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lunes, 15 de mayo de 2023

Hoy Madrid es un pueblo


Después de dos semanas en tierras catalanas, estoy de nuevo en Madrid. Mientras tecleo la entrada de hoy, estoy siguiendo de fondo la retransmisión por televisión de la solemne misa que se está celebrando en la Colegiata de san Isidro como conclusión del IV centenario de la canonización del santo madrileño. Se estrena una misa compuesta para la ocasión por el conocido sacerdote y músico italiano Marco Frisina, autor de algunas composiciones populares entre nosotros.

La canonización de san Isidro por Gregorio XV tuvo lugar en Roma el 12 de marzo de 1622. En aquel solemne acto fueron canonizados también otros cuatro insignes santos: los españoles Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco Javier y el italiano Felipe Neri. Corría entonces por Roma un dicho crítico contra el poder del imperio español en tiempos de Felipe IV: “Han canonizado a cuatro españoles y un santo”. Más allá de la ironía, los cinco son un ejemplo de cómo el Evangelio se puede vivir en situaciones distintas y con estilos singulares. 

La historia de san Isidro es bien conocida, al menos en los ambientes en los que me muevo. En mis viajes misioneros me sorprendió comprobar que también es un santo muy popular en muchos países latinoamericanos y en Filipinas. El hecho de que fuera un hombre del pueblo, un campesino, lo hace muy cercano a las gentes del campo. Además, su esposa María de la Cabeza y su hijo Illán también murieron con fama de santidad, aunque no han sido canonizados oficialmente. Si en el caso de Isidro los elementos legendarios se entremezclan con los históricos, esta confusión aumenta en los casos de su esposa y de su hijo. En cualquier caso, son presentados como modelo de familia cristiana.


El año pasado tuve oportunidad de ver el cuerpo incorrupto de san Isidro expuesto en la Colegiata que lleva su nombre. Su sepulcro se abre en contadas ocasiones. La celebración del IV centenario de su canonización fue la ocasión para abrirlo, venerar su cuerpo y examinarlo con los métodos que hoy nos brinda la ciencia. Poder “ver y tocar” a un santo hace que muchas personas refuercen su fe en que es posible seguir a Jesús desde la debilidad de nuestra condición humana. Es verdad que, en relación a él mismo, Jesús había dicho: “Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20,39). Pero también es verdad que los apóstoles se presentan como testigos que anuncian “eso que hemos visto y oído para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,3). 

No deja de sorprenderme que en una sociedad tan secularizada como la madrileña, san Isidro, un santo de los siglos XI-XII, siga siendo una figura popular y entrañable. La fe siempre mira al futuro, pero recibe savia de las raíces. Los pueblos y comunidades que mantienen la memoria de sus orígenes y honran a sus testigos viven el presente con gratitud y se preparan para el futuro con esperanza. [En este momento están haciendo las preces. Una de ellas es por los agricultores y por el final de la pertinaz sequía que estamos padeciendo en algunas regiones de España]. Es probable que también este año las nubes descarguen algunas gotas. Ya lo hicieron ayer. Raro es el año que no llueve en torno al día de san Isidro.


Ayer, mientras recorría en coche los 600 kilómetros que separan Vic de Madrid en compañía de un compañero nigeriano, pensaba en la necesidad que hoy tenemos de líderes que sepan leer el momento presente y nos ayuden a vivirlo con serenidad y esperanza. Cuando hablo de líderes me refiero a padres de familia, educadores, profesores, comunicadores, párrocos, políticos, etc. Es decir, a todos aquellos que tienen una influencia sobre nosotros y que pueden conducirnos hacia el escepticismo y la desesperanza (enfermedades típicamente europeas) o hacia la búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza y, en definitiva, hacia la confianza en el futuro. Los líderes tóxicos destruyen a las personas y comunidades. Se comportan como expertos en Babel. Los líderes proféticos nos ayudan a crecer y madurar. Son testigos de Pentecostés. 

