domingo, 27 de septiembre de 2026

Los sentimientos del Hijo


La visita pastoral de León XIV a Francia está moviendo a miles de personas en el país vecino, aunque en el nuestro la cobertura mediática es discreta. El paso del tiempo nos ayudará a comprender su verdadero alcance. De momento, el entusiasmo de la gente y la belleza de las celebraciones se convierten en indicadores de que algo se está moviendo en la laica Francia. Me sorprende la contundencia un tanto adolescente con la que muchos en ese país defienden la laicidad como religión secular. Pero este es un asunto que nos llevaría demasiado lejos. 

Mientras escribo la entrada de hoy, sigo en la pantalla de mi ordenador la misa que el Papa está celebrando en Lourdes. En la explanada han construido una estructura con tres arcos de medio punto que parece un guiño arquitectónico al románico. El viernes, en la vigilia de oración celebrada en el estadio de Francia, el escenario estaba presidido por un inmenso vitral que aludía al gótico. Se ve que en Francia quieren valorar su rica tradición.


No sé cómo va a comentar el Papa las lecturas de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Yo lo hago a partir de una información que corrió por los medios hace unos días: según un reciente informe del CIS, el número de ateos en España supera ligeramente al de católicos “practicantes”. Siempre me ha llamado la atención el criterio demoscópico que se utiliza para medir la “práctica”. Se considera un católico “practicante” aquel que participa regularmente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Siendo este criterio importante, practicar el cristianismo implica, sobre todo, practicar lo esencial de la fe, que es el mandamiento del amor. Quien ama de verdad, quien se preocupa del prójimo, quien cuida a su familia, quien atiende al inmigrante o es honrado en su trabajo, está “practicando” el Evangelio de Jesús. En justicia, debería ser incluido en las estadísticas de los cristianos “practicantes”. 

Conecto esta reflexión con la parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy. Hay personas (tipificadas por los fariseos y los hombres religiosos) que dicen con la boca sí a Dios, pero luego su vida transcurre por derroteros de orgullo y autosuficiencia. Hay otras personas (tipificadas por los publicanos y las prostitutas) que están en los márgenes de la Ley, que no frecuentan el templo, pero que, nos “llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué? Porque creen en las mediaciones que Dios pone en su vida.


No sé a qué grupo pertenecemos cada uno de nosotros. Es probable que a veces nos parezcamos a los fariseos (decimos sí con la boca, pero nuestro corazón no está en Dios) y otras a los publicanos y prostitutas (nuestra conducta no es ejemplar, pero nos fiamos de Dios y nos reconocemos pecadores). En realidad, nuestra verdadera vocación no es la de parecernos a unos u otros, sino -como se nos pide en la carta de Pablo a los Filipenses (segunda lectura)- la de tener los mismos sentimientos de Cristo. Todos estamos llamados a ser ese hijo que dice sí y luego hace la voluntad del Padre. El único que ha realizado a cabalidad esta vocación es Jesús, el Hijo por excelencia. Su vida ha sido un permanente Sí a la voluntad de Padre. 

Estamos llamados a parecernos a Jesús. Tener sus mismos sentimientos significa vaciarnos de nosotros mismos, renunciar a nuestro orgullo, y ponernos al nivel de la gente humilde. Significa que concuerden las palabras de nuestra boca con las opciones de nuestro corazón. La autenticidad -no exenta de fragilidad- es la nota de todo verdadero cristiano. La hipocresía es la máscara de quien solo es cristiano de nombre, pero su corazón está muy lejos de Dios.



viernes, 25 de septiembre de 2026

Recordar para cambiar


El papa León XIV ya ha llegado a Francia para un viaje de cuatro días. El programa es intenso y variado. La Iglesia francesa vive un momento de renacer espiritual en un contexto larga y fuertemente secularizado. Hay algún paralelismo con lo que vivimos en España, pero también notables diferencias. Me parece que en Francia la cuestión religiosa forma parte del debate intelectual con más hondura y asiduidad que en España. Aquí vivimos un trasfondo de religiosidad popular más extenso y profundo que en Francia. Son afirmaciones demasiado generales, pero ayudan a entender algunos fenómenos propios de cada país. En ambos está creciendo el número de jóvenes y adultos que piden el bautismo. 

La mayoría procede de contextos familiares muy secularizados. Los expertos dicen que buscan en la fe la seguridad que necesitan en un momento histórico de gran incertidumbre. Es difícil sacar el denominador común de historias únicas. Lo que más me llama la atención es que, por más que Europa lleva siglos queriendo pasar página, la pregunta religiosa sigue presente. Por más que la Iglesia salta a los medios de comunicación por casos de corrupción y abusos, Jesús y su Evangelio siguen atrayendo a muchos. ¡Ni siquiera la IA conseguirá apagar la sed de trascendencia!


Voy a seguir de cerca el viaje del Papa a Francia. Espero que sea un revulsivo para la Iglesia francesa, como espero que también lo sea el viaje que hizo a España. Tras el paréntesis del verano, necesitamos volver sobre los mensajes que el Papa nos dejó el pasado mes de junio. En la revista Vida Religiosa dedicamos una buena parte del número de julio a recoger los acentos que más afectaban a la vida consagrada. Espero que hagan lo mismo las diócesis y las parroquias a lo largo del curso pastoral que estamos comenzando. La visita del Papa no se reduce al momento celebrativo. Implica un compromiso sostenido en el tiempo. 

