sábado, 29 de agosto de 2026

Se posó en nuestra orilla


Hay un himno de la Liturgia de las Horas que resulta muy apropiado para estos últimos días de agosto en los que nos ponemos a punto para estrenar el otoño meteorológico y el nuevo curso académico y pastoral. Hoy quiero detenerme en él, estrofa por estrofa. Siento que se ha convertido en la banda sonora de estos días de transición entre las vacaciones y la vuelta al trabajo.
Comienzan los relojes
a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.
Los relojes ya no son lo que fueron. Ahora las prisas las maquinan los correos electrónicos, las llamadas telefónicas y, sobre todo, los omnipresentes mensajes de WhatsApp: “¿Podrías darnos una charla online el 11 de septiembre a las 10 de la mañana (hora de México)?”, “No te olvides del compromiso con Confer Madrid a finales de octubre”, “Habíamos quedado en un encuentro formativo con el claustro de profesores en El Escorial. ¿Lo tienes agendado?”. Se acumulan los recordatorios de viejos compromisos y las nuevas propuestas. Es como si todos hubiéramos estado esperando que agosto terminara para volver a la carga. Al fin y al cabo, las vacaciones (cada vez más cortas) se consideran un paréntesis. Lo que manda es el llamado “tiempo ordinario”. Esta insistencia no es muy saludable para un Capricornio como yo, que lleva de serie la responsabilidad y la obsesión por el trabajo.

Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.
Lo de menos son los compromisos. Lo que de verdad agota son “las preguntas, la intensidad, la vida”. Un amigo mío –tan activo como yo o más– siempre tiene en los labios eso de “No me da la vida”. Es como si la existencia fuera una red enmarañada que nos atrapa y de la cual no podemos escapar. Mientras se “cruzan los horarios” y se amontonan los compromisos, no dejan de abrirse paso las preguntas: ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Por qué acepto casi todo lo que cabe en la agenda? ¿No estoy ya “oficialmente” jubilado? ¿Qué extraña pulsión me lleva a encadenar actividades? ¿Responden todas al ideal de “orar y amar”?

Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.
Esta es mi estrofa preferida. En medio de las actividades externas y de las zozobras internas, Él es siempre “calma infinita”. Puede haber muchas olas en la superficie, las suficientes para surfear la vida, pero abajo, en el fondo, existe la calma. Dios es paz. Podemos vivir al mismo tiempo una calma profunda y una actividad intensa. Todas las horas están agavilladas en Dios. Todas encuentran su sentido en Él. Lo que de verdad importa no es tanto hacer mucho o poco, llenar la agenda o vaciarla, sino saber cuál es la motivación de fondo, por qué y, sobre todo, por Quién vivimos y trabajamos.
Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.
La existencia entera se convierte en alabanza cuando caemos en la cuenta de que Dios “existe” y que de que nos “avisa”. Lo que unifica la vida dispersa es la atracción de Dios. Él actúa como un imán que nos mantiene siempre en un espacio magnético de gracia y bondad. Hay una espiritualidad de la atención que nos permite ser creyentes en medio de la algarabía diaria. Me pregunto cuáles son para mí esos “avisos” que Dios me lanza con sutileza de Padre. ¿Qué señales, palabras y experiencias me recuerdan que Él “existe”, que está ahí, que sostiene todo sin interferir?

Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.
Esta estrofilla última es una joya. Apenas dos versos para indicar que “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”, como reza el prólogo del Evangelio de Juan. Los versos cambian la metáfora de la tienda por la de la luz y la del suelo por la de la orilla, pero el contenido es semejante. Dios se hace el encontradizo “en nuestra orilla”, en medio de nuestros vaivenes anímicos y de nuestras agendas repletas. Y también cuando parece que nada sucede y que todo enfila el callejón de la monotonía. Respiro. Agradezco. Sonrío.

viernes, 28 de agosto de 2026

La Verdad tiene rostro y nombre


El final de agosto siempre huele a san Agustín de Hipona. Lleva siendo famoso dieciséis siglos, pero, desde la elección de León XIV, su figura se ha popularizado todavía más. Es verdad que Benedicto XVI era muy agustiniano en su pensamiento, pero León XIV es agustiniano de corazón. No en vano lleva casi 48 años como profeso de la Orden de San Agustín, que en la actualidad cuenta con alrededor de 2.300 miembros. Ocupa el décimo octavo puesto entre las órdenes y congregaciones masculinas más numerosas de la Iglesia católica. 

