viernes, 6 de marzo de 2026

Las locas del obelisco


Hoy se llama Paseo del General Martínez Campos, pero a finales del siglo XIX se lo conocía como Paseo del Obelisco porque partía de la glorieta del Obelisco (actual plaza de Emilio Castelar) en la que se había erigido un obelisco con motivo del nacimiento de la futura reina Isabell II. Pues en ese paseo, abierto en 1889, estaba la casa en la que Mariana Allsopp -joven aristócrata mexicana (hija de padre inglés y madre española), afincada en Madrid- y sus compañeras empezaron a acoger a algunas mujeres víctimas de la prostitución. A la gente del lugar no le gustaba nada esta perturbadora actividad. Por eso, para desacreditar a las jóvenes intrépidas, pronto empezaron a llamarlas “las locas del Obelisco”, que es cabalmente el título elegido para la película que recrea esta historia y que se estrenará en varios cines españoles el próximo viernes 13 de marzo. 

Tuve oportunidad de ver un pase anticipado el pasado miércoles en el cine Embajadores Río. Me invitaron las Hermanas Trinitarias, que tienen su casa madre a pocos metros de donde vivo. Conozco personalmente al director -Pablo Moreno- y a la productora porque son los mismos que se encargaron de las películas Un Dios prohibido (sobre los beatos mártires claretianos de Barbastro) y Claret (sobre san Antonio María Claret, fundador de mi congregación misionera).


Fui al cine con gusto, pero no me esperaba lo que me encontré. Confieso que, desde el comienzo hasta el final, la película me atrapó y me conmovió. A pesar de mi relación cercana con las Hermanas Trinitarias, de cuya curia general somos capellanes los claretianos, apenas conocía la vida de sus fundadores: el sacerdote madrileño Francisco de Asís Méndez Casariego y la joven mexicana Mariana Allsopp, ambos con procesos de beatificación abiertos. Sus tumbas se encuentran en la iglesia de la casa madre de las Trinitarias en la calle Marqués de Urquijo. 

La película explora el submundo de la prostitución femenina en el Madrid de finales del siglo XIX, una ciudad marcada por la desigualdad, la hipocresía y la miseria moral. Para ello se sirve de la historia de Teresa y Candela, dos chicas de pueblo que vienen a Madrid para buscar trabajo, pero que pronto caen en las redes de los proxenetas. Al mismo tiempo, la joven aristócrata Mariana Allsopp experimenta un proceso interior de conversión cuando entra en contacto con la realidad de estas mujeres explotadas. Inspirada y alentada por el sacerdote Francisco de Asís Méndez, Mariana decide abandonar su vida cómoda y, junto con otras compañeras, unir su suerte a la de estas chicas y mujeres que son obligadas a ejercer “el oficio más antiguo del mundo”.


La película te remueve en la butaca porque, aunque habla del siglo XIX, el espectador enseguida cae en la cuenta de que algo parecido sigue existiendo hoy. Bajo la apariencia de una ciudad moderna y acogedora, Madrid -como cualquier otra ciudad del mundo- esconde una realidad sórdida que a menudo no queremos ver para que no perturbe nuestra tranquilidad. 

Lo más esperanzador es que lo que hacen Francisco de Asís y Mariana lo siguen haciendo hoy algunos hombres y mujeres anónimos que nos redimen de nuestra mediocridad. También ellos y ellas descienden a estos submundos -invisibles para la mayoría- para comprobar que, detrás de etiquetas como prostituta, chapero o yonqui hay seres humanos con historias violadas, heridas sin curar y sueños incumplidos. 

Las locas del obelisco es una película que no te deja matar el tiempo a base de palomitas y Coca-Cola, que te mantiene en vilo, que te cuestiona el estilo de vida y te obliga a preguntarte si todavía hay causas por las cuales merece la pena arriesgar la vida. Al salir del cine, las luces de los bares y tiendas se imponen a la sordidez de las historias de explotación, pero la inquietud abierta en canal no desaparece fácilmente. Necesitamos películas que nos “amarguen” un poco el fin de semana. Ya hay demasiadas cuyo único objetivo es entretenernos o incluso anestesiarnos.



martes, 3 de marzo de 2026

La realidad no entiende de ensoñaciones


Me he desayunado con un descarnado artículo de El Debate que me ha obligado a pensar. Se titula “La realidad que no queremos ver”. Lo firma Jano García, uno de sus habituales y polémicos columnistas. Lo que viene a decir es que lo que ha hecho Donald Trump (con la ayuda imprescindible de Netanyahu) en Irán es injusto e inmoral, pero -cito textualmente- “la realidad no entiende de ensoñaciones”. Dicho en plata: “Nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral, pues solo un insensato puede creer que la geopolítica posee un mínimo de humanidad”. A continuación, multiplica algunos ejemplos históricos. 