Los santos -incluido san Isidro Labrador- pertenecen al grupo de los líderes proféticos, de aquellos que han vivido nuestra condición humana, han sufrido a menudo muchas pruebas e incomprensiones, pero nunca han perdido su fe en Dios y su entrega a sus semejantes. Por eso, me parece terapéutico que, en medio de tantos líderes tóxicos, celebremos a aquellos que nos ayudan a vivir, aunque hayan muerto hace casi mil años. La moderna Madrid se merece un santo como el medieval Isidro. ¡Que viva el santo!



jueves, 15 de mayo de 2025

Un labrador en la ciudad

 

Ayer, cuando salía del colegio de las Concepcionistas de Princesa después de celebrar la misa matutina, vi a muchos niños que entraban a clase vestidos de “chulapos”. El colegio se convertía por un día en una prolongación de la pradera de san Isidro donde hoy se celebrará una misa de campaña. Como manda la tradición, también este año la fiesta viene empapada en agua. No deja de ser curioso que al patrono de una gran ciudad moderna como Madrid sea un agricultor medieval. No encuentro muchas similitudes entre aquel Mayrit musulmán y este Madrid cosmopolita. 

Entre el 15 de mayo de 2022 y el 15 de mayo de 2023 se celebró el Año Jubilar de san Isidro con motivo del cuarto centenario de su canonización. Entonces pude ver su cuerpo incorrupto expuesto en la colegiata que lleva su nombre. Como se sabe, fue canonizado por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622, junto con san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Francisco Javier y san Felipe Neri. Parece que por Roma corría este chascarrillo malicioso: “Han canonizado a cuatro españoles y un santo”. Se non è vero, è ben trovato.


Este año quiero ir a la pradera de san Isidro para sentirme un madrileño más junto a cientos de chulapos y chulapas y miles de esos madrileños que hemos nacido en otros lugares de España y del mundo, pero que nos sentimos muy a gusto en esta ciudad, “donde se cruzan los caminos / donde el mar no se puede concebir / donde regresa siempre el fugitivo / pongamos que hablo de Madrid”. Cuanto más grande es una ciudad, más necesita algunos puntos de referencia que creen identidad y que escapen al control político. 

San Isidro, tan alejado en el tiempo, nos ayuda a poner el acento en algunos valores que, por haber atravesado los siglos, no están sujetos al deterioro de lo efímero. Como nos recordaba el año pasado el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, san Isidro fue un santo que aprendió a ser discípulo de Cristo en la vida cotidiana. Supo relacionarse con la creación desde su condición de agricultor. Él veía la tierra, los pájaros, y la lluvia como miembros de una única familia. Fue un santo ecológico antes de que esta palabra se convirtiera en moda para los urbanitas que reducimos nuestro contacto con la naturaleza a paseos ocasionales.


De Isidro recordamos su condición de trabajador del campo, pero también de esposo de santa María de la Cabeza, de padre de san Illán, de vecino de musulmanes y de miembro de la pequeña comunidad cristiana del viejo Madrid. Donde no llega la historia, la tradición se encarga de rellenar los vacíos. No deja de ser sorprendente que un santo como él sea tan popular no solo en la villa de Madrid, sino en muchos pueblos de España, Hispanoamérica y Filipinas que lo tienen por patrono. 

El agricultor de alta estatura y rasgos afrodescendientes murió, según estudios forenses, entre los 35 y los 45 años. Su cuerpo se conserva incorrupto en una urna de la colegiata, pero su espíritu se ha hecho universal. Como reza uno de los himnos litúrgicos de su fiesta, “¿qué labrador ha sabido / fructificar sufrimientos? / ¿Quién en la tierra ha escondido / tanto cielo, que a sedientos / campos haya humedecido?

Feliz fiesta de san Isidro a todos los habitantes de Madrid.




viernes, 15 de mayo de 2026

Viva san Isidro


San Isidro, patrón de Madrid, ha estado muy presente en este blog a lo largo de los años. Hoy, minutos antes de salir para la pradera del Santo para participar en la misa de campaña, vuelvo sobre la figura de este santo madrileño medieval que está de moda. Se habla incluso de un “activismo chulapo” ligado a su figura, como si esta ciudad cosmopolita, víctima del turismo masivo y de la gentrificación, necesitase volver a sus raíces espirituales para no perder su identidad. Como sucede casi siempre con los santos de un pasado remoto, la historia y la leyenda se entremezclan. No siempre es posible deslindarlas, pero eso interesa poco. El símbolo se come a la realidad. La fiesta la recrea. 

