viernes, 10 de julio de 2026

¿Ovejas entre lobos? ¿O lobos entre ovejas?


Me cuesta levantarme con la noticia de los once muertos en el incendio de Almería cuando están tan recientes los terremotos de Venezuela. ¿Con qué ánimo podemos ver esta noche el partido de España contra Bélgica cuando muchas familias lloran a sus seres queridos? Este verano las temperaturas están siendo asesinas. A las víctimas de los incendios se unen las provocadas por los temidos golpes de calor. 

Tengo las dos ventanas de mi despacho abiertas de par en par para conseguir que se produzca un poco de corriente de aire. Aun así, el termómetro interior marca 31 grados. No dispongo de aire acondicionado. Ni me gusta ni lo creo imprescindible, aunque, si se alarga mucho la temporada estival, tendré que imaginar alguna solución. Hay personas a las que les afecta mucho el calor. Les quita las ganas de trabajar, comer y dormir... y hasta las vuelve malhumoradas. Yo no llego a esos extremos, pero reconozco que soy hombre del frío. Con el calor excesivo me sumerjo en una especie de letargo que me hace funcionar a medio gas. ¡Hasta escribir la entrada de este blog se me hace cuesta arriba!


Quizá la única actividad que se salva es mi oración matutina. Aprovechando el relativo frescor de las primeras horas del día, hago laudes y el oficio de lecturas y medito las lecturas de la misa. Ese es mi verdadero “aire acondicionado”. En el Evangelio de hoy, Jesús envía a los suyos “como ovejas entre lobos”. Por eso, les recomienda que sean “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Añade algo más que contrasta con lo que nos dice cualquier manual de psicología: “No os fieis de la gente”. ¿Cuál es la razón para no fiarnos? Jesús responde: “porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. 

Me ha resultado difícil leer hoy estas palabras sin acordarme del arzobispo español de Rabat, que ha sido denunciado por “conductas inapropiadas”. No sé el recorrido que tendrán estas denuncias, pero me duelen por el sufrimiento de las posibles víctimas (en el caso de que existan) y por el cardenal (en el caso de que sea inocente). Hace solo tres meses le hice una entrevista al cardenal Cristóbal López para nuestra revista Vida Religiosa. Sus respuestas me parecieron claras, valientes y esperanzadoras. Me cuesta compaginar la figura que emergía con la de un posible abusador. ¿Tendrán algún fundamento las denuncias? ¿Serán fruto de un chantaje? Mientras se esclarece este asunto, oro por que se abra paso la verdad y la justicia.


Este doloroso asunto me lleva a otro que también ha arrancado titulares. Parece que el presidente de la CEE, en uno de los cursos de verano que tanto abundan estos días, ha dicho que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una cueva de ladrones; a las pruebas me remito”. La gruesa afirmación de que el Estado es una “cueva de ladrones” ha provocado que Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, haya enviado una carta de protesta a monseñor Luis Argüello en la que se pregunta: “¿Y si calificásemos a la Iglesia como una banda de agresores sexuales?”. Está claro que las generalizaciones nunca son buenas. 

Atengámonos siempre a los hechos. Si hay hombres y mujeres de Iglesia que cometen abusos (sexuales, económicos, espirituales, de conciencia o de poder), deben ser juzgados y condenados. Si hay políticos corruptos y prevaricadores, deben igualmente ser juzgados y condenados. En cualquier caso, mientras no haya pruebas contundentes en contra, el estado de derecho garantiza la presunción de inocencia de todas las personas. Si no fuera así, convertiríamos la ley en una arma arrojadiza o en un instrumento de chantaje y entraríamos en una peligrosa escalada de acusaciones, descrédito y mentiras.

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