miércoles, 22 de septiembre de 2021

Llega la película sobre Claret


Por fin, después de un retraso de un año debido a la pandemia, se estrena en muchos cines de España la película sobre Claret. Será el próximo viernes 24 de septiembre. Se podrá ver en los siguientes

Os animo a verla y a difundir esta noticia entre vuestros conocidos. Creo que merece la pena conocer con más detalle al fundador de los Misioneros Claretianos



lunes, 20 de septiembre de 2021

Andar en vida nueva

Ayer celebré el sacramento de la Reconciliación.  Como penitencia, el sacerdote me pidió que leyera y meditara el capítulo 3 de la carta a los Colosenses. Me pareció un regalo del Señor. Hay veces en que los textos de la Escritura nos hablan directamente al corazón. Los 25 versículos de este capítulo me parecieron una carta de Dios dirigida a mí. Quiero destacar algunos. Para empezar, el versículo 2: “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Se ha insistido tanto en los últimos años en que la fe cristiana es una fe encarnada, que cualquier referencia a “los bienes de arriba” suena casi a escapatoria espiritualista. Pero “los bienes de arriba” no son otra cosa que los bienes de Dios. Y Dios ha querido hacerse carne en este mundo de abajo. Por eso, leo la invitación como una llamada a buscar “lo de Dios” en la trama de la vida cotidiana, a no dejarme seducir por otras voces que parecen más atractivas y poderosas, pero que no son portadoras de vida. 

Hoy estamos expuestos a mensajes tan contradictorios que fácilmente podemos perdernos o quedarnos bloqueados. Unos nos dicen que sin Iglesia no podemos seguir a Jesús. Otros afirman que la Iglesia es el gran obstáculo para un encuentro con el Maestro. Para algunos los dos mil años de cristianismo son la historia de una traición; para otros, una filigrana del Espíritu Santo en el tejido de la fragilidad humana. Lo que para algunos constituye un motivo de escándalo, para otros es un acicate para creer con más hondura. ¿Cómo buscar “los bienes de arriba” (es decir, las cosas de Dios) en un ambiente tan contradictorio?


Hay tres versículos que me resultan muy luminosos: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos” (13-15). La experiencia de sabernos perdonados nos prepara para perdonar a los demás. Es imposible que nos reconciliemos entre nosotros si no hemos experimentado en carne propia el poder sanador del perdón. 

La vida social (e incluso la eclesial) está llena de incomprensiones, rencillas y enfrentamientos. A menudo se invoca el diálogo como el talismán para resolver todo. Pero no es suficiente. Cuando uno no está reconciliado consigo mismo es imposible que se reconcilie con los demás. El olvido del sacramento de la Reconciliación nos está colocando ante un abismo. Vamos por la vida acumulando en nuestro corazón mucha amargura, tristeza y odio. Solo Dios puede sanar ese fondo oscuro. Sin su intervención, corremos el riesgo de emponzoñar a los demás con nuestro propio pecado. El sacramento rompe la cadena del odio con la fuerza del perdón, de manera que nos transforma de pecadores en artesanos de reconciliación. ¿No es hermosa esta vocación cristiana?

Pablo habla también del amor como “vínculo de la unidad perfecta”, de la paz “a la que hemos sido convocados en un solo cuerpo” y de la gratitud. Son los frutos maduros de un corazón reconciliado en el que Dios ocupa el centro. Necesitamos personas que multipliquen estos dones. Sin amor, paz y gratitud, la vida humana es insostenible. Creo que todos lo intuimos porque lo hemos experimentado en los momentos más luminosos de nuestra vida. Lo que ocurre es que las preocupaciones de la vida cotidiana nos atrapan y a menudo nos desvían del camino. Aspiramos a los bienes de la tierra, que es como decir que nos dejamos llevar por la codicia, la envidia y su cohorte de malas inclinaciones. De esta forma, perdemos libertad y alegría, nos volvemos perezosos y, en vez de buscar el bien de los demás, nos obsesionamos con nuestro propio bienestar. 

