viernes, 28 de agosto de 2026

La Verdad tiene rostro y nombre


El final de agosto siempre huele a san Agustín de Hipona. Lleva siendo famoso dieciséis siglos, pero, desde la elección de León XIV, su figura se ha popularizado todavía más. Es verdad que Benedicto XVI era muy agustiniano en su pensamiento, pero León XIV es agustiniano de corazón. No en vano lleva casi 48 años como profeso de la Orden de San Agustín, que en la actualidad cuenta con alrededor de 2.300 miembros. Ocupa el décimo octavo puesto entre las órdenes y congregaciones masculinas más numerosas de la Iglesia católica. 

Rara es la intervención pública de León XIV (encíclicas, mensajes, discursos, homilías, etc.) en la que no haga alguna mención explícita o implícita a san Agustín. A veces, subraya su pasión por la verdad. Otras, el cultivo de la interioridad, la exploración de la conciencia, la valoración de la amistad. Casi nunca faltan referencias a la autoridad como servicio, a la unidad en la diversidad y a la navegación segura por el mar proceloso de la historia. Todas estas menciones siguen siendo actuales y necesarias. Conectan con problemas y desafíos que estamos viviendo hoy en la sociedad y en la Iglesia. Por eso, Agustín suena tan contemporáneo. Tiene el sabor de un “clásico” que siempre puede iluminar la condición humana.


Hoy quisiera poner el acento en su búsqueda de la verdad porque el contexto de relativismo en el que vivimos hace necesario un gran esfuerzo. En su Tratado sobre el Evangelio de san Juan, Agustín se hace una pregunta radical: “¿Qué desea el hombre más profundamente que la verdad?” (26,5). Se supone que ese deseo está detrás de las investigaciones científicas, de las reflexiones filosóficas y, en definitiva, de nuestros afanes cotidianos. Si no creyéramos en la existencia objetiva de la verdad, no tendríamos ningún asidero en el camino de la vida. Iríamos dando tumbos, esclavos de nuestras pulsiones o de las manipulaciones externas. Frente a quienes consideran que cada uno tenemos “nuestra verdad”, el verso machadiano nos previene: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. Pareciera que el poeta sevillano hubiera bebido en las fuentes de Agustín. 

Pero ¿dónde buscar esa Verdad que nos supera a todos y nos guía? El dogma cientifista actual ofrece una respuesta demasiado rápida: “En la ciencia”. Otros, más dogmáticos que buscadores, sentencian: “En la religión”. Quienes se apuntan a las modas espirituales, hacen un quiebro: “En la meditación”. Agustín, en su libro De la verdadera religión, escribe: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” (XXXIX, 72). Es una clara invitación a pasar de la superficialidad a la profundidad. O de la mera exterioridad a la interioridad.


¿Qué descubrimos en ese santuario interno; o sea, en el corazón (por usar el símbolo bíblico)? En sus Confesiones, Agustín responde así: 
“Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”.
La Verdad no es una entidad abstracta, un horizonte epistemológico, una creación arbitraria. La Verdad tiene un rostro y un nombre. Se llama Jesucristo. No podemos llegar a Dios sin abrazarnos al “mediador” que Él ha querido ofrecernos. Por eso, la búsqueda de la Verdad coincide con el encuentro con Jesucristo. Agustín lo experimentó en carne propia. Pocos seres humanos habrán buscado con tanto ahínco e inteligencia la Verdad como Agustín. Y pocos habrán saboreado con tanta hondura la gracia del encuentro: 
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.

 

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