viernes, 26 de junio de 2026

44 años y un día


Esta mañana se ha abierto el consistorio en Roma. He seguido el discurso del papa León XIV por internet. Que les pida a los cardenales “libertad, franqueza y lealtad” es atrevido. A veces, en los ambientes clericales, la libertad y la franqueza están condicionadas por muchos factores demasiado humanos. La lealtad se supone en quienes están llamados a ser colaboradores “hasta la efusión de su sangre” (por algo visten de rojo), pero la historia pasada y reciente nos ha dado suficientes ejemplos de lo contrario. 

Imagino que no todos los cardenales se sentían a gusto en torno a una mesa redonda. Moverse en plano de igualdad es un aprendizaje que cuesta a quienes están acostumbrados a ejercer el servicio de autoridad desde arriba. Como el papa León XIV no da puntada sin hilo, este cambio de metodología y de temática apunta lejos. Se ha tomado muy en serio el camino sinodal. Veremos qué pasos se dan en este primer intento. A veces las sorpresas llegan de quienes menos se espera.


He aprovechado el descanso de la mañana para visitar la colegiata de Toro. Disfruto visitando lugares que no están asaltados por los turistas, como sucede en casi todos los monumentos de Madrid. La mañana era fresca, aunque vigilada por un sol implacable. Moverse por una iglesia románica y detenerse en cada retablo y en cada talla es un privilegio que pocas veces tengo. Me hubiera gustado mucho más haber celebrado allí la Eucaristía en el 44 aniversario de mi ordenación sacerdotal, pero eso no entraba en los planes. Lo he hecho a primera hora con el grupo de 40 Hermanas del Amor de Dios. Curiosamente, también en el año 1982 se celebró el Mundial de fútbol (en España concretamente) y el Papa (entonces Juan Pablo II) visitó España. Solo falta que se convoquen elecciones generales para que el paralelismo sea más evidente (en las de 1982 el PSOE obtuvo una mayoría arrolladora).

Creo que casi todas me superan en edad, experiencia y santidad, así que considero un regalo compartir esta jornada con ellas. He hecho un cálculo somero de las misas que habré presidido a lo largo de mi vida sacerdotal. Me sale una cifra en torno a 15.800. Me echo a temblar. Es probable que en más de una ocasión haya estado cansado o hasta enfadado, pero creo que nunca distraído. No hay nada más importante que celebrar la Eucaristía. Mi ministerio empieza y acaba en este sacramento del amor entregado.


Cada vez que abro algún periódico digital aumenta la cifra de víctimas de los terremotos de Venezuela. Los desescombros descubrirán muchas más. No se me quita de la cabeza lo que pueden estar pasando las familias afectadas y, en general, todo el pueblo venezolano. No sé cómo expresar mi solidaridad. Las palabras de rutina se me quedan cortas y casi vacías. Me he comunicado directamente con algunos compañeros claretianos. Ellos están siendo portavoces cercanos de esta desgracia. 

A medida que pase el tiempo, se irán concretando algunos modos prácticos de ejercer la solidaridad. Por el momento, todo depende de las gentes del lugar y de la ayuda de equipos especializados de varias partes del mundo que ya están en la zona. Ellos representan a todos los que quisiéramos echar una mano. Lo único bueno de los desastres naturales es que ponen en marcha un tsunami de solidaridad. ¡Ojalá este tsunami vaya acompañado de un cambio real!

jueves, 25 de junio de 2026

Rebelión en la tierra


Me levanto con la noticia de los dos terremotos en el estado de La Guaira, en el norte de Venezuela. En el momento de escribir esta entrada se habla ya de 164 muertos, pero la cifra puede subir a varios miles, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Cuesta entender que la naturaleza añada más sufrimiento a un pueblo que lleva muchos años sometido a duras pruebas. Desde que se conoció la noticia, se han disparado las muestras de solidaridad con el pueblo venezolano. Varios gobiernos, incluido el español, han ofrecido su ayuda inmediata. 

