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miércoles, 13 de mayo de 2020

Bajo tu amparo

Los lectores de este Rincón saben que siento una gran atracción por Fátima. Raro es el año que no visito el santuario una o más veces. He dejado constancia de algunas visitas en este blog. Tenía previsto volver a viajar el último fin de semana de junio, pero no será posible. Me contentaré con una oración virtual como la que los peregrinos portugueses harán este año en un día como hoy. Se cumplen 103 años de las famosas apariciones de la Virgen María a tres pastorcitos. No sé la resonancia que en cada uno de nosotros tiene Fátima. Para algunas personas, el solo nombre evoca ideas como credulidad, autosugestión, manipulación, comercio, conservadurismo, anticomunismo, apocalíptica barata, etc. Para otras –quiero creer que para la mayoría– Fátima es un símbolo de paz, amor, llamada a la conversión, primado del corazón y de la sencillez sobre el poder y el orgullo, sueño de un mundo nuevo y fraternidad universal. Creo que yo también tuve mis dudas y reticencias en alguna etapa del camino. Hoy visito Fátima como un peregrino más, atraído por una Madre que con dulzura me abre los ojos sobre lo que está pasando en el mundo, me conduce a Jesús, me invita a “hacer lo que él me diga” y me consuela en medio de las tribulaciones de la vida.

Este año 2020 pasará a la historia como “el año de la pandemia”. ¡Hasta la Santa Sede ha creado la Comisión Vaticana Covid-19 para analizar el impacto de este evento en la vida de la Iglesia y sugerir pistas de futuro! ¿Cómo podemos iluminar esta situación desde el mensaje de Fátima? ¿Qué nos diría nuestra Madre en una situación como esta? (No olvidemos que las apariciones de 1917 se produjeron en los estertores de la Primera Guerra Mundial). Creo que el mensaje de Fátima –tan desconocido por la mayoría y tan expuesto a especulaciones– sigue siendo actual, quizás incluso más acuciante que hace un siglo. Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del secreto se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad. La tercera parte es una fuerte invitación a la penitencia, al cambio de vida. Naturalmente, cada una de estas “revelaciones” se interpreta según la teología y el lenguaje de la época. ¿Se podría expresar el conjunto del mensaje de Fátima con palabras más cercanas a la sensibilidad de hoy? Creo que sí. Dios nos llama, a través del Corazón de María, a no olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Convertirnos significa volver a la “casa del Padre”, como el hijo pródigo que, después de haber dilapidado la herencia paterna, siente en su corazón la voz de su padre y decide regresar.

La pandemia está siendo un evento inesperado e imprevisible. Puede sumirnos en la tristeza y la desesperación. O puede hacernos recapacitar y abrirnos al porvenir. Estoy siendo testigo de ambas reacciones. Yo me apunto  la segunda, pero sin orillar todo el sufrimiento y el desconcierto que estamos acumulando en estos meses. No puede haber un futuro mejor si pasamos página como si nada estuviera sucediendo, como si los millones de afectados fueran solo piezas anónimas de un engranaje. Nunca me ha gustado contemplar al ser humano como un mero eslabón de la todopoderosa cadena evolutiva. ¿Qué tipo de vida estábamos llevando? ¿Adónde nos conducía una vida acelerada e individualista? ¿Qué ganamos con apartarnos de Dios y construir un mundo en el que solo una pequeña parte disfruta de un estilo de vida desahogado mientras la gran mayoría pasa necesidad? ¿Qué futuro le aguarda a un planeta sobreexplotado y contaminado? ¿Para qué sirve una globalización que no se preocupa de la casa común? Todas estas preguntas son como un despertador que nos sacude de nuestro letargo.

En este sentido, el mensaje de Fátima y la pandemia tienen un punto en común: nos obligan a detenernos y preguntarnos sobre nuestro modo de vivir. La diferencia sustancial es que, mientras el Covid-19 es un virus sin rostro y “sin corazón”, el mensaje de Fátima viene del corazón de una Madre que quiere lo mejor para sus hijos. No hay bien más preciado que la unión con Dios. Solo desde ella podemos construir un mundo “con corazón”, en armonía con la naturaleza y en fraternidad universal. Por eso, en un día como hoy podemos pedirle esta gracia a nuestra Madre con la oración mariana más antigua: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. 


jueves, 13 de mayo de 2021

Hace 40 años

Atentado contra el papa Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 en la plaza de san Pedro

El año pasado, tal día como hoy, escribí una entrada sobre el significado de las apariciones de la Virgen en Fátima. Este año prefiero compartir un enfoque distinto. Dentro de un mes, viajaré a Fátima porque me han encargado la última conferencia del Simposio Teológico-Pastoral que se tendrá en el santuario sobre el tema “Fátima, hoy: Pensar la santidad”. Tendré ocasión, si Dios quiere, de escribir desde allí evocando la fuerza de ese lugar santo. Será la primera salida de Italia desde el pasado mes de octubre. La pandemia me ha obligado a abandonar mi condición de misionero nómada y me ha convertido en sedentario. Empiezo a cansarme. 

Hoy quiero recordar que se cumplen 40 años del atentado sufrido por Juan Pablo II en la plaza de san Pedro de Roma. Eran las 17.19 horas de un día caluroso. Juan Pablo II estaba recorriendo la plaza en su coche descubierto para saludar a los peregrinos que habían acudido a la tradicional audiencia general de los miércoles. Acababa de besar a una niña que sus padres le habían presentado cuando se oyó un disparo y luego otro. De repente, el Papa fue alcanzado por cuatro balas, dos de las cuales se alojaron en su abdomen, otra le alcanzó en el brazo derecho y la última en la mano izquierda. Todo se precipitó. La gente empezó a gritar y luego a rezar mientras el coche se alejaba rápido. 

El Papa tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en el hospital Gemelli de Roma. Los médicos lograron salvarle la vida después de una operación de cinco horas. Juan Pablo II atribuyó su salvación a una intervención especial de la Virgen de Fátima. El mismo autor de los disparos, el turco Ali Agca, confesó más tarde que no se explicaba lo que había pasado, que “alguien” había desviado la trayectoria de la bala. Esa misma bala asesina está hoy junto a la imagen de la Virgen de Fátima, por expreso deseo de Juan Pablo II. 

