miércoles, 5 de agosto de 2026

Dos estrellas cuestan cien euros


Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo. 

Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.


Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100. 

El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.


Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias. 

Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.

martes, 4 de agosto de 2026

Orar y amar


Algunos de mis mejores amigos son sacerdotes seculares. Varios ejercen de párrocos o vicarios en distintos lugares del mundo. Pienso en ellos en el día en que celebramos la memoria de san
Juan María Vianney (1786-1859), el famoso cura de Ars. La historia de este sacerdote francés, que vivió en plena Revolución francesa, es impresionante. En él se cumplen a cabalidad las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21). 

El cura de Ars tuvo problemas con los estudios. El latín se le atragantaba. Llegó a ser expulsado del Seminario Mayor por no ser considerado idóneo para el ministerio sacerdotal. Ordenado sacerdote en 1815, fue enviado primero a Ecully, como ayudante del que había sido su valedor, Don Balley. Cuando este murió, fue enviado como clérigo a Ars, una aldea no muy lejana a Lyon, “el último pueblo de la diócesis”. La aldea contaba con unos 250 habitantes de condición humilde. Aunque puso en práctica algunas iniciativas de tipo social, enseguida destacó como director espiritual. Pronto la gente empezó a acudir a él de otras parroquias cercanas, luego de lugares distantes y finalmente de todas partes de Francia e incluso de otros países.


Su consejo era buscado por obispos, presbíteros, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, aristócratas y plebeyos, damas de sociedad, intelectuales y labriegos, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Murió el 4 de agosto de 1859. Sus restos mortales se conservan incorruptos en el santuario de Ars, el pequeño lugar al que dedicó su vida como presbítero y donde falleció. San Juan Pablo II hizo elogió así a este cura de pueblo:
“Me impresionaba profundamente, en particular su heroico servicio de confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario”.

Si los santos son nuestros verdaderos maestros en el camino del Evangelio, me pregunto qué podemos aprender del cura de Ars en la evangelización de hoy. ¿No estaremos llamados los sacerdotes a una vida de oración intensa, a un estilo de vida más sobrio y a una dedicación sin tregua al acompañamiento espiritual y al sacramento de la Reconciliación? Juan María Vianney supo hacerlo en tiempos convulsos. No perdió el tiempo en interminables “análisis de la realidad”. Se puso manos a la obra, como se ponen los sencillos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios. No ha pasado a la historia como un gran erudito, sino como un hombre de fe y de oración. En el oficio de lecturas de hoy, leemos estas palabras suyas:
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

lunes, 3 de agosto de 2026

Creer es confiar


Lo contrario a la fe no es la duda sino el miedo. Y de esto nos habla el evangelio de hoy. Entre el Jesús que alimenta a la multitud (evangelio de ayer domingo) y el Jesús que cura a los enfermos (final del evangelio de hoy) se produce la escena del Jesús que se dirige a sus discípulos en medio de la noche caminando sobre las aguas del lago. El cuadro es extraño y sugestivo. La barca en la que navegan los discípulos “iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. 

Como en otras ocasiones, Jesús se acerca a sus discípulos asustados (la novedad de esta ocasión es que lo hace caminando sobre el agua) y les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Ese “soy yo” tiene todo el sabor de una afirmación de identidad divina. Si Dios está en Jesús, no hay lugar para el miedo, por fuertes que soplen los vientos de la historia. Pero para ellos es necesario fiarse, creer. Pedro lo intenta, pero sucumbe. Puede más el temor a hundirse que la confianza en la palabra de Jesús.


Nosotros nos somos, por lo general, hombres y mujeres ateos, sino personas miedosas. No es que no creamos en Dios, sino que nos cuesta confiar en Él, abandonarnos en sus manos. Si no llevamos el timón de nuestra vida, nos parece que nuestra barquichuela va a naufragar. El miedo abre vías de agua en su casco. Hay demasiadas realidades que nos producen miedo. Algunas son comunes a la mayoría, pero otras son muy personales. Desde hace años, se ha instalado en nosotros el miedo al futuro. La irrupción de la IA no ha hecho sino aumentarlo. Tememos que se apodere de nuestras vidas y tome decisiones que comprometan el futuro de esta “magnífica humanidad”. 

