jueves, 14 de mayo de 2026

Amistad sin contacto


Hace casi seis años escribí sobre la cultura “sin”. Con esa expresión me refería al hecho de que hoy tenemos pan sin gluten, leche sin lactosa, cerveza sin alcohol, zumos sin azúcar, aceitunas sin sal, carnes sin grasa, conservas sin conservantes, café sin cafeína y una larga lista de productos “capados”, si se me permite la expresión. Junto a esta lista de alimentos podríamos crear otra lista de experiencias humanas sin algo que les sea esencial: por ejemplo, fe sin práctica, magisterio sin conocimiento… y amistad sin contacto. 

Hoy me fijo en esta última realidad. Cuando las personas vivían en entornos rurales o urbanos pequeños era posible tener un círculo pequeño de amigos y cultivar la relación con ellos de manera asidua. En esos contextos había –y todavía hay– amigos que se veían casi todos los días. Podían pasear juntos, conversar, tomar algo y, en definitiva, profundizar en su relación. Esa convivencia acababa produciendo una gran sintonía. Es probable que en algún caso esas amistades carecieran de la imprescindible distancia que es necesaria en toda relación, pero, por lo general, ayudaban a las personas a experimentar que no caminaban solas en la vida, que podían compartir sus alegrías y penas con alguien que iba a aceptarlas y comprenderlas.


Hoy, en el contexto urbano y digital, hemos multiplicado las relaciones.
Según su naturaleza, reciben nombres distintos. A veces, somos “amigos” (Facebook); otras, “suscriptores” (YouTube); otras, “seguidores” (X); otras, “usuarios” o simplemente “contactos” (WhatsApp). En esta última plataforma yo tengo 980 “contactos”. Con la mayoría mantengo relaciones muy esporádicas. Aún así, son muchos con los que me comunico a menudo por razones personales, laborales o pastorales. 

Tengo compañeros que presumen de tener casi “un millón de amigos”, como cantaba el viejo Roberto Carlos hace medio siglo. Basta que hayan conocido a una persona y hayan intercambiado unas cuantas frases con ella, para decir que es “un íntimo amigo de toda la vida”. Me parece una devaluación de la amistad. Una cosa es tener muchas personas “conocidas” y otra muy distinta es tener “amigos”. Este último término solemos reservarlo para aquellas personas con las que tenemos una relación de “afecto personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato” (RAE). El último rasgo es el más problemático. Vivimos un ritmo de vida tan disperso y acelerado que no siempre resulta fácil el “trato”.


Es verdad que una de las experiencias más hermosas con los amigos verdaderos es que, aunque pase mucho tiempo sin vernos o sin comunicarnos, cuando nos encontramos parece que no ha pasado el tiempo, que enseguida descubrimos que estamos en la misma onda. Pero también es verdad que cuando el trato va disminuyendo hasta casi desaparecer las relaciones pueden morir. 

¿Cómo es posible mantener un “trato” asiduo con las muchas personas que la vida (o Dios) ha ido poniendo en nuestro camino? Muchas de ellas viven a veces a miles de kilómetros de distancia, incluso en otros continentes. Pasan años sin vernos. Las conversaciones telefónicas o los intercambios epistolares se van distanciando cada vez más. Al final, una “amistad sin contacto” acaba siendo un hermoso recuerdo, quizá incluso un vínculo afectivo, pero no una experiencia viva. 

Para que la amistad madure y crezca, es imprescindible cultivarla. Se requiere trato, contacto. Si nunca nos encontramos con nuestros amigos, si nunca les llamamos por teléfono o les escribimos, si nunca nos preocupamos por ellos, ¿en qué consiste la amistad? ¿Solo en un sentimiento vaporoso? Admiro a las personas que saben cultivar lo que aprecian, que dedican atención, tiempo y recursos a las personas que quieren. En la eclosión digital de “amigos” que hoy padecemos, esto se ha hecho casi imposible. Por eso, se puede dar la paradoja de tener una lista infinita de “contactos” y, al mismo tiempo, experimentar una incurable soledad. Este es uno de los dramas de nuestro tiempo, quizás más presente en los adolescentes y jóvenes. 