A lo largo de estos 40 años se han escrito ríos de tinta sobre este hecho que pudo haber cambiado muchas cosas en la historia reciente de la Iglesia, de Europa y del mundo. Sin embargo, todavía no se sabe a ciencia cierta (aunque hay sospechas muy fundadas) quién estaba detrás. El autor material ha ido ofreciendo varias y contradictorias versiones. Juan Pablo II lo perdonó desde el primer momento. Más tarde, en diciembre de 1983, fue a visitarlo a la cárcel romana de Rebibbia. Tras casi 25 años de prisión, en enero de 2006, Ali Agca fue indultado y extraditado a Turquía para cumplir condena por otros delitos. El 27 de diciembre de 2014 visitó la tumba de san Juan Pablo II en la basílica de san Pedro y  depositó ante ella un ramo de rosas blancas.  

Estatua de san Juan Pablo II en el santuario de Fátima

Yo llegué a Roma para hacer mi especialización en Teología Dogmática solo cuatro meses después del atentado, en septiembre de 1981. Todavía no había cumplido los 24 años. En la urbe se seguía hablando del atentado y de la salud del Papa, aunque este ya había retomado su actividad normal. Pronto tuve ocasión de verlo de cerca. Después, en varias ocasiones, lo saludé personalmente y participé varias veces en la celebración de la Eucaristía en su capilla privada. Creo que en ninguna otra persona he percibido lo que solemos denominar “aura”, palabra que significa “viento suave y apacible”, pero también “halo que algunos dicen percibir alrededor de determinados cuerpos”. Ambas definiciones las tomo del diccionario de la RAE. Para mí, “aura” es un término que define la autenticidad, luminosidad y energía que desprende una persona. Cuando contemplaba a Juan Pablo II arrodillado en el reclinatorio de su capilla privada después de celebrar la misa, es como si el tiempo se detuviera, como si por unos minutos él no estuviera ya en la tierra sino arrobado en el cielo. Ya sé que todo esto es muy subjetivo, pero personas cercanas a mí han experimentado algo semejante. 

A pesar de que el atentado catapultó la fama mundial del Papa polaco (ya iniciada desde su elección en 1978), también supuso el incremento de fuertes críticas dentro y fuera de la Iglesia. Para algunos cristianos críticos, Juan Pablo II representaba una línea muy conservadora que pretendía frenar el impulso renovador del Concilio Vaticano II. Para muchos analistas de fuera, constituía (junto con Ronald Reagan y Margaret Thatcher) una grave amenaza para el comunismo soviético y sus satélites y quizás también un apoyo indirecto al neoliberalismo, aunque el Papa fue muy crítico con él. Basta leer sus encíclicas sociales: Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991). Creo que ambas críticas (las internas y las externas) contienen una parte de verdad, pero en muchos momentos fueron injustas, inmisericordes y, sobre todo, descontextualizadas. Necesitamos aún más tiempo para comprender el verdadero alcance histórico del segundo pontificado más largo de la historia (1978-2005), después del de Pío IX (1846-1878).

Juan Pablo II ante una imagen de la Virgen de Fátima

Han pasado 40 años. El comunismo no tiene la fuerza de entonces, aunque siga habiendo algunos países oficialmente comunistas: China, Corea del Norte, Cuba, Laos y Vietnam. Ahora estamos saliendo, aunque a distintas velocidades, de una pandemia que ha puesto de rodillas a la humanidad. Hace 40 años el mensaje de Fátima se relacionaba mucho con la caída del comunismo (sobre todo, en Rusia) e incluso con el atentado a una figura “vestida de blanco”. Ahora Fátima representa una bocanada de esperanza en un momento en el que la languidez puede apoderarse de nosotros. Las palabras de María a los pastorcillos – “Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará” – adquieren otro significado más profundo. No se trata solo de que caigan los regímenes (del tipo que sean) que oprimen a los seres humanos, sino de que se abra paso la “revolución del corazón” con todos aquellos armónicos que están ligados al Corazón de María: interioridad, profundidad, fe, ternura, cordialidad, alegría, donación, etc. 

Hace 40 años estábamos todavía en plena guerra fría. Hoy estamos enfrascados en otras guerras para combatir la desigualdad, la injusticia, el cambio climático, la corrupción… y la pandemia. Si algo repetía a menudo Juan Pablo II desde el comienzo de su pontificado era: “No tengáis miedo”. Él, que había soportado en carne propia la crudeza de la Segunda Guerra Mundial, que había vivido bajo un régimen comunista opresor y que había sufrido un atentado casi mortal, sabía que la historia está en las manos de Dios y que, por tanto, no hay ninguna razón para temer. Lo que para él era claro hace 40 años, tiene que seguir siendo claro para nosotros hoy.

“¡No temáis! 
¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! 
Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, 
los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, 
de la civilización y del desarrollo. 
¡No tengáis miedo! 
Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo Él lo conoce! 
Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, 
en lo profundo de su ánimo, de su corazón. 
Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. 
Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. 
Permitid, pues, —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza—
permitid que Cristo hable al hombre. 
¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!” 

(Juan Pablo II, 22 de octubre de 1978).

viernes, 18 de junio de 2021

La Madre siempre espera

Lisboa me recibió ayer con 18 grados de temperatura y una fina lluvia. Nada que ver con el sol y el calor de Roma. Sentí la fraternidad portuguesa desde el primer momento. A media tarde viajé a Fátima, desde donde escribo la entrada de hoy. De este lugar único he escrito muchas veces en este Rincón porque para mí tiene especiales resonancias. Un poco antes de ponerme en camino desde Lisboa aquí recibí la triste noticia del fallecimiento de un primo mío que, durante más de 30 años, vivió una enfermedad degenerativa. Mi recuerdo emocionado y mi oración van para él. Tras un calvario tan prolongado, estoy seguro de que goza ya de la Pascua eterna. Llegado a Fátima, recibo también la noticia de la muerte del padre Gustavo Alonso, un argentino de 89 años que durante doce años (1979-1991) fue superior general de los claretianos. A él le debemos mucho. No me gusta extenderme cuando recuerdo a las personas queridas que mueren. Prefiero conservar un recuerdo discreto en el fondo de mi corazón. Las demasiadas palabras suelen alterar la verdad de los sentimientos.

