domingo, 30 de noviembre de 2025

No se adiestrarán para la guerra


Mientras caminaba hacia la catedral para celebrar con el pueblo de Dios el I Domingo de Adviento me he encontrado con ríos de personas que se dirigían al templo de Debod para la manifestación convocada por el Partido Popular. Había autobuses venidos de distintas partes del país. Muchos manifestantes enarbolaban banderas de España. Predominaba la gente mayor, pero también se veían jóvenes.  Tras las lluvias de la noche, hacía una mañana soleada y fría, así que la gente iba bien abrigada. 

No sé qué repercusión tendrá este clamor popular. Es importante salir a la calle, pero es más importante ofrecer una clara alternativa de honradez. La historia nos muestra que la corrupción no conoce colores ni banderas. Es una enfermedad transversal. O contribuimos todos a una nueva cultura democrática que regenere la vida social o mucho me temo que, aunque haya alternancia en el gobierno, seguiremos padeciendo los mismos males con nuevos protagonistas. El actual sistema de partidos lo favorece. El clientelismo sigue muy vivo. No basta con protestar en la calle. Hay que ser coherentes a todos los niveles. 


La catedral estaba llena. Mucha gente acudía para celebrar el Jubileo. Me ha llamado la atención una frase de la primera lectura: “No se adiestrarán para la guerra”. Choca de frente con el rearme que está viviendo Europa frente a la amenaza rusa y con las tensiones bélicas en el Caribe, Sudán, Nigeria, Congo y en otras regiones del mundo. En el sueño de Isaías “no alzará la espada pueblo contra pueblo”. Habrá, más bien, un cambio radical, hasta el punto de que “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas”.

La utopía profética no parece tener cabida en el pragmatismo que nos rodea. Habría que escribir un nuevo versículo que sonara así: “Los jóvenes serán convocados de nuevo al servicio militar y las industrias empezarán a fabricar armamento a gran escala”. No vivimos tiempos serenos. No vislumbramos ningún monte del Señor hacia el que confluyan todas las naciones y caminen pueblos numerosos. En medio de este panorama, destaca el valor simbólico de la visita del papa León XIV a Turquía y la alianza firmada con el patriarca Bartolomé I. Es un claro signo de esperanza.


Hemos empezado el Adviento, el tiempo litúrgico que más gusta a muchas personas, quizás porque, sea cual sea nuestra situación, nos devuelve la fuerza de la esperanza, nos recuerda que Dios no retira su gracia, que sigue pendiente de la humanidad. Como las noticias desinflan nuestras expectativas, necesitamos que la Palabra de Dios recree las verdaderas razones para esperar. Por eso, en este tiempo es tan recomendable el ejercicio diario y paciente de la lectio divina con las lecturas que cada día nos propone la liturgia. 

Solo la Palabra de Dios derrota los demonios de la incertidumbre y la desesperanza y produce en nosotros la serenidad que necesitamos. Frente a la tentación recurrente de rellenar el vacío con “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias” (segunda lectura), Jesús nos invita a “estar en vela” para reconocer su paso entre nosotros. Estar en vela significa no dejarnos llevar por la inconsciencia o la rutina, viviendo como si el mundo presente fuera el definitivo, como si nuestros asuntos fueran lo más importante. El Adviento nos recuerdo que Alguien viene, sale a nuestro encuentro y vuelve nuestra vida del revés. ¡Menos mal!



viernes, 28 de noviembre de 2025

Atardecer en Debod


A eso de las seis de la tarde (cuatro horas después en verano) el lugar se llena de jóvenes. Hay muchos que viven en Madrid, pero la mayoría son turistas que se dejan llevar por las sugerencias de las redes sociales. Unos y otros van acudiendo, como afluentes que vierten sus aguas en el mismo río, al templo de Debod. Algunos disparan sus cámaras con potentes teleobjetivos hacia el skyline en el que se divisa la cúpula de san Francisco el Grande, la silueta de la catedral de la Almudena y el macizo pétreo del palacio real. 

