
Sobre lo que sucede fuera, en nuestro entorno, tenemos muy poca capacidad de control. Sentimos que la realidad nos desborda. Sobre lo que sucede dentro, en nuestro corazón, podemos operar con mayor libertad y responsabilidad. Los desalojados de la Puerta del Sol querían cambiar el mundo, pero apenas han podido organizar un campamento plastificado. Leyendo algunos de sus carteles y pancartas, uno pensaría que todo se reduce a ser ocurrentes. Los del mayo francés del 68 decían que “debajo del asfalto está la playa” o “que paren el mundo, que me quiero bajar”. Estos dicen, con un deje de poesía urbana: “contra los fondos de inversión, acción directa y okupación”, “las casas son para vivir, no para invertir”, “ellos por dinero, nosotras por amor”, “Pedro, rey, haz un decreto ley”, “el buitre inversor es el gran invasor”, “ni una Maricarmen más”… y cosas por el estilo.

Las palas y los camiones del Servicio de Limpieza Urgente del ayuntamiento de Madrid han acabado con una revolución efímera que –según sus palabras– se retira de la plaza para llevar la lucha a los barrios y preparar la huelga general del 11-N. Mucho me temo que estos métodos del siglo XX no resultan muy eficaces en las sociedades digitales del siglo XXI. Los verdaderos cambios se gestan de otra manera. Necesitamos voces y movimientos críticos contra esta sociedad basada en el consumo, pero deben ir acompañados de alternativas creíbles, no solo de algaradas callejeras y pancartas imaginativas. Y eso exige, además de sensibilidad ética y estética, una gran preparación científica y técnica. Por desgracia, no siempre van de la mano.

En la
tradición cristiana lo decimos de una manera más radical: solo los santos convertidos son
verdaderamente transformadores, solo ellos y ellas cambian la realidad porque
tienen la mente de Cristo, se han identificado con sus sentimientos, son transparencia
de Dios. Los verdaderos cambios empiezan en el corazón de cada uno. No hay revolución
más radical que la revolución del corazón. Suena a eslogan de póster setentero, pero me parece una gran verdad.