miércoles, 13 de mayo de 2026

Sosiego en la batalla


Hoy me ha tocado madrugar. A las 7 de la mañana estaba ya celebrando la Eucaristía con la comunidad concepcionista porque a las 8 hemos comenzado el Rosario de la Aurora por el cercano parque de Debod. La mañana era fresca. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero nos ha respetado. Durante tres cuartos de hora hemos rezado el rosario caminando por el parque. Al final, los muchachos que portaban la imagen de la Virgen la han colocado en un gran capitel de piedra que hay en el centro de la pequeña plaza circular. Algunos se han acercado a deponer ramos de flores mientras todos entonábamos el Ave de Fátima en el día en el que conmemoramos las apariciones de la Señora a los tres pastorcitos de Cova de Iría. 

La estampa era llamativa. Mientras algunas personas madrugadoras paseaban a sus perros o corrían por los senderos del parque, otros –quizá unos 100– caminábamos rezando con el rosario en la mano. En esa variopinta asamblea había religiosas, alumnos y profesores del colegio de las concepcionistas, feligreses de la cercana parroquia de Buen Suceso y alguna otra persona del barrio. Me dicen que otros años hubo alguien que increpó al grupo. Este año todo se ha desarrollado con serenidad y buen ritmo.


Los “rosarios de la aurora” fueron una práctica devocional muy popular hace décadas. Hoy, en nuestra cultura urbana, constituyen, más bien, una excepción. A mí me gusta unirme a las expresiones de piedad popular. Percibo otra forma de entender la fe. No siempre sintonizo con ella, pero eso no significa que la desprecie. Hay algo de provocativo en un grupo que madruga para rezar el rosario al aire libre mientras la gente va a su trabajo, hace deporte o simplemente compra el periódico o pasea al perro. 

Estoy seguro de que más de uno de estos viandantes matutinos habrá sentido un poco de curiosidad al ver a un grupo de adolescentes, religiosas, tres sacerdotes y personas entradas en años ir detrás de una imagen de la Virgen sostenida en andas por cuatro muchachos. Alguno habrá pensado que se trataba de un grupo de frikis nostálgicos de los tiempos del nacionalcatolicismo, una expresión más del auge de la ultraderecha, que es como se etiqueta ahora a quienes se salen un poco del mainstream. Es probable que alguien haya podido sentir nostalgia de su fe infantil, oxidada por el paso de los años. La mayoría miraban con santa y respetuosa indiferencia.


En los pueblos pequeños, las devociones populares suelen convocar a la mayoría de sus habitantes. En ellas encuentran una expresión hermosa de su identidad colectiva. Hoy, en tiempos de confusión y de identidades líquidas, hay jóvenes que se aferran a ellas, aunque no conecten con sus motivaciones profundas. Les gusta experimentar que pertenecen a una comunidad, disfrutan con sus ritos y buscan estrechar lazos afectivos. 

En las ciudades, conviven ritualidades distintas y hasta divergentes. Algunos procesionan detrás de un paso de Semana Santa; otros se suben a una carroza en la fiesta del Orgullo, y los hinchas del equipo de fútbol que gana la Liga, la Copa o cualquier otro campeonato se visten con su camiseta y se lanzan en tromba a la calle coreando los nombres de sus héroes. 

