sábado, 25 de mayo de 2024

A la orilla del Ebro


Tardé una hora y veinte minutos en llegar en tren desde Madrid a Zaragoza. La ciudad del Ebro me recibió con una temperatura que se acercaba a los 30 grados. Voy a pasar aquí esta jornada del sábado para presidir el matrimonio de una joven pareja. La novia es hija de una de mis primas. Hacía tiempo que no venía a la capital de Aragón, una ciudad que siempre me ha resultado acogedora, friendly, como dicen ahora los modernos. He preparado la ceremonia junto con los novios. Me gustan mucho las lecturas que han escogido porque ayudan a entender el misterio del matrimonio en un contexto social -e incluso eclesial- que ha ido difuminando su sentido. 

No vivimos hoy precisamente un gran entusiasmo por esta forma de vida. Muchas parejas optan por convivir sin establecer ningún tipo de compromiso. Cada vez hay más hombres y mujeres que ni siquiera desean asumir el “peso” de la convivencia y prefieren relacionarse conservando su independencia. Lo que parece una conquista moderna no es sino una forma de regresión a modelos ya ensayados en otras épocas históricas. Por eso, en este contexto fluido, el matrimonio cristiano aparece como demasiado nuevo, demasiado moderno como para ser entendido a cabalidad. Que un hombre y una mujer se prometan amor personal, fiel y fecundo parece algo imposible en estos tiempos volátiles e inciertos. Y ciertamente lo es… a menos que Dios nos conceda ese don y nosotros lo acojamos con libertad.


Un matrimonio cristiano es hoy uno de los mejores signos de la existencia de Dios, una manifestación de su gracia en el vaso frágil de nuestra humanidad. Quienes vivís desde hace años la experiencia de estar casados sabéis mejor que yo que el camino está alfombrado con desafíos constantes, incluyendo el más peligroso de todos, la rutina. Pero sabéis también que Dios va haciendo su obra y que, superada la etapa inicial de romanticismo, el amor va adquiriendo el tono de una apuesta decidida por buscar lo mejor para el cónyuge, pasa por los pequeños detalles de una convivencia respetuosa, amable y -si el término se entiende bien- cómplice. 

Pocas cosas hay más hermosas que contemplar a una pareja de ancianos que se quieren con ternura después de haber recorrido juntos un largo camino de pruebas y triunfos, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos. La ternura de Dios se transparenta en la mirada que se regalan quienes han experimentado que, con la gracia, es posible quererse con alegría y fidelidad y compartir ese amor con hijos y nietos. Quizás el ocaso de la fe en las sociedades occidentales está muy ligado al ocaso del matrimonio y de la familia. Al fin y al cabo, los cristianos creemos que la familia es la Iglesia doméstica en la que experimentamos el amor incondicional de Dios y aprendemos a responderle con gratitud.


Imagino que en la celebración de hoy habrá muchas personas que hace tiempo que no pisan una iglesia y que ni siquiera sabrán recitar las oraciones de la misa. Suele ser el pan nuestro de cada día en bautizos, bodas, primeras comuniones y funerales. Por eso, las hemos incluido en el folleto que hemos preparado. Hay que reconocer que para una gran mayoría (no creyentes e incluso algunos creyentes) se trata de actos sociales en los que se participa por deferencia con quien invita, aunque muchos se los ahorrarían si no fuera una falta de cortesía social. Más allá de la experiencia de fe, hemos perdido también la ritualidad que todavía conservan otras sociedades en las que lo personal no está desligado de lo social. En la mayor parte del mundo sería impensable que un hombre y una mujer entendieran su relación como un mero asunto privado, regulado solo por la intensidad de sus emociones. 

