
Cuando regresaba de celebrar la Eucaristía, me he encontrado en la calle Princesa con los corredores que participaban en la carrera de 10 kilómetros “Madrid corre por Madrid”. La salida estaba en la plaza de san Juan de la Cruz (en el paseo Castellana) y la meta en el paseo de Camoens, a poca distancia de mi casa. El cupo máximo eran 10.000 corredores. No sé si habrá alcanzado esa cifra. Dominaban las personas de mediana edad, pero había también algunos mayores valientes y, por supuesto, muchos jóvenes. La mayoría eran hombres, pero había también mujeres. Algunos corrían con mucha energía y ritmo constante, como si fueran sobrados. Otros subían la calle Princesa con la lengua fuera, haciendo un esfuerzo ímprobo para acoplarse al ritmo de los demás. Alguno, a pocos metros del final, ha renunciado a correr y se ha puesto a caminar.
Aunque el evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario nos propone la parábola del propietario de un viña que contrata trabajadores a distintas horas del día y a todos les paga el mismo jornal, yo he relacionado su mensaje con la carrera madrileña. Tanto en la viña de la parábola de Jesús, como en la carrera madrileña, hay personas que trabajan o corren a distinta velocidad y con diferente resultado. Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Mientras en la carrera solo los primeros se llevan los premios, en la extraña –y humanamente injusta– lógica del Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.

Estas palabras de Jesús resultan ofensivas en el contexto de una sociedad igualitarista como la nuestra. El comportamiento del propietario de la viña sería sancionable de acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores. No puede cobrar lo mismo haciendo el mismo trabajo quien ha currado solo una hora que quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno”. Pero aquí no se está hablando de cuestiones legales ni de las distintas acepciones de la justicia, sino de algo más profundo y determinante: se está hablando de la imagen de Dios. “Dime cómo es la imagen de Dios en el que crees y te diré cuáles son tus actitudes y tus conductas”.
Si no dejamos que el Espíritu Santo evangelice nuestro corazón, las imágenes que solemos tener de Dios no son más que proyecciones de nuestras experiencias humanas. Da igual que lo imaginemos como un padre castrador, un juez implacable o un abuelete de luenga barba blanca que nos consiente todo y no nos exige ninguna responsabilidad. Da igual que lo pensemos como una madre liberal que apela al ejercicio de nuestra autonomía o como una fuerza impersonal que recarga nuestra batería a base de no sé qué extrañas energías y vibraciones. En todos estos casos, estamos construyendo un dios “a nuestra imagen u semejanza”, a la medida de nuestros deseos, expectativas, temores o frustraciones.

Con su provocativa parábola, Jesús quiere desmontar nuestras imágenes demasiado humanas de Dios para hacernos ver que Él siempre desborda lo que nosotros pensamos, imaginamos o proyectamos. Él no se atiene a nuestros códigos de justicia porque –como leemos en la primera lectura de Isaías– “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Dios es un Padre que siempre da una nueva oportunidad a sus hijos, que no mide a todos por el mismo rasero, que nunca da por cerrado el tiempo de la vuelta a casa. En este sentido, la parábola de hoy se parece mucho a la parábola del padre misericordioso y los dos hijos pródigos (Lc 15,11-32).
En ambos casos, es Dios (en la figura del propietario o del padre) quien sale a buscar trabajadores (para trabajar en su viña) o a sus hijos (para que regresen a casa). Los viñadores de la primera hora, al enterarse de que el dueño paga igual a los que han llegado los últimos, reaccionan exactamente igual que el hijo mayor de la parábola de Lucas 15. La comparación y la envidia (tan típicas del corazón humano) prevalecen sobre la compasión y la misericordia (tan típicas del corazón divino). La pregunta salta sola: ¿A quién se parece la imagen de Dios que tenemos cada uno de nosotros? Si la parábola de Jesús no nos provoca un tanto, es casi seguro que hemos domesticado demasiado a Dios según nuestras conveniencias. Nunca es tarde para cambiar.





















