En este sentido, el mensaje de Fátima y la pandemia tienen un punto en común: nos obligan a detenernos y preguntarnos sobre nuestro modo de vivir. La diferencia sustancial es que, mientras el Covid-19 es un virus sin rostro y “sin corazón”, el mensaje de Fátima viene del corazón de una Madre que quiere lo mejor para sus hijos. No hay bien más preciado que la unión con Dios. Solo desde ella podemos construir un mundo “con corazón”, en armonía con la naturaleza y en fraternidad universal. Por eso, en un día como hoy podemos pedirle esta gracia a nuestra Madre con la oración mariana más antigua: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.
miércoles, 13 de mayo de 2020
Bajo tu amparo
En este sentido, el mensaje de Fátima y la pandemia tienen un punto en común: nos obligan a detenernos y preguntarnos sobre nuestro modo de vivir. La diferencia sustancial es que, mientras el Covid-19 es un virus sin rostro y “sin corazón”, el mensaje de Fátima viene del corazón de una Madre que quiere lo mejor para sus hijos. No hay bien más preciado que la unión con Dios. Solo desde ella podemos construir un mundo “con corazón”, en armonía con la naturaleza y en fraternidad universal. Por eso, en un día como hoy podemos pedirle esta gracia a nuestra Madre con la oración mariana más antigua: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.
jueves, 13 de mayo de 2021
Hace 40 años
![]() |
| Atentado contra el papa Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 en la plaza de san Pedro |
El año pasado, tal día como hoy, escribí una entrada sobre el significado de las apariciones de la Virgen en Fátima. Este año prefiero compartir un enfoque distinto. Dentro de un mes, viajaré a Fátima porque me han encargado la última conferencia del Simposio Teológico-Pastoral que se tendrá en el santuario sobre el tema “Fátima, hoy: Pensar la santidad”. Tendré ocasión, si Dios quiere, de escribir desde allí evocando la fuerza de ese lugar santo. Será la primera salida de Italia desde el pasado mes de octubre. La pandemia me ha obligado a abandonar mi condición de misionero nómada y me ha convertido en sedentario. Empiezo a cansarme.
Hoy quiero recordar que se cumplen 40 años del atentado sufrido por Juan Pablo II en la plaza de san Pedro de Roma. Eran las 17.19 horas de un día caluroso. Juan Pablo II estaba recorriendo la plaza en su coche descubierto para saludar a los peregrinos que habían acudido a la tradicional audiencia general de los miércoles. Acababa de besar a una niña que sus padres le habían presentado cuando se oyó un disparo y luego otro. De repente, el Papa fue alcanzado por cuatro balas, dos de las cuales se alojaron en su abdomen, otra le alcanzó en el brazo derecho y la última en la mano izquierda. Todo se precipitó. La gente empezó a gritar y luego a rezar mientras el coche se alejaba rápido.
El Papa tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en el hospital Gemelli de Roma. Los médicos lograron salvarle la vida después de una operación de cinco horas. Juan Pablo II atribuyó su salvación a una intervención especial de la Virgen de Fátima. El mismo autor de los disparos, el turco Ali Agca, confesó más tarde que no se explicaba lo que había pasado, que “alguien” había desviado la trayectoria de la bala. Esa misma bala asesina está hoy junto a la imagen de la Virgen de Fátima, por expreso deseo de Juan Pablo II.
A lo largo de estos 40 años se han escrito ríos de tinta sobre este hecho que pudo haber cambiado muchas cosas en la historia reciente de la Iglesia, de Europa y del mundo. Sin embargo, todavía no se sabe a ciencia cierta (aunque hay sospechas muy fundadas) quién estaba detrás. El autor material ha ido ofreciendo varias y contradictorias versiones. Juan Pablo II lo perdonó desde el primer momento. Más tarde, en diciembre de 1983, fue a visitarlo a la cárcel romana de Rebibbia. Tras casi 25 años de prisión, en enero de 2006, Ali Agca fue indultado y extraditado a Turquía para cumplir condena por otros delitos. El 27 de diciembre de 2014 visitó la tumba de san Juan Pablo II en la basílica de san Pedro y depositó ante ella un ramo de rosas blancas.