Con todo, no soy pesimista. Creo que sierpe hay que encontrar el lado bueno de las cosas. Es verdad que en ocasiones hay que dar un golpe en la mesa y denunciar la hipocresía de nuestras costumbres sociales, completamente vacías de significado, pero la mayor parte de las veces podemos soplar la llama vacilante y tratar de sacar el máximo partido de lo que existe. La vida está llena de sorpresas. Dios puede hablarnos a todos cuando menos lo pensamos, también en la celebración de una boda. ¿Por qué no abrir nuestros oídos y escuchar? 


jueves, 23 de mayo de 2024

Sacerdotes para siempre


No creo que muchos lectores sepan que hoy en España (y en otros países como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela) se celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. A un amigo mío no le gusta mucho esta fiesta porque dice que la liturgia ha privilegiado los títulos de rey y sacerdote aplicados a Jesús, y ha silenciado el de profeta. No le falta algo de razón. De hecho, el último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey y el jueves después de Pentecostés la fiesta de Cristo Sacerdote, pero no hay un día especial para celebrar su condición de profeta, aunque esté disuelta en todo el año litúrgico. 

Ya sé que este asunto no se puede despachar a la ligera, pero si es verdad que “lex orandi, lex credendi” (lo que se ora es lo que se cree), entonces este “olvido” litúrgico indica quizás que nuestra fe ha acentuado mucho la dimensión sacerdotal y real de Jesucristo y ha dejado en penumbra la dimensión profética, lo cual tiene muchas repercusiones en nuestra manera de vivir su seguimiento y en la forma de ejercer el ministerio presbiteral. 

Dicho lo cual, es bueno aprovechar al máximo lo que tenemos. El sacerdocio de Cristo no es una prolongación del sacerdocio del Antiguo Testamento, sino una superación. A diferencia de lo que sucedía en el antiguo templo, Jesús, con su entrega total al Padre, es al mismo tiempo y “de una vez para siempre” (Hb 10,10) sacerdote, víctima y altar. Ha inaugurado un sacerdocio existencial que hace de la propia vida la verdadera ofrenda. 


Todos los bautizados participamos de la condición sacerdotal de Cristo; por lo tanto, podemos ofrecernos a Dios con todo lo que somos y ser también un lugar de encuentro con él para otras personas. Es importante subrayar este sacerdocio universal o sacerdocio común como se suele denominar. La constitución conciliar Lumen Gentium afirma que “el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (n. 10).

Para refrescar nuestros conocimientos sobre esta materia, no estaría mal en un día como hoy leer lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto del sacerdocio de Cristo, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio de quienes han recibido el sacramento del Orden. Cada vez me convenzo más de que muchos de los problemas que hoy tenemos en la Iglesia se deben a un exceso de buena voluntad acompañado por un déficit de formación.


Más allá de la fiesta, el mes de mayo enfila ya su recta final. No sé si en las parroquias y comunidades se sigue cultivando el “mes de María” como antaño, pero creo que la espiritualidad mariana nos ayuda a “guardar en el corazón” las muchas cosas que hoy vivimos y no siempre comprendemos. En momentos de confusión es necesario tener un “centro” desde el que podamos organizar nuestra vida para no ser víctimas de la dispersión que nos destruye. María nos enseña a ser personas con corazón (compasión), que viven desde el corazón (interioridad). Ambas dimensiones (compasión e interioridad) son necesarias para hacer frente a la indiferencia y la superficialidad que nos circundan. 

Hace unos días vi en la calle a un grupo de niños del colegio de las Concepcionistas de Princesa con sus ramitos de flores. Los traían de casa para regalárselos a la Virgen. Es posible que más de un viandante adulto esbozara una sonrisa de sorpresa y escepticismo, como si esos niños vestidos con su chándal azul fueran el residuo de una época superada. A mí me pareció una preciosa imagen que simboliza a todos aquellos que en nuestra adultez no quisiéramos perder la inocencia infantil y, sobre todo, la capacidad de ver a María como madre que nos acoge, enseña y guía en el camino de la vida.

