lunes, 23 de febrero de 2026

Gracias, misionero pintor


Me quedé yo solo unos cuantos minutos ante el ataúd abierto que contenía su cadáver. El rostro aparecía sereno, bien dibujado. La nariz aguileña y la suave perilla rala recordaban a sus últimos autorretratos. Es como si, al final de su vida, con 93 años cumplidos, hubiera querido que el rostro real se pareciera lo más posible al rostro pintado. Sentí la necesidad de orar ante los restos de nuestro hermano claretiano Maximino (Mino para casi todos) Cerezo Barredo, al que muchos apellidaban como “el pintor de la liberación”. 

Traté varias veces con él a lo largo de mi vida misionera. Colaboramos incluso en varios proyectos, desde el diseño de la Virgen de la Fragua hasta el simposio Palabra-Vida en 2011 o el Año Claretiano en 2019. La última vez que hablé con él fue hace dos meses. Su movilidad estaba ya muy reducida, pero conservaba una gran lucidez mental y muchas ganas de hablar. Entre otras cosas, me recordó que había sido miembro de mi actual comunidad de Madrid-Buen Suceso entre 1965 y 1968, el trienio que siguió al final del concilio Vaticano II. Desde 1960 compartió quehaceres literarios y artísticos con Pedro Casaldáliga y Teófilo Cabestrero en la revista Iris, revista de testimonio y esperanza (antes y después, Iris de Paz). Mino Cerezo también dejó su impronta en la publicación Ara (Arte Religioso Actual), de la que fue impulsor y cofundador.

Conocida la noticia de su muerte en la tarde del viernes 20 de febrero, las redes se llenaron pronto de sentidos homenajes de admiración y cariño. La mayoría provenían de varios países latinoamericanos. No en vano, desde el año 1970 hasta su regreso definitivo a España en 2005, vivió en Perú en dos períodos (1970-1981; 1990-2005), Nicaragua (1981-1982) y Panamá (1982-1990), además de pasar algunas temporadas en otros países y dejar en ellos su huella misionera y artística.


Desde que regresó a España en 2005, vivió casi veinte años en Salamanca, donde continuó pintando y diseñando. Solo los últimos meses los pasó en la comunidad para misioneros mayores que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. Nacido en Villaviciosa (Asturias) el 4 de agosto de 1932, profesó como claretiano en Salvatierra (Álava) el 16 de julio de 1951 y fue ordenado sacerdote en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el 7 de septiembre de 1957. Tras el año preceptivo de experiencia pastoral en Baltar (A Coruña), se desplazó a Valencia y luego a Madrid para realizar los estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando (1958-1964), donde aprendió la técnica que le permitiría dar expresión a su genio artístico. Allí coincidió, entre otros famosos, con Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal. 


Desde entonces, la pintura fue su forma original de encarnar la Palabra de Dios y darla a conocer. Como él mismo confesaba: “El pintor y el cura que hay en mí se pusieron de acuerdo”. Aunque en 2022 se publicó en Italia -patrocinado por la Comunità di Via Gaggio- un libro recopilatorio de su obra -titulado simplemente Mino- resulta imposible catalogar su abundantísima producción. Comprende desde grandes murales (como los pintados en colegios y residencias universitarias de Oviedo, Valladolid, Madrid o Lisboa y luego en las catedrales de Isabela en Filipinas o Quibdó en Colombia, en la curia general de los claretianos en Roma y en otras muchas iglesias y capillas), hasta innumerables cuadros de varios formatos (como los de la capilla de los mártires en Barbastro o de algunos centros formativos de la congregación claretiana), biblias, viacrucis, calendarios, carteles, viñetas de los tres ciclos litúrgicos y un sinfín de materiales para uso pastoral. 

Se puede decir que su vida transcurrió entre lienzos, pinceles, caballetes, paredes, andamios y papeles de todo tipo. Como los buenos cocineros que no quieren ser vistos cuando trajinan en la cocina, sino solo cuando sirven los platos terminados, a Mino no le gustaba que lo vieran pintar. Prefería trabajar aislado, pero disfrutaba comentando el resultado de su obra.