Lo que más me llama la atención no es que Isidro de Madrid fuera un esposo ejemplar, un padre modélico, un agricultor laborioso y un hombre de oración, sino que su figura haya saltado del siglo XII al siglo XXI y siga siendo luminosa. En la eucaristía que acabo de celebrar con la comunidad concepcionista, he puesto de relieve tres palabras tomadas de las lecturas de hoy que pueden ser significativas para nosotros: paciencia, fruto, perseverar. Las tres se repiten en la carta de Santiago (primera lectura) y en el evangelio de Juan.


La paciencia es la virtud típica de los agricultores. Las cosechas no dependen solo de su trabajo, sino de las condiciones del tiempo. Tienen que aprender a esperar que cada fruto madure en el momento oportuno. La impaciencia es el defecto típico de quienes vivimos en una cultura digital. Todo lo queremos al instante. No sabemos esperar. Nos ponemos nerviosos cuando los procesos se demoran. Hemos perdido capacidad de atención y de aguante. Nos parece que la velocidad es la característica de una sociedad evolucionada. 

Sin darnos cuenta, nos volvemos ciegos para la espiritualidad. Sin paciencia no hay madurez humana posible. Los cambios requieren tiempo, avances y retrocesos. Tenemos mucho que aprender de los labradores. Isidro, por medieval que sea, se convierte en un símbolo de la santa paciencia, la virtud de los fuertes.


Fruto es un término que se opone a producto. Los frutos se dan en el ámbito de la naturaleza y, por extensión, en el del crecimiento humano. Los productos pertenecen al campo de lo artificial, de lo que los humanos elaboramos con nuestras capacidades e instrumentos. Es evidente que con las revoluciones industrial y digital hemos dado pasos de gigante en la fabricación de productos que mejoran nuestra vida en muchos aspectos. No es lo mismo viajar en una vieja tartana que en un moderno automóvil. 

No es tan seguro que hayamos avanzado en la producción de frutos que nos ayuden a crecer como seres humanos y como hijos e hijas de Dios. Para ello, se requiere estar conectados a la raíz, a la vida, que es Cristo. Él lo ha dicho con rotunda claridad: “Sin mí no podéis hacer nada”. Sin estar unidos a Jesús, tal vez podamos producir productos, pero no frutos. Esto explica nuestro enorme progreso material y nuestro empobrecimiento espiritual. Y así saltamos a la tercera palabra.


Permanecer es un verbo que se repite a menudo en el evangelio de Juan: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Permanecer en Jesús implica vivir la fe como comunión con su persona, no solo como opción racional o sentimental. El verbo permanecer está ligado al sustantivo paciencia. Para permanecer hay que tener paciencia, no desesperar en los momentos de prueba, aceptar las crisis, confiar contra toda esperanza. 

En un contexto de volatilidad extrema, se nos hace cuesta arriba permanecer. Cuando nos cansamos de creer, queremos probar otras experiencias. Los verbos que hoy se conjugan más son cambiar, experimentar, ensayar, probar. Nos parece que el verbo permanecer es demasiado conservador cuando, en realidad, es el que nos permite seguir creciendo porque nos mantiene conectados a la raíz de la que nos llega la savia vital.


¿Se puede presentar a san Isidro como un modelo de paciencia y perseverancia en medio de las pruebas de la vida? Creo que sí. Por eso –como cantamos en el salmo responsorial de hoy– 
“será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal 1). Los frutos son la expresión de la unión con Jesús: acequia de agua de vida.

Os dejo con un vídeo del madrileño Pablito Tedeka, que recrea un chotis clásico con desparpajo contemporáneo. ¡Viva san Isidro! Feliz fiesta para todos los madrileños y los amigos del Rincón. 



jueves, 16 de mayo de 2019

San Isidro es andino

Desde ayer por la tarde estoy en La Quiaca, una pequeña ciudad del noroeste argentino, a 3.442 metros sobre el nivel del mar. Por su carácter fronterizo, es lugar de paso entre Argentina y Bolivia. Para llegar hasta aquí tuve que atravesar la famosa Siberia argentina, un altiplano inmenso en el que la temperatura puede descender a 20 grados bajo cero en el invierno. De vez en cuando se veían rebaños de llamas. El paisaje tenía algo de lunar. Como la carretera está en buen estado, pudimos cubrir la distancia entre Humahuaca y La Quiaca en un par de horas. Nada más llegar a la comunidad claretiana, presidí la misa de las siete de la tarde en una iglesia de piedra declarada monumento histórico. Al final se me acercó una pareja de jóvenes de unos 20 años. Él llevaba rastas. Ella escuchaba mientras su compañero hablaba. Ambos se dedicaban a los juegos malabares y a evangelizar a través de la música. Vivian de la solidaridad de los demás. Llevaban más de un año recorriendo “a dedo” toda América. Pedían nuestra ayuda para seguir su camino. Querían regresar cuanto antes a Corrientes, su ciudad natal, para reanudar los estudios universitarios. Se consideraban “mochileros de Cristo”. Él provenía del mundo de la droga. Había realizado un hermoso camino de conversión. Ahora se consideraba un “salvado”.