Rara es la intervención pública de León XIV (encíclicas, mensajes, discursos, homilías, etc.) en la que no haga alguna mención explícita o implícita a san Agustín. A veces, subraya su pasión por la verdad. Otras, el cultivo de la interioridad, la exploración de la conciencia, la valoración de la amistad. Casi nunca faltan referencias a la autoridad como servicio, a la unidad en la diversidad y a la navegación segura por el mar proceloso de la historia. Todas estas menciones siguen siendo actuales y necesarias. Conectan con problemas y desafíos que estamos viviendo hoy en la sociedad y en la Iglesia. Por eso, Agustín suena tan contemporáneo. Tiene el sabor de un “clásico” que siempre puede iluminar la condición humana.


Hoy quisiera poner el acento en su búsqueda de la verdad porque el contexto de relativismo en el que vivimos hace necesario un gran esfuerzo. En su Tratado sobre el Evangelio de san Juan, Agustín se hace una pregunta radical: “¿Qué desea el hombre más profundamente que la verdad?” (26,5). Se supone que ese deseo está detrás de las investigaciones científicas, de las reflexiones filosóficas y, en definitiva, de nuestros afanes cotidianos. Si no creyéramos en la existencia objetiva de la verdad, no tendríamos ningún asidero en el camino de la vida. Iríamos dando tumbos, esclavos de nuestras pulsiones o de las manipulaciones externas. Frente a quienes consideran que cada uno tenemos “nuestra verdad”, el verso machadiano nos previene: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. Pareciera que el poeta sevillano hubiera bebido en las fuentes de Agustín. 

Pero ¿dónde buscar esa Verdad que nos supera a todos y nos guía? El dogma cientifista actual ofrece una respuesta demasiado rápida: “En la ciencia”. Otros, más dogmáticos que buscadores, sentencian: “En la religión”. Quienes se apuntan a las modas espirituales, hacen un quiebro: “En la meditación”. Agustín, en su libro De la verdadera religión, escribe: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” (XXXIX, 72). Es una clara invitación a pasar de la superficialidad a la profundidad. O de la mera exterioridad a la interioridad.


¿Qué descubrimos en ese santuario interno; o sea, en el corazón (por usar el símbolo bíblico)? En sus Confesiones, Agustín responde así: 
“Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”.
La Verdad no es una entidad abstracta, un horizonte epistemológico, una creación arbitraria. La Verdad tiene un rostro y un nombre. Se llama Jesucristo. No podemos llegar a Dios sin abrazarnos al “mediador” que Él ha querido ofrecernos. Por eso, la búsqueda de la Verdad coincide con el encuentro con Jesucristo. Agustín lo experimentó en carne propia. Pocos seres humanos habrán buscado con tanto ahínco e inteligencia la Verdad como Agustín. Y pocos habrán saboreado con tanta hondura la gracia del encuentro: 
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

¿Babel o Jerusalén?


Creo que no había vuelto desde el Multifestival David de 1987. Han pasado casi 40 años. Ayer estuve todo el día en Alcalá de Henares, Ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1998. Dista apenas 40 kilómetros de Madrid. Fui en tren. Disfruté recorriendo varias veces en ambas direcciones su impresionante Calle Mayor, visitando la Catedral-Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor (incluyendo la subida a la torre campanario), el Palacio Arzobispal, el convento de las Bernardas, la llamada Casa de Cervantes, el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid (antiguo Colegio Convento de la Madre de Dios)… y, por supuesto, su celebérrima Universidad. Me quedé con ganas de visitar el Corral de Comedias, pero ayer estaba cerrado. Quedaron muchas cosas pendientes. Así hay excusa para una próxima visita. Espero que no tengan que pasar otros 40 años. 

