miércoles, 13 de mayo de 2026

Sosiego en la batalla


Hoy me ha tocado madrugar. A las 7 de la mañana estaba ya celebrando la Eucaristía con la comunidad concepcionista porque a las 8 hemos comenzado el Rosario de la Aurora por el cercano parque de Debod. La mañana era fresca. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero nos ha respetado. Durante tres cuartos de hora hemos rezado el rosario caminando por el parque. Al final, los muchachos que portaban la imagen de la Virgen la han colocado en un gran capitel de piedra que hay en el centro de la pequeña plaza circular. Algunos se han acercado a deponer ramos de flores mientras todos entonábamos el Ave de Fátima en el día en el que conmemoramos las apariciones de la Señora a los tres pastorcitos de Cova de Iría. 

La estampa era llamativa. Mientras algunas personas madrugadoras paseaban a sus perros o corrían por los senderos del parque, otros –quizá unos 150– caminábamos rezando con el rosario en la mano. En esa variopinta asamblea había religiosas, alumnos y profesores del colegio de las concepcionistas, feligreses de la cercana parroquia de Buen Suceso y alguna otra persona del barrio. Me dicen que otros años hubo alguien que increpó al grupo. Este año todo se ha desarrollado con serenidad y buen ritmo.


Los “rosarios de la aurora” fueron una práctica devocional muy popular hace décadas. Hoy, en nuestra cultura urbana, constituyen, más bien, una excepción. A mí me gusta unirme a las expresiones de piedad popular. Percibo otra forma de entender la fe. No siempre sintonizo con ella, pero eso no significa que la desprecie. Hay algo de provocativo en un grupo que madruga para rezar el rosario al aire libre mientras la gente va a su trabajo, hace deporte o simplemente compra el periódico o pasea al perro. 

Estoy seguro de que más de uno de estos viandantes matutinos habrá sentido un poco de curiosidad al ver a un grupo de adolescentes, religiosas, tres sacerdotes y personas entradas en años ir detrás de una imagen de la Virgen sostenida en andas por cuatro muchachos. Alguno habrá pensado que se trata de un grupo de frikis nostálgicos de los tiempos del nacionalcatolicismo, una expresión más del auge de la ultraderecha, que es como se etiqueta ahora a quienes se salen un poco del mainstream. Es probable que alguien haya podido sentir nostalgia de su fe infantil, oxidada por el paso de los años. La mayoría miraban con santa y respetuosa indiferencia.


En los pueblos pequeños, las devociones populares suelen convocar a la mayoría de sus habitantes. En ellas encuentran una expresión hermosa de su identidad colectiva. Hoy, en tiempos de confusión y de identidades líquidas, hay jóvenes que se aferran a ellas, aunque no conecten con sus motivaciones profundas. Les gusta experimentar que pertenecen a una comunidad, disfrutan con sus ritos y buscan estrechar lazos afectivos. 

En las ciudades, conviven ritualidades distintas y hasta divergentes. Algunos procesionan detrás de un paso de Semana Santa; otros se suben a una carroza en la fiesta del Orgullo, y los hinchas del equipo de fútbol que gana la Liga, la Copa o cualquier otro campeonato se visten con su camiseta y se lanzan en tromba a la calle coreando los nombres de sus héroes. 

En este mosaico abigarrado de manifestaciones populares, que 150 personas recen el rosario por un parque es una manifestación más que no llama demasiado la atención. O sí. La imagen de la Virgen María no es comparable a una copa o a cualquier otro símbolo. María es la Madre del pueblo. Su sola presencia despierta en nosotros nuestra vocación de hijos. A veces, podemos disfrutar de esta filiación desde la fe; otras podemos vivirla como ausencia, como una orfandad que no acaba de encontrar reposo. En cualquier caso, la Madre nunca nos deja indiferentes. Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a encontrar refugio en ella. Eso pone sosiego en las batallas de la vida. 



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