martes, 10 de marzo de 2026

Un mensaje demasiado nuevo


A veces podemos tener la impresión de que el cristianismo es algo desgastado. Y otras que, en realidad, está por estrenar. Cuando uno lee, por ejemplo, el evangelio de hoy cae en la cuenta de que casi todo está por estrenar. El Evangelio sigue siendo una propuesta demasiado nueva que desnuda nuestros viejos hábitos. ¿Estamos preparados para practicar el tipo de perdón que Jesús nos propone en su parábola? Es obvio que su hisperbólica propuesta –“No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”– no se aplica nunca en el campo político y quizá pocas veces en el campo personal. 

Es como si todos fuéramos víctimas de una amnesia que nos impide recordar que estamos vivos porque hemos sido perdonados, que ninguno puede exhibir un historial inmaculado, que todos necesitamos el bálsamo del perdón. La pregunta que Jesús formula en su parábola debería figurar escrita en algún lugar de nuestro corazón como recordatorio permanente de lo que somos y de lo que tenemos que hacer: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.


Es imposible vivir con autenticidad y no tener enemigos. La autenticidad es una denuncia de la mentira y el encubrimiento. Es lógico, por tanto, que quien vive desde estas claves se revuelva contra quienes con su estilo de vida ponen en evidencia sus contradicciones. Todos los santos han tenido enemigos, a veces muy encarnizados. La oscuridad del mal no soporta la patencia de la luz. Estoy pensando en las persecuciones de todo tipo que tuvo que sufrir san Antonio María Claret. 

Y estoy pensando, sobre todo, en Jesús. Estamos preparándonos para celebrar su drama dentro de tres semanas. Si él, el Santo por excelencia, fue perseguido hasta la muerte, podemos imaginar la suerte que nos espera a quienes lo seguimos. Él mismo nos lo advirtió: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15,20). Cuesta mucho aceptar esta cara B del cristianismo, pero es el marchamo de autenticidad. Solo quien enciende una vela a Dios y otra al diablo no es perseguido. Solo quien sigue a pies juntillas los dictados del mundo recibe siempre adulaciones y parabienes.


¿Cómo perdonar cuando somos perseguidos, no por cometer un crimen o una injusticia, sino solo por ser fieles al Evangelio? ¿Cómo perdonar a quienes nos han humillado, herido o calumniado? ¿Cómo perdonar cuando hemos sido vejados en nuestra dignidad, cuando han abusado de nosotros o cuando hemos sido traicionados? Humanamente es imposible. Pareciera que el ser humano está genéticamente programado para devolver “ojo por ojo y diente por diente”. La justicia reparativa -y aun la venganza- funcionan... por defecto. No tenemos que hacer ningún esfuerzo para odiar a quienes nos hacen mal. 

La “novedad” del Evangelio –siempre por estrenar– es ir más allá del funcionamiento “por defecto”. Solo la gracia puede llevarnos a actuar como Dios, “que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45). La clave está en experimentar que todos somos perdonados, que vivimos porque Dios tiene misericordia de nosotros, porque escucha la oración de Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Sin esta experiencia de perdón, sin esta convicción de que nos somos perfectos con nuestras solas fuerzas, nunca entenderemos la pregunta de Jesús: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.


lunes, 9 de marzo de 2026

Controlar el relato


Le he preguntado a la IA qué significa “controlar el relato”. Su respuesta ha sido clara: “Controlar el relato es gestionar la percepción pública interpretando los hechos para influir en lo que la gente piensa. Implica definir una narrativa central, simplificar mensajes, segmentar la audiencia y mantener consistencia para movilizar apoyos, justificar acciones y desacreditar adversarios. Es una herramienta de poder clave utilizada por gobiernos, empresas y figuras públicas”. 

Creo que expresa en pocas palabras lo que yo quería decir, pero no me quedo del todo satisfecho. Le pregunto por las tácticas clave para controlar la narrativa. Su respuesta ahora es más articulada:


  • Simplificación y Emoción: Evitar matices y dudas, priorizando mensajes emocionales que capturan la mente sobre hechos objetivos.
  • Centralización del Mensaje: Toda la comunicación oficial debe provenir de una única fuente, inundando el ciclo de noticias con una versión propia.
  • Creación de “buenos” (léase, progresistas) y “malos” (léase, ultraderecha): Establecer una dicotomía clara donde el emisor es la solución y el adversario es el culpable de los problemas.
  • Gestión del Tiempo: Definir no solo qué se cuenta, sino cuándo y cómo, utilizando el presente para dar sensación de acción inmediata.
  • Consistencia y Autenticidad: Mantener el mismo mensaje en el tiempo para afianzar la narrativa, incluso por encima de los hechos.
Y termina así: “En el contexto actual, controlar el relato es el campo de batalla principal donde se gana o pierde el poder, transformando a los ciudadanos en seguidores que creen firmemente en una historia predeterminada”.