En este mosaico abigarrado de manifestaciones populares, que 100 personas recen el rosario por un parque es una manifestación más que no llama demasiado la atención. O sí. La imagen de la Virgen María no es comparable a una copa o a cualquier otro símbolo. María es la Madre del pueblo. Su sola presencia despierta en nosotros nuestra vocación de hijos. A veces, podemos disfrutar de esta filiación desde la fe; otras podemos vivirla como ausencia, como una orfandad que no acaba de encontrar reposo. En cualquier caso, la Madre nunca nos deja indiferentes. Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a encontrar refugio en ella. Eso pone sosiego en las batallas de la vida. 



martes, 12 de mayo de 2026

De día y de noche


Acabo de venir del centro CEDIA, de Cáritas, que es un espacio para acoger a personas sin hogar. El papa León XIV lo visitará el día de su llegada a Madrid el próximo 6 de junio por la tarde. Será como su puerta de entrada en nuestra ciudad. Hoy los organizadores de la visita papal habían convocado a la prensa para que pudiéramos conocer el centro de primera mano. Ahí estaban los periodistas de RTVE, la COPE y de muchos otros medios impresos y audiovisuales. Antes de recorrer las instalaciones que visitará el papa, Juanjo (el director del centro) y María (la psicóloga) nos han contado la historia de este proyecto y su realidad actual. 

Todo comenzó hace ya 49 años de manera muy sencilla. Entonces se trataba de un pequeño equipo que iba con una furgoneta repartiendo café caliente por las noches a algunas personas que dormían en la calle. Después abrieron un centro cerca del Senado en el que acogían a personas sin hogar. En 2008 se inauguró el centro actual en el barrio de Lucero. Acoge a personas –entre los 18 y los 65 años– las 24 horas del día y de la noche. En 2019 hicieron una gran reforma. Ahora disponen de 92 plazas: 47 nocturnas (solo para hombres), 20 (para mujeres) y 25 (solo para el centro de día). El año 2025 pasaron por CEDIA 2.534 personas, de las que pudieron acoger a 880. La permanencia máxima, salvo excepciones, es de un mes. En ese tiempo algunas personas encuentran otro alojamiento o son derivadas a centros de larga estancia.


Como los responsables nos han dicho, CEDIA no es un centro de entretenimiento, sino de entrenamiento para la vida. Uno puede irse y regresar si es necesario. En torno a un 20% de los que salen logra encontrar un trabajo. Muchos de los residentes son personas que han llevado una vida “normal” y que, por circunstancias (despidos laborales, divorcios traumáticos, etc.) se encuentran en situación de calle. El 75% son varones y el 25% mujeres. La media de edad está bajando. Ahora se sitúa en torno a 30 años. La precariedad laboral y el alto precio de la vivienda arrojan a muchos jóvenes a la calle. 

La mayoría son españoles, latinoamericanos, magrebíes y subsaharianos, pero los hay también de otras partes del mundo. En cualquier caso, todos son tratados con la dignidad que merecen por parte de los más de 40 trabajadores y voluntarios. Para significar esto, nos han entregado a cada uno un frasquito con tierra del lugar para recordarnos que CEDIA en un “terreno sagrado” en el que hay que descalzarse. Aunque disponen de instalaciones funcionales y realizan diversas intervenciones de ayuda, la herramienta principal es el afecto. Solo cuando las personas se saben aceptadas y queridas pueden rehacer sus vidas.


La visita del papa León –que se asomará a la vida cotidiana de estas personas y conocerá de cerca su situación– dará visibilidad a un problema que a menudo no queremos afrontar. Solemos mirar para otro lado. La gente sin techo está ahí, en la Gran Vía y en otras muchas calles, viaductos y puentes de Madrid, pero pasa desapercibida. Estropea la belleza de la ciudad. Aparte de factores personales y familiares, una de las causas principales del sinhogarismo es el precio prohibitivo de los alquileres y de las compras de vivienda. Hay personas que apenas ganan el salario mínimo (1.221 euros brutos al mes) y pagan 700 euros por una habitación dentro de un piso compartido. Esto es a todas luces abusivo. 