Jano cree que la sociedad occidental -y en particular Europa- no está preparada para esta cura de realidad. Se halla en situación terminal: “Es como un jubilado que no quiere líos en los últimos coletazos de su vida. Que no le toquen la pensión, que en diez años está muerto y ya el que venga detrás que se arregle con la quiebra del sistema”. O sea, que estamos demasiado cansados como para embarcarnos en problemas. Preferimos que otros nos invadan (da igual que sean chinos comunistas o musulmanes fundamentalistas) con tal de que nos dejen tomarnos una cerveza fría y nos aseguren las pensiones de jubilación. 


Según él, Donald Trump está intentando abrirles los ojos a los cansados europeos, pero “a los occidentales la realidad no les gusta y prefieren pensar que el mundo está compuesto por los vídeos absurdos que aparecen en TikTok o Instagram”. O sea, que todos nos declaramos pacifistas, ecologistas, feministas y librepensadores desde el salón de nuestra casa mientras vemos una serie de Netflix con una Coca-Cola en la mano. Si en el futuro las cosas vienen mal dadas, que Estados Unidos ponga los dólares, los aviones, las bombas y los muertos. ¿Queda alguna cerveza en el frigorífico? 

Artículos como el de Jano García son provocativos. Nos despiertan de una cierta modorra buenista que parece imperar entre nosotros. Desmontan nuestros tinglados éticos facilones y de bajo coste. Reivindican la urgencia de análisis más lúcidos y de compromisos más sacrificados. Nos recuerdan que no estamos viviendo en Disneyland sino “in hac lacrimarum valle” y que la paz y prosperidad de las que ahora gozamos han sido el resultado de guerras y victorias, de dominaciones y explotaciones. Somos los nietos ricos de padres y abuelos pobres que han tenido que mancharse las manos de tierra y a veces de sangre.


Dicho esto, hay una pregunta que nos hierve a los cristianos: ¿No hay más alternativa que la lucha despiadada o la débil sumisión? ¿Es verdad que “nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral”? La historia nos enseña que las civilizaciones se han abierto paso casi siempre a base de guerras, conquistas e imposiciones culturales. Es innegable. Los intereses han determinado casi siempre los movimientos geopolíticos. Pero los cristianos nos agarramos con uñas y dientes a ese casi. 

Si hay alguien que haya explorado hasta las simas más profundas las contradicciones humanas ha sido, sin duda, el cristianismo. Los seguidores de Jesús somos mineros del “misterio de iniquidad” que envuelve todo. Se nos podrá acusar de muchas cosas, pero no de ingenuos o buenistas. El mal del mundo le ha costado la vida a Jesús. Pero sabemos algo más profundo y radical: que en la cruz de Jesús el mal ha sido derrotado. De aquí nace la inmarcesible esperanza cristiana, que es el motor que nos impulsa a creer en el poder transformador de la gracia. 

Es verdad que los intereses determinan casi siempre el avance de la historia, pero es más verdad que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20) y que el amor es más poderoso que el odio. No es necesario que lo diga la pancarta de Bud Bunny en el intermedio de la Super Bowl: “The only thing more powerful than hate is love”. Es el legado que Jesús nos dejó a sus seguidores y del que no podemos prescindir, aunque nos vaya la vida en ello: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34-35). También la historia está llena de ejemplos de amor elocuentes que la han hecho avanzar más que los intereses económicos y las guerras.

lunes, 2 de marzo de 2026

Después del domingo viene el lunes


Como se esperaba (o se temía, según los casos), la película Los domingos se alzó con el premio Goya a la mejor película en la gala que se celebró el pasado sábado en Barcelona. Consiguió otros cuatro premios más: mejor guion original, mejor directora (Alauda Ruiz de Azúa), mejor actriz protagonista (Patricia Gómez Arnaiz) y mejor actriz de reparto (Nagore Aramburu). Como contrapunto a esta moda religiosa, los medios han difundido la frase de la actriz Silvia Abril: “Me da pena que los jóvenes se agarren a la fe cristiana”. 

