
Es difícil resumir la semana que termina. Escribo estas líneas después de haber visitado el cementerio de mi pueblo donde reposan todos mis familiares más cercanos, incluidos mis padres. Cuando ya en casa he conectado la televisión, me he encontrado con la retransmisión del funeral que se está celebrando en la basílica del Santísimo Cristo de la Veracruz de Urda (Toledo) por los 69 fallecidos en el terrible accidente de tren que tuvo lugar el pasado miércoles en la línea Madrid-Sevilla.
Preside el arzobispo de Toledo Francisco Cerro. Desgrana su homilía con serenidad y cercanía. Acaba de decir que Jesús nunca nos prometió que la vida transcurriría sin dolor y sufrimiento. Lo que nos prometió es que él siempre estaría con nosotros, sobre todo en los momentos de angustia, desesperación y muerte. Dirigiéndose a los familiares de las víctimas, les dice: “No estáis solos, la Iglesia de Toledo está con vosotros”.

Hubiera querido haber escrito algo el mismo miércoles 28, fiesta de los apóstoles Simón y Judas, pero me faltó tiempo y, sobre todo, ánimo. La noticia del accidente me dejó sin palabras. Desde que se inauguró el AVE el año 1992, he hecho muchas veces el trayecto Madrid-Sevilla. En los últimos años he sido testigo del progresivo deterioro de los servicios. El notable aumento de los trenes y el insuficiente mantenimiento de la línea han convertido el AVE en un tren bajo sospecha.
Los gravísimos accidentes de Adamuz (enero) y Urda (octubre), con 115 víctimas, han acabado de provocar una enorme desconfianza en los usuarios. Costará restaurarla. Pero ahora el centro de atención está en las personas fallecidas, en las heridas, en sus familiares y amigos y en todas las personas que llevan muchas horas volcándose en su ayuda. Experiencias de este tipo ponen a prueba nuestra calidad humana. Gracias a Dios, la respuesta ha sido extraordinaria, una muestra de esta magnifica humanitas que somos a pesar de los pesares.

El accidente ha sucedido a pocos días de celebrar la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. Estos días se llenan las iglesias y los cementerios. Mientras los seres humanos no nos olvidemos de quienes nos han precedido, seguiremos siendo humanos. A las máquinas no les importan los muertos. Solo los hombres y mujeres tenemos memoria cordial y conciencia creyente. Empezamos a ser humanos cuando aprendimos a enterrar a los muertos, a dignificar sus cuerpos, a no abandonarlos como materia sobrante.
En tiempos de Inteligencia Artificial se nos hace difícil lidiar con el misterio de la muerte. El transhumanismo la considera un “fallo del sistema” que hay que corregir con ayuda de la técnica. La fe cristiana la ve como un tránsito de la vida terrenal a la vida plena con Dios. Solo desde la esperanza que brota de esta convicción de fe se puede afrontar con serenidad un accidente como el que hemos sufrido. ¡Ojalá estos días sean para todos una meditación sobre el verdadero sentido de la vida!















