lunes, 19 de octubre de 2026

Es para preocuparse


Es casi imposible no escribir algo sobre lo que está sucediendo en Francia, Bélgica, Italia y otros países europeos. Las calles arden. Para algunos, son los estertores de una Europa que lleva décadas muriéndose. O, para ser más precisos, suicidándose. Narcotizados por la llamada “sociedad del bienestar”, acostumbrados a que papá Estado nos resuelva los problemas (hasta que la gigantesca deuda pública haga inviable esta providencia), hemos caminado contra la vida. Los perros dan menos problemas que los hijos. El aborto y la eutanasia se han convertido en “derechos”. La fe, en el caso de que siga mereciendo la pena, se ha convertido en un asunto privado. El sacrificio pertenece a la generación de la posguerra. Ahora vivimos en la estación del disfrute. O, por lo menos, en la “sociedad del entretenimiento” o en la “sociedad paliativa” (Byung Chul Han). 

La Unión Europea surgió como proyecto de reconciliación y futuro tras una guerra fratricida. Hoy corre el riesgo de implosionar bajo el peso de la burocracia y la falta de imaginación. Mientras Estados Unidos innova, China vende y Rusia sueña con sus ideales expansionistas, Europa regula que los tapones de plástico deben ir amarrados al cuello de las botellas para evitar no sé qué extraños riesgos. Morir por exceso de sofisticación y déficit de humanidad no es nada nuevo. Varias civilizaciones (incluida la romana) padecieron esta enfermedad. Pero no es fácil aprender de una historia que se oculta mientras (todavía) vivamos mejor que en la mayor parte del mundo. 


Duele ver las imágenes de la violencia callejera en Francia. Duele ver el ayuntamiento de Limoges ardiendo, como nos dolió ver el incendio de Notre Dame hace siete años. Pero este exceso de violencia, no sé si espontánea u orquestada, es síntoma de un malestar que se viene incubando desde hace décadas y que, como los volcanes, necesita de vez en cuando algunas fumarolas para liberar la rabia acumulada. Sigo creyendo que es mejor un proyecto de Unión Europea que la vuelta a nacionalismos cerrados. Es probable que haya pasado la hora de Europa y de Estados Unidos y que este siglo le pertenezca a China. Se escribe mucho sobre el declive de las viejas potencias y el nacimiento de las nuevas. La historia está llena de ciclos parecidos. 

Se puede perder músculo económico e influencia política. Lo que importa es no vender el alma. Me llama la atención que, en un país como Francia, se dé al mismo tiempo una reacción contra el “coste de la vida”, contra un modelo social insostenible, y un despertar de la búsqueda religiosa, con un incremento constante de los bautismos de adultos. No creo que haya una clara vinculación causa-efecto, pero ambos son síntomas de que algo está cambiando, de que la sociedad del bienestar está en crisis y de que es necesario buscar alternativas creíbles. De no hacerlo, los más fuertes se llevarán el gato al agua. Siempre hay quien sabe sacar partido (económico) de las crisis sociales.


En España las cosas no han llegado a ese extremo, pero se dan muchas condiciones para que lleguen, aunque disponemos de una serie de amortiguadores que ayudan a afrontar la situación con más calma. El sustrato cristiano, el apoyo de la familia y una cultura vitalista y resiliente nos ayudan a capear la crisis, aunque no logremos superarla. El verbo “capear” se usa mucho en el mundo taurino, pero tiene también una sugestiva aplicación a la vida en general. Según el diccionario de la RAE, capear significa “eludir con habilidad un compromiso o una situación difícil”. Somos expertos en el arte de las elusiones. Los problemas no se resuelven de raíz, pero, por lo menos, se minimizan, no alteran la vida de manera irremediable. 

Dentro de 40 días tendremos elecciones generales. La alternancia política no cambia automáticamente las dinámicas sociales, pero puede ayudar a reconducirlas. Es fácil saber lo que no queremos, pero resulta difícil encontrar una propuesta que responda a lo que de verdad queremos. Varias personas con las que he hablado en los últimos días me confiesan que se sienten huérfanas políticamente hablando. Tienen muy claro a quién no van a votar, pero dudan acerca de a quién confiar su papeleta. No hay propuestas que les entusiasmen. O, por lo menos, que indiquen por dónde podemos caminar. Mientras tanto, esperemos que no ardan las calles. Nada violento acaba siendo transformador. 

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