domingo, 25 de octubre de 2026

El ajuste fino


La noche pasada hemos podido dormir una hora más. Confieso que estos cambios estacionales me aburren y me cansan. No les veo ninguna utilidad, como tampoco se la veo al hecho de que en España llevemos casi 90 años con una hora de adelanto (dos en verano) con respecto a la hora de Greenwich, que sería la más apropiada para nosotros teniendo en cuenta nuestra ubicación. 

Vamos al grano. En el Evangelio de este XXX Domingo del Tiempo Ordinario no le preguntan a Jesús qué hora es o si prefiere el horario de verano o de invierno. La pregunta que le formulan algunos fariseos es más trascendental: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Ya se sabe que en tiempos de Jesús la Ley se componía de 613 mandamientos: 248 mandamientos positivos (cosas que se debe hacer, asociados tradicionalmente con los miembros o partes del cuerpo humano) y 365 mandamientos negativos (prohibiciones, asociados tradicionalmente con los días del año). La pregunta, pues, es muy pertinente para no perderse en la maraña de normas y prohibiciones. La respuesta de Jesús es clara, progresiva y directa: “«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. 

Hemos oído muchas veces que la “novedad” de la respuesta de Jesús consiste en juntar dos mandamientos que eran conocidos por todo judío piadoso: el referido al amor a Dios se encuentra en Dt 6,45 y el referido al amor al prójimo se inspira en Lv 19,18.


Sin embargo, la propuesta de Jesús no se reduce a juntar dos mandamientos que “sostienen la Ley entera y los profetas”. En realidad, nos está ofreciendo un criterio práctico para verificar la verdad de nuestro amor. Si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, nuestro amor a Dios no es verdadero. Es lo que leemos en 1 Jn 4,20: “El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. Pero si decimos que amamos al prójimo y nos desentendemos de Dios, el amor tampoco corre. Jesús mismo lo aclara en otro pasaje: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La respuesta de Jesús a los fariseos corrige nuestros espiritualismos desencarnados, pero también nuestros humanismos ateos. 

Los dos fenómenos se dan hoy en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Hablando en términos políticos, los de derechas tienden a refugiarse en el primero y los de izquierdas a defender con uñas y dientes el segundo. O sea, que convertimos la gran polaridad Dios-prójimo en un enorme dilema: o Dios o el prójimo. En la práctica, sin embargo, las cosas no son tan simples. No conozco a ninguna persona verdaderamente espiritual que se desentienda del prójimo, sobre todo del más necesitado. Han entendido muy bien lo que leemos en la lectura de Isaías: “Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo”. Sí conozco a alguna persona muy solidaria y servicial que no quiere ni oír hablar de Dios. Por lo general, este rechazo proviene de experiencias negativas en relación con la Iglesia vividas en la infancia o en la adolescencia y que no han sido sanadas.


Es imposible leer el Evangelio de hoy y no sentirse cuestionado. Da igual que seamos de derechas o de izquierdas, místicos o proféticos, espiritualistas o humanistas ateos. Las palabras de Jesús no admiten matices: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. No uno u otro: estos dos. Quizá se podría decir que se trata de un solo mandamiento con dos caras. Nadie mejor que Jesús (verdadero hombre y verdadero Dios) para ofrecernos esta síntesis. 

Lo que parece un problema teórico tiene, en realidad, muchas repercusiones prácticas. Afecta a la manera como vivimos la oración y el servicio, la adoración y la liberación, la participación en la Eucaristía y el compromiso político. Necesitamos una espiritualidad integradora, no dilemática. Las personas de Oriente están más preparadas culturalmente para la integración de polaridades. En Occidente tendemos más a los dilemas; de ahí la polarización que padecemos, tan presente en la sociedad y en algunos sectores de la Iglesia. A veces Jesús también exige tomar partido (por ejemplo, cuando contrapone Dios y el dinero), pero en el caso del amor a Dios y al prójimo no hay ninguna ambigüedad. Seguro que tenemos que someternos a un electrocardiograma espiritual para ver cómo está nuestro corazón.Probablemente necesitaremos un ajuste fino en nuestra manera de vivir estos amores.

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