
Ayer visité la ermita de San Saturio enclavada en un entorno natural sugestivo, el enigmático claustro de San Juan de Duero y la concatedral de San Pedro antes de comer en el Casino, punto de encuentro de los viejos poetas sorianos. Me sorprendió descubrir una Soria que no olvida su pasado cristiano, judío y musulmán, que revaloriza la historia y cuida sus vestigios, que hace gala de su condición de “cabeza de Extremadura” (es decir, de uno de los extremos del río Duero) en tiempos de la Reconquista.
Admirar la recién restaurada ermita de san Saturio, cruzar la pasarela sobre el Duero y recalar en el claustro de un viejo monasterio templario es un ejercicio terapéutico que solo exige un mínimo de capacidad peripatética y admirativa. Para quienes de ordinario vivimos atrapados por el tráfago de una gran ciudad como Madrid, estas visitas son balsámicas, nos permiten atar cabos sueltos de historia, entender mejor algunas cosas del presente.

La ruta soriana de ayer jueves hay que unirla a la experiencia vivida el miércoles por la tarde en la iglesia parroquial de Navaleno. El presbítero visontino Pedro Utrilla celebraba 25 años de ordenación sacerdotal. La fecha exacta será el 12 de octubre, pero aprovechó la presencia de muchos veraneantes en los once pueblos que administra para tener con ellos una celebración anticipada. Como yo también pertenezco a los que se asoman por esta zona pinariega en tiempo de verano, me uní a la fiesta.
Conozco a Pedro desde que era niño. Me gustaron mucho sus palabras emocionadas durante la homilía. Comprobé el cariño que le profesan sus parroquianos en una de esas comarcas que hoy eufemísticamente llamamos la “España vaciada”. Que alguien haya dedicado los quince últimos años de su vida a acompañar a estas personas (en su gran mayoría ancianas) merece un reconocimiento. Además de dar clase en distintos centros académicos, Pedro se ha especializado en “expedir pasaportes para el cielo” –como, con una pizca de humor, dijo alguno de los intervinientes– dado el número de funerales que celebra cada año.

Comparando los barrios hacinados de Madrid y el ritmo vertiginoso, me preguntaba por qué no hay más gente que se anima a vivir en esta “España vaciada” que tiene casi todo lo que se necesita para llevar una vida serena, en armonía con la naturaleza y la historia. Bastaría promover con determinación una economía que primara el trabajo y la sostenibilidad sobre la mera rentabilidad. Lo que a corto plazo supondría una apuesta valiente y quizá deficitaria en términos económicos, a la larga se revelaría como una verdadera opción humanista de futuro.
De no hacer este tipo de apuestas, puede llegar un momento en el que el homo urbanus se convierta en una máquina manejada por quienes ostentan (o, en algunos casos, detentan) el poder. Hay lecciones esenciales de la vida que solo la naturaleza y la historia (los dos libros primarios) pueden enseñar. A la IA podemos adjudicarle otras tareas. No se va a quedar ociosa.










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