
Padecemos una gran crisis de liderazgo. En el comienzo de la revolución digital, tenemos la impresión de que nuestras sociedades se encuentran “extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. Eso es lo que sucedía también con las gentes del tiempo de Jesús. Lo leemos al comienzo del evangelio de este XI Domingo el Tiempo Ordinario. Cansancio y sensación de abandono, de orfandad, son dos notas que caracterizan nuestro tiempo. De hecho, uno de los libros de más éxito del filósofo surcoreano Byung-Chul Han se titula La sociedad del cansancio.
Pero no solo estamos extenuados por el tipo de vida que llevamos, sino que tenemos también la impresión de que nadie nos guía. La falta de líderes creíbles y compasivos redobla nuestro sentimiento de abandono. Quizá esta es una de las razones que explica el gran éxito de la visita del papa León XIV a España. Millones de personas -creyentes y no creyentes- han visto en él a un líder sólido, compasivo, creíble, un referente ético en tiempos de confusión e incertidumbre. Incluso quienes no comparten su cosmovisión cristiana, de la que dimana su liderazgo, aceptan de buen grado su magisterio.

La reacción de Jesús ante las personas “extenuadas y abandonadas” es la compasión. Esta debería ser la primera actitud de todo buen líder. Y esta es quizá la actitud que menos vemos en los líderes políticos, económicos, mediáticos… y hasta religiosos, demasiado preocupados por defender sus intereses y arañar votos que los avalen.
Como las necesidades son muchas y la mies del mundo es abundante, Jesús pide al Padre que “mande trabajadores a su mies”. Aquí no se habla de vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada, sino de “trabajadores” que recolecten los frutos que el Espíritu suscita en el mundo.
¿No pertenecen a este grupo inmenso los miles de voluntarios que han colaborado durante la visita del Papa, los policías, sanitarios, periodistas, etc.? Y, yendo más allá de un acontecimiento extraordinario, ¿no son “trabajadores” de la mies del Señor los millones de padres y madres de familia que transparentan el amor de Dios en el cuidado de los hijos, los profesores que educan y enseñan, los científicos que investigan, los panaderos que fabrican a diario el alimento cotidiano, los agricultores y transportistas, los médicos y enfermeros, los artistas y misioneros, los funcionarios y albañiles…? El mundo está lleno de “trabajadores” que se dejan guiar por el Espíritu y sin los cuales no podríamos existir ni un segundo más.

De este inmenso colectivo, el Señor llama a algunos a ser sucesores de los primeros doce apóstoles. Uno de ellos -a quien hoy llamamos el Papa- es el sucesor de Pedro, el primero de los apóstoles. Mediante el sacramento del orden, estos sucesores de los apóstoles han recibido la autoridad de Jesús “para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Su misión es un envío, no una responsabilidad que ellos mismos se arrogan. Comienza por las “ovejas descarriadas”, pero llega a todo el mundo. El mismo evangelio en el que Jesús les pide que no vayan a tierra de gentiles, ni entren en las ciudades de Samaría, sino que vayan a las ovejas descarriadas de Israel (cf. Mt 10,5-6), acaba pidiéndoles que vayan a hacer discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28,19).
Durante el viaje de León XIV a España hemos podido comprobar cómo el ejercicio de esta misión, con la autoridad de Jesús, llega al corazón de las personas y produce frutos. No se trata del encanto personal del ciudadano estadounidense-peruano Robert F. Prevost, sino del ministerio de León XIV, 267º sucesor de Pedro. Cuando se anuncia de palabra y de obra que el reino de los cielos está cerca, entonces aparecen los signos que acompañan a este anuncio: se curan enfermedades y se expulsan demonios. Las enfermedades y demonios de nuestro tiempo tienen nombres conocidos: enfrentamiento, polarización, indiferencia, secularismo, etc. Está claro que el Evangelio nunca pasa de moda. Estamos llamados a seguir dando gratis lo que hemos recibido gratis.




