La mayoría se limita a enarbolar sus teléfonos móviles. Una experiencia -cualquiera que sea- no merece la pena si no la inmortalizas en las redes sociales para que tus amigos, followers o seguidores puedan admirarla, envidiarla, odiarla y -lo que más importa- inundarla de likes. El lugar es sugestivo. Sobre el solar en el que se alzaba el antiguo cuartel de la Montaña se yergue ahora el templo que fue regalado a España por el gobierno egipcio, transportado desde las orillas del río Nilo hasta Madrid y reconstruido piedra a piedra a comienzos de los años 70. Lo circunda un parque en el que abundan parejas y grupos de jóvenes recostados en el césped, músicos callejeros que interpretan sus composiciones o cantan temas de música soul, poetas improvisados que repentizan poemas con una vieja máquina de escribir y algunos ancianos que matan el frío del otoño con los últimos rayos del sol.


¿Por qué este lugar está de moda? ¿Por qué acuden a él tantos jóvenes al caer la tarde? Porque es un observatorio privilegiado para contemplar los hermosos atardeceres madrileños. El lugar se asoma al oeste. De frente no hay rascacielos ni otros obstáculos visuales, sino la inmensa masa arbórea de la Casa de Campo y, más al fondo, la silueta de la sierra de Guadarrama por donde se esconde el sol cada tarde. Dependiendo del día, puede morir súbitamente o desangrarse en una paleta cromática de rojos, anaranjados, amarillos y violetas que hace la delicia de los jóvenes que disparan las cámaras de sus móviles sintiéndose Spielberg.

Quienes viven pegados a una pantalla diminuta necesitan de vez en cuando oxigenarse con la pantalla inmensa de la naturaleza. Esta contemplación ritual los devuelve al origen y al final de todo. Es como una excursión al mundo natural del que la técnica nos va alejando inexorablemente. Quienes vivimos en ciudades necesitamos estas terapias que a veces hacen reír a los que tienen la suerte de vivir en el campo. Para ellos, el amanecer y el atardecer son ritos cotidianos que, a fuerza de repetición, pueden pasar desapercibidos. Se extrañan de que los urbanitas conviertan algo tan normal en espectáculo instagrameable.


Más allá de esta moda madrileña, lo que me sorprende es la necesidad de ritualidad que tenemos los seres humanos. Si se pierde la ritualidad familiar o religiosa, que nos conecta con las grandes experiencias de la vida, nos inventamos otros ritos que nos saquen de la modorra cotidiana. Escuchando a los guías turísticos, uno no puede por menos que esbozar una sonrisa cuando, en medio de sus explicaciones históricas sobre los lugares, introducen comentarios sobre la casita del ratoncito Pérez (en Madrid), la “bocca della verità” y las monedas en la “fontana di Trevi” (en Roma) y otras muchas curiosidades que parecen entusiasmar a los turistas más que si el arquitecto de un determinado palacio fue Filippo Juvara o Juan Bautista Sacchetti.

Cuando perdemos la fuerza de la fe, el espacio vacío lo suele rellenar la superstición. Cuando no valoramos la belleza de la liturgia, el espacio vacío lo suele rellenar el ansia por ver cosas curiosas y entretenidas. Lo que no podemos es renunciar a la ritualidad que nos hace humanos. Los atardeceres de Debod son un ejemplo visible.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Agradecidos y unidos


Hoy, cuarto jueves de noviembre, se celebra en los Estados Unidos el Thanksgiving Day, el Día de Acción de Gracias, quizá la celebración más familiar de todo el año. En España no tenemos una fiesta de este tipo, aunque abundan las reuniones familiares a lo largo del año, sobre todo en Navidad. Más allá de las imágenes que nos ofrecen muchas películas de Hollywood en las que no faltan los atascos en las autopistas y el pavo en la mesa, es importante rescatar el valor de la gratitud. Vivimos en una época en la que exigimos derechos. Todo nos parece debido. Nos colgamos medallas cuando conseguimos algo con nuestro esfuerzo. No nos gusta ser dependientes, aunque muchos anhelan siempre una paguita de papá-estado. Quizá hoy somos menos sensibles que en el pasado al hecho de que las cosas esenciales de la vida siempre son dádivas, regalos inmerecidos. San Pablo, escribiendo a los corintios, les preguntaba: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7). 

La acción de gracias debería ser una actitud permanente. Cuando era niño y recibía algún regalito de alguna persona amiga, mis padres siempre me incitaban con el famoso “¿Qué se dice?” para que yo respondiera: “Muchas gracias”. Probablemente los padres de hoy siguen haciendo lo mismo con sus hijos. Quien crece en un ambiente de gratitud aprende a vivir la vida como gracia, no solo como conquista. Necesitamos cultivar esta actitud para tener una mirada apreciativa y no dejarnos derrotar por la mirada tóxica que solo que ve lo que falta o lo que funciona mal. 