Hubo también otras perlas parecidas. No hay que darles mayor importancia. Se alejan de esa “conversación adulta y reflexiva” que propone la directora de Los domingos, pero ya se sabe que impacta más un exabrupto que un argumento. También es verdad que el primero suele pasar rápido y el segundo, si es consistente, tiende a permanecer. 

No vi la gala porque a esa misma hora estaba participando en un concierto del cantautor Migueli en la parroquia del Pilar de Madrid. Luego me dio mucha pereza verla en diferido. Suele ser muy larga y bastante previsible.


Alauda Ruiz de Azúa desea que su galardonada película sea vista por el papa León XIV, aprovechando su próxima visita a España. Es probable que el Papa la vea e incluso que la añada a la lista de sus películas favoritas, que incluye títulos clásicos como: “¡Qué bello es vivir!” (Frank Capra, 1946), “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965), “Gente corriente” (Robert Redford, 1980) y “La vida es bella” (Roberto Benigni, 1997). Quienes sí la han visto han sido las monjas de la comunidad del Monasterio de la Conversión, con quienes estuve una semana el pasado mes de febrero. 

Su punto de vista es muy valioso porque varias de ellas -sobre todo las más jóvenes- se han sentido reflejadas en la historia que cuenta Ruiz de Azúa. Os recomiendo ver el vídeo que figura al final de esta entrada. Está bien leer los comentarios de los críticos de cine o de cualquier espectador aficionado, pero adquiere una fuerza especial escuchar las voces de quienes han vivido una experiencia parecida y también distinta a la de la adolescente vasca que entra en un convento de clausura y cuya decisión provoca una tormenta familiar.


El título de la película hace referencia a lo que sucede en esas comidas familiares que suelen producirse los domingos. Además de ser un evento gastronómico esperado/odiado, constituyen una especie de psicodrama familiar. Entre plato y plato, las conversaciones van abriendo brechas en la personalidad de cada comensal. El discernimiento de Ainara pone sobre el mantel otros conflictos familiares más o menos latentes. Sin pretenderlo, Ainara hace que cada personaje de su familia se confronte con la verdad de sí mismo y mida la temperatura real de sus relaciones con los demás. 

Detrás de la apariencia de una familia normal de clase media se agazapan sentimientos y resentimientos no aireados que esperan una oportunidad para salir a la luz. Quizá por eso la película ha tenido tanto éxito, porque es un espejo en el que puede mirarse cualquier familia. La vocación de Ainara sirve solo como eficaz catalizador. 

En el fondo, más que lo que sucede en la comida de los domingos, lo que cuenta es la vida que se desarrolla los lunes y los demás días de la semana. Los domingos son los embalses emocionales que recogen las aguas vertidas en los días anteriores.





domingo, 1 de marzo de 2026

Subir, permanecer, bajar


Cuando uno entra en un parque grande suele encontrar a la entrada un plano del mismo. Sobre él se coloca un punto con la inscripción: “Usted está aquí”. De esta manera, el visitante sabe ubicarse para organizar el recorrido. El “parque cuaresmal” presenta este año cinco símbolos que se van desarrollando en cada uno de los domingos y que nos permiten ubicarnos en nuestro camino hacia la Pascua: el desierto (tentación), la montaña (transfiguración), el pozo de Jacob (agua), la piscina de Siloé (luz) y la tumba de Lázaro (vida). 

En este Segundo Domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a subir con Jesús y sus tres apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) a “una montaña alta”. El viaje -que es un guiño al viaje de Abrahán: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”- implica subir, permanecer y bajar de nuevo al valle de la vida cotidiana. Son tres etapas imprescindibles. El evangelio de Mateo se detiene especialmente en la segunda, pero conviene explorar las tres por orden.

Subir

Subir a la montaña alta -frecuente lugar de revelación divina en la Biblia- implica un esfuerzo, sobre todo cuando vamos cargados con mochilas pesadas. En las nuestras van fardos sociales (como, por ejemplo, la noticia del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán) y muchos fardos personales (que van desde una enfermedad hasta la falta de afecto o trabajo). Acabo de leer hace unos minutos en El Semanal los pesados fardos que cargan los médicos y el personal sanitario, cada vez más estresados por largas jornadas de trabajo y la reducción de los pacientes a meros usuarios de la medicina; en definitiva, por la burocratización, el mercantilismo y la deshumanización de todo el proceso terapéutico. Algo parecido sucede en otras áreas. No es extraño que aumenten sin parar las enfermedades mentales en adultos, jóvenes, adolescentes y niños. 