No sé si al lector de este blog le resultan familiares estos conceptos y estrategias.
A mí me parece el guion perfecto seguido por gobiernos, empresas y medios de comunicación. Controlar el relato es, en el fondo, un eufemismo moderno para referirnos a lo que antes llamábamos redondamente “manipulación”. 

¿Es posible que, a pesar de conocer sus entresijos, seamos sus víctimas? No solo es posible, sino que la estrategia va en aumento. Todavía hoy podemos darnos un poco de cuenta. Con ayuda de la IA pronto seremos prisioneros de formas indetectables.


Frente al “control del relato” solo nos queda creer en la “fuerza de la historia”. Para los creyentes, la gran historia que se resiste a toda manipulación -por más que unos y otros lo intentemos- es la historia de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Eso es lo que vamos a celebrar con intensidad la próxima Semana Santa. 

Contar la historia de Jesús tal como nos ha sido transmitida por los Evangelios (es decir, leída desde la fe) es un antídoto contra toda forma de manipulación. En Jesús reconocemos el camino, la verdad y la vida. No hay “relato” que resista la fuerza liberadora de la historia de Jesús. Eso nos salva y nos ayuda a mantener viva nuestra esperanza, a pesar de los pesares.

domingo, 8 de marzo de 2026

Te espero junto al pozo


La liturgia cristiana es un reloj que marca siempre “la hora de Dios” cuando nuestros relojes marcan otras horas como, por ejemplo, la hora de la guerra o la del día de la mujer. En este III Domingo de Cuaresma, el reloj litúrgico marca la “hora sexta”, la hora del encuentro de Jesús con la mujer samaritana 
“junto al pozo de Jacob”. 

A lo largo de los años, he escrito varias veces en este blog sobre este largo relato del capítulo 4 del evangelio de Juan. Sus 38 versículos están sobrecargados de símbolos (pozo, mediodía, sed, agua, alimento, marido, etc.) que admiten varios niveles de lectura y distintas interpretaciones. 

Hoy quisiera leerlo como un viaje espiritual dividido en tres etapas: idolatría, adoración y misión. Es el viaje que una mujer anónima (étnicamente impura, religiosamente heterodoxa y moralmente pecadora) hace acompañada por Jesús (profeta, mesías, salvador: los tres títulos que aparecen en el relato). En realidad, el viaje de la mujer es una metáfora del viaje al que cada uno de nosotros estamos llamados en la “hora sexta” de nuestra vida, en esa hora en la que nos encontramos inesperadamente con Jesús.


Primera etapa: idolatría

A menudo decimos que hoy vivimos en una sociedad increyente, pero sería más preciso calificarla de idolátrica. Muchas personas dicen no creer en Dios, pero a menudo no son conscientes de que ponen su confianza en los ídolos. Algunos son de larga data (como el dinero, el sexo o el poder). Otros tienen nombres más modernos, aunque sirven para canalizar pasiones intemporales: fútbol, música, tecnología, etc. Estos ídolos son los “cinco maridos” con los que alguna vez se desposaron. Como todo ídolo, exigen pasión, dinero y tiempo. 

Y, como todo ídolo, crean adicción y dejan el corazón hecho jirones, vacío e insatisfecho porque los seres humanos tenemos una sed que no se sacia con estas realidades creadas. Tomar conciencia de este vacío y experimentar la sed de otra agua es el punto de partida de todo proceso de conversión. Tenemos muchos ejemplos de hombres y mujeres de ayer y de hoy que han vivido esta experiencia.


Segunda etapa: adoración

El cambio se produce cuando Jesús entra en la vida de las personas y nos pide de beber. Paradójicamente, nosotros solo podemos ofrecerle el agua de nuestra sed. Si nos faltan palabras, podemos echar mano del salmo 62: “Tengo sed de ti como tierra reseca, agostada, sin agua”. Cuando aceptamos nuestra indigencia y empezamos a barruntar, siquiera tímidamente, el “don de Dios”, Jesús se ofrece como agua viva: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. 