También la unidad de la Iglesia es una gracia que continuamente imploramos a Dios. Hace unas horas que el papa León XIV ha comenzado su primer viaje apostólico a Turquía y Líbano. Hasta el 2 de diciembre visitará Ankara, Estambul e İznik (la antigua Nicea) en Turquía. Luego se dirigirá a Beirut, Annaya, Harissa y Bkerké en el Líbano. El motivo fundamental de este viaje es conmemorar el 1.700 aniversario del concilio de Nicea e impulsar el diálogo ecuménico con la Iglesia ortodoxa. 

Es probable que a muchos lectores de este Rincón no les diga nada esta efeméride, pero si les dijera que todos los domingos en la celebración de la misa recitamos el Símbolo de los Apóstoles (credo breve) o el Símbolo niceno-constantinopolitano (credo largo), entonces quizás relacionarían esa práctica litúrgica con el concilio que elaboró el credo llamado “niceno”, reconocido por católicos, ortodoxos, luteranos, anglicanos, reformados y algunos evangélicos modernos.


A lo largo de este año 2025 se han multiplicado los actos académicos y pastorales para conmemorar un concilio que se considera capital en la historia de la Iglesia. El primer concilio de Nicea fue un sínodo de obispos cristianos que tuvo lugar entre el 20 de mayo y el 19 de junio de 325 en la ciudad de Nicea de Bitinia (que se corresponde con la actual ciudad turca de İznik). Fue convocado por el emperador romano Constantino I y presidido por el obispo Osio de Córdoba. Se lo considera el primero de los siete primeros concilios ecuménicos de la cristiandad. 

Sus principales logros fueron el arreglo de la cuestión cristológica de la naturaleza del Hijo de Dios y su relación con Dios Padre, la construcción de la primera parte del Símbolo niceno (primera doctrina cristiana uniforme), el establecimiento del cumplimiento uniforme de la fecha de la Pascua, y la promulgación del primer derecho canónico. Uno de los temas que León XIV va a abordar con el patriarca ortodoxo Bartolomé I es precisamente la fijación de una fecha común para la Pascua. Sería un gran logro simbólico en el camino hacia la unidad plena.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Gente con carisma


Tomé el circular en la calle Princesa y me bajé en el paseo de Juan XXIII. Caminé unos minutos por aceras alfombradas de hojas secas. Un poco antes de las 6 de la tarde, entré en el espacioso y remozado auditorio del ahora llamado Espacio Pablo VI. Nos dimos cita unas decenas de personas para participar en la gala en la que se entregaron los VI Premios Carisma que concede la CONFER. La animación corrió a cargo del mago Javier Roncero, que fue alternando la presentación de los premiados con algunos números de magia que encandilaron al respetable. 

Por el escenario fueron desfilando personas e instituciones: el teólogo redentorista Marciano Vidal (premio Carisma de Formación y Espiritualidad), la Unidad Militar de Emergencias-UME (premio Carisma de Justicia y Misión), el colegio Ave María de Albacete (premio Carisma de Educación), la joven salesiana Clara Medina (premio Carisma de Pastoral Juvenil Vocacional), el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo (premio Carisma de Salud), el periodista de la COPE Faustino Catalina (premio Carisma de Comunicación), la cantante malagueña Diana Navarro (premio Carisma de Fe y Cultura) el comedor social Ave María de Madrid (premio Carisma de Misión Compartida), el proyecto Repara (premio Carisma de Entornos Seguros) y la serie televisiva The Chosen (premio Carisma de Impacto). En total, diez galardones que reconocen el valor de algunos “rostros que entretejen valores evangélicos dignos de reconocimiento y estima”.


Confieso que, tanto en la gala como en el coctel posterior, me sentí cómodo, un punto emocionado. En medio de un desolador páramo social de corrupción e indiferencia, todavía brotan flores de personas “con carisma”. Aprecié que el teniente de la UME, al recoger su premio, citara las palabras de Mateo 25 para dar sentido a la tarea de ayuda que ellos realizan en situaciones de emergencia: “Porque tuve hambre y me disteis de comer…”. Noté dolor e indignación en el breve discurso de la representante del proyecto Repara cuando se hizo eco del sufrimiento de las víctimas de abuso sexual, espiritual, de poder y de conciencia por parte de sacerdotes y religiosos. 