Cada vez que celebramos el sacramento de la Reconciliación hacemos un alto en el camino, caemos en la cuenta de cómo estamos viviendo y dejamos que Dios corrija el rumbo de nuestra vida. Nos ponemos de nuevo en marcha con el corazón agradecido y con nuevas ganas de vivir nuestra vocación de “criaturas nuevas”. Perder o devaluar el sacramento de la Reconciliación significa abandonarnos a una vida que corre el riesgo de curvarse sobre sí misma y verse privada de la fuerza renovadora del perdón.

domingo, 19 de septiembre de 2021

La incomodidad de ser cristiano

Ayer volví a Asís para despedirme del poverello. Hacía un día soleado y cálido, como si el verano se resistiese a morir, aunque ya eran evidentes los síntomas del otoño en las hojas amarillentas de algunos árboles. Había más gente de lo que hubiera imaginado. Tanto las calles, como las iglesias y las terrazas de los bares estaban muy concurridas. En la basílica superior de san Francisco estaban montando el estrado que se usará para las celebraciones del próximo 4 de octubre. Contemplando los frescos de Giotto y las bóvedas góticas, recordé que hace casi 24 años, el 26 de septiembre de 1997, se produjo un fuerte terremoto que produjo algunas víctimas y dañó gravemente este patrimonio de la humanidad. 

Nuestra vida está siempre expuesta a lo imprevisible. Algo parecido le sucedió a Jesús, aunque él quiso advertir con tiempo a sus discípulos. Nos lo recuerda el Evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Por tres veces, con matices algo distintos, Jesús les anuncia lo que le va a suceder. El Evangelio de hoy propone el segundo anuncio: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Estas palabras resultaban tan absurdas, que los discípulos “no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle”.

Si nosotros creemos entenderlas a la primera, porque conocemos con detalle el desenlace de la historia de Jesús, es muy probable que no hayamos captado su hondura. Dios mismo entrega (como si fuera una hostia inmaculada) a su hijo a la humanidad. Lo está entregando continuamente. Nosotros lo matamos. La “muerte de Dios”, tan cacareada en nuestro tiempo, no es más que el reflejo cultural de lo que sucede en cada uno de nosotros cuando preferimos vivir “como si Dios no existiera” (etsi deus non daretur). También hoy, como en los tiempos en los que se escribió el libro de la Sabiduría (del que leemos un pequeño fragmento en la primera lectura de hoy), hacemos nuestro el principio “comamos y bebamos que mañana moriremos”. 

La vida nos resulta tan enigmática que preferimos apurar las pocas gotas de placer que nos ofrece antes que abandonarnos a una esperanza incierta. Aunque hayan pasado muchos años desde que empezamos a creer en Dios y en Jesús, es muy probable que nuestro corazón siga siendo tan “mundano” como el de quienes no creen. La prueba de fuego es nuestra actitud ante la vida: ¿Buscamos medrar o servir? ¿Aspiramos a los primeros puestos o nos situamos conscientemente en los últimos? ¿Acogemos a los “niños” (es decir, a los que cuentan poco) o nos arrimamos siempre al sol que más calienta?

Me sorprendo de lo difícil que es asumir la novedad del Evangelio para quienes tienen muy bien armado el puzle de su vida personal y de lo connatural que resulta para quienes pertenecen a la categoría de los últimos. Si ha habido algún ser humano que ha aprendido bien esta lección (incluso mejor que los discípulos de primera hora) ese ha sido Francisco de Asís. Lo pensaba ayer mientras recorría a pie las calles de su encantadora ciudad. Él supo despojarse de todo (hasta el punto de desnudarse ante su obispo) para emprender una vida de pobreza y libertad, de configuración extrema con el Cristo pobre y sufriente. Pocos cristianos llegan a este grado de profundidad. La mayoría nos conformamos con intuir que el camino va por ahí, mientras buscamos todo tipo de justificaciones para continuar con el estilo de vida que llevamos. 

Cuando la vida de los cristianos no resulta “incómoda” para quienes viven con nosotros, quiere decir que hemos asimilado de tal manera el espíritu del mundo que ya no estamos en condiciones de ofrecer una alternativa. Esto es patente en nuestra vieja Europa. ¿Cómo se sacude uno la modorra del conformismo? Jesús nos muestra el mismo camino que él recorrió: poniéndose a la cola del servicio, entregando nuestra vida para que otros vivan con más dignidad. El servicio nos cura de una fe acomodaticia y nos introduce en la lógica de Jesús. Al final se cumplen sus palabras: “El que quiera ganar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará” (Mt 16,25). Feliz domingo. 