Su estilo es inconfundible. En cuanto uno ve un cuadro suyo, enseguida dice: “Este es un cerezo”. Su conversión artística va de la mano de su conversión pastoral. El viaje que realizó a Filipinas en 1968 -del que volvió “bastante afectado”- y su posterior destino a la selva peruana donde entró en contacto directo con los pobres y vio de cerca las desigualdades e injusticia lacerantes le hicieron comprender que el arte no podía ser solo belleza y armonía, sino también denuncia, consuelo y esperanza. Cambió las formas académicas y los colores suaves de su etapa europea por composiciones atrevidas, llenas de color y de fuertes contrastes. Se podría decir que fueron los pueblos indígenas de Latinoamérica los que le enseñaron a colorear la vida en sus dibujos desmesurados y como reñidos con la estética burguesa. 


Si es conocido como “el pintor de la liberación” es porque él puso formas y colores a la teología que acompañó el caminar de la Iglesia latinoamericana durante las últimas tres décadas del siglo XX. Junto a la denuncia de las injusticias, pintadas con trazos valientes y sombríos, la luz siempre venía de Jesús y de María. Temas como la Palabra de Dios, la Eucaristía, el Corazón de María, el martirio y la comunidad comensal y peregrina son recurrentes en casi todos sus trabajos. Yo mismo me he servido de muchos de sus diseños en presentaciones audiovisuales y composiciones de todo tipo. Siempre vi en él a un artista que enseguida captaba el mensaje y sabía interpretarlo desde su experiencia artística. El arte figurativo -e incluso abiertamente catequético de sus 35 años latinoamericanos- se fue haciendo cada vez más abstracto y universal en sus últimos años salmantinos, como si su madurez espiritual y artística le hubiera llevado a una superación de cánones y fronteras. Un verdadero artista es siempre un explorador, no solo un artesano. 


Me alegro de escribir estas líneas de recuerdo, gratitud y homenaje en el día en que este blog alcanza las 2.700 entradas, cifra que coincide -¡sorpresas de la vida!- con el número de amigos en mi cuenta de Facebook. 

Encomendamos al Dios de la Vida (expresión muy usada en Latinoamérica) a Mino, que con tanto tesón se dedicó a pintar para que muchos tuvieran vida y la tuvieran en abundancia.

Os dejo con el soneto compuesto por Ángel Ferrero el día de su funeral, sábado 21 de febrero de 2026, en Colmenar Viejo (Madrid).

A Mino Cerezo Barredo
en el día de su funeral 

Un polícromo llanto de pinceles

anda por las esquinas claretianas
cerrando los postigos y ventanas
con hojas de silencios y laureles.

Un revuelo de fúnebres papeles
mezclados con redobles de campanas
y un reguero de lágrimas humanas
empapando los rústicos manteles.

A golpe de pinceles como espadas
pasó Mino Cerezo por la tierra
denunciando injusticias solapadas.

Hoy mi palabra convertida en rezo
por su memoria como ciego yerra
con un ramo de flores de cerezo.

Y ahora, un breve testimonio de Mino y de su hermano Gonzalo, fallecido en 2020. 



domingo, 22 de febrero de 2026

Palabra contra Palabra


Decía Ignacio de Loyola que el diablo es más peligroso cuando actúa sub angelo lucis; o sea, fingiendo que es un ángel de luz, seduciéndonos con algo que tiene apariencia de bien, pero cuyo objetivo es apartarnos del camino. Todos los años la liturgia del I Domingo de Cuaresma nos propone el relato de las tentaciones de Jesús en sus distintas versiones. Este año le toca a la del evangelista Mateo, que es la prototípica. Jesús se prepara para su misión haciendo un noviciado intensivo en el desierto. Es, como se dice en la jerga de la vida religiosa, el tiempo de “probación”. 

Sirviéndonos de una metáfora musical, podríamos decir también que es el momento para escoger qué clave quiere poner en el pentagrama de su misión evangelizadora. Según la clave escogida (no es lo mismo la clave de sol que la de fa, por ejemplo), así sonarán las notas de los distintos compases. El diablo le propone una clave vistosa, caracterizada por la eficacia inmediata, la espectacularidad y el poder. De esta manera su mesianismo será reconocido por todos. Podrá presentarse como ese rey triunfador que su pueblo esperaba desde hacía siglos. De todos modos, el diablo no es tan tonto como para proponer las cosas abiertamente. Utiliza un argumento de autoridad. Invoca la Biblia. ¿Qué mejor herramienta que la Palabra de Dios convenientemente etiquetada?