Me emocioné cuando Diana Navarro cantó a capela un Padrenuestro aflamencado. Admiré el trabajo que hacen las religiosas Operarias del Divino Maestro en un barrio marginal de Albacete o la “multiplicación de panes y peces” que opera desde 400 años el comedor social Ave María de Madrid gestionado por laicos voluntarios acompañados por algunos religiosos y religiosas trinitarios. Son solo algunos ejemplos de personas “agraciadas” que transmiten a su vez gracia, que hacen de nuestro mundo un lugar más humano y habitable.


Viendo a todas ellas en el estrado para la foto final, pensé que hay muchos más miles de hombres y mujeres anónimos que también tienen “carisma”. No necesitan recibir ningún premio para entregar su vida al servicio de los demás. Los primeros que me vienen a la cabeza son siempre los padres y madres de familia que se sacrifican por sus hijos. Utilizo deliberadamente el verbo “sacrificarse” porque sé que no es del agrado de quienes buscan ante todo la satisfacción personal y consideran que hoy es demasiado duro tener hijos, como si fuera casi un atentado a la autorrealización. Este hedonismo moderno nos está pasando ya una onerosa factura. 

A la lista de gentes con carisma hay que añadir los muchos servidores públicos que, en los campos de la educación, la sanidad, la administración, la seguridad y los servicios sociales contribuyen a que todos vivamos mejor. De vez en cuando necesitamos visibilizar estos rostros para no acabar anegados en el fango del egoísmo, la mentira y la corrupción.

martes, 25 de noviembre de 2025

Flores en el páramo


Encontrar a una persona serena y feliz se ha vuelto casi una empresa imposible. La mayoría vamos por la vida con una pesada mochila a las espaldas. Dentro se agazapan problemas de autoestima, conflictos familiares o comunitarios, presiones académicas y laborales, madejas afectivas, ansiedad a ratos y una gran incertidumbre con respecto al futuro. Muchas conversaciones discurren por cauces de preocupación y pesimismo. El ambiente social no ayuda a serenar los ánimos. Las noticias negativas se solapan y hacen todavía más pesada la carga.

Pareciera que no hay razones suficientes para sostener la esperanza. Los jóvenes se refugian en las redes sociales y los mayores se inventan otras formas de anestesia cuando los achaques y las pérdidas comienzan a ser el pan nuestro de cada día. ¿Hacia dónde dirigir nuestros pasos? Me cuentan historias de gente “sensata” que se ha dejado atrapar por los Testigos de Jehová. Conozco otras personas de cultura católica seducidas por el budismo. Es como si muchos se subieran desesperadamente al primer tren que pasa prometiéndoles un viaje a la patria de la felicidad. Da igual que sea una secta, un grupo de autoayuda o una agencia de viajes.


¿Qué demonios nos está pasando? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No hay dos itinerarios iguales, pero creo que todos estamos pagando las consecuencias mentales y afectivas de una cultura que lleva décadas cercenando nuestras raíces, dejándonos solos en una tierra de nadie en la que solo crecen los cactus del nihilismo, el escepticismo y el hedonismo consumista. ¿Dónde quedaron el lógos griego, el derecho romano o la espiritualidad cristiana? Es como si hubiéramos barrido de un plumazo una herencia de siglos creyendo que solo nosotros sabemos pensar, querer y actuar con racionalidad, justicia y libertad. 

Este orgullo insensato nos impide nutrirnos de la savia vital que nos mantiene vivos. La desconexión crítica y agradecida con el pasado nos impide vivir el futuro con esperanza. Pertenecemos a una época única en la historia de la humanidad. Nunca los seres humanos habían vivido desconectados del Misterio que sostiene la existencia, si bien lo habían interpretado de formas muy diversas. ¿Por qué nosotros, occidentales liberados, hemos llegado hasta aquí? ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido en este itinerario de emancipación? Si cortamos las raíces y sembramos de sal el terreno, ¿por qué nos extrañamos de no saber quiénes somos y adónde vamos?