Es verdad que tenemos la impresión de estar saturados de retos, exhortaciones y programas. Es verdad que la rutina de la vida acaba erosionando casi todo. Es verdad que vivimos tan aceleradamente que lo sucedido hace tres meses nos parece casi del siglo pasado. Pero también es verdad que necesitamos volver sobre lo vivido, separar lo urgente de lo importante, atesorar lo que consideremos llamadas de Dios y hacer un esfuerzo por responderlas con generosidad. La vida no es una colección de instantes inconexos, sino un proyecto que tiene metas y etapas. La Iglesia española necesita escuchar otras voces para no enredarse en la madeja de sus asuntos internos. Como se repitió hasta la saciedad durante la visita del Papa, necesita “alzar la mirada”.


En los últimos días, además de la crisis de Ceuta, ha saltado a la prensa el caso de Maricarmen, la anciana de 87 años que fue desahuciada de la vivienda que tenía en alquiler. Varios medios señalan que esta historia marca un punto de inflexión. Es obvio que a ninguna persona de buena voluntad le gusta ver a una anciana saliendo a la fuerza en camilla de la casa en la que vive. Es obvio que tenemos un gran problema social en relación con la vivienda, los alquileres, las operaciones de los fondos buitre, los desahucios, etc. 
Pero es igualmente obvio que en este caso no se cuenta toda la verdad para poder usarlo como símbolo y arma arrojadiza. 

Esto no es justo ni prudente. No podemos utilizar a las personas como carne de cañón para combatir nuestras batallas ideológicas. Abusar de las “historias sensibles” y convertirlas en carnaza mediática es una forma de chantaje afectivo que impide un discernimiento sereno. Quizás la pregunta más de fondo siga sin respuesta: ¿Es la vivienda, ante todo, un “bien social” al que todos tenemos derecho o es un “objeto de mercado” sujeto solo a la ley de la oferta y la demanda? Sin responder honradamente a esta pregunta, será difícil poner en práctica políticas justas y eficaces. Como sucede en otros asuntos, ni el intervencionismo estatal ni la mera libertad del mercado pueden resolver por sí solos un problema que tiene muchas aristas y que tendría que abordarse desde un gran consenso social.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Horchata con fartons


Pasé el día de ayer en el monasterio del Santo Espíritu del Monte en Gilet, un pueblo de unos 4.000 habitantes en la provincia de Valencia. El monasterio saltó a los periódicos en noviembre de 2024 cuando un perturbado mató a uno de los frailes e hirió a otros. Viajé a ese lugar, encaramado en la montaña, para animar el encuentro de los responsables de la formación permanente de la Conferencia Euromediterránea de la Orden de los Frailes Menores. Era un grupo de diez franciscanos provenientes de Italia, España y Portugal. Durante todo el día trabajamos sobre “La sfida della comunicazione oggi” (El desafío de la comunicación hoy). 

Más allá de mis aportaciones, todo el día fue un hermoso ejercicio práctico de comunicación. Me sorprendió el interés mostrado por todos y su participación libre y atinada. Rematamos la jornada saboreando una deliciosa horchata con fartons. Para los lectores no españoles, esta es la merienda tradicional de la Comunidad Valenciana, que combina una bebida fría de chufa con un bollo alargado y esponjoso que se moja en ella.


La alegría es siempre fruto de la comunión. Pero es bueno saber que no hay comunión sin comunicación. Y no podemos comunicar de verdad cuando no experimentamos lo esencial de la vida. Este circuito se inspira en el prólogo de la primera carta de Juan (1,1-4). Ilumina con extrema claridad el camino que nos conduce a ser personas y comunidades alegres (y, por lo tanto, creíbles). Explica también cuál es la razón última de la tristeza que a veces nos congela el alma. Esta tristeza es la manifestación visible de la falta de comunión. Se puede dar en los matrimonios, en las familias, en las comunidades religiosas, en las relaciones de amistad y en cualquier otra forma de relación. Cuando vivimos juntos (a veces incluso bajo el mismo techo), pero no estamos en comunión, es normal que nos sintamos tristes y desmotivados. 

Entre los diversos factores que conducen a la falta de comunión, uno de los más comunes e influyentes es la ausencia de verdadera comunicación. O la reducción de esta a sus niveles más funcionales, evitando toda implicación personal. De ahí, el desafío que supone aprender a comunicarnos. Además de algunos aprendizajes prácticos que tienen que ver con los distintos registros, niveles y técnicas de comunicación, lo esencial son las actitudes que la preparan.


Hay tres actitudes que considero esenciales: la autenticidad personal, la aceptación incondicional de los otros y la empatía. La primera nos lleva a manifestarnos tal como somos, sin refugiarnos en el rol social que desempeñamos o en el “personaje” que a veces nos inventamos en este teatro del mundo. Lo contrario a la autenticidad es la hipocresía, el fingimiento, la doblez. La segunda tiene que ver con el respeto a la dignidad del otro. Toda persona es humanamente digna, aunque no sea siempre éticamente irreprochable. 