Ese surtidor es el Espíritu Santo. Por eso, cuando uno se encuentra con Jesús ya no necesita vivir una religiosidad ligada a lugares o prácticas. Jesús es el verdadero “lugar de Dios”. La fe se convierte en una nueva y radical forma de adoración: “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. He aquí el fundamento de una nueva espiritualidad que consiste en vivir en verdad, movidos por el Espíritu de Jesús, liberados del peso de la ley. Adorar a Dios “en espíritu y verdad” es la respuesta más alternativa a la idolatría en la que vivimos.


Tercera etapa: misión

La mujer idólatra, aprendiz de verdadera adoradora, es también una misionera. Con la fuerza de su testimonio y de su palabra consigue llevar a la gente de su pueblo a Jesús y luego desaparecer. No hay misión más hermosa que la de preparar el camino y dejar que Jesús ocupe todo el espacio: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Nada sustituye a la fuerza de la propia experiencia: “Nosotros mismos lo hemos oído”. Hay mucho que testimoniar en la sociedad en la que vivimos. Jesús no ha perdido un ápice de su magnetismo. Sigue llegando al corazón de muchas personas que apagan su sed de trascendencia con el agua de su Espíritu y que acaban reconociéndolo como “salvador”.


El itinerario que se nos propone en este domingo es una invitación a la esperanza, nada está perdido. Los mejores evangelizadores son los idólatras que se han encontrado con Jesús “junto al pozo de Jacob” (símbolo de la mejor tradición) a la “hora sexta” (símbolo de luz y plenitud).




viernes, 6 de marzo de 2026

Las locas del obelisco


Hoy se llama Paseo del General Martínez Campos, pero a finales del siglo XIX se lo conocía como Paseo del Obelisco porque partía de la glorieta del Obelisco (actual plaza de Emilio Castelar) en la que se había erigido un obelisco con motivo del nacimiento de la futura reina Isabell II. Pues en ese paseo, abierto en 1889, estaba la casa en la que Mariana Allsopp -joven aristócrata mexicana (hija de padre inglés y madre española), afincada en Madrid- y sus compañeras empezaron a acoger a algunas mujeres víctimas de la prostitución. A la gente del lugar no le gustaba nada esta perturbadora actividad. Por eso, para desacreditar a las jóvenes intrépidas, pronto empezaron a llamarlas “las locas del Obelisco”, que es cabalmente el título elegido para la película que recrea esta historia y que se estrenará en varios cines españoles el próximo viernes 13 de marzo. 

Tuve oportunidad de ver un pase anticipado el pasado miércoles en el cine Embajadores Río. Me invitaron las Hermanas Trinitarias, que tienen su casa madre a pocos metros de donde vivo. Conozco personalmente al director -Pablo Moreno- y a la productora porque son los mismos que se encargaron de las películas Un Dios prohibido (sobre los beatos mártires claretianos de Barbastro) y Claret (sobre san Antonio María Claret, fundador de mi congregación misionera).


Fui al cine con gusto, pero no me esperaba lo que me encontré. Confieso que, desde el comienzo hasta el final, la película me atrapó y me conmovió. A pesar de mi relación cercana con las Hermanas Trinitarias, de cuya curia general somos capellanes los claretianos, apenas conocía la vida de sus fundadores: el sacerdote madrileño Francisco de Asís Méndez Casariego y la joven mexicana Mariana Allsopp, ambos con procesos de beatificación abiertos. Sus tumbas se encuentran en la iglesia de la casa madre de las Trinitarias en la calle Marqués de Urquijo. 

La película explora el submundo de la prostitución femenina en el Madrid de finales del siglo XIX, una ciudad marcada por la desigualdad, la hipocresía y la miseria moral. Para ello se sirve de la historia de Teresa y Candela, dos chicas de pueblo que vienen a Madrid para buscar trabajo, pero que pronto caen en las redes de los proxenetas. Al mismo tiempo, la joven aristócrata Mariana Allsopp experimenta un proceso interior de conversión cuando entra en contacto con la realidad de estas mujeres explotadas. Inspirada y alentada por el sacerdote Francisco de Asís Méndez, Mariana decide abandonar su vida cómoda y, junto con otras compañeras, unir su suerte a la de estas chicas y mujeres que son obligadas a ejercer “el oficio más antiguo del mundo”.


