos muy bien que en la situación actual pocas parroquias pueden ofrecer verdaderas experiencias comunitarias. En muchos casos, se han reducido a expendedurías de servicios sacramentales, sin personas ni espacios para un acompañamiento personalizado que responda a las búsquedas de quienes han (re)descubierto la fe. Es verdad que existen otras muchas alternativas (movimientos, colegios, grupos de fe, comunidades de base, etc.), pero no siempre es fácil descubrirlas y sintonizar con ellas.


Vivimos un momento muy prometedor. La generación Z, hija en muchos casos de padres secularizados (a menudo agnósticos o ateos), está abriéndose a la fe. Lo que parece ya evidente en Estados Unidos, Francia o Reino Unido, se irá notando en los próximos años en España. ¿Estamos preparados para acompañar a esta nueva generación o seguimos pensando con modelos pastorales caducos? 

Los jóvenes creyentes son ahora descaradamente “religiosos”. Muchos sacerdotes y agentes pastorales, educados en un cristianismo social (tan típico del último tercio del siglo pasado), van a interpretar este momento como un giro neoconservador, cuando, en realidad, se trata de una forma nueva de búsqueda de sentido en las sociedades post-religiosas. No es una huida mística de un cristianismo profético, sino una manera original de situarse en la vida. Hay que afinar mucho el análisis y practicar el arte de la observación y la escucha para no errar en el diagnóstico y, por lo tanto, en la propuesta. Las cosas no son tan tópicas como a primera vista pudiera parecer


martes, 20 de enero de 2026

Nadie es un mero espectador


Desde el domingo por la noche seguimos conmocionados por el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba). En el momento de escribir esta entrada, asciende a 41 el número de víctimas mortales. Es probable que aumente a medida que se inspeccionan los vagones precipitados en un talud. Mientras unos ponen el acento en la atención a las personas afectadas, otros se concentran en investigar las causas del accidente. No son tareas incompatibles. Ambas son necesarias, aunque la primera tiene prioridad. 

Cada vez que suceden tragedias de este tipo se disparan también las preguntas: ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué se puede hacer para evitar catástrofes semejantes? ¿Cómo ayudar de manera eficaz a quien sufre? En muchos casos las preguntas se disparan contra Dios: ¿Por qué permite un Padre amoroso que muera gente inocente? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta unidireccional. A menudo, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con las preguntas, incluso a soportarlas, a la espera de que la vida misma nos vaya ofreciendo elementos para responderlas en el momento oportuno.


He pasado bastantes veces por el tramo de vía en el que se produjo el accidente. Nunca se me ha ocurrido pensar que el tren pudiera descarrilar. Hemos crecido con la convicción de que tanto el tren como el avión son medios de transporte muy seguros. Estadísticamente, sigue siendo verdad. Hemos avanzado mucho en seguridad, pero eso no significa que podamos evitar todos los accidentes en todas las ocasiones. 

Aceptar que la vida está llena de riesgos es una de los aprendizajes que nos ayuda a madurar. No vivimos -y nunca viviremos- en un mundo perfecto. Por otra parte, los avances tecnológicos no siempre van acompañados por avances humanos. A veces, cuando logramos altas cotas de desarrollo material, nos quebramos psicológicamente por cualquier minucia. De una manera u otra, siempre tenemos que lidiar con la imperfección, la fragilidad y la contingencia. No es fácil aceptar este hecho ineludible e integrarlo en nuestro proyecto de vida.


Durante las horas que han pasado desde el accidente en la noche del domingo he pensado mucho en los familiares y amigos de las víctimas, en su desconcierto casi insuperable. He pensando también en las muchas personas que se han volcado en su ayuda, desde los habitantes de Adamuz hasta los distintos servicios de socorro: sanitarios, bomberos, policía, ferroviarios, Cáritas, protección civil, etc. Los seres humanos tenemos un sexto sentido para intuir que la desgracia de cualquiera de nosotros es, en el fondo, nuestra propia desgracia, que nadie es un mero espectador cuando el mal golpea a nuestros semejantes. 