El encuentro con la pareja de mochileros y con un grupo de laicos de La Quiaca puso punto final a una jornada que tuvo su punto culminante en las celebraciones de la mañana. Acompañado por un claretiano y dos hermanas claretianas, participé en una fiesta popular que se celebraba en Chucalezna,  una aldea a pocos kilómetros de Humahuaca. La celebración debía comenzar a las 10 de la mañana. A las 10,45 se realizó el izado de la bandera y el canto de himno argentino. Después se celebró la misa en la pequeña capilla de la comunidad cristiana. Varias personas tuvieron que quedarse fuera. Acabado el rito litúrgico, comenzó la solemne procesión con las imágenes de san Isidro (el patrono), san Francisco de Paula, la Virgen de la Candelaria, etc. Eran muy livianas, así que cualquiera podía cargar con las andas. Bajo un sol de justicia, acompañados por grupos de músicos populares, fuimos haciendo un recorrido por los campos. Por dos veces, las imágenes y todos los que procesionábamos pasamos bajo arcos de flores y frutas. No había prisa. Hubo todavía tiempo para un desfile de los músicos ante las imágenes y de tres falsos gauchos a caballo. La fiesta matutina terminó con un sorteo y una comida de hermandad. Por la tarde estaban previstos bailes y más concursos. Los efectos del vino se notaban claramente en muchos de los participantes. Nosotros tuvimos que regresar a Humahuaca para continuar camino hasta La Quiaca.

Yo me metí en los festejos como uno más. Me parecía raro que un santo madrileño como Isidro, perdido en la historia y la leyenda del siglo XII, hubiera llegado hasta esta aldea argentina. Es obvio que su presencia era fruto del trabajo de evangelización de algunos misioneros españoles, pero no dejaba de sorprenderme. Quizá el bueno de Isidro, con su 1,95 de estatura, sintonizaba muy bien con el estilo de vida campesina de las gentes de este lugar. Quizá su modo de vivir la fe (trabajo y oración) coincidía con el modo de estas gentes religiosas. Quizá Isidro ocupó el lugar de alguna deidad tradicional. Sea como fuere, resultaba interesante ver al “intendente” (alcalde) de Humahuaca cargar con las andas, a una periodista local tomando fotos con su móvil… y a un misionero venido de Roma caminando bajo el sol al ritmo de una música rítmica y repetitiva. 

No sé si las jóvenes generaciones continuarán por mucho tiempo estas tradiciones, pero sospecho que sí. Están tan arraigadas en la manera de ser de estas gentes que no se concebiría su identidad colectiva sin el patronazgo de estos santos populares. Importa poco si existieron o no, si vivieron de esta o de aquella manera. Lo que cuenta es que se convierten en poderosos intercesores ante Dios para obtener aquellos frutos (“milagros”) que son imprescindibles para llevar una vida mejor. Su ejemplaridad moral pasa a un segundo plano. No estoy seguro de haber captado el fondo de la experiencia, pero, por lo menos, me zambullí en ella sin ningún prejuicio purista. La fe de los sencillos va siempre más allá de nuestras reflexiones. Me encanta pasar de un aula universitaria a una fiesta aldeana, de una inmensa iglesia neogótica a una capillita de campo, de una conversación con un científico a una charla con un campesino. Son estos contrastes los que hacen hermosa la vocación misionera.

sábado, 14 de mayo de 2016

¿Tiene hoy sentido la primera comunión?

