
La petición central del Padrenuestro se refiere al pan: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Y sobre el pan que alimenta a una multitud trata el Evangelio de este XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús siente compasión de la muchedumbre que se le ha adelantado por tierra y ha llegado antes que él y los discípulos “a un lugar tranquilo y apartado”. Además de curar a los enfermos, siente la necesidad de alimentar al gentío. Podría haberlo hecho él solo con su poder, pero involucra a sus discípulos.
Les pide que no envíen a la gente a los pueblos cercanos para procurarse comida, sino que les den de comer. Jesús bendice lo poco que tienen; los discípulos, como camareros del Reino, reparten el pan. El resultado es espectacular: “Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo poco se convierte en mucho cuando de por medio hay bendición y entrega. Jesús involucra a quienes querían despedir a la gente. La compasión es más poderosa que la indignación.

Compartir lo poco que somos y tenemos es el modo mejor de alimentar a la multitud. De nuestra pobreza Jesús saca pan en abundancia para todos. Escribo estas líneas a las pocas horas de haber aterrizado en Madrid después de un vuelo de once horas desde CDMX. Ya he celebrado la Eucaristía dominical venciendo la somnolencia que me acechaba. No se me quita de la cabeza la escena del Evangelio.
Me llama la atención el contraste entre la reacción de los discípulos (que quieren despedir a la multitud) y la de Jesús (que siente compasión de ella). También los discípulos de hoy sentimos la tentación de despedir a las personas que nos incomodan porque rompen nuestros planes. Llevamos décadas poniendo el acento en la programación pastoral. Es probable que con tanto programa hayamos olvidado la compasión. La realidad es siempre más grande que cualquier idea. Quien no es capaz de compadecerse de la gente, siempre encontrará excusas para no darle de comer.
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