Hoy es una oportunidad para que abramos nuestras mochilas personales y veamos qué cargamos en ellas, qué hace pesada nuestra subida a la montaña alta. Un primer alivio lo encontramos en el hecho de no caminar solos, sino en compañía de Jesús y de sus amigos. Es, de hecho, una experiencia sinodal, un camino juntos.


Permanecer

Mientras permanecemos en la cumbre de la montaña suceden muchas cosas. Es un tiempo de contemplación, escucha, temor y confianza. 
  • De contemplación porque se nos invita a mirar a este Jesús que “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Es, como si en medio de nuestras dudas y cansancios, la identidad de Jesús se volviera luminosa. Un rostro luminoso simboliza una identidad clara, envolvente. 
  • Por si la contemplación visual no fuera suficiente, se nos invita a escuchar. Las voces de Moisés (ley) y de Elías (profetas) nos sirven para comprender algo de quién es Jesús, pero la revelación definitiva viene de la voz que surge de la nube (es decir, la voz de Dios Padre): “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. La verdadera identidad de Jesús es su condición de Hijo de Dios. Por lo tanto, podemos fiarnos de él. Su Palabra nos irá conduciendo por los caminos de la vida. 
  • Resulta imposible no estremecerse ante la revelación de este misterio, incluso sentir temor. Por eso, la primera palabra -acompañada por un gesto de contacto corporal- que el Jesús de rostro luminoso dirige a los suyos (es decir, a nosotros) es: “Levantaos, no temáis”. Lo contrario a la fe no es la duda, sino el miedo. Cuando está Jesús no hay lugar para el miedo. 
  • Su Palabra es poderosa, realiza lo que proclama. Incluso las palabras anticipatorias de la ley (Moisés) y la profecía (Elías) pierden su relevancia: “Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo”. Es muy probable que esta experiencia de la cumbre esté ligada, sobre todo, a los momentos de oración. Cuando oramos, descubrimos quién es de verdad Jesús (no bastan los libros que hablan de él) y, por contagio, acabamos transfigurándonos.

Bajar

La historia no acaba en la cumbre de la montaña. Toca bajar al valle de la vida cotidiana con la mochila más ligera y, sobre todo, con el rostro iluminado. Abajo nos aguardan las mismas personas de siempre, quizá las mismas ocupaciones y hasta los mismos problemas. Pero, cuando ha sucedido algo dentro, cuando hemos sido testigos de la luz que emana Jesús, podemos afrontar la situación con la fuerza de la fe. Es probable que nada cambie por fuera, pero mucho ha cambiado por dentro. A la larga, la luz descubierta en la cumbre de la montaña (en la experiencia de la oración) acabará iluminando también las encrucijadas del valle: “La belleza salvará el mundo”.



viernes, 27 de febrero de 2026

Interpelar, no dominar


Acabo de leer una interesante entrevista al cardenal Gianfranco Ravasi. Las fotos que la ilustran muestran a un hombre mayor de 83 años, pero todavía lúcido y enérgico. Recuerdo haberme encontrado varias veces con él en Roma cuando, calzado con zapatillas deportivas y a veces en chándal, hacía largas caminatas por el entorno del Vaticano.

La entrevista está relacionada con una conferencia que ha dado en Barcelona sobre el templo expiatorio de la Sagrada Familia, al que ha definido como “poesía en piedra”. 

Extraigo algunas afirmaciones que me han llamado la atención: “En una ciudad como Barcelona, profundamente secularizada, el hecho de que su perfil más característico sea un templo es muy sugestivo. Es una presencia que interpela sin imponer. Pero eso exige coherencia y calidad”. 

Interpelar sin imponer. Creo que aquí está la clave de la evangelización en el momento actual y también el sentido de una vida consagrada estadísticamente minoritaria, pero llamada siempre a interpelar, despertar, abrir boquetes de trascendencia en nuestro mundo.