![]() |
| Estatua de san Juan Pablo II en el santuario de Fátima |
Yo llegué a Roma para hacer mi especialización en Teología Dogmática solo cuatro meses después del atentado, en septiembre de 1981. Todavía no había cumplido los 24 años. En la urbe se seguía hablando del atentado y de la salud del Papa, aunque este ya había retomado su actividad normal. Pronto tuve ocasión de verlo de cerca. Después, en varias ocasiones, lo saludé personalmente y participé varias veces en la celebración de la Eucaristía en su capilla privada. Creo que en ninguna otra persona he percibido lo que solemos denominar “aura”, palabra que significa “viento suave y apacible”, pero también “halo que algunos dicen percibir alrededor de determinados cuerpos”. Ambas definiciones las tomo del diccionario de la RAE. Para mí, “aura” es un término que define la autenticidad, luminosidad y energía que desprende una persona. Cuando contemplaba a Juan Pablo II arrodillado en el reclinatorio de su capilla privada después de celebrar la misa, es como si el tiempo se detuviera, como si por unos minutos él no estuviera ya en la tierra sino arrobado en el cielo. Ya sé que todo esto es muy subjetivo, pero personas cercanas a mí han experimentado algo semejante.
A pesar de que el atentado catapultó la fama mundial del Papa polaco (ya iniciada desde su elección en 1978), también supuso el incremento de fuertes críticas dentro y fuera de la Iglesia. Para algunos cristianos críticos, Juan Pablo II representaba una línea muy conservadora que pretendía frenar el impulso renovador del Concilio Vaticano II. Para muchos analistas de fuera, constituía (junto con Ronald Reagan y Margaret Thatcher) una grave amenaza para el comunismo soviético y sus satélites y quizás también un apoyo indirecto al neoliberalismo, aunque el Papa fue muy crítico con él. Basta leer sus encíclicas sociales: Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991). Creo que ambas críticas (las internas y las externas) contienen una parte de verdad, pero en muchos momentos fueron injustas, inmisericordes y, sobre todo, descontextualizadas. Necesitamos aún más tiempo para comprender el verdadero alcance histórico del segundo pontificado más largo de la historia (1978-2005), después del de Pío IX (1846-1878).
![]() |
| Juan Pablo II ante una imagen de la Virgen de Fátima |
Han pasado 40 años. El comunismo no tiene la fuerza de entonces, aunque siga habiendo algunos países oficialmente comunistas: China, Corea del Norte, Cuba, Laos y Vietnam. Ahora estamos saliendo, aunque a distintas velocidades, de una pandemia que ha puesto de rodillas a la humanidad. Hace 40 años el mensaje de Fátima se relacionaba mucho con la caída del comunismo (sobre todo, en Rusia) e incluso con el atentado a una figura “vestida de blanco”. Ahora Fátima representa una bocanada de esperanza en un momento en el que la languidez puede apoderarse de nosotros. Las palabras de María a los pastorcillos – “Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará” – adquieren otro significado más profundo. No se trata solo de que caigan los regímenes (del tipo que sean) que oprimen a los seres humanos, sino de que se abra paso la “revolución del corazón” con todos aquellos armónicos que están ligados al Corazón de María: interioridad, profundidad, fe, ternura, cordialidad, alegría, donación, etc.
Hace 40 años estábamos todavía en plena guerra fría. Hoy estamos enfrascados en otras guerras para combatir la desigualdad, la injusticia, el cambio climático, la corrupción… y la pandemia. Si algo repetía a menudo Juan Pablo II desde el comienzo de su pontificado era: “No tengáis miedo”. Él, que había soportado en carne propia la crudeza de la Segunda Guerra Mundial, que había vivido bajo un régimen comunista opresor y que había sufrido un atentado casi mortal, sabía que la historia está en las manos de Dios y que, por tanto, no hay ninguna razón para temer. Lo que para él era claro hace 40 años, tiene que seguir siendo claro para nosotros hoy.