Por eso, somos capaces de un altruismo que va desde los gestos más sencillos de solidaridad (proporcionar una bebida caliente o una manta) hasta el heroísmo. En cada uno de nosotros conviven, por decirlo simbólicamente, un lobo y un cordero. Podemos devorarnos movidos por el egoísmo, pero podemos salvarnos impulsados por la fuerza del amor. Siempre saldrá vencedor el “animal” al que más alimentemos a lo largo de la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Sin humildad no hay futuro


Se habla mucho de la progresiva decadencia del imperio estadounidense y de la emergencia del imperio chino (y quizás ruso). Hace más tiempo que se viene reflexionando también sobre la decadencia de Europa y, más ampliamente, de Occidente. Abundan los indicadores, pero no es fácil hacer interpretaciones consistentes cuando los acontecimientos están en curso. Solo desde una larga perspectiva histórica se podrán comprender los fenómenos actuales. Así como las expansiones imperiales suelen ser muy rápidas, las decadencias conservan una fuerza inercial que puede durar siglos y se solapan con la emergencia de nuevas fuerzas hegemónicas.

Por otra parte, las interpretaciones están muy ligadas a nuestro concepto del tiempo. Un occidental tiende a ser cortoplacista. Espera los resultados de una acción en el menor tiempo posible. Un oriental (y, más concretamente, un chino) tiende a ver el tiempo de forma más dilatada. Piensa en términos de medio y largo plazo. Sabe que lo esencial es hacer una buena siembra. No tiene prisa por recolectar la cosecha. Llegará abundante en el momento oportuno.


Además de la diferente concepción del tiempo, hay una actitud que acelera la decadencia. Es el orgullo. Europa, que ha dejado hace tiempo de ser un actor de primer nivel en el tablero mundial, sigue conservando un orgullo histórico. Se considera ejemplo de racionalidad, ciencia, democracia, defensa de los derechos humanos, etc. No valora en su justa medida lo que está sucediendo en Asia y África; por lo tanto, no aprende. Se siente a gusto en su papel de maestra, pero no de discípula. El resultado es que se está quedando rezagada en investigación científica, avance tecnológico, innovación empresarial, etc. Pretende vivir de sus rentas históricas, de la comodidad que proporciona la sociedad del bienestar, de la seguridad garantizada por el aliado estadounidense. Quiere progresar sin mucho sacrificio y sin largos procesos de transformación. 

Para salir de su postración Europa necesita una sobredosis de humildad. Necesita aprender de lo que hoy se está gestando en algunos lugares de América, África y, sobre todo, Asia (cuna de grandes civilizaciones y laboratorio de nuevas propuestas). De no hacerlo, acabará siendo víctima de su propia grandeza. El pasado se convertirá en un fardo pesado que le impedirá abrirse al futuro. Comodidad y porvenir suelen ser malos aliados.


No sé si esto se puede aplicar también a la Iglesia en general y a la vida consagrada en particular. Creo que sí. Hay muchas lecciones que podemos aprender. A la iglesia europea, por ejemplo, se le está haciendo cuesta arriba abrirse a la sinodalidad, cuando hay otras iglesias que llevan décadas caminando desde esta clave. Las congregaciones religiosas fundades en Europa siguen defendiendo a capa y espada que ellas son las depositarias auténticas del carisma y que tienen que enseñar a las nuevas comunidades que surgen en otros continentes, sin dejarse cuestionar a fondo por ellas. 

