La Puerta del Sol ya está limpia. Consternación por la
muerte de Jesús de Miguel, joven jugador del Tenerife. El ministro Óscar Puente ha dimitido. La XXX Cumbre Iberoamericana está a punto de comenzar. Los
demócratas logran el control total de las cámaras de Estados Unidos. Este humilde blog acaba de superar los dos millones de visitas acumuladas. Y los
termómetros se cansan de un veroño demasiado largo y comienzan a desplomarse. Mientras
estas y otras muchas cosas se suceden a toda velocidad, cada uno de nosotros
libramos nuestras personales batallas. No siempre es fácil sincronizar el
tiempo social y el personal. A veces, el mundo ríe mientras nosotros lloramos.
Otras, se invierten los papeles.
Sobre lo que sucede fuera, en nuestro entorno,
tenemos muy poca capacidad de control. Sentimos que la realidad nos desborda. Sobre
lo que sucede dentro, en nuestro corazón, podemos operar con mayor libertad y
responsabilidad. Los desalojados de la Puerta del Sol querían cambiar el mundo,
pero apenas han podido organizar un campamento plastificado. Leyendo algunos de
sus carteles y pancartas, uno pensaría que todo se reduce a ser ocurrentes. Los
del mayo francés del 68 decían que “debajo del asfalto está la playa” o “que
paren el mundo, que me quiero bajar”. Estos dicen, con un deje de poesía urbana:
“contra los fondos de inversión, acción directa y okupación”, “las casas son
para vivir, no para invertir”, “ellos por dinero, nosotras por amor”, “Pedro, rey,
haz un decreto ley”, “el buitre inversor es el gran invasor”, “ni una
Maricarmen más”… y cosas por el estilo.

No tengo inconveniente en sintonizar con algunas de sus reivindicaciones, aunque no me gusta su estrategia y, sobre todo, su falta de
propuestas viables. Yo puedo enarbolar por el día una pancarta provocativa y
por la noche irme a mi casa, dormir en un colchón blando, ducharme con agua
caliente y volver al campamento con nuevos aires reivindicativos. Está claro
que la revolución 2.0 es más ocurrente que eficaz.
Las palas y los camiones del
Servicio de Limpieza Urgente del ayuntamiento de Madrid han acabado con una revolución
efímera que –según sus palabras– se retira de la plaza para llevar la lucha a
los barrios y preparar la huelga general del 11-N. Mucho me temo que estos
métodos del siglo XX no resultan muy eficaces en las sociedades digitales del
siglo XXI. Los verdaderos cambios se gestan de otra manera. Necesitamos voces y
movimientos críticos contra esta sociedad basada en el consumo, pero deben ir
acompañados de alternativas creíbles, no solo de algaradas callejeras y pancartas imaginativas. Y eso exige,
además de sensibilidad ética y estética, una gran preparación científica y técnica.
Por desgracia, no siempre van de la mano.

Cada vez me convenzo más de que lo que de verdad necesitamos
es gente que, antes de hacer la revolución social, haya hecho la revolución
personal. Sin un buen autoconocimiento, vomitamos a la sociedad las contradicciones
que albergamos dentro. Por eso fracasan tantas supuestas revoluciones que, a
primera vista, parecen razonables y justas. Igual que no hay democracia sin demócratas, ni fraternidad sin hermanos, no hay cambio social sin cambio personal.
En la
tradición cristiana lo decimos de una manera más radical: solo los santos convertidos son
verdaderamente transformadores, solo ellos y ellas cambian la realidad porque
tienen la mente de Cristo, se han identificado con sus sentimientos, son transparencia
de Dios. Los verdaderos cambios empiezan en el corazón de cada uno. No hay revolución
más radical que la revolución del corazón. Suena a eslogan de póster setentero, pero me parece una gran verdad.