Todo lo que es susceptible de ser mal utilizado, acaba siéndolo, desde la pólvora hasta la energía atómica. Sucederá lo mismo con la IA. Hay motivos para estar preocupados. Pero los miedos tienen también un rostro más doméstico: desde el miedo a una enfermedad grave hasta la falta de dinero para pagar un alquiler o la preocupación ante el futuro incierto de los hijos o nietos.

Cuando sentimos miedo es cuando aprendemos a creer. La fe no es el resultado de un argumentario impecable, sino, ante todo, un ejercicio de confianza. Creer significa dejar que Dios sea Dios y lleve las riendas de nuestra vida, abandonarnos en el misterio de su amor infinito.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Despedir o repartir?


La petición central del Padrenuestro se refiere al pan: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Y sobre el pan que alimenta a una multitud trata el Evangelio de este XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús siente compasión de la muchedumbre que se le ha adelantado por tierra y ha llegado antes que él y los discípulos “a un lugar tranquilo y apartado”. Además de curar a los enfermos, siente la necesidad de alimentar al gentío. Podría haberlo hecho él solo con su poder, pero involucra a sus discípulos. 

Les pide que no envíen a la gente a los pueblos cercanos para procurarse comida, sino que ellos mismos les den de comer. Jesús bendice lo poco que tienen; los discípulos, como camareros del Reino, reparten el pan. El resultado es espectacular: “Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo poco se convierte en mucho cuando de por medio hay bendición y entrega. Jesús involucra a quienes querían despedir a la gente. La compasión es más poderosa que la indignación.


Compartir lo poco que somos y tenemos es el modo mejor de alimentar a la multitud. De nuestra pobreza Jesús saca pan en abundancia para todos. Escribo estas líneas a las pocas horas de haber aterrizado en Madrid después de un vuelo de once horas desde CDMX. Ya he celebrado la Eucaristía dominical venciendo la somnolencia que me acechaba. No se me quita de la cabeza la escena del Evangelio. 

Me llama la atención el contraste entre la reacción de los discípulos (que quieren despedir a la multitud) y la de Jesús (que siente compasión de ella). También los discípulos de hoy sentimos la tentación de despedir a las personas que nos incomodan porque rompen nuestros planes. Llevamos décadas poniendo el acento en la programación pastoral. Es probable que con tanto programa hayamos olvidado la compasión. La realidad es siempre más grande que cualquier idea. Quien no es capaz de compadecerse de la gente, siempre encontrará excusas para no darle de comer.



sábado, 1 de agosto de 2026

La vida sigue


Los aeropuertos son mi segunda oficina. Faltan dos horas para que despegue mi avión de CDMX a Madrid. Dispongo de tiempo para escribir la entrada de hoy después de haber tenido abandonado este blog durante varios días. Termina mi estancia de dos semanas en México. Ayer concluimos el IV Curso de Vida Consagrada organizado por la arquidiócesis de México con el título: “La vida consagrada: entre crisis e incertidumbre”. 

No es fácil volver sobre este tema cuando la mayor parte desea “salir” de la crisis antes que “aprovechar” la crisis para purificar motivaciones, podar ramas secas, sanar las raíces y abrir caminos nuevos. Junto a los 110 participantes presenciales, hubo más de 200 en línea. La verdad es que acabé cansado. Además de las clases matutinas, durante la tarde tenía que recibir a las personas que querían hablar conmigo sobre asuntos de sus asociaciones y congregaciones. Me sorprendió el número de nuevas iniciativas que están surgiendo en este país. La mayoría son muy frágiles. Necesitan discernimiento y acompañamiento.


El aeropuerto está tranquilo, aunque en los mostradores de Iberia se acumulaba mucha gente. Hoy comienza el mes de las vacaciones por excelencia. Para ponerme al día, aprovecho la espera para visitar algunos periódicos digitales. Se sigue hablando mucho de los incendios veraniegos y de la “invasión” de Ceuta por miles de ciudadanos marroquíes. Parece obvio que no se trata de algo improvisado, sino de una estrategia bien orquestada que responde a los intereses de Marruecos, apoyados por Estados Unidos e Israel. 