La película te remueve en la butaca porque, aunque habla del siglo XIX, el espectador enseguida cae en la cuenta de que algo parecido sigue existiendo hoy. Bajo la apariencia de una ciudad moderna y acogedora, Madrid -como cualquier otra ciudad del mundo- esconde una realidad sórdida que a menudo no queremos ver para que no perturbe nuestra tranquilidad. 

Lo más esperanzador es que lo que hacen Francisco de Asís y Mariana lo siguen haciendo hoy algunos hombres y mujeres anónimos que nos redimen de nuestra mediocridad. También ellos y ellas descienden a estos submundos -invisibles para la mayoría- para comprobar que, detrás de etiquetas como prostituta, chapero o yonqui hay seres humanos con historias violadas, heridas sin curar y sueños incumplidos. 

Las locas del obelisco es una película que no te deja matar el tiempo a base de palomitas y Coca-Cola, que te mantiene en vilo, que te cuestiona el estilo de vida y te obliga a preguntarte si todavía hay causas por las cuales merece la pena arriesgar la vida. Al salir del cine, las luces de los bares y tiendas de la calle Embajadores se imponen a la sordidez de las historias de explotación, pero la inquietud abierta en canal no desaparece fácilmente. Necesitamos películas que nos “amarguen” un poco el fin de semana. Ya hay demasiadas cuyo único objetivo es entretenernos o incluso anestesiarnos.



martes, 3 de marzo de 2026

La realidad no entiende de ensoñaciones


Me he desayunado con un descarnado artículo de El Debate que me ha obligado a pensar. Se titula “La realidad que no queremos ver”. Lo firma Jano García, uno de sus habituales y polémicos columnistas. Lo que viene a decir es que lo que ha hecho Donald Trump (con la ayuda imprescindible de Netanyahu) en Irán es injusto e inmoral, pero -cito textualmente- “la realidad no entiende de ensoñaciones”. Dicho en plata: “Nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral, pues solo un insensato puede creer que la geopolítica posee un mínimo de humanidad”. A continuación, multiplica algunos ejemplos históricos. 

Jano cree que la sociedad occidental -y en particular Europa- no está preparada para esta cura de realidad. Se halla en situación terminal: “Es como un jubilado que no quiere líos en los últimos coletazos de su vida. Que no le toquen la pensión, que en diez años está muerto y ya el que venga detrás que se arregle con la quiebra del sistema”. O sea, que estamos demasiado cansados como para embarcarnos en problemas. Preferimos que otros nos invadan (da igual que sean chinos comunistas o musulmanes fundamentalistas) con tal de que nos dejen tomarnos una cerveza fría y nos aseguren las pensiones de jubilación. 


Según él, Donald Trump está intentando abrirles los ojos a los cansados europeos, pero “a los occidentales la realidad no les gusta y prefieren pensar que el mundo está compuesto por los vídeos absurdos que aparecen en TikTok o Instagram”. O sea, que todos nos declaramos pacifistas, ecologistas, feministas y librepensadores desde el salón de nuestra casa mientras vemos una serie de Netflix con una Coca-Cola en la mano. Si en el futuro las cosas vienen mal dadas, que Estados Unidos ponga los dólares, los aviones, las bombas y los muertos. ¿Queda alguna cerveza en el frigorífico? 

Artículos como el de Jano García son provocativos. Nos despiertan de una cierta modorra buenista que parece imperar entre nosotros. Desmontan nuestros tinglados éticos facilones y de bajo coste. Reivindican la urgencia de análisis más lúcidos y de compromisos más sacrificados. Nos recuerdan que no estamos viviendo en Disneyland sino “in hac lacrimarum valle” y que la paz y prosperidad de las que ahora gozamos han sido el resultado de guerras y victorias, de dominaciones y explotaciones. Somos los nietos ricos de padres y abuelos pobres que han tenido que mancharse las manos de tierra y a veces de sangre.


Dicho esto, hay una pregunta que nos hierve a los cristianos: ¿No hay más alternativa que la lucha despiadada o la débil sumisión? ¿Es verdad que “nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral”? La historia nos enseña que las civilizaciones se han abierto paso casi siempre a base de guerras, conquistas e imposiciones culturales. Es innegable. Los intereses han determinado casi siempre los movimientos geopolíticos. Pero los cristianos nos agarramos con uñas y dientes a ese casi. 