En Fátima hace casi frío. No me esperaba un clima como este a las puertas del verano. Se ven todavía pocos peregrinos. La pandemia sigue siendo una amenaza. Muchos no se atreven a venir. Después de la cena, participé en el tradicional Rosario nocturno y en la procesión de candelas con el Santísimo Sacramento bajo palio. Pensé en mi primo fallecido y también en todos los que os acercáis a este Rincón. Ayer prometí orar por vosotros. A muchos os conozco personalmente, pero todos estuvisteis en mi oración ante la Madre de Fátima. Es verdad que desgranamos un Rosario de cincuenta Avemarías, pero sé que nuestras necesidades desbordan este número. Sin conocerlas, se las presenté a María con el espíritu de la más antigua oración mariana que conocemos. Se remonta al siglo III. Es probable que muchos la sepamos de memoria: “Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, libranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

Dentro de unas horas comenzará el simposio Teológico-Pastoral en el que voy a participar. Se titula: “Fátima, hoje: pensar a Santidade” (o sea, “Fátima, hoy: pensar la Santidad”). A partir del ejemplo de los dos primeros santos de Fátima, en particular de Jacinta Marto, el Santuario pretende llevar a cabo tres días de reflexión sobre la identidad y el anhelo de una comunidad cristiana -la santidad- y que constituye su principal marca a lo largo de más de dos mil años. El contexto pandémico por el que atraviesan Portugal y el mundo dicta un “hoy” ꟷun tiempo favorable en el léxico cristianoꟷ que es una oportunidad para reflexionar sobre las circunstancias de la propia humanidad. Mi ponencia será el domingo 20, así que tengo tiempo para irme situando. No sé si participarán muchas personas o pocas. De hecho, estaba programado para el año pasado, pero tuvo que ser cancelado a causa de la pandemia.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Guardar todo en el corazón

Desde la terraza de mi cuarto veo el santuario de Fátima. Puedo llegar a pie en diez minutos. Llegué a este lugar el lunes por la tarde. Soy uno más de los millones de peregrinos que lo visitan cada año. Éste, 2017, ha sido un año especial porque se ha celebrado el centenario de las apariciones. A primera hora de la mañana, mientras escribo, hace frío, pero durante el día la temperatura parece casi veraniega. A mis amigos ingleses, que han venido para participar en este encuentro, les sorprendió anteayer la luz de Lisboa (“A cidade da luz”) y les siguió sorprendiendo el cielo azulísimo de Fátima y su luz transparente, alejada del ambiente neblinoso de la campiña inglesa. Hace año y medio, en otra visita a este lugar, escribí que el futuro es de los místicos. Vuelvo a pensarlo ahora, estimulado por el silencio de este singular recinto. El místico ha superado el dualismo que caracteriza la vida humana y vive anticipadamente la experiencia de la unidad en Dios. Por eso, si queremos superar las antonomias que tanto nos atenazan, esa pasión por la disyuntiva “o-o”, necesitamos la experiencia mística. Solo en ella comprendemos que las diferencias enriquecen y que la unidad no las mortifica sino que las integra.

La advocación de Fátima está íntimamente relacionada con el Inmaculado Corazón de María. Este título dedicado a María de Nazaret, la madre de Jesús, tiene hondas raíces bíblicas. Yo le tengo un cariño especial porque da nombre a mi congregación misionera. Cada vez me convenzo más de que necesitamos un mundo con corazón. Solo cuando hay profundidad (para ver las cosas desde su raíz), cordialidad (para amar con todo el corazón) y entrega (para entender la vida como servicio) podemos vivir como seres humanos en medio de nuestras innumerables diferencias. Sin corazón, el cuerpo social se desintegra, cada parte funciona por su cuenta y pretende erigirse en el todo. Imagino a María, tal como la presenta el evangelio de Lucas, guardando todo en el corazón. Este “guardar” no significa una actitud acaparadora o intimista, sino la capacidad de ponderar las cosas desde el centro donde habita el Misterio, de discernir el significado de los acontecimientos dentro del plan de Dios, de encontrar respuestas que no sean una reacción nerviosa a lo que sucede sino una expresión nítida de la voluntad del Padre.

Me dicen en la comunidad claretiana de Fátima que este año 2017 ha venido mucha gente al santuario. El centenario se clausuró oficialmente el pasado 13 de octubre, pero siguen afluyendo los peregrinos. Anoche participé en el rosario nocturno y en la procesión de velas. Me uní a muchas personas de todo el mundo que, a través de este gesto de caminar junto a María, querían dar un nuevo sentido a la peregrinación de su vida acompañados por la madre de Jesús. Las velas, encendidas a partir de la luz del cirio pascual, nos recordaban que todos podemos iluminar este mundo si nos dejamos encender en Aquel que es la luz del mundo. Le pedí a la Virgen de Fátima de una manera especial por todos los amigos del Rincón de Gundisalvus, especialmente por aquellos que estáis atravesando alguna crisis o seguís buscando una orientación más clara para vuestra vida. Soy de los que creen en el poder misterioso de la oración. Lo mejor de la vida no es fruto de nuestro esfuerzo o de nuestras cavilaciones: lo recibimos como don.

martes, 5 de abril de 2016

De la pregunta a la afirmación

Por fin ha llegado el sol a Fátima. La luz da al lugar un aspecto más amable. La gran explanada abraza a los muchos peregrinos que siguen afluyendo. Continúa soplando el viento, pero con menos fuerza que hace un par de días.

Yo sigo inmerso en el XIII Capítulo Provincial de los claretianos de Portugal. Apenas me queda tiempo para ocuparme del blog. Con todo, viendo algunos vídeos un tanto tremendistas sobre los "secretos de Fátima", he recordado la famosa “octava real” escrita por el benedictino de Sevilla Fray Pedro de los Reyes en el siglo XVI. Los lectores de más edad tal vez la recuerden de memoria porque, aparte de ser muy citada en las preceptivas de métrica castellana, se usaba en retiros, ejercicios espirituales, charlas, etc. para hablar sobre la seriedad de la salvación eterna en el contexto de la teología y la espiritualidad del siglo XVI. La famosa “octava real” decía así:
¿Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme
triste cosa será, pero posible.
¿Posible, y río y duermo y quiero holgarme?
¿Posible, y tengo amor a lo visible?...
¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.
Resultaba fácil aprenderla de memoria para tener siempre presente la realidad de la muerte (“Que tengo que morir es infalible”). Frente a ella, se abría con claridad la posibilidad de la salvación o la condenación. El “amor a lo visible” apartaba del “ver a Dios”; la santidad implicaba un alejamento de todo lo que pudiera ser placentero.

En esta misma línea se sitúan muchas de las interpretaciones tradicionales de los mensajes de Fátima y su llamada insistente a la penitencia. 


