miércoles, 8 de abril de 2026

Tras las huellas de Jesús


Hoy no dispongo de mucho tiempo para escribir, porque esta misma mañana comenzamos la
55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, pero creo que, en el contexto de esta Octava de Pascua, es bueno que volvamos sobre una pregunta que planea sobre creyentes y no creyentes: “¿Existió de verdad Jesús?”. No sé cuantas obras de investigación y divulgación se habrán escrito sobre este asunto. Hoy por hoy, son pocos los historiadores que niegan la existencia de Jesús de Nazaret. 

Otro asunto muy distinto, pero inseparable, es la interpretación acerca de su identidad. Los cristianos lo confesamos como “verdadero Dios” y “verdadero hombre”. Una confesión de este tipo –que desarrolla la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (cf. Mt 16,16)– no es el resultado de una investigación histórica, sino el fruto de la gracia de Dios y de la respuesta de la fe: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).

Os dejo con un vídeo sencillo que nos pone al día sobre el estado de la cuestión en torno al Jesús histórico. Creo que puede ser muy útil, sobre todo para quienes no están familiarizados con estos temas. Si alguien tuviera interés, del vídeo divulgativo se puede saltar a algunas obras escritas más sistemáticas.



Para completar este itinerario “tras las huellas de Jesús”, os dejo ahora con una canción que mi compañero claretiano Miguel Ángel Gil ha elaborado con una herramienta de Inteligencia Artificial (IA). Cuenta los últimos días de Jesús en esta tierra tomando como punto de referencia la ciudad de Jerusalén. Es sorprendente cómo la IA, siguiendo algunas instrucciones, puede componer una letra más que aceptable, recrear las voces (femenina y masculina) y producir los arreglos. Si algún lector desea escucharla, basta con que pinche aquí. Ya me diréis qué os parece. 

El vídeo en YouTube, con imágenes que Miguel Ángel ha producido, tiene ya más de 150.000 visualizaciones en solo dos semanas. No está nada mal para un tema de este tipo. Todo sea para que Jesús sea más conocido, amado y seguido


martes, 7 de abril de 2026

La otra cara de la luna (urbana)


Nos atrae mucho poder ver “la cara oculta de la luna”. Quizá por eso seguimos con tanto interés las peripecias de la misión espacial Artemis II. Ya en 1973, mis admirados músicos del grupo Pink Floyd publicaron The Dark Side of the Moon. Las canciones de ese octavo álbum de la banda trataban temas como el conflicto, la codicia, el tiempo, la muerte y las enfermedades mentales. En realidad, el título del disco no era “la otra cara”, sino “el lado oscuro” de la luna. 

La metáfora me sirve para poner nombre a lo que observo cada mañana. Madrid es una ciudad maravillosa, en continua evolución. Me gusta repasar algunas de las grandes obras en curso que son muestra de “la cara visible” de esta urbe cosmopolita: soterramiento de la A-5, bulevar Cibeles-Puerta de Alcalá, parque Castellana, parque Ventas, Ciudad de la Justicia, nuevo complejo médico de La Paz, Ciudad del Deporte, intercambiador de Méndez Álvaro, prolongación de la línea 11 del Metro, circuito Madring de Fórmula 1, renovación de las estaciones de tren de Atocha y Chamartín, renovación del complejo de Azca, nueva estación de Metro Bernabéu, ampliación y renovación del aeropuerto de Barajas, el gran proyecto Madrid Nuevo Norte… y un sinfín de obras menores. 

Las próximas elecciones municipales y autonómicas se prevén para la primavera de 2027. En cuanto empiece el nuevo año, se pondrá en marcha una cascada de inauguraciones. Llegaremos a los comicios con muchos deberes hechos y una buena campaña publicitaria en marcha. De eso saben mucho los políticos.


Madrid está de moda. Es evidente. Las grandes transformaciones urbanas van acompañadas por la llegada de un número creciente de ejecutivos, inmigrantes y turistas nacionales e internacionales, hasta el punto de que estamos rozando casi la saturación. No me extrañaría que pronto se intensificaran más las quejas de los vecinos por esta avalancha incontrolada y quizás incontrolable. El auge de los pisos turísticos, por ejemplo, resulta doloroso en un contexto en el que hay escasez de vivienda y los precios de los alquileres no dejan de subir. 