viernes, 18 de junio de 2021
La Madre siempre espera

Lisboa me recibió ayer con 18 grados de temperatura y una fina lluvia. Nada que ver con el sol y el calor de Roma. Sentí la fraternidad portuguesa desde el primer momento. A media tarde viajé a Fátima, desde donde escribo la entrada de hoy. De este lugar único he escrito muchas veces en este Rincón porque para mí tiene especiales resonancias. Un poco antes de ponerme en camino desde Lisboa aquí recibí la triste noticia del fallecimiento de un primo mío que, durante más de 30 años, vivió una enfermedad degenerativa. Mi recuerdo emocionado y mi oración van para él. Tras un calvario tan prolongado, estoy seguro de que goza ya de la Pascua eterna. Llegado a Fátima, recibo también la noticia de la muerte del padre Gustavo Alonso, un argentino de 89 años que durante doce años (1979-1991) fue superior general de los claretianos. A él le debemos mucho. No me gusta extenderme cuando recuerdo a las personas queridas que mueren. Prefiero conservar un recuerdo discreto en el fondo de mi corazón. Las demasiadas palabras suelen alterar la verdad de los sentimientos.
En Fátima hace
casi frío. No me esperaba un clima como este a las puertas del verano. Se ven todavía
pocos peregrinos. La pandemia sigue siendo una amenaza. Muchos no se atreven a
venir. Después de la cena, participé en el tradicional Rosario nocturno y en la
procesión de candelas con el Santísimo Sacramento bajo palio. Pensé en mi primo
fallecido y también en todos los que os acercáis a este Rincón. Ayer
prometí orar por vosotros. A muchos os conozco personalmente, pero todos
estuvisteis en mi oración ante la Madre de Fátima. Es verdad que desgranamos un
Rosario de cincuenta Avemarías, pero sé que nuestras necesidades desbordan este
número. Sin conocerlas, se las presenté a María con el espíritu de la más
antigua oración mariana que conocemos. Se remonta al siglo III. Es probable que
muchos la sepamos de memoria: “Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre
de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, libranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.
Dentro de unas
horas comenzará el simposio Teológico-Pastoral en el que voy a participar. Se titula: “Fátima,
hoje: pensar a Santidade” (o sea, “Fátima, hoy: pensar la Santidad”). A
partir del ejemplo de los dos primeros santos de Fátima, en particular de
Jacinta Marto, el Santuario pretende llevar a cabo tres días de reflexión sobre
la identidad y el anhelo de una comunidad cristiana -la santidad- y que
constituye su principal marca a lo largo de más de dos mil años. El contexto
pandémico por el que atraviesan Portugal y el mundo dicta un “hoy” ꟷun
tiempo favorable en el léxico cristianoꟷ que es una oportunidad para reflexionar
sobre las circunstancias de la propia humanidad. Mi ponencia será el domingo
20, así que tengo tiempo para irme situando. No sé si participarán muchas
personas o pocas. De hecho, estaba programado para el año pasado, pero tuvo que
ser cancelado a causa de la pandemia.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Guardar todo en el corazón
martes, 5 de abril de 2016
De la pregunta a la afirmación
¿Yo para qué nací? Para salvarme.Que tengo que morir es infalible.Dejar de ver a Dios y condenarmetriste cosa será, pero posible.¿Posible, y río y duermo y quiero holgarme?¿Posible, y tengo amor a lo visible?...¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto?Loco debo de ser, pues no soy santo.
Porque sé que nací para salvarmey tengo que morir –es infalible–,porque dejar de verte y condenarmesolo con otro dios será posible,por eso río, duermo, quiero holgarme,Señor, y tengo amor a lo visible.Y solo me pregunto en qué me encantocuando huyo de la vida por ser santo.
viernes, 27 de diciembre de 2019
Al amparo de Fátima
miércoles, 6 de abril de 2016
El futuro es de los místicos
En 1959, un teólogo alemán –muy famoso entre los expertos pero quizá desconocido para el gran público– escribió: “La cristiandad de tipo rural e individualista que caracterizaba la Edad Media y los tiempos modernos está en vía de desaparición según un ritmo de aceleración creciente, precisamente porque las causas generadoras de este proceso en Occidente siempre están en activo y no han agotado su eficacia. (...). El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que habrá experimentado algo, o no será cristiano”. ¡Ojo a la definición de místico -una persona que experimenta algo- para no perderse en conceptos extraños!
La última frase de Karl Rahner –éste es el nombre del teólogo jesuita– ha sido citada hasta la saciedad en los últimos 50 años: a veces, de forma congruente; otras, totalmente fuera de contexto. Yo estoy convencido de la verdad que encierra. Ahora bien, ¿qué significa ser un místico en pleno siglo XXI? ¿Nos apuntamos todos a las corrientes orientalistas tan en boga hoy en día? ¿Vamos en busca de las últimas apariciones reseñables? ¿Tenemos que experimentar fenómenos paranormales?