Si hay alguien que haya explorado hasta las simas más profundas las contradicciones humanas ha sido, sin duda, el cristianismo. Los seguidores de Jesús somos mineros del “misterio de iniquidad” que envuelve todo. Se nos podrá acusar de muchas cosas, pero no de ingenuos o buenistas. El mal del mundo le ha costado la vida a Jesús. Pero sabemos algo más profundo y radical: que en la cruz de Jesús el mal ha sido derrotado. De aquí nace la inmarcesible esperanza cristiana, que es el motor que nos impulsa a creer en el poder transformador de la gracia. 

Es verdad que los intereses determinan casi siempre el avance de la historia, pero es más verdad que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20) y que el amor es más poderoso que el odio. No es necesario que lo diga la pancarta de Bud Bunny en el intermedio de la Super Bowl: “The only thing more powerful than hate is love”. Es el legado que Jesús nos dejó a sus seguidores y del que no podemos prescindir, aunque nos vaya la vida en ello: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34-35). También la historia está llena de ejemplos de amor elocuentes que la han hecho avanzar más que los intereses económicos y las guerras.

lunes, 2 de marzo de 2026

Después del domingo viene el lunes


Como se esperaba (o se temía, según los casos), la película Los domingos se alzó con el premio Goya a la mejor película en la gala que se celebró el pasado sábado en Barcelona. Consiguió otros cuatro premios más: mejor guion original, mejor directora (Alauda Ruiz de Azúa), mejor actriz protagonista (Patricia Gómez Arnaiz) y mejor actriz de reparto (Nagore Aramburu). Como contrapunto a esta moda religiosa, los medios han difundido la frase de la actriz Silvia Abril: “Me da pena que los jóvenes se agarren a la fe cristiana”. 

Hubo también otras perlas parecidas. No hay que darles mayor importancia. Se alejan de esa “conversación adulta y reflexiva” que propone la directora de Los domingos, pero ya se sabe que impacta más un exabrupto que un argumento. También es verdad que el primero suele pasar rápido y el segundo, si es consistente, tiende a permanecer. 

No vi la gala porque a esa misma hora estaba participando en un concierto del cantautor Migueli en la parroquia del Pilar de Madrid. Luego me dio mucha pereza verla en diferido. Suele ser muy larga y bastante previsible.


Alauda Ruiz de Azúa desea que su galardonada película sea vista por el papa León XIV, aprovechando su próxima visita a España. Es probable que el Papa la vea e incluso que la añada a la lista de sus películas favoritas, que incluye títulos clásicos como: “¡Qué bello es vivir!” (Frank Capra, 1946), “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965), “Gente corriente” (Robert Redford, 1980) y “La vida es bella” (Roberto Benigni, 1997). Quienes sí la han visto han sido las monjas de la comunidad del Monasterio de la Conversión, con quienes estuve una semana el pasado mes de febrero. 

Su punto de vista es muy valioso porque varias de ellas -sobre todo las más jóvenes- se han sentido reflejadas en la historia que cuenta Ruiz de Azúa. Os recomiendo ver el vídeo que figura al final de esta entrada. Está bien leer los comentarios de los críticos de cine o de cualquier espectador aficionado, pero adquiere una fuerza especial escuchar las voces de quienes han vivido una experiencia parecida y también distinta a la de la adolescente vasca que entra en un convento de clausura y cuya decisión provoca una tormenta familiar.


El título de la película hace referencia a lo que sucede en esas comidas familiares que suelen producirse los domingos. Además de ser un evento gastronómico esperado/odiado, constituyen una especie de psicodrama familiar. Entre plato y plato, las conversaciones van abriendo brechas en la personalidad de cada comensal. El discernimiento de Ainara pone sobre el mantel otros conflictos familiares más o menos latentes. Sin pretenderlo, Ainara hace que cada personaje de su familia se confronte con la verdad de sí mismo y mida la temperatura real de sus relaciones con los demás. 

Detrás de la apariencia de una familia normal de clase media se agazapan sentimientos y resentimientos no aireados que esperan una oportunidad para salir a la luz. Quizá por eso la película ha tenido tanto éxito, porque es un espejo en el que puede mirarse cualquier familia. La vocación de Ainara sirve solo como eficaz catalizador. 