La hermosa luna de Madrid tiene también su “otra cara”. O, por decirlo con la metáfora de Pink Floyd, su “lado oscuro”. Como decía antes, lo compruebo cada mañana en el corto trayecto que separa mi casa del colegio de las Madres Concepcionistas en la calle Princesa en el que celebro la Eucaristía cotidiana. Es un verdadero laboratorio de realidad social. Por lo general, junto a edificios imponentes, me encuentro con tres o cuatro personas sin techo que duermen en los alrededores. No acabo de acostumbrarme a esta realidad, por más que sea tan habitual. 


La primera persona es un hombre de mediana edad que se acurruca en su saco de dormir bajo el alero de la iglesia del Buen Suceso. Cuando se hace de día, pliega los cartones que le han servido de guarida durante la noche y deja libre el espacio. A menudo, solía discutir con el antiguo sacristán de la parroquia. 

La segunda es una mujer muy extraña, enfundada en un anorak, con gafas de sol y una maleta en la mano. A veces, está en una de las marquesinas del autobús; otras, en un banco frente a una residencia de ancianos. Más de una vez, ha defecado en esos lugares. Los servicios de limpieza enseguida los limpian, pero sirve de poco. Vuelve a las andadas. Debe de padecer algún trastorno mental. Algunos días permanece taciturna. Otros días, como hoy, por ejemplo, no paraba de gritar: “¡Asesinos, terroristas!”. Creo que se refería a los policías municipales que le llaman la atención. 

La tercera persona es un viejo poeta sucio y desaliñado que desde hace años vive en un pequeño carrito como si fuera su domicilio. Obligado por las obras de remodelación del hotel Meliá-Princesa, ha debido trasladar su vivienda móvil a la acera de enfrente, muy cerca del palacio de Liria. Pero no renuncia a permanecer de pie en su antigua “parcela” para no perder sus derechos. A él se añaden otros dos vagabundos, siempre con una botella de vino en la mano y mal vestidos, que deambulan de un sitio para otro, aunque no parece que duerman en la zona.


La pregunta es obligada: ¿Cómo somos capaces de hacer obras de tanta magnitud como el soterramiento de la A-5 o el complejo Madrid Nuevo Norte y no podemos resolver el problema del sinhogarismo? Estoy seguro de que el Samur Social ha entrado en contacto con estas personas. Es probable que ellas hayan rechazado las ayudas de los albergues municipales o de los comedores sociales, pero algo hay que hacer. La grandeza de una ciudad no se mide solo por sus grandes monumentos u obras públicas, sino por la capacidad colectiva para prevenir la marginación social y, en su caso, integrar a quienes, por múltiples razones, viven en situaciones precarias. 

Esta “cara oscura” también pertenece a la ciudad. Necesitamos una especie de operación social Artemis II para darla a conocer y encontrar cuanto antes una solución. ¡Ojalá los políticos pusieran tanto interés en estos asuntos sociales como en las inauguraciones de obras!

lunes, 6 de abril de 2026

Las mujeres del alba


El evangelio de este Lunes de Pascua es casi el mismo que proclamamos en la noche de la Vigilia Pascual. En él, las mujeres tienen un gran protagonismo. Son madrugadoras, intrépidas, rápidas. El sepulcro vacío les produce una mezcla de temor y alegría. Pero esta mezcla se disipa cuando el mismo Jesús les hace una abierta invitación a la alegría y al anuncio: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Esta combinación de un verbo en forma negativa (“no temáis”) y otro en forma positiva (“id a comunicar”) describe muy bien la dinámica de la experiencia de la resurrección. En pocos versículos se nos ofrecen claves para afrontar nuestro momento presente. Destaco tres:

1. Las “mujeres del alba” siguen siendo la vanguardia de la experiencia de encuentro con Jesús y de la transmisión de la fe. Ellas (madres, abuelas, catequistas, teólogas, evangelizadoras, consagradas…) siguen teniendo un sexto sentido para saber que Jesús no está muerto, que sigue viviendo, que no está encerrado en el sepulcro de una sociedad indiferente, sino que corre veloz por nuestras calles y hogares. Ellas no se resignan a las encuestas sociológicas, no tiran la toalla cuando todo parece que se desploma, creen en la pacencia del amor. Al final, como buscadoras incansables, acaban encontrando.


