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Aclarado quiénes jugarán los cuartos de final del Mundial de fútbol (seis equipos europeos, uno africano y otro latinoamericano), la vida puede proseguir su curso. Yo lo hago en La Lastrilla, un municipio pegado a Segovia desde el que se divisa la silueta de La Mujer Muerta. Desde el lunes me encuentro en el nuevo colegio que las Concepcionistas tienen en este lugar. Aquí se han dado cita las religiosas de la congregación que cumplen diez años desde su profesión perpetua. Provienen de España, Japón, Corea, Congo, Venezuela, Brasil, México y República Dominicana. Aunque todas entienden y hablan español, me encanta ver a las coreanas usando los traductores automáticos de sus teléfonos móviles para asegurarse de que han captado bien lo que digo.
Las modernas instalaciones de este complejo nos permiten desarrollar el trabajo con agilidad. A pesar de que sigue haciendo calor, la lluvia de ayer ha refrescado el ambiente. La altura y la proximidad a la sierra hacen el resto. Aprovecho para tomar distancia de la actualidad. Un poco de higiene mental es necesaria para no sucumbir, aunque no me resulta fácil porque varias personas me envían artículos de prensa sobre la decadente situación política que estamos viviendo en España. Agradezco su interés por mantenerme al día, pero es un asunto que me supera.
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Pienso, más bien, en el futuro de Europa, un continente que ya no cree en sí mismo y que presenta casi todos los síntomas que acompañan al declive de los imperios. Por querer exprimir el presente, estamos hipotecando el futuro. Por jugar a desvincularnos de casi todo, la esperanza pierde anclajes. De poco sirve lamentarse. En las personas y en las instituciones, pocas veces los cambios profundos se producen por convencimiento y decisión. Suelen irrumpir cuando tocamos fondo y ya no tenemos alternativa.
En esta transición histórica –o en este “cambio de paradigma”, como dicen los más refinados– la fe nos proporciona horizonte y resistencia. Horizonte porque nos indica hacia dónde camina la historia; resistencia porque nos permite afrontar los cambios poniendo el acento en los valores que permanecen: la verdad, la libertad, la justicia, el amor. Traducirlos a las situaciones cambiantes y controvertidas no es nada fácil, pero peor es no tener ningún tipo de referencia objetiva. Entonces la arbitrariedad, el tacticismo y el autoritarismo se apoderan de nosotros. Algo de esto estamos viviendo en el plano político.

Entrados ya en el verano, se multiplican los cursillos, campamentos, colonias, peregrinaciones, retiros, ejercicios espirituales, encuentros y asambleas de distinto tipo. Salir de los lugares en los que siempre vivimos es sano. Conocer gente nueva pone a prueba nuestra capacidad de acoger al otro. Cuando parece que ya lo hemos visto todo, algo o alguien nos sorprenden mostrándonos otros lados de este poliedro inmenso que es la vida. Reconozco que a mí me gusta la novedad y me agobia un poco la rutina.
Las jornadas largas y las noches cortas –aunque ya haya comenzado el decrecimiento– nos transmiten el mensaje de que la luz es más fuerte que la tiniebla y de que el bien siempre acaba triunfando sobre el mal, incluso cuando este se cree vencedor. Cuando comparto estas convicciones, algunas personas me tachan de iluso. Si fijamos la mirada solo en algunos acontecimientos que hoy vemos (guerras, corrupción, etc.), llevan razón. Pero, si escarbamos un poco, descubrimos que en todos los seres humanos (incluso en los que nos parecen más abominables) siempre hay una chispa de bien. La razón es sencilla: todos estamos hechos “a imagen y semejanza” de Dios. Ni siquiera el pecado puede destruir esta marca de fábrica. Necesitamos fijarnos en ella para no quedar aplastados por el mal de la superficie.
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