Jesús, el hombre de la Palabra, no se deja engañar. Frente a una Palabra adulterada, reacciona con una Palabra auténtica. A diferencia de Adán y Eva, no cae en la trampa de querer hacerse Dios. Se somete voluntariamente al señorío del Padre. El diablo no contaba con este aplomo filial. Se va con el rabo entre las piernas, aunque, en realidad, nunca se va del todo. Siempre está ahí como esa pegajosa voz de doblaje que se superpone al sonido original. 

La tentación no es solo el exordio de la misión de Jesús. Es su compañera permanente. Por eso, necesita atarse a la Palabra de Dios para no dejarse engañar por las palabras manipuladas. Necesita dejarse servir por los ángeles que le anuncian el verdadero sentido de su misión. Su mesianismo no será de poder y dominio, sino de servicio y entrega. No buscará la espectacularidad, sino la humillación. No transformará la realidad a golpe de varita mágica, sino con el poder del amor. 

Colocada esta clave, todas las notas del pentagrama evangelizador van a sonar de otra manera. Tienen el timbre de la escucha, la compasión, la misericordia, el consuelo, el perdón, la paz y la alegría. El diablo no sabe de esto. Él es un especialista en división, amargura, rivalidad, envidia, odio y tristeza, aunque -como buen estratega- use a menudo las armas del realismo, la sensatez y la necesidad de ser eficaces en este mundo competitivo.


Nosotros podemos reproducir la película de Adán y Eva en el paraíso (primera lectura del Génesis) o podemos escoger acompañar a Jesús en el desierto (relato del Evangelio de Mateo). En el primer caso, el guion está servido: “La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió”. Querer ser como dioses “en el conocimiento del bien y del mal”, tener todo bajo control, es una tentación recurrente. Se puede llamar Patria de la Identidad, Superhombre o Inteligencia Artificial. 
Las formas cambian a lo largo de la historia. La sustancia es la misma: vivir “como si Dios no existiera”. 

El resultado tampoco difiere con el paso del tiempo: “Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”. La desnudez de nuestra indigencia es el punto al que siempre llegamos cuando jugamos a ser como dioses, cuando sustituimos la humildad de criaturas por el orgullo de aspirantes divinos. ¿No es esta “desnudez” el sentimiento que hoy nos domina, la sensación de haber perdido nuestra verdadera identidad por el vano deseo de rechazar nuestra condición creatural? 

Si, por el contrario, escogemos acompañar a Jesús al desierto, seremos puestos a prueba, oiremos voces lisonjeras que nos propondrán vivir felices “como si Dios no existiera” y nos empujarán a buscar el éxito a toda costa, a disfrutar del sexo y otros placeres, a erigirnos por encima de los demás… porque todas esas cosas -he aquí la sibilina estrategia del diablo revestido de ángel de luz- son indicadores de un ser humano emancipado, libre, moderno y feliz. 

No hay otra forma de no caer enredados en estos mensajes seductores que utilizar, como hizo Jesús, la fuerza desarmante y liberadora de la Palabra de Dios. Frente a las palabras envenenadas que buscan apartarnos del camino, solo la Palabra de Dios auténtica nos recuerda quiénes somos, cuál es nuestra meta y por dónde se llega a ella. Aunque originariamente seamos “hijos de Eva”, es mejor aspirar a ser “discípulos de Jesús” y dejarnos guiar por él. 

Os dejo con el comentario de mi amigo mexicano Heriberto García Arias. Él hace una aplicación del Evangelio de hoy a la vida cotidiana desde otra clave



viernes, 20 de febrero de 2026

Abbá, Padre


Me ha sorprendido un artículo de El Debate en el que se habla del secreto de un cartujo para encontrar a Dios Padre en nuestra vulnerabilidad. El cartujo es Dom André Poisson (1923-2005), quien ingresó en la Gran Cartuja con 23 años y con 44 fue elegido Prior y Ministro General de la Orden. El libro en el que trata sobre la experiencia de Dios a partir de nuestra vulnerabilidad se titula La oración del corazón

No he tenido oportunidad de leerlo, pero el resumen del periódico ha encendido una lucecita dentro de mí. Sintonizo con la manera como presenta el verdadero sentido de la oración. Dado que en Cuaresma volvemos con más ahínco a la tríada ayuno-oración-limosna, merece la pena seguir profundizando en uno de sus elementos: la oración.