Mañana 15 de mayo celebraremos la solemnidad de Pentecostés. Para los madrileños y para muchos agricultores, la fecha está ligada al recuerdo de San Isidro Labrador. Para mí tiene otro significado. Mañana se cumplirán 50 años de mi primera comunión. Dado que este año Pentecostés marca la pauta, adelanto a hoy algunas reflexiones sobre este evento. Me siento muy agradecido por poder celebrar este aniversario. Confieso que mi vida hubiera sido muy distinta sin el poder transformador de la comunión. ¿Cuántas veces he comulgado desde entonces? No lo sé, aunque no sería difícil hacer un cálculo aproximado. Pero esto tiene una importancia relativa. La fuerza de la comunión no se mide por la frecuencia (como si se tratara de una olimpiada religiosa) sino por su sentido y eficacia.

He olvidado muchos detalles de aquel 15 de mayo de 1966, que cayó también en domingo. Pero recuerdo que todo transcurrió con sencillez. Entonces no se estilaban las “pequeñas bodas” en que hoy se han convertido las primeras comuniones. Éramos un grupo de unos 20 niños y niñas. Yo tenía entonces 8 años. La misa fue por la mañana. Aunque estábamos ya en plena primavera, la temperatura era fresca. La comida fue familiar. Por la tarde, dado que era el mes de mayo, tuvimos una celebración dedicada a la Virgen. El párroco, D. Hipólito Pascual Nafría (1884-1971), era muy anciano. Tenía más de 80 años. Su joven coadjutor, hombre dinámico, con espíritu conciliar, me pidió que recitara una poesía religiosa que ya no recuerdo. Todo estaba envuelto en un ambiente de piedad. No sé cómo entendí el significado de la primera comunión. Pero sí recuerdo que era muy consciente de que recibía a Jesús “en forma de pan” y de que tenía que ser amigo suyo. Para no olvidarme, conservo todavía el sencillo recordatorio, con foto incluida.

Hoy -sobre todo en este mes- se siguen celebrando numerosas “primeras comuniones”. Algunos las tildan también de “últimas” porque muchos niños, por razones diversas (casi siempre, de tipo familiar), se descuelgan poco después de la participación en la Eucaristía. A menudo, los excesos de la fiesta civil son inversamente proporcionales a los defectos de la celebración religiosa. En torno a las “primeras comuniones” se ha desarrollado un negocio (vestidos, recuerdos, regalos, comidas, etc.) que opaca su verdadero sentido. ¿Podemos reaccionar todavía o estamos ya atrapados por una espiral incontrolable? Algunos padres me han confesado que desearían una celebración sobria y alegre para la comunión de sus hijos, pero que les influye mucho el entorno. No quieren que su hijo o hija sean diferentes a los demás niños. “No podemos ser menos”. El consumo marca las reglas e impone los gustos.

Lo que está en juego es la iniciación cristiana. Quizá tengamos que tocar fondo para redescubrir, poco a poco, el verdadero sentido de las cosas. Algunas diócesis han dado orientaciones concretas. No es un problema de los niños sino de los mayores. Los niños poseen una capacidad extraordinaria para conectar con el Misterio. Necesitan nutrirla en un ambiente (familiar y parroquial) adecuado. La “primera” comunión tiene sentido si constituye un hito en un itinerario de fe, no una celebración aislada que se recuerda solo por los regalos recibidos. Los padres, los pastores y las comunidades cristianas pueden imaginar celebraciones más sencillas, profundas y alegres. Los mismos niños, con su creatividad innata, pueden sugerir a los mayores cómo les gustaría que fuera su primer encuentro con Jesús Eucaristía. Nos llevaríamos más de una sorpresa.

lunes, 15 de octubre de 2018

De todos los colores

Es la primera vez que participo en una celebración desde una de las terrazas que dan a la plaza de san Pedro. Siempre prefiero estar abajo, a pie de plaza, rodeado de gente variopinta, sintiéndome pueblo. Ayer fue una excepción. Reconozco que se pierde calor popular, pero se gana perspectiva. La vista de la plaza desde la terraza es impresionante. La mañana era diáfana; en algunos momentos, el sol lucía con fuerza. Sobre la gran fachada de Maderno lucían los siete tapices de igual tamaño: el del centro representaba a Pablo VI (papa, italiano), cuyo Testamento todavía produce emoción; Oscar A.  Romero (arzobispo, salvadoreño) estaba a su derecha. Merece la pena recordar también a los cinco santos restantes: Francesco Spinelli (sacerdote, italiano), Vincenzo Romano (sacerdote, italiano), Maria Caterina Kasper (religiosa fundadora, alemana), Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús (religiosa fundadora, hispano-boliviana), Nunzio Sulprizio (joven laico, italiano). Siete es un número que indica perfección. En el grupo de los nuevos santos hay cinco varones y dos mujeres.