2. La invitación del Resucitado es siempre a la alegría y la paz. No nos echa en cara nuestra falta de fe, no nos castiga por nuestras traiciones, no se fija en nuestra inconsistencia. Sabe que para seguirlo necesitamos entusiasmo, el coraje de la fe y la fuerza de la esperanza. También a nosotros nos invita a superar el temor y a experimentar el gozo de su nueva presencia. 

De temores andamos hoy sobrados. La situación del mundo parece un polvorín a punto de estallar. Hay personas que no pueden gestionar este nivel de incertidumbre. Se vienen abajo, desesperan de la condición humana, se abandonan a actitudes irracionales. Donde está Jesús, no hay lugar para el temor. Si algo repite a sus discípulos de todos los tiempos es el estribillo: “No tengáis miedo”. El miedo paraliza, lleva siempre a actitudes defensivas, contrae nuestra creatividad, establece muros por doquier. Solo la alegría tiene la capacidad de crear algo nuevo, de expandir nuestro corazón. Jesús es “la alegría del mundo”. Hay un himno litúrgico que lo proclama con fuerza en este tiempo pascual: “Cristo, alegría del mundo”.


3. ¿Dónde vamos a encontrar al Resucitado? La respuesta es neta: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Galilea es el escenario de la vida cotidiana. A él hemos vuelto en este Lunes de Pascua. Es el lugar donde vivimos, nos relacionamos y trabajamos. Al Resucitado no le gustan los eventos extraordinarios. Prefiere hacerse el encontradizo con nosotros en la trama de nuestros trajines ordinarios. Es cuestión de activar los “ojos de la fe” para reconocer su presencia donde antes nos costaba verlo. Quizás en esto consiste el núcleo de la experiencia pascual. 

Las “mujeres del alba” se convierten en nuestras pedagogas en esta fascinante aventura de ver vida donde antes veíamos solo muerte, de ver alegría en lo que nos producía tristeza, de ver luz en medio de la oscuridad.



domingo, 5 de abril de 2026

Sí sabemos dónde lo han puesto


Hace años que el domingo de Pascua no amanecía tan radiante. La sincronía entre la naturaleza y la liturgia es admirable. El sol de primavera nos ayuda a comprender mejor el misterio del alba. Aleccionados por algunas mujeres (siempre las mujeres en primera línea de evangelización) y por María Magdalena, sabemos que Él no está en el sepulcro. La Magdalena confiesa –como confesamos quienes vivimos en una cultura agnóstica– que “no sabemos dónde lo han puesto”. El amor nos dice que está vivo, pero la realidad, leída con ojos de incrédulo, parece desmentir este presentimiento. Solo la fe nos asegura que Él está puesto en el corazón de Dios y en el de todo ser humano. Por eso, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

Mientras escribo estas líneas en la mañana de Pascua no puedo olvidar el mazazo que ha supuesto recibir la noticia de que dos claretianos amigos míos –uno uruguayo y otro colombiano– murieron de infarto fulminante el Viernes Santo (el primero en Rosario, Argentina) y el Sábado Santo (el segundo en Crotone, Italia). Cuesta hacerse cargo de estas muertes súbitas. Solo cuando las asociamos al Cristo que muere y resucita comienzan a cobrar sentido. A Él no se le escapa ninguna vida. Él no deja desamparados a quienes hemos aceptado el regalo de seguirlo. La Pascua de este año no solo tiene el brillo del sol de primavera, sino también el desconcierto de algunas muertes inesperadas. Una vez más, como siempre, mors et vita duello, la muerte y la vida están en un duelo constante.

No es necesario multiplicar hoy las palabras. La liturgia de la Vigilia Pascual y la de la Misa del día nos da las claves suficientes para vivir el Misterio de la Pascua con asombro, alegría y gratitud. 

Desde este Rincón quiero felicitaros a todos y a cada uno de quienes habitual u ocasionalmente os acercáis a este blog de Internet. Algunos nos conocemos personalmente. Hemos compartido muchas cosas. A todos sin distinción os deseo una Feliz Pascua. Que el Resucitado os salga al encuentro en la Galilea de vuestra vida cotidiana y que, en medio de los trajines habituales, podáis reconocer su rostro en los pequeños signos con los que Él se nos manifiesta. 