Suele decirse que lo normal sería destinar en torno al 30% del salario a gastos de vivienda si de verdad tomáramos en serio que se trata de un derecho ciudadano reconocido por la Constitución. En el momento actual estamos muy por encima de ese porcentaje. ¿Por qué no se logra un gran pacto social para afrontar en su raíz este problema? Si algo sobra en España es suelo. Cuando no se aborda, como sí se hizo en otros momentos de nuestra historia, uno sospecha que hay oscuros intereses que lo impiden. Deseo de corazón que la visita del papa sirva para abrirnos los ojos a una realidad que está afectando no solo a quienes viven en la calle, sino a los muchos miles de personas que sobreviven en situaciones precarias y son víctimas de abusos, a menudo por parte de sus mismos colegas.




domingo, 10 de mayo de 2026

Dar razón de la esperanza


Se ha hecho normal en algunos puntos del centro de Madrid ver a tres o cuatro personas invitando a los viandantes a hablar sobre la Biblia, el origen de la vida o el fin del mundo. Suelen disponer de algunos estantes móviles con libros y revistas. Son los Testigos de Jehová. De vez en cuando también se ve a una pareja de jóvenes encorbatados que pertenecen a los mormones y que cumplen su servicio temporal de proselitismo. Muy raramente se ven grupos de católicos evangelizando en la calle, a no ser en ocasiones a grupos pertenecientes al movimiento neocatecumenal. Nosotros preferimos movernos en espacios seguros y controlados: iglesias, colegios, centros sociales, radios propias, etc. 

Y, sin embargo, el cristianismo se abrió camino por las calles, saliendo. Los primeros cristianos no se quedaron encerrados en el cenáculo o en las casas. Anunciaron la buena nueva de Jesús a los judíos, a los griegos y a otros pueblos en plazas, mercados, sinagogas y caminos. Se pusieron en marcha por Palestina y luego por otras vías principales del imperio romano. 

La primera lectura de este VI Domingo de Pascua nos cuenta la experiencia misionera del diácono Felipe. Es solo un botón de muestra: “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía”. La palabra de Felipe iba acompañada por signos de curación. 

La primera carta de Pedro (segunda lectura) nos señala cómo debería ser nuestra evangelización. Nos invita a estar “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto”. Es uno de los textos del Nuevo Testamento que más me gustan porque anima a buscar la inteligibilidad de la fe en cada contexto. 


Dar razón de nuestra esperanza debería ser nuestra pasión también hoy. En un contexto en el que han aumentado las enfermedades mentales entre adolescentes y jóvenes porque se sienten perdidos, en un mundo lleno de fuertes contrastes y contradicciones en el que muchos van a tientas, los cristianos tendríamos que ser más audaces para “dar razón de nuestra esperanza”. Hemos recibido la experiencia más hermosa y alentadora que se puede dar en este mundo (creer en Jesús), pero no siempre sabemos cómo anunciarla. No deberíamos tener miedo a compartir con nuestros amigos e incluso con personas desconocidas lo que da sentido a nuestra vida. Podemos hacerlo en conversaciones informales, en reuniones de vecinos, en el trabajo, en los medios de comunicación…, allí donde el evangelio pueda resonar. 

La carta de Pedro nos señala las dos actitudes que deben acompañar esta proclamación: delicadeza y respeto. La verdad de Jesús no se impone con violencia o coerción. Se testimonia con la vida y se propone con la palabra. Es lo suficientemente poderosa y atractiva como para llegar al corazón de las personas respetando su libertad. Nosotros somos solo el cauce humano para que Jesús llegue a los hombres y mujeres, pero nunca podemos sustituirlo.


En los caminos de la vida encontraremos personas abiertas a acoger el mensaje de Jesús, pero también encontraremos otras que reaccionan con indiferencia o incluso con rechazo. En esos momentos de prueba necesitamos fiarnos de las palabras de Jesús. Él nos ha concedido su Espíritu que actúa como abogado defensor en ese enorme juicio que se da en el mundo: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”. 

El Espíritu de la verdad está siempre con nosotros. Lo hemos recibido de manera especial en el sacramento de la confirmación; por eso, no tenemos miedo cuando somos criticados o perseguidos. Él está dentro de nosotros. 

