
Mañana será la fiesta de san Antonio María Claret. Se cumplirán 156 años desde su muerte acaecida el 24 de octubre de 1870 en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia). Como Jesús, también Claret murió extramuros, fuera de su patria, perseguido hasta el último respiro. Hay santos amables y santos que incomodan. Claret perteneció a la segunda categoría sin desdeñar la primera. Creo que la mayoría de los lectores de este Rincón conocen la azarosa vida de este santo misionero. A quienes sepan poco de él, les invito a ver la película Claret, leer una breve semblanza de su vida o, si tienen ánimo y tiempo, acercarse a su Autobiografía. Se sorprenderán de cómo un hombre, en solo 62 años y diez meses, fue capaz de vivir una extraordinaria aventura humana, espiritual y misionera. Lo hizo en un siglo en el que Europa y América fueron escenario de revoluciones constantes. Un siglo que no quería parecerse a los anteriores, pero que tampoco tenía la contundencia del siglo XX.
En algunas cosas, Claret parecía más del siglo XVI que del XIX; por eso admiraba tanto a santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila o fray Luis de Granada. En otras, podría haber sido un perfecto obispo del siglo XX. De formación técnica y espíritu práctico, nunca se perdió en laberintos teóricos. Muy seguro del “qué” (la gloria de Dios, la salvación de los hombres y la propia santificación), puso toda su creatividad al servicio del “cómo” (cómo hacer llegar la Palabra de Dios a todo tipo de personas: desde los payeses que encontraba por los caminos de Cataluña hasta los intelectuales y artistas con los que se relacionó en Madrid, pasando por los lugareños canarios y cubanos). No perdió el tiempo quejándose de las dificultades. Se puso manos a la obra sin descanso.

En el discurso que el papa León XIV dirigió hace unos días a los participantes en el simposio sobre “La santidad en la historia”, organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, les dijo algo que me parece luminoso: “Sin los santos, la historia del mundo sería más pobre y menos humana”. Los santos dignifican nuestra humanidad. Ellos y ellas son una manifestación luminosa de esa magnifica humanitas a la que todos pertenecemos. Por eso, cuando nos preguntamos qué necesitamos para mejorar nuestro mundo, para deshacer los múltiples nudos que hoy nos atenazan, la respuesta es simple y contundente: necesitamos más santos.
A primera vista, esta respuesta puede parecer demasiado piadosa y hasta un punto escapista, pero es la más transformadora de todas. Donde hay santos, hay hombres y mujeres que, en su fragilidad, se han dejado transformar por el amor de Dios. Por eso, pueden contribuir “desde dentro” a la transformación del mundo. Cada santo es como una maqueta del nuevo mundo al que aspiramos. Los santos no se limitan a decirnos lo que tenemos que hacer, no nos sermonean con propuestas ideales, como hacen a menudo muchos pensadores y revolucionarios. Se concentran en vivir. Su vida misma es el mejor argumento de la verdad que anuncian. No hay nada más revolucionario que vivir con autenticidad.

Yo conocí a Claret cuando tenía diez años y estudiaba en un colegio claretiano. Me sentí atraído por una vida que rezumaba Evangelio por los cuatro costados y que, en la versión que leí, parecía una cadena de aventuras. Entonces no percibí el peso de la cruz que portaba. Ahora, con más edad de la que él tenía cuando murió, me sigo sintiendo atraído por su creatividad evangelizadora y por su itinerancia misionera, pero lo que más me conmueve es su configuración con el Cristo crucificado, su proceso de transformación interior a base de persecuciones, calumnias y sufrimientos.
Es probable que en algún momento de su etapa madrileña rozase el borde de la depresión o sintiera la tentación de tirar la toalla y huir de la corte, pero en ningún momento se bajó de la cruz. Su objetivo no era estar a gusto y sentirse “realizado” (como decimos hoy), sino cumplir la voluntad de Dios. Murió fuera de juego, desprestigiado y desterrado. Hoy, de quienes lo persiguieron nadie se acuerda. Sin embargo, su figura sigue siendo luminosa para miles de personas en todo el mundo. Está claro que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Feliz fiesta.





