Reconozco que el asunto es demasiado serio y complejo para despacharlo en un par de frases. Pero hay un criterio de discernimiento insuperable: la luz que nos viene del Evangelio. ¿Cómo invitaba Jesús a la penitencia? ¿Qué significaban para él la “salvación” y la “condenación”? ¿Cómo hay que considerar las realidades creadas a partir de su encarnación? Muchas cosas han cambiado en la teología y la espiritualidad cristianas desde el siglo XVI e incluso desde las apariciones de Fátima (1917). El Espíritu Santo nos ha ido conduciendo a una nueva comprensión más en línea con la Escritura. María es la mujer que proclama "las grandezas del Señor", que se preocupa por la falta de vino en las bodas de Caná, que derrota al dragón... El concilio Vaticano II marca un rumbo que, sin romper con la gran Tradición, introduce nuevos desarrollos.

Dentro de este marco, que celebra las obras de Dios como “sacramentos visibles” de su amor y no como tropiezos para la unión con Él, el jesuita asturiano Luis Blanco Vega hizo en 1989 una reelaboración de la famosa “octava real” de Fray Pedro de los Reyes. La pregunta de éste (“¿Y tengo amor a lo visible?”) se transformó en una rotunda afirmación: “Y tengo amor a lo visible”. A partir de aquí, los versos se retocan ligeramente. La “octava” conserva su ritmo, pero la perspectiva cambia radicalmente. En su versión remozada fluye así:
Porque sé que nací para salvarme
y tengo que morir –es infalible–,
porque dejar de verte y condenarme
solo con otro dios será posible,
por eso río, duermo, quiero holgarme,
Señor, y tengo amor a lo visible.
Y solo me pregunto en qué me encanto
cuando huyo de la vida por ser santo.
No tengo tiempo para más comentarios. Os dejo con algunas preguntas: ¿Cuál de las dos versiones os gusta más? ¿Por qué? ¿Qué esconde cada una de ellas?

viernes, 27 de diciembre de 2019

Al amparo de Fátima

Recorrer los 118 kilómetros que separan Lisboa de Fátima lleva alrededor de una hora y veinte minutos en coche. Yo tardé ayer un poco más por el tráfico a la salida de la capital portuguesa y porque ya había caído la noche. He venido muchas veces a este lugar. Me encanta. Desde aquí he escrito también algunas entradas del blog. He hablado sobre la invitación a “guardar todo en el corazón”, como María, del futuro de los místicos, de la respuesta que está en el viento y de la palabra de Dios como lluvia suave que empapa nuestra tierra. Hoy luce un sol espléndido. La temperatura es más propia de la primavera que del invierno. Acabamos de empezar el I Capítulo Provincial de la Provincia claretiana de Fátima, formada por las comunidades del sur de España, Portugal, Reino Unido y Zimbabue. Nos hemos juntado unas 60 personas entre capitulares y colaboradores. Hay abundancia de jóvenes. Se respira un ambiente de fraternidad y alegría, propiciado por el tiempo navideño. Estaremos aquí hasta el próximo 3 de enero. Además de evaluar la etapa pasada y de elegir al nuevo gobierno provincial, el cometido del Capítulo es diseñar la estrategia misionera para los próximos años. No se trata de hacer una planificación al estilo empresarial para colocar el “producto cristiano” en el mercado de manera exitosa, sino de discernir cuál es la voluntad de Dios en este tiempo.

Mientras el Capítulo echa a rodar, en el mundo siguen sucediendo muchas cosas. Casi todos los periódicos hacen balance del año 2019 a punto de concluir. Uno nos ofrece 46 buenas noticias para empezar 2020 con optimismo. ¿Vamos hacia una humanidad mejor o hemos enfilado ya el camino de la decadencia? Para el autor de estas “buenas noticias” (no “fake news”) es evidente que, a pesar de los muchos problemas que la asolan, la humanidad en su conjunto progresa. No estoy seguro de que las 46 “buenas noticias” reportadas sean realmente “buenas”, pero es cierto que indican una tendencia. Estoy seguro de que no sería difícil elaborar otra lista con 46 malas noticias para empezar 2020 con pesimismo, pero no es el caso. Más allá de algunos indicadores de progreso, la pregunta crucial es: ¿Sabemos adónde vamos y, sobre todo, por qué vamos? Cuando la meta no existe o está muy desdibujada, entonces es difícil juzgar si un hecho es progresivo o regresivo. Mi viejo profesor de Moral Fundamental solía repetir a menudo que “no todo lo técnicamente posible es éticamente justificable”. No por el hecho de que una cosa pueda hacerse, debe hacerse sin más.

Desde el balcón de mi cuarto diviso el cercano santuario de la Virgen y escucho las campanas de la antigua basílica. Si dispongo de tiempo, esta noche quiero participar en el rosario nocturno y en la procesión de las velas. Me gusta sentir por fuera el frío de la noche fatimense mientras por dentro siento el calor de la Madre. Venir a Fátima siempre me produce la sensación de volver a casa, como si los lugares donde se venera con especial devoción a María tuvieran un carácter hogareño que se echa mucho de menos en el mundo impersonal y frío que estamos construyendo. Creo que no es una experiencia solo mía. Se la he oído a otras muchas personas. Donde está la Madre María se hace más visible y casi tangible el amor del Dios Padre/Madre. Ya sé que, como en todo santuario, hay un negocio organizado en torno a este lugar, pero me temo que esto es inevitable en todos los fenómenos de masas. Separar el oro de la ganga es una tarea de los verdaderos peregrinos. También aquí se dan cita las dos caras de toda realidad humana: la cara luminosa de la fe (que invita siempre a la esperanza) y la cara oscura de la avaricia (que empuja al pesimismo). Creo que la primera derrota con claridad a la segunda. Esto me mantiene en pie.

miércoles, 6 de abril de 2016

El futuro es de los místicos

Fátima es una extraña mezcla de capillas, casas religiosas, hoteles, restaurantes, bares, comercios... todos en torno al santuario. Lo que justifica este caleidoscopio humano es la figura de María. Ella es la Madre que cobija a todos: peregrinos, buscadores, devotos, turistas, comerciantes, engañadores, visionarios, mendigos... Me gusta Fátima porque se parece a todos nosotros: un manojo de anhelos y contradicciones, pero con un deseo sincero de escuchar la voz de la Madre que nos dice: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5). El próximo año 2017 se celebrará el centenario de las apariciones de Fátima. Será una oportunidad extraordinaria para orar y reflexionar sobre el futuro de la fe en todo el mundo, pero, en especial, en el continente donde se sitúa el santuario: Europa.