El mes de agosto de este año ha estado cargado de visitas culturales. Es como si la historia hubiera ganado por goleada a la montaña o a la playa. Cuando vivimos una crisis colectiva de identidad, la historia nos ayuda a saber de dónde venimos y, por lo tanto, nos brinda herramientas imprescindibles para saber quiénes somos, pero no nos libra de la ardua tarea de buscar. Me hacía estas reflexiones mientras consumía una cerveza fría en un delicioso bar llamado El Gato Verde, un poco antes de repasar los nombres de todos los escritores que han recibido el Premio Cervantes a lo largo de los últimos 50 años y que figuran escritos a la entrada del Paraninfo de la Universidad. 


Castilla está llena de ciudades henchidas de historia… y de prehistoria. Creo que estamos viviendo una etapa de aprecio y renovación. Se han restaurado muchos monumentos, se han multiplicado los acontecimientos culturales (exposiciones, conciertos, congresos, etc.) y se han incorporado estas ciudades y pueblos a los circuitos turísticos. Es probable que la mayoría de los turistas ingleses o alemanes prefieran todavía tostarse al sol en Benidorm o Alicante y naufragar en un barril de cerveza, pero cada vez se ven más turistas nacionales y extranjeros interesados en conocer la historia de España y visitar los lugares más significativos. 

Ofrecer historia es ofrecer sentido. Una iglesia románica perdida en un pueblo de Castilla dice más de nosotros que un documental de la BBC. La península ibérica está en el extremo occidental de Europa. Hasta aquí han llegado a lo largo de los siglos pueblos provenientes de regiones más orientales. Lo que somos hoy es el fruto de una mezcla milenaria en la que ha habido enfrentamientos, colaboraciones, conquistas, intercambios, hechos conjuntos y muchas ganas de vivir. No es extraño que, siguiendo ese impulso que va de Oriente a Occidente, en un momento dado Castilla se lanzara al océano Atlántico como para proseguir esta emigración histórica por vías ignotas hasta demostrar que el fines terrae no era un cabo de Galicia, sino que la tierra se prolongaba mucho más allá de la mar océana.


Conocer estas dinámicas, respirarlas junto a lugares marcados por la historia, nos cura del presentismo que hoy padecemos. Somos un pueblo antiguo. Hemos almacenado suficientes dosis de sabiduría (en el mejor de los casos) y de cinismo (en el peor) como para no dejarnos secuestrar por el presente. Sabemos (o deberíamos saber) qué sirve para construir y qué sirve para destruir. En esta época de eclosión digital, nos enfrentamos a un dilema que el papa León XIV presenta varias veces de manera simbólica en su encíclica Magnifica Humanitas, a la que he dedicado tiempo de lectura durante este mes: o nos dejamos seducir por la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) o nos dejamos iluminar por la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). 

Los números 7 y 8 de la encíclica explican bien estos dos símbolos y los aplican al momento presente. Si queremos abrirnos a un futuro esperanzador, debemos superar el síndrome de Babel y concentrarnos en la reconstrucción de nuestra civilización. El número 9 lo dice así: “La primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”. El conocimiento sapiencial de la historia nos alienta a escoger la segunda opción.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los dos libros primarios


Ayer visité tres lugares fascinantes de la ciudad de Soria: la ermita de San Saturio enclavada en un entorno natural sugestivo, el enigmático claustro de San Juan de Duero y la concatedral de San Pedro. Después comí en el Casino, punto de encuentro de los viejos poetas sorianos. Me sorprendió descubrir una Soria que no olvida su pasado cristiano, judío y musulmán, que revaloriza la historia y cuida sus vestigios, que hace gala de su condición de “cabeza de Extremadura” (es decir, de uno de los extremos del río Duero) en tiempos de la Reconquista. 

Admirar la recién restaurada ermita de san Saturio, cruzar la pasarela sobre el Duero y recalar en el claustro de un viejo monasterio templario es un ejercicio terapéutico que solo exige un mínimo de capacidad peripatética y admirativa. Para quienes de ordinario vivimos atrapados por el tráfago de una gran ciudad como Madrid, estas visitas son balsámicas, nos permiten atar cabos sueltos de historia, entender mejor algunas cosas del presente.


