jueves, 13 de agosto de 2026

Mereció la pena


Todo se cumplió con precisión milimétrica. Aunque probablemente se hubiera podido ver desde el balcón de mi casa, decidimos caminar hasta un claro del bosque para tomar distancia y estar más en contacto con la naturaleza. Hacia las 19,25, la luna nueva empezó a morder la esfera solar. Las gafas especiales ayudaban a ver el sol naranja con una mancha negra creciente. Fui alternando la contemplación del fenómeno con breves paseos por el pinar. La luz iba menguando casi inadvertidamente. Todo se desarrolló como un lento ejercicio de gimnasia rítmica. 

A las 20,29 el círculo lunar tapó por completó el solar. Fue el momento del eclipse total. Se hizo un silencio grave. De repente llegó la noche, pero una noche iluminada. La temperatura descendió ligeramente, mucho menos de lo que habían anunciado. Desprovisto de mis gafas, contemplé arrobado el espectáculo de un círculo negro rodeado de una corona naranja brillante. Duró poco –menos de dos minutos– pero fue suficiente para experimentar eso que los modernos llaman un “momento mágico”. No dije nada. Me limité a contemplar, como si fuera un hombre prehistórico encandilado por el dios sol.


Enseguida el círculo lunar se fue retirando. Se hizo de nuevo la luz. En pocos minutos, el sol se escondió por la cima del monte Robledo, que quedó iluminado por una sugestiva aura naranja. Lentamente, como quien ha asistido a un hecho insólito, regresé a casa caminando. Fueron solo veinte minutos, pero sentí la necesidad de hacer pocos comentarios. Una de mis hermanas, que se quedó en casa, nos contó a la vuelta la cobertura mediática. 

Las televisiones se volcaron con el eclipse. Parecía que el mundo se había detenido y que no existía nada más. No faltaron los comentaristas que enseguida vieron en este enorme despliegue una maniobra de distracción. Mientras la gente se prepara para el eclipse, vive el eclipse y habla del eclipse, otros asuntos de mayor calado (por ejemplo, la crisis de Ceuta) pasan a segundo plano. A veces, la naturaleza echa un cable a los políticos de turno, aunque luego les cobre un fuerte peaje.


Algunos lectores del blog me pidieron ayer que comentara mi experiencia del eclipse. Poco más puedo añadir a lo ya escrito. Solo que vi más turistas extranjeros (franceses, belgas, holandeses, alemanes y británicos) que de ordinario. Algunos venían provistos de potentes cámaras para documentar el fenómeno. Aunque lo disfruté mucho, jamás se me hubiera ocurrido recorrer 1.000 kilómetros para verlo, como hicieron ellos. Es evidente que tenemos distintas prioridades… y posibilidades. 

Por la noche, cené con unos amigos. Como es natural, hablamos de la experiencia vivida. Todos convinimos en que había sido algo hermoso y seductor. Por suerte, no tuvimos que desplazarnos de nuestro pueblo para verlo en todo su esplendor. La tarde estaba serena, así que ninguna nube nos impidió gozar del espectáculo. Algunos hicieron fotos profesionales. Yo preferí concentrarme en la contemplación. Sé que internet ofrecerá un supermercado de vídeos y fotografías de gran calidad. No sé si fue a causa del eclipse o de la cena, pero confieso que la noche pasada he dormido como un bebé.



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