viernes, 17 de septiembre de 2021

A vueltas con la soledad

He escrito varias veces en este Rincón acerca de la soledad. Me he atrevido a decir que nunca hemos sufrido tanta soledad como ahora. La he calificado en dos ocasiones de epidemia del siglo XXI y hasta he invitado a los lectores a bailar con ella. Vuelvo de nuevo a la carga tras la lectura de un interesante artículo sobre la soledad no deseada. ¿Será verdad que estamos más solos que nunca en esta sociedad de la información? ¿Nos referimos principalmente a los ancianos que viven solos en sus casas o estamos también hablando de niños, adolescentes, jóvenes y adultos? En contra de lo que pudiera parecer a primera vista, cada vez nos relacionamos menos. Y, lo que es peor, nuestras relaciones son de baja calidad. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una conversación profunda y tranquila con alguien? No es fácil encontrar el lugar y el tiempo oportunos. A menudo todos vamos con mucha prisa. Es muy probable que estemos deseando hablar con un amigo, compartir lo que nos pasa, pero preferimos seguir adelante como si fuéramos autosuficientes. Creo que en este punto los varones tendemos a engañarnos con más frecuencia que las mujeres. A pesar del miedo a la soledad que todos tenemos, fingimos una robustez emocional que acaba haciéndonos daño.

Cada vez me convenzo más del poder terapéutico de las conversaciones. Lo he experimentado en mí mismo y también en las relaciones comunitarias y de acompañamiento espiritual. Jesús mismo practica a menudo el arte de las “conversaciones generativas”. Quizá uno de los pasajes más conocidos sea el de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Lucas dice que “iban hablando de todos estos sucesos” (v. 14). Cuando el Resucitado los ve caminando entristecidos, les hace una pregunta directa: “¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?” (v. 17). A partir de esa pregunta, ellos comienzan a narrar su experiencia de lo que han vivido en Jerusalén durante los últimos días. La presencia de Jesús va disipando su soledad y su tristeza hasta el punto de que sus corazones se encienden y sus ojos se iluminan. En toda auténtica conversación entre dos o más personas hay siempre un “amigo invisible”, un “tercero misterioso”. Cada vez que desvelamos nuestra intimidad y nos abrimos al misterio de los otros percibimos la huella de lo divino en el tejido de nuestra humanidad. ¿No hemos experimentado más de una vez esta experiencia sobrecogedora? 

Las “conversaciones generativas” son un territorio en el que comprendemos un poco mejor que todos hemos sido hechos a imagen de Dios y que, por tanto, cuanto más abrimos nuestro corazón, con más claridad se descubre nuestra identidad profunda. Sin conversaciones a tumba abierta, cada vez nos costará más creer en Dios. Veo una extraña correlación entre la soledad que hoy padecemos como epidemia mundial y las dificultades para creer. Cerrados en la cárcel de nuestra individualidad, nos volvemos insensibles a la realidad de un Dios que es relación, amor, entrega.

Cuando algunos me preguntan a qué voy a dedicarme en los próximos meses, respondo con un poco de ironía que me voy a dedicar a “conversar”; es decir, a escuchar a quien se cruce por mi camino y desee compartir lo que está viviendo. Conversar sin prisas se ha convertido en un artículo de lujo cuando debería ser un artículo de primera necesidad. Naturalmente, la falta de tiempo que solemos aducir es la excusa que esconde razones más profundas. Nos negamos a conversar porque tememos ser juzgados y no aceptados como somos, porque no queremos sentirnos vulnerables, porque pretendemos mantener nuestra imagen impoluta o porque no queremos hacernos cargo del sufrimiento de los demás. Toda conversación implica un ejercicio de responsabilidad y genera compromisos. Cuando alguien comparte su intimidad no podemos permanecer indiferentes, como si eso no tuviera que ver nada con nosotros. Por eso, conversar a fondo nos va madurando, saca lo mejor de nuestra bodega personal y nos ayuda a conocer mejor nuestras inconsistencias. 