Muchas personas me confiesan que no saben cómo orar. Apenas transcurren unos minutos en silencio, se aburren. No saben si servirse de fórmulas hechas o dejar que fluyan palabras espontáneas. Han oído muchas veces decir que la verdadera oración va más allá de las palabras, que es una relación de amistad, pero no saben bien qué significa esto. Se sienten perdidas. Las distracciones enseguida se enseñorean de su tiempo. Miran a menudo al reloj. Tienen la impresión de que los minutos duran mucho más de sesenta segundos. Una vez que han despachado sus peticiones habituales, ya no saben qué más hacer. 

Les han dicho que la oración es espera y paciencia. Esta fórmula puede valer para unos pocos días, pero cuando se prolonga en el tiempo conduce a una sensación de vacío que se hace insoportable. Algunos expertos la llaman aridez y hacen interpretaciones muy sutiles. Otros se decantan por animar a la perseverancia. Recuerdan las palabras de Jesús: “Buscad y hallaréis”. Sin embargo, muchos orantes tienen la impresión de no hallar nada, ni siquiera esa pequeña dosis de serenidad y consuelo que prometen algunas técnicas de meditación tradicionales y modernas. ¿Qué hacer entonces?


Me parece que el cartujo Poisson, desde su experiencia acendrada, nos ofrece una clave que puede ser útil. Se trata de aceptar que somos frágiles, que no podemos hacer todo lo que nos gustaría, que hay una brecha entre nuestros deseos y nuestras acciones, que nos distraemos cuando pretendemos estar atentos, que reducimos la relación a transacción, que nos cansamos de nuestros propósitos, que buscamos efectos inmediatos… Todos estos indicadores ponen nombre a nuestra vulnerabilidad. 

Lo que necesitamos después de haberla explorado es cambiar la clave. El territorio de Dios no es la perfección en la que todas las piezas del puzle encajan y a cada acción le sigue un efecto preciso, sino precisamente la vulnerabilidad. Si algo aprendemos en la historia de Jesús es que él descendió a la experiencia humana, la atravesó por dentro. Nos ayudó a descubrir que Dios se hace presente en los entresijos de nuestras pobrezas y contradicciones. En ellas y desde ella podemos llamar a Dios Abbá (padre). Sabernos hijos amados es lo máximo a lo que podemos aspirar en esta vida. 

En algunos casos esta experiencia teologal viene preparada por una amorosa y sana relación con nuestros padres terrenos, que se convierten entonces como en un signo visible y palpable del Padre celestial. En otros casos -más frecuentes de lo que pudiera parecer- las distorsiones afectivas en relación con nuestros padres dificultan y hasta impiden creer (no digo solo sentir) que Dios es el Abbá que nos sostiene, sobre cuyo amor construimos la casa de nuestra existencia. 

Necesitamos recordar que por el bautismo se nos ha dado el Espíritu Santo que clama siempre en nuestro interior: Abbá, Padre (cf. Gal 4,6). A veces, no hay mejor oración que la que repite, con el ritmo de la respiración, este susurro del Espíritu: Abbá, Padre. Han sido varias las personas que me han confesado que su oración consiste en esto. Y que esa repetición no es solo un mantra que aquieta las tensiones corporales, sino un camino que los va adentrando en las profundidades de la paternidad divina, de modo que, casi sin darse cuenta, se van experimentando como hijos o hijas de Dios. ¿Será esta la oración del corazón? ¿Oraría Jesús de esta manera cuando se retiraba a un lugar solitario? La Cuaresma es una oportunidad para experimentarlo.



jueves, 19 de febrero de 2026

La Pascua está cerca


Cada vez se me hace más difícil escribir con regularidad. De hecho, hace más de una semana que no me he asomado a este Rincón. Atrás quedaron la hermosa experiencia vivida con el monasterio de la Conversión, el paso fugaz por Sevilla para celebrar el matrimonio de unos amigos y el comienzo de la Cuaresma. ¡Ni siquiera he comentado la actuación de Bad Bunny en la final de la Super Bowl que tanto ha dado que hablar! De vuelta a casa, dispongo de algo más de tiempo. 

A las lluvias infinitas les ha seguido un tímido sol de invierno. Falta algo más de un mes para que empiece la primavera, pero parece que este fin de semana puede ser un anticipo. Se agradece una tregua en medio de esta larga batalla invernal. Los periódicos continúan con su particular guerra. Siguen bombardeándonos con noticias que invitan a no salir de casa. Solo la Cuaresma nos habla de que al final del camino está la Pascua. La fe cristiana siempre ha sabido combinar un sano realismo (vivimos en un “valle de lágrimas”, como cantamos en la Salve) con una esperanza inquebrantable en el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor de Dios sobre el mal producido por los seres humanos.