Todos son europeos, a excepción de monseñor Romero, conocido como san Romero de América, de quien he escrito en varias ocasiones en este blog. Para mí, san Óscar Romero representa a quienes quieren vivir un Evangelio que no tolera las injusticias y que, por tanto, no acepta como normal que unos pocos privilegiados se aprovechen de los bienes destinados a todos. Monseñor Romero no fue un comunista, como algunos lo tildaron para desprestigiarlo. Es más, creo que estaba en las antípodas de lo que este sistema implica. Se tomó en serio, de manera progresiva, el Evangelio de Jesús y la doctrina social de la Iglesia. La realidad sangrante de su pueblo salvadoreño le abrió los ojos. También él vivió en carne propia una segunda conversión. La lectura de su Diario, que él grababa en viejas cintas de casete, ofrece claves muy iluminadoras para comprender su evolución espiritual. Muchos ricos y una parte de la jerarquía de la Iglesia no soportaban su opción por los más pobres y los injustamente masacrados. Creían que daba alas a la guerrilla insurgente. El pueblo comprendió perfectamente de qué se trataba. Murió como Jesús: mártir del amor. Han pasado casi 40 años desde su asesinato. La Iglesia reconoce ahora su testimonio. La verdad siempre se abre camino.

Examinando el perfil de los siete nuevos santos, se observa una gran variedad, aunque todavía siguen dominando los clérigos o religiosos. En el grupo solo hay un laico, el joven italiano Nunzio Sulprizio. Las diócesis tendrían que esforzarse mucho más por promover las causas de canonización de aquellos laicos que, en condiciones muy variadas, han vivido el Evangelio con total entrega. Da la impresión de que solo los institutos religiosos pueden permitirse (incluso económicamente) acometer los largos procesos de investigación que supone incoar una causa y llevarla a término. También en este terreno hay muchas cosas que cambiar para que no haya santos de primera, segunda o tercera división, según los recursos disponibles para su promoción. Algunos santos lo son por “aclamación popular” antes de que la autoridad de la Iglesia dé su aprobación oficial. Por eso, para muchas personas las canonizaciones han perdido valor. Conviene recordar, no obstante, que una canonización no “hace” santo a nadie. Solo Dios nos santifica con su gracia. La Iglesia se limita a reconocer públicamente que una persona ha vivido a cabalidad el Evangelio y que, por tanto, puede ser propuesta como modelo de vida cristiana y como intercesora para todos nosotros.  Aquí es donde cabe hacer una propuesta más plural, que refleje mejor la riqueza y variedad del pueblo de Dios (en el que la mayoría de las personas son laicos) y que aliente el vigor de la vida cristiana laical. Todavía seguimos teniendo una idea “heroica” de la santidad que no siempre casa bien con el tipo de heroicidad sencilla que Jesús proponía a sus discípulos.

En cualquier caso, dentro de estas humanas limitaciones, la variedad de santos que la Iglesia nos propone es inmensa. Hay santos de todos los colores: desde un doctor (como santo Tomás de Aquino), hasta un campesino (como Isidro Labrador) o una ex-esclava (como santa Josefina Bakhita). Entre los santos canonizados hay políticos (como santo Tomás Moro), reyes (como san Fernando III de Castilla, san Luis IX de Francia o santa Isabel de Portugal), papas (como san Juan XXIII, san Pablo VI o san Juan Pablo II), misioneros (como san Francisco Javier, san Antonio María Claret o san Daniel Comboni), matrimonios (como san Luis Martin y santa María Celia Guérin, padres de santa Teresita de Lisieux), científicos (como san Alberto Magno), prisioneros (como san Maximiliano Kolbe) e infinidad de religiosos y religiosas, muchos de los cuales han sido fundadores. Se puede ser santo de muchas maneras. No hay un perfil único. La Iglesia no defiende santos “de piñón fijo”, como solemos hacer nosotros a partir de nuestras filias y fobias. Tan santo es el rey David I de Escocia como Madre Teresa de Calcuta o el padre Alberto Hurtado, jesuita chileno. Al proceder así, la Iglesia no hace sino seguir la práctica de Jesús que reúne en torno a sí a personajes tan dispares como Pedro de Betsaida, María de Magdala, Zaqueo de Jericó o María de Betania. La santidad tiene solo el color del amor reflejado en el caleidoscopio de la compleja vida humana.