En el fondo, más que lo que sucede en la comida de los domingos, lo que cuenta es la vida que se desarrolla los lunes y los demás días de la semana. Los domingos son los embalses emocionales que recogen las aguas vertidas en los días anteriores.





domingo, 1 de marzo de 2026

Subir, permanecer, bajar


Cuando uno entra en un parque grande suele encontrar a la entrada un plano del mismo. Sobre él se coloca un punto con la inscripción: “Usted está aquí”. De esta manera, el visitante sabe ubicarse para organizar el recorrido. El “parque cuaresmal” presenta este año cinco símbolos que se van desarrollando en cada uno de los domingos y que nos permiten ubicarnos en nuestro camino hacia la Pascua: el desierto (tentación), la montaña (transfiguración), el pozo de Jacob (agua), la piscina de Siloé (luz) y la tumba de Lázaro (vida). 

En este Segundo Domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a subir con Jesús y sus tres apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) a “una montaña alta”. El viaje -que es un guiño al viaje de Abrahán: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”- implica subir, permanecer y bajar de nuevo al valle de la vida cotidiana. Son tres etapas imprescindibles. El evangelio de Mateo se detiene especialmente en la segunda, pero conviene explorar las tres por orden.

Subir

Subir a la montaña alta -frecuente lugar de revelación divina en la Biblia- implica un esfuerzo, sobre todo cuando vamos cargados con mochilas pesadas. En las nuestras van fardos sociales (como, por ejemplo, la noticia del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán) y muchos fardos personales (que van desde una enfermedad hasta la falta de afecto o trabajo). Acabo de leer hace unos minutos en El Semanal los pesados fardos que cargan los médicos y el personal sanitario, cada vez más estresados por largas jornadas de trabajo y la reducción de los pacientes a meros usuarios de la medicina; en definitiva, por la burocratización, el mercantilismo y la deshumanización de todo el proceso terapéutico. Algo parecido sucede en otras áreas. No es extraño que aumenten sin parar las enfermedades mentales en adultos, jóvenes, adolescentes y niños. 

Hoy es una oportunidad para que abramos nuestras mochilas personales y veamos qué cargamos en ellas, qué hace pesada nuestra subida a la montaña alta. Un primer alivio lo encontramos en el hecho de no caminar solos, sino en compañía de Jesús y de sus amigos. Es, de hecho, una experiencia sinodal, un camino juntos.


Permanecer

Mientras permanecemos en la cumbre de la montaña suceden muchas cosas. Es un tiempo de contemplación, escucha, temor y confianza. 
  • De contemplación porque se nos invita a mirar a este Jesús que “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Es, como si en medio de nuestras dudas y cansancios, la identidad de Jesús se volviera luminosa. Un rostro luminoso simboliza una identidad clara, envolvente. 
  • Por si la contemplación visual no fuera suficiente, se nos invita a escuchar. Las voces de Moisés (ley) y de Elías (profetas) nos sirven para comprender algo de quién es Jesús, pero la revelación definitiva viene de la voz que surge de la nube (es decir, la voz de Dios Padre): “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. La verdadera identidad de Jesús es su condición de Hijo de Dios. Por lo tanto, podemos fiarnos de él. Su Palabra nos irá conduciendo por los caminos de la vida. 
  • Resulta imposible no estremecerse ante la revelación de este misterio, incluso sentir temor. Por eso, la primera palabra -acompañada por un gesto de contacto corporal- que el Jesús de rostro luminoso dirige a los suyos (es decir, a nosotros) es: “Levantaos, no temáis”. Lo contrario a la fe no es la duda, sino el miedo. Cuando está Jesús no hay lugar para el miedo. 
  • Su Palabra es poderosa, realiza lo que proclama. Incluso las palabras anticipatorias de la ley (Moisés) y la profecía (Elías) pierden su relevancia: “Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo”. Es muy probable que esta experiencia de la cumbre esté ligada, sobre todo, a los momentos de oración. Cuando oramos, descubrimos quién es de verdad Jesús (no bastan los libros que hablan de él) y, por contagio, acabamos transfigurándonos.

Bajar

La historia no acaba en la cumbre de la montaña. Toca bajar al valle de la vida cotidiana con la mochila más ligera y, sobre todo, con el rostro iluminado. Abajo nos aguardan las mismas personas de siempre, quizá las mismas ocupaciones y hasta los mismos problemas. Pero, cuando ha sucedido algo dentro, cuando hemos sido testigos de la luz que emana Jesús, podemos afrontar la situación con la fuerza de la fe. Es probable que nada cambie por fuera, pero mucho ha cambiado por dentro. A la larga, la luz descubierta en la cumbre de la montaña (en la experiencia de la oración) acabará iluminando también las encrucijadas del valle: “La belleza salvará el mundo”.