La tercera nos empuja a situarnos en el lugar de los demás para intentar comprender las cosas desde su punto de vista, desde su ángulo de experiencia. Sin estas tres actitudes –que no son sino una traducción del amor– es imposible practicar una comunicación que lleve a la comunión. Pero, vistas las cosas desde un punto de vista cristiano, hay todavía un elemento previo. La verdadera comunicación arranca de nuestra experiencia personal –“lo que hemos visto y oído”– acerca de la palabra de la Vida (es decir, de Jesús como Salvador). La compartición de este encuentro genera la comunión que produce alegría. Se cierra así el circuito.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Nunca es tarde para cambiar


Cuando regresaba de celebrar la Eucaristía, me he encontrado en la calle Princesa con los corredores que participaban en la carrera de 10 kilómetros “Madrid corre por Madrid”. La salida estaba en la plaza de san Juan de la Cruz (en el paseo Castellana) y la meta en el paseo de Camoens, a poca distancia de mi casa. El cupo máximo eran 10.000 corredores. No sé si habrá alcanzado esa cifra. Dominaban las personas de mediana edad, pero había también algunos mayores valientes y, por supuesto, muchos jóvenes. La mayoría eran hombres, pero había también mujeres. Algunos corrían con mucha energía y ritmo constante, como si fueran sobrados. Otros subían la calle Princesa con la lengua fuera, haciendo un esfuerzo ímprobo para acoplarse al ritmo de los demás. Alguno, a pocos metros del final, ha renunciado a correr y se ha puesto a caminar. 

Aunque el evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario nos propone la parábola del propietario de un viña que contrata trabajadores a distintas horas del día y a todos les paga el mismo jornal, yo he relacionado su mensaje con la carrera madrileña. Tanto en la viña de la parábola de Jesús, como en la carrera madrileña, hay personas que trabajan o corren a distinta velocidad y con diferente resultado. Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Mientras en la carrera solo los primeros se llevan los premios, en la extraña –y humanamente injusta– lógica del Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.


Estas palabras de Jesús resultan ofensivas en el contexto de una sociedad igualitarista como la nuestra. El comportamiento del propietario de la viña sería sancionable de acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores. No puede cobrar lo mismo haciendo el mismo trabajo quien ha currado solo una hora que quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno”. Pero aquí no se está hablando de cuestiones legales ni de las distintas acepciones de la justicia, sino de algo más profundo y determinante: se está hablando de la imagen de Dios. “Dime cómo es la imagen de Dios en el que crees y te diré cuáles son tus actitudes y tus conductas”. 

Si no dejamos que el Espíritu Santo evangelice nuestro corazón, las imágenes que solemos tener de Dios no son más que proyecciones de nuestras experiencias humanas. Da igual que lo imaginemos como un padre castrador, un juez implacable o un abuelete de luenga barba blanca que nos consiente todo y no nos exige ninguna responsabilidad. Da igual que lo pensemos como una madre liberal que apela al ejercicio de nuestra autonomía o como una fuerza impersonal que recarga nuestra batería a base de no sé qué extrañas energías y vibraciones. En todos estos casos, estamos construyendo un dios “a nuestra imagen u semejanza”, a la medida de nuestros deseos, expectativas, temores o frustraciones.


Con su provocativa parábola, Jesús quiere desmontar nuestras imágenes demasiado humanas de Dios para hacernos ver que Él siempre desborda lo que nosotros pensamos, imaginamos o proyectamos. Él no se atiene a nuestros códigos de justicia porque –como leemos en la primera lectura de Isaías– “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Dios es un Padre que siempre da una nueva oportunidad a sus hijos, que no mide a todos por el mismo rasero, que nunca da por cerrado el tiempo de la vuelta a casa. En este sentido, la parábola de hoy se parece mucho a la parábola del padre misericordioso y los dos hijos pródigos (Lc 15,11-32). 

En ambos casos, es Dios (en la figura del propietario o del padre) quien sale a buscar trabajadores (para trabajar en su viña) o a sus hijos (para que regresen a casa). Los viñadores de la primera hora, al enterarse de que el dueño paga igual a los que han llegado los últimos, reaccionan exactamente igual que el hijo mayor de la parábola de Lucas 15. La comparación y la envidia (tan típicas del corazón humano) prevalecen sobre la compasión y la misericordia (tan típicas del corazón divino). La pregunta salta sola: ¿A quién se parece la imagen de Dios que tenemos cada uno de nosotros? Si la parábola de Jesús no nos provoca un tanto, es casi seguro que hemos domesticado demasiado a Dios según nuestras conveniencias. Nunca es tarde para cambiar.

martes, 15 de septiembre de 2026

Los valores compartidos


No vi anoche ni la entrevista que Pablo Motos le hizo a Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, en El hormiguero, ni la que le hizo el Gran Wyoming a Pedro Sánchez, presidente del gobierno, en El intermedio. Hoy los periódicos dedican mucho espacio a esta confrontación hospedada por dos televisiones (Antena 3 y La Sexta) pertenecientes al mismo grupo mediático: Atresmedia. Jugada maestra. Dos voces para un mismo (des)concierto. Por lo que he leído, parece evidente que estamos ya calentando motores para la campaña electoral, si es que no hemos entrado de bruces en ella. La crisis de Ceuta parece ser el pistoletazo de salida. 