No es fácil manejar crisis de este tipo cuando se dan objetivos geoestratégicos y económicos confesables junto a posibles chantajes inconfesables. No creo que en este caso la debilidad sea la mejor estrategia. A veces, solo la firmeza contundente y una política informativa clara desactivan estas bombas humanas. Pero es imposible encontrar salidas dignas a este problema cuando no se ponen todas las cartas sobre la mesa. Las que de verdad cuentan son las que se esconden en la bocamanga. Los ciudadanos asistimos confundidos a un juego con trampas.


Salgo de México con 15 grados de temperatura. Es probable que cuando llegue a Madrid reciba una bofetada de más de 30 grados. No es agradable pasar de un clima primaveral como el que he disfrutado estas semanas a los rigores del estío madrileño, pero no queda otro remedio. Además del desajuste horario, tendré que padecer el climático. La vida es un continuo esfuerzo de adaptación al medio, solo que lo que apenas me costaba hace veinte o treinta años cada vez se me hace más cuesta arriba. Necesito descubrir nuevas mañas para minimizar los riesgos. 

En fin, hay tiempo para todo. Quizá la sabiduría consista en saber aprovechar cada momento sin abandonarnos a la nostalgia del pasado o vendernos a la ansiedad del futuro. A cada día le basta su afán. Es mi dosis de reflexión en este “no lugar” que es el aeropuerto Benito Juárez. Atrás quedan los días pasados en los Altos de Jalisco, Guadalajara y CDMX. Agradezco todo lo vivido. Quiero transformarlo en energía para afrontar lo que me espera. Life goes on.

domingo, 26 de julio de 2026

El arte del discernimiento


Hasta Ciudad de México no me llega el humo de los incendios que asolan algunas partes de España, pero sí me llegan el dolor y la solidaridad. La naturaleza y los seres humanos formamos parte de la misma casa común. Nos herimos y nos ayudamos recíprocamente. Las noticias de hectáreas quemadas, personas desalojadas de sus casas, técnicos luchando sin tregua contra el fuego y vecinos solidarios me emocionan. Constituyen el contrapunto doloroso a una semana excepcional vivida en los Altos de Jalisco, una región del México marcado por la revolución cristera de la que ahora se cumple un siglo. 

Por todos los lugares por los que he pasado me han felicitado por el triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol hace una semana. La ola de simpatía refuerza aún más los vínculos históricos, fraternales, entre España y México. No me gusta tanto que a veces esta simpatía se nutra del rechazo a la selección argentina y, por injusta extensión, a otro país hermano. A veces el fútbol sirve para visibilizar algunas tensiones escondidas que nacen del desconocimiento mutuo y de la falta de respeto a la diversidad. Nada extraordinario en la compleja madeja de los sentimientos humanos y de la lucha de identidades. Si algo aporta la fe cristiana es una visión de largo alcance que relativiza todas estas tensiones desde la experiencia fontal de fraternidad.


Mientras suceden todas estas cosas, el XVII Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a practicar el arte del discernimiento. La primera lectura nos hace ver que, a diferencia de lo que la mayoría de nosotros solemos pedir a Dios (la célebre tríada salud-dinero-amor), el joven rey Salomón le pide “un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Pablo, escribiendo a la comunidad de Roma, afirma que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. 

Es el primer criterio para practicar el discernimiento: contemplar todo desde la experiencia del amor de Dios. Solo así, incluso lo que a primera vista parece negativo, puede llegar a tener sentido en la perspectiva amplia de la historia de salvación. Pero para ver las cosas de esta manera se necesita “un corazón dócil”; es decir, un corazón que se abra a Dios desde la humildad y que busque sinceramente conocer y cumplir su voluntad.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos transmite el mismo mensaje sirviéndose de tres figuras: el tesoro, la perla y la red barredera. Cada una pone de relieve algún aspecto del arte del discernimiento. El tesoro y la perla acentúan la centralidad de Dios y su reino. Cuando vivimos a Dios como nuestro tesoro o como la perla preciosa, somos capaces de relativizar y jerarquizar todas las demás realidades. Pasamos de la idolatría a la adoración. Este es el ejercicio más radical de discernimiento: distinguir a Dios de los ídolos y optar claramente por Él. 