En 1959, un teólogo alemán –muy famoso entre los expertos pero quizá desconocido para el gran público– escribió: “La cristiandad de tipo rural e individualista que caracterizaba la Edad Media y los tiempos modernos está en vía de desaparición según un ritmo de aceleración creciente, precisamente porque las causas generadoras de este proceso en Occidente siempre están en activo y no han agotado su eficacia. (...). El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que habrá experimentado algo, o no será cristiano”. ¡Ojo a la definición de místico -una persona que experimenta algo- para no perderse en conceptos extraños!

La última frase de
Karl Rahner –éste es el nombre del teólogo jesuita– ha sido citada hasta la saciedad en los últimos 50 años: a veces, de forma congruente; otras, totalmente fuera de contexto. Yo estoy convencido de la verdad que encierra. Ahora bien, ¿qué significa ser un místico en pleno siglo XXI? ¿Nos apuntamos todos a las corrientes orientalistas tan en boga hoy en día? ¿Vamos en busca de las últimas apariciones reseñables? ¿Tenemos que experimentar fenómenos paranormales?
Actores de la película De dioses y hombres

Encuentro una respuesta luminosa, tangible, comunitaria, en lo vivido por una comunidad monástica que pasó del anonimato a la fama sin pretenderlo. Se cumplen en estos meses de primavera veinte años del asesinato de siete monjes trapenses en Argelia. ¿Te acuerdas de este hecho? Su testimonio se hizo mundialmente conocido a través de la película de Xavier Beauvois Des hommes et des dieux (2010), presentada en español con el título De dioses y hombres. Ganó el Gran Premio del jurado del festival de Cannes (2010).

La historia es conocida. El 26 de marzo de 1996, siete monjes cistercienses del monasterio de Tibhirine, en el Atlas argelino, fueron secuestrados por el Grupo Islámico Armado (GIA). El 31 de mayo el ejército argelino halló sus cabezas cortadas, pero no los cuerpos. Todavía no conocemos la autoría del múltiple crimen. El hermano Jean Pierre Schumacher, uno de los supervivientes, confesó en una entrevista posterior que "estábamos en la montaña y las relaciones con ellos [los vecinos musulmanes] eran muy buenas, muy fraternales. Éramos como una familia. El monasterio era de clausura, pero había un portero que recibía a la gente. Asistíamos a actos religiosos y entierros, lo que quería la gente. Teníamos muy buenas relaciones con ellos".

Comunidad trapense de Tibhirine (Argelia)
El final violento no hizo sino coronar una vida entregada a Dios y a los hombres, una existencia mística, magistralmente contada por la película de Beauvois. Sigue poniendo la piel de gallina el testamento espiritual escrito por el prior del monasterio: Christian-Marie Chergé.

En estos meses en los que los atentados perpetrados por terroristas que atacan en nombre de Aláh ha reabierto el debate sobre las relaciones del Islam con Occidente, me hace bien leer el testamento de un cristiano que ha vivido muy de cerca con hombres y mujeres musulmanes. Me ayuda a moderar mi juicio, más bien severo, en relación con este tema. Os dejo con el trailer de la película De dioses y hombres. A los que no la hayáis visto os la recomiendo encarecidamente.


Historias como la de los trapenses de Argelia poseen una asombrosa fuerza parabólica. Condensan los ideales que todos nosotros quisiéramos vivir: apertura al misterio de Dios, sencillez de vida, belleza, fidelidad, entrega, cercanía a los pobres e inserción constructiva en un entorno interreligioso e intercultural. ¿No van en esa misma dirección los principales armónicos de la experiencia mística que también se encuentran en Fátima cuando uno se acerca con sencillez y apertura?

Henri Bergson hablaba de cinco características de los místicos. Se parecen mucho a las que describen la vida de los trapenses de Tibhirine: salud intelectual sólidamente asentada, firmeza unida a elasticidad, discernimiento profético de lo posible y lo imposible, espíritu de sencillez que supera las complicaciones y sentido común superior. ¿Caminará en esa dirección el cristianismo místico al que se refería Karl Rahner en el ya lejano 1959?

La escena que más me gustó de la película de Beauvois es "La última cena" con el fondo de
"El lago de los cisnes" de Chaikovski. Es la mística de la cotidianidad. No puede haber más intensidad emocional y espiritual en un acto más sencillo. ¿Qué te parece?


jueves, 12 de diciembre de 2024

De Lisboa a Roma


Después de cuatro días en Portugal, regreso dentro de un par de horas a Madrid. Como tantas otras veces, escribo esta entrada en el aeropuerto de Lisboa, decorado discretamente con símbolos navideños. Hay gente, pero no se perciben agobios. De lunes a miércoles he dirigido un taller de formación permanente con 40 claretianos de Portugal y del sur de España en la casa que tenemos en Fátima. Un par de noches me he acercado al santuario para rezar el rosario en la “capelinha” que acoge la imagen de la Virgen. Rezar junto a unas decenas de peregrinos a las 9,30 de la noche cuando el termómetro ronda los 2 grados tiene algo de atrevido. Todos los presentes estábamos enfundados en abrigos, gorros y guantes. En las noches de diciembre no hay procesión de velas. La oración dura poco más de media hora. Es emocionante orar por las personas queridas, por la paz en el mundo, por la conversión de los pecadores y por el papa Francisco mientras en el cielo negrísimo se recorta la luna creciente. 

No sé qué tiene Fátima que siempre que visito este lugar me siento irremediablemente atraído por la Madre, como si ella fuera un imán que reúne a los hijos dispersos. En torno a ella uno puede ver a una anciana portuguesa con el rosario en la mano y a un mochilero greñudo con una vela encendida. Fátima es un lugar universal. No está reservado a una categoría de personas. Todos, incluso los no creyentes, se encuentran como en casa. ¡Es el efecto benéfico de estar en la casa de la Madre!


Hoy se celebra la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Una vez -creo que fue en 2012- pude celebrarla en Ciudad de México. Comprobé de cerca lo que mis hermanos mexicanos me habían dicho. La ciudad se convierte en una prolongación del santuario del Tepeyac. Se celebran misas en las iglesias, oficinas, talleres, supermercados… Yo mismo presidí una Eucaristía en plena calle de un barrio popular al caer la tarde. Es difícil describir, y sobre todo comprender, lo que la Virgen de Guadalupe significa para el pueblo mexicano y, en general, para toda América. Abundan los estudios antropológicos, teológicos y pastorales porque para creyentes y no creyentes constituye un fenómeno único, atractivo, rompedor. 

