domingo, 10 de mayo de 2026

Dar razón de la esperanza


Se ha hecho normal en algunos puntos del centro de Madrid ver a tres o cuatro personas invitando a los viandantes a hablar sobre la Biblia, el origen de la vida o el fin del mundo. Suelen disponer de algunos estantes móviles con libros y revistas. Son los Testigos de Jehová. De vez en cuando también se ve a una pareja de jóvenes encorbatados que pertenecen a los mormones y que cumplen su servicio temporal de proselitismo. Muy raramente se ven grupos de católicos evangelizando en la calle, a no ser en ocasiones a grupos pertenecientes al movimiento neocatecumenal. Nosotros preferimos movernos en espacios seguros y controlados: iglesias, colegios, centros sociales, radios propias, etc. 

Y, sin embargo, el cristianismo se abrió camino por las calles, saliendo. Los primeros cristianos no se quedaron encerrados en el cenáculo o en las casas. Anunciaron la buena nueva de Jesús a los judíos, a los griegos y a otros pueblos en plazas, mercados, sinagogas y caminos. Se pusieron en marcha por Palestina y luego por otras vías principales del imperio romano. 

La primera lectura de este VI Domingo de Pascua nos cuenta la experiencia misionera del diácono Felipe. Es solo un botón de muestra: “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía”. La palabra de Felipe iba acompañada por signos de curación. 

La primera carta de Pedro (segunda lectura) nos señala cómo debería ser nuestra evangelización. Nos invita a estar “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto”. Es uno de los textos del Nuevo Testamento que más me gustan porque anima a buscar la inteligibilidad de la fe en cada contexto. 


Dar razón de nuestra esperanza debería ser nuestra pasión también hoy. En un contexto en el que han aumentado las enfermedades mentales entre adolescentes y jóvenes porque se sienten perdidos, en un mundo lleno de fuertes contrastes y contradicciones en el que muchos van a tientas, los cristianos tendríamos que ser más audaces para “dar razón de nuestra esperanza”. Hemos recibido la experiencia más hermosa y alentadora que se puede dar en este mundo (creer en Jesús), pero no siempre sabemos cómo anunciarla. No deberíamos tener miedo a compartir con nuestros amigos e incluso con personas desconocidas lo que da sentido a nuestra vida. Podemos hacerlo en conversaciones informales, en reuniones de vecinos, en el trabajo, en los medios de comunicación…, allí donde el evangelio pueda resonar. 

La carta de Pedro nos señala las dos actitudes que deben acompañar esta proclamación: delicadeza y respeto. La verdad de Jesús no se impone con violencia o coerción. Se testimonia con la vida y se propone con la palabra. Es lo suficientemente poderosa y atractiva como para llegar al corazón de las personas respetando su libertad. Nosotros somos solo el cauce humano para que Jesús llegue a los hombres y mujeres, pero nunca podemos sustituirlo.


En los caminos de la vida encontraremos personas abiertas a acoger el mensaje de Jesús, pero también encontraremos otras que reaccionan con indiferencia o incluso con rechazo. En esos momentos de prueba necesitamos fiarnos de las palabras de Jesús. Él nos ha concedido su Espíritu que actúa como abogado defensor en ese enorme juicio que se da en el mundo: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”. 

El Espíritu de la verdad está siempre con nosotros. Lo hemos recibido de manera especial en el sacramento de la confirmación; por eso, no tenemos miedo cuando somos criticados o perseguidos. Él está dentro de nosotros. 

Faltan dos semanas para la solemnidad de Pentecostés. Durante este tiempo la liturgia nos va a ir preparando para comprender mejor la acción del Espíritu en nosotros, en la Iglesia y en el mundo. Hoy aparece como el Espíritu de la verdad que nos defiende contra las insidias del mundo y que nos impulsa a amar a Jesús. Este amor no consiste en un revoloteo de mariposas en el estómago –como insinúan ciertos grupos y movimientos de corte muy sentimentalista que hoy abundan en la Iglesia– sino en “guardar sus mandamientos”; es decir, en hacer del evangelio nuestra norma de vida. Los sentimientos van y vienen; las decisiones permanecen. 



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