La imagen de la red nos previene contra un discernimiento apresurado, hecho de intuiciones, prejuicios y dogmatismos. La red de la vida recoge todas las realidades. Solo con el paso del tiempo y un tacto fino podemos distinguir el bien del mal, lo que va en línea del Reino y lo que se aparta de él. Y, en cualquier caso, el juicio definitivo no es prerrogativa nuestra: le corresponde solo a Dios. Por eso, el discernimiento va asociado a horizontes amplios, respeto a las diferencias y paciencia histórica. ¿No son estos los ingredientes que necesitamos hoy para no perdernos en la intrincada red de puntos de vista y opciones?

miércoles, 22 de julio de 2026

México lindo y querido


En un momento determinado, el comandante del Airbus 350 de Iberia que nos llevaba el pasado domingo de Madrid a Ciudad de México, se limitó a decir: “España acaba de ganar el Mundial de fútbol”. Ni siquiera añadió un “enhorabuena” diminutivo. Fue un mensaje claro, sobrio, profesional. Buena parte del pasaje prorrumpió en un aplauso, pero sin más consecuencias. Entre los pasajeros podía haber hinchas de La Roja (bastantes), pero también de la albiceleste (de hecho, algún muchacho llevaba puesta la camiseta de Argentina) y hasta de la selección mexicana, colombiana o japonesa. 

Llegados a México con tres horas de retraso sobre el horario previsto, el oficial que controló mi pasaporte me dijo: “Gracias por haber ganado a Argentina”. Me extrañó este comentario hacia un pueblo hermano, pero ya se sabe que en buena parte de Latinoamérica los porteños (no conviene extender el juicio a todos los argentinos) tienen fama de “agrandados”. La prensa internacional (no así la argentina) elogiaba la victoria de España y la actitud de los jugadores al tiempo que reprochaba la pésima actuación humana y deportiva de los jugadores albicelestes. Me sorprendieron los enfoques tan contrastantes. Daba la impresión de que se hablaba de dos partidos distintos.


México me recibió con una temperatura suave que contrastaba con los calores de Madrid. A pesar de las ocho horas de diferencia, me he adaptado enseguida al nuevo ritmo. La hospitalidad de mis hermanos claretianos allanó el proceso. Después de un día en CDMX, ayer volé a Guadalajara y luego en coche subí hasta los Altos de Jalisco. Me sorprendieron los inmensos campos de agave, la planta de la que se produce el tequila. Me dio tiempo a rematar el día participando en la asamblea parroquial de la parroquia de Jesús María, un bonito ejemplo de sinodalidad. 

Y aquí estoy, tecleando esta entrada a las 7 de la mañana, preocupado por los incendios que asolan algunas partes de España y contento por empezar un nuevo día con 15 grados de temperatura y un sol espléndido. Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, la “apóstola de los apóstoles”. Es arriesgado escribir sobre una discípula de la que no sabemos muchas cosas, pero los testimonios evangélicos la dibujan como una mujer enamorada de Jesús que no se resignó a su muerte y que, tras su encuentro con el Resucitado, se convirtió en centinela de un tiempo nuevo.


Oigo los “parlantes” de un vendedor callejero que pasa por delante anunciando sus productos. La vida empieza temprano en este pueblo de rancio abolengo católico, heredero de la tradición cristera. Este año se cumple el centenario del comienzo de la famosa revolución que produjo guerrilleros y mártires a un tiempo. El gran desafío pastoral es convertir esa fuerte herencia en una fe viva que no se limite a ser una tradición cultural, sino que ayude a las personas a encontrarse con Jesucristo. En eso están empeñadas las diócesis de esta zona. 

Mientras, la violencia sigue activa en algunas partes de México. Cuesta entender un fenómeno como este en un país de mayoría católica, pero la droga acaba pasando por encima de creencias y leyes. No será fácil vencer a este ídolo mientras el mercado mundial (sobre todo, el estadounidense) siga demandando su consumo. Como sucedió en otros países latinoamericanos, para algunos jóvenes desempleados dedicarse a este mercado es una tentación demasiado fuerte. También aquí la educación y la pastoral encuentran un desafío de primer nivel para el que no acaban de encontrar respuestas eficaces.