A algunos este mensaje les parece obsoleto. Dicen que el mundo ha mudado mucho y que necesitamos un “cambio de paradigma”. Esta expresión ha hecho fortuna entre muchos intelectuales cristianos. No sabemos bien qué significa, pero suena a algo rompedor, moderno. Es probable que lleven razón. La sociedad digital no parece casar bien con maneras medievales o tridentinas de expresar la fe. El esfuerzo por inculturarla en este siglo XXI sigue adelante. No es solo una tarea de los intelectuales. Es, sobre todo, una experiencia que llevamos adelante todos los creyentes. Al fin y al cabo, todos vivimos en este siglo. Podemos tener ideas diferentes, pero, al final, usamos un teléfono móvil o una tarjeta de crédito y nos desplazamos en coche, autobús, tren o avión. Algunos prefieren hacerlo en bicicleta o en moto. 

Más allá de las formas como concebimos y expresamos la fe, la acción misteriosa del Espíritu Santo va uniendo los eslabones de esta larga cadena que llamamos Iglesia. Aunque no nos expresemos en griego como Pablo de Tarso o no tengamos la potencia intelectual de Agustín de Hipona y su dominio del latín, aunque seamos menos pobres que Francisco de Asís o carezcamos del ímpetu misionero de Francisco Javier, todos seguimos confesando a Jesucristo como el centro de nuestra vida. Este es el corazón de la fe cristiana. En medio de los continuos cambios históricos, “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre” (Hb 13,8).


En los primeros compases de la Cuaresma es imprescindible colocar al comienzo del pentagrama de nuestra vida la clave de Jesús para que todas las notas cobren su verdadero significado. Leer un libro profundo y sugerente ensancha la mente. Contemplar un cuadro hermoso o escuchar una composición musical inspirada dilata nuestro fondo emocional. Encontrarnos con un científico tenaz o con un político honrado nos devuelve la confianza en la capacidad de los seres humanos. Todo suma. Pero, al final, lo que nos llega al corazón, lo que insufla esperanza en momentos de incertidumbre o desánimo es comprobar que sigue habiendo hombres y mujeres que, en medio de las pruebas de la vida, siguen creyendo en Jesucristo. 

Tal vez no son las personas más inteligentes, guapas ni siquiera buenas, pero los verdaderos creyentes son como centinelas en medio de la noche. Sin pronunciar palabras, nos dicen por dónde amanece, qué camino debemos seguir, sobre qué cimientos podemos asentar nuestra vida. Quizás la Cuaresma es el tiempo litúrgico más apropiado para entrar en contacto con algunas de estas personas. Su contagio benéfico nos ayudará a seguir caminando hacia la Pascua: la litúrgica (que este año cae el 5 de abril) y la personal (cuya fecha ignoramos).



martes, 10 de febrero de 2026

Qui cantat bis orat


Si esto sigue así algún día más, acabaremos convirtiéndonos en Irlanda. La niebla y una constante lluvia me acompañan desde ayer por la mañana. Ni siquiera se divisa la sierra de Gredos. A través de los cristales veo que la tierra ya no puede absorber tanta agua acumulada. Se van formando arroyuelos y charcos en las pequeñas hondonadas del camino que serpea desde la casa en la que vivo hasta la capilla que se levanta sobre un promontorio que mira a la montaña. Me viene a la memoria el famoso “recuerdo infantil” de Antonio Machado: “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”. 

Esa “monotonía de lluvia tras los cristales” me invita a la meditación. Todo es silencio a mi alrededor. Solo oigo el suave rumor de las gotas que golpean las tejas. Pienso en las personas que viven inmersas en un ruido constante. Comprendo su estrés. El ruido enferma; el silencio cura. En el silencio se disfruta más del canto. Reconozco que esta comunidad del monasterio de la Conversión canta como los ángeles. A menudo, las hermanas acompañan el canto con la cítara, la guitarra, la flauta y el violonchelo. Tanto cuando cantan al unísono como cuando lo hacen a voces, el resultado es armónico y bello. Me dejo llevar. Aunque me sé algunas de las canciones, procuro no estropear su canto con una voz masculina solitaria.