Por cierto, hoy celebramos la fiesta de la gran Teresa de Jesús que, en un siglo tan convulso como el XVI, vivió con pasión su encuentro con Jesucristo y murió hija de la Iglesia. Aprovecho para felicitar de corazón a todos mis amigos y amigas de la gran familia carmelitana y a quienes llevan el nombre de Teresa.



sábado, 22 de febrero de 2025

La gente de la calle


Bajando por la calle Princesa hacia la plaza de España, un poco antes de llegar al Hotel Meliá, hay un extraño carrito aparcado en un borde de la acera derecha. Alguna vez fue blanco, pero ahora está todo pintarrajeado. En teoría, podría desplazarse porque dispone de ruedas (deshinchadas, eso sí) y manillar, pero hace años que no se mueve de ese sitio. ¡Hasta tiene una plaquita que indica el número de la calle, como si se tratara de un domicilio personal! En realidad, lo es. Allí vive un señor de luenga barba blanca y de edad indefinida.

No sé cómo se llama. No desprende simpatía. Alguien me ha dicho que es poeta. Durante el día pasea alrededor del carrito o sube hasta una fuente cercana para proveerse de agua. Imagino que también desaparece a mediodía para comer en algún comedor social o asearse. No me explico cómo consigue encogerse para pasar las noches dentro. Yo suelo verlo todos los días hacia las ocho de la mañana. Cuando los amaneceres son fríos se protege con un anorak azul y se frota las manos para entrar en calor. No suele hablar con nadie, aunque alguna vez he visto a una señora mayor que entablaba conversación con él y se interesaba por su situación.


No es la única persona que duerme en la calle en el entorno de mi barrio. He visto a otras que se guarecen del frío a la puerta de la sucursal de un banco o acurrucadas en algún portal. Más de una vez me he preguntado cuántas hay en una gran ciudad como Madrid. Parece que superan el millar, incluyendo a los que viven en el aeropuerto y algunos asentamientos colectivos. Si ya resulta difícil para una persona con un sueldo normal encontrar una vivienda asequible, no quiero ni imaginar lo arduo que es para alguien que no tiene trabajo estable o se encuentra en una situación personal de gran fragilidad física o psicológica. 

Existen albergues de acogida y pisos compartidos, pero eso solo sirve para paliar algo las consecuencias del sinhogarismo, no para resolver este problema de raíz. De vez en cuando veo a algunos equipos del Samur social que se acercan para conocer la situación y ofrecer ayuda, pero no es suficiente. En los últimos años ha crecido el número. La mayoría son inmigrantes indocumentados, pero hay también muchos autóctonos. Jorge Bustos ha descrito muy bien ese mundo en su novela Casi. Una crónica del desamparo. Casi es un acrónimo que se refiere al Centro de Acogida San Isidro de Madrid, muy cercano al lugar donde está apostado el carrito.


No tengo mucho que decir porque no sé qué decir. Le pido prestadas a Jorge Bustos unas palabras nacidas del contacto directo con estas personas: “Quienes se levantan y se acuestan sobre el filo de la vida y han hecho del vértigo su costumbre muestran —con una impudicia dolorosa— todas aquellas capas de humanidad cesante, de dignidad rebanada, que han ido perdiendo por las calles. Hasta que exhiben apenas una fibra esencial, algo como el aliento de los días fríos, un tibio núcleo de voluntad que aún palpita. El desnudo deseo de la supervivencia”. 