En este asunto –como prácticamente en todos los que tienen que ver con la cosa pública– resulta imposible hacerse una idea cabal de lo que ha sucedido y de lo que habría que hacer. No olvidemos que, en las sociedades dominadas por los medios, lo esencial no es buscar la verdad, sino “controlar el relato”. Los gabinetes de prensa (u oficinas de comunicación) de las distintas instituciones pugnan por ofrecer relatos convincentes, aunque no sean verdaderos. Las redes sociales se encargan luego de amplificarlos hasta la extenuación. Y los ciudadanos de a pie, conscientes de esta manipulación, acabamos enojándonos un poco más de lo que ya estábamos y sintiéndonos impotentes.


Lo peor de todo es que la rabia no acaba de traducirse en acciones enérgicas. No es suficiente votar cada cierto tiempo. Ni tampoco manifestarse en la calle con pancartas. En las sociedades democráticas, la participación ciudadana tiene que ser constante, libre, responsable y eficaz. El cacareado “poder del pueblo” necesita mediaciones ordinarias y extraordinarias, no cesiones incontroladas a una élite, por más que haya obtenido la victoria en las urnas o en el parlamento. Pasar del “derecho al voto” a una verdadera “cultura democrática” (por tanto, participativa) exige educación y tiempo. Y algo mucho más profundo: un territorio común de valores compartidos. 

¿Cuáles son hoy por hoy esos valores que nos permiten convivir pacíficamente en las sociedades plurales como la española? En el preámbulo de la Constitución se mencionan algunos: la justicia, la libertad, la seguridad, el bien común, un orden económico social justo, el imperio de la ley, los derechos humanos, la digna calidad de vida, la paz y la cooperación con otros pueblos. Curiosamente, no se habla de la verdad. No sé si todos tenemos una comprensión parecida de estos “valores” que sostienen la carta magna de la convivencia, pero, por lo menos, señalan un horizonte axiológico al que atenernos. Cuando este se desdibuja o se manipula, todo se reduce a tacticismo y maquiavelismo.


Lo importante, pues, no es “controlar el relato” para defender los propios intereses, sino fortalecer los valores que nos permiten discernir en cada momento qué decisiones se deben tomar. No hay nada más eficaz que una axiología bien fundamentada y compartida. Los pueblos que respetan y cultivan los valores que los sostienen pueden afrontar las crisis con garantía de éxito. Los que se mueven a golpe de encuestas de opinión o de intereses mezquinos acaban pagando un alto precio. 

Necesitamos “rearmar” los valores democráticos y “desarmar” las descalificaciones. La legítima pluralidad de opiniones y opciones solo se puede garantizar cuando compartimos un conjunto de valores y de reglas de juego que no se cambian en mitad de la partida. La educación familiar y escolar tiene mucho que hacer en este campo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Tenemos "otra" Fórmula 1


Ayer se celebró en Madrid el Gran Premio de España de Fórmula 1. Se lo conoce como Madring. Algunos consideran que ha sido un gran éxito con repercusiones muy positivas para la ciudad, mientras otros piensan que se trata de una inversión innecesaria y ruinosa. Algunos vecinos denuncian el exceso de decibelios mientras otros se forran alquilando sus viviendas. Hay opiniones para todo. No estoy en contra de los grandes eventos, pero siempre me pregunto por qué somos capaces de movilizar recursos para construir un circuito de la nada en poco más de un año y nos cuesta tanto ponernos de acuerdo para resolver problemas más acuciantes como el sinhogarismo o la vivienda en general. No creo que sea un planteamiento demagógico. 

En el primer caso, se esperan retornos sustanciosos, prestigio y fama; en el segundo, no se ven claramente las ganancias a corto plazo. El primero es claramente un artículo de lujo que solo las sociedades ricas se pueden permitir; el segundo es una necesidad social perentoria. Una vez más, es cuestión de prioridades. Los mismos seres humanos que somos capaces de desarrollar la IA, lanzar un satélite al espacio o montar un circuito de Fórmula 1 en tiempo récord, deberíamos ser capaces de cubrir las necesidades básicas de todos. ¿Por qué no lo hacemos?


La respuesta no es solo técnica. Es ética. Es espiritual. No lo hacemos porque la preocupación por los demás no figura en la cima de nuestros intereses. No lo hacemos porque, manteniendo las desigualdades, podemos ejercer mayor control. No lo hacemos porque el bienestar de unos pocos se sustenta sobre la explotación de muchos. No lo hacemos, en definitiva, porque solo muriendo a nosotros mismos podemos conseguir que los demás vivan. El único ser humano que ha entendido a fondo esta dinámica ha sido Jesús. Por eso, murió clavado en la cruz. 

Más allá de sus connotaciones históricas, esto es precisamente lo que celebramos hoy con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La verdadera Fórmula 1 para que todos los seres humanos podamos vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios es aprender a cuidarnos unos a otros como hermanos. Esto no significa igualar a todos en la miseria (que es a lo que conducen algunos sistemas políticos igualitaristas), sino colocar como prioridad el cuidado de los demás, sobre todo de los más frágiles.


No sé si los cristianos somos conscientes de que nuestra marca corporativa, o nuestro logo comunitario (por usar categorías contemporáneas), es una cruz. No sé si nos hacemos cargo de que nuestro líder (sigo con categorías seculares) es un fracasado rehabilitado. O un Crucificado/Resucitado, por decirlo con categorías teológicas. Si hacemos nuestra la dinámica existencial de Jesús, no tendríamos que sorprendernos de que la vida sea siempre una victoria sobre la muerte. Y de que cualquier progreso en la historia humana que vaya en línea con el Reino de Dios está atravesado por esta misma lógica. 