Oyéndolas, he recordado la frase atribuida a san Agustín: 
“Quien canta ora dos veces”. Ellas son de tradición agustiniana. Pero he recordado también lo que Dietrich Bonhoeffer dice sobre el canto en su conocido libro Vida en comunidad. Como lo tengo a mano, transcribo algunos párrafos. Empecemos por lo que no se debe hacer:
“Existen algunos enemigos del canto al unísono que deben ser eliminados sin contemplación de la comunidad. A través del elemento musical es por donde llegan a introducirse más fácilmente en el culto el mal gusto y la frivolidad. Entre esos enemigos, señalamos en primer lugar la segunda voz improvisada, tan frecuente en los cantos en común y que, intentando dar base y plenitud a la melodía que flota libremente, mata la melodía y la palabra cantada. Otro de los enemigos es la voz baja o alta que se cree en la obligación de llamar la atención de todo el mundo sobre la potencia de su registro cantando una octava diferente. Algo parecido sucede con el solista que quiere hacer valer su magnífica voz cubriendo la de los otros cantores con fortísimos exagerados. Enemigos también, aunque menos peligrosos, son los que «no tienen oído», y por esta razón no quieren cantar, aunque son menos numerosos de lo que pretenden. Más numerosos, en cambio, son los que, a causa de su estado anímico o mal humor, no quieren unirse al canto, rompiendo así la unidad de la comunidad”.

¿Sucede algo de esto en nuestras comunidades? Me temo que Bonhoeffer ha dado en la diana. Pero dejemos que nos anime con algunas reflexiones positivas:
“Cuanto más cantemos, tanto mayor será nuestra alegría; y sobre todo, cuanto mayor sea el espíritu de comunidad, de disciplina y de alegría con que cantemos tanto más rica será la bendición que se derramará sobre la vida comunitaria. Es la voz de la Iglesia la que se hace audible en el canto en común. No soy yo el que canta sino la Iglesia, pero como miembro de la Iglesia puedo participaren su canto. Así, el canto en común debe servir para ampliar nuestro horizonte espiritual, para llevarnos a reconocer nuestra comunidad como un eslabón de la gran comunidad cristiana extendida por toda la tierra, ya unir libre y gozosamente nuestro canto -débil o potente- al canto de la Iglesia”.

Sigue la lluvia impenitente. Se ve que hemos cantado demasiado o que no lo hemos hecho muy bien.  


 

lunes, 9 de febrero de 2026

El ruido y el silencio


De lejos veo las montañas nevadas. El cielo está gris. Cae una lluvia menuda. La temperatura no pasa de los 8 grados. Llegué ayer al monasterio de la Conversión para animar el retiro anual de una joven comunidad agustiniana. Hay hermanas de diez países: España, Yemen, Perú, Hungría, Alemania, Costa Rica, Polonia, Colombia, Irlanda, Italia, México y Ecuador. Me hubiera gustado haber estado en Madrid para hacerme presente en la asamblea sacerdotal Convivium, pero no es posible participar en dos acontecimientos distantes al mismo tiempo. 

Considero un regalo disfrutar de varios días de silencio y oración en un lugar preparado para ello. El monasterio se alza en la ladera de una montaña cubierta de pinos. De frente se yergue la nevada sierra de Gredos. La primera vez que visité este lugar fue el pasado mes de junio en compañía de mi comunidad. El asfixiante calor de entonces ha sido sustituido por un frío que se combate bien con el sistema de geotermia que tienen en el monasterio. 

Dispongo de mucho tiempo para poder escribir con calma después de una semana en que, debido a los muchos compromisos, no he tenido tiempo para hacerlo. Participé en el encuentro de los claretianos de mi provincia de Santiago nacidos entre 1949 y 1965, di mis clases en el ITVR de Madrid y dirigí un taller de sinodalidad con las religiosas concepcionistas que se preparan para la profesión perpetua.


Cabalgando estas tareas, me leí la versión en PDF del libro La scelta que hoy presentará en Milán Alberto Ravagnani y que mañana saldrá a la venta. Don Rava (como es conocido) es un joven sacerdote italiano que, a sus 32 años, ha decidido dejar el ministerio. Su decisión (scelta) ha tenido una enorme repercusión mediática en Italia y otros países (entre ellos España) porque era muy famoso en el ámbito de las redes sociales. Yo no lo conozco personalmente, pero lo he seguido a veces en internet y me he referido a él en este blog en varias ocasiones. 