Para interpelar hay que salirse del marco, como hizo Antoni Gaudí cuando no se limitó a diseñar un templo neogótico (como muchos imaginaban los verdaderos templos católicos en la Europa del XIX), sino que creó algo nuevo. Si nos plegamos al discurso cultural dominante, si pensamos y hacemos lo que todo el mundo piensa y hace, entonces no hay lugar para la provocación. 

El cardenal Ravasi lo dice con claridad italiana: “Si la Iglesia se vuelve genérica, si simplemente sigue la ola cultural del momento, pierde su mordiente. La sal debe salar. El cristianismo, cuando es auténtico, no es decorativo; es una voz que despierta, que cuestiona, que propone otra medida de las cosas”. 

Es evidente que los cristianos constituimos ya una minoría en la Europa secularizada, aunque el cristianismo cultural siga siendo envolvente. Esto no es un drama, sino una oportunidad histórica que el Espíritu nos regala. En este crisol caerá la ganga acumulada. Se verá con más claridad qué significa seguir la costumbre y qué significa creer, quiénes están dispuestos a arriesgar y quiénes se limitan dejarse llevar por la corriente. 

Lo más peligroso para la fe cristiana -como el mismo Ravasi reconoce- no es el cuestionamiento o la duda, sino la indiferencia, la cultura que mide con el mismo rasero la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, la belleza y la fealdad.


¿Cómo puede provocar hoy la fe cristiana? Como lo hizo al comienzo: ¡Mostrando un estilo de vida alternativo que nace de la fe en Jesús y de la luz de su Evangelio! Frente a la idolatría del dinero y del consumo, los cristianos podemos mostrar que es posible ser feliz viviendo con sobriedad y solidaridad. Frente a un contexto hipererotizado, estamos llamados a vivir relaciones respetuosas y transparentes, que no buscan la propia satisfacción, sino el bien de las demás personas. Y, frente al subjetivismo que crea verdades a la medida de las propias necesidades e intereses, los cristianos estamos llamados a ser humildes buscadores de una Verdad que nos supera y nos sostiene, que es fuente de libertad y de fraternidad. 

Los votos religiosos de pobreza, virginidad y obediencia no hacen sino radicalizar y visibilizar estos caminos que son comunes a todos los cristianos. La evangelización no va a proceder imponiendo nada, sino atrayendo, interpelando, mostrando una alternativa de vida que sea verdadera, buena y bella. 

Los seres humanos no podemos llegar a ser lo que estamos llamados a ser por los caminos de la mentira, la maldad y la fealdad, aunque vengan pavimentados con el alquitrán del consumo y difundidos con los altavoces de las redes sociales o de las directrices políticas.

miércoles, 25 de febrero de 2026

La visita y las visitas


Lo que esperábamos desde hacía tiempo ha sido confirmado este mediodía: el papa León XIV viajará a España del 6 al 12 de junio. A falta de conocer el programa detallado, se sabe que visitará Madrid, Barcelona y Canarias. Falta poco más de tres meses para el viaje. La maquinaria de preparación ya está en marcha. Desde que Benedicto XVI viniera a Madrid en agosto de 2011 para la Jornada Mundial de la Juventud no se había vuelto a producir otra visita papal a España. El país de ahora no es el mismo que el que Benedicto XVI visitó hace quince años. 

¿Qué significa la visita del sucesor de Pedro a una Iglesia que sigue buscando caminos en un contexto social tan complejo como el actual? No lo sé todavía, pero espero que inyecte la dosis de esperanza que necesitamos. A partir de ahora se van a multiplicar los análisis y las expectativas. León XIV conoce bien la situación española y, al mismo tiempo, no está atrapado por ella. Puede decirnos con libertad profética lo que nosotros no nos atrevemos a decirnos a nosotros mismos. Pero también puede reconocer y agradecer los muchos signos de vida que tampoco nosotros vemos, obnubilados como estamos por la categoría “crisis” de la que no acabamos de apearnos, como si la crisis fuera nuestro estado natural.


El Papa llegará a Madrid el sábado 6 de junio, víspera de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, como si quisiera invitarnos a nutrir nuestra hambre espiritual con el único Pan que puede saciarla. Es algo más que una mera coincidencia. Espero y deseo que las comunidades aprovechemos esta oportunidad para sentirnos parte de la Iglesia universal y descubrir que no estamos solos, para mirar al futuro con esperanza. 