![]() |
| Actores de la película De dioses y hombres |
Encuentro una respuesta luminosa, tangible, comunitaria, en lo vivido por una comunidad monástica que pasó del anonimato a la fama sin pretenderlo. Se cumplen en estos meses de primavera veinte años del asesinato de siete monjes trapenses en Argelia. ¿Te acuerdas de este hecho? Su testimonio se hizo mundialmente conocido a través de la película de Xavier Beauvois Des hommes et des dieux (2010), presentada en español con el título De dioses y hombres. Ganó el Gran Premio del jurado del festival de Cannes (2010).
La historia es conocida. El 26 de marzo de 1996, siete monjes cistercienses del monasterio de Tibhirine, en el Atlas argelino, fueron secuestrados por el Grupo Islámico Armado (GIA). El 31 de mayo el ejército argelino halló sus cabezas cortadas, pero no los cuerpos. Todavía no conocemos la autoría del múltiple crimen. El hermano Jean Pierre Schumacher, uno de los supervivientes, confesó en una entrevista posterior que "estábamos en la montaña y las relaciones con ellos [los vecinos musulmanes] eran muy buenas, muy fraternales. Éramos como una familia. El monasterio era de clausura, pero había un portero que recibía a la gente. Asistíamos a actos religiosos y entierros, lo que quería la gente. Teníamos muy buenas relaciones con ellos".
![]() |
| Comunidad trapense de Tibhirine (Argelia) |
En estos meses en los que los atentados perpetrados por terroristas que atacan en nombre de Aláh ha reabierto el debate sobre las relaciones del Islam con Occidente, me hace bien leer el testamento de un cristiano que ha vivido muy de cerca con hombres y mujeres musulmanes. Me ayuda a moderar mi juicio, más bien severo, en relación con este tema. Os dejo con el trailer de la película De dioses y hombres. A los que no la hayáis visto os la recomiendo encarecidamente.
Henri Bergson hablaba de cinco características de los místicos. Se parecen mucho a las que describen la vida de los trapenses de Tibhirine: salud intelectual sólidamente asentada, firmeza unida a elasticidad, discernimiento profético de lo posible y lo imposible, espíritu de sencillez que supera las complicaciones y sentido común superior. ¿Caminará en esa dirección el cristianismo místico al que se refería Karl Rahner en el ya lejano 1959?
La escena que más me gustó de la película de Beauvois es "La última cena" con el fondo de "El lago de los cisnes" de Chaikovski. Es la mística de la cotidianidad. No puede haber más intensidad emocional y espiritual en un acto más sencillo. ¿Qué te parece?
jueves, 12 de diciembre de 2024
De Lisboa a Roma

Después de cuatro días en Portugal, regreso dentro de un par de horas a Madrid. Como tantas otras veces, escribo esta entrada en el aeropuerto de Lisboa, decorado discretamente con símbolos navideños. Hay gente, pero no se perciben agobios. De lunes a miércoles he dirigido un taller de formación permanente con 40 claretianos de Portugal y del sur de España en la casa que tenemos en Fátima. Un par de noches me he acercado al santuario para rezar el rosario en la “capelinha” que acoge la imagen de la Virgen. Rezar junto a unas decenas de peregrinos a las 9,30 de la noche cuando el termómetro ronda los 2 grados tiene algo de atrevido. Todos los presentes estábamos enfundados en abrigos, gorros y guantes. En las noches de diciembre no hay procesión de velas. La oración dura poco más de media hora. Es emocionante orar por las personas queridas, por la paz en el mundo, por la conversión de los pecadores y por el papa Francisco mientras en el cielo negrísimo se recorta la luna creciente.

Hoy se celebra la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Una vez -creo que fue en 2012- pude celebrarla en Ciudad de México. Comprobé de cerca lo que mis hermanos mexicanos me habían dicho. La ciudad se convierte en una prolongación del santuario del Tepeyac. Se celebran misas en las iglesias, oficinas, talleres, supermercados… Yo mismo presidí una Eucaristía en plena calle de un barrio popular al caer la tarde. Es difícil describir, y sobre todo comprender, lo que la Virgen de Guadalupe significa para el pueblo mexicano y, en general, para toda América. Abundan los estudios antropológicos, teológicos y pastorales porque para creyentes y no creyentes constituye un fenómeno único, atractivo, rompedor.

