
Los medios de comunicación llevan días preparándonos para el eclipse total que tendrá lugar el próximo miércoles 12 de agosto. Es uno de los temas estrella del verano, junto al triunfo de España en el Mundial de fútbol, los incendios y la invasión de Ceuta por parte de miles de marroquíes. Hemos pasado de ser entrenadores de fútbol, expertos en incendios y politólogos que dominan la geoestrategia mundial a ser astrónomos aficionados que pontifican sobre el significado de un eclipse, los lugares mejores para contemplarlo y los riesgos que corremos si no lo hacemos como Dios manda.
Hacia las 8,30 de la tarde del miércoles 12, la luna cubrirá el sol y todo se oscurecerá durante un período que varía según los lugares, pero que oscila entre uno y dos minutos. En este contexto crepuscular, la fiesta de la Transfiguración del Señor no nos habla de tinieblas, sino de resplandor. La versión de Mateo que leemos este año dice que Jesús “se transfiguró delante de ellos [Pedro, Santiago y Juan], y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús no eclipsa al Padre, sino que lo refleja en su rostro iluminado. No se interpone entre el hombre y Dios, sino que lo revela plenamente porque Él es el Hijo amado de quien podemos fiarnos.

Cuando llega esta fiesta anual, la mente se nos va al recuerdo de la bomba atómica de Hiroshima (1945), a la muerte de san Pablo VI (1978) y a la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) que el papa san Juan Pablo II articuló en torno al icono de la Transfiguración. Perfectamente podríamos celebrar hoy la Jornada de la Vida Consagrada en vez de hacerlo el 2 de febrero. Con esta concentración de motivos, la fiesta adquiere una gran densidad.
En medio de nuestras desfiguraciones (de las que Hiroshima es el símbolo contemporáneo), estamos llamados a mirar el rostro luminoso de Cristo. En él descubrimos que también nosotros hemos sido transfigurados por la gracia de Dios para descender desde la montaña de la oración al valle de la vida cotidiana con el rostro iluminado. La vida consagrada es un recordatorio permanente, exagerado, profético, de lo que todo cristiano experimenta cuando se encuentra con Cristo. Animados por la fuerza de esta experiencia, podemos afrontar las pruebas de la vida sin perder la esperanza, convencidos de que, unidos a Cristo, la tiniebla se convierte en luz y la muerte es derrotada por la vida eterna. La transfiguración es una claraboya por la que el cielo se hace visible en la tierra.

Soy consciente de que muchas personas tienen dificultades para subir a la “montaña alta” donde tiene lugar esta revelación. Sus vidas discurren en este “valle de lágrimas” que es la vida cotidiana. Hablando ayer con un amigo mío, profesor de bachillerato en un pequeño colegio multicultural de la periferia de Madrid, conocí varias historias de adolescentes que provienen de familias rotas, que se hacen heridas en el antebrazo, que se escapan de casa y que consumen sustancias con la vana ilusión de huir de una vida miserable.
No aspiran a una transfiguración profunda, sino solo a una evasión efímera. Sobre sus espaldas llevan mochilas pesadas llenas de desprecios, amarguras y vacíos. A veces reaccionan con agresividad cuando lo que buscan es reconocimiento y cariño. ¿Quién puede acompañar a estos jóvenes a escalar la montaña en la que uno se encuentra con Cristo? Es verdad que, junto a historias desfiguradas, hay también preciosos testimonios de historias transfiguradas, pero para que se dé el paso de unas a otras se necesitan guías que acepten el reto de caminar junto a los que se encuentran en los bordes del camino.










.jpeg)