El Papa no es un avatar. Es -como él mismo ha subrayado en su técnico y precioso mensaje para la 60 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales- alguien con un rostro reconocible y una voz audible. Sin rostro y sin voz nos convertimos en productos de la Inteligencia Artificial, no en seres humanos con una identidad inviolable. No es lo mismo saber que el Papa existe y vive en Roma, que verlo y oírlo a pocos metros de distancia. La presencia física tiene un significado casi sacramental. El mero hecho de visitarnos indica ya una actitud de respeto y cordialidad que contribuye a mejorar nuestra autoestima colectiva. No andamos muy sobrados de ella en las últimas décadas.


Hasta el mes de junio, en pleno Tiempo Ordinario, tenemos por delante los tiempos fuertes de la Cuaresma y de la Pascua para hacer un itinerario personal y comunitario de preparación. Acoger al Papa es más que acoger a un cristiano estadounidense-peruano llamado Robert Prevost. Acogiéndolo a él, acogemos a Cristo que viene a visitarnos. 

Ciertamente esta visita no es un hecho aislado. Es un eslabón más de esa cadena de visitas en las que Cristo se hace el encontradizo con nosotros a través de la Palabra, los sacramentos, la comunidad y, sobre todo, el rostro de esos a quienes a menudo “no vemos” (¿cuándo te hemos visto?): los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, perseguidos… Las “visitas” de Cristo forman un todo que no debe ser fragmentado. Acoger al papa León XIV es una oportunidad única para valorar las otras visitas de Cristo. La del Papa es excepcional: llama la atención; las otras son ordinarias: pueden pasar desapercibidas.

lunes, 23 de febrero de 2026

Gracias, misionero pintor


Me quedé yo solo unos cuantos minutos ante el ataúd abierto que contenía su cadáver. El rostro aparecía sereno, bien dibujado. La nariz aguileña y la suave perilla rala recordaban a sus últimos autorretratos. Es como si, al final de su vida, con 93 años cumplidos, hubiera querido que el rostro real se pareciera lo más posible al rostro pintado. Sentí la necesidad de orar ante los restos de nuestro hermano claretiano Maximino (Mino para casi todos) Cerezo Barredo, al que muchos apellidaban como “el pintor de la liberación”. 

Traté varias veces con él a lo largo de mi vida misionera. Colaboramos incluso en varios proyectos, desde el diseño de la Virgen de la Fragua hasta el simposio Palabra-Vida en 2011 o el Año Claretiano en 2019. La última vez que hablé con él fue hace dos meses. Su movilidad estaba ya muy reducida, pero conservaba una gran lucidez mental y muchas ganas de hablar. Entre otras cosas, me recordó que había sido miembro de mi actual comunidad de Madrid-Buen Suceso entre 1965 y 1968, el trienio que siguió al final del concilio Vaticano II. Desde 1960 compartió quehaceres literarios y artísticos con Pedro Casaldáliga y Teófilo Cabestrero en la revista Iris, revista de testimonio y esperanza (antes y después, Iris de Paz). Mino Cerezo también dejó su impronta en la publicación Ara (Arte Religioso Actual), de la que fue impulsor y cofundador.

Conocida la noticia de su muerte en la tarde del viernes 20 de febrero, las redes se llenaron pronto de sentidos homenajes de admiración y cariño. La mayoría provenían de varios países latinoamericanos. No en vano, desde el año 1970 hasta su regreso definitivo a España en 2005, vivió en Perú en dos períodos (1970-1981; 1990-2005), Nicaragua (1981-1982) y Panamá (1982-1990), además de pasar algunas temporadas en otros países y dejar en ellos su huella misionera y artística.


Desde que regresó a España en 2005, vivió casi veinte años en Salamanca, donde continuó pintando y diseñando. Solo los últimos meses los pasó en la comunidad para misioneros mayores que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. Nacido en Villaviciosa (Asturias) el 4 de agosto de 1932, profesó como claretiano en Salvatierra (Álava) el 16 de julio de 1951 y fue ordenado sacerdote en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el 7 de septiembre de 1957. Tras el año preceptivo de experiencia pastoral en Baltar (A Coruña), se desplazó a Valencia y luego a Madrid para realizar los estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando (1958-1964), donde aprendió la técnica que le permitiría dar expresión a su genio artístico. Allí coincidió, entre otros famosos, con Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal. 