En el libro de 304 páginas (que me envió desde México un amigo mío que conoce personalmente a don Alberto) explica con mucho detalle lo que, de manera resumida, presenta en un vídeo de siete minutos. Los motivos de su decisión tienen que ver con el deseo de vivir en verdad y libertad, la sensación de sentirse constreñido como sacerdote, sus dificultades para vivir el celibato, la brecha que observa entre la Iglesia y las nuevas generaciones, algunos problemas referidos a la doctrina, la moral y la liturgia, el aislamiento con respecto a sus compañeros y superiores… y otras muchas cosas que no son fácilmente resumibles porque se trata de experiencias vitales únicas. 

Los ecos que ha tenido su decisión son amplios y muy variados. Van desde la comprensión más empática (con aplausos por su sinceridad y valentía) hasta el rechazo más crítico (por su infidelidad, su desfachatez y la exhibición abusiva de su decisión), pasando por una ancha gama de matices que acentúan el precio pagado por su sobrexposición mediática y la fuerte dosis de narcisismo y hasta de mercantilismo que encierra. Hay muchas personas que se han sentido engañadas e incluso traicionadas. Don Rava las había animado a vivir la fe con radicalidad, las había invitado a ser fieles a sus compromisos cristianos, y luego... No faltan las alusiones a la oración por él y por el éxito de su inmediato futuro. 

El caso de don Rava ha abierto, una vez más, la reflexión sobre el significado del ministerio ordenado en la Iglesia, sobre la conveniencia de seguir uniéndolo al celibato y sobre otras cuestiones que tienen que ver con los procesos de discernimiento, formación, ejercicio pastoral, etc. No son muchos los sacerdotes que dejan el ministerio y dan tantas explicaciones públicas de su scelta (decisión). Algunos las agradecen por lúcidas y valientes, pero otros hubieran deseado mayor discreción. 


A lo largo de mi vida sacerdotal he sido testigo de la salida de numerosos sacerdotes, algunos muy cercanos a mí. Cada historia es singular y debe ser abordada como tal. Huelga decir que los demás (por mucho que conozcamos de cerca algunos casos) no somos jueces para condenar estas decisiones, aunque no siempre las comprendamos. Como dijo Jesús a los judíos que acusaban a la mujer adúltera: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). El respeto es esencial, pero no juzgar a la persona no significa que no podamos -e incluso debamos- interrogarnos por las causas que suelen conducir a este tipo de decisiones. 

Cada crisis pone al descubierto responsabilidades personales, pero también, en la mayoría de los casos, grietas institucionales. Don Rava se encarga de examinarlas desde su perspectiva singular en un libro que hasta puede resultar casi impúdico por la manera como cuenta sus experiencias más íntimas en relación con la verdad, la libertad, el sexo, las relaciones, el trabajo, etc. Su tesis es que -jugando con las palabras en italiano- una fede che non si sceglie si scioglie (una fe que no se escoge se disuelve).

Estoy convencido de que procesos formativos más sinodales, más encarnados en la realidad pastoral y menos encerrados en estructuras seminarísticas pensadas para otros tiempos, pueden ayudar a los nuevos candidatos a prepararse mejor para vivir su ministerio con alegría en un contexto tan desafiante como el actual (sin el paraguas protector de una sociedad cristiana) y afrontar las crisis que tarde o temprano aparecen. No es la solución mágica a los problemas futuros, pero representa un modo más actual y eficaz de formarse para un ministerio hermoso pero difícil. 

Es cierto que lo esencial es una robusta experiencia espiritual (construir sobre roca, no sobre arena, por usar las palabras de Jesús), pero esta experiencia es inseparable de un buen ajuste psicológico, de relaciones saludables, de trabajo pastoral en equipo, de una preparación específica para gestionar con realismo las frustraciones y de un acompañamiento cordial, lúcido y crítico. No siempre se dan estos elementos en la vida de un sacerdote. Espero que la asamblea Convivium de la archidiócesis de Madrid aborde estas cuestiones con apertura y audacia y no naufrague en espiritualismos que no conducen a nada.



lunes, 2 de febrero de 2026

Tres preguntas inquietantes


Hoy, fiesta de la presentación del Señor, se celebra la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En España somos algo más de 30.000 personas pertenecientes a las distintas formas de vida consagrada, la mitad que hace un cuarto de siglo. A este ritmo de descenso continuado, hacia el año 2.050 podría haber desaparecido en nuestro país esta manera peculiar de ser cristianos. Algunos se lo preguntan con preocupación; otros simplemente creen que será así, dado que los fallecimientos se suceden a una media de 900 por año y son muy pocos los jóvenes que ingresan. 