La ruta soriana de ayer jueves hay que unirla a la experiencia vivida el miércoles por la tarde en la iglesia parroquial de Navaleno. El presbítero visontino Pedro Utrilla celebraba 25 años de ordenación sacerdotal. La fecha exacta será el 12 de octubre, pero aprovechó la presencia de muchos veraneantes en los once pueblos que administra para tener con ellos una celebración anticipada. Como yo también pertenezco a los que se asoman por esta zona pinariega en tiempo de verano, me uní a la fiesta. 

Conozco a Pedro desde que era niño. Me gustaron mucho sus palabras emocionadas durante la homilía. Comprobé el cariño que le profesan sus parroquianos en una de esas comarcas que hoy eufemísticamente llamamos la “España vaciada”. Que alguien haya dedicado los quince últimos años de su vida a acompañar a estas personas (en su gran mayoría ancianas) merece un reconocimiento. Además de dar clase en distintos centros académicos, Pedro se ha especializado en “expedir pasaportes para el cielo” –como, con una pizca de humor, dijo alguno de los intervinientes– dado el número de funerales que celebra cada año.


Comparando los barrios hacinados de Madrid y el ritmo vertiginoso, me preguntaba por qué no hay más gente que se anima a vivir en esta “España vaciada” que tiene casi todo lo que se necesita para llevar una vida serena, en armonía con la naturaleza y la historia. Bastaría promover con determinación una economía que primara el trabajo y la sostenibilidad sobre la mera rentabilidad. Lo que a corto plazo supondría una apuesta valiente y quizá deficitaria en términos económicos, a la larga se revelaría como una verdadera opción humanista de futuro. 

De no hacer este tipo de apuestas, puede llegar un momento en el que el homo urbanus se convierta en una máquina manejada por quienes ostentan (o, en algunos casos, detentan) el poder. Hay lecciones esenciales de la vida que solo la naturaleza y la historia (los dos libros primarios) pueden enseñar. A la IA podemos adjudicarle otras tareas. No se va a quedar ociosa.

martes, 18 de agosto de 2026

La sinfonía de la vida


Las fiestas de mi pueblo en honor de Nuestra Señora del Pino y San Roque me han tenido absorbido durante varios días. La sucesión de celebraciones (entrega de velas, canto de la Salve, misas solemnes, procesiones, encuentros con las cofradías, rosarios cantados por las calles, etc.) no me ha dejado tiempo para acercarme a este Rincón. Una vez al año, merece la pena esta zambullida profunda en la tradición. A veces resulta un poco agobiante, como un amigo pesado empapado en alcohol, pero es más fuerte la belleza de un legado que se mantiene incólume a lo largo de  generaciones. 

Vengo participando en estos actos desde que era niño. Los cambios han sido mínimos. El rito es en esencia repetición. También aquí se dan polaridades. Algunos no quieren cambiar ni una coma. Otros abogan por pequeñas actualizaciones. Yo me apunto a la segunda opción. Un rito que no se actualiza acaba siendo un fósil. Todo lo que porta vida cambia con el paso del tiempo. Más allá de la legítima discusión sobre estos asuntos, sigue existiendo un abismo casi infranqueable entre devoción popular, liturgia y vida cotidiana. No sabemos matrimoniar estos tres ámbitos. Y, claro, todo se resiente. Habrá que seguir intentándolo.


Por lo demás, agosto ha entrado en su segunda mitad. Al verano le queda poco más de un mes. La vista empieza a dirigirse a lo que está por venir. Sigo viendo a muchos turistas que van y vienen. Un amigo mío hostelero me dice que cada vez gastan menos. A la gente le gusta moverse, pero las economías familiares no están para tirar cohetes. Muchos se conforman con lo mínimo. No es tiempo de dispendios que luego pasan factura. 

Mientras en muchos pueblos la gente baila y se divierte, la crisis de Ceuta lleva ya tres semanas abierta como una herida que se resiste a cicatrizar. Hay tensión entre las distintas administraciones, pero lo esencial es discernir cómo se afronta una crisis de esta magnitud. Ni el gobierno ni la oposición tienen una receta mágica. Hay muchos factores que entran en juego. El más perentorio es la atención a los seres humanos que deambulan por calles y playas, pero el más radical es comprender la dinámica que ha disparado esta crisis. Se trata de un verdadero laberinto en el que los agentes principales pueden enredarse. Me temo que la tensión sobre Ceuta y Melilla irá creciendo en los próximos años. Marruecos aspira a integrarlas en su territorio. España no puede estar siempre a la defensiva sin acusar un gran desgaste.


