jueves, 2 de julio de 2026

La verdad es más que una doctrina


Llegué ayer por la tarde a la Casa Diocesana de Málaga, después de más de cinco horas en coche desde Madrid. He venido para dar una conferencia a un grupo de seminaristas españoles en el marco de las II Jornadas Formativas de Verano organizadas por la Conferencia Episcopal Española. He pasado de los 36 grados de Madrid a los 28 de Málaga. Solo por eso ya merece la pena el viaje. Pero lo que de verdad me interesa es conectar con los jóvenes que se sienten llamados a la vida presbiteral. ¿Qué les mueve a abrazar esta forma de vida cristiana hoy? ¿Cómo perciben la vida consagrada? ¿Qué podemos aprender unos de otros? 

Estas preocupaciones de fondo coinciden con otra preocupación que parece coyuntural, pero que revela una de las enfermedades que han acompañado a la Iglesia desde el principio: el tradicionalismo. Ayer fueron ordenados ilícitamente cuatro obispos pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En aplicación estricta del Código de Derecho Canónico, han incurrido ipso facto en la excomunión reservada a la Sede Apostólica. Casi después de cada concilio ecuménico han surgido grupos que no aceptaban la evolución de la Iglesia. El problema epistemológico y teológico de fondo es la concepción fósil de la Tradición. En vez de entenderla como vida animada por el Espíritu que nos va llevando a la verdad plena, la reducen a un “depósito de verdades” que hay que preservar como si se tratara de verdades fósiles.


Lo que más me duele de este controvertido asunto no es que haya algunos fanáticos que caigan prisioneros de este error, sino el hecho de que arrastren a muchas personas de buena voluntad. Con argumentos que suenan a coherencia y fidelidad, logran convencer de que su punto de vista es el ortodoxo, mientras que acusan a los concilios ecuménicos de provocar graves desviaciones de la verdad cristiana. 

El papa León XIV ha hecho un gran esfuerzo de escucha y acogida, pero “la caridad en la verdad” le obliga a no ser víctima de un chantaje emocional y doctrinal. El cisma ha sido inevitable. Resulta paradójico que un Papa que, desde el comienzo de su pontificado, ha acentuado el valor de la unidad de la Iglesia (In illo uno unum), haya tenido que afrontar tan pronto un cisma que se llevaba incubando desde hacía décadas.


Creo que el tradicionalismo –que suele afectar a personas con un perfil psicológico perfeccionista y rígido– hay que afrontarlo preventivamente en el marco de relaciones eclesiales sanas y proporcionando una buena formación bíblica, histórica y teológica. Siempre me llama la atención que algunas personas inteligentes sean víctimas de este síndrome. 

Sin llegar a estos extremos cismáticos, en mi vida pastoral me he encontrado a algunas personas de este tipo, a veces en el seno de comunidades en las que he vivido. Por lo general, en estos casos los debates teológicos no sirven para nada, a no ser para reforzar los propios argumentos y contaminar las relaciones personales. Lo único que puede abrir la mente y el corazón es la experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios. Precisamente voy a hablar de algo de esto en mi conferencia de esta mañana.