martes, 21 de mayo de 2024

De todo un poco


No todos los días se ven 34 mesas redondas en torno a las cuales se sientan más de 300 superiores y superioras mayores que representan a los más de 32.000 religiosos y religiosas que hay en España. He tenido la suerte de ser testigo de la apertura de la 30ª asamblea de la Conferencia de Religiosos de España (CONFER) que ha tenido lugar en un hotel de Madrid. A mí me ha correspondido sentarme en la mesa 33, que no deja de tener un significado simbólico. Era una de las mesas reservadas a los invitados. Yo he participado en calidad de director de la revista Vida Religiosa, dirigida precisamente a quienes forman parte de las más de 5.800 comunidades religiosas presentes en España. 


Todo estaba perfectamente organizado. El tema central tenía un título provocativo: “¿Quién manda aquí?”. ¡Menos mal que el subtítulo precisaba su alcance: “Corresponsabilidad y obediencia”! Se trata de reflexionar sobre el modo de vivir una dimensión de la vida religiosa (la obediencia) que se presta a muchos equívocos y aun a abusos, pero que, bien entendida, expresa la voluntad de “escuchar” a Dios a través de sus mediaciones y de responderle con total disponibilidad. Mediante una cuenta de WhatsApp se nos informaba de todos los pormenores en tiempo real.


Ayer pasé la mañana en el Centro Fragua de Los Negrales con un grupo de claretianos que están realizando una experiencia de renovación misionera de tres meses. Casi todos provienen de países latinoamericanos. Juntos reflexionamos sobre lo que supone hoy creer en Jesucristo y orientar la vida desde su Evangelio. Con el paso del tiempo podemos crecer o menguar en nuestra experiencia de encuentro con él. Podemos madurar o caer en una rutina paralizante. Es bueno preguntárselo de vez en cuando. Solo quien busca encuentra. 

Nunca estamos completamente seguros de si nuestra fe en Jesús es una costumbre o una experiencia real. Por eso, nos hace bien detenernos de vez en cuando para preguntárnoslo. Hace casi seis años escribí ampliamente sobre lo que significa encontrarse con Jesucristo en una larga entrada (quizás la más larga de las 2.395 que llevo escritas en este Rincón), titulada No me lo creo. La verdad es que poco puedo añadir ahora. Me iluminó mucho el diálogo que tuve con los 15 misioneros que están ahora haciendo su experiencia de renovación.


El asunto de las clarisas de Belorado sigue coleando. Hoy se ha conocido el comunicado de la Confederación de Clarisas de España y Portugal. Sale al paso de cualquier equívoco y expresa la disposición de las clarisas ibéricas a acoger de nuevo a sus hermanas “cismáticas” de Belorado si cambian de opinión, antes de que el arzobispo de Burgos se vea obligado a excomulgarlas por haberse apartado voluntariamente de la Iglesia católica. 

Parecen historias de otros tiempos, pero reflejan la confusión en la que a veces vivimos y la necesidad de formarnos bien para no vivir una fe subjetiva, para aprender a “sentire cum ecclesia”, que es siempre uno de los grandes criterios de autenticidad que hemos aprendido de los santos a lo largo de la historia, desde san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús hasta san Juan Pablo II. Separados del cuerpo, no podemos estar unidos a la cabeza. El “Jesús sí – Iglesia no”, tantas veces propuesto a lo largo de la historia, acaba siendo casi siempre “Iglesia no – Jesús tampoco”.

domingo, 19 de mayo de 2024

La unidad prevalece sobre el conflicto


Se me ha pasado la semana volando, sin tiempo para acercarme a este Rincón y escribir mi entrada diaria. Lo hago hoy, solemnidad de Pentecostés, a primera hora de la mañana, antes de rematar el curso presencial y virtual que estoy dando a las hermanas del instituto secular Filiación Cordimariana. La semana ha estado dominada mediáticamente por las clarisas cismáticas de Belorado, un caso que tiene todos los ingredientes de vodevil eclesiástico con final incierto. 