Hace ya unos cuantos años, un buen amigo mío decidió vivir un mes en la calle para experimentar de cerca la vida de esta gente. Yo no tengo redaños para eso, pero no me resigno a una situación que clama al cielo. Pienso en Jesús y su particular sinhogarismo: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,22). En nuestras ciudades hay muchos hermanos y hermanas de Jesús que tampoco saben dónde reclinar la suya, quizás porque a quienes nos sobra espacio en casa nos falta audacia para compartirlo.

viernes, 27 de enero de 2023

No es lo mismo ser rígido que ser fiel


Me entristece la noticia del asesinato de Diego Valencia, el sacristán de la iglesia de San Isidro en Algeciras, a manos de un fundamentalista musulmán. Leo también que el párroco, aunque herido por el machete del asesino, pudo librarse de la muerte y ya se encuentra fuera de peligro. El secretario general de la Conferencia Episcopal Española se aprestó a decir que “no podemos caer en demagogias, ni identificar terrorismo con ninguna fe”. Es verdad, pero no es menos cierto que hay una tendencia en el Islam moderno a combatir a los “infieles”, incluso a través de la violencia. Si esto sucede en sociedades en las que el Islam es claramente minoritario, ¿qué no sucederá cuando logre la mayoría? 

Viendo las cosas desde la India, en donde de vez en cuando hay rebrotes de intolerancia religiosa a pesar de ser un país pluralista, tengo la impresión de que en Occidente no acabamos de comprender este fenómeno. Guiados por el principio de tolerancia religiosa, no nos damos cuenta de que no todos jugamos la partida con las mismas cartas. Queda mucho por hacer en el campo del diálogo interreligioso y de la coexistencia pacífica. Casos como el de Algeciras se han dado en otros países europeos. Es muy probable que sigan dándose en el futuro porque los fundamentalistas islámicos saben aprovecharse del espacio de libertad garantizado por las sociedades democráticas sin hacer ningún esfuerzo por insertarse en ellas.


Esta mañana he celebrado la Eucaristía con un grupo de novicios y novicias procedentes de toda la India. El grupo no era tan numeroso como hace algunos años. Parece que la pandemia ha alterado los ritmos académicos y, como consecuencia, el ingreso en los noviciados, pero, más allá de esta coyuntura, también en India hay signos evidentes de la penuria vocacional que se vive en Occidente. ¿Será verdad que las vocaciones a la vida consagrada guardan una relación directa con la pobreza sociológica? ¿Tienden a disminuir y escasear cuando las sociedades alcanzan un alto nivel de bienestar? Salvo algunos casos, la correlación parece evidente. 

Esto me lleva a pensar una vez más en las verdaderas motivaciones que empujan a un joven de hoy a abrazar esta forma de ser cristiano. ¿Por qué uno da el paso a vivir un estilo de vida casto, pobre y obediente en comunidad? ¿Se huye de algo o se busca algo? ¿Por qué, en general, los padres de hoy no desean para sus hijos este tipo de vocación como sí la deseaban en el pasado? ¿Es la vida religiosa un camino atractivo para los jóvenes cristianos? ¿Qué es lo más cuestionado y lo más valorado? ¿Es lo mismo ser fiel que ser rígido?


Escribo con la ventana abierta. Veo el césped verde y recién segado y oigo al mismo tiempo los trinos de los pájaros y los cantos de los religiosas y religiosas que viven internos en Sanyasa. Es una especie de monasterio temporal e intercongregacional. Mañana tendré la oportunidad de encontrarme con todos ellos y con otros que vendrán para participar en el seminario. ¿Qué puedo decirles sobre la fidelidad y la perseverancia? Mientras doy los últimos retoques a mi conferencia, leo un reciente artículo sobre la corta duración de las relaciones en la sociedad española. Se dice que hoy en día, especialmente en el mundo occidental, vivimos en una cultura VICA. Esto explicaría, en gran medida, las dificultades culturales para ser fieles “para siempre” a los compromisos adquiridos, tanto en la vida de pareja como en la vida religiosa. VICA es un acrónimo que significa Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad, cualidades que hacen que una situación o condición sea difícil de analizar, afrontar o planificar. 

¿Tendrá algo que ver el predominio de la cultura VICA con la pérdida de la fe en Dios, el fiel por antonomasia? ¿Se puede ser fiel “para siempre” cuando no existe una realidad que nos supere y que sea “para siempre”, más allá de nuestros vaivenes intelectuales y afectivos? Todo está interconectado, aunque no siempre sea fácil establecer la conexión causa-efecto. Veremos si mañana, escuchando las experiencias y opiniones de estos jóvenes religiosos, comprendo un poco mejor qué nos está pasando. No es lo mismo ser un musulmán rígido (que tiende a eliminar a quienes no piensan como él) que ser un  cristiano fiel (que persevera en su fe, aunque todo en la sociedad se vuelva líquido o gaseoso).