Quizá su interpretación tiene mucho que ver con lo que María canta en el Magníficat: “Ha mirado la humildad de su sierva; desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. Cuando uno se siente frágil, débil y necesitado, enseguida entra en la zona de influencia de esta mujer sencilla que, por haberse vaciado completamente de sí misma, ha dejado todo el espacio a Dios. Contemplando a la “llena de gracia”, vemos un reflejo inequívoco del Dios que es amor. Y como estamos hechos para Él, el atractivo es casi irresistible. La gracia adquiere el perfil de la seducción.


En los periódicos digitales de este jueves leo algunos ecos de la visita de los reyes Felipe y Letizia a Italia. Me gusta que se cuiden y celebren las relaciones entre los dos países. Yo he pasado 20 años de mi vida en el país transalpino y siento una gran admiración por él. Como sucede en todas las relaciones de amor, no tengo ningún inconveniente en señalar sus defectos y en quejarme de sus desajustes. Solo nos atrevemos a hacer estas críticas con las realidades que amamos. Hay muchos españoles que visitan Italia y muchos más italianos que visitan España y hasta se quedan a vivir entre nosotros. Los vínculos son evidentes, pero hace falta profundizarlos y celebrarlos para que los malentendidos no cobren demasiado protagonismo. 

En su discurso en Montecitorio, el rey Felipe VI dijo que nuestra relación no es solo de amistad, sino de hermandad. Nuestra común raíz latina y nuestra cultura cristiana han forjado una identidad similar, aunque con diferencias muy apreciables. Me gustaría quedarme con lo mejor de cada país y exorcizar los demonios familiares. De Italia rescato, sobre todo, la pasión por la belleza, la alegría de vivir, el sentido de la familia, la tendencia a no dramatizar los problemas (típica de un pueblo viejo) y, sobre todo, la capacidad de encontrar soluciones ingeniosas en momentos que parecen sin salida. Tenemos mucho que aprender. Los demonios los dejo para otro día. No es muy cortés mencionarlos en un día como hoy.



sábado, 4 de enero de 2020

De la programación a la exploración

Escribo la entrada de este primer sábado del año en Lisboa. Luce el sol. Tenemos 13 grados. Terminado mi trabajo en Fátima, regreso a Roma, un poco cansado, pero muy satisfecho y agradecido. He vivido durante ocho días una interesante experiencia de aprendizaje. Hay personas a las que les gusta aprender cosas nuevas y otras que prefieren refugiarse en sus rutinas. Normalmente, con el paso del tiempo, todos nos esclerotizamos un poco. Lo conocido nos da seguridad; lo desconocido nos provoca aprensión y hasta temor. Manejar ambas fuerzas –sobre todo, cuando coexisten en un grupo de 50 personas de diversas edades– no es fácil. Cada una de ellas tiene su importancia. La “tensión emocional” nos empuja siempre hacia nuestra zona de seguridad formada por nuestros hábitos, creencias, rutinas, etc. La “tensión creativa” nos lanza hacia la zona de los sueños, de lo que puede ser pero todavía no es. Algunas personas, cuando oyen la palabra “sueño” enseguida piensan en quimeras, en huidas de la realidad, en metas inalcanzables. Otras, por el contrario, consideran que los sueños son anticipaciones del futuro, energía que pone en marcha un proceso de cambio, lugar de la revelación de Dios.

Cuando uno quiere “controlar” el futuro pone el acento en la programación. Necesita saber con detalle lo que hay que hacer, los plazos de cada acción y los responsables de llevarlas a cabo. Cuantos menos cabos sueltos queden, mejor. Cuando uno acepta “explorar” lo desconocido se conforma con un poco de luz que le permita dar los primeros pasos. La primera actitud es típicamente moderna. Privilegia el poder de la razón y cree firmemente que podemos cambiar la realidad con nuestras acciones programadas y organizadas porque, en el fondo, considera que la realidad es complicada y, por lo tanto, sometida siempre a nuestro control. La segunda es, más bien, una actitud posmoderna. No menosprecia la razón, pero da más cabida a la inteligencia emocional y a la complejidad de la vida. Es la actitud de quienes saben que las mejores cosas que nos suceden son casi siempre imprevisibles, no caben en el marco de una programación. Esta actitud no provoca el cambio de la realidad a fuerza de intervenciones externas, sino que trata de aprovechar el flujo de la vida para navegar con inteligencia y destreza. La vida misma nos proporciona la energía que necesitamos para crecer como personas e instituciones. Privilegia el poder de la conversación (es decir, de la exploración conjunta) sobre la programación.

Es obvio que en un grupo de 50 personas de varias edades coexisten las dos actitudes, sin que me resulte fácil precisar cuál ha sido la predominante. Lo que de verdad importa es aprovechar la sabiduría de ambas para madurar como personas y como comunidad. Cada una de ellas nos impulsa al desarrollo de destrezas particulares. Hay personas que son buenas para programar, organizar, ejecutar y controlar. Hay que aprovechar su competencia para tareas que exigen estas destrezas. Otras son buenas para soñar, impulsar, involucrar y acompañar. También ellas contribuyen al crecimiento del grupo. El buen líder es quien sabe sacar partido de ambas al servicio de los objetivos que todo grupo se propone. Creo que en el Capítulo que hemos vivido en Fátima se han puesto en juego numerosas destrezas de forma complementaria y hasta sinfónica. Las metáforas del cuerpo y de la orquesta nos ayudan a entender la experiencia de la unidad en la diversidad. 

Pasar de provincias claretianas homogéneas desde el punto de vista lingüístico, cultural y operativo (como eran Bética, Portugal y Reino Unido) a una provincia multilingüística, intercultural y con tradiciones y prácticas diversas (como es la actual provincia de Fátima) exige un profundo cambio de paradigma (de la programación a la exploración) y también de actitudes (del control a la apertura). Llevará tiempo, pero hay, al menos, una sencilla “hoja de ruta” (elaborada por todos a través de una serie de conversaciones exploratorias), un equipo de líderes (escogido por todos en un ejercicio colectivo de discernimiento) y una actitud abierta y colaboradora (visible en todos tras ocho días intensos de diálogo, celebración y exploración). Es un buen terreno para que el Espíritu siga haciendo su obra.

domingo, 20 de junio de 2021

Al final triunfa el amor

El último día de nuestro Simposio Teológico-Pastoral amanece con el cielo cubierto y una constante lluvia fina que cae sobre este inmenso recinto de Fátima. Oigo las campanas de la torre de la basílica del Rosario. Repaso el texto de la conferencia que pronunciaré a las 12,40 (hora de España e Italia) [En el enlace anterior se puede seguir la retransmisión en directo]. Todo invita a la serenidad y a la alegría.