Sin entrar ahora a juzgar esta esperpéntica situación (y mucho menos a las personas implicadas), Pentecostés nos recuerda que “la unidad prevalece sobre el conflicto”. Es uno de los cuatro criterios de discernimiento que el papa Francisco nos ofrece en la exhortación Evangelii gaudium (nn. 217-237). En la segunda lectura de la fiesta de hoy leemos que “lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.


Beber del mismo Espíritu no significa que todos tengamos que ser iguales. En la diversidad de carismas y ministerios consiste la armonía del cuerpo eclesial. Lo importante es ser conscientes de que formamos parte del único cuerpo de Cristo. En él se habla una sola lengua (la del amor), codificada en todas las lenguas del mundo porque el amor es concreto y universal: “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”. 

La pluralidad lingüística (que es una manifestación de la diversidad humana) no engendra caos ni división: “Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Solo el Espíritu regalado por Jesús a la Iglesia y al mundo es capaz de crear la unidad en la diversidad, la libertad en la obediencia, la alegría en el sufrimiento, la audacia en el temor. Por eso, sin Espíritu, la Iglesia se reduce a una expendeduría de servicios religiosos, a una ONG de personas sensibles y solidarias, a una multinacional de la enseñanza y las obras sociales.


Necesitamos como nunca abrirnos a la fuerza del Espíritu Santo para superar todas las tendencias diabólicas (es decir, rupturistas o totalitarias) que anidan en nuestros corazones, en nuestras comunidades y en el mundo. Con toda la Iglesia cantamos hoy con fuerza: Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, / infunde calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. 

El pentecostés lucano (primera lectura) subraya que el Espíritu es el impulsor de la misión universal, habla todas las lenguas del mundo, es un viento y un fuego que renueva todo. El pentecostés paulino (segunda lectura) acentúa que el Espíritu crea la unidad del cuerpo de la Iglesia en la diversidad de sus miembros. Por último, el pentecostés joánico (evangelio) asocia el don del Espíritu a la paz y el perdón de los pecados. Necesitamos todos estos dones para que las normales polaridades de la vida no se conviertan en dilemas que nos separen y enfrenten, sino en fuentes de enriquecimiento y de fraternidad. 





domingo, 12 de mayo de 2024

Con él hasta el final


Viendo a los jugadores del Real Madrid subidos al balcón de la sede del gobierno de la comunidad de Madrid, pienso que su “ascensión” no se parece a la de Jesús. Ellos celebran la consecución de la 36ª liga, un triunfo labrado con esfuerzo y coraje a lo largo de varios meses. La Iglesia celebra que Jesús ha ascendido a los cielos después de haber descendido a los infiernos. El triunfo de Jesús no ha sido una cadena de victorias, sino la perforación de una derrota radical, la muerte. ¿Cómo se puede expresar esta experiencia con palabras humanas si trasciende todo lo que nosotros sabemos? El Nuevo Testamento tiene que ensayar categorías diversas (resurrección, exaltación, ascensión) para dar cuenta de la novedad absoluta que ha cambiado la historia humana. 


Hoy, 40 días después de la Pascua, celebramos que Jesús ya no está presente en medio de nosotros con un cuerpo como el que tenía antes de su muerte, pero que sigue alentándonos con la fuerza de su Espíritu. Porque ya no está constreñido a un espacio (Palestina) y a un tiempo (primer tercio del siglo I), puede ser el contemporáneo de todo ser humano en cualquier lugar del mundo. Al igual que los discípulos, nosotros no experimentamos la tristeza de su desaparición física, sino la alegría de su presencia espiritual. Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos porque es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

       
Con la fuerza de su Espíritu (que celebraremos con más intensidad el próximo domingo, solemnidad de Pentecostés), podemos anunciar su Evangelio, no solo en Jerusalén, en toda Judea y en Samaria, sino “hasta los confines del mundo”. Estamos en tiempos de misión. El encargo de Jesús es claro: “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”. 