No estoy seguro de que la mayoría de los cristianos sean conscientes de esta realidad. Quizá tienen una idea muy vaga de que la vida religiosa está en crisis desde hace años, pero no adivinan su verdadero alcance. En este contexto de disminución y envejecimiento, de fragilidad y cansancio, la Jornada de este año nos propone tres preguntas: 1) Vida consagrada, ¿a quién llamas?; 2) Vida consagrada, ¿a quién buscas?; 3) Vida consagrada, ¿a quien sirves? Las tres se cobijan bajo el paraguas de una más general: Vida consagrada, ¿para quién eres? Reconozco que las tres (o las cuatro) me han hecho pensar.


Vida consagrada, ¿a quién llamas?

Cuando uno cree que su forma de vida no tiene futuro no llama a nadie. Considera deshonesto invitar a los jóvenes a subir a un barco que está a punto de naufragar. Y, sin embargo, en esta dejación se agazapa una crisis que tiene también su vertiente social: el miedo moderno a ejercer la paternidad y la maternidad. No nos atrevemos a ser padres o madres. Hemos perdido la esperanza en el futuro. Nos cuesta aceptar con alegría el sacrificio que supone engendrar (llamar) a otros y acompañarlos en su proceso de crecimiento. Nos resignamos a ser un grupo de solterones o solteronas que solo piensan en vivir una existencia tranquila y que no quieren complicarse inútilmente la vida. 

El voto de castidad es mucho más que una gestión razonable de los impulsos afectivo-sexuales. Tiene mucho que ver con la capacidad de generar vida, de desgastarnos para que otros crezcan, de hacer de nuestra existencia una oblación a Dios y a los demás. Sin estas actitudes, es imposible llamar a otros con alegría y esperanza. La crisis vocacional es un síntoma de una realidad más profunda: la crisis de sentido, de esperanza y de paternidad y maternidad que existe en nuestra sociedad. 

Vida consagrada, ¿a quién buscas?

La vida consagrada no surgió en la Iglesia para prestar algunos servicios cualificados o para atender necesidades no cubiertas por la sociedad, aunque muchas formas modernas han incluido estos objetivos en su misión. Nació, sobre todo, para “buscar a Dios” (quaerere Deum) por encima de todas las cosas. Cuando esta búsqueda radical es silenciada o sustituida por otros objetivos -por muy nobles que sean- la vida consagrada pierde su razón de ser. Para enseñar en un colegio, atender a los enfermos en una clínica o estudiar teología no es necesario abrazar este estilo de vida. Hay muchos carismas laicales que se orientan en estas direcciones.

La búsqueda de Dios está relacionada con el voto de obediencia. Al fin y al cabo, obedecer significa “escuchar”. Se trata de “escuchar” a Dios para conocer su voluntad. El objetivo de la vida consagrada no es hacernos felices (el “dogma de la felicidad” es un asunto moderno), sino buscar y cumplir la voluntad de Dios. La felicidad, en todo caso, será un fruto añadido. Y siempre en medio de dificultades y renuncias.


Vida consagrada, ¿a quién sirves?

Sin pobreza no hay vida consagrada creíble. La pobreza implica un estilo de vida austero y sobrio, una cercanía cordial a los más necesitados y una dependencia absoluta de Dios. Hace años nunca hubiéramos imaginado que el voto de pobreza podría implicar también la aceptación serena de la disminución numérica, la fragilidad institucional y la incertidumbre respecto del futuro. Pero este es el tiempo que nos ha tocado vivir. Aceptarlo con sosiego sin sumirnos en la mera resignación es una de las expresiones actuales del voto de pobreza. 

Esta actitud va acompañada por una entrega decidida a quienes hoy necesitan presencia y cuidado. No hemos sido llamados para servir a quienes ya tienen la vida resuelta, sino a quienes buscan, piden, sufren y se sienten excluidos. Buena parte de la vida consagrada actual está sirviendo más bien a los sobrealimentados. Contribuye, sin pretenderlo, a una suerte de obesidad espiritual, mientras no tiene ojos para percibir las nuevas necesidades. Quienes hace tiempo se han desplazado hacia algunas de las periferias de nuestra sociedad no tienen tantos problemas. Servir a los más pobres es siempre una fuente de identidad. Nos recuerda quiénes somos y para quiénes hemos sido enviados.