Faltan dos semanas para la solemnidad de Pentecostés. Durante este tiempo la liturgia nos va a ir preparando para comprender mejor la acción del Espíritu en nosotros, en la Iglesia y en el mundo. Hoy aparece como el Espíritu de la verdad que nos defiende contra las insidias del mundo y que nos impulsa a amar a Jesús. Este amor no consiste en un revoloteo de mariposas en el estómago –como insinúan ciertos grupos y movimientos de corte muy sentimentalista que hoy abundan en la Iglesia– sino en “guardar sus mandamientos”; es decir, en hacer del evangelio nuestra norma de vida. Los sentimientos van y vienen; las decisiones permanecen. 



viernes, 8 de mayo de 2026

Alzar la mirada


Hoy se cumple un año de la elección del cardenal Robert Francis Prevost como el 267 sucesor del apóstol Pedro. Los periódicos ofrecen algunas claves de su pontificado. Incluso llegan a presentarlo como líder global haciendo algunas interpretaciones que me parecen muy superficiales y hasta interesadas. Lo importante es que León XIV ha asumido con humildad y firmeza el encargo recibido. Tendremos ocasión de comprobarlo de cerca cuando, dentro de cuatro semanas, venga a Madrid. 

Precisamente ayer por la tarde participé en la rueda de prensa organizada en las oficinas del arzobispado para presentar los detalles del viaje. Me gustaron las palabras introductorias del cardenal Cobo (“Hay mucha gente que está haciendo todo lo que puede para que este evento tenga alma”), así como las intervenciones posteriores del obispo auxiliar Vicente Martín (que acentuó mucho el carácter social del viaje), de Laura Moreno, directora pastoral del viaje (que explicó con detalle el programa) y de Yago de la Cierva, director técnico (que habló sobre la logística). 

Nos enteramos de detalles curiosos, como, por ejemplo, que Niña Pastori cerrará el acto en el centro CEDIA para personas sin hogar, o de que Siloé actuará en la vigilia de los jóvenes (junto a Hakuna y otros muchos grupos y solistas). Me gustó mucho la iniciativa Tejer redes, el encuentro que el papa León tendrá en el Movistar Arena con gentes del mundo universitario, empresarial y artístico. Si algo necesitamos en una sociedad polarizada es precisamente “tejer redes” entre los que piensan de diferente manera, pero buscan sinceramente el bien común.


Además de con una batería para cargar dispositivos electrónicos (regalo de la archidiócesis a los que participamos en la rueda de prensa), salí de las oficinas de Bailén 8 con la impresión de que un viaje papal es mucho más que un evento que dura tres o cuatro días. Es una oportunidad única para que los católicos salgamos de nuestro letargo y los no creyentes se pregunten si lo que representa el papa tiene alguna plausibilidad, conecta con sus búsquedas y preguntas. 

Vi al cardenal Cobo contento por el modo como se estaba desarrollando la preparación en las parroquias y comunidades, por la generosidad de los casi 18.000 voluntarios (cuando se habían pedido solo 10.000), por el compromiso solidario de empresas, instituciones y particulares, por la actitud colaborativa de las autoridades municipales, autonómicas y estatales, por la disposición abierta de muchos artistas e intelectuales, por la implicación de los medios de comunicación social… y hasta por el decoro de los políticos que lo han invitado a intervenir en el Congreso de los Diputados. 

Es como si un viaje de este tipo desencadenara una ola de civismo y sacase lo mejor de cada uno de nosotros. Quizá lo más valioso del viaje sea su preparación coordinada y su implementación posterior. Con su presencia y su palabra, León XIV, tan amante de la unidad en la diversidad, puede ayudarnos a curar heridas y a descubrir la belleza de ser un pueblo con una rica tradición y un mejor porvenir.


No creo que estas palabras sean retóricas. Traducen el sentimiento que tuve ayer mientras conocía algunos intríngulis de este viaje “casi” improvisado. A veces necesitamos eventos extraordinarios que nos ayuden a sanar la cotidianidad herida o estancada, que nos impulsen 
–como reza el lema del viaje–a “alzar la mirada” y comprobar que la mies ya está granada (Jn 4,35), que hay muchas más cosas buenas en nuestra vida personal y social que las que percibimos con una mirada a ras de suelo. Merece la pena hacer un esfuerzo para caminar con otros. 

