
Mientras caminaba hacia la catedral para celebrar con el Pueblo de Dios el I Domingo de Adviento me he encontrado con ríos de personas que se dirigían al templo de Debod para la manifestación convocada por el Partido Popular. Había autobuses venidos de distintas partes del país. Muchos manifestantes enarbolaban banderas de España. Predominaba la gente mayor, pero también se veían jóvenes. Tras las lluvias de la noche, hacía una mañana soleada y fría, así que la gente iba bien abrigada.

La utopía profética no parece tener cabida en el pragmatismo que nos rodea. Habría que escribir un nuevo versículo que sonara así: “Los jóvenes serán convocados de nuevo al servicio militar y las industrias empezarán a fabricar armamento a gran escala”. No vivimos tiempos serenos. No vislumbramos ningún monte del Señor hacia el que confluyan todas las naciones y caminen pueblos numerosos. En medio de este panorama, destaca el valor simbólico de la visita del papa León XIV a Turquía y la alianza firmada con el patriarca Bartolomé I. Es un claro signo de esperanza.

Solo la Palabra de Dios derrota
los demonios de la incertidumbre y la desesperanza y produce en nosotros la
serenidad que necesitamos. Frente a la tentación recurrente de rellenar el vacío con “comilonas
y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias” (segunda lectura), Jesús
nos invita a “estar en vela” para reconocer su paso entre nosotros. Estar en
vela significa no dejarnos llevar por la inconsciencia o la rutina, viviendo
como si el mundo presente fuera el definitivo, como si nuestros asuntos fueran
lo más importante. El Adviento nos recuerdo que Alguien viene, sale a nuestro
encuentro y vuelve nuestra vida del revés. ¡Menos mal!
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