No es fácil continuar nuestros ejercicios espirituales como si nada hubiera sucedido. Cuando el dolor adquiere esta magnitud, la paz espiritual parece casi un lujo prescindible, la oración se antoja inútil y la fe se tambalea. Voltaire concluyó que el sufrimiento masivo e indiscriminado de inocentes provocado por el famoso terremoto de Lisboa de 1755 refutaba la idea de un Dios bondadoso y omnipotente. Kant, por el contrario, sostuvo que los desastres naturales no deben entenderse como un juicio o castigo divino, sino como el resultado de leyes físicas y mecánicas del planeta que el ser humano debe estudiar. Creo que hoy prevalece la tesis kantiana sobre la volteriana.


Un claretiano venezolano escribe que “los destrozos han sido terribles; muchos edificios han colapsado y el número de muertos y heridos en realidad todavía se desconoce. Nuestros hermanos de las tres comunidades de Caracas están bien; aunque los edificios de la casa de formación y de la parroquia de Los Dos Caminos han sufrido algunas grietas y daños”. A medida que pasan las horas, se van conociendo más detalles que explican la devastación. Acabo de recibir personalmente otro mensaje muy parecido que resulta tranquilizador por lo que respecta a las comunidades claretianas: “Hay algunas estructuras de nuestras casas de Caracas que sufrieron grietas y daños menores. No hay ninguna situación delicada hasta el momento. Se reportan afectaciones en edificios cercanos a la parroquia de Los Dos Caminos. Hay información sobre daños en el aeropuerto de Maiquetía. Las demás comunidades de Venezuela están bien. Por dificultades en la comunicación no he tenido información hoy”.

Como los seres humanos somos tan ambivalentes, habrá algunos que se aprovecharán de la situación (saqueos, extorsiones, ajustes de cuentas, etc.), pero la mayoría sacará fuerzas de debilidad para ayudar a los damnificados. Un desastre natural es siempre una prueba para medir nuestro grado de humanidad. Por suerte, somos más humanos de lo que las noticias de cada día manifiestan. La reacción ante los terremotos de Venezuela no será una excepción.


Aprovecho la tregua que nos ha dado la ola de calor para preparar los próximos compromisos. Reconozco que el silencio y la tranquilidad de este lugar toresano me ayudan. No estoy sometido a la dispersión madrileña. Es curioso que el tema de la meditación de hoy en nuestro itinerario de ejercicios lleva por título “Vivir como cuidadores”. Se trata de profundizar en cómo la experiencia del Espíritu nos ayuda a vivir de un modo nuevo nuestra relación con la creación, la sociedad y el ciberespacio. No somos explotadores, sino cuidadores; no somos propietarios, sino administradores; no somos consumidores, sino disfrutadores. 

Un terremoto parece alterar abruptamente la armonía de estas relaciones. Es como si la naturaleza que queremos cuidar (porque nos sentimos parte de ella) se rebelara de forma inmisericorde sin tener en cuenta nuestras intenciones, como si los seres humanos fuéramos enanos en comparación con su fuerza gigantesca. O, lo que es peor, como si se vengara de todas las agresiones que le hemos infligido. Separar nítidamente el plano natural del plano moral es imprescindible, pero no es fácil cuando el sufrimiento provocado por un terremoto no solo destruye bienes materiales, sino que atenta contra la vida humana. Está claro que la espiritualidad del cuidado de la casa común debe incluir también los desajustes que escapan a toda previsión. Hemos avanzado en control, pero no podemos terminar con la complejidad.

miércoles, 24 de junio de 2026

¿Quedan todavía profetas?


Cuando esta mañana, a primera hora, he caminado por el centro de Toro, he visto, frente a la Casa Consistorial, las cenizas de la hoguera de san Juan. Aunque me imagino que la tradición toresana no es tan fuerte como en muchas localidades del Mediterráneo, la llamada del fuego sigue siendo atávica. 
El fuego ha adoptado al comienzo del verano la forma de sol implacable. Creo que hoy es el último día de la ola de calor que nos mantiene recluidos en casa. Esperemos que mañana las temperaturas nos den un alivio. 