El papa León XIV no viene con una varita mágica para resolver nuestros problemas, ni tampoco con un látigo para fustigarnos por nuestros pecados y errores. Viene con una invitación a poner en común esos “dos peces y cinco panes” que cada uno tenemos, de modo que, juntando todo, podamos dar de comer a toda la gente; es decir, a sacar partido de los muchos talentos y dones que Dios nos ha dado para ser co-creadores con Él. 

No me siento capacitado para decirle al papa lo que tiene que decirnos o los lugares que tiene que visitar. Quiero dejarme sorprender y sacudir. No quiero que se limite a confirmar lo que yo pienso, sino que me cuestione y me anime, que me desafíe y me invite a ir más allá, a no conformarme con el límite al que he llegado. 

La Iglesia española es rica de tradición y de carismas, pero necesita que alguien la zarandee un poco, la saque de su ensimismamiento o –por usar la palabra tan repetida por Francisco– de su autorreferencialidad y se ponga en “modo misión”, que es lo mismo que decir en “modo escucha” y en “modo diálogo”. El Espíritu no solo actúa dentro de la comunidad, sino en toda la realidad. Creo que la visita del papa León nos va a servir para todo esto y más.

jueves, 7 de mayo de 2026

De vuelta a casa


He pasado un par de días en el centro de congresos Fray Luis de León de Guadarrama con un grupo de superioras de las Hermanas Hospitalarias. Venían de varios países: España, Portugal, Reino Unido, Francia, Vietnam, Filipinas, India, Camerún, Congo, Chile, Colombia, Ecuador… Las Hospitalarias están embarcadas en un serio proceso de revitalización de su instituto. Quieren seguir haciendo presente la compasión de Jesús en las fronteras de los enfermos mentales. Por paradójico que resulte, en estas primeras décadas del siglo XXI han aumentado los problemas. Los desajustes familiares y la intoxicación digital están haciendo estragos, sobre todo en adolescentes y jóvenes. Se requiere una nueva forma de presencia y acompañamiento. 

Aunque estamos en mayo, en la sierra madrileña hacía más bien frío, así que no pudimos disfrutar mucho del inmenso parque que rodea los edificios brutalistas del centro Fray Luis de León donde estábamos alojados, un centro que fue visitado en varias ocasiones por el actual papa León XIV cuando era superior general de los agustinos. Me emociona comprobar cómo algunos institutos de vida consagrada se están tomando muy en serio la necesidad de “renacer”. No se limitan a afrontar la reducción en Europa y América y a gestionar la expansión en Asia y África, sino que quieren aprovechar esta coyuntura para una renovación a fondo.


Esta tarde voy a participar en una rueda de prensa sobre la próxima visita del papa a España que se producirá dentro de un mes. Espero conocer de primera mano más detalles de los que se hicieron públicos ayer. El programa previsto es muy intenso. Solo un papa “joven” (León XIV tiene solo 70 años) puede someterse a un maratón tan exigente de encuentros, entrevistas y celebraciones en varias ciudades a lo largo de siete días. 

Durante ese tiempo, muchos españoles podremos verlo de cerca; otros lo harán a través de los medios de comunicación social.  Lo más importante no es ver al papa, sino que el papa nos vea, que se haga cargo de la realidad de un país y de una Iglesia que han cambiado mucho en las últimas décadas y que no acaban de encontrar un camino claro. Por eso, necesitamos todos “alzar la mirada”.


Como toda visita papal, también esta será un test proyectivo. Cada uno de nosotros proyectaremos en la figura de León XIV nuestros deseos, temores, expectativas, frustraciones, malestares, preguntas y dudas. Como el objetivo no es contentar a todos (lo que no es posible ni deseable), sino conocer más de cerca la realidad plural de la Iglesia y ayudarnos a “alzar la mirada”, lo que importa es dejarnos interpelar por aquello que confirme nuestra fe y también por lo que pueda desafiarla. 

