jueves, 14 de mayo de 2026

Amistad sin contacto


Hace casi seis años escribí sobre la cultura “sin”. Con esa expresión me refería al hecho de que hoy tenemos pan sin gluten, leche sin lactosa, cerveza sin alcohol, zumos sin azúcar, aceitunas sin sal, carnes sin grasa, conservas sin conservantes, café sin cafeína y una larga lista de productos “capados”, si se me permite la expresión. Junto a esta lista de alimentos podríamos crear otra lista de experiencias humanas sin algo que les sea esencial: por ejemplo, fe sin práctica, magisterio sin conocimiento… y amistad sin contacto. 

Hoy me fijo en esta última realidad. Cuando las personas vivían en entornos rurales o urbanos pequeños era posible tener un círculo reducido de amigos y cultivar la relación con ellos de manera asidua. En esos contextos había –y todavía hay– amigos que se veían casi todos los días. Podían pasear juntos, conversar, jugar, tomar algo y, en definitiva, profundizar en su relación. Esa convivencia acababa produciendo una gran sintonía. Es probable que en algún caso esas amistades carecieran de la imprescindible distancia que es necesaria en toda relación, pero, por lo general, ayudaban a las personas a experimentar que no caminaban solas en la vida, que podían compartir sus alegrías y penas con alguien que iba a aceptarlas y comprenderlas. El principal rasgo era la compañía.


Hoy, en el contexto urbano y digital, hemos multiplicado las relaciones, pero ya apenas nos acompañamos. 
Según su naturaleza, estas relaciones reciben nombres distintos. A veces, somos “amigos” (Facebook); otras, “suscriptores” (YouTube), “seguidores” (X), “usuarios” o simplemente “contactos” (WhatsApp). En esta última plataforma yo tengo 980 “contactos”. Con la mayoría mantengo relaciones muy esporádicas. Aún así, son muchos con los que me comunico a menudo por razones personales, laborales o pastorales. Domina la funcionalidad sobre la compañía. 

Tengo compañeros que presumen de tener casi “un millón de amigos”, como cantaba el viejo Roberto Carlos hace medio siglo. Basta que hayan conocido a una persona –sobre todo si es famosilla–y hayan intercambiado unas cuantas frases con ella, para decir que es “un íntimo amigo de toda la vida”. Me parece una devaluación de la amistad. Una cosa es tener muchas personas “conocidas” y otra muy distinta es tener “amigos”. Este último término –a pesar del uso abusivo de Facebook– solemos reservarlo para aquellas personas con las que tenemos una relación de “afecto personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato” (RAE). El último rasgo es el más problemático. Vivimos un ritmo de vida tan disperso y acelerado que no siempre resulta fácil el “trato”.


Es verdad que una de las experiencias más hermosas con los amigos verdaderos es que, aunque pase mucho tiempo sin vernos o sin comunicarnos, cuando nos encontramos parece que no ha pasado el tiempo, que enseguida descubrimos que estamos en la misma onda. Pero también es verdad que cuando el trato va disminuyendo hasta casi desaparecer las relaciones pueden morir. 

¿Cómo es posible mantener un “trato” asiduo con las muchas personas que la vida (o Dios) ha ido poniendo en nuestro camino? Muchas de ellas viven a veces a miles de kilómetros de distancia, incluso en otros continentes. Pasan años sin vernos. Las conversaciones telefónicas, las videollamadas o los mensajes se van distanciando cada vez más. Al final, una “amistad sin contacto” acaba siendo un hermoso recuerdo, quizá incluso un vínculo afectivo, pero no una experiencia viva. 

Para que la amistad madure y crezca, es imprescindible cultivarla. Se requiere trato, contacto. Si nunca nos encontramos con nuestros amigos, si nunca les llamamos por teléfono o les escribimos, si nunca nos preocupamos por ellos, ¿en qué consiste la amistad? ¿Solo en un sentimiento vaporoso? Admiro a las personas que saben cultivar lo que aprecian, que dedican atención, tiempo y recursos a las personas que quieren. En la eclosión digital de “amigos” que hoy padecemos, esto se ha hecho casi imposible. Por eso, se puede dar la paradoja de tener una lista infinita de “contactos” y, al mismo tiempo, experimentar una incurable soledad. Este es uno de los dramas de nuestro tiempo, quizás más presente en los adolescentes y jóvenes. 




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