
Esta mañana se ha abierto el consistorio en Roma. He seguido el discurso del papa León XIV por internet. Que les pida a los cardenales “libertad, franqueza y lealtad” es atrevido. A veces, en los ambientes clericales, la libertad y la franqueza están condicionadas por muchos factores demasiado humanos. La lealtad se supone en quienes están llamados a ser colaboradores “hasta la efusión de su sangre” (por algo visten de rojo), pero la historia pasada y reciente nos ha dado suficientes ejemplos de lo contrario.
Imagino que no todos los cardenales se sentían a gusto en torno a una mesa redonda. Moverse en plano de igualdad es un aprendizaje que cuesta a quienes están acostumbrados a ejercer el servicio de autoridad desde arriba. Como el papa León XIV no da puntada sin hilo, este cambio de metodología y de temática apunta lejos. Se ha tomado muy en serio el camino sinodal. Veremos qué pasos se dan en este primer intento. A veces las sorpresas llegan de quienes menos se espera.

He aprovechado el descanso de la mañana para visitar la colegiata de Toro. Disfruto visitando lugares que no están asaltados por los turistas, como sucede en casi todos los monumentos de Madrid. La mañana era fresca, aunque vigilada por un sol implacable. Moverse por una iglesia románica y detenerse en cada retablo y en cada talla es un privilegio que pocas veces tengo. Me hubiera gustado mucho más haber celebrado allí la Eucaristía en el 44 aniversario de mi ordenación sacerdotal, pero eso no entraba en los planes. Lo he hecho a primera hora con el grupo de 40 Hermanas del Amor de Dios. Curiosamente, también en el año 1982 se celebró el Mundial de fútbol (en España concretamente) y el Papa (entonces Juan Pablo II) visitó España. Solo falta que se convoquen elecciones generales para que el paralelismo sea más evidente (en las de 1982 el PSOE obtuvo una mayoría arrolladora).
Creo que casi todas me superan en edad, experiencia y santidad, así que considero un regalo compartir esta jornada con ellas. He hecho un cálculo somero de las misas que habré presidido a lo largo de mi vida sacerdotal. Me sale una cifra en torno a 15.800. Me echo a temblar. Es probable que en más de una ocasión haya estado cansado o hasta enfadado, pero creo que nunca distraído. No hay nada más importante que celebrar la Eucaristía. Mi ministerio empieza y acaba en este sacramento del amor entregado.

Cada vez que abro algún periódico digital aumenta la cifra de víctimas de los terremotos de Venezuela. Los desescombros descubrirán muchas más. No se me quita de la cabeza lo que pueden estar pasando las familias afectadas y, en general, todo el pueblo venezolano. No sé cómo expresar mi solidaridad. Las palabras de rutina se me quedan cortas y casi vacías. Me he comunicado directamente con algunos compañeros claretianos. Ellos están siendo portavoces cercanos de esta desgracia.
A medida que pase el tiempo, se irán concretando algunos modos prácticos de ejercer la solidaridad. Por el momento, todo depende de las gentes del lugar y de la ayuda de equipos especializados de varias partes del mundo que ya están en la zona. Ellos representan a todos los que quisiéramos echar una mano. Lo único bueno de los desastres naturales es que ponen en marcha un tsunami de solidaridad. ¡Ojalá este tsunami vaya acompañado de un cambio real!

