La alegría serena de quien encuentra sentido a las pequeñas acciones de cada día (despertarse, levantarse, trabajar, relacionarse con las personas, pasear, orar, disfrutar de una comida o una conversación, hacer un favor, contemplar una obra de arte, ver una película, escuchar música, etc.) es la cara visible de una vida con raíces. No necesitamos comprar “experiencias” para vivir con sentido. Lo que necesitamos es vivir desde raíces que nos proporcionen la savia necesaria para mantener lozana nuestra vida. 

¿Se inserta en esta búsqueda de raíces el llamado “giro católico” del que tanto se está hablando en las últimas semanas? ¿Es el despertar religioso de la generación Z una especie de venganza cultural por la represión o la indiferencia impuestas por las generaciones precedentes? No es fácil hacer un diagnóstico preciso. Es claro que el mercado está sacando partido de esta moda. Rosalía factura. El tiempo dirá si es un fenómeno efímero (“No hay nada más amenazado de obsolescencia que la moda”) o el comienzo de un nuevo ciclo histórico en este Occidente secularizado. En cualquier caso, me parece un fenómeno minoritario, restringido solo a unos cuantos jóvenes despiertos. La mayoría sigue vagando por el páramo de la confusión y la indiferencia. No es tiempo de lanzar las campanas al vuelo. Hay que seguir orando, explorando y acompañando.
En medio de ese cuento infantil convertido en pesadilla, algo insólito ocurre: la generación de Rosalía vuelve la mirada hacia lo sagrado, y, entonces, el misterio acontece. Tras la resaca del individualismo, resurge el ansia de comunidad; tras la saturación del deseo, el anhelo de sentido. No es una vuelta al dogma, sino al asombro. Los mismos jóvenes que crecieron entre confinados entre pantallas y algoritmos descubren, con desconcierto para sus padres, que el alma existe. Que no basta con quererse a uno mismo, ni con reinventarse cada día. Que hay algo —alguien— que llama desde fuera, o desde dentro, pidiendo lugar. Ese retorno no es nostalgia, sino revelación: en la grieta del yo entra la luz (Eduardo Infante).

viernes, 21 de noviembre de 2025

Aprender del pasado


El frío meteorológico con el que empieza este fin de semana contrasta con el calor político y social. Ayer se cumplieron 50 años de la muerte de Franco. El mismo día el Tribunal Supremo de España condenó al fiscal general a dos años de inhabilitación. El pasado y el presente se fundían en un extraño abrazo. Sobre Franco se ha escrito y se escribirá mucho. Los medios de comunicación social y las redes sociales arden con opiniones de todo tipo. No voy a echar más leña al fuego. 50 años es muy poco tiempo para que los historiadores tengan una perspectiva adecuada. 

Quienes no lo somos dependemos de nuestra experiencia (en mi caso, muy limitada), de los testimonios recibidos y de las lecturas hechas. Yo nací en pleno régimen franquista y viví mi infancia y adolescencia en su etapa final. Creo que vi a Franco dos o tres veces. La primera fue el 4 de julio de 1968, cuando inauguró la línea de ferrocarril Madrid-Burgos. Luego lo vi alguna vez más, casi como si fuera una aparición, cuando su comitiva pasaba fugazmente por Aranda de Duero de regreso de su veraneo en San Sebastián. Y, naturalmente, vi mucho su figura en los reportajes del No-Do y en los informativos de televisión. Me parecía un abuelo frío y serio.


Cuando murió el 20 de noviembre de 1975 yo estaba a punto de cumplir 18 años. Me encontraba en Castro Urdiales haciendo mi año de noviciado antes de emitir la primera profesión como misionero claretiano. Recuerdo -¡cómo no!- la famosa intervención del presidente Arias Navarro en televisión comunicando su muerte y toda la solemnidad de aquellos días: funeral y entierro de Franco, proclamación de Juan Carlos como rey, etc. 

Me faltaban muchas claves para comprender el significado histórico de unos acontecimientos que han marcado la historia reciente de España. Me limitaba a leer los periódicos, escuchar la radio y ver la televisión, dentro de las restricciones impuestas por el régimen del noviciado. Eran tiempos en los que mi historia personal contaba más que la historia del país. Esta me parecía un asunto de los mayores, de los que entendían o decían entender, mientras que la mía tenía que ver con la elección de mi camino en la vida.