Por eso, pretender dar vida sin morir es una quimera. La vida es siempre fruto del amor. Y el amor es un egoísmo vencido, una muerte al yo cerrado y una apertura al tú que me interpela. El “nosotros” de cualquier relación (amical, esponsal, filial, social) es siempre un milagro pascual, el resultado de aplicar la Fórmula 1 de la cruz de Jesús. Con la resaca de un fin de semana acelerado, no sé si estamos para estas meditaciones.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Lo que cuesta escuchar


Parto de algunos ejemplos tomados de la vida cotidiana. Ejemplo primero. Una persona dice: “Acabo de venir del médico. Me ha dicho que tienen que operarme de la cadera”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo conozco a un vecino que le operaron de la cadera y quedó fatal. Tienes que asegurarte de encontrar un buen cirujano”. Ejemplo segundo. Una persona dice: “Me está costando asumir la muerte de mi madre. Hay días que me parece que todavía está a mi lado”. Reacción del interlocutor: “Pues recuerdo que, cuando murió mi madre, me pasaba varias noches sin dormir pensando en ella. Es cuestión de tiempo”. Ejemplo tercero. Una persona dice: “Este verano he visitado Croacia. Me ha encantado la gente”. Reacción de su interlocutor: “Pues yo he estado en Italia, que tiene muchos más atractivos que Croacia”. 

Los ejemplos no se apartan un ápice de lo que experimentamos todos los días en conversaciones formales e informales. Hay personas que necesitan compartir una experiencia con otras personas. En cuanto empiezan a hablar, suelen ser interrumpidas por su interlocutor, que, en vez de escuchar con atención lo que esa persona dice, comienza a compartir su reacción y a hablar de lo que a él o a ella le preocupa.


No es fácil encontrar personas que quieran y sepan escuchar, que acojan en silencio lo que las otras personas quieren comunicar y que no se apresuren a responder, o simplemente a interrumpir. Escuchar con atención a quien habla parece una norma elemental de urbanidad y, sin embargo, nos la saltamos casi siempre. Lo he experimentado, sobre todo, cuando se trata de escuchar relatos de enfermedades y de muertes. En vez de prestar atención a quien los comparte para ayudarle a explorar sus sentimientos, enseguida reaccionamos con lo que nos ha pasado a nosotros. ¡No es el momento! 

Cuando una persona comparte las emociones que está viviendo a propósito de la muerte de un ser querido, jamás deberíamos interrumpirla contando lo que nosotros vivimos en una situación semejante. ¡No es el momento! Escuchar es un ejercicio de descentramiento, de vencer la tiranía del yo, que siempre busca protagonismo, para que crezca el tú. Escuchar es hacerse todo oídos para que la otra persona se haga toda palabra.


Como hemos perdido la capacidad de escucharnos con empatía en las interacciones cotidianas, hemos tenido que inventar los “centros de escucha” para paliar ese déficit. Abundan cada vez más en parroquias, colegios y otras instituciones. En una sociedad tan individualista como la nuestra, a veces lo único que necesitamos para salir adelante es que alguien nos escuche con empatía y silencio, sin sentirse obligado a contarnos su experiencia y mucho menos a darnos una respuesta apresurada. 

Escuchar es, en definitiva, aprender a morir a uno mismo para que la otra persona pueda vivir, renunciar a convertirnos en protagonistas para que los demás se conozcan mejor y se acepten como son. Escuchar es convertirnos en espejos que reflejan con amor y claridad lo que las otras personas dicen, no en muros que hacen rebotar sus palabras. No hay escucha sin silencio. El ruido y la verbosidad matan la escucha. Las respuestas automáticas desnaturalizan las preguntas. La apelación continua a nuestra experiencia bloquea la autoexploración. ¿Hay alguien ahí dispuesto a escuchar de verdad?

jueves, 10 de septiembre de 2026

Fuera de control


De las muchas noticias que circulan estos días por los medios, hay una que me ha sobresaltado:
la IA puede acabar con la humanidad en pocos años. Sería una especie de actualización de la película Terminator. Quien se ha atrevido a hacer esta predicción es un tal Jacob Coxon, investigador de Anthropic, que dimitió esta semana alegando que su antigua empresa y su rival, OpenAI, compiten por desarrollar tecnologías que pueden conducir al exterminio de la humanidad. 

¿Cómo podría suceder esto? Todo lo referido a la IA me desborda, así que me limito a hacer una síntesis de lo que dice el artículo. La hecatombe podría llegar si los sistemas de IA persiguieran objetivos contrarios al bienestar humano o incluso en conflicto con él. A este fenómeno los investigadores lo denominan desalineación (misalignment). Las investigaciones han demostrado que los modelos de IA pueden aprender comportamientos de poder y tomar medidas para evitar ser desactivados, como intentar copiarse a sí mismos en otro servidor.


Yendo todavía más lejos, los modelos de IA no alineados con los humanos podrían considerar el asesinato de personas como un paso necesario para alcanzar sus metas. Un sistema de IA malintencionado “podría propagar un arma biológica secreta y activarla mediante un aerosol químico, o bien incitar a dos potencias nucleares a entrar en guerra”. Es verdad que las principales empresas desarrolladoras de la IA han expresado sus deseos de dejarse guiar por criterios éticos y de atenerse a estrategias regulatorias, pero no hay ninguna garantía de que esto suceda. 