En los periódicos digitales de este jueves leo algunos ecos de la visita de los reyes Felipe y Letizia a Italia. Me gusta que se cuiden y celebren las relaciones entre los dos países. Yo he pasado 20 años de mi vida en el país transalpino y siento una gran admiración por él. Como sucede en todas las relaciones de amor, no tengo ningún inconveniente en señalar sus defectos y en quejarme de sus desajustes. Solo nos atrevemos a hacer estas críticas con las realidades que amamos. Hay muchos españoles que visitan Italia y muchos más italianos que visitan España y hasta se quedan a vivir entre nosotros. Los vínculos son evidentes, pero hace falta profundizarlos y celebrarlos para que los malentendidos no cobren demasiado protagonismo.
sábado, 4 de enero de 2020
De la programación a la exploración
Pasar de provincias claretianas homogéneas desde el punto de vista lingüístico, cultural y operativo (como eran Bética, Portugal y Reino Unido) a una provincia multilingüística, intercultural y con tradiciones y prácticas diversas (como es la actual provincia de Fátima) exige un profundo cambio de paradigma (de la programación a la exploración) y también de actitudes (del control a la apertura). Llevará tiempo, pero hay, al menos, una sencilla “hoja de ruta” (elaborada por todos a través de una serie de conversaciones exploratorias), un equipo de líderes (escogido por todos en un ejercicio colectivo de discernimiento) y una actitud abierta y colaboradora (visible en todos tras ocho días intensos de diálogo, celebración y exploración). Es un buen terreno para que el Espíritu siga haciendo su obra.
domingo, 20 de junio de 2021
Al final triunfa el amor

El último día de nuestro Simposio Teológico-Pastoral amanece con el cielo cubierto y una constante lluvia fina que cae sobre este inmenso recinto de Fátima. Oigo las campanas de la torre de la basílica del Rosario. Repaso el texto de la conferencia que pronunciaré a las 12,40 (hora de España e Italia) [En el enlace anterior se puede seguir la retransmisión en directo]. Todo invita a la serenidad y a la alegría.
Hemos llegado al XII Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús nos invita a creer en él y en su fuerza lberadora. Ninguna tormenta podrá hacer que naufrague la frágil barca de su comunidad. La Iglesia surca los mares de la historia y con mucha frecuencia tiene miedo porque cree que hay vientos huracanados que pueden acabar con ella. No es tanto un problema de coherencia moral cuanto de fe. No acabamos de fiarnos del Señor de la barca. Creemos que todo depende de nuestras fuerzas.
Precisamente ayer el cardenal Luis Antonio Tagle comenzó su conferencia poniendo el dedo en esta llaga. Cuando cada domingo confesamos en el Credo que creemos “en la Iglesia una, santa, católica y apostólica” nos sentimos con frecuencia incómodos porque ¿cómo llamar “santa” a una comunidad que está asediada por escándalos de abusos sexuales, financieros y de autoridad? ¿Cómo decir que la Iglesia es “santa” si está formada por millones de hombres y mujeres que somos conscientes de nuestra condición pecadora? El mismo Tagle ofreció una respuesta concisa. La Iglesia es “santa” porque su Señor es santo, porque estamos sostenidos por la gracia del Espíritu Santo, incluso cuando nosotros no respondemos con coherencia.

La jornada de ayer fue muy intensa. Terminó con el Rosario nocturno y la procesión de las velas. A pesar de las restricciones impuestas por la pandemia, había un buen número de peregrinos. El frío no me permitió gozar mucho de la oración, pero, en cualquier caso, era impresionante ver cómo en medio de la noche aparecían, aquí y allá, pequeños puntos de luz que eran como réplicas en miniatura del gran cirio pascual que representa la luz del Cristo Resucitado. Quizá los cristianos estamos llamado a esto. A nadie se nos pide iluminar el mundo como si fuéramos soles, sino, más bien, a aportar la pequeña luz de nuestra candela personal. Cuando muchas pequeñas luces se juntan, entonces la noche se vuelve día. Por eso necesitamos tomar conciencia de la dimensión comunitaria de nuestra fe. No podemos caminar solos, como vagabundos errantes. Formamos un pueblo de redimidos.