Resulta difícil combinar el descanso de las vacaciones con las noticias que nos llegan cada día. En Colombia siguen sufriendo las consecuencias del terremoto. Desde la isla indonesia de Flores me llegan noticias de otro terremoto que ha afectado a varias comunidades claretianas de la región. Por más que intento mantenerme alejado de los medios digitales durante estos días, es inevitable no enterarse de estas cosas. Siempre procuro meterme en la piel de quienes las padecen. ¿Qué se siente cuando uno pierde de repente su casa o algunos seres queridos? 

Desde la tranquilidad de un sofá, estas noticias duelen poco. Solo la cercanía nos hace vulnerables. Recuerdo muy bien el impacto que me produjo el terremoto que afectó a algunas zonas de El Salvador en enero de 2001. La percepción física del temblor y el contacto con los damnificados me hizo comprender un poco la magnitud de la tragedia. De hecho, han pasado 25 años y sigo manteniendo vivo el recuerdo. Necesitamos acercarnos a las personas y lugares para compartir de verdad su sufrimiento. Gracias a Dios, la Iglesia es una red tan grande de comunidades que siempre hay alguna cerca de las tragedias. Donde un cristiano le presta a Dios su corazón y sus manos para ayudar a la gente, allí está toda la Iglesia representada.



jueves, 13 de agosto de 2026

Mereció la pena


Todo se cumplió con precisión milimétrica. Aunque probablemente se hubiera podido ver desde el balcón de mi casa, decidimos caminar hasta un claro del bosque para tomar distancia y estar más en contacto con la naturaleza. Hacia las 19,25, la luna nueva empezó a morder la esfera solar. Las gafas especiales ayudaban a ver el sol naranja con una mancha negra creciente. Fui alternando la contemplación del fenómeno con breves paseos por el pinar. La luz iba menguando casi inadvertidamente. Todo se desarrolló como un lento ejercicio de gimnasia rítmica. 

A las 20,29 el círculo lunar tapó por completó el solar. Fue el momento del eclipse total. Se hizo un silencio grave. De repente llegó la noche, pero una noche iluminada. La temperatura descendió ligeramente, mucho menos de lo que habían anunciado. Desprovisto de mis gafas, contemplé arrobado el espectáculo de un círculo negro rodeado de una corona naranja brillante. Duró poco –menos de dos minutos– pero fue suficiente para experimentar eso que los modernos llaman un “momento mágico”. No dije nada. Me limité a contemplar, como si fuera un hombre prehistórico encandilado por el dios sol.


Enseguida el círculo lunar se fue retirando. Se hizo de nuevo la luz. En pocos minutos, el sol se escondió por la cima del monte Robledo, que quedó iluminado por una sugestiva aura naranja. Lentamente, como quien ha asistido a un hecho insólito, regresé a casa caminando. Fueron solo veinte minutos, pero sentí la necesidad de hacer pocos comentarios. Una de mis hermanas, que se quedó en casa, nos contó a la vuelta la cobertura mediática. 

Las televisiones se volcaron con el eclipse. Parecía que el mundo se había detenido y que no existía nada más. No faltaron los comentaristas que enseguida vieron en este enorme despliegue una maniobra de distracción. Mientras la gente se prepara para el eclipse, vive el eclipse y habla del eclipse, otros asuntos de mayor calado (por ejemplo, la crisis de Ceuta) pasan a segundo plano. A veces, la naturaleza echa un cable a los políticos de turno, aunque luego les cobre un fuerte peaje.


Algunos lectores del blog me pidieron ayer que comentara mi experiencia del eclipse. Poco más puedo añadir a lo ya escrito. Solo que vi más turistas extranjeros (franceses, belgas, holandeses, alemanes y británicos) que de ordinario. Algunos venían provistos de potentes cámaras para documentar el fenómeno. Aunque lo disfruté mucho, jamás se me hubiera ocurrido recorrer 1.000 kilómetros para verlo, como hicieron ellos. Es evidente que tenemos distintas prioridades… y posibilidades. 