El ansia de controlar su implementación y los intereses económicos subyacentes pueden dejar los criterios éticos guardados en el cajón de las buenas intenciones. Por eso, ahora se comprende mejor la insistencia –casi el grito– de León XIV en su encíclica Magnifica humanitas:
“La Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer” (MH, 181).
Confieso que desde hace tiempo me sirvo de las herramientas de la IA para algunas tareas: desde búsqueda de fuentes hasta síntesis de textos o elaboración de imágenes. Junto a las indudables ventajas, percibo con claridad sus límites. Entre otros, uno puede volverse muy perezoso. La única creatividad consiste en proporcionar atinados prompts a la máquina. Me temo que en los desastrosos resultados del informe PISA ha influido también un uso acrítico de la IA y un menosprecio de las habilidades tradicionales del aprendizaje. Tenemos que sacar consecuencias.


martes, 8 de septiembre de 2026

Es de bien nacidos ser agradecidos


El pasado sábado 5 de septiembre cumplí 50 años como misionero claretiano. Lo celebré con mis tres compañeros de curso: Julián, Miguel y Mariano. Durante la mañana nos perdimos en el bosque segoviano de Valsaín para disfrutar de un tiempo de silencio y oración en contacto con la naturaleza, el primer libro de la gramática divina. Los cuatro somos muy aficionados a la montaña y al senderismo. Por otra parte, acabábamos de celebrar con toda la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por la Creación. Nos inspiramos en el mensaje del papa León XIV y en las propuestas oracionales. Las aguas cristalinas de un saltarín río Eresma, ante el que pasé minutos de contemplación silenciosa, se convirtieron en símbolo de una vida misionera que ha sido también un río de gracia enriquecido por numerosos afluentes que han vertido sus aguas en el cauce principal. 

Rematamos la mañana celebrando la Eucaristía en la capilla penitencial de nuestra iglesia de Segovia. La comunidad fue fundada en 1861, cuando todavía vivía san Antonio María Claret. Ese lugar está ligado a nuestros primeros años de formación. En él comenzamos el noviciado el 7 de septiembre de 1975, aunque luego lo proseguimos en Castro Urdiales (Cantabria). Escuchamos la Palabra. Cantamos las canciones que solíamos cantar hace 50 años. Compartimos nuestras experiencias de camino. En el memento de difuntos de la plegaria eucarística recordamos de manera especial a nuestros padres ya fallecidos. La comida festiva al más puro estilo segoviano puso el broche a una mañana contemplativa. 

La tarde se convirtió en camino por los lugares asociados a nuestra experiencia vocacional. Oramos en la iglesia de san Andrés (el primer lugar al que llegaron los claretianos desde Cataluña). Lo hicimos también junto a la Virgen de la Fuencisla y frente al sepulcro de san Juan de la Cruz en el tercer centenario de su canonización: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!”. Terminamos regresando a Madrid (con rosario incluido en el coche) y compartiendo las vísperas y la cena con mi comunidad. Aún quedó noche para un paseo y un helado junto al palacio real mientras las gentes paseaban buscando aliviar el calor de la jornada.


El domingo 6 agradecimos a Dios el don de la vocación recibida junto a la comunidad parroquial de San Antonio María Claret en Madrid. En la Eucaristía presidida por el padre José Cristo Rey García –antiguo formador nuestro y siempre mentor y amigo– y concelebrada por un nutrido grupo de claretianos de distintos países, renovamos nuestra profesión religiosa. Me emocionó el comienzo mismo de la fórmula: “Respondiendo a la vocación divina, yo, Gonzalo, quiero procurar con el mayor empeño la gloria de Dios, dedicarme plenamente a él y seguir más de cerca a Cristo Señor, como los Apóstoles, en el ministerio de la salvación de los hombres de todo el mundo”. El compromiso suena serio: “Quiero procurar con el mayor empeño”. Pero esa opción es, en realidad, un acto responsivo. La fórmula no empieza con un compromiso, sino con la acogida de un don: “Respondiendo a la vocación divina”. 

No es fácil explicar la belleza y hondura de un estilo de vida que, en realidad, es solo una forma de respuesta al don recibido. ¿He sido consciente de la fuerza de este don a lo largo de los últimos 50 años? ¿He sabido responder con gratitud, alegría y fidelidad? ¿Habrá algún joven en la asamblea que sienta el cosquilleo de la inquietud vocacional? Mientras contemplaba la la gente o escuchaba algunos de los cantos interpretados por el coro, pensaba en todas las personas que no estaban físicamente en el templo (comenzando por mi familia y mis mejores amigos), pero que forman parte esencial de mi geografía afectiva. No entiendo mi vocación sin ellas. A veces, se puede ser sin estar, aunque siempre es bueno que ambos verbos caminen parejos.


La comida de fiesta con las comunidades del Colegio Claret y de la curia provincial fue un hermoso momento de fraternidad claretiana. Nuestro compañero Mariano, venido de San Petersburgo (donde lleva ya casi 30 años), nos sorprendió con una botella de vodka en la que nadaban pequeñas láminas de oro. Era una forma de simbolizar esas “bodas de oro” con el Señor, el único que da unidad y sentido al pasado, al presente y al futuro. Creo que es la primera vez en mi vida que brindo con oro y no experimento ninguna intoxicación. Las canciones brotaron saltarinas para alegrar la fiesta.