Por eso, en el día de la Ascensión, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Este año llegamos a su 58ª edición. El mensaje que el papa Francisco nos dirige se titula Inteligencia artificial y sabiduría del corazón para una comunicación plenamente humana. Los primeros apóstoles no podían ni siquiera imaginar que lo que ellos comenzaron de manera humilde iba a adquirir la proyección universal que hoy tiene. ¡Y eso que la misión está siempre en sus comienzos!


El pasado martes se hizo pública la bula Spes non confundit con la que el papa Francisco convoca el Jubileo Ordinario del Año Santo del 2025 que se abrirá el 24 de diciembre de este año y se cerrará el 6 de enero de 2026, solemnidad de la Epifanía del Señor. Este Año Santo está marcado por el signo de la esperanza en un momento de gran incertidumbre en la historia de la humanidad. El papa Francisco nos invita a ponernos en camino, a salir de donde estamos, para descubrir la presencia del Señor en las periferias de nuestro mundo. Tenemos, pues, muchas oportunidades para no dormirnos en nuestro itinerario de fe. 

A diferencia del Real Madrid, nosotros no hemos ganado 36 ligas y 14 (quizás 15) Copas de Europa, sino que, unidos a Cristo que asciende al cielo, hemos ganado el trofeo definitivo que nadie nos podrá arrebatar: la vida en plenitud. Esta es la razón de nuestra esperanza y de nuestra alegría y el impulso fundamental para una misión siempre renovada, sirviéndonos también de los modernos medios de comunicación social.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Somos estirpe suya


Las redes sociales funcionan con una lógica que me desconcierta. Si tú publicas un artículo sobre un asunto de actualidad tratando de ofrecer información y argumentos, es probable que recibas algunos “me gusta” (en general, pocos y como a regañadientes) y algún que otro comentario. Pero si publicas una foto en la que apareces haciendo cualquier cosa o en pose interesante y añades una frase que suene más o menos poética o divertida, enseguida llueven los “me gusta”. No importa si eso es un claro signo de narcisismo o exhibicionismo. Los usuarios disfrutan con eso. No les interesa mucho pensar, sino sentir. Está claro que las redes privilegian las emociones sobre las reflexiones. 

De hecho, las reacciones posibles no son “estoy de acuerdo” o “estoy en desacuerdo”, sino “me gusta”, “me encanta”, “me importa”, “me divierte”, “me asombra”, “me entristece” o “me enfada”. El emotivismo se ha impuesto en la sociedad posmoderna. El objetivo es provocar sentimientos y minimizar los razonamientos. Si seguimos por este camino, vamos a llegar a un tipo de persona con una sensibilidad a flor de piel y una escasa capacidad crítica. ¿No es este el mejor camino para el vaciamiento personal y la manipulación?


Escribo sobre este asunto porque la primera lectura de la liturgia de hoy me ha dado pie para ello (cf. Hch 17,22-34). Pablo se encuentra en el Areópago de Atenas. Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles, pone en sus labios un discurso que se convierte en modelo de predicación a los gentiles, un discurso que hoy llamaríamos “inculturado”. Pablo, buen conocedor de la cultura griega y maestro en el idioma, comienza ganándose la benevolencia de los atenienses aludiendo al altar “al dios desconocido” que ha encontrado visitando los monumentos de la ciudad y a las composiciones de algunos poetas griegos que han afirmado que “somos estirpe suya”, de ese Dios que “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”. 

La composición del discurso es impecable. El objetivo es conectar la novedad del mensaje cristiano con las búsquedas religiosas de los griegos. Pero el flujo del discurso tropieza con la piedra de la resurrección: “Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron: «De esto te oiremos hablar en otra ocasión»”. El resultado es que la mayoría de los oyentes no acepta el mensaje de Pablo, aunque “algunos se le juntaron y creyeron”. Siempre hay una minoría que se sale de la masa.