Las autoridades portuguesas no permiten que nadie entre ni salga del área metropolitana de Lisboa porque han aumentado bastante los casos de Covid en la capital. Yo tengo mi vuelo de regreso a Roma mañana a primera hora de la tarde. Espero que mi billete aéreo sea una especie de salvoconducto que me permita entrar. Durante los tres días pasados en Fátima he vivido como en un oasis, pero la pandemia sigue afectando a muchas personas. La batalla contra el Covid no ha concluido, pero tampoco contra el mal en general. Tendremos que convivir siempre con el anti-Evangelio. Forma parte del combate de la vida. El trigo y la cizaña crecen siempre juntos.
De Fátima me llevo un mensaje esperanzador que va en la misma línea del Evangelio de este domingo. Cuando la Virgen María les dice a los pastorcillos que, al final, su Corazón Inmaculado triunfará, nos está asegurando que el amor de Dios es siempre más fuerte que el mal del mundo. Esto me llena de esperanza. Me da fuerzas para regresar a casa agradecido y confiado. Espero que también con vosotros suceda lo mismo. Un abrazo muy fuerte desde este lugar único. En la casa de la Madre nos sentimos todos hermanos y hermanas.
martes, 22 de junio de 2021
De la cumbre al valle

Mis días en Fátima han tenido algo de experiencia Tabor; es decir, de encuentro con la dimensión profunda y hermosa de la vida. Un blog púbico no es el mejor lugar para contar con pelos y señales una experiencia personal. De vuelta a Roma, es como si hubiera pasado de la cumbre al valle, de un momento extraordinario y luminoso a la normalidad de la vida cotidiana. Me parece que esto nos sucede a todos de vez en cuando. ¿Cómo gestionar este paso? ¿Cómo no hacer del día a día una fábrica de mediocridad, sino un territorio de luz? Las experiencias “cumbre” constituyen un regalo que aparece cuando menos lo esperamos. Creo que, en este enésimo viaje a Fátima, por razones diversas, he vivido una de esas experiencias. Las sorpresas han sido más frecuentes y bellas que las cosas programadas. Me siento profundamente agradecido a Dios y a María por ello.
Pero no siempre es posible vivir en la cumbre. El desafío consiste en bajar al valle de la vida ordinaria con un rostro iluminado. Hoy mismo comienzo un intenso trabajo con una pequeña comisión internacional que prepara el próximo Capítulo General de los misioneros claretianos que, Dios mediante, celebraremos en agosto-septiembre. Y pasado mañana tendremos en Roma el estreno de la película “Claret”, que se ha retrasado año y medio debido a la pandemia.

Si algo he ido aprendiendo a lo largo de los años es que hay que trabar bien pasado, presente y futuro. No podemos vivir al día, por más que hoy se haya puesto de moda un presentismo que nos seca por dentro. Para disfrutar del hoy, necesito engarzarlo con el ayer, porque no somos nada sin todo lo vivido. Y necesito también abrir este hoy al mañana, nutrirlo con la fuerza de la esperanza. En la espiritualidad judía hay un fuerte reclamo a la memoria. La Biblia repite con frecuencia: “Acuérdate, Israel”.
Si olvidamos los momentos en los cuales la presencia y el amor de Dios se nos han hecho patentes, tendremos dificultades para vivir con alegría la fe en el valle de la vida cotidiana. Sin caer en nostalgias paralizantes, nos hace bien “recordar” (es decir, pasar por el corazón) las cosas buenas que hemos vivido, los momentos en los cuales la vida ha alcanzado gran densidad, los encuentros que nos han marcado, las conversaciones que han dilatado nuestro horizonte. Yo he vivido todo esto durante la “experiencia cumbre” de Fátima y no quisiera pasar página como si nada hubiera sucedido para enfrascarme en los asuntos presentes. Sin memoria, el presente pierde consistencia, se convierte en una mera sucesión de momentos aislados, placenteros o dolorosos, pero no enriquecedores.

