sábado, 2 de mayo de 2026

El coraje de seguirlo


Está lloviendo a intervalos durante la mañana. Tras varias semanas de sol intenso, es bueno celebrar el día de la comunidad de Madrid con agua generosa. Los jardines y parques agradecen este regalo de primavera. 

Con la lluvia de fondo, pienso en la pasada Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Hoy se habla mucho de la necesidad de crear una cultura vocacional en la que comprendamos que la vida es vocación y en la que todos podamos preguntarnos qué quiere Dios de nosotros. Tengo un buen número de amigos y amigas laicos que en los últimos años han (re)descubierto la belleza y fuerza de su vocación laical. No todos la expresan a través del matrimonio. 

Desde hace décadas se dice que estamos viviendo en la Iglesia la “hora de los laicos”. Hasta podríamos decir que hay una verdadera primavera de la vocación laical. Este es un signo hermoso de la vitalidad de la Iglesia. Cada vez conozco a más laicos con deseos de formarse, de comprometerse en la evangelización y, en muchos casos, de vivir su vida familiar como una expresión de la Iglesia doméstica. 

¿No es este un fruto de la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios en la que todos los bautizados somos llamados a seguir a Jesús, vivir el Evangelio y ser misioneros? ¡Ojalá quienes se bautizaron de niños y quienes lo han hecho de adultos sigan viviendo con alegría su vocación laical en un contexto tan desafiante como el nuestro!


¿Qué pasa con las vocaciones a otras formas de vida consagrada o al ministerio sacerdotal? El descenso numérico con respecto a hace cinco décadas es evidente. Hoy son pocos los jóvenes que se sienten llamados a ingresar en una orden monástica, una congregación religiosa, una sociedad de vida apostólica o en un instituto secular. Y también son pocos los chicos que ven el ministerio sacerdotal como un camino personal de entrega a Dios y a la comunidad y de servicio al mundo. 

No voy a repetir aquí el catálogo de causas que ha sido analizado hasta la saciedad: desde el descenso demográfico en Occidente hasta la secularización de las familias, el deterioro de la imagen pública de esas vocaciones a causa de algunos escándalos o la propuesta de otros modelos vocacionales más atractivos y menos contraculturales. Y, sin embargo, a mayor número de vocaciones laicales, más necesidad de vocaciones sacerdotales y consagradas. 

Conozco adolescentes y jóvenes (por lo general, hijos o nietos de amigos míos) que son buenos estudiantes, generosos, sensibles, trabajadores, incluso piadosos, pero que ni por asomo piensan que Dios pueda llamarlos a estas vocaciones de testimonio y servicio. ¿O sí? 

Tal vez algunos de ellos se parecen a esa persona que –según el evangelio de Marcos– “se le acercó [a Jesús] corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»” (Mc 10,17). 

La respuesta inicial de Jesús parece obvia: “Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Es como si se limitara a recordarle el catecismo. La reacción del joven (en realidad, solo el evangelio de Mateo nos dice que esta persona era joven: Mt 19,16) la podríamos actualizar así: “Todo eso ya lo hago, Maestro. He crecido en una familia católica, frecuento un colegio religioso, formo parte de un grupo parroquial, soy voluntario de una ONG y hasta he participado en la JMJ”.


Lo bueno viene ahora, cuando Jesús le dice con cariño: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme” (Mc 10,21). La reacción del muchacho tipifica la reacción de muchos jóvenes de hoy cuando sienten el cosquilleo de la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada: “A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. Seguir a Jesús implica siempre –también en el caso de las vocaciones laicales– no poner la confianza en lo que tenemos: carrera, trabajo, relaciones, bienes materiales, etc. Cuando se habla de vocaciones a la vida consagrada este desapego es más explícito. 

En un contexto en el que se ensalza tanto el sexo, el dinero y la autonomía personal, es humanamente normal que muchos frunzan el ceño, den media vuelta y se vuelvan tristes a sus posiciones de siempre. Me parece que aquí es donde se juega el misterio de una vocación. Influyen las condiciones familiares y sociales, influye el momento cultural, influye la secularización galopante, influyen las redes sociales, pero lo que realmente determina la respuesta es el coraje de quien escucha la llamada de Jesús y se arriesga a dejarlo todo para ir tras Él. ¿Seguro que no hay jóvenes con este coraje en la actualidad? ¿O es que nosotros no sabemos hacerles la propuesta y acompañarlos?

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