Nosotros hemos empezado la jornada celebrando la misa en la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista. Ya se sabe que la liturgia solo celebra el nacimiento de Jesús, de María y de Juan. El “dies natalis” de los santos es el día de su muerte, de su nacimiento a la vida eterna. Juan Bautista fue un tipo original: humilde y enérgico, sobrio y exigente, popular y perseguido. O sea, un profeta con todas las de la ley. En los años 70 se hablaba mucho de profetas y profecía. Hoy parece que este lenguaje ha caído en desuso. Ya no se canta aquello de “¿En dónde están los profetas?”. Y, sin embargo, en estos tiempos de incertidumbre, necesitamos la clarividencia y el arrojo de los profetas. Son ellos quienes nos dan “las esperanzas y fuerzas para andar”, como cantaba Ricardo Cantalapiedra.


Creo que el papa León XIV está siendo un profeta en estos años del siglo XXI. Lo digo porque reúne tres características de todo auténtico profeta que están implícitamente contenidas en el prefijo “pro”: hablar “en nombre de” Dios; hablar “de manera clara y rompedora”, anunciando la novedad del Evangelio; y hablar “en favor de” los más necesitados, denunciando las causas que provocan y mantienen las injusticias. A León XIV muchos lo percibimos como un hombre de Dios, un obispo orante, un religioso empapado en la fuerza de la Palabra y de la tradición espiritual agustiniana. Por eso, sus palabras rezuman verdad, autenticidad. Uno no tiene la impresión de que le está vendiendo un crecepelo o prometiendo imposibles, como hacen a menudo los políticos. 

Habla, además, de manera clara y contundente: suaviter in modo, fortiter in re. No habla desde la indignación (como los falsos profetas), sino desde la compasión (como el profeta Jesús). Sus mensajes no se pierden en abstracciones. Tocan el suelo de la experiencia cotidiana. Los entienden los intelectuales y la gente sencilla. Tiene tirón, sin necesidad de convertirse en un showman. Y, por último, él habla teniendo en cuenta a los pobres, denunciando las causas que promueven la pobreza y la guerra, incluso desafiando a los responsables del armamentismo, los oligopolios digitales, la corrupción o el crimen organizado.


Juan el Bautista era un tipo de una pieza. Jesús lo admiraba y lo quería. Mucha gente lo admiraba y lo temía. Algunos poderosos lo admiraban, pero lo mataron. Todos los profetas corren una suerte parecida. Al abrirnos la verdad en canal, nos sentimos atraídos por la fuerza de su autenticidad, pero, al mismo tiempo, denunciados en nuestras mentiras e incoherencias. Nos atraen y nos repelen a un tiempo. Admiramos su congruencia con tal de que no nos veamos obligados a seguirla. Por eso, un día les concedemos un Premio Nobel y al día siguiente prescindimos de ellos o nos inventamos historias raras para desacreditarlos. 

Jesús lo tenía muy claro. Conocía el destino de la mayor parte de los profetas de Israel. Fue testigo del final de Juan. Intuía su propia final. Tuvo la audacia de decir que “ningún profeta es bien recibido en su tierra”. Hay que reconocer que a nosotros nos van los cuentistas más que los profetas, los aduladores más que los testigos de la verdad. Así nos va. Que san Juan Bautista nos despierte.

martes, 23 de junio de 2026

Pausas de hidratación


Llegué ayer a Toro pasadas las seis de la tarde. En la pantalla del enorme autobús que me trajo desde Madrid se leía la temperatura: 39 grados. Dentro se estaba bien. El aire acondicionado mitigaba el intenso calor exterior, pero, al salir en la estación de autobuses de la ciudad zamorana, una bofetada de fuego me recordó que el verano ha empezado de forma despiadada. 

La casa fundacional de las Hermanas del Amor de Dios es un antiguo palacio episcopal renovado. Sus gruesos muros aseguran una temperatura interior aceptable. Después de la cena, comenzamos una semana de ejercicios espirituales. Es un grupo de cuarenta hermanas entradas en años. Detrás de sus canas y de su caminar renqueante, descubro vidas entregadas que no se resignan a vivir la crisis de reducción con desesperanza, sino con una humilde confianza en Dios. Son una verdadera reserva de humanidad en estos tiempos acelerados. Parecen una especie en vía de extinción, pero su legado no se perderá. Merece la pena acompañarlas durante una semana en su aventura personal y comunitaria de dejarse leer por la Palabra de Dios para interpretar desde la fe lo que están viviendo.