La vida en el valle de la cotidianidad tiene también su encanto. Iluminados por la luz recibida en la cumbre, somos capaces de dar un nuevo sentido a las pequeñas cosas. Valoramos los saludos a las personas, el poder de la sonrisa, la terapia de la escucha, los pequeños servicios que damos y recibimos, el trabajo bien hecho, el sentido de la responsabilidad, los momentos de contemplación y de descanso, una palabra amable…
Quizá uno de los mayores peligros que nos impide vivir hoy con gozo la cotidianidad es la fragmentación y ansiedad a las que nos someten los medios de comunicación. Enganchados a nuestro teléfono móvil, solemos estar muy pendientes de mensajes y estímulos que continuamente reclaman nuestra atención. Con frecuencia nos impiden concentrarnos en lo que estamos haciendo. Cada vez me resulta más molesto que alguien, mientras habla conmigo, se dedique a revisar su teléfono móvil. Es como si estuviera más pendiente de lo que le llega que de la persona que tiene enfrente. Reconozco que soy un usuario habitual del móvil. Por eso mismo, soy consciente de su tiranía y de la dispersión a la que puede conducir. Liberarse físicamente de él durante ciertos momentos de la jornada me parece una buena manera de empezar a disfrutar del valle de la vida cotidiana sin interferencias.
Roma me ha recibido con un verano lleno de luz y calor. Se respira un entusiasmo que hacía tiempo que no había visto. Esperemos que sea el presagio de una nueva etapa de reconstrucción social.
lunes, 4 de abril de 2016
La respuesta está en el viento
El capitán Alatriste, un antiguo soldado de los tercios españoles de Flandes, representa el modelo del español de los siglos XVI y XVII, un soldado en lucha con todo el mundo: conquistador en América, papista en Centroeuropa y cristiano en un Mediterráneo infestado de turcos (categoría ésta que abarca a pueblos de muy diversa índole provenientes de Turquía, Oriente Medio o el norte de África). En principio, la razón noble y declarada de esta lucha era la sacrosanta defensa de la fe católica en nombre de su Majestad el Rey Católico; en la práctica, los motivos eran muchos más terrenales: el dinero (que acomuna en una especie de ekumene multicultural a cristianos, turcos, protestantes, papistas, etc.), la lucha por la supervivencia en un país diezmado por muchas guerras y quizás un sentido trágico del honor y la aventura. Pérez-Reverte no pierde oportunidad de contraponer este modelo español-latino (dominado por un sentimiento católico, irracional e improductivo de la vida) al modelo anglosajón (que se distancia de la religión o, por lo menos, la utiliza al servicio del progreso científico, económico y sociopolítico). Lo explica muy bien el joven Iñigo Balboa y Aguirre, ayudante de Alatriste, en una especie de breve confesión en la que distingue entre “un español” y “otros”:
“Durante casi dos años serví con el capitán Alatriste en las galeras de Nápoles. Por eso hablaré ahora de escaramuzas, corsarios, abordajes, matanzas y saqueos. Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado también en los mares de Levante. Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada. En eso, como en casi todo, mejor nos habría ido haciendo lo que otros, más atentos a la prosperidad que a la reputación, abriéndonos al mundo que habíamos descubierto y ensanchado, en vez de enrocarnos en las sotanas de los confesores reales, los privilegios de sangre, la poca afición al trabajo, la cruz y la espada, mientras se nos pudrían la inteligencia, la patria y el alma. Pero nadie nos permitió elegir. Al menos, para pasmo de la Historia, supimos cobrárselo caro al mundo, acuchillándolo hasta que no quedamos uno en pie. Dirán vuestras mercedes que ése es magro consuelo, y tienen razón. Pero nos limitábamos a hacer nuestro oficio sin entender de gobiernos, filosofías ni teologías. Pardiez. Éramos soldados.”
La casualidad quiere que, tras la semana que voy a pasar en Portugal, tenga que transcurrir otra en Inglaterra. Tendré la oportunidad de hacerme nuevas preguntas. Esto es, por otra parte, muy anglosajón. The answer, my friend, is blowing in the wind. Dejemos que Bob Dylan nos lo cante. Algún día volveremos con más calma sobre la letra.
Y escuchemos otras voces que rompen los tópicos de siempre.





