Desde entonces, la pintura fue su forma original de encarnar la Palabra de Dios y darla a conocer. Como él mismo confesaba: “El pintor y el cura que hay en mí se pusieron de acuerdo”. Aunque en 2022 se publicó en Italia -patrocinado por la Comunità di Via Gaggio- un libro recopilatorio de su obra -titulado simplemente Mino- resulta imposible catalogar su abundantísima producción. Comprende desde grandes murales (como los pintados en colegios y residencias universitarias de Oviedo, Valladolid, Madrid o Lisboa y luego en las catedrales de Isabela en Filipinas o Quibdó en Colombia, en la curia general de los claretianos en Roma y en otras muchas iglesias y capillas), hasta innumerables cuadros de varios formatos (como los de la capilla de los mártires en Barbastro o de algunos centros formativos de la congregación claretiana), biblias, viacrucis, calendarios, carteles, viñetas de los tres ciclos litúrgicos y un sinfín de materiales para uso pastoral. 

Se puede decir que su vida transcurrió entre lienzos, pinceles, caballetes, paredes, andamios y papeles de todo tipo. Como los buenos cocineros que no quieren ser vistos cuando trajinan en la cocina, sino solo cuando sirven los platos terminados, a Mino no le gustaba que lo vieran pintar. Prefería trabajar aislado, pero disfrutaba comentando el resultado de su obra.


Su estilo es inconfundible. En cuanto uno ve un cuadro suyo, enseguida dice: “Este es un cerezo”. Su conversión artística va de la mano de su conversión pastoral. El viaje que realizó a Filipinas en 1968 -del que volvió “bastante afectado”- y su posterior destino a la selva peruana donde entró en contacto directo con los pobres y vio de cerca las desigualdades e injusticia lacerantes le hicieron comprender que el arte no podía ser solo belleza y armonía, sino también denuncia, consuelo y esperanza. Cambió las formas académicas y los colores suaves de su etapa europea por composiciones atrevidas, llenas de color y de fuertes contrastes. Se podría decir que fueron los pueblos indígenas de Latinoamérica los que le enseñaron a colorear la vida en sus dibujos desmesurados y como reñidos con la estética burguesa. 


Si es conocido como “el pintor de la liberación” es porque él puso formas y colores a la teología que acompañó el caminar de la Iglesia latinoamericana durante las últimas tres décadas del siglo XX. Junto a la denuncia de las injusticias, pintadas con trazos valientes y sombríos, la luz siempre venía de Jesús y de María. Temas como la Palabra de Dios, la Eucaristía, el Corazón de María, el martirio y la comunidad comensal y peregrina son recurrentes en casi todos sus trabajos. Yo mismo me he servido de muchos de sus diseños en presentaciones audiovisuales y composiciones de todo tipo. Siempre vi en él a un artista que enseguida captaba el mensaje y sabía interpretarlo desde su experiencia artística. El arte figurativo -e incluso abiertamente catequético de sus 35 años latinoamericanos- se fue haciendo cada vez más abstracto y universal en sus últimos años salmantinos, como si su madurez espiritual y artística le hubiera llevado a una superación de cánones y fronteras. Un verdadero artista es siempre un explorador, no solo un artesano. 


Me alegro de escribir estas líneas de recuerdo, gratitud y homenaje en el día en que este blog alcanza las 2.700 entradas, cifra que coincide -¡sorpresas de la vida!- con el número de amigos en mi cuenta de Facebook. 

Encomendamos al Dios de la Vida (expresión muy usada en Latinoamérica) a Mino, que con tanto tesón se dedicó a pintar para que muchos tuvieran vida y la tuvieran en abundancia.

Os dejo con el soneto compuesto por Ángel Ferrero el día de su funeral, sábado 21 de febrero de 2026, en Colmenar Viejo (Madrid).

A Mino Cerezo Barredo
en el día de su funeral 

Un polícromo llanto de pinceles

anda por las esquinas claretianas
cerrando los postigos y ventanas
con hojas de silencios y laureles.

Un revuelo de fúnebres papeles
mezclados con redobles de campanas
y un reguero de lágrimas humanas
empapando los rústicos manteles.

A golpe de pinceles como espadas
pasó Mino Cerezo por la tierra
denunciando injusticias solapadas.

Hoy mi palabra convertida en rezo
por su memoria como ciego yerra
con un ramo de flores de cerezo.

Y ahora, un breve testimonio de Mino y de su hermano Gonzalo, fallecido en 2020.