Por supuesto, los periódicos no hablan de lo que estamos haciendo dentro de los muros de este convento, sino de algunas sentencias judiciales que han levantado ampollas, de los ecos de la visita del papa León XIV a España o de la marcha del Mundial de fútbol. Y, sin embargo, son muchas las personas (laicos, religiosos y sacerdotes) que aprovechan el tiempo de verano para tener unos días de ejercicios espirituales. Yo mismo voy a animar otra tanda a mediados de julio abierta a todos. 

Es verdad que muchas personas (sobre todo, laicos) no disponen de tiempo (y a veces de recursos) para apartarse una semana de su ritmo ordinario e ir a un “lugar solitario” (Mc 6,31) para ponerse a tono espiritualmente. Habría que hacer un esfuerzo colectivo por facilitar la participación de aquellas personas que de verdad lo desean. Hoy se han puesto de moda los “retiros de impacto”. No tengo una opinión formada sobre ellos porque no los conozco... por dentro. Si ayudan a las personas a encontrarse con Jesús y a reorientar su vida, bienvenidos sean. Pero siempre me dan más confianza las iniciativas discretas que las llamativas, las serenas que las demasiado emotivas, las de largo plazo que las que provocan decisiones inmediatas.


La vida es una carrera de larga duración. El cansancio y la fatiga son inevitables. Como en el Mundial, necesitamos “pausas y lugares de hidratación” que nos permitan conectar con la fuente que nos mantiene vivos. Los ejercicios espirituales anuales que practican todos los consagrados son como “pausas de hidratación” en el combate de la vida ordinaria. Su eficacia se nota en la fuerza que nos dan para regresar al ritmo cotidiano con más disposición a cumplir la voluntad de Dios. 

Mientras algunos religiosos y religiosas se muestran un tanto reticentes (por cansancio, rutina, desconfianza u otras razones), muchos laicos anhelan pausas de este tipo para vivir en verdad, habitar el silencio, permitir que la Palabra los lea, dejar de controlar en exceso el propio camino vital, ordenar los afectos para amar mejor, reconocer el paso de Dios por la vida, permitir que Dios sorprenda, caminar junto a otros sin invadir su espacio y creer que Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas. Estas son cabalmente las nueve actitudes que les he propuesto a las Hermanas del Amor de Dios al comienzo de nuestra peregrinación. Esperemos que podamos llevarla a término.

domingo, 21 de junio de 2026

Miedosos reconvertidos


Tras un par de días en el Santuario de Nuestra Señora del Henar haciendo el retiro de fin de curso con mi comunidad, celebro el XII Domingo del Tiempo Ordinario en un Madrid que puede alcanzar hoy los 40 grados. Estamos ante la primera ola de calor del verano recién inaugurado. Para evitar golpes peligrosos, he salido a caminar a las 7 de la mañana, cuando los barrenderos estaban poniendo guapa la ciudad y algunos noctámbulos regresaban a sus casas tras una noche de fiesta. 

Me gusta pasear por Madrid antes de que el sol del mediodía la convierta en una sartén. Para sofocos ya tenemos suficientes con los que nos brindan a diario los periódicos. Y con los infinitos comentarios, análisis, bulos y chascarrillos que circulan por las redes sociales como si fueran granizos hirientes de una tormenta mediática interminable. En este contexto de temperatura elevada (la meteorológica y la social), Jesús nos invita en el evangelio de hoy por tres veces a “no tener miedo”. Es uno de sus consejos más repetidos.


No debemos tener miedo a los hombres. Todo lo que hoy parece escondido llegará a desvelarse. Si siempre hemos sentido la impresión de que hay fuerzas oscuras que controlan el mundo, ese sentimiento se ha reforzado en estos tiempos de revolución digital. Hay un miedo razonable a que quienes controlan las distintas Inteligencias Artificiales manipulen a la humanidad por encima de los gobiernos nacionales y de los organismos internacionales. La invitación de Jesús a no tener miedo a los hombres es una afirmación de la primacía de Dios. No hay poder humano, por omnipotente que parezca, que pueda competir con Dios. La fe nos cura de un miedo insano a los poderosos de este mundo.