Por la noche, cené con unos amigos. Como es natural, hablamos de la experiencia vivida. Todos convinimos en que había sido algo hermoso y seductor. Por suerte, no tuvimos que desplazarnos de nuestro pueblo para verlo en todo su esplendor. La tarde estaba serena, así que ninguna nube nos impidió gozar del espectáculo. Algunos hicieron fotos profesionales. Yo preferí concentrarme en la contemplación. Sé que internet ofrecerá un supermercado de vídeos y fotografías de gran calidad. No sé si fue a causa del eclipse o de la cena, pero confieso que la noche pasada he dormido como un bebé.



miércoles, 12 de agosto de 2026

El eclipse de Dios


E
sta tarde, armado de esas famosas gafas homologadas que llevan semanas vendiendo o distribuyendo gratis, veré el eclipse de sol, desde la explanada de Covatillas, a las 20,29, con una duración aproximada de 1 minuto y 42 segundos. Aquí, en mi pueblo natal, estamos en zona de máxima visibilidad, aunque tendremos que alejarnos un poco del núcleo urbano para esquivar la imponente barrera del monte Robledo, que siempre adelanta el crepúsculo. Me imagino que nos concentraremos un buen número de personas, aunque no tantas como en otros lugares de la provincia que han sido señalados como puntos especiales de observación. 

Quienes han asistido a otros eclipses totales dicen que en esos instantes se produce una sensación especial. Veremos. Sé que los astros nos influyen, pero no sé cuánto ni cómo. Podría engrosar el club de quienes se niegan a ver el eclipse para no plegarse a los dictados de la masa, pero en esta ocasión he preferido unirme a ella para luego reivindicar con sentido histórico: “Yo estuve allí”. No siempre es necesario tomar distancia de la mayoría. Sentirse masa –¿o pueblo?– también nos cura de un cierto elitismo suicida.


Es imposible no vincular este eclipse total con lo que estamos viviendo en relación con Dios. Desde hace décadas se habla del eclipse de Dios –¿parcial? ¿total?– en las sociedades occidentales. Si Dios es el “Sol naciente que nace de lo alto” (por utilizar las palabras del Benedictus), ¿quién es la luna que se interpone entre Él y nosotros y nos impide percibir su luz? No tengo la menor duda. Esa “luna” engreída somos los propios seres humanos, esos seres “poco inferiores a los ángeles” (salmo 8) que en un momento de la historia –a caballo entre los siglos XVIII y XXI– han creído que ya era hora de hacerse con las prerrogativas que los siglos anteriores habían atribuido a Dios. ¿Omnisciente? ¡La IA nos ayudará a saberlo todo como si fuéramos pequeños dioses! ¿Omnipotente? ¡La ciencia y la técnica nos brindarán herramientas para llevar a cabo nuestros sueños de grandeza! ¿Bondadoso? Aquí no es tan fácil encontrar una versión humana satisfactoria de la bondad divina.


Lo que los eclipses solares nos enseñan es que se trata de fenómenos efímeros. Duran unos segundos o minutos, pero ni el sol ni la luna se detienen indefinidamente en una situación de opacidad. Y lo mismo sucederá con este “eclipse cultural” de Dios. Parece definitivo, pero no es más que una etapa de la historia que pasará. La naturaleza nos ayuda a interpretar la historia porque la precede. Contemplando el eclipse de esta tarde, le pediré a Dios que no nos oculte su rostro, que mantenga siempre despierta nuestra actitud de búsqueda, que nos ayude a descubrir su Luz inmarcesible detrás de esa luna que somos nosotros, los seres humanos. 

Es verdad que no podemos mirar al Sol de Dios y permanecer vivos. Necesitamos ponernos las “gafas homologadas” de la humanidad de Cristo para adorar el Misterio sin quedar aniquilados. Mirando a Cristo, sacramento visible del Dios invisible, sabemos que Dios ha querido hacerse humano para romper la distancia que nos separa de Él, para superar todo eclipse, sin eliminar su naturaleza divina. El eclipse de esta tarde también puede ser una hermosa y profunda oración de vísperas que nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos nosotros y quién es Él.