La jornada culminó a 80 kilómetros de Madrid. En medio de una templada noche toledana, disfrutamos del espectáculo “El sueño de Toledo”, una recreación artística de la historia de España que, durante 70 minutos, deja estupefactos a los miles de espectadores que la contemplan. La ciudad de Toledo se convierte simbólicamente en el epicentro del terremoto de acontecimientos históricos que ha sacudido a nuestro país a lo largo de los siglos, desde que el rey Recaredo hiciera su profesión de fe católica ante el obispo Leandro hasta el presente. 


¿No es la vocación misionera el “sueño de Dios” para cada uno de nosotros? Conduciendo de regreso a Madrid, al filo de la medianoche, sentí que dos días intensos, bellos y compartidos redimen la cotidianidad de su insignificancia y la abren a un destino eterno. Gracias de corazón a Dios y a todas las personas que han hecho y siguen haciendo posible este hermoso sueño. 

En un día como hoy, es inevitable no hacer referencia a María, en la fiesta de su Natividad. Nosotros somos Hijos de su Inmaculado Corazón. A ella le cantamos en varias ocasiones durante nuestro encuentro: “Gracias os doy, oh Madre, por la vocación recibida. Dadme, dadme la gracia de ser a ella fiel toda mi vida”. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Lo mejor está por llegar


Lo de Ceuta va a seguir coleando durante mucho tiempo. Me parece que concentra varios asuntos que tienen que ver con nuestra manera de entender la soberanía nacional, el control de fronteras, las relaciones internacionales, los equilibrios geoestratégicos, los problemas migratorios y otros muchos de difícil comprobación: aspiraciones territoriales, chantajes, venganzas, etc. Ayer en muchas ciudades españolas la gente se echó a la calle para apoyar a los ceutíes aprovechando que se celebraba el Día de Ceuta. El apoyo a una ciudad invadida fue acompañado por una crítica abierta a la gestión de la crisis por parte del gobierno central. 

Como era de prever, las reacciones de los políticos y los medios de comunicación fueron muy distintas según las tendencias de cada cual. Con todo, no hace falta ser un experto para comprobar que crece el hartazgo ciudadano, incluso entre quienes por convicción, intereses o rutina siguen defendiendo al partido gobernante. Será triste que una vez más en la historia reciente de la democracia española la alternancia en el poder esté más provocada por la corrupción y la prevaricación que por nuevas propuestas esperanzadoras. Creo que, a pesar de los muchos ardides en juego, es cuestión de poco tiempo. Percibo síntomas claros de descomposición del sistema. Lo que no veo con tanta claridad es la solvencia y credibilidad de una alternativa eficaz. Ojalá haya sorpresas.


Como si el tiempo atmosférico quisiera acompañar al tiempo político, ha vuelto el calor en estos primeros días de septiembre. Hoy en Madrid tenemos 36 grados. Esperemos que no dure demasiado. Necesitamos un tiempo benigno para proseguir con buen ánimo el ritmo de septiembre. 

Por lo que a mí respecta, me preparo junto con otros tres compañeros para celebrar el próximo sábado los 50 años de mi primera profesión como misionero claretiano. Cuando me comprometí a seguir a Cristo y emití los votos de castidad, pobreza y obediencia en el ya lejano 1976 tenía solo 18 años. Hoy las pocas personas que profesan en la vida religiosa en España suelen tener en torno a 25-30. 

Con los ojos actuales, parece una temeridad –si no una falta de responsabilidad– tomar una decisión tan radical a una edad que se considera demasiado temprana. No seré yo quien niegue los signos de inmadurez que todavía persisten cuando uno traspasa la frontera de la “mayoría de edad” y, sin embargo, no me arrepiento del paso dado. A medida que pasan los años comprendo con más claridad que las grandes elecciones de la vida no son el resultado de un proceso decisional químicamente puro, sino el fruto de una gracia que nos sobreviene y que nosotros acogemos con la limitada pero ilusionada libertad de que disponemos. Eso no significa necesariamente que sea una decisión inauténtica, aunque sea todavía a todas luces imperfecta.


En realidad, cada día hay que preguntarse a quién queremos servir, en qué dirección queremos caminar, con quién queremos compartir la marcha, cómo vamos a superar los obstáculos. En este sentido, cada día hacemos la profesión religiosa. O renovamos las promesas matrimoniales o sacerdotales. O actualizamos cualquier otra opción fundamental. Esto es lo que nos permite vivir con esperanza. No soy muy partidario de dar demasiado relieve a este tipo de aniversarios, aunque comprendo que haya personas que tiren la casa por la ventana cuando celebran sus bodas de plata o de oro. Por temperamento, a mí no me gusta mucho mirar al pasado. No vivo de la nostalgia. Me concentro en el día a día y, desde la azotea de la cotidianidad, vislumbro el futuro. 

