lunes, 14 de septiembre de 2026

Tenemos "otra" Fórmula 1


Ayer se celebró en Madrid el Gran Premio de España de Fórmula 1. Se lo conoce como Madring. Algunos consideran que ha sido un gran éxito con repercusiones muy positivas para la ciudad, mientras otros piensan que se trata de una inversión innecesaria y ruinosa. Algunos vecinos denuncian el exceso de decibelios mientras otros se forran alquilando sus viviendas. Hay opiniones para todo. No estoy en contra de los grandes eventos, pero siempre me pregunto por qué somos capaces de movilizar recursos para construir un circuito de la nada en poco más de un año y nos cuesta tanto ponernos de acuerdo para resolver problemas más acuciantes como el sinhogarismo o la vivienda en general. No creo que sea un planteamiento demagógico. 

En el primer caso, se esperan retornos sustanciosos, prestigio y fama; en el segundo, no se ven claramente las ganancias a corto plazo. El primero es claramente un artículo de lujo que solo las sociedades ricas se pueden permitir; el segundo es una necesidad social perentoria. Una vez más, es cuestión de prioridades. Los mismos seres humanos que somos capaces de desarrollar la IA, lanzar un satélite al espacio o montar un circuito de Fórmula 1 en tiempo récord, deberíamos ser capaces de cubrir las necesidades básicas de todos. ¿Por qué no lo hacemos?


La respuesta no es solo técnica. Es ética. Es espiritual. No lo hacemos porque la preocupación por los demás no figura en la cima de nuestros intereses. No lo hacemos porque, manteniendo las desigualdades, podemos ejercer mayor control. No lo hacemos porque el bienestar de unos pocos se sustenta sobre la explotación de muchos. No lo hacemos, en definitiva, porque solo muriendo a nosotros mismos podemos conseguir que los demás vivan. El único ser humano que ha entendido a fondo esta dinámica ha sido Jesús. Por eso, murió clavado en la cruz. 

Más allá de sus connotaciones históricas, esto es precisamente lo que celebramos hoy con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La verdadera Fórmula 1 para que todos los seres humanos podamos vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios es aprender a cuidarnos unos a otros como hermanos. Esto no significa igualar a todos en la miseria (que es a lo que conducen algunos sistemas políticos igualitaristas), sino colocar como prioridad el cuidado de los demás, sobre todo de los más frágiles.


No sé si los cristianos somos conscientes de que nuestra marca corporativa, o nuestro logo comunitario (por usar categorías contemporáneas), es una cruz. No sé si nos hacemos cargo de que nuestro líder (sigo con categorías seculares) es un fracasado rehabilitado. O un Crucificado/Resucitado, por decirlo con categorías teológicas. Si hacemos nuestra la dinámica existencial de Jesús, no tendríamos que sorprendernos de que la vida sea siempre una victoria sobre la muerte. Y de que cualquier progreso en la historia humana que vaya en línea con el Reino de Dios está atravesado por esta misma lógica. 

Por eso, pretender dar vida sin morir es una quimera. La vida es siempre fruto del amor. Y el amor es un egoísmo vencido, una muerte al yo cerrado y una apertura al tú que me interpela. El “nosotros” de cualquier relación (amical, esponsal, filial, social) es siempre un milagro pascual, el resultado de aplicar la Fórmula 1 de la cruz de Jesús. Con la resaca de un fin de semana acelerado, no sé si estamos para estas meditaciones.

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