domingo, 30 de noviembre de 2025

No se adiestrarán para la guerra


Mientras caminaba hacia la catedral para celebrar con el Pueblo de Dios el I Domingo de Adviento me he encontrado con ríos de personas que se dirigían al templo de Debod para la manifestación convocada por el Partido Popular. Había autobuses venidos de distintas partes del país. Muchos manifestantes enarbolaban banderas de España. Predominaba la gente mayor, pero también se veían jóvenes.  Tras las lluvias de la noche, hacía una mañana soleada y fría, así que la gente iba bien abrigada. 

No sé qué repercusión tendrá este clamor popular. Es importante salir a la calle, pero es más importante ofrecer una clara alternativa de honradez. La historia nos muestra que la corrupción no conoce colores ni banderas. Es una enfermedad transversal. O contribuimos todos a una nueva cultura democrática que regenere la vida social o mucho me temo que, aunque haya alternancia en el gobierno, seguiremos padeciendo los mismos males con nuevos protagonistas. El actual sistema de partidos lo favorece. El clientelismo sigue muy vivo. No basta con protestar en la calle. Hay que ser coherentes a todos los niveles. 


La catedral estaba llena. Mucha gente acudía para celebrar el Jubileo. Me ha llamado la atención una frase de la primera lectura: “No se adiestrarán para la guerra”. Choca de frente con el rearme que está viviendo Europa frente a la amenaza rusa y con las tensiones bélicas en el Caribe, Sudán, Nigeria, Congo y en otras regiones del mundo. En el sueño de Isaías “no alzará la espada pueblo contra pueblo”. Habrá, más bien, un cambio radical, hasta el punto de que “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas”.

La utopía profética no parece tener cabida en el pragmatismo que nos rodea. Habría que escribir un nuevo versículo que sonara así: “Los jóvenes serán convocados de nuevo al servicio militar y las industrias empezarán a fabricar armamento a gran escala”. No vivimos tiempos serenos. No vislumbramos ningún monte del Señor hacia el que confluyan todas las naciones y caminen pueblos numerosos. En medio de este panorama, destaca el valor simbólico de la visita del papa León XIV a Turquía y la alianza firmada con el patriarca Bartolomé I. Es un claro signo de esperanza.


Hemos empezado el Adviento, el tiempo litúrgico que más gusta a muchas personas, quizás porque, sea cual sea nuestra situación, nos devuelve la fuerza de la esperanza, nos recuerda que Dios no retira su gracia, que sigue pendiente de la humanidad. Como las noticias desinflan nuestras expectativas, necesitamos que la Palabra de Dios recree las verdaderas razones para esperar. Por eso, en este tiempo es tan recomendable el ejercicio diario y paciente de la lectio divina con las lecturas que cada día nos propone la liturgia. 

Solo la Palabra de Dios derrota los demonios de la incertidumbre y la desesperanza y produce en nosotros la serenidad que necesitamos. Frente a la tentación recurrente de rellenar el vacío con “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias” (segunda lectura), Jesús nos invita a “estar en vela” para reconocer su paso entre nosotros. Estar en vela significa no dejarnos llevar por la inconsciencia o la rutina, viviendo como si el mundo presente fuera el definitivo, como si nuestros asuntos fueran lo más importante. El Adviento nos recuerdo que Alguien viene, sale a nuestro encuentro y vuelve nuestra vida del revés. ¡Menos mal!



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