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Desde ayer por la tarde estoy en la casa de espiritualidad que los claretianos tenemos en Colmenar Viejo. He comenzado una semana de ejercicios espirituales con 28 religiosas pertenecientes a media docena de congregaciones. Asediados por el calor de este implacable mes de julio, buscamos un poco de refresco espiritual. El Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario nos ayuda a situarnos. La parábola del sembrador parece hecha para la primera meditación de los ejercicios.
Durante estos días, el Señor va a hacer una siembra generosa de su Palabra. Pero los frutos no se producen de manera automática, como si fueran el resultado de un proceso industrial. Requieren de un diálogo generador entre la semilla y la tierra. Y aquí es donde viene la pregunta de siempre: ¿qué tipo de terreno soy yo? Es difícil responder a esta pregunta diciendo que somos la “tierra buena” de la parábola. Nos reconocemos con más facilidad en el borde del camino, en el terreno pedregoso o en la tierra llena de zarzas. Y, sin embargo, el sembrador que es Dios no lanza la semilla solo a la tierra buena, sino a todas partes. Nunca se sabe dónde puede germinar la Palabra.

La primera lectura nos ofrece uno de los textos del profeta Isaías que más me gusta: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. La Palabra de Dios nunca vuelve vacía. De maneras inexplicables, llega al corazón de las personas.
A veces, tarda tanto tiempo en germinar que no se percibe el nexo entre el momento de la siembra y el de la recolección. Y, sin embargo, todo el tiempo que ha permanecido “escondida” no ha sido en vano. Algo semejante descubro en las personas. Cada una tenemos nuestra trayectoria. No todos los tiempos están sincronizados. Algunas viven su respuesta a Dios desde la infancia, pero a veces caen en la rutina, como esos amores que dan todo por supuesto y nunca se expresan. Otras, por el contrario, tras años de lejanía, descubren la presencia de Dios en la juventud o en la madurez. Son como los viñadores contratados en la hora undécima. Parece demasiado tarde, pero todos reciben el denario prometido.

La paciencia de Dios debería ser un antídoto contra nuestros juicios apresurados y contra nuestras impaciencias. Dios, como buen agricultor, sabe esperar el momento oportuno. Nunca da la siembra por perdida. Él se preocupa de lanzar generosamente la semilla. En términos económicos, se comporta como un manirroto. Pero sabe muy bien que solo una siembra abundante, no mezquina, puede alcanzar a todos, incluso a quienes se mueven en terrenos pedregosos e improductivos a primera vista.
La verdadera pastoral de la Iglesia tendría que ser así: sobreabundante, no tacaña; abierta a todos; no discriminatoria; paciente, no apresurada; diversificada, no igualitarista. Hay algunos que pueden dar “ciento; otros, sesenta; otros, treinta”. Lo que importa no es la cantidad, sino la generosidad. ¿No es más hermosa la imagen de una Iglesia que tiene terrenos de todo tipo que la de un jardín francés perfectamente planificado? La vida casi nunca se atiene a planes milimétricos. Desborda por todas partes. Dios es amigo de la vida, no de los programas.
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