Los discursos bien articulados son imprescindibles para mostrar la inteligibilidad de la fe y su compatibilidad con la razón, pero pocas veces mueven a la conversión. La fe tiene un componente emocional que escapa a nuestro control. A veces, lo que uno menos imagina (una imagen, una canción, un apretón de manos, una sonrisa) tiene más poder que un argumento bien trabado. Puede que resulte descorazonador, pero los seres humanos nos compartamos así. Las redes sociales son un inmenso escaparate donde esta lógica impera. 

El director de un taller de oratoria en el que participé hace unos años repetía a menudo que los grupos de más de quince personas no son grupos reflexivos sino emocionales. Quizá por eso los políticos en sus mítines y los cantantes en sus conciertos se dejan de argumentos y apelan siempre a las emociones. Mi pregunta es si esa primera conexión lleva a algo serio y duradero o, por intensa que sea, es efímera y muere con la misma velocidad con que nace. No lo tengo tan claro. Bueno, quizás sí lo tengo claro, pero no puedo sustraerme al influjo del ambiente emotivista que vivimos.


martes, 7 de mayo de 2024

Un hombre decisivo


Para el filósofo germano-suizo Karl Jaspers (1883-1969), autor de una magna colección sobre “los esenciales de la filosofía”, hay cuatro personajes (dos de Oriente y dos de Occidente) que han sido los más influyentes en la historia de la humanidad. Por eso los denomina “los hombres decisivos”. En este selecto y minoritario grupo no hay ninguna mujer. Sus nombres son de sobra conocidos: Sócrates (s. V a. C), Buda (s. VI-V a. C), Confucio (VI-V a. C) y Jesús (s. I). 

Es curioso que tres de ellos vivieron alrededor del siglo V antes de Cristo, un momento álgido en la historia de la humanidad. Aunque se podrían añadir otros nombres, es evidente que estos cuatro personajes han marcado un modo de ver la realidad y de comportarnos como seres humanos. Seguimos viviendo de su influjo, incluso cuando nos oponemos a él o lo ignoramos. Esto es sorprendente. ¿Por qué, entre los miles de millones de seres humanos que han existido a la lo largo de la historia, algunos se convierten en faros que iluminan a los demás?


Hablo de estos “hombres decisivos” (creo que en una lista ampliada habría que incluir sin ninguna duda a algunas mujeres como María de Nazaret) porque hoy conmemoramos el 74 aniversario de la canonización de san Antonio María Claret. Su influjo no es comparable al de los cuatro grandes, pero, en una escala muy reducida, también ha sido un “hombre decisivo” para quienes inspiramos nuestra vida en su forma de seguir a Jesús y de vivir el Evangelio. 

A medida que pasa el tiempo, su figura resulta más atractiva, aunque no tiene los índices de popularidad de otros santos del pasado (Francisco de Asís, Antonio de Padua o Teresa de Jesús) o del presente (Pío de Pietrelcina, Teresa de Calcuta o Juan Pablo II). Si hay algo que llama la atención en la vida de Claret es su capacidad para -en palabras de Pío XII- “ensamblar contrastes”. Aunque en una entrada escrita hace cuatro años ya transcribí las palabras que el Papa pronunció en español al día siguiente de la canonización, las repito hoy porque es difícil encontrar una semblanza del santo catalán más clara, concisa y hermosa:
“Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes; pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.


Dentro de un par de meses los claretianos celebraremos los 175 años de la fundación de nuestra congregación misionera. Por un año no coincide esa efeméride con los 75 años de la canonización del fundador. En cualquier caso, estamos viviendo fechas que nos invitan a valorar y actualizar el legado recibido. No se trata de hacer un panegírico exagerado de un ser humano que, como todos, fue hijo de su tiempo, sino de agradecer el hecho de que sea un “hombre decisivo” (por utilizar la expresión de Karl Jaspers), una mediación del Espíritu, en el itinerario vocacional de muchas personas, entre las cuales me cuento.