Muchas gracias también por este “camino digital” que desde hace más de diez años estamos recorriendo juntos.


sábado, 4 de abril de 2026

¿No oís ya el susurro de la vida?


La naturaleza se ha vuelto pascual antes de tiempo, como si quisiera vestirse de luz y calor para acoger la noticia de que Cristo ha resucitado. Tras los días ventosos y fríos, la meteorología se ha aliado con la liturgia. Hoy, Sábado Santo, ha amanecido un día radiante y sereno. Por todas partes se respira calma. El silencio con el que terminamos ayer la celebración de la Pasión se prolonga en esta jornada de espera. 

Conviene no llenar de actos devocionales un día que apunta a la solemne Vigilia Pascual de esta noche. Este barbecho litúrgico nos permitirá celebrar con más fruición “la madre de todas las vigilias”, “la noche de las noches”.


Impresiona ver la fotografía del planeta Tierra tomada desde la cápsula espacial Orión. Además de corregir las visiones terraplanistas que aún perviven, nos hace comprender que todos habitamos la misma “casa común”, que las divisiones que hacemos en nuestros mapas (pueblos, ciudades, regiones, países) pueden ser beneficiosas para una convivencia cercana, con tal de que no pierdan esta perspectiva global. Somos todos ciudadanos de un planeta en el que todo está interconectado. Las divisiones políticas (más o menos artificiales) no pueden superponerse a la unidad geográfica más primigenia. 

También esta visión tiene que ver con el Misterio Pascual que estamos celebrando. Leemos en la carta a los Efesios: “Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad” (Ef 2,13-14). La muerte de Cristo ha derribado el muro que separaba a los seres humanos. Su resurrección inaugura la nueva familia de los hijos e hijas de Dios. ¿No es esto lo que celebramos en la Pascua? ¿No es este el “paso” que necesitamos para hacer frente a las guerras y divisiones que nos desangran?


Esta noche nos dejaremos conducir por la pedagogía de los símbolos. Con el fuego comprenderemos que Cristo es la luz que vence toda oscuridad. El agua nos recordará que hemos sido purificados en el Bautismo y hechos hijos de Dios. La Palabra –tan abundante en su variedad de lecturas– nos dará indicaciones precisas para proseguir el camino. Y el pan y el vino consagrados nos alimentarán con la energía del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Conviene acercarse a la celebración de esta noche sin prisas. El reloj no cuenta. Manda la liturgia y su secuencia hermosa y distendida. 


Para llegar bien dispuestos, el Sábado Santo es un día de serenidad y descanso, de acompañar a la Madre en la “hora” de su Hijo, de sumergirnos en el sepulcro de las preguntas no respondidas y de las crisis no resueltas. Sin tomar medidas a la profundidad de nuestros sepulcros, nos será difícil percibir la magnitud y belleza de la subida. 

En el Credo apostólico confesamos que Jesús “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó entre los muertos”. El Sábado Santo subraya ese descenso a los infiernos antes de la resurrección del tercer día. Cristo se acerca a quienes viven ya el infierno en esta tierra para devolverles la esperanza de una salida definitiva. El susurro de la Vida se siente por todas partes.

viernes, 3 de abril de 2026

Hoy es Viernes Santo


Sigue el viento frío, a pesar de que las previsiones apuntan a una clara mejoría. Dentro de unos minutos presidiré el Viacrucis que se tendrá dentro de la iglesia parroquial. Por la tarde tendremos la celebración de la Pasión del Señor. No hay más actos devocionales. En mi pueblo natal la Semana Santa es muy sobria. Tampoco hay apenas procesiones callejeras. Acaso la procesión va por dentro. Veo senderistas por el monte. No sé lo que significa para ellos este día. Es probable que mantengan algunos recuerdos infantiles, pero en sus planes no incluyen los ritos litúrgicos. Han venido a descansar y pasear, no a pasar frío en una enorme iglesia de piedra. 

Este es para mí el rostro actual del Viernes Santo, ese desenganche progresivo de una fe que ya no se vive ligada a la vida, que ya no forma parte de nuestras prioridades. La “muerte de Dios” se disfraza hoy de indiferencia. No hay agresividad, sino olvido. No hay razonamiento, sino desconexión. No hay pasión, sino rutina. En esa procesión primigenia que va de la torre Antonia al Gólgota no somos de los que gritan: ¡Crucificadlo! Simplemente, volvemos la mirada hacia otro sitio y proseguimos nuestro camino. Lo de Jesús no tiene nada que ver con lo que mueve nuestra vida real.