No debemos temer a los que matan el cuerpo. La violencia puede acabar con nuestra vida física. Por desgracia, esto sucede a diario en los lugares donde hay guerras abiertas, narcotráfico, terrorismo y crimen organizado. Pero lo más grave es el veneno cultural que envenena el alma y la priva de su conexión con Dios. No hay mayor daño que privar a una persona, por superioridad intelectual y moral, por odio o por ignorancia, del tesoro de la fe. Esto está sucediendo de manera sutil en nuestras sociedades hiperconectadas. Por eso, debemos reforzar nuestra confianza en la providencia de Dios que no nos deja de su mano. Esta confianza es un antídoto contra el veneno que inoculan en nuestros corazones los asesinos del alma.


No debemos temer al futuro. La incertidumbre es uno de los rasgos que caracteriza a nuestro mundo. No sabemos lo que nos van a deparar los próximos años. No estamos seguros de caminar hacia tiempos mejores. Se dice que en los jóvenes actuales se ha instalado la convicción de que van a vivir peor que sus padres y abuelos. Puede ser. De lo que estamos seguro es de que si nos dejamos vencer por el miedo no vamos a estar en condiciones de construir algo valioso. 

Las grandes obras son fruto del entusiasmo, no del miedo. La historia, incluida la historia del incierto siglo XXI, no se le escapa a Dios de las manos. Como los indicadores sociales parecen apuntar en otra dirección, necesitamos que la palabra de Dios nos señale siempre, como GPS infalible, la dirección correcta. Feliz (y caluroso) domingo. 

viernes, 19 de junio de 2026

Del dicho al hecho


¿Es fácil transformar el entusiasmo en virtud? El Mundial de Fútbol ha vuelto a poner en primera plana el deporte, aunque el fútbol en concreto lleva ya mucho tiempo ocupando un lugar destacado en el panteón de los dioses modernos. Me hablan algunos amigos mexicanos de los precios disparatados de las entradas para acceder a los estadios. Por si albergábamos alguna duda, este nuevo Mundial nos confirma la convicción de que estamos ante un pingüe negocio. 

Y sí, también se hace deporte, pero sometido a las férreas leyes del mercado y del entretenimiento. Los deportistas que no han sucumbido a la presión de convertirse en máquinas competitivas representan todavía el ideal del esfuerzo convertido en hábito, del sueño devenido virtud. Y por eso pueden ser modelos de algo que necesitamos en cualquier proceso de crecimiento humano: hacer que la chispa del entusiasmo genere hábitos de transformación.


Mi padre solía repetir una frase que me acompaña desde hace años: “Temo el esfuerzo del vago”. Las personas perezosas se pasan la vida sin hacer nada, pero si alguna vez deciden trabajar, entonces parece que se van a comer el mundo. Dan de sí lo mejor que tienen y tachan a los demás de indolentes. Claro, ese esfuerzo sobrehumano dura un día o unas horas. Cumplido el objetivo efímero, enseguida vuelven a la noble actividad del dolce far niente. 

Escribo esto a propósito de las expectativas generadas por la visita del papa León XIV a España. Millones de personas se han sentido atraídas por la persona y el mensaje del Papa. Se habla de despertar social, de búsqueda espiritual, etc. No dudo de que muchas personas habrán visto en León XIV un referente sólido en medio de un ambiente volátil, incierto, complejo y ambiguo. Este es un claro signo, pero no basta. ¿Cómo transformar esa expectativa en un itinerario sostenido en el tiempo? Aquí viene el ejemplo de los verdaderos deportistas. Ellos no viven del entusiasmo de las victorias ni se dejan hundir por la frustración de las derrotas. Dedican mucho más tiempo a entrenar que a competir. Saben que la obtención de triunfos depende en buena medida de una ascesis rigurosa, de una constancia a prueba de veleidades y de un acompañamiento fiable por parte de entrenadores expertos.