Hemos llegado al XII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús nos invita a creer en él y en su fuerza lberadora. Ninguna tormenta podrá hacer que naufrague la frágil barca de su comunidad. La Iglesia surca los mares de la historia y con mucha frecuencia tiene miedo porque cree que hay vientos huracanados que pueden acabar con ella. No es tanto un problema de coherencia moral cuanto de fe. No acabamos de fiarnos del Señor de la barca. Creemos que todo depende de nuestras fuerzas. 

Precisamente ayer el cardenal Luis Antonio Tagle comenzó su conferencia poniendo el dedo en esta llaga. Cuando cada domingo confesamos en el Credo que creemos “en la Iglesia una, santa, católica y apostólica” nos sentimos con frecuencia incómodos porque ¿cómo llamar “santa” a una comunidad que está asediada por escándalos de abusos sexuales, financieros y de autoridad? ¿Cómo decir que la Iglesia es “santa” si está formada por millones de hombres y mujeres que somos conscientes de nuestra condición pecadora? El mismo Tagle ofreció una respuesta concisa. La Iglesia es “santa” porque su Señor es santo, porque estamos sostenidos por la gracia del Espíritu Santo, incluso cuando nosotros no respondemos con coherencia.

La jornada de ayer fue muy intensa. Terminó con el Rosario nocturno y la procesión de las velas. A pesar de las restricciones impuestas por la pandemia, había un buen número de peregrinos. El frío no me permitió gozar mucho de la oración, pero, en cualquier caso, era impresionante ver cómo en medio de la noche aparecían, aquí y allá, pequeños puntos de luz que eran como réplicas en miniatura del gran cirio pascual que representa la luz del Cristo Resucitado. Quizá los cristianos estamos llamado a esto. A nadie se nos pide iluminar el mundo como si fuéramos soles, sino, más bien, a aportar la pequeña luz de nuestra candela personal. Cuando muchas pequeñas luces se juntan, entonces la noche se vuelve día. Por eso necesitamos tomar conciencia de la dimensión comunitaria de nuestra fe. No podemos caminar solos, como vagabundos errantes. Formamos un pueblo de redimidos.

Las autoridades portuguesas no permiten que nadie entre ni salga del área metropolitana de Lisboa porque han aumentado bastante los casos de Covid en la capital. Yo tengo mi vuelo de regreso a Roma mañana a primera hora de la tarde. Espero que mi billete aéreo sea una especie de salvoconducto que me permita entrar. Durante los tres días pasados en Fátima he vivido como en un oasis, pero la pandemia sigue afectando a muchas personas. La batalla contra el Covid no ha concluido, pero tampoco contra el mal en general. Tendremos que convivir siempre con el anti-Evangelio. Forma parte del combate de la vida. El trigo y la cizaña crecen siempre juntos. 

De Fátima me llevo un mensaje esperanzador que va en la misma línea del Evangelio de este domingo. Cuando la Virgen María les dice a los pastorcillos que, al final, su Corazón Inmaculado triunfará, nos está asegurando que el amor de Dios es siempre más fuerte que el mal del mundo. Esto me llena de esperanza. Me da fuerzas para regresar a casa agradecido y confiado. Espero que también con vosotros suceda lo mismo. Un abrazo muy fuerte desde este lugar único. En la casa de la Madre nos sentimos todos hermanos y hermanas.


martes, 22 de junio de 2021

De la cumbre al valle

Mis días en Fátima han tenido algo de experiencia Tabor; es decir, de encuentro con la dimensión profunda y hermosa de la vida. Un blog púbico no es el mejor lugar para contar con pelos y señales una experiencia personal. De vuelta a Roma, es como si hubiera pasado de la cumbre al valle, de un momento extraordinario y luminoso a la normalidad de la vida cotidiana. Me parece que esto nos sucede a todos de vez en cuando. ¿Cómo gestionar este paso? ¿Cómo no hacer del día a día una fábrica de mediocridad, sino un territorio de luz? Las experiencias “cumbre” constituyen un regalo que aparece cuando menos lo esperamos. Creo que, en este enésimo viaje a Fátima, por razones diversas, he vivido una de esas experiencias. Las sorpresas han sido más frecuentes y bellas que las cosas programadas. Me siento profundamente agradecido a Dios y a María por ello. 

Pero no siempre es posible vivir en la cumbre. El desafío consiste en bajar al valle de la vida ordinaria con un rostro iluminado. Hoy mismo comienzo un intenso trabajo con una pequeña comisión internacional que prepara el próximo Capítulo General de los misioneros claretianos que, Dios mediante, celebraremos en agosto-septiembre. Y pasado mañana tendremos en Roma el estreno de la película “Claret”, que se ha retrasado año y medio debido a la pandemia.

Si algo he ido aprendiendo a lo largo de los años es que hay que trabar bien pasado, presente y futuro. No podemos vivir al día, por más que hoy se haya puesto de moda un presentismo que nos seca por dentro. Para disfrutar del hoy, necesito engarzarlo con el ayer, porque no somos nada sin todo lo vivido. Y necesito también abrir este hoy al mañana, nutrirlo con la fuerza de la esperanza. En la espiritualidad judía hay un fuerte reclamo a la memoria. La Biblia repite con frecuencia: “Acuérdate, Israel”. 

Si olvidamos los momentos en los cuales la presencia y el amor de Dios se nos han hecho patentes, tendremos dificultades para vivir con alegría la fe en el valle de la vida cotidiana. Sin caer en nostalgias paralizantes, nos hace bien “recordar” (es decir, pasar por el corazón) las cosas buenas que hemos vivido, los momentos en los cuales la vida ha alcanzado gran densidad, los encuentros que nos han marcado, las conversaciones que han dilatado nuestro horizonte. Yo he vivido todo esto durante la “experiencia cumbre” de Fátima y no quisiera pasar página como si nada hubiera sucedido para enfrascarme en los asuntos presentes. Sin memoria, el presente pierde consistencia, se convierte en una mera sucesión de momentos aislados, placenteros o dolorosos, pero no enriquecedores.

