
San Isidro, patrono de Madrid, ha estado muy presente en este blog a lo largo de los años. Hoy, minutos antes de salir para la pradera del Santo para participar en la misa de campaña, vuelvo sobre la figura de este santo madrileño medieval que está de moda. Se habla incluso de un “activismo chulapo” ligado a su figura, como si esta ciudad cosmopolita, víctima del turismo masivo y de la gentrificación, necesitase volver a sus raíces espirituales para no perder su identidad. Como sucede casi siempre con los santos de un pasado remoto, la historia y la leyenda se entremezclan. No siempre es posible deslindarlas, pero eso interesa poco. El símbolo se come a la realidad. La fiesta la recrea.
Lo que más me llama la atención no es que Isidro de Madrid fuera un esposo ejemplar, un padre modélico, un agricultor laborioso y un hombre de oración, sino que su figura haya saltado del siglo XII al siglo XXI y siga siendo luminosa. En la eucaristía que acabo de celebrar con la comunidad concepcionista, he puesto de relieve tres palabras tomadas de las lecturas de hoy que pueden ser significativas para nosotros: paciencia, fruto, perseverar. Las tres se repiten en la carta de Santiago (primera lectura) y en el evangelio de Juan.

La paciencia es la virtud típica de los agricultores. Las cosechas no dependen solo de su trabajo, sino de las condiciones del tiempo. Tienen que aprender a esperar que cada fruto madure en el momento oportuno. La impaciencia es el defecto típico de quienes vivimos en una cultura digital. Todo lo queremos al instante. No sabemos esperar. Nos ponemos nerviosos cuando los procesos se demoran. Hemos perdido capacidad de atención y de aguante. Nos parece que la velocidad es la característica de una sociedad evolucionada.
Sin darnos cuenta, nos volvemos ciegos para la espiritualidad. Sin paciencia no hay madurez humana posible. Los cambios requieren tiempo, avances y retrocesos. Tenemos mucho que aprender de los labradores. Isidro, por medieval que sea, se convierte en un símbolo de la santa paciencia, la virtud de los fuertes.

Fruto es un término que se opone a producto. Los frutos se dan en el ámbito de la naturaleza y, por extensión, en el del crecimiento humano. Los productos pertenecen al campo de lo artificial, de lo que los humanos elaboramos con nuestras capacidades e instrumentos. Es evidente que con las revoluciones industrial y digital hemos dado pasos de gigante en la fabricación de productos que mejoran nuestra vida en muchos aspectos. No es lo mismo viajar en una vieja tartana que en un moderno automóvil.
No es tan seguro que hayamos avanzado en la producción de frutos que nos ayuden a crecer como seres humanos y como hijos e hijas de Dios. Para ello, se requiere estar conectados a la raíz, a la vida, que es Cristo. Él lo ha dicho con rotunda claridad: “Sin mí no podéis hacer nada”. Sin estar unidos a Jesús, tal vez podamos producir productos, pero no frutos. Esto explica nuestro enorme progreso material y nuestro empobrecimiento espiritual. Y así saltamos a la tercera palabra.

Permanecer es un verbo que se repite a menudo en el evangelio de Juan: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Permanecer en Jesús implica vivir la fe como comunión con su persona, no solo como opción racional o sentimental. El verbo permanecer está ligado al sustantivo paciencia. Para permanecer hay que tener paciencia, no desesperar en los momentos de prueba, aceptar las crisis, confiar contra toda esperanza.
En un contexto de volatilidad extrema, se nos hace cuesta arriba permanecer. Cuando nos cansamos de creer, queremos probar otras experiencias. Los verbos que hoy se conjugan más son cambiar, experimentar, ensayar, probar. Nos parece que el verbo permanecer es demasiado conservador cuando, en realidad, es el que nos permite seguir creciendo porque nos mantiene conectados a la raíz de la que nos llega la savia vital.

¿Se puede presentar a san Isidro como un modelo de paciencia y perseverancia en medio de las pruebas de la vida? Creo que sí. Por eso –como cantamos en el salmo responsorial de hoy– “será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal 1). Los frutos son la expresión de la unión con Jesús: acequia de agua de vida.
Os dejo con un vídeo del madrileño Pablito Tedeka, que recrea un chotis clásico con desparpajo contemporáneo. ¡Viva san Isidro! Feliz fiesta para todos los madrileños y los amigos del Rincón.
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