
Pedro se parece a cualquiera de nosotros. O quizá es mejor decir que cualquiera de nosotros se parece a Pedro. Cuando nos dejamos conducir por Dios, somos capaces de confesar a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Cuando nos abandonamos a los criterios humanos, reducimos a Jesús a un líder a nuestro gusto. Esta diferencia aparece con claridad en el Evangelio de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario. El domingo pasado, Pedro recibió una alabanza por parte de Jesús (“Bienaventurado tú, hijo de Simón”) y una promesa simbolizada en la piedra (“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”).
Este domingo, Pedro recibe un fuerte reproche (“Quítate de mi vista, Satanás”) y una nueva referencia a la piedra (“Me haces tropezar”). En el primer caso, la confesión de Pedro le había sido revelada por el Padre. En el segundo, Pedro piensa como los hombres, no como Dios. Pareciera que toda la vida de Pedro –y la de cada uno de nosotros– estuviera atravesada por una contradicción entre la fe y la duda, la lealtad y la traición, la apertura a Dios y la mirada demasiado humana, la cercanía y la huida, la valentía y el miedo.

¿Por qué Pedro daba una de cal y otra de arena? ¿Por qué nosotros encendemos una vela a Dios y otra al diablo? Hay veces que nuestra vida parece descansar en Dios: cultivamos la oración y el servicio, procuramos ser honrados, vemos en cada persona a Cristo mismo, vivimos una alegría profunda y contagiosa. Y hay otras en las que, aunque nuestros labios sigan pronunciando el nombre de Dios, nos dejamos arrastrar por la soberbia, la envidia, la lujuria, la tristeza y la indiferencia.
¿Por qué a veces hacemos lo que no queremos y se nos hace demasiado cuesta arriba hacer lo que queremos? Quizá la respuesta se encuentra en las palabras que Jesús dirige a sus discípulos (no solo a Pedro) en el Evangelio de hoy: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Varias personas me han dicho que estas palabras les resultan demasiado exigentes, casi antipáticas, que parecen ofrecer una visión demasiado rigorista y hasta inhumana del cristianismo. Y, sin embargo, constituyen la quintaesencia de lo que Jesús mismo ha vivido: Él ha “perdido” su vida para “encontrarla” definitivamente.

Negarnos a nosotros mismos, cargar con la cruz y perder la propia vida son tres formas distintas de decir lo mismo: el centro no somos nosotros, sino Dios. Cuando nos buscamos a nosotros mismos (nuestro placer, nuestro éxito, nuestra “salvación”) acabamos perdiéndonos porque no hemos sido hechos para nosotros, sino para Dios y para los demás. Por eso, solo “perdiéndonos” acabaremos experimentando la plenitud. Por si acaso estas reflexiones suenan demasiado abstractas, Jesús las condensa y concreta en una pregunta que ha cambiado la vida de muchas personas: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. De nuevo salta a la vista el contraste entre “ganar el mundo” y “arruinar la vida”. Francisco Javier o Antonio María Claret, por citar solos dos ejemplos, lo entendieron muy bien; por eso, tomaron decisiones radicales.
Hoy nos resulta muy difícil hacer lo mismo porque la cultura en la que vivimos nos invita de múltiples maneras a “ganar el mundo”; es decir, a dejarnos seducir y guiar por aquellas realidades que se consideran esenciales para ser personas plenas: el dinero, el prestigio, el sexo, el poder, la carrera, el triunfo, etc. No importa que, una y otra vez, veamos cómo muchas personas que siguen estos caminos “arruinan su vida”. Seguimos como abducidos. Solamente cuando experimentamos la dicha interior que se produce cuando renunciamos a buscarnos a nosotros mismos y nos entregamos a los demás entendemos a cabalidad la propuesta de Jesús. Por eso, siempre será contracultural, alternativa.
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