Vistas las cosas con la perspectiva de medio siglo, cada vez se me hace más imperativa la necesidad de construir la convivencia sobre valores y virtudes, no solo sobre un pragmático “contrato social”. De no hacerlo, tarde o temprano se paga un precio, que puede ir desde la crispación hasta la guerra civil. No hay democracia sin demócratas y no hay sociedad sin virtudes sociales. Las meras leyes, por oportunas y justas que sean, no garantizan la convivencia pacífica. Por eso, la misión educativa de las familias, la escuela y las demás instituciones es esencial para dar fundamento a la vida en común.

Hoy se cuestiona mucho la llamada “transición” de la dictadura a la democracia y la Constitución española de 1978. Somos más conscientes de sus limitaciones y defectos que cuando se estaba gestando, pero ¿no es preferible un marco imperfecto de convivencia antes que el retorno a un ambiente prebélico? Las conmemoraciones históricas nos sirven, sobre todo, para aprender de la historia, más que para hacer ajustes con un pasado que no volverá más y que cada uno leemos desde nuestra perspectiva.

martes, 18 de noviembre de 2025

De la discordia a la concordia


Los termómetros se desploman. Luce un sol de otoño avanzado. Se cumple medio año de la elección del papa León XIV. Zelenski viene a Madrid para recabar ayuda militar. Eso significa que no hay perspectivas de que la guerra en Ucrania termine pronto. Siguen las noticias sobre el rearme de varios países europeos, la vuelta al servicio militar obligatorio y el aumento en gastos de defensa. Se están moviendo demasiadas piezas en este inestable tablero del ajedrez mundial. 

Mientras quienes mueven las piezas de la partida mundial afilan sus estrategias, la mayoría de los mortales nos centramos en las pequeñas batallas de la vida cotidiana, conscientes de que podemos hacer muy poco por “cambiar el mundo”, expresión que se repetía en los años 60 y 70 del siglo pasado y que hoy ya no figura en el vocabulario de los jóvenes. ¡Demasiado tienen con sobrevivir en este mundo precario e incierto! Quien está “cambiando el mundo” es la revolución digital en la que nos hemos embarcado. Estamos solo en los primeros compases de una composición que no sabemos cómo se va a desarrollar.


Después de un mes yendo de un sitio para otro, casi sin tiempo para otra cosa, en esta semana madrileña voy a aprovechar para encontrarme con amigos a los que hace tiempo que no veo. Es el contrapunto necesario a una vida misionera itinerante. Y hasta es probable que vaya a ver por segunda vez Los domingos, en espera de que pronto podamos hacerle una entrevista a la directora de la película para la revista Vida Religiosa. Tengo mucho interés en tomarle el pulso a la actualidad a través del género conversación, que siempre es más interesante que el de la reflexión individual. Cuando conversamos con otras personas, el ejercicio de escucha atenta dilata siempre nuestro punto de vista, nos hace ver perspectivas que nos resultan ciegas o desvaídas. 

Cada vez que conversamos corregimos un poco la intolerancia que se agazapa en algún rincón de nuestra conciencia. Por eso, la polarización que hoy vivimos se cura con el arte de la conversación. Ahora que estamos a punto de celebrar los 50 años de la muerte de Franco y la apertura de una nueva etapa en la historia de España, necesitamos pasar de la discordia a la concordia, como ha recordado esta mañana el presidente de la CEE en el discurso inaugural de la 128 asamblea plenaria.


Hay personas que disfrutan sembrando la cizaña de la discordia y otras que se esfuerzan por sembrar el trigo de la concordia. Ambas semillas crecen en el mismo campo. La tentación es arrancar de raíz la primera para que crezca lozana la segunda, pero esto -además de ser imposible- no es siempre recomendable. Tenemos que acostumbrarnos a vivir en sociedades en las que el trigo convive con la cizaña y la concordia se ve siempre amenazada por la discordia. Más que preocuparnos por arrancar las hierbas malas, lo esencial es regar, abonar y cultivar las buenas. Ensanchando el territorio del bien vamos minimizando las consecuencias del mal. 

Me viene ahora a la cabeza una frase de Angela Merkel que puede resultar iluminadora. Hablando del desafío que Europa tiene con la llegada de muchos inmigrantes musulmanes, la excanciller alemana decía con una pizca de ironía: “El problema no es que haya muchos musulmanes en Europa, el problema es que hay pocos cristianos”. De manera análoga podríamos decir que el gran desafío de nuestra sociedad no es la obsesión por superar la discordia, sino el esfuerzo por vivir en concordia. Suena parecido, pero no es lo mismo.