Si es verdad que la soledad dañina es la epidemia del siglo XXI, no es menos verdad que los seres humanos tenemos una vacuna multisecular: el arte de la conversación. Admiro a esos ancianos de nuestros pueblos que son capaces de pasarse toda una tarde conversando en torno a una mesa camilla o contemplando el fuego. Entre anécdotas y chascarrillos tejen una red afectiva que los previene contra el aislamiento y la depresión. Formas parecidas tendríamos que poner de moda antes de que el exceso de información de nuestras sociedades digitales acabe encerrándonos en la mazmorra de una soledad insuperable. 


jueves, 16 de septiembre de 2021

La mudanza

Tengo ante mí un disco externo de 8 terabytes y unas cuantas cajas amarillas de DHL. En el primero estoy copiando los muchos archivos de texto, sonido, imágenes y vídeos acumulados en los últimos 18 años. En las segundas empaqueto algunos libros de mi biblioteca, ropa y objetos varios. Toda mudanza es una oportunidad única para desprenderse de muchas cosas inútiles. Un amigo mío me ha dado un consejo: “Si algo no lo has usado en los últimos cinco años es que no lo necesitas”. Creo que lleva razón. Hay libros en mi biblioteca que duermen el sueño de los justos. No los he hojeado en todo este tiempo. Puedo prescindir de ellos sin remordimiento. Y no digamos de la ropa y otros muchos objetos que uno va acumulando. Algunos son recuerdos de viajes; otros, regalos recibidos en distintos lugares. 

No soy de las personas que acumulan cosas “por si acaso”. Prefiero moverme ligero de equipaje, aunque me temo que esta vez la ligereza va a ser una metáfora más que una realidad. De todos modos, ante la perspectiva de una mudanza, no hay más remedio que discernir y tomar decisiones. Algunas cosas valiosas las puedo compartir con mis compañeros de comunidad; otras, es mejor tirarlas a la basura porque ya han cumplido su ciclo.

Me sorprendo de la cantidad de material escrito que he ido acumulando a lo largo de dieciocho años: informes, estudios, cartas, diarios, agendas, artículos, notas varias… Cada documento tuvo sentido en su momento. La mayoría de ellos son carne de hoguera. Quienes sienten pasión por la historia valoran cosas minúsculas que a mí me parecen insignificantes. Más allá de las diversas sensibilidades, hacer el equipaje tiene un alto valor simbólico. Pone a prueba nuestros apegos y desapegos, nos confronta con la verdad del viaje definitivo, cuando tendremos que dejar todo lo material a este lado de la frontera y viajaremos solo con el amor que hayamos vivido. Solo el amor es imprescindible. Todo lo demás es efímero. 

Para no dejarme dominar por sentimientos excesivos de finitud, procuro introducir alguna nota de humor. De vez en cuando rescato algún pequeño objeto que me recuerda experiencias entrañables. Cada uno tenemos nuestro pequeño museo personal en el que guardamos aquello que nos recuerda de dónde venimos y quiénes somos. Son como pequeños “sacramentos de la vida cotidiana” que mantienen viva la memoria. Yo, por ejemplo, conservo un viejo reloj que me regalaron mis abuelos hace muchos años. Ya no funciona, pero me gusta verlo de vez en cuando.

En este contexto de mudanza, me vienen a la memoria las palabras de Pablo en su carta a los Filipenses: “Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús” (3,13-14). Miramos atrás para coger carrerilla, pero, en realidad, los ojos se dirigen siempre a lo que está por delante, a la meta definitiva. Necesitamos memoria, pero también esperanza. Somos lo que hemos sido, pero también lo que seremos. Recuerdos y sueños se anudan en un único proyecto de vida. 

Mientras me hago estas reflexiones, compruebo que ya he conseguido copiar el 57% de los archivos que tenía almacenados en el servidor de la curia. Se requiere tiempo. Espero que la operación termine dentro de un par de horas como máximo. Luego podré borrar muchas cosas innecesarias. El futuro pasa también por algunas operaciones de borrado y reseteo. No es necesario cargar con todo. El demasiado lastre (físico y emocional) nos impide volar con agilidad. En fin, que no nos viene mal de vez en cuando hacer mudanza física. A menudo es una oportunidad para una profunda mudanza espiritual

miércoles, 15 de septiembre de 2021

No más de diez minutos

Al papa Francisco no le gustan las homilías largas. Y mucho menos las que se pierden en elucubraciones o naufragan en moralismos sin sustancia. Ya lo dijo claramente en varios números de la exhortación Evangelii gaudium en 2013. Lo ha repetido en muchas otras ocasiones. La última, hace un par de días dirigiéndose a los religiosos y sacerdotes en la Catedral de San Martín en el centro de Bratislava. Saliéndose del texto de su discurso, improvisó estas palabras: “La gente después de ocho minutos pierde la atención. Hay que pensar en los fieles que nos escuchan... porque hay algunas homilías de hasta 40 minutos, que le hablan a la gente de temas que no entiende”. No sé cómo les sentaría a los sacerdotes eslovacos el tirón de orejas papal, pero es bueno que el Papa nos recuerde a menudo el verdadero sentido de la homilía dentro de la celebración eucarística. 

