
La primera carta de Pablo a la comunidad de Tesalónica que leemos como segunda lectura en este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario es seguramente el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. Se sitúa unos veinte años después de la muerte y resurrección de Jesús. La espera de su “segunda venida” era intensa entre los cristianos. En ese contexto, Pablo les asegura que “si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”. Es una clara afirmación del destino que nos aguarda tras esta vida terrena: “estaremos siempre con el Señor”.

Pero, ¿cómo prepararnos para este encuentro? Jesús nos ofrece pistas claras a través de la parábola de las jóvenes necias y sensatas, construida en el contexto de la “espera del esposo”. La espera se hace larga. Todas se duermen. La diferencia entre unas y otras es que, mientras las prudentes se han provisto de aceite para mantener las lámparas encendidas durante la noche, las necias no han sabido calcular. Cuando quieren darse cuenta de su error, es demasiado tarde. En el momento de la llegada del esposo, ellas están fuera de casa.

Pero ¿cómo vivir despiertos? ¿Cómo aprender a discernir lo esencial de lo secundario, lo profundo de lo superficial? Necesitamos -como nos recuerda la primera lectura de hoy- el don de la sabiduría: “La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean”. Sin sabiduría no podemos discernir el bien del mal, la luz de la oscuridad. La sabiduría no es una cualidad intelectual reservada a los más inteligentes. Es un don del Espíritu Santo para “vivir según Dios”. Hay que amarla, buscarla y desearla. Jesús mismo nos ha asegurado que Dios nunca va a negarnos este don si lo pedimos con fe: “Si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc 11,13).