Yo no espero que el papa nos dé la razón y aplauda todo lo que hacemos, sino que nos ayude a examinar desde la verdad del Evangelio lo que estamos viviendo y nos sugiera caminos de futuro. Comprendo que haya personas –católicos o no– a los que este tipo de visitas les produzca urticaria (por los gastos que implica, por la sobreexposición mediática, por la alteración de la vida social o por otros múltiples motivos), pero eso no significa que la visita sea inútil o dañina. En las sociedades pluralistas necesitamos un mínimo de tolerancia para aceptar lo diferente e incluso lo que no nos gusta. Más aún: estamos llamados a hacer un esfuerzo por abrirnos a nuevas realidades y rescatar en cada persona y situación aquello que hay de verdadero, bueno y bello. Es el único modo de convivir en paz y de madurar como pueblo.

 

Hoy se cumplen 76 años de la canonización de san Antonio María Claret. Todos los años, cuando llega esta fecha, recuerdo unas palabras pronunciadas por Pío XII en la alocución que dirigió al día siguiente a los peregrinos reunidos en Roma con motivo de la canonización. Me parece que constituyen uno de los mejores retratos del santo que se han hecho hasta ahora: 

“Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Hay futuro


En 1986 se hizo famosa la revista musical Mamá, yo quiero ser artista, protagonizada por Concha Velasco en el Teatro Calderón de Madrid. Han pasado 40 años. Hoy sigue habiendo en todo el mundo muchos niños y jóvenes que también aspiran a ser artistas. Me sorprende la infinidad de talentos que aparecen en los muchos concursos que se celebran en casi todos los países del mundo. 

¿No es maravilloso que las nuevas generaciones sean capaces de producir tanta belleza? De vez en cuando, navegando por YouTube, me encuentro con interpretaciones musicales que me conmueven. He escogido cuatro de diferentes ámbitos lingüísticos y culturales.


La primera es del joven italiano Alessandro Tomasi. Tiene apenas 16 años. Acompañándose al piano, hace una interpretación vibrante de Era già tutto previsto, un tema famoso de Riccardo Cocciante, uno de los cantantes franco-italianos de mi época juvenil. El estilo de Tomasi es italianísimo, reconocible y hermoso. 


Sigo con un trío formado por los hermanos Daylon, Daura y Devon Veate, originarios de Phoenix/Tempe, en Arizona. Son cristianos pertenecientes a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Mormones). Devon se encuentra actualmente en Madrid haciendo la obligatoria actividad misional de dos años, así que lo mismo me lo encuentro cualquier día por la Puerta del Sol. 


Dado que sus nombres empiezan por D, eligieron como nombre artístico Life in 3D. Tienen más de 620.000 suscriptores en YouTube. Me encantan las interpretaciones que hacen de artistas famosos como Simon & Garfunkel o John Denver, muchas grabadas en su propia casa. Me hacen retroceder a los años de mi adolescencia. 

Os dejo con el cover de Country Road de John Denver, uno de mis artistas favoritos de música country.


En España hay muchísimos niños, adolescentes y jóvenes que participan en concursos artísticos. Resulta difícil hacer una selección. 


He escogido a la niña Daniela González y su emotiva interpretación de un clásico como La llorona.


Y, por último, para no hacer demasiado larga esta entrada, viajo a Chile para escuchar al joven Ignacio Jerez, uno de los innumerables imitadores de Raphael. Creo que en un par de ocasiones ha visitado España con algunos conciertos. 


Aquí se lanza a interpretar el tema Yo sigo siendo aquel. Su voz suena con la fuerza del Raphael joven. 


Mientras haya chicos y chicas abiertos a la belleza de la música, nuestro mundo tiene futuro. El arte en general, y la música en particular, son una ventana abierta al Misterio. No estamos perdidos cuando las nuevas generaciones se dejan cautivar por la belleza y asumen el reto de cultivarla con disciplina y constancia.