La duración, aun siendo importante, es un asunto menor. Lo que cuenta es el contenido y la forma. Nunca he contado el número de homilías que he pronunciado a lo largo de mis casi 40 años de vida sacerdotal, pero, desde luego, varios miles. Siempre he procurado tener un ojo en la Palabra y otro en la comunidad, en la gente que participaba en la celebración.

Por desgracia, muchas personas juzgan la calidad de una misa por la opinión que les merece la homilía. En realidad, esta pieza es solo una pequeña parte y no la más importante de un conjunto ritual que contiene, en perfecta armonía, elementos muy diversos. Quizá se acentúa tanto porque es el momento en el que el que preside vuelca más su subjetividad. Al fin y al cabo, no se limita (salvo contadas excepciones) a leer un texto preparado por otros, sino que realiza un esfuerzo creativo. Una buena homilía es como un puente: conecta dos territorios. Exige, pues, adentrarse en el territorio de la Palabra de Dios y también en el territorio de las personas. Ninguna de las dos exploraciones es fácil. Para ambas existen instrumentos que pueden ayudar, pero, al final, todo tiene que ser digerido y personalizado por quien pronuncia la homilía. 

El riesgo de proyectar en los demás las propias experiencias salta a la vista. Recuerdo que en un librito de Henri Nouwen leí una vez el caso de un cura recién ordenado que, en una eucaristía matutina de un día laborable, dijo algo parecido a esto: “Hoy, que andamos todo el día esclavos de una agenda repleta de compromisos, necesitamos relajarnos para poder escuchar con atención la palabra de Dios”. El auditorio estaba compuesto por una docena de ancianas sin ninguna agenda y a las que les sobraba todo el tiempo del mundo. Resultaba evidente y hasta cómico el abismo entre las palabras del curita joven (que eran reflejo de su propia experiencia) y la situación del auditorio.

Uno de los 38 compromisos de nuestro Capítulo General ha sido cuidar mucho más la preparación y realización de las homilías diarias y dominicales en línea con lo que nos pide el papa Francisco. Cinco minutos pueden ser suficientes para compartir un mensaje que ilumine la mente, toque el corazón y mueva la voluntad. Para ello no es necesario repetir el Evangelio del día añadiendo glosas sin cuento. Hace falta precisar lo que se quiere decir, escoger las palabras e imágenes adecuadas y transmitirlo con humildad y convicción

No es necesario ser demasiado didácticos ni explicar todo con pelos y señales, como si el auditorio estuviera compuesto por gente ignorante. Siempre tengo presente el verso de Casaldáliga: “No te expliques demasiado, no te deshojes”. Basta sugerir lo esencial y dejar tiempo para que cada persona lo haga suyo a su manera porque no hay dos situaciones iguales. Jesús era un maestro en el arte de la comunicación. Los sacerdotes necesitamos mejorar mucho nuestra manera de comunicar. Quienes escucháis (o aguantáis) nuestras homilías podéis ayudarnos a corregir errores y encontrar nuevos modos de practicar el arte de la homilía. Gracias de antemano. 

martes, 14 de septiembre de 2021

The best is yet to come

Ha pasado un mes desde que escribí la última entrada. En estas semanas han sucedido muchas cosas. Los Misioneros Claretianos hemos celebrado nuestro XXVI Capítulo General en el centro Ad Gentes de Nemi, a poco más de 30 kilómetros de Roma, en la zona de los Castelli Romani, al sureste de la capital. Entre otras cosas, hemos elegido un nuevo gobierno general para los próximos seis años. Después de dieciocho años, yo he terminado mi servicio. Empieza una nueva etapa aún no definida. El tipo de ministerio cambia, pero la misión sigue siendo la misma. Estuve dudando si reabrir el Rincón de Gundisalvus o cerrarlo definitivamente. Al final, me he decidido a completar las 190 entradas que faltan para llegar a las 2.000, lo que puede suceder en torno a la Semana Santa del año 2022. Después, Dios dirá. Creo que, tras un ciclo de seis años, llegará el tiempo de empezar algo nuevo. Lo mejor está siempre por llegar. 

