
La primera carta de Pablo a la comunidad de Tesalónica que leemos como primera lectura en este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario es seguramente el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. Se sitúa unos veinte años después de la muerte y resurrección de Jesús. La espera de su “segunda venida” era intensa entre los cristianos. En ese contexto, Pablo les asegura que “si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”. Es una clara afirmación del destino que nos aguarda tras esta vida terrena: “estaremos siempre con el Señor”.
El contexto en el que vivimos hoy no es de expectativa sino de incertidumbre. Los ciberataques que se están produciendo en las últimas semanas a líneas aéreas, supermercados, instalaciones de agua y de luz, etc. no hacen sino aumentar el temor de que, con ayuda de la IA, los hackers logren que el mundo entre en una fase de caos. El papa León XIV no pierde oportunidad de recordar los riesgos a los que nos enfrentamos y la necesidad de colocar al ser humano por encima del algoritmo. La suya es una voz perdida en el desierto de los intereses económicos. Pero la Palabra de Dios nos recuerda que, pase lo que pase, “estaremos siempre con el Señor”. Esa es la verdadera estación de destino al final de nuestro viaje terreno. No hemos sido creados y redimidos para la aniquilación sino para la presencia y la comunión.

Pero, ¿cómo prepararnos para este encuentro? Jesús nos ofrece pistas claras a través de la parábola de las jóvenes necias y sensatas, construida en el contexto de la “espera del esposo”. La espera se hace larga. Todas se duermen. La diferencia entre unas y otras es que, mientras las prudentes se han provisto de aceite para mantener las lámparas encendidas durante la noche, las necias no han sabido calcular. Cuando quieren darse cuenta de su error, es demasiado tarde. En el momento de la llegada del esposo, ellas están fuera de casa.
No es difícil captar la moraleja de este cuento. Jesús mismo se encarga de subrayarla: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”. El Señor está viniendo a nuestra vida en tiempos y modos muy distintos. Vendrá también en el momento de nuestra muerte. Nosotros podemos estar despiertos o dormidos, preparados para recibirlo o entretenidos en otros asuntos que juzgamos más importantes. Hoy, en la sociedad del entretenimiento, solemos estar más dormidos que despiertos, más entretenidos que vigilantes. Todos los caminos espirituales, cristianos o no, insisten en que el primer paso para vivir con profundidad es “despertar”, vivir conscientemente, no dejarnos arrastrar por el consumismo o las distracciones.

Pero ¿cómo vivir despiertos? ¿Cómo aprender a discernir lo esencial de lo secundario, lo profundo de lo superficial? Necesitamos -como nos recuerda la primera lectura de hoy- el don de la sabiduría: “La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean”. Sin sabiduría no podemos discernir el bien del mal, la luz de la oscuridad. La sabiduría no es una cualidad intelectual reservada a los más inteligentes. Es un don del Espíritu Santo para “vivir según Dios”. Hay que amarla, buscarla y desearla. Jesús mismo nos ha asegurado que Dios nunca va a negarnos este don si lo pedimos con fe: “Si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc 11,13).
No sirve de mucho quejarnos de los tiempos que nos ha tocado vivir. Cada época tiene sus propios desafíos. Lo mejor es pedir a Dios el don de la sabiduría para no olvidar que nuestro destino es “estar con Él” (como nos recordaba Pablo en la carta a los tesalonicenses) y, en consecuencia, mantenernos lúcidos y despiertos para ir eligiendo los caminos más conducentes a ese fin en las encrucijadas de la vida. Para mantener encendidas las lámparas del discernimiento lúcido y de la espera confiada necesitamos amar, buscar y pedir el don de Dios.
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