La vida en el valle de la cotidianidad tiene también su encanto. Iluminados por la luz recibida en la cumbre, somos capaces de dar un nuevo sentido a las pequeñas cosas. Valoramos los saludos a las personas, el poder de la sonrisa, la terapia de la escucha, los pequeños servicios que damos y recibimos, el trabajo bien hecho, el sentido de la responsabilidad, los momentos de contemplación y de descanso, una palabra amable… 

Quizá uno de los mayores peligros que nos impide vivir hoy con gozo la cotidianidad es la fragmentación y ansiedad a las que nos someten los medios de comunicación. Enganchados a nuestro teléfono móvil, solemos estar muy pendientes de mensajes y estímulos que continuamente reclaman nuestra atención. Con frecuencia nos impiden concentrarnos en lo que estamos haciendo. Cada vez me resulta más molesto que alguien, mientras habla conmigo, se dedique a revisar su teléfono móvil. Es como si estuviera más pendiente de lo que le llega que de la persona que tiene enfrente. Reconozco que soy un usuario habitual del móvil. Por eso mismo, soy consciente de su tiranía y de la dispersión a la que puede conducir. Liberarse físicamente de él durante ciertos momentos de la jornada me parece una buena manera de empezar a disfrutar del valle de la vida cotidiana sin interferencias.

Roma me ha recibido con un verano lleno de luz y calor. Se respira un entusiasmo que hacía tiempo que no había visto. Esperemos que sea el presagio de una nueva etapa de reconstrucción social. 



lunes, 4 de abril de 2016

La respuesta está en el viento

Llegué ayer a Fátima hacia las cuatro de la tarde. Llovía suavemente y soplaba el viento frío de la Serra de Aire. La primavera tendrá que esperar. Enseguida me acerqué al santuario, que está a diez minutos a pie de nuestra Casa de Acolhimento e Espiritualidade donde dentro de poco comenzaremos el XIII Capítulo de la Provincia Portuguesa. Creo que esta es la duodécima vez que vengo a Fátima. Poco a poco, he ido comprendiendo por qué este lugar es un imán que atrae a tantas personas de todo el mundo. Primero oré brevemente en la capelinha, abarrotada de gente; después lo hice en la nueva y espaciosa iglesia de la Santísima Trinidad. 

Escuchando el tañido de las campanas, viendo a la gente ir y venir, contemplando con respeto a los peregrinos que se acercan a la capelinha de rodillas, no pude por menos que relacionar estos hechos con dos lecturas que hice esa misma tarde: una entrevista al historiador Juan Pablo Fusi y varias páginas de Corsarios de Levante, la novela de Arturo Pérez-Reverte que, con casi diez años de retraso (se publicó a finales de 2006), estoy leyendo a sorbos en este viaje a Portugal. 

El capitán Alatriste, un antiguo soldado de los tercios españoles de Flandes, representa el modelo del español de los siglos XVI y XVII, un soldado en lucha con todo el mundo: conquistador en América, papista en Centroeuropa y cristiano en un Mediterráneo infestado de turcos (categoría ésta que abarca a pueblos de muy diversa índole provenientes de Turquía, Oriente Medio o el norte de África). En principio, la razón noble y declarada de esta lucha era la sacrosanta defensa de la fe católica en nombre de su Majestad el Rey Católico; en la práctica, los motivos eran muchos más terrenales: el dinero (que acomuna en una especie de ekumene multicultural a cristianos, turcos, protestantes, papistas, etc.), la lucha por la supervivencia en un país diezmado por muchas guerras y quizás un sentido trágico del honor y la aventura. Pérez-Reverte no pierde oportunidad de contraponer este modelo español-latino (dominado por un sentimiento católico, irracional e improductivo de la vida) al modelo anglosajón (que se distancia de la religión o, por lo menos, la utiliza al servicio del progreso científico, económico y sociopolítico). Lo explica muy bien el joven Iñigo Balboa y Aguirre, ayudante de Alatriste, en una especie de breve confesión en la que distingue entre “un español” y “otros”:
“Durante casi dos años serví con el capitán Alatriste en las galeras de Nápoles. Por eso hablaré ahora de escaramuzas, corsarios, abordajes, matanzas y saqueos. Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado también en los mares de Levante. Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada. En eso, como en casi todo, mejor nos habría ido haciendo lo que otros, más atentos a la prosperidad que a la reputación, abriéndonos al mundo que habíamos descubierto y ensanchado, en vez de enrocarnos en las sotanas de los confesores reales, los privilegios de sangre, la poca afición al trabajo, la cruz y la espada, mientras se nos pudrían la inteligencia, la patria y el alma. Pero nadie nos permitió elegir. Al menos, para pasmo de la Historia, supimos cobrárselo caro al mundo, acuchillándolo hasta que no quedamos uno en pie. Dirán vuestras mercedes que ése es magro consuelo, y tienen razón. Pero nos limitábamos a hacer nuestro oficio sin entender de gobiernos, filosofías ni teologías. Pardiez. Éramos soldados.”
Juan Pablo Fusi, formado en Oxford, no está lejos de esta interpretación, aunque usa una exquisitez académica que no se le puede pedir a un literato. No solo es pesimista con respecto al pasado –lastrado por la falta de un estado moderno y laico, liberado de la tutela eclesial– sino también en relación con el presente: “En España la cosa es seria y preocupante, decepcionante en muchos sentidos, pero todavía no ha llegado a ser trágica”. Yo escucho estas voces con respeto. Me merecen mucha atención. Me hacen pensar. No me pongo enseguida a la defensiva. No me interesa esgrimir precipitadamente argumentos en contra, aunque los haya en muchos casos.

¿Es verdad que esta fe popular que percibo en Fátima es un factor regresivo? ¿Es verdad que alimenta la superstición, el providencialismo y, en definitiva, la irracionalidad? ¿Por qué sigue viniendo aquí gente del siglo XXI, que está muy lejos de sus antepasados de los siglos XVI y XVII? ¿Han cambiado solo la espada por el teléfono móvil? ¿Siguen teniendo la misma manera de ver el mundo que sus antepasados? ¿Es verdad que la cultura anglosajona es tan moderna, analítica, objetiva y desapasionada? ¿Qué aporta la fe a la construcción de una sociedad más libre, justa y solidaria? ¿En qué obstaculiza la fe estos ideales?

La casualidad quiere que, tras la semana que voy a pasar en Portugal, tenga que transcurrir otra en Inglaterra. Tendré la oportunidad de hacerme nuevas preguntas. Esto es, por otra parte, muy anglosajón. The answer, my friend, is blowing in the wind. Dejemos que Bob Dylan nos lo cante. Algún día volveremos con más calma sobre la letra.

Y escuchemos otras voces que rompen los tópicos de siempre.