Me gusta más esperar recordar. Es como si hubiera hecho mío ese axioma inglés que dice “the best is yet to come” (lo mejor está por llegar). Si “lo mejor” es sin lugar a dudas el encuentro definitivo con Dios, entonces siempre está por llegar, aunque celebremos con gratitud que “ya” ha llegado. En esta tensión entre pasado, presente y futuro discurre la vida y, en definitiva, nuestra existencia cristiana. Detenernos brevemente en algunos hitos del itinerario nos ayuda a tomar conciencia de que estamos vivos. Y, sobre todo, ensancha nuestro corazón agradecido. Lo que somos es el fruto de una lluvia de gracia. Que no deje de llover.

martes, 1 de septiembre de 2026

Atrévete a pensar


Comienzo el mes de septiembre con dos misas consecutivas. Tras el parón veraniego, reanudamos el servicio litúrgico a algunas comunidades religiosas vecinas. Subo a las oficinas de la editorial y saludo a mis compañeros. Los veo algo más morenos que de costumbre. Bromeo con ellos y ellas. Intercambiamos anécdotas durante el café. Casi todos han tenido unas vacaciones itinerantes y satisfactorias. Mientras todos estábamos de un sitio para otro, se han ido acumulando varios asuntos que conviene despachar cuanto antes. Nos llevará días alcanzar la velocidad laboral de crucero. 

Lo que importa es saber cuál es el sentido de nuestro trabajo y coordinar bien las tareas. Hemos aprendido mucho de la selección española de fútbol. El trabajo en equipo es más importante que las exhibiciones individuales. ¡Para algo tenía que servir una Copa del Mundo en pleno verano! Aunque el mes ha comenzado caluroso, no es comparable a los ardores de finales de julio. Al fin y al cabo, acabamos de empezar el otoño meteorológico. Los días son más cortos. Las noches se prolongan. Todo invita a ponerse en marcha.


Aunque mi mente está centrada en la reanudación del trabajo editorial, no me abstraigo de lo que está pasando en nuestro entorno. Ayer, caminando varios kilómetros con un amigo por el Anillo Verde de Madrid, nos dedicamos a destripar la realidad. Mi amigo tiene ideas más contundentes que las mías sobre lo que está pasando. Su tesis es de una claridad deslumbrante. Cree que hay una especie de estrategia mundial para desestabilizar a Europa, en cuanto continente marcado por la herencia cristiana. A las grandes potencias (Estados Unidos, China, Rusia, Israel y quizás India) no les interesa una Unión Europea fuerte. Pero tal vez no sea solo ni principalmente un asunto de las grandes potencias, sino de personajes manipuladores (como George Soros y Elon Musk), organizaciones como la masonería y corporaciones como Meta o Google que aspiran a controlar el mundo. Se trata de borrar la identidad cristiana de Europa para así superar con menos trabas la etapa humanista (representada por la Europa cristiana e ilustrada) y adentrarnos de lleno en el posthumanismo tecnológico. Superada la barrera religiosa y cultural, resulta más fácil el control global. 

¿Cómo hacerlo? ¡A través de un elaborado y sutil proceso de ingeniería social que mine los fundamentos de Europa! Para ello hay que financiar la difusión amable del relato de la multiculturalidad y las identidades múltiples, incentivar la baja natalidad empoderando a la mujer trabajadora, promover las legislaciones que garantizan el derecho al aborto y la eutanasia, difundir la ideología de género, denunciar la masculinidad tóxica, debilitar la familia tradicional y vender el discurso progresista de los múltiples modelos familiares, contribuir al debilitamiento de la democracia y de las instituciones europeas, apoyar a los nacionalismos disgregadores, facilitar en la sombra las “invasiones” de inmigrantes y, sobre todo, la progresiva y democrática islamización del continente. Los vientres islámicos acabarán con el viejo (en todos los sentidos de la palabra) continente. 

Los europeos, anestesiados por una mentalidad burguesa y buenista, estamos dejando que el proceso siga su curso mientras todavía gocemos de algunos de los beneficios del llamado “estado de bienestar” (sanidad universal cada vez más insostenible, pensiones al borde de la quiebra, ingreso mínimo vital, etc.). Una cervecita fresca y un viaje de fin de semana mitigan los problemas de fondo. No estamos ya para muchas batallas, ni militares ni culturales. Según mi amigo, hasta la Iglesia contribuye a este progresivo debilitamiento de la identidad europea cuando juega a ser una ONG reconocida más que una revolucionaria comunidad de fe.


Reconozco que la tesis, envuelta en un sudor pegajoso provocado por el calor de la tarde, era demasiado explicativa y atrayente como para no sentirse un poco encandilado por ella. De repente, empezaban a cobrar sentido muchos de los fenómenos que hoy vivimos y que, a primera vista, parecen inconexos. Mientras yo jugaba a hacer de abogado del diablo para forzar explicaciones más objetivas, mi amigo reforzaba sus argumentos con algunos datos que yo no estaba en condiciones de verificar y menos de refutar. Por temperamento y formación, me cuesta aceptar las explicaciones simplistas y mucho menos las conspiranoicas, pero reconozco que la tesis de mi amigo, defendida con verdadera pasión, pone sobre la mesa asuntos que solemos despachar sin analizarlos en profundidad para no ser tildados de retrógrados o simplemente de intolerantes. 

Hasta tal punto somos esclavos de modas, etiquetas y manipulaciones mediáticas, que nos resulta difícil pensar con objetividad. Y, sin embargo, quizás no hay nada más revolucionario que un verdadero pensamiento crítico. Por eso, reivindico el papel de la filosofía en los planes de estudio. Necesitamos desempolvar con urgencia el ¡Atrévete a pensar! (sapere aude) kantiano. Y quizás también una moral menos adormilada y más combativa.