
Ayer se pusieron a la venta las camisetas oficiales de la selección española de fútbol con las dos estrellas sobre el escudo. Desde primeras horas había colas en las tiendas oficiales para hacerse con ellas. Las tallas de adultos cuestan 100 euros. Las de niños se pueden adquirir por solo 75. Está claro que el fútbol, además de ser un deporte popular, es una máquina de hacer dinero. Mientras haya personas dispuestas a pagar esas cantidades, habrá oferta abundante. El negocio es redondo.
Antes de que empezase la venta oficial, en los top manta se podían comprar imitaciones (o sea, falsificaciones) por 20 euros. Es un mercado paralelo para personas que no quieren gastar más de lo razonable en una camiseta roja por más estrellas que tenga. Los símbolos tocan el corazón de muchos, pero también engordan los bolsillos de unos cuantos. Hacer negocio con los sueños de las personas es indecente, pero el mercado no se mueve a golpe de sentimientos, sino de billetes contantes y sonantes. A mayor demanda, mayor oferta.

Las mismas personas que regatean dos euros a la hora de comprar un libro o que se quejan de que un kilo de carne haya subido tres, no tienen inconveniente en desembolsar 100 euros para regalarle una camiseta de la selección a su hijo o a su nieto. Valor y precio son dos conceptos esquivos que funcionan a menudo por separado. ¿Cuánto puede valer una camiseta, sumando diseño, producción, distribución, derechos de imagen, etc.? Quizás no llegue ni a los veinte euros que cobran los manteros. Y, sin embargo, se vende a 100.
El margen de ganancia es brutal, indecente, pero los precios se mantendrán en esos niveles –o incluso subirán– mientras haya miles de compradores dispuestos a pagarlos. Algunos pensarán que dos estrellas bien merecen un esfuerzo, que se trata de una compra excepcional y que los símbolos no tienen precio. Quienes venden el producto funcionan con otra lógica menos sentimental.

Mientras miles de personas se pasean orgullosas con la nueva camiseta y sienten que el contacto de la tela con la piel las pone en comunión con los jugadores que ganaron el Mundial, la vida sigue su curso implacable. La crisis de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa un asunto sobre el que se disparan puntos de vista enfrentados: el de quienes piensan que se trata de una “invasión” estratégica y el de quienes opinan que es una “emigración” para huir de la pobreza. Es probable que la realidad mezcle motivaciones, pero hace falta ser muy ingenuo para pensar que esos miles de muchachos que invadieron la ciudad lo hacían solo por razones humanitarias.
Nunca olvido la advertencia que hace muchos años me hizo un sacerdote católico palestino, acostumbrado a vivir entre musulmanes: “Los europeos no sabéis lo que significa el islam político. Cuando queráis despertaros, será demasiado tarde”. Esto no significa negar ayuda al inmigrante necesitado o cargar la mente de xenofobia. Es algo más sencillo y humano: comprender que hay claras estrategias de ocupación travestidas de derechos humanos. Lo más probable es que la misma democracia occidental que facilita los ingresos de quienes no creen en ella será fagocitada en el futuro con el arma más poderosa que existe: la demografía. Al tiempo.







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