
Nos aguarda un fin de semana largo en España. Hoy viernes muchas personas se ponen en camino. Parece que las temperaturas serán frescas. Servirán para aliviar el calor político y mediático. Me temo que durante las próximas semanas abundarán los “incendios electorales”. Habrá un continuo pimpampum de acusaciones y una falta de propuestas realizables. Hoy me he enterado de que en España hay más de 4.000 partidos políticos registrados, aunque solo una docena tienen representación parlamentaria. Es casi imposible abrirse paso entre el histórico duopolio formado por el PSOE y el PP (a nivel nacional) y por la hegemonía de algunos partidos nacionalistas (en sus respectivas demarcaciones). Lo intentan Vox (a la derecha) y Sumar y otros partidos pequeños (a la izquierda). Consiguen algunos diputados, pero el sistema electoral los castiga. Está diseñado para favorecer a las mayorías nacionales y a las minorías regionales.
Por eso, me temo que una formación emergente como España mejor lo va a tener muy difícil para hacer oír su voz y difundir su propuesta de regeneración democrática. Habría que cambiar el sistema para hacerlo más justo, pero a los grandes y a los nacionalistas no les interesa. Seguiremos así in secula seculorum. La regeneración tendrá que esperar. Pensando en las votaciones del 29 de noviembre, tengo bastante claro a quién no votar. Mi duda es a quién votar. La corrupción y la falta de medidas eficaces son fenómenos transversales. La experiencia me ha vuelto muy escéptico, aunque siempre queda una brizna de esperanza. ¿Habremos aprendido algo en los últimos 50 años?

Hay muchos electores fanáticos. Votan siempre al mismo partido, haga lo que haga. Lo que les importa no es la racionalidad de sus propuestas y actuaciones, sino el sentimiento visceral de pertenencia a una clase, una ideología o una tradición. Hay otros muchos electores sensatos, que analizan la trayectoria de los partidos y sus realizaciones. Por eso mismo, porque son críticos, nunca encuentran ninguno que los satisfaga. Se acogen al “mal menor”, que siempre representa una derrota de las propias convicciones. ¿Está la política condenada a moverse siempre en el reino del “mal menor”?
Ofertas hay muchas (ya he recordado antes la cifra apabullante de partidos registrados), pero, más que indicar una riqueza de ideas, expresa el atolondramiento actual. Cuando cuatro gatos registran, por ejemplo, un partido cuyo objetivo es la defensa del cannabis o el voto en blanco, podemos hacernos una idea del nivel al que hemos llegado. ¿Tan difícil es hacer una propuesta que recoja lo más sensato y conducente al bien común? Parece una empresa imposible en las sociedades plurales como la nuestra. Por eso, hay tantas personas honradas y competentes que huyen de la política como del mismo diablo. No tienen ningún interés en medrar y sí tienen mucho interés en no corromperse.

Siempre cabe imaginar y esperar que las nuevas generaciones aprendan de los errores y aciertos de las precedentes, pero no es un proceso garantizado de antemano. La ventaja que hoy tenemos es el fácil acceso a la información y la facilidad para difundir mensajes, pero esto mismo constituye un enorme riesgo. Corren a la misma velocidad las informaciones veraces y los bulos, la opinión de un experto y la de un cantamañanas, las propuestas inteligentes y los sofismas. Pensamiento crítico y probidad moral son los dos ingredientes que pueden ayudarnos a no sucumbir en este supermercado de ideologías y consignas.
El primero está cada vez más amenazado por el enorme influjo de los medios digitales y de la Inteligencia Artificial. El segundo depende, en buena medida, del contexto familiar en el que uno se abre al mundo de los valores y los interioriza. El desafío es grande para todos aquellos que tenemos alguna responsabilidad educativa. Soy muy escéptico con respecto al cambio de mentalidad de las generaciones mayores, pero albergo esperanza con respecto a los jóvenes. La formación para la participación política debería ser normal en los centros educativos y en las comunidades cristianas. Algo se puede (y se debe) hacer.
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