Mientras los casi 80 capitulares estábamos reunidos en un lugar tranquilo y fresco, asomado al lago de Nemi, el mundo ha seguido su ritmo implacable. Las últimas semanas de agosto estuvieron dominadas por la información sobre Afganistán. Luego, tras las vacaciones estivales, han vuelto los asuntos políticos y económicos. La pandemia sigue condicionando todo, por más que hayamos avanzado mucho en las campañas de vacunación. Yo he disfrutado con la experiencia de fraternidad vivida.

La audiencia con el papa Francisco el pasado día 9 fue un momento significativo. En su discurso nos habló con claridad: “Si quieren que su misión sea verdaderamente fecunda no pueden separar la misión de la contemplación y de una vida de intimidad con el Señor. Si quieren ser testigos no pueden dejar de ser adoradores”. No faltó su pizca de sal: “Sepan reírse en comunidad, sepan hacer chistes, y reírse de los chistes que cuenta el otro, no pierdan el sentido del humor; el sentido del humor es una gracia de la alegría y la alegría es una dimensión de la santidad”. Al final, los participantes pudimos estrecharle la mano sin necesidad de higienizarla con gel hidroalcohólico. La tarde anterior todos nos habíamos hecho un test de antígenos con resultado negativo. Los servicios de protocolo nos dijeron que no era necesario hacer ninguna reverencia. Bastaba un apretón de manos. 

Encontré al papa Francisco un poco cansado tras sus entrevistas con el presidente de Chile y el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En el impresionante marco de la sala Clementina del Palacio Apostólico traté de unir el pasado multisecular de la Iglesia con el futuro que el Papa nos diseñaba: “No sean pasivos ante los dramas que viven muchos de nuestros contemporáneos, más bien juéguense el tipo en la lucha por la dignidad humana, juéguense por el respeto por los derechos fundamentales de la persona. ¿Cómo lograr esto? Déjense tocar por la Palabra de Dios y los signos de los tiempos”. Más claro, agua. 

La vida misionera es por naturaleza itinerante. Durante dieciocho años he recorrido todo el mundo en servicios de animación. Ahora empiezo otra forma de itinerancia. Lo más probable es que deje Roma y empiece una nueva aventura. No me supone un esfuerzo especial porque los misioneros no echamos raíces en ningún lugar, no hacemos voto de estabilidad como los benedictinos, por ejemplo. Nuestra verdadera raíz es Cristo. Y Cristo está en todas partes. Antes de que nosotros lleguemos a un lugar, su Espíritu se nos ha adelantado. El lema del Capítulo General Arraigados en Cristo, audaces en la misión expresa con claridad esta dinámica. Si estamos arraigados en él, podemos movernos hacia cualquier periferia sin temor. Arraigo y audacia son dos rasgos de la vocación misionera en el contexto de una sociedad cambiante y del riesgo de la comodidad. Espero haber hecho mío el mensaje del Capítulo. 

No están los tiempos para perderse en detalles secundarios. Necesitamos ir a lo esencial. Así nos lo recordó el Papa en sus palabras finales: “Espero, queridos hermanos, que este Capítulo que están por concluir los ayude a centrarse en lo esencial: Jesús, a poner su seguridad en Él y sólo en Él que es todo el bien, que es el sumo bien, la verdadera seguridad. Creo que esto podría ser uno de los mejores frutos de esta pandemia que ha puesto en tela de juicio tantas de nuestras falsas seguridades. Espero, también, que el Capítulo los haya llevado a concentrarse en los elementos esenciales que definen la vida consagrada hoy: la consagración, que valorice la relación con Dios; la vida fraterna en comunidad, que dé prioridad a la relación auténtica con los hermanos; y la misión, que los lleve a salir, a descentrarnos para ir al encuentro con los demás, particularmente de los pobres, para llevarles a Jesús”.

No me olvido de que hoy, 14 de septiembre, celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Con este signo empezamos nuestra vida cristiana y con él nos despediremos de este mundo. La cruz concita un juego de miradas. Jesús nos mira desde arriba con amor; nosotros lo miramos a él desde abajo con fe. Con amor y fe podemos recorrer seguros el camino de la vida.