En el origen de estas y parecidas prácticas suele haber una actitud radical de orgullo y autosuficiencia. Nos cuesta aceptar con humildad que podemos (y debemos) aprender de otros, que el Espíritu no solo actúa en la vieja Europa, sino en cualquier rincón del mundo, que necesitamos, en definitiva, dejarnos espolear y acompañar por cristianos de otras latitudes. Sin humildad no hay futuro. Jesús lo decía de otra manera: Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos.

miércoles, 14 de enero de 2026

Halcones y palomas


El lunes pasado comenzamos el tiempo ordinario. La liturgia nos invita a ir siguiendo el camino de Jesús en la trama de la vida cotidiana. Hay días serenos y luminosos en los que todo parece encajar como una obra de marquetería japonesa. Otros, por el contrario, están repletos de sobresaltos y contratiempos. Cuesta reconocer que Dios siga siendo nuestro aliado. Tenemos la impresión de que nos deja “solos ante el peligro”, pero sin la fortaleza de Gary Cooper. Los altibajos son normales en la superficie de la vida. Lo que importa es que la paz no se vea perturbada en el fondo. 

Mientras en las últimas semanas se multiplican las noticias sobre el auge católico en nuestra España descreída, abundan más las que se refieren a los cambios en el tablero geopolítico del mundo. Como siempre, no es fácil formarse una opinión objetiva cuando dependemos tanto de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales sirve a intereses particulares y editorializa las noticias según ellos. En lo que todos parecen coincidir es en que hemos empezado un 2026 muy caliente. Se habla de Venezuela, Irán y Ucrania, pero los focos de fuego están repartidos por otras regiones del mundo. 

Frente a la partitocracia burocrática, están creciendo las propuestas autoritarias. Su atractivo es evidente. Para muchos ciudadanos, estos líderes fuertes afrontan los problemas, al menos en el corto plazo, con más realismo, rapidez y eficacia. Personajes como Trump, Bukele, Meloni, Orban, Putin, Erdogan o Milei representan un giro que ha desconcertado a los partidos tradicionales, convertidos muchos de ellos en sistemas clientelares casi mafiosos que viven para servirse de la política, no para servir a los ciudadanos desde la política. No es extraño, pues, que estos líderes tengan tirón popular y, al mismo tiempo, sean rechazados por parte de la clase política tradicional, que no tolera outsiders incontrolables en sus filas.


No sé qué rumbo tomarán los acontecimientos a lo largo de este año, pero las luces rojas están encendidas. La historia nos enseña que, por lo general, las propuestas autoritarias prosperan cuando las democracias se corrompen y debilitan, cuando dejan de servir a los ciudadanos y se enrocan en enfrentamientos estériles. El problema, pues, hay que afrontarlo en su raíz. Lo urgente no es combatir a la “ultraderecha” -como sostienen algunos líderes agotados y corruptos- sino fundamentar con solidez y regenerar la vida democrática. 

No hay democracia sin demócratas. No hay democracia sin honradez. No hay democracia sin participación real. Desplazar el acento a quienes critican el sistema es taparse los ojos. Lo que ocurre es que muy pocas personas competentes y honradas quieren asumir el riesgo de entrar en política. No quieren acabar consumidos por el sistema sin haber logrado algunos cambios imprescindibles. Eso hace que se abran camino los cachorros de los partidos, la mayoría de los cuales no han hecho otra cosa que vivir a costa de la política, sin experiencia de gestión o de actividad profesional en el ámbito de la sociedad civil.


Mi esperanza es que la crisis actual signifique un revulsivo para repensar a fondo la democracia y no dar por descontado que consiste en lo que se ha venido haciendo hasta ahora. Modelos que fueron eficaces después de la segunda guerra mundial se están revelando inútiles para este primer tercio del siglo XXI. No es lo mismo la sociedad industrial que la digital. No se maneja igual la lógica de la guerra fría que el multilateralismo. 

Hay ya pensadores que están sugiriendo vías nuevas, pero estas no acaban de llegar a la política. Una vez más, los intereses son más poderosos que los principios. Abundan en internet vídeos en los que se afirma sin pestañear que siempre ha sido así, que el mundo se mueve a base de equilibrio de fuerzas y que la guerra ha sido el verdadero motor de cambio en la historia. De ahí a una tercera guerra mundial hay solo un paso. En este contexto, las lúcidas y valientes palabras del papa León XIV al cuerpo diplomático parecen papel mojado. Los halcones (casi) siempre vencen a las palomas.