martes, 4 de agosto de 2026

Orar y amar


Algunos de mis mejores amigos son sacerdotes seculares. Varios ejercen de párrocos o vicarios en distintos lugares del mundo. Pienso en ellos en el día en que celebramos la memoria de san
Juan María Vianney (1786-1859), el famoso cura de Ars. La historia de este sacerdote francés, que vivió en plena Revolución francesa, es impresionante. En él se cumplen a cabalidad las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21). 

El cura de Ars tuvo problemas con los estudios. El latín se le atragantaba. Llegó a ser expulsado del Seminario Mayor por no ser considerado idóneo para el ministerio sacerdotal. Ordenado sacerdote en 1815, fue enviado primero a Ecully, como ayudante del que había sido su valedor, Don Balley. Cuando este murió, fue enviado como clérigo a Ars, una aldea no muy lejana a Lyon, “el último pueblo de la diócesis”. La aldea contaba con unos 250 habitantes de condición humilde. Aunque puso en práctica algunas iniciativas de tipo social, enseguida destacó como director espiritual. Pronto la gente empezó a acudir a él de otras parroquias cercanas, luego de lugares distantes y finalmente de todas partes de Francia e incluso de otros países.


Su consejo era buscado por obispos, presbíteros, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, aristócratas y plebeyos, damas de sociedad, intelectuales y labriegos, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Murió el 4 de agosto de 1859. Sus restos mortales se conservan incorruptos en el santuario de Ars, el pequeño lugar al que dedicó su vida como presbítero y donde falleció. San Juan Pablo II hizo elogió así a este cura de pueblo:
“Me impresionaba profundamente, en particular su heroico servicio de confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario”.

Si los santos son nuestros verdaderos maestros en el camino del Evangelio, me pregunto qué podemos aprender del cura de Ars en la evangelización de hoy. ¿No estaremos llamados los sacerdotes a una vida de oración intensa, a un estilo de vida más sobrio y a una dedicación sin tregua al acompañamiento espiritual y al sacramento de la Reconciliación? Juan María Vianney supo hacerlo en tiempos convulsos. No perdió el tiempo en interminables “análisis de la realidad”. Se puso manos a la obra, como se ponen los sencillos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios. No ha pasado a la historia como un gran erudito, sino como un hombre de fe y de oración. En el oficio de lecturas de hoy, leemos estas palabras suyas:
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

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