Me parece que en los procesos de crecimiento personal necesitamos experiencias luminosas, acontecimientos extraordinarios, encuentros que nos hagan vibrar. Pero necesitamos también ascesis, disciplina, moral de deportistas. ¿Estará la Iglesia española en condiciones de ofrecer itinerarios y entrenadores que acompañen a las personas que buscan? Me temo que, sin este ofrecimiento, la visita del Papa se convertirá a medio plazo en un espejismo. Ha llegado el momento de transformar la chispa en procesos, el entusiasmo en disciplina, la búsqueda en entrenamiento. Entonces, las semillas sembradas pueden acabar dando fruto. Del dicho al hecho... siempre hay un largo trecho. Paciencia.

jueves, 18 de junio de 2026

Necesitamos consuelo


Regresé ayer por la tarde de
Tortosa. He estado un par de días acompañando a las Hermanas de la Consolación en su Asamblea General. Acababan de celebrar el 150 aniversario de la muerte de su fundadora, santa María Rosa Molas, nacida en 1815 en Reus, la localidad natal también de Antoni Gaudí, el “arquitecto de Dios”. 
Admiro a las congregaciones que, en plena crisis de reducción, salen de su tierra y se arriesgan a ir a otros continentes. Las hermanas provenientes de Burkina Faso, Mozambique, Filipinas o Corea eran un ejemplo de la fecundidad multicultural del carisma de la consolación.

El domingo 14, antes de salir para Tortosa, estuve en el concierto-oración que el jesuita chileno Cristóbal Fones dio en la parroquia de santa Ángela de la Cruz en Madrid. La iglesia estaba llena. Muchas personas cantaban las canciones. Cada vez hay más gente que encuentra en la música religiosa un venero para nutrir su espiritualidad. Se ha visto con claridad durante el viaje de León XIV a España. 


Están siendo días de mucho movimiento. El calor con que se despide la primavera no es el mejor aliado para desplazarse de un sitio a otro, pero es lo que toca. Ayer, en la audiencia general de los miércoles, el papa León XIV hizo un agradecido balance de su viaje a España. Mientras, yo aproveché los viajes en tren y autobús (Tortosa está a 547 kilómetros al noreste de Madrid) para releerme todos sus discursos y homilías de su visita apostólica y algunos capítulos de la encíclica Magnifica Humanitas

No basta una primera lectura rápida para captar todos los temas. El papa León XIV escribe como es: con claridad, concisión y profundidad. A veces, echo de menos un toque literario al estilo de Pablo VI, pero reconozco que cada Papa tiene su manera peculiar de expresarse. Dudo –eso sí– que muchos jóvenes católicos se adentren en los 245 números de la encíclica. El texto es demasiado largo para los estándares comunicativos modernos. Corren por las redes resúmenes, infografías y vídeos que destacan lo esencial. Quizás es el único modo de que a muchas personas les llegue el mensaje, pero nada de esto sustituye a una lectura meditada, ni siquiera las síntesis hechas con IA.


Por lo demás, alumnos y profesores se frotan las manos porque el fin del curso académico 2025-2026 está al caer. No sé si los padres que tienen hijos pequeños comparten ese entusiasmo, pero es lo que hay. Yo, por mi parte, me preparo para el retiro de final de curso que tendré con mi comunidad este fin de semana. Es el momento de la evaluación, la gratitud y la mirada al futuro. Luego nos aguardan algunos días de vacaciones y muchos compromisos pastorales de diverso tipo. En mi caso, pasan por Toro (Zamora), Málaga, Segovia, Colmenar Viejo, México, etc. 

Aunque suene a tópico, siempre aprendo más que lo que yo puedo compartir. Mi segunda universidad –primera, en sentido axiológico– ha sido el encuentro con miles de personas en muchos lugares del mundo. A medida que pasan los años y tomo distancia de los acontecimientos, más valoro el poso que me han dejado. Mucho de lo que hoy pienso, siento y hago, bebe en las fuentes de personas extraordinarias que me han revelado los vericuetos de la vida que ningún libro consigue recorrer. Incluso los casos problemáticos que he debido afrontar me han enseñado más sobre la naturaleza humana –es decir, sobre mí mismo– que mis estudios de Psicología. Es verdad que viajar me cansa más que hace veinte años, pero sigue siendo una experiencia extraordinaria de admiración y aprendizaje.