
Dicen que a los jóvenes no les gusta visitar los cementerios. Eso mismo se decía cuando yo era joven y, sin embargo, la tradición (que no la costumbre) sigue viva en muchas personas de todas las edades. Es verdad que para honrar a nuestros difuntos no es estrictamente necesario visitar sus tumbas y depositar flores. Es verdad que el verdadero recuerdo se da en el corazón (recordar significa precisamente “pasar por el corazón”) y que una oración sincera vale más que un hermoso centro de flores. Y, sin embargo, hay ritos ancestrales que nos mantienen despiertos y agradecidos.
Salir de casa, encaminarse al cementerio (a veces a cientos de kilómetros), tomarse tiempo para limpiar las tumbas, preparar un motivo floral… son expresiones de un amor que va más allá del sentimiento. Podríamos decir que es un amor que cuesta, que sale del santuario de la conciencia y se encamina hacia una materialidad destruida, pero ese tránsito tiene un valor extraordinario. La fe en la resurrección no olvida que somos materia. Tan peligroso es abandonarse a un materialismo que solo ve un baile de moléculas, como fiarlo todo a un espiritualismo que olvida el cuerpo y toda su biografía. La fe cristiana siempre ha mostrado un gran respeto a los cuerpos de los difuntos porque son el recuerdo visible de una identidad inmortal.

No vivimos la muerte de igual modo cuando somos niños, adolescentes o jóvenes que cuando somos mayores o ancianos. ¿Qué siente un niño cuando deposita una flor en la tumba de sus abuelos? ¿Qué se le pasa por la cabeza a un joven que visita la tumba de un amigo muerto en un accidente de tráfico? ¿Cómo procesa la visita un marido que ora ante la tumba de su esposa muerta de cáncer en mitad de la vida? No hay dos reacciones iguales. Hay personas que “necesitan” visitar los cementerios. Hay otras que detestan colocarse ante una lápida porque se les remueven demasiadas cosas por dentro.
La conmemoración de los fieles difuntos es una especie de test que mide nuestra actitud ante la muerte. Examinando cómo reaccionamos ante la muerte de los demás, podemos intuir cómo afrontamos nuestra propia muerte. He oído a muchos decir que es ley de vida: nacemos, crecemos y morimos. Otros la ven como un accidente indeseable que quiebra todos los proyectos. Los creyentes la miramos como un tránsito no exento de dolor de esta vida terrena a la vida definitiva de comunión con Dios.

Sea cual sea nuestra actitud (que, por otra parte, puede ir cambiando según las etapas de la vida), hoy es un día para recordar con amor y gratitud a quienes nos han precedido e interceder por ellos. Es muy sanador este recuerdo sereno ante el Señor. Es un modo de experimentar el misterio de la “comunión de los santos”, la profunda unidad que se establece entre todos los creyentes, vivos o difuntos. De esta manera, la ausencia física se convierte en presencia espiritual. Quienes se fueron siguen con nosotros.
Meditar estas cosas ante la tumba de nuestros seres queridos es una experiencia que nos devuelve a la vida cotidiana con nuestra casa interior sosegada. Celebrar la Eucaristía por quienes han fallecido y dedicar un tiempo prolongado de oración a interceder por ellos es el modo mejor de “conmemorar a los difuntos”, sin ser prisioneros del sentimentalismo, del vacío o de la desesperanza.