A las siete de la tarde comenzaremos la celebración de la Pasión en silencio absoluto. No haabrá saludo litúrgico. Tampoco habrá despedida. El Viernes Santo forma parte del Día que empezamos ayer por la tarde. Leeremos la pasión según san Juan. Permaneceremos un largo rato de pie. Por momentos, perderemos el hilo del relato, pero es muy posible que algunas palabras nos alcancen como dardos rusientes. Es probable que, al narrar el momento de la muerte de Jesús, nos venga el recuerdo de muertes cercanas. 

Después adoraremos la cruz sin saber muy bien qué significa ese beso furtivo. Quizá no se nos ocurra pensar que ese beso implica la aceptación de las cruces que la vida nos vaya presentando. Es una especie de alianza con la cruz de Jesús. Es bueno que conservemos ese beso en nuestra memoria. Necesitaremos volver a él cuando nos visite el sufrimiento y no sepamos cómo afrontarlo. El canto se convertirá en un estribillo contagioso: “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

Terminaremos participando del pan consagrado ayer. Recordaremos las palabras de Pablo: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Saldremos de nuevo a la calle. Los bares estarán abiertos. Las gentes seguirán tomando cerveza, comentando asuntos políticos o haciendo apuestas sobre el desenlace de la misión Artemisa II. Los creyentes nos sentiremos un poco como ciudadanos de otro planeta. No podemos bajar del Calvario y ponernos a hablar de fútbol, como si nada hubiera pasado. Somos hijos de nuestro tiempo indiferente, pero somos, ante todo, seguidores del Maestro. Tal vez el silencio contemplativo sea la mejor reacción. 

Sin palabras que decir, podemos dejar que la Palabra proclamada siga resonando. Solo ella puede hacernos comprender la magnitud de la “muerte de Dios” y la esperanza que se incuba en su sepulcro. No regresaremos a casa desconsolados, sino expectantes. No pensaremos que, muerto Jesús, todo termina, sino que nos prepararemos mejor para el estallido de la resurrección. Solo se hace cargo de la fuerza de la vida quien ha probado en sus carnes el sinsentido de la muerte. Dejaremos que el Sábado Santo incube una esperanza indestructible. Viviremos este tiempo asidos a María, la mujer que entendió sin entender. La noche nos sorpenderá en vela, con la lámpara de la fe encendida.

jueves, 2 de abril de 2026

La cena de los tres amores


Mientras tecleo la entrada de hoy las televisiones siguen hablando de la misión Artemis II, de las procesiones en distintos lugares de España y de las previsiones meteorológicas para el fin de semana. Yo he comenzado la jornada caminando por el pinar a 4 grados y con un viento frío golpeándome la cara. Ha sido una buena manera de “purificarme” para el comienzo del gran día. Tendremos la misa “in coena Domini” a las 7 de la tarde. 

Aunque veo a muchas caravanas por la zona y muchos senderistas cubiertos con gorro de lana, no sé si algunos participarán en la celebración. Espero que sí. Para un cristiano, estos días no son las vacaciones de primavera, sino la Semana Santa. La historia ha ido cargando de ritos y tradiciones estos días santos, pero la esencia es siempre la misma: actualizar el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.


Desde niños hemos aprendido a vincular la última cena de Jesús con la Eucaristía, el mandato del amor fraterno y la institución del ministerio ordenado. Las tres realidades están implicadas. Son tres amores indivisos. 

En tiempos de conflicto y división, el mensaje del Jueves Santo nos invita a romper barreras y tender puentes. La humildad del lavatorio de pies, la generosidad del compartir el pan y el vino, y el mandato de amarnos los unos a los otros cobran una vigencia renovada: nos recuerdan que el verdadero sentido de la fiesta no reside solo en el ritual, sino en la capacidad de transformar nuestro entorno desde el respeto y la reconciliación.


Celebrar el Jueves Santo hoy implica buscar la paz y el diálogo en medio de la discordia, practicar el perdón, y comprometernos con la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Es una llamada a ser agentes de esperanza, incluso cuando el mundo parece ensombrecido por la guerra y el enfrentamiento, haciendo